Miguel: Hola José, en nuestra primera conversación tu citabas este texto bíblico: “el que cree en Cristo tiene vida eterna” (Juan 3,36) ¿recuerdas?

José: Por supuesto.

Miguel: Pero…si los católicos conocen ese texto bíblico, ¿por qué no pueden estar seguros de su salvación y por qué creen que hace falta algo más para salvarse, como hacer buenas obras o cumplir los mandamientos?

José: Explicar esto tomará tiempo. ¿Qué te parece si te respondo la primera pregunta, y en una próxima ocasión platicamos sobre la segunda?

Miguel y Marlene: De acuerdo.

José: Antes de comenzar, respóndeme esto: ¿por qué crees que ese texto de alguna manera prueba que los cristianos que han llegado a creer en Cristo ya han asegurado su salvación?

Miguel: Yo lo veo muy simple: si desde el momento de creer ya tienes vida eterna, en presente, no tienes que esperar, ni hacer nada más para tenerla, porque como la palabra lo dice: eterno es “para siempre”. Pues bien, quienes tenemos fe estamos salvados. La Biblia está llena de textos que nos lo dicen: “Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (1 Juan 5,13); “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3,36); “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3,16); “En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5,24)

José: Creo que sin darte cuenta has dado en el clavo al señalar el tiempo verbal en que esos textos están conjugados, me refiero, a que en todos esos casos se nos dice que el que cree, en presente, tiene vida eterna.

Julia: Es precisamente lo que decimos.

José: Pues bien, al estar el verbo “creer” conjugado en tiempo presente, expresa una acción de progreso en el tiempo. ¿Qué quiere decir esto? Que el texto debe entenderse de esta manera: “Todo el que en Él cree (mientras cree – en presente) tiene vida eterna”. Si se hubiese conjugado en tiempo aoristo[1], el cual hace referencia a un punto específico en el tiempo, pudiésemos entenderlo como tú lo haces. Por ejemplo, si el texto dijese: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que en él creyó, tuviese vida eterna”, sin embargo no dijo eso, dijo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que en él crea (presente), tenga vida eterna”.

Por lo tanto, el tener vida eterna (en presente) está condicionado a creer (también en presente). Si se deja de creer, ya la promesa de Cristo no aplica, porque no prometía vida eterna por haber creído, sino por creer (presente progresivo), o lo que es lo mismo, mantenerse creyendo.

Otro punto que pasas por alto, es que aquí creer no se refiere meramente a un asentimiento mental[2], sino que este “creer” está asociado a la fidelidad. Por eso, en el evangelio Jesús nos dice: “No todo el que me dice «Señor Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre Celestial” (Mateo 7,21). En la epístola a los Hebreos se nos dice que Cristo “se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5,9). San Pablo aclara: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8,1), lo que deja claro que esta fe involucra la obediencia y la fidelidad.

Julia: Pero si tu forma de interpretar ese texto fuera cierta, ¿por qué Cristo nos dice que al creer ya tenemos vida eterna? Recuerda lo que te he dicho: vida eterna significa vida para siempre.

José: Mientras estamos en este mundo, nuestra vida eterna está íntimamente ligada a la fidelidad, y si no hay fidelidad deja de ser permanente. Observa por ejemplo, cuando Juan nos habla de alguien que ha comenzado a odiar a su hermano, y por ese pecado ya no tiene vida eterna “permanente” en él: “Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3,15). San Juan nos habla lo que sucederá a cualquier hermano en la fe que aun habiendo creído se aparte de Dios y comience a odiar a su hermano. Al odiar, ya deja de ser fiel al amor de Dios. Lo mismo aplica a cualquier pecado mortal que interrumpa la comunión de la persona con Dios.

Esta idea de la necesidad de creer para salvarse, no cómo un asentimiento mental de un momento en el tiempo (aoristo), sino de un presente progresivo, se encuentra de manera diáfana en otros textos bíblicos: “Él os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él; con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis” (Colosenses 1,22-23); “Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (Hebreos 3,6).

