Eliminación de Embriones
Responde el P. Miguel Ángel Fuentes
Tomado de El Teólogo
Responde
¿Es lícito
eliminar algunos embriones cuando se ha producido una fecundación múltiple? ¿No
puede considerarse que, estado condenados a morir porque no pueden continuar todos el proceso de gestación, reducir el número sería un
intento de salvar algunos?
Contesto con una declaración del
Consejo Pontificio para la Familia, elaborada tras haber consultado a la
Congregación para la Doctrina de la Fe.
Actualmente son menos comunes los casos
de embarazo múltiple, es decir, las situaciones en las que el seno materno
alberga muchos embriones. Estos casos tienen lugar normalmente ya sea a causa
de la estimulación de los ovarios en caso de infertilidad, ya sea a
causa del recurso a la fecundación artificial, sobre la que el
Magisterio ya se ha pronunciado (Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instrucción «Donum vitae»,
II).
Ante todo es un deber tomar conciencia
de las situaciones difíciles e incluso dramáticas que pueden originar estas
técnicas. Por eso, es necesario hacer un llamamiento a la responsabilidad de
los médicos que, al practicar la hiperestimulación sin una debida pericia y
precaución o aplicando las técnicas de fecundación artificial, provocan
situaciones en las que se pone en peligro la vida de la madre y de los hijos
concebidos.
Por lo que se refiere a los embarazos
múltiples, algunos afirman que no pueden llegar a su fin, ya sea por la muerte
espontánea de los embriones en el útero, ya sea por el nacimiento prematuro de
los fetos sin esperanza de vida. Además, añaden que, en caso de que todos los nascituros lleguen al parto, las
dificultad obstétrica (y el consiguiente peligro para la madre) es
mayor. Basándose en estos argumentos, se llega a concluir que se podría
justificar la selección y eliminación de algunos embriones para salvar a los
demás o, al menos, a uno de ellos. Por este motivo, se ha introducido la
técnica llamada «reducción de embriones».
En este sentido, es necesario afirmar
lo siguiente: dado que todo embrión tiene que ser considerado y tratado como
persona humana en el respeto de su dignidad eminente (Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción «Donum vitae», I, 1), deben reconocerse al nascituro
desde el primer momento de su concepción todos los derechos humanos
fundamentales y, en primer lugar, el derecho a la vida, que no puede ser
violado de ningún modo. Más allá de toda confusión y ambigüedad, se debe
afirmar, por tanto, que la «reducción de embriones» constituye un aborto
selectivo: de hecho, consiste en la eliminación directa y voluntaria de un ser
humano inocente (Juan Pablo II, encíclica «Evangelium
vitae», 57). De modo que, querida como fin o como
medio, es siempre un desorden moral grave (Juan Pablo II, encíclica «Evangelium vitae», 62).
Dado que se trata de una verdad a la
que se puede llegar con la simple razón, el carácter ilícito de este
comportamiento constituye una norma válida para todos, incluso para los no
creyentes (Juan Pablo II, encíclica «Evangelium vitae», 101). La prohibición moral sigue en pie incluso
cuando seguir con el embarazo implique un riesgo para la vida o la salud de la
madre y de los demás hermanos gemelos. No es lícito hacer el mal ni siquiera
para alcanzar un bien (Juan Pablo II, encíclica, «Evangelium
vitae», 58).
La vida del hombre proviene de Dios,
siempre es un don de él, participación en su aliento vital (Juan Pablo II, encíclica «Evangelium vitae», 39). La
selección de embriones, al comportar la eliminación voluntaria de una vida
humana, no puede justificarse ni en virtud del principio del llamado mal menor
ni en virtud del principio conocido con el nombre de «doble efecto»: ninguno de
estos dos principios se aplican en este caso.
No hay que minusvalorar tampoco la
posibilidad de que la adopción de la técnica de la reducción de embriones lleve
a una mentalidad eugenésica, en virtud de la cual, a través de técnicas
de diagnosis prenatal, se llegue a medir el valor de una vida humana únicamente
según parámetros de normalidad y de «bienestar físico» (Juan Pablo II,
encíclica «Evangelium vitae»,
63), a la luz de un concepto reductivo de «calidad de
la vida».
Que el Señor de la vida acompañe a los
padres a cumplir su elevada tarea y les sostenga en el compromiso de respetar
el derecho a la existencia del nascituro. Que guíe,
al mismo tiempo, a quienes están al servicio de la vida a hacer todo lo posible
para salvar a la madre y a los niños. Gracias a los importantes progresos
científicos que se han dado en estos años, muchos casos de embarazos múltiples
han podido llegar a buen término.
Es cierto, de todos modos, que si bien
forma parte de los límites humanos el tener que asistir en ocasiones de manera
impotente a la muerte prematura de criaturas inocentes, nunca podrá ser
moralmente lícito provocar la muerte de manera voluntaria.
Desde el Vaticano, 12 de julio de 2000
Cardenal Alfonso López Trujillo,
presidente
S.E. Monseñor
Francisco Gil Hellín, secretario.
Para
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