Una de las más profundas e importantes verdades de la fe cristiana está contenida en el dogma de la Santísima Trinidad. La Fe Trinitaria enseña la existencia de un solo Dios, en Tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una misma naturaleza divina, pero tres Personas distintas.
Actualmente el número de denominaciones protestantes que rechazan el dogma Trinitario aumenta considerablemente, la mayoría de las cuales han adoptado algunas de las antiguas herejías cristológicas.
¿Cómo entender la Trinidad?
Los teólogos precisan que las palabras “naturaleza” y “persona”, no se toman aquí en el sentido corriente de los términos, sino de acuerdo con el lenguaje filosófico, que es más preciso. La naturaleza o esencia de los seres es aquello que hace que las cosas sean lo que son; el principio que las capacita para actuar como tal (por ejemplo, la naturaleza del hombre es ser animal racional compuesto de alma y cuerpo). La persona, en cambio, es el sujeto que actúa y en cada hombre hay una sola naturaleza y una sola persona. En Dios, en cambio, no ocurre así: una sola Naturaleza sustenta a una Trinidad de Personas.
Por esto, a la inteligencia humana le es imposible comprender el misterio de la Santísima Trinidad. El esfuerzo racional de los teólogos (entre los que tenemos a Santo Tomás de Aquino) ha tratado de ilustrarlo de la manera siguiente:
Como las tres divinas personas no se distinguen ni por su Naturaleza, ni por sus perfecciones, ni por sus obras exteriores, se distinguen únicamente por su origen.
No se distinguen por su naturaleza porque tienen una naturaleza en común, la Naturaleza divina. Así no son tres dioses, sino un solo Dios.
No se distinguen por sus perfecciones, porque éstas se identifican con la Naturaleza divina. Así ninguna de las tres Personas es más sabia o poderosa, sino que todas tienen infinita sabiduría y poder; ni la una es anterior a las otras, sino que todas son igualmente eternas.
No se distinguen por sus obras exteriores, ya que teniendo las tres la misma Omnipotencia, lo que obre una respecto a la criatura, lo obran las otras dos.
Se distinguen únicamente por su origen, porque el Padre no proviene de ninguna persona; el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como de un solo principio. Esto es lo que impide que una Persona se confunda con las otras.
Ricardo Sada Fernández en su estudio de la Trinidad nos explica esto de una forma muy didáctica[1]:
En primer lugar, consideremos a Dios Padre. Éste, con su infinita sabiduría, al conocerse, formula un pensamiento de Sí mismo. Nosotros muchas veces, hacemos una cosa parecida cuando pensamos en nosotros mismos, y nos formamos un concepto sobre el propio yo, es decir, “aquello que somos para nosotros mismos”. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo. Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto (“nadie es buen juez en causa propia”). E incluso, si nos conociéramos perfectamente —es decir, si nuestro concepto sobre el propio yo fuera una clarísima reproducción de nosotros mismos—, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otro asunto.
Tratándose de Dios, las cosas son muy distintas. Su pensamiento sobre Sí mismo es perfectísimo: abarca completamente todos y cada uno de los aspectos de su infinitud. Pero un pensamiento perfectísimo, para que de verdad lo sea, ha de tener existencia propia (si puede desaparecer, le faltaría esa perfección). Su pensamiento, es tan infinitamente completo y perfecto, que lo ha reproducido con existencia propia. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Por ello, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo, precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.
Además, como esa generación es intelectual, se le llama “Verbo” es decir, “Palabra”. Dios Hijo es la “Palabra interior” que Dios Padre pronuncia cuando su infinita sabiduría conoce su esencia infinita.
Ahora, Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (estamos hablando, claro está, de modo humano), contemplan en esa naturaleza lo bello y lo bueno en grado infinito. Y como lo bello y lo bueno producen amor, la Voluntad divina mueve a ambas Personas a un acto de amor infinito, de la Una hacia la Otra. Ya que el amor de Dios a Sí mismo, como el conocimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que dimana eternamente del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo”. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el “Amor Subsistente”, el “Amor hecho Persona”.
Prefiguraciones de la Trinidad: del Antiguo al Nuevo Testamento
“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra».”[2]
Así como la Revelación Divina ha sido progresiva, también lo ha sido la forma en que Dios se ha ido revelando a sí mismo a los hombres.
La Tradición cristiana ha visto los textos en donde Dios habla en plural[3] como un diálogo entre las Personas Divinas. Nótese que dice: “Hagamos…” y no “haré”.
Ciertamente dicho texto no dice de forma explícita a quién hablaba Dios, pero se deduce que es entre las Personas Divinas, ya que sea quien sea a quien Dios hablase, participó en la obra de la creación (Pues no hubiera dicho “hagamos” si aquel a quien hablaba fuera solamente un observador, así como usted no le diría a nadie “comamos” para que sólo le vean comer).
El hombre es creado a imagen del que crea, hecho que se hace evidente cuando Dios habla de hacer al ser humano “a nuestra imagen y semejanza”, y cuando dice “a imagen de Dios lo creó”.
La interpretación de que en ese texto Dios hablaba a ángeles presenta múltiples dificultades. En primer lugar, porque la Escritura declara que Dios hizo todo solo y sin ayuda alguna (y esto excluye a los ángeles).
“Así dice Yahveh, tu redentor, el que te formó desde el seno. Yo, Yahveh, lo he hecho todo, yo, solo, extendí los cielos, yo asenté la tierra, sin ayuda alguna.”[4]
“Sí, es mi mano la que fundamentó la tierra y mi diestra la que extendió los cielos. Yo los llamo y todos se presentan.”[5]
“Olvidas a Yahveh, tu hacedor, el que extendió los cielos y cimentó la tierra…”[6]
Se deduce que a quien Dios hablaba era también Yahveh y Dios, cosa que ratifica el Evangelio de Juan cuando dice:
“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.”[7]
Este texto, que también hace referencia al momento de la creación es algo más explícito, y ya se pueden puntualizar dos cosas:
1) A quien fuera que Dios hablase, uno de ellos era a su Palabra (logos), mediante la cual “todo fue hecho” y sin la cual “nada de cuanto existe fue hecho”.