Visto de esta manera, armoniza perfectamente con el resto de los textos de la Escritura, donde se exige fidelidad hasta el final para salvarse, y no un mero acto de haber creído:

“El que persevere hasta el fin, ése se salvará.” (Mateo 24,12-13)

“…Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida.” (Apocalipsis 2,10)

“Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, …Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden.” (Juan 15,2.6)

“¿cómo saldremos absueltos nosotros si descuidamos tan gran salvación? La cual comenzó a ser anunciada por el Señor, y nos fue luego confirmada por quienes la oyeron.” (Hebreos 2,3)

“Así pues, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado.” (Romanos 11,22)

“Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado.” (1 Corintios 9,25-27)

“Pues más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que le fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno».” (2 Pedro 2,21-22)

“El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Ángeles.” (Apocalipsis 3,5)

En el Antiguo Testamento también encontramos la misma idea. Por un lado se nos dice que Abraham fue justificado por la fe, pero luego se nos dice que fue justificado por sus obras. Además de eso, Dios deja meridianamente claro que cuando el justo se aparta de la justicia perece: “Cuando yo dijere al justo: De cierto vivirás, y él confiado en su justicia hiciere iniquidad, todas sus justicias no serán recordadas, sino que morirá por su iniquidad que hizo… Cuando el justo se apartare de su justicia, e hiciere iniquidad, morirá por ello.” (Ezequiel 33,13-18)

Julia: Pero entonces, ¿Por qué el evangelio nos dice que “ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús”? (Romanos 8,1)

José: Nota que allí también está conjugado en presente. No te dice que ninguna condenación pesa sobre los que “estuvieron” en Cristo, sino en los que “están” (presente), y eso quiere decir “mientras estén” y se mantengan firmes.

Cuando yo meditaba sobre esto, e investigué lo que creía la Iglesia primitiva, me di cuenta que la idea de que no se puede perder la salvación era completamente ajena a los primeros cristianos. Fíjate que ya en la Didaché, que es el escrito cristiano no canónico más antiguo (año 60) contemporáneo a los evangelios, escriben: “Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento[3]. San Clemente Romano, ordenado por el propio San Pedro, en el año 96 escribe: “Por nuestra parte, luchémonos por hallarnos en el número de los que le esperan, a fin de ser también participes de los dones prometidos. Mas ¿cómo lograr esto, carísimos? Lo lograremos a condición de que nuestra mente esté fielmente afianzada en Dios; a condición de que busquemos doquiera lo agradable y acepto a Él; a condición, finalmente, de que cumplamos de modo acabado cuanto dice con sus designios irreprochables y sigamos el camino de la verdad[4], y la misma idea de mantenerse fiel hasta el final para salvarse mantiene a lo largo de toda su epístola. San Policarpo, discípulo del apóstol San Juan escribe: “el que a Él le resucitó de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, con tal que cumplamos su voluntad y caminemos en sus mandamientos[5]. San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Pedro y San Pablo, afirma que no basta solamente tener fe sino perseverar en ella hasta el final[6]. El pastor de Hermas, datado a mediados del siglo II nos habla de una visión donde ve a cristianos que habían creído pero que luego pierden su salvación al apartarse del camino de la fe y la obediencia[7]. Y junto con ellos, San Justino Martir[8] (siglo II), San Ireneo de Lyon[9] (Siglo II), San Teófilo de Antioquía[10] (siglo II), entre muchos otros[11].

Julia: Pero todos esos cristianos, por más renombre que tuviesen, eran hombres falibles que podían equivocarse.

José: Por supuesto, pero muchos de ellos fueron evangelizados por los propios apóstoles, como San Clemente, San Policarpo y San Ignacio. Y así como ellos, lo entendieron los cristianos por dieciséis siglos, hasta la llegada de Martín Lutero cuando inició su Reforma Protestante, pero ni siquiera él pudo convencerlos a todos, y por eso hay también hoy en día muchos evangélicos que sí creen que la salvación se puede perder[12].

