Siete descubrimientos arqueológicos del
siglo XX
Por Daniel Iglesias Grèzes
Tomado de www.feyrazon.org
El cristiano sabe que
tanto la fe como la razón son dones de Dios, y que ambos le han sido dados para
el conocimiento de la verdad; sabe además que la fe y la razón no pueden
contradecirse, porque la verdad no puede contradecir a la verdad. Por eso no
teme que los avances de la ciencia puedan dañar la verdad de la doctrina
cristiana. Esta proposición de orden general se aplica también al caso
particular de las investigaciones arqueológicas relacionadas con el Nuevo
Testamento. Éstas, lejos de dañar la fe cristiana, no hacen sino reforzar con
argumentos racionales su credibilidad. Probaremos esta afirmación presentando
brevemente siete de los muchos descubrimientos arqueológicos del siglo XX que
confirman la historicidad de diversos aspectos de los escritos neotestamentarios. Para ello utilizaremos como fuente
principal a Vittorio Messori, Hipótesis sobre
Jesús, Ediciones Mensajero, Bilbao 1978, complementándola con algunos datos
extraídos de varios sitios de Internet.
Bernard Grenfell
descubre un papiro, que es redescubierto en 1934 por C. H. Roberts
en la Biblioteca John Rylands
de Manchester. Un año después Roberts publica su
hallazgo: El papiro en cuestión es el fragmento de manuscrito más antiguo
conocido del Nuevo Testamento hasta ese momento. Se lo denomina papiro P52 o
papiro Rylands griego. Contiene un texto del
Evangelio de Juan (18,31-33.37-38) y está datado en el período 100-125.
Se reconoce unánimemente que el Evangelio de Juan fue el último
evangelio en ser escrito. Muchos de los estudiosos no cristianos del Nuevo
Testamento ("críticos" o "mitólogos", según la terminología
de Messori), sostenían que este evangelio había sido
compuesto entre los años 150 y 200 o aún después. Sólo así se habría dispuesto
de suficiente tiempo para la formación del "mito cristiano", que
estaría expresado en la teología de Juan, claramente más desarrollada que la de
los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). El descubrimiento del
papiro P52 deshizo de un solo golpe todo un cúmulo de teorías contrarias a la
fe cristiana (cf. V. Messori,
o.c., 127).
El arqueólogo francés L. H. Vincent
descubre el Litóstrotos o Gabbata,
el patio empedrado de la Torre Antonia, de aproximadamente 2.500 metros
cuadrados, donde Poncio Pilatos pronunció la condena
de Jesús.
"Pilatos sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal en
el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbata" (Juan 19,13).
"Litóstrotos" es una palabra
griega que significa "empedrado"; "Gabbata"
es una palabra aramea que significa "elevación"... Para los enemigos
de la historicidad de los Evangelios, se trataba solamente de símbolos
mitológicos acerca de los cuales se tejieron muchas especulaciones... hasta que
se comprobó que se trataba de un verdadero patio, empedrado al estilo romano (cf. Ibidem, pp. 167-168).
Se descubre la marca de una cruz en una pared de la parte
reservada a los esclavos en una casa patricia de esta ciudad, destruida por la
erupción del Vesubio del año 79. En torno a la cruz
estaban también los clavos que servían para fijar el nicho y el toldo que
ocultaban el símbolo del culto cristiano. Este descubrimiento demuestra que el
cristianismo llegó a Italia muy rápidamente y hace históricamente creíble el
texto de Hechos 28,14, que supone la existencia de cristianos en Pozzuoli (cerca de Nápoles), ya en el año 61 (cf. Ibidem, 128).
Se descubre la piscina de cinco pórticos llamada Betzata. Es un cuadrilátero irregular de unos 100 metros de
largo y de una anchura de 62 a 80 metros, rodeado de arcadas en sus cuatro
lados y dividida al medio por una quinta arcada.
"En Jerusalén, junto a la puerta probática, hay una
piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco
pórticos" (Juan 5,2).