2) La Palabra (logos) tampoco fue creada, ya que si todo aquello que puede ser etiquetado como “hecho” fue hecho mediante la Palabra, sería contradictorio pensar en la misma Palabra como “hechura” de sí misma.
A partir de todo lo anterior se puede concluir que, quien es llamado la Palabra, participó en la obra creadora y es por consiguiente también Yahveh.
A lo largo de la historia esta explicación la han dado numerosos Padres de la Iglesia primitiva. San Ireneo, obispo y discípulo de San Policarpo, quien a su vez era discípulo del Apóstol San Juan, explica en el siglo II:
“Que el Verbo, o sea el Hijo, ha estado siempre con el Padre, de múltiples maneras lo hemos demostrado. Y que también su Sabiduría, o sea el Espíritu estaba con Él antes de la creación.”[8]
“No son, pues, los ángeles quienes nos han hecho o nos han formado. Ni es posible que ellos pudieran hacer una imagen de Dios; ni sería capaz de hacerlo cualquier otro, a no ser el Verbo de Dios; ni podría tampoco realizarlo ningún poder que no sea el Padre de todos. No tenía Dios necesidad de nadie para ejecutar lo que Él mismo había predeterminado hacer, como si no dispusiera de unas manos propias. Están, en efecto, siempre con Él el Verbo y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu, por medio de los cuales y en los cuales, libre y espontáneamente hizo todas las cosas. Es a ellos a quienes se dirige el Padre diciendo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza.”[9]
Tertuliano mantiene la misma idea:
“Si la pluralidad en la Trinidad te escandaliza, como si no estuviera ligada en la simplicidad de la unión, te pregunto: ¿cómo es posible que un ser que es pura y absolutamente uno y singular, hable en plural: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”? ¿No debería haber dicho más bien: “Hago yo al hombre a mi imagen y semejanza,” puesto que es un ser único y singular?
Sin embargo, en el pasaje que sigue leemos: “He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros.” O nos engaña Dios o se burla de nosotros al hablar en plural, si es que así Él es único y singular; o bien, ¿se dirigía acaso a los ángeles, como lo interpretan los judíos, porque no reconocen al Hijo? O bien, ¿sería quizás porque Él era a la vez Padre, Hijo y Espíritu que hablaba en plural, considerándose múltiple?
Por cierto, la razón es que tenía a su lado a una segunda persona, su Hijo y su Verbo, y a una tercera persona, el Espíritu en el Verbo. Por eso empleó deliberadamente el plural: “Hagamos… nuestra imagen… uno de nosotros.” En efecto, ¿con quién creaba al hombre? ¿A semejanza de quién lo creaba? Hablaba, por una parte, con el Hijo, que debía un día revestirse de carne humana; de otra, con el Espíritu, que debía un día santificar al hombre, como si hablara con otros tantos ministros y testigos.”[10]
San Justino Mártir, apologeta del siglo II nos da una explicación similar:
“… al decir estas palabras: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y porque no torzáis las palabras citadas y digáis lo que dicen vuestros maestros, que Dios se dirigió a sí mismo al decir “hagamos”, del mismo modo que nosotros, cuando vamos a hacer algo decimos: “hagamos”, o que habló con los elementos, es decir, con la tierra y demás de que sabemos se compone el hombre, y a ellos dijo el “hagamos”; os voy a citar ahora otras palabras del mismo Moisés, por las cuales, sin discusión posible, tenemos que reconocer que conversó Dios con alguien que era numéricamente distinto y juntamente racional. Helas aquí:
Y dijo Dios: He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros para conocer el bien y el mal. Luego, al decir “como uno de nosotros”, indica el número de los que entre sí conversan, y que por lo menos son dos.
Porque no puedo yo tener por verdadero lo que dogmatiza la que entre vosotros se llama herejía ni los maestros de ella son capaces de demostrar que habla Dios con los ángeles o que el cuerpo humano es obra de ángeles. Sino que este brote, emitido realmente del Padre, estaba con Él antes de todas las criaturas y con ése conversa el Padre, como nos lo manifestó la Palabra por boca de Salomón, al decirnos que antes de todas las criaturas fue por Dios engendrado como principio y progenie este mismo que por Salomón es llamado sabiduría.”[11]
San Agustín en su obra Ciudad de Dios explica:
“Pudiérase también entender de los ángeles aquella expresión, cuando creó Dios al hombre, en que dice: Hagamos al hombre, porque no dijo “haré” mas porque añade: a nuestra imagen y semejanza, no es lícito creer que fue creado el hombre a imagen de los ángeles, o que es una misma imagen la de los ángeles y la de Dios, y por eso se entiende bien allí la pluralidad de la Trinidad.”[12]
En los textos de la Escritura donde se dice que Dios es “uno” se utiliza la palabra hebrea ejad, que puede designar una unidad compuesta — como en Génesis 2,24, donde el hombre y la mujer vienen a ser “una sola carne” —, y no yajid, que significa “único”. Esta palabra, aunque significa “uno”, es compatible con la idea de unidad y a la vez de pluralidad de “uno formado por varios” (Un solo Dios en Tres Personas divinas). La idea de la pluralidad de las Personas en Dios no contradice su unicidad.
Los Santos Padres de la Iglesia han visto el Trisagio como una alabanza al Dios Uno y Trino, en el cual los ángeles alaban y glorifican diciendo “Santo, Santo, Santo”. Tres veces Santo porque son Tres las Personas divinas, una vez Señor, porque hay un solo Dios.
“Los querubines y serafines con incansables voces alaban y dicen: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Sebaoth (Isaías 6,3). No lo dicen una sola vez, para que no vayas a creer en una sola persona, no lo dicen dos veces, para que no excluyas al Espíritu, no dicen “santos”, para que no vayas a pensar en una pluralidad, sino que lo repiten tres veces y dicen lo mismo, para que también en el himno comprendas la distinción de la Trinidad y la unidad de la divinidad. Cuando dicen esto, alaban a Dios. Tampoco nosotros encontramos algo más precioso con que alabar a Dios, que el llamarle santo.”[13]
“Cuando los serafines glorifican a Dios diciendo tres veces: Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos (Isaías 6,3) glorifican al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Por lo cual, así como somos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y también en el nombre del Espíritu Santo, somos hechos hijos de Dios, no hijos de los dioses. En efecto, el Señor Dios de los ejércitos es el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Una sola es la divinidad, un solo Dios en Tres Personas.”[14]
“Cuando [Isaías] vio esta temible revelación, que era un indicio de la economía por Cristo —por la cual todo el Universo debía llenarse de la alabanza divina, aprender el misterio de la Trinidad y recibir la catequesis, la profesión y el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—, para hacer conocer esto los serafines clamaban en voz alta este cántico: Santo, Santo, Santo el Señor de cuyas alabanzas están llenos los cielos y la tierra (Isaías 6,3).”[15]
Ya en el Nuevo Testamento comienzan a aparecer doxologías Trinitarias (oraciones de alabanza y glorificación a la Trinidad).