Miguel: Pero visto así, ¿Cómo pueden vivir en paz temiendo que pueden perder su salvación? Cristo ha venido para enseñarnos que aunque seamos pecadores en Él tengamos salvación y vida eterna.

José: Tenemos esperanza en que Él estará allí para ayudarnos a levantar, y por eso si pecamos podemos acudir al sacramento de la penitencia. Lo que no debemos creer, porque no es bíblico ni ha sido la fe de la Iglesia a lo largo de su historia, es que tenemos la salvación asegurada inclusive aunque dejemos de ser fieles a Dios y su Palabra. De ser así, estaríamos haciendo oídos sordos a todas las advertencias de Cristo y podríamos terminar como las vírgenes necias de la parábola: “«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!” Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.” Pero las prudentes replicaron: “No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: “¡Señor, señor, ábrenos!” Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco.” “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.” (Mateo 25,1-13)

Jesús nos llama a perseverar hasta el final, a estar preparados, no a confiarnos creyendo que ya aseguramos nuestra salvación. Recuerda que nos dijo: “«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: “Mi señor tarda”, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” (Mateo 24,42-51)

Notas

  1. Steve Ray, evangélico bautista converso al catolicismo explica las diferencias entre los tiempos griegos aoristo y presente de la siguiente manera:
    Tiempo Aoristo: El tiempo aoristo se caracteriza en acción puntual; esto es, el concepto del verbo es considerado sin relación al tiempo pasado o presente o futuro. Los eventos descritos por el tiempo aoristo se pueden agrupar en varias categorías según los gramáticos, pero el sentido más común es siempre la idea de una acción que se comenzó en un cierto punto (“aoristo inicial”), o que se terminó en un cierto punto (“aoristo acumulativo”), o simplemente que existió en un cierto punto (“aoristo puntual”). La categorización de otros casos pueden ser encontrada en las gramáticas griegas.
    Tiempo Presente: De acuerdo con Dana y Mantey en su libro Un Manual de Gramática del Nuevo Testamento Griego “El significado fundamental del tiempo presente es la idea de progreso. Es el tiempo lineal… la fuerza progresiva del tiempo presente debería siempre de ser considerado como primaria, especialmente con referencia a los modos potenciales, que en la naturaleza del caso no necesitan de ningún tiempo “presente puntual”… Existen tres variedades de tiempo presente en las cuales su idea fundamental de progreso es especialmente patente.” Y cuando habla del presente progresivo explica: “Este uso se acerca a la idea principal del tiempo. Significa acción en progreso, o estado de persistencia…” En pocas palabras el tiempo presente expresa una acción en progreso en el tiempo presente.
  2. Si bastase el mero asentimiento mental los demonios se salvarían, ya que como dice la Biblia: “Los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2,19)
  3. La Didaché 16,1-2
    Daniel Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos 65, Quinta Edición, Madrid 1985, pág. 92-93
  4. Clemente Romano, Carta a los Corintios XXXV,4-8
    Ibid. pág. 210
  5. Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses 2
    Ibid. pág. 662-663
  6. Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 14,1-2
    Ibid. pág. 455
  7. El Pastor de Hermas, Visión tercera, 7
    Ibid. pág. 957
  8. Justino Mártir, Apología I,12,1-2; I,16,8; I,21,6;
    Daniel Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, Biblioteca de Autores Cristianos 116, Tercera Edición, Madrid 1996, pág. 191-192; 199; 205-206
  9. Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 37,1-2
  10. Teófilo de Antioquía, Autólico I,14
    Ibid pág. 781
  11. En mi libro Compendio de Apologética Católica hay un capítulo completo dedicado a analizar con más profundidad la posición de la Iglesia primitiva respecto a esto.
  12. Dentro del protestantismo tradicional surgió una tendencia conocida como arminianismo, que se apartaba de los postulados calvinistas y reconocía que la salvación sí puede perderse si el creyente se aparta de la fe por medio de su libre elección.