La Predestinación
Nihil Obstat:
Dr. Antonio Zaldúa Uriarte
Imprimatur:
Bilbao, 14 de Setiembre de 1962
PABLO, Obispo de Bilbao
Fuente: Charlas sobre la gracia, Por Cardenal Charles Journet
1.
Con la ayuda de lo que ha sido dicho en las
páginas precedentes, convendrá tratar de leer, de interpretar algunos textos de
San Pablo referentes particularmente a la predestinación.
Estas cuestiones de la gracia son muy
misteriosas, muy profundas. Si
olvidáramos, cuando de ellas se trata, que Dios es un Dios de amor, si
habláramos de ellas sin situarlas en ese ambiente de la bondad divina que
precave los corazones podríamos decir cosas que parecieran, teológicamente
–digamos mejor, verbalmente, literalmente- exactas, pero que serían en realidad
desfiguradas, mentirosas, capaces de extraviar. En verdad, sólo los grandes santos, los
grandes enamorados de Dios, pueden hablar de estas cosas sin alterarlas.
Recordemos por de pronto que en la palabra predestinación,
como en la palabra presciencia, el prefijo “pre” significa
una anterioridad de dignidad y de excelencia, no una anterioridad cronológica
que haría pensar en un escenario preparado con antelación. La predestinación es una asignación de amor
venida de lo alto, es una suprema destinación divina en vías de realización, es
una suprema cortesía del Amor, no rehusada sino acogida y después cumplida.
2. La doctrina de la predestinación es una
doctrina escriturística, revelada. Debemos acatarla sin duda alguna. Pero ¿cómo entenderla? ¿De una manera
católica o de una manera luterana o calvinista que es una aberración y sobre la
cual volveremos?
La palabra predestinación es de San Pablo. Escribe él en el capítulo I, 3 de la Epístola
los Efesios: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que en
Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos; por cuento en
El nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e
inmaculados ante El, y nos predestinó
en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito
de su voluntad:.
Poco después, en el capítulo II, 4, se lee:
“Pero Dios que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó y
estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo –de
gracia habéis sido salvados- y nos resucitó y nos sentó en los cielos por
Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la excelsa riqueza de su
gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús” El apóstol ve ahí por anticipado a los
elegidos reunidos en los cielos alrededor de Cristo y que dirán: Gracias ¡oh Dios!, por habernos predestinado, prevenidos por vuestro
amor. El “si” supremo que hecho dicho,
sois Vos quien nos habéis movido a decirlo ¡A vos sea dada
la gloria!
La palabra predestinación se encontraba ya en la
Epístola a los Romanos: “Y a los que predestinó, a esos también llamó, y a los
que llamó a esos les justificó; y a los que justificó a esos también los
glorificó” (Rom. VIII, 30). También aquí ve el apóstol por anticipado a
los elegidos reunidos en los cielos y considera cómo Dios les ha conducido
allá: primeramente les ha llamado y les ha prevenido con gracias que ellos han
rechazado aun cuando pudieran haber sido invencibles; si las han acogido es por
una moción divina, porque nuestros “si” nos vienen siempre de Dios: “Tu pérdida
viene de ti, oh Israel. Sólo de Mí viene tu socorro”. No habiendo rechazado esa primera llamada,
pasaron a la justificación por una nueva moción divina; y aquéllos, en fin, a
quienes justificó, Dios los introduce en los cielos: ésta es la suprema
atención por la que Dios permite que muramos en su amor.
3. Cuando volváis a leer estos textos no os
sentiréis turbados si los situáis en la perspectiva que os indico. Os acordaréis de que si alguno no está
predestinado es porque ha dicho no y
no solamente por una única repulsa, como los ángeles caídos, porque la gracia
divina visita repetidamente y hasta fuerza nuestros corazones. ¿Cuántas veces? Los Apóstoles preguntaron un
día a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra
mi? ¿Hasta siete veces? Díceles Jesús: NO digo Yo
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt.
XVIII, 21-22). He aquí lo que Jesús
espera de los hombres a pesar de que son miserables y rebeldes a la
misericordia. En otra oración dirá
Jesús: “Pues, ¿quién de vosotros es el que si su hijo le pide pan le da una
piedra, o si le pide un pez le da una serpiente? Si pues, vosotros siendo malos
sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en
los cielos dará cosas buenas a quien se las pida! (Mat. VII, 9-11) – cons. Luc. XI, 11-13). Entonces, Dios me perdonará El también 70
veces 7, Volverá a llamar a la puerta de mi alma. Sin embargo, si quiero negarme puedo hacerlo;
tengo la facultad terrible de decir no
a Dios, de decir un no definitivo que
fijará mi destino para la eternidad.
Puedo decirle: no quiero saber nada de tu amor; quiero seguir siendo yo
mismo; ser yo mismo no en Vos sino contra
Vos; ser para siempre como una espina en Vuestro Corazón. He aquí la pavorosa repulsa del infierno.
Lo que pudiera quizás ser aquí causa de
confusión es la parábola tan conmovedora de Lázaro y el mal rico (Luc. XVI, 19) en
la que se ve al mal rico suplicar: ¡Padre Abraham permite que Lázaro vaya a
advertir a mis hermanos para que cambien de vida! Pero Abraham responde: Tienen a Moisés y a
los profetas, que los escuchen. Si no
les escuchan, aunque alguno resucitara de entre los muertos, tampoco le
escucharían. La intención de la
parábola, como veis, es la de enseñar que es necesario escuchar ahora que es
tiempo; después será ya tarde. Pero se
engañaría uno pensando que en el infierno tienen los condenados los
sentimientos de caridad que la parábola presta al mal rico. Si un condenado pudiera decir: “Oh Señor, permíteme que vaya a anunciar a los demás lo que
es Tu amor, a fin de que no se condenen como yo”, introduciría el amor en el
infierno y el infierno sería destruido.
(Es preciso siempre discernir la intención con que se dice una parábola
– intención que el evangelista señala- sin lo cual quedaría desnaturalizada y
correría el riesgo de extraviar.
Recuérdese la parábola del administrador infiel de la que tantos
cristianos poco inteligentes se escandalizan)
Así, pues, si alguno no se encuentra entre los
predestinados, será por alguna repulsa de la que es, y no dejará de ser
responsable. Persistirá en su repulsa,
en su odio –y eso mismo constituirá su tormento- pero sin desaprobar su primera
elección. Santo Tomás nos da una
comparación: suponed
un hombre que odia a su enemigo. Desearía
matarlo: Si lo encuentro, piensa el, le matarél Pero tiene un impedimento, tal vez está en
prisión. ¡Ah, se dirá a sí mismo, cuando salga de la prisión! Vive y se nutre
de su odio. Se le dirá: ¿No ves que tu
odio te hace desgraciado? Es verdad, contestará él, pero así y todo quiero vengarme. Bien sabemos todos, por lo demás, que nos es
posible mantener en nosotros sentimientos que nos torturan. Pues bien, ese ejemplo es sólo una imagen de
lo que será la repulsa perpetua de los condenados, repulsa que es causa de que
no se encuentren entre los predestinados.
He ahí la doctrina católica.
Lo que hemos dicho más arriba de la presciencia
divina nos permite precisar más esta doctrina.
No demos nosotros: “Dios no predestina”, Dios abandona, Dios reprueba a
los que sabe de antemano que
rehusarán a o rehusarían sus atenciones”.
Lo que decimos es: “Dios no predestina, Dios abandona, Dios reprueba a
los que ve, de toda eternidad, tomar por sí mismo la primera iniciativa de la
repulsa definitiva de sus atenciones”.
Tiene en cuenta, desde siempre, la libre repulsa de ellos, para
establecer su plan inmutable y eterno.
4. La doctrina errónea expuesta por Lutero y por Calvino en su Institución cristiana, dice que así como
algunos están predestinados para el cielo, otros lo están para el infierno al
que no escaparán jamás. Es la tesis de
la doble predestinación: la una para el cielo, que es cierta, a condición de
que no se la entienda como Lutero y Calvino (para los cuales, como hemos visto, la buena acción
viene únicamente de Dios y no de Dios a través del hombre); la otra para el
infierno. Como veis hay un doble error:
se falsea la predestinación para el cielo y se introduce esa noción de la
predestinación para el infierno que es la peor aberración. Los protestantes actuales, por lo demás, no
defienden ya en esto a Calvino; Karl
Barth declara francamente que no puede encontrar en
San Pablo esa predestinación para el infierno.
(Con todo, desde el punto de vista doctrinal, algunos críticos han visto
en la tesis de la doble predestinación la clave de bóveda de la Institución cristiana)
5. Vamos a examinar en seguida unos textos que,
mal leídos, pueden ser interpretados a la manera de Calvino. Particularmente en el capítulo IX de la
Epístola a los Romanos. Elijo a
propósito esos puntos neurálgicos para mostraros el modo de ponerlos en claro. Pero, ¿se debe, verdaderamente, tratar de
esas cuestiones? ¿No es imprudente el hacerlo?
Creo que hay que proceder diferentemente según
los casos: me encuentro ante una persona a la que atormenta el problema de la
predestinación. Se pregunta él: ¿Me
salvaré? Si estoy predestinado estoy seguro, haga lo que haga, de mi salvación,
y si no lo estoy, todo el bien que pueda yo hacer será inútil. ¿Qué contestaré yo a tales dificultades? Mi
papel consistirá por de pronto en adivinar el sentido de la pregunta. Se trata, quizá, de una cuestión
especulativa, de una cuestión de verdad revelada, de Teología. En tal caso mi respuesta será sin duda un misterio
pero no una contradicción. Ya sabéis que
el misterio es adorable, es la noche de Dios, de la que se nutren el
metafísico, el teólogo, el santo; mientras que la contradicción, por el
contrario, es odiosa, es la noche de la incoherencia y del mal. Pero podrá ser una cuestión atormentadora, la
pregunta de un alma que pasa por una prueba interior a la que Dios quiere
clavar en la cruz. Entonces no trataré
yo de dar explicaciones. Estarían fuera
de lugar. Diré: Soporta por de pronto esa prueba, sobrellévala en la noche
haciendo grandes actos de fe y algo muy misterioso va a operarse en ti. Después, un día, cuando se haya cumplido lo
que Dios buscaba al trabajar tu alma, vendrá a mí y volveremos a hablar del
asunto y la respuesta que yo te daré se te manifestará en su verdad. Pero por
el momento está abatido, es que Dios exige de ti un acto de abandono total. No trates de eludirlo. Si yo comenzara a argumentar, contigo,
traicionaría mi papel de “ángel” encargado de asistirte, de mostrarte el
camino.
Lo que decimos ahora a propósito de la
predestinación puede valer en otras circunstancias. Si se plantea un problema especulativo,
esforzaos en ponerlo en claro. Podréis
no tener siempre contestaciones para todo, pero la Iglesia sí las tiene y
podréis informaros. Pero hay también el
plan de la conducta de Dios con respecto a las almas. Pienso en determinada persona para la que la
piedra de tropiezo era el sufrimiento de los animales. Ninguna de las contestaciones que se trataba
de darle le satisfacían. No estaba en condiciones de
comprenderlas. No le quedaba más que llevar
esa inquietud como una cruz. Y eso era precisamente
lo que sin duda Dios esperaba de ella.
Para la cuestión de la predestinación lo santos han sabido encontrar
contestaciones que resuelven el problema, no teóricamente, sino concretamente,
en la noche del amor. Por ejemplo: “Señor,
si vuestra justicia debe condenarme un día, yo deseo ser condenado porque sé que
ella es adorable”. O: “Señor, si yo no
debiera amaros más tarde en la eternidad, al menos que os ame aquí durante el
tiempo presente”. O: “Oh Dios mío, Tú sabes que yo no puedo soportar el infierno;
y yo sé que no soy digno del Paraíso. ¿Qué astucia emplearé? ¡Tú perdón!” Es así como Dios los tranquiliza. El demonio decía a Santa Teresa: “Para qué
tomarte tanto trabajo, ¡la suerte está echada!”
Como mujer de ingenio, ella respondió: “Pues no valía la pena de que te
molestaras para decírmelo”. Comprendió
entonces el demonio: también él tenía ingenio.
6. Vengamos
ahora al tema del repudio de los judíos tal y como está tratado en la Epístola
a los Romanos, capítulos IX y XI: “Porque la salud viene de los judíos”, había
dicho Jesús a la Samaritana. Dios había
preparado a ese pueblo –privilegiado entre todos los pueblos del mundo- como
una cuna para la Encarnación. Los
privilegios, ya lo tengo dicho, no son lo principal. Lo principal es el amor que Dios dispensa a
todos a causa de la muerte en cruz de Cristo, y que cada uno es libre de acoger o de rechazar. Pero, en fin, la salud mesiánica, el honor de
anunciar y de recibir al Mesías, se ofreció primeramente a los judíos. Y he aquí que cuando el Mesías viene, los
judíos en su conjunto le desconocen, pasan de lado. ¿Qué hará Dios? Podría decir: ¿No han aceptado mis
atenciones? Yo me las reservaré. Pero
Dios no hace eso nunca. Cuando el don de
su amor es rehusado por un alma o por un pueblo, lo transfiere a otras almas o
a otros pueblos. No cierra las puertas
del festín: en lugar de los primeros invitados, manda buscar a los pobres, los
mancos, los ciegos (Luc. XIV, 21). En lugar de los judíos se llama a la
inmensidad de los gentiles. Así la culpa
de los judíos se convierte en la salvación de los gentiles. “Gracias a su transgresión
obtuvieron la salud los gentiles…, su menoscabo es a riqueza de los gentiles (Rom XI, 11-12). Y
cuando los gentiles que han acogido esa luz comiencen a entibiarse, Dios hará
que vuelvan los judíos. La masa de
Israel –lo que no quiere decir todos los judíos, sino el conjunto de los judíos-
llena de envidia al ver que otros pueblos le han sido preferidos, entrará al
fin en la Iglesia. Y las conversiones del
judaísmo, que en el transcurso de los tiempos tienen lugar constantemente, muestran
el camino por el que, un día, llegará la multitud de los judíos. “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis
este misterio para que no presumáis de vosotros mismos: Que el endurecimiento
vino a una parte de Israel hasta que entrase la plenitud de las naciones; y