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.”[16]
“Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”[17]
Los primeros cristianos no dudaban en saludar en sus cartas con una triple invocación en la que se unían el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Otra característica fundamental en la fe de los primeros cristianos era la certeza de que los carismas entregados a la Iglesia procedían de la Trinidad, y existía en ellos la absoluta convicción de que su vida de fe edificada por los carismas divinos era alimentada por las tres Personas divinas:
“Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos.”[18]
No podemos terminar sin mencionar la fórmula trinitaria del bautismo:
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”[19]
En el texto anterior tenemos a Cristo resucitado enviando a sus discípulos a bautizar a todos los pueblos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No sería coherente pensar que Cristo utiliza una fórmula bautismal que asocie a Dios con dos simples criaturas, de allí que la fórmula bautismal ubica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el mismo nivel, como las Tres Personas de la Trinidad.
La Divinidad de Cristo
No son pocas las evidencias de la divinidad de Cristo que se pueden encontrar en la Escritura. Cristo, segunda Persona de la Trinidad es también Dios y consubstancial con Dios Padre.
Quizá uno de los textos más explícitos lo tenemos en el Evangelio de Juan, donde el Apóstol refiriéndose a la Palabra hecha carne (Cristo) le declara Dios:
“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.”[20]
Cristo es llamado también “Dios con nosotros”, “Dios fuerte” e incluso simplemente “Dios”.
“Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros».”[21]
“Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz».”[22]
“Pero del Hijo: Tu trono, ¡Oh Dios!, por los siglos de los siglos; y: El cetro de tu realeza, cetro de equidad.”[23]
“Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: «Y adórenle todos los ángeles de Dios».”[24]
“…Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna.”[25]
“Porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad.”[26]
Cristo como segunda Persona de la Trinidad comparte la gloria del Padre:
“Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.”[27]
La Fe católica rechaza la doctrina herética que enseña que Cristo es un dios menor creado, distinto y subordinado a Dios Padre. Esta doctrina conocida como arrianismo y adoptada hoy día por muchas sectas (como los testigos de Jehová) ve la figura de Cristo de forma similar a como los griegos en la cultura pagana veían a Hércules respecto a Zeus.
El propio Tomás quien luego de dudar reconoció a Cristo como Señor y Dios, no lo hizo pensando que era un “dios” distinto y separado del Padre:
“Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío».”[28]
Esta explícita aceptación de la divinidad de Cristo en frente de todo el Colegio Apostólico no causó ningún tipo de rechazo, y en caso de Cristo no ser Dios, hubiera sido un acto de crasa idolatría.
Hay también quienes han intentado ver en las palabras de San Tomás una expresión de mero asombro al estilo de “Oh my God!” a pesar de que el texto griego no deja lugar a dudas, pues esas palabras se refieren de manera inequívoca a Jesucristo. Es Cristo en esa oración a quien Tomás se refiere como su Señor y su Dios.
Sin embargo, no quiere decir esto que necesariamente la divinidad de Cristo fue completamente comprendida por los Apóstoles desde el comienzo. El mismo Apóstol Felipe a pesar del tiempo en compañía de Cristo en un primer momento no había tomado conciencia de ella.
“Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras».”[29]
“Yo y el Padre somos uno.”[30]
La igualdad del Padre y el Hijo en cuanto a su naturaleza divina se encuentra expresada en el Evangelio, al punto de que se ordena honrar al Hijo como se honra al Padre. Si Jesucristo no fuese también Dios, esto sería un acto de idolatría:
“Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.”[31]
San Agustín partiendo de este texto de la Escritura explica de forma diáfana la divinidad del Hijo y su igualdad con el Padre en cuanto a su naturaleza.
“…no hay en la Trinidad aquella diferencia que éstos quieren establecer, porque en la Trinidad la naturaleza es idéntica, como también lo es el poder. Esto es lo que dijo el Hijo: A fin de que todos honren al Hijo como honran al Padre; y los que quieren vivir piadosamente, que adoren al Señor Dios suyo y que sólo a él sirvan, lo cual fue mandado por la ley divina a los antiguos padres. Ni puede ser de otro modo, pues tenemos que servir al único Señor Dios nuestro con la reverencia que se debe a Dios… Digo que esto de ningún modo puede verificarse si toda la Trinidad no es el mismo Señor Dios nuestro.”[32]
Los Títulos de la Divinidad
Cristo como verdadero Dios ostenta títulos que sólo Dios posee. Al igual que el Padre y el Espíritu Santo es el Primero y el Último, el Alfa y la Omega y Fin de todo.
“Así dice Yahveh el rey de Israel, y su redentor, Yahveh Sebaot: «Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios».”[33]
“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso.”[34]
“Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades».”[35]
“Al Ángel de la Iglesia de Esmirna escribe: Esto dice «el Primero y el Último», el que estuvo muerto y revivió.”[36]
“Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin… Yo, Jesús, he enviado a mi Ángel para daros testimonio de lo referente a las Iglesias. Yo soy el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.”[37]
Los tres textos anteriores son particularmente claros, porque es Jesús quien habla y quien utiliza esos títulos.
Cristo, al igual que el Padre es Dios de Dios, Rey de Reyes y Señor de Señores:
“porque Yahveh vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas ni admite soborno.”[38]
“Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterno su amor; dad gracias al Señor de los señores, porque es eterno su amor.”[39]
“Estos harán la guerra al Cordero, pero el Cordero, como es «Señor de Señores y Rey de Reyes», los vencerá en unión con los suyos, los llamados y elegidos y fieles.”[40]
“Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: «Rey de Reyes y Señor de Señores».”[41]
Objeciones en contra de la Divinidad de Cristo
Argumento #1 – Cristo dice “El Padre es mayor que yo”
“Si me amaseis, ciertamente os gozaríais, (porque he dicho) que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo.”[42]
Este texto fue en su momento uno de los más utilizados por los arrianos para negar la igualdad de Cristo con el Padre, y uno de los más utilizados hoy día de la mano de los Testigos de Jehová.
La dificultad radica en la incomprensión de la doctrina Trinitaria. Esta enseña que Cristo aunque es una sola Persona, tiene dos naturalezas (la humana y la divina). Esto quiere decir que aunque antes de la encarnación Cristo era solamente Dios, luego de esta llegó a ser verdaderamente hombre, sin dejar de ser Dios.
Al ser Jesucristo una persona pero con dos naturalezas, se le pueden aplicar las propiedades que corresponden tanto a su naturaleza humana como a su naturaleza divina (communicatio idiomatum). En este sentido se encuentran en el Nuevo Testamento textos donde se sugiere una subordinación de Cristo respecto al Padre, mientras en otros se sugiere una perfecta igualdad entre ambos.
San Agustín explica respecto a esto:
“Los que dicen que el Hijo es inferior al Padre apoyan su sentencia en las palabras del Señor cuando dice: El Padre es mayor que yo. Mas la verdad demuestra que en este sentido el Hijo es también inferior a sí mismo. Y ¿cómo no ha de ser inferior a sí mismo si se anonadó tomando forma de esclavo? No obstante, al vestir la naturaleza de esclavo no perdió la naturaleza de Dios, en la que es igual al Padre. Si, pues, tomó la forma de siervo sin perder su forma divina —en su forma de siervo y en su forma de Dios es siempre el Hijo unigénito del Padre, en su forma divina igual al Padre, y en su forma de siervo, mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre—, ¿quién no ve que en su forma de Dios es superior a él mismo y en su forma de esclavo a sí mismo inferior?”[43]
Sin embargo, hay otros textos en el Nuevo Testamento que hablan de la perfecta igualdad del Hijo y el Padre:
“Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo.
Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado.”[44]
En este texto se observa que:
1) Los judíos querían matar a Cristo, porque se hacía igual a Dios (versículo 18)
2) Cristo les da a entender que Él no es un Dios separado del Padre, pues no hace nada por su cuenta (versículo 19)
3) Luego tenemos una explícita declaración de omnipotencia, donde Jesús declara que aquello que hace el Padre eso lo puede hacer igualmente el Hijo (versículo 19)
4) Por último vemos una declaración de la igualdad entre el Padre y el Hijo, declarando la voluntad del Padre en que todos honren al Hijo como honran al Padre (no más, no menos).
Una explicación excelente nuevamente la recibimos de la pluma de San Agustín:
“La pupila humana no puede ver en modo alguno la divinidad, y los que la contemplan no son hombres, sino superhombres. Luego, con pleno derecho se han de entender del Dios Trinidad las palabras bienaventurado y solo poderoso, manifestando la venida de nuestro Señor en el tiempo oportuno (1 Timoteo 6,15). La expresión: el único que posee la inmortalidad (1 Timoteo 6,16) ofrece el mismo sentido de aquella otra: El único que obra prodigios (Salmo 71,18).
Desearía saber cómo la interpretan mis adversarios, pues si sólo al Padre la aplican, ¿cómo será cierta la afirmación del Hijo cuando dice: Todo lo que el Padre hace lo hace igualmente el Hijo?, ¿Hay, por ventura, algo más prodigioso entre los prodigios que resucitar y vivificar los cadáveres?
Pues el mismo Hijo dice: Como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así el Hijo vivifica a los que quiere (Juan 5,19-21). ¿Cómo obrará el Padre solo milagros, si estas palabras no permiten entenderlas del Padre solo, o del Hijo solo, sino del único y verdadero Dios?, esto es, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[45]
En su réplica al sermón de los arrianos explica:
“Pues las obras del Padre y del Hijo son las mismas, pero sin que el Hijo sea el mismo que el Padre, sino porque ninguna obra es del Hijo que no la haga el Padre por su medio, y ninguna obra es del Padre que no la haga a la vez por el Hijo.
Pues todo lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. No son unas las obras del Hijo y otras las del Padre, sino las mismas; ni las hace el Hijo de modo distinto, sino igualmente. Mas como el Hijo no hace otras obras semejantes, sino las mismas que hace el Padre, ¿qué es hacerlas igualmente sino hacerlas con idéntica facilidad e idéntica potestad?
Pues si, en verdad, los dos hacen las mismas obras, pero uno con mayor facilidad y poder que el otro, ciertamente el Hijo no las hará igualmente. Pero como hace las mismas obras e igualmente, no son en verdad distintas las obras del Hijo de las del Padre ni diversa la potestad de los que obran. Ni por cierto, sin el Espíritu Santo, pues éste no puede estar separado de los otros dos en obras que han de ser hechas por ambos.
Así, de un mismo modo admirable y divino, los tres hacen las obras de todos ellos, y los tres las de cada uno. Porque el cielo y la tierra y toda criatura son obra de los tres. Pues del Hijo se dijo: Todo fue hecho por él (Juan 1,3). Pero ¿quién se atreverá a apartar de cualquiera de estas obras al Espíritu Santo, que se caracteriza por conceder las gracias a los santos, de quienes está escrito: Mas todas las cosas las hace un mismo y solo Espíritu, repartiendo lo propio a cada uno según quiere?
Finalmente, siendo Cristo Señor de todos y Dios bendito por sobre todo por los siglos (Romanos 9,5), ¿qué obra entre todas se podrá negar al Espíritu Santo, que ha formado al mismo Cristo en el seno de una virgen?
Pues cuando la Virgen preguntó al ángel, que le anunciaba su futuro parto: ¿Cómo se hará esto, si no conozco varón? (Lucas 1,34), recibió esta respuesta: El Espíritu Santo descenderá sobre ti (Lucas 1,35). Pero se denominan obras de cada uno las que manifiestan pertenecer a una persona.
Así, el nacer de una virgen sólo pertenece al Hijo; la voz desde la nube: Tú eres mi Hijo amado, sólo pertenece al Padre (Mateo 3,17; 17,5); sólo se apareció el Espíritu Santo en la forma corporal de paloma. Sin embargo, toda la Trinidad hizo aquella carne de solo el Hijo, aquella voz de solo el Padre, aquella forma de solo el Espíritu Santo. No porque cada uno de ellos sea incapaz sin los otros de realizar lo que hay que hacer, sino porque la operación no puede estar separada; donde no sólo es igual la naturaleza, sino también indivisa. Pues, siendo tres, cada uno de ellos es Dios, y, sin embargo, no son tres dioses.
Porque el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios; y el Hijo no es el mismo que el Padre, ni el Espíritu Santo es el mismo que el Padre o el Hijo; sino que el Padre es siempre Padre, y el Hijo es siempre Hijo, y el Espíritu de ambos nunca es sólo de uno de ellos, o del Padre o del Hijo, sino que siempre es Espíritu de los dos.
No obstante, toda la Trinidad es un solo Dios. Pues ¿quién negará que ni el Padre ni el Espíritu Santo, sino solo el Hijo, caminó sobre las aguas?
Únicamente el Hijo tiene carne, en virtud de la cual pudo posar sus pies en las aguas y andar por ellas. Pero de ningún modo se piense que esto lo realizó sin el Padre, cuando de todas sus obras se dice: Mas el Padre, que permanece en mí, hace sus obras.
Tampoco sin el Espíritu Santo, pues el arrojar los demonios fue igualmente obra del Hijo. Es cierto que la lengua de aquella carne, por la que mandaba salir los demonios, pertenecía a solo el Hijo; sin embargo, él mismo dice: Yo arrojo los demonios en el Espíritu Santo.
Asimismo, ¿quién sino solo el Hijo resucitó? Pues sólo pudo morir el que tuvo carne. Con todo, esta obra, por la que el Hijo resucitó, el Padre no fue ajeno, ya que de Él está escrito: “El que resucitó a Jesús de entre los muertos” (Romanos 8,11). ¿Por ventura el mismo Hijo no se reanimó? ¿En dónde encajará lo que dijo: “Destruid este templo, y yo lo levantaré en tres días” (Juan 2,19)?
También afirma que tiene poder para entregar su alma y para tomarla de nuevo (Juan 10,18). ¿Y quién será el que desbarre de tal modo que piense que el Espíritu Santo no cooperó en la resurrección de Cristo hombre, cuando actuó para que el mismo Cristo hombre existiera?”[46]
Argumento #2 – Cristo no es Omnisciente.
“Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre.”[47]
Un texto muy utilizado por los arrianos para intentar demostrar que Cristo, al no conocer el día y la hora del final del mundo, es inferior a Dios y no es Dios.
Hay otros textos, sin embargo, que indican la omnisciencia de Cristo en cuanto a su naturaleza divina:
“…para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.”[48]
“Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios.”[49]
“Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas».”[50]
San Hilario de Poitiers da una explicación algo larga pero excelente.
“58. Pero los herejes entienden como una negación de su naturaleza divina el que se haya dicho: El Padre es mayor que yo (Juan 14,28); o también: El día ni la hora nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre (Marcos 13,32; Mateo 24,36).
Por lo tanto, la ignorancia del día y la hora, les sirve para negar que sea Dios unigénito; de tal manera que el Dios nacido de Dios no tendría aquella perfección de su naturaleza que es propia de Dios, ya que, al dominarle necesariamente esta ignorancia, una fuerza exterior sería más fuerte que él, y esta le mantendría en la fragilidad de su ignorancia como a quien es impotente frente a ella.
Más todavía: la locura de los herejes nos quiere obligar a esta interpretación impía, como si tuvieran derecho de imponer la confesión de que así se ha de creer; y aducen la razón de que así lo ha dicho el Señor, y puede parecer muy irrespetuoso que el testimonio que él da de sí mismo sea alterado con nuestra interpretación distinta.
59. Y en primer lugar, antes de hablar del sentido y la razón de estas palabras, se ha de considerar, con el juicio del sentido común, si puede creerse que ignore algo de cualquier cosa aquel que es el principio de todas ellas en lo que son y serán.
Pues si todo existe por medio de Cristo y en Cristo y existe de tal modo por medio de él que todo tiene en él (Colosenses 1,16) su ser, aquello que no es ajeno a él ni deja de existir por medio de él, ¿cómo no entrará también en su conocimiento, cuando muchas veces este por virtud de su naturaleza, que no puede ignorar nada, abarca aquello que no existe ni en él ni por él?
Y aquello que no tiene su razón de ser más que a partir de él y no recibe más que en él el desarrollo hacia lo que es y será. ¿Cómo quedará fuera del conocimiento que corresponde a su naturaleza por el cual y en el cual se contiene todo aquello que se ha de hacer?
Pues el Señor Jesús no ignora los pensamientos humanos; no sólo aquellos despertados por un motivo presente, sino también los que se agitarán a causa de los deseos futuros; así lo atestigua el evangelista: pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién era el que le iba a entregar (Juan 6,65).
¿Se podrá considerar que el poder de su naturaleza, que abarca el conocimiento de las cosas que todavía no existen y no ignora las inquietudes que habrán de soportar los ánimos todavía tranquilos, desconocía lo que existe por él y en él?
¿Y que sea impotente en lo suyo el que es poderoso en lo ajeno, aquel del que recordamos que se ha dicho: Todo ha sido creado por Él y en Él y Él existe antes que todos (Colosenses 1,16s); o aquello: Porque tuvo a bien que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar para él todas las cosas? (Colosenses 1,19s).
Puesto que en él está toda la plenitud, todas las cosas son reconciliadas por medio de él y en él y aquel día es la esperanza de nuestra reconciliación, ¿va a ignorar cuándo será aquel día cuya fijación está en él y cuyo misterio existe por él?
Pues ese día es el de su venida de que dice el Apóstol: Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él en gloria (Colosenses 3,4).
Nadie ignora lo que existe por medio de él y dentro de él. Cristo va a venir, ¿e ignora el día de su venida? Es su día, como dice el mismo Apóstol: porque el día del Señor vendrá de noche como un ladrón (1 Tesalonicenses 5,2), ¿y se ha de creer que él no lo conoce?
Los seres humanos planean lo que tienen que hacer, lo conocen de antemano en cuanto pueden, y el conocimiento de lo que han de hacer acompaña a la voluntad de llevarlo a cabo; y el que ha nacido como Dios, ¿ignora lo que existe por medio de él y en él?
Por él existen los tiempos y el día está en él, pues por medio de él se determinan las cosas futuras y en su mano está el disponer su venida. ¿Y vivirá en tal ignorancia que no conozca aquello que existe para él debido a la torpe naturaleza de su mente?
¿Será como las fieras y las bestias salvajes, que con su vida ajena a toda previsión ignoran aquello mismo que hacen cuando, movidas por cualquier impulso de su instinto irracional, son llevadas a cualquier parte con un proceder casual e incierto?
60. ¿Cómo se puede creer que el Señor de la gloria, por ignorar el día de su venida, posea una naturaleza desintegrada e imperfecta, que, por una parte, tiene necesidad de venir y, por otra, no conoce el tiempo de su venida? Por lo cual sería mejor atribuir a Dios la ignorancia que le quita el poder de conocer…
62. Pero Pablo, el doctor de las gentes, no tolera entre nosotros esta confusión del error impío según la cual se cree que el Dios unigénito ha ignorado algo. Pues dice: Fundados en el amor sean llevados a la riqueza de la plena inteligencia, al conocimiento del misterio de Dios, Cristo, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Colosenses 2,2s).
El Dios Cristo es un misterio, y en él están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Pero esto no se puede decir a la vez de una parte y del todo, porque la parte no significa el todo y el todo no puede ser interpretado como una parte.
Pero, si el Hijo ignora el día, ya no están en él todos los tesoros de la ciencia. Pero, si en él están todos los tesoros de la ciencia, no ignora el día, pues tiene en sí todo el tesoro de la ciencia. Pero nos conviene recordar que estos tesoros de la ciencia están en él ocultos, pero no por estar ocultos dejan de estar, pues están en él porque es Dios, pero por ser misterio se ocultan.
Pero para nosotros no está oculto ni es ignorado el misterio de Dios, Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la ciencia. Y porque él es misterio, veamos si es ignorante en aquellas cosas que no sabe.
Pero, si en otros lugares la confesión de ignorancia no puede interpretarse como desconocimiento, tampoco ahora ignora lo que desconoce. Pues como su ignorancia, dado que todos los tesoros de la ciencia están ocultos en él, es designio salvador más que ignorancia, se puede explicar la razón del ignorar sin entenderlo como un no saber.
63. Pues todas las veces que Dios dice que ignora, ciertamente confiesa ignorancia, pero no se encuentra limitado por ella.
Pues no saber nada tiene que ver con la debilidad de la ignorancia, sino que se debe a que no es tiempo de hablar o a que no ha llegado la oportunidad de obrar.
Dios habla así a Abraham: El clamor de Sodoma y Gomorra ha colmado la medida y sus pecados son muy grandes. Por lo tanto, bajaré y veré si, de acuerdo con su clamor, han llegado hasta el límite; y en el caso contrario, lo sabré (Génesis 18,20s). Tenemos, por consiguiente, al Dios que no sabe y que, con todo, no ignora; pues, si sabe que los pecados son muy grandes y, a pesar de todo, baja para ver si han colmado la medida o para saberlo si no la han colmado, vemos que no lo ignora porque no lo sepa, sino que entonces lo sabe, porque ha llegado el tiempo de obrar.
El que Dios sepa no es, por lo tanto, un cambio desde la ignorancia, sino la plenitud del tiempo. Hay que esperar todavía a que sepa. Pero no podemos pensar de Él que no sepa, y, con todo, todavía espere para saber; por ello es preciso que el hecho de que no sepa sabiendo o sepa ignorando no obedezca más que al designio de hablar y de actuar.
64. No podemos dudar, por lo tanto, de que el conocimiento de Dios es cuestión de tiempo más que de mutación en él; pues, cuando se habla de que Dios sabe, se trata del tiempo de dar a conocer el conocimiento más que en el momento en que se ha adquirido.
Esto mismo se nos enseña con lo que se le dijo a Abraham: No pongas la mano sobre el niño y no le hagas nada, pues ahora he conocido que temes al Señor, tu Dios, y no has perdonado a tu hijo amado por mi causa (Génesis 22,12).
Así pues, Dios ahora sabe. El que ahora sepa es indicación de una ignorancia anterior; pero esto no se acomoda al ser de Dios. Como tampoco es posible que antes ignorase que le era fiel Abraham, del que se ha dicho: Abraham creyó a Dios, y se le reputó como justicia (Génesis 15,6).
El que ahora conozca significa el momento en que Abraham recibió este testimonio, pero no que Dios en ese momento empezara a saber. Abraham con el holocausto de su hijo había mostrado el amor que tenía a Dios. Dios lo conoce en ese momento en que habla de ello. Pero como no se ha de pensar que antes no lo supiera, tenemos que considerar que se dice que entonces lo ha sabido porque habla.
Y entre los muchos pasajes que se contienen en el Antiguo Testamento acerca de la ciencia de Dios, hemos presentado estos sólo a modo de ejemplo, para que se comprenda que el que Dios no sepa no es debido a su ignorancia sino al tiempo.
65. En los Evangelios encontramos muchas cosas que el Señor ignora conociéndolas. No conoce a los que obran la iniquidad y se glorían en muchos milagros hechos en su nombre cuando dice: Y entonces juraré que no os conozco. Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad (Mateo 7,23).
Afirma incluso con juramento que no conoce a aquellos a los que, con todo, no desconoce como obradores de la iniquidad. No los conoce, por tanto, no por su ignorancia, sino porque a causa de la iniquidad de sus obras son indignos de su conocimiento; confirma la verdad de lo que dice incluso con el vínculo del juramento. Tiene él el no ignorar en el poder de su naturaleza y conserva el no saber en el misterio de su voluntad…
66… Cuando el que conoce perfectamente los pensamientos y las acciones pregunta, como ignorante, sobre los pensamientos y las acciones — como cuando pregunta a la mujer por qué ha tocado la orla de su vestido, o a los Apóstoles por qué discuten, o a los que lloraban dónde estaba el sepulcro de Lázaro—, no se ha de pensar que realmente no sabe, sino que se trata de un modo de hablar. Pues no tiene sentido que el que, estando
ausente, sabe que Lázaro ha muerto y ha sido sepultado, no sepa el lugar del sepulcro, y que el que ve los pensamientos, no haya conocido la fe de la mujer, o que el que no necesita preguntar acerca de nada, haya ignorado la discusión de los Apóstoles. Para aquel que todo lo conoce es un designio oculto el decir de vez en cuando que no conoce aquello que ignora.Así, en el caso de Abraham oculta, por un tiempo, su conocimiento; o en el caso de las vírgenes necias y de los obradores de iniquidad, en los que dice que no los conoce porque son indignos; o en el misterio del hijo del hombre si pregunta como si ignorase, es debido a su condición humana.
El que se adapta a la realidad de su nacimiento corporal en todo aquello en que se encuentra limitada nuestra débil naturaleza. No porque sea, por naturaleza, débil aquel que es Dios, sino porque el Dios nacido como hombre ha asumido las debilidades de los hombres. Y las ha asumido no de modo que la naturaleza inmutable se haya transformado en una naturaleza débil, sino de tal manera que el misterio de la asunción ha tenido lugar en la naturaleza inmutable, pues el que era Dios es hombre y el que es hombre no ha dejado de ser Dios.
Al obrar y mostrarse como quien ha nacido como hombre, la Palabra, que sigue siendo Dios, utiliza con mucha frecuencia el modo de hablar propio de su ser de hombre, y muchas veces el modo de hablar de Dios es el mismo que el de los hombres, pues dice que no sabe aquello que no es tiempo de revelar o aquello que no merece ser conocido.
Por consiguiente, tenemos que comprender por qué el Señor ha afirmado que desconoce el día. Si se cree que lo ignora absolutamente, el Apóstol contradice esta afirmación: En el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Colosenses 2,3).”[51]
Es la misma solución que la Iglesia enseña hasta hoy: lo que Cristo, en su ciencia humana, declara ignorar, declara igualmente no tener misión de revelarlo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 474).
Sobre la divinidad del Espíritu Santo
Así como la Escritura identifica a la Persona divina del Hijo con Yahveh, lo mismo hace con la Persona del Espíritu Santo.
No es poco frecuente encontrar en textos del Antiguo Testamento donde Dios habla, que es identificado como el Espíritu Santo en el Nuevo Testamento:
“Y percibí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?» Dije: «Heme aquí: envíame.» Dijo: «Ve y di a ese pueblo: “Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis.” Engorda el corazón de ese pueblo, hazle duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure».”[52]
El texto anterior es citado por San Pablo y atribuye las palabras de Dios al Espíritu Santo:
“Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: Ve a encontrar a este pueblo y dile: Escucharéis bien, pero no entenderéis, miraréis bien, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, y con sus oídos oigan, y con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los cure».”[53]
Lo mismo sucede con este texto del Antiguo Testamento:
“Porque él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su pasto, el rebaño de su mano. ¡Oh, sí escucharais hoy su voz!: «No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el desierto, donde me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mi obra. Cuarenta años me asqueó aquella generación, y dije: Pueblo son de corazón torcido, que mis caminos no conocen. Y por eso en mi cólera juré: ¡No han de entrar en mi reposo!».”[54]
En la Epístola a los hebreos es citado este texto donde habla Dios y sus palabras se atribuyen nuevamente al Espíritu Santo:
“Por eso, como dice el Espíritu Santo: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la Querella, el día de la provocación en el desierto, donde me provocaron vuestros padres y me pusieron a prueba, aun después de haber visto mis obras durante cuarenta años. Por eso me irrité contra esa generación y dije: Andan siempre errados en su corazón; no conocieron mis caminos. Por eso juré en mi cólera: ¡No entrarán en mi descanso!”[55]
La Escritura identifica al Espíritu Santo como un ser personal, a diferencia de la creencia herética de sectas como los testigos de Jehová que ven al Espíritu Santo como una fuerza impersonal, o como “la fuerza de Dios sobre la tierra”.
Una fuerza impersonal no puede ser entristecida, a diferencia de la Tercera Persona de la Trinidad.
“No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención.” [56]
Se puede también pecar contra el Espíritu Santo:
“Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.”[57]
El Espíritu Santo puede ser resistido:
“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros!”[58]
El Espíritu Santo consuela:
“Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo.”[59]
El Espíritu Santo es enviado por el Padre y enseña:
“Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.” [60]
El capítulo 16 del Evangelio de Juan diferencia claramente a las Tres Personas Divinas. Cristo anuncia que irá al Padre y que, desde allí, enviará al Espíritu Santo:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.”[61]
El Espíritu Santo es también Dios, por lo cual San Pablo puede decir con propiedad:
“¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.”[62]
San Cirilo de Alejandría lo explica de la siguiente manera:
“A quienes están tan llenos de ignorancia les propongo que respondan a esta pregunta: ¿Cómo podemos ser templos de Dios los que, según dice Pablo, tenemos el Espíritu Santo que habita en nosotros, si el Espíritu no fuera Dios por esencia?
Si él fuera una criatura y obra de Dios, entonces ¿por qué razón nos destruye Dios, si es que nosotros hemos destruido el templo de Dios, al profanar nuestro cuerpo en el que habita el Espíritu Santo, el cual tiene la misma y única esencia de Dios Padre y del Hijo unigénito?
De no ser así, no sería verdad lo que dijo el Salvador: Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y a él vendremos y en él haremos mansión, pues debemos tener en cuenta que el Espíritu habita en nosotros y que por medio de él creemos tener con nosotros al Padre y al Hijo, tal como dice el mismo Juan en una de sus cartas: En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros, que nos dio de su Espíritu.”[63]
Es oportuno citar también a San Basilio de Cesarea, quien explica cómo los nombres que atañen al Padre y el Hijo son comunes al Espíritu Santo:
“Se le llama «Espíritu», como en: Dios es Espíritu y en: Cristo Señor es Espíritu de nuestro rostro. Es «Santo», como santo es el Padre y santo es el Hijo. Efectivamente, para la creatura, la santidad fue introducida de fuera, mientras que, para el Espíritu, la santidad es plenitud de naturaleza. Por eso tampoco es «santificado», sino «santificador».
Es «Bueno», como bueno es el Padre y bueno el Hijo, el engendrado del bueno, y tiene por esencia la bondad. Es «Recto», como recto es el Señor Dios, porque él mismo es verdad y es justicia, sin desviarse ni doblegarse en ningún sentido, por causa de la inmutabilidad de su ciencia.
Es «Consolador», como el Unigénito, según lo que este mismo dice: Yo rogaré a mi Padre y os dará otro Consolador. Así los nombres que atañen al Padre y al Hijo son comunes al Espíritu Santo, quien recibe estos apelativos por razón de su afinidad de naturaleza. ¿De qué otra parte podrían venirle efectivamente?
Se llama además Espíritu Rector, Espíritu de la verdad, Espíritu de sabiduría. El Espíritu que me hizo fue un Espíritu divino. Y a Beseleel —dice— lo llenó Dios de Espíritu divino de sabiduría, de inteligencia y de ciencia. Tales son, pues, los nombres, grandes sobremanera, mas ciertamente sin exageración, sobre la gloria.”[64]
Notas
- Ricardo Sada Fernández, El misterio de la Santísima Trinidad, disponible en https://encuentra.com/el_misterio_de_la_santisima_trinidad_13961/ ↩
- Génesis 1,26 ↩
- Génesis 11,5-9; Isaías 6,8 ↩
- Isaías 44,24 ↩
- Isaías 48,13 ↩
- Isaías 51,13 ↩
- Juan 1,1-3 ↩
- Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV,20,3
Carlos Ignacio González, S.J., Ireneo de Lyon, Contra los herejes, Conferencia del Episcopado Mexicano, México 2000 ↩ - Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV,20,1 ↩
- Tertuliano, Contra Práxeas, 12
Johannes Quasten, Patrología I, Biblioteca de Autores Cristianos 206, Quinta Edición, Madrid 1995, pág. 622 ↩ - Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 62,1-4
Daniel Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, Biblioteca de Autores Cristianos 116, Tercera Edición, Madrid 1996, págs. 411-412 ↩ - Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios, XVI,6,1
Biblioteca de la Iglesia Reformada, http://www.iglesiareformada.com/Agustin_Ciudad_16.html ↩ - Ambrosio, El Espíritu Santo, III, 109-111
Biblioteca Patrística Ciudad Nueva, Madrid 1986ss, 41, 225-226
Guillermo Pons, La Trinidad en los Padres de la Iglesia, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1999, pág. 56 ↩ - Pseudo-Atanasio, De la encarnación y contra los arrianos, 10:
Migne Patrología Griega, 161 vols., París 1875ss, 26,1000 ↩ - Teodoro de Mopsuestia, Homilía Catequística, 16,36
Jesús Solano, Textos Eucarísticos Primitivos, Tomo II, Biblioteca de Autores Cristianos 118, Tercera Edición, Madrid 1997, pág. 102 ↩ - 2 Corintios 13,13 ↩
- 1 Corintios 6,11 ↩
- 1 Corintios 12,4-6 ↩
- Mateo 28,19 ↩
- Juan 1,1-3 ↩
- Mateo 1,22-23 ↩
- Isaías 9,5 ↩
- Hebreos 1,8 ↩
- Hebreos 1,6 ↩
- 1 Juan 5,20 ↩
- Colosenses 2,9-10 ↩
- Juan 17,5 ↩
- Juan 20,27-28 ↩
- Juan 14,7-11 ↩
- Juan 10,30 ↩
- Juan 5,22-24 ↩
- Agustín de Hipona, Réplica al Sermón de los arrianos, XXIV, 27
Obras completas de San Agustín, Tomo XXXVIII, Biblioteca de Autores Cristianos 512, Madrid 1990, pág. 329 ↩ - Isaías 44,6 ↩
- Apocalipsis 1,8 ↩
- Apocalipsis 1,17-18 ↩
- Apocalipsis 2,8 ↩
- Apocalipsis 22,13-16 ↩
- Deuteronomio 10,17 ↩
- Salmo 136,2-3 ↩
- Apocalipsis 17,14 ↩
- Apocalipsis 19,16 ↩
- Juan 14,28 ↩
- Agustín de Hipona, La Trinidad, I,7,14
Obras completas de San Agustín, Tomo V, Biblioteca de Autores Cristianos 39, Madrid 1985, pág.142 ↩ - Juan 5,18-23 ↩
- Agustín de Hipona, La Trinidad, I,6,11
Obras completas de San Agustín, Tomo V, Biblioteca de Autores Cristianos 39, Madrid 1985, pág. 137-138 ↩ - Agustín de Hipona, Réplica al Sermón de los arrianos, XV
Obras completas de San Agustín, Tomo XXXVIII, Biblioteca de Autores Cristianos 512, Madrid 1990, pág. 305-308 ↩ - Mateo 24,36 ↩
- Colosenses 2,2-3 ↩
- Juan 16,30 ↩
- Juan 21,17 ↩
- Hilario de Poitiers, La Trinidad, IX, 58-67.
San Hilario de Poitiers, La Trinidad, Biblioteca de Autores Cristianos 481, Edición Bilingüe preparada por Luis Ladaria, Madrid 1986, pág. 492-502 ↩ - Isaías 6,8-10 ↩
- Hechos 28,25-27 ↩
- Salmo 95,7-11 ↩
- Hebreos 3,7-11 ↩
- Efesios 4,30 ↩
- Mateo 12,31-32 ↩
- Hechos 7,51 ↩
- Hechos 9,31 ↩
- Juan 14,26 ↩
- Juan 16,7-13 ↩
- 1 Corintios 3,16-17 ↩
- Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de S. Juan, 1,13:
Migne Patrología Griega, 161 vols., París 1875ss, 73,157
Guillermo Pons, El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1998, pág. 24 ↩ - Basilio de Cesarea, El Espíritu Santo, 19,48
Biblioteca de Patrística 32, Ciudad Nueva, Madrid 1986ss, pág. 188-189
Guillermo Pons, El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1998, pág. 23-24. ↩