"Es imposible enumerar las interpretaciones mitológicas a
que dieron ocasión estas pocas palabras. Estaba fuera de duda... que para los
desmitificadores "la piscina de los cinco pórticos" no tenía valor
histórico sino simbólico. Las cinco tribus de Israel; los primeros cinco libros
de la Escritura (el Pentateuco); un símbolo de la cabalística hebrea, para la
que el número 5 representa las facultades del alma humana; los cinco dedos de
la mano de Yahvé; las cinco puertas de la Ciudad Celeste... Son algunas entre
las infinitas hipótesis ideadas por los mitólogos, que trataron también de
establecer osados paralelos con religiones y cultos orientales. Cualquier
explicación era buena...; sólo se excluían las hipótesis de que pudiera
tratarse del simple recuerdo de un lugar real", hasta que "de
los pesados volúmenes de los mitólogos alemanes, la piscina vino a parar a los
planos de Jerusalén de los turistas" (Ibidem,
167).
El filósofo y exégeta Claude Tresmontant ha llamado la
atención acerca de un detalle importante del versículo citado aquí. El redactor
del cuarto evangelio utiliza el tiempo presente para decir que en Jerusalén
"hay" una piscina llamada Betzata. Esto es
un claro indicio de que dicho evangelio fue escrito antes de la destrucción de
Jerusalén en el año 70, o sea mucho antes de lo que supone la gran mayoría de los
expertos, los que sitúan la fecha de composición de esta obra hacia el año 95.
Una expedición italiana descubre una lápida calcárea de 80 cm de altura y 60 cm de anchura,
con una inscripción que confirma que Poncio Pilato fue prefecto de Judea en tiempos de Jesús, bajo el
Emperador Tiberio.
"En el secular debate sobre los orígenes del cristianismo
no faltó siquiera quien puso en duda que Pilato fuera
en realidad administrador de Palestina en el momento en que Jesús fue condenado
a muerte. Y ¿los escritores no cristianos que hablan de ese funcionario?
"Interpolaciones de copistas cristianos", respondía despectiva cierta
crítica" (Ibidem, 169).
El arqueólogo Avi Jonah
descubre una lápida de mármol negro del siglo III AC, con una inscripción que
menciona la localidad de Nazaret.
"También sobre Nazaret y el
calificativo de Nazareno aplicado a Jesús, se desencadenó toda una tormenta de
interpretaciones. Un mito, con toda seguridad: un nombre simbólico de una
ciudad imaginaria", hasta que "en la fosa de los excavadores
israelitas quedaban enterradas las innumerables teorías elaboradas para
explicar las razones por las que los evangelistas habían inventado una
localidad llamada Nazaret" (Ibidem,
168-169).
Se descubre la casa de San Pedro bajo el pavimento de una iglesia
del siglo V dedicada al apóstol. "Se trata de una pobre vivienda, igual
en todo a las que las rodean excepto en un detalle: las paredes están cubiertas
de frescos y grafitti (en griego, siríaco, arameo y
latín) con invocaciones a San Pedro en que se pide su protección. Es cosa
averiguada que la casa fue transformada en lugar de culto desde el siglo
primero: es, pues, la iglesia cristiana más antigua que se conoce. Y testimonia
que, ya antes del año 100..., no sólo prosperaba el culto de Jesús, sino que
llegaba a maduración la "canonización" de sus discípulos, invocados
ya como "santos" protectores" (Ibidem,
128).
Conclusiones:
"Confesaba el
P. Lagrange a sus ochenta años, después de cincuenta
años de estudio en Palestina con la sola preocupación de confrontar los
detalles que proporcionan los evangelios, con la realidad de las costumbres,
historia y arqueología del propio terreno: "El balance final de mi trabajo
es que no existen objeciones "técnicas" contra la veracidad de los
evangelios. Todo cuanto refieren los evangelios, hasta los últimos detalles,
encuentra confirmación precisa y científica". No son palabras de
apologética huera. Los centenares de severos
fascículos de la rigurosa Revue Biblique,
dirigida por el propio P. Lagrange, lo confirman.
Como ha observado el
célebre orientalista inglés, sir Rawlinson: "El
cristianismo se distingue de las demás religiones mundiales precisamente por su
carácter histórico. Las religiones de Grecia y Roma, Egipto, India, Persia, del
Oriente en general, fueron sistemas especulativos que no trataron siquiera de
darse una base histórica. Exactamente lo contrario del cristianismo". (Ibidem, 158-159).
Concluimos que la
ciencia brinda un sólido apoyo a la doctrina católica sobre el carácter
histórico de los Evangelios: "La santa madre Iglesia ha defendido
siempre y en todas partes, con firmeza y máxima constancia, que los cuatro
Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo
que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente
para la eterna salvación de los mismos hasta el día de la ascensión"
(Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, 19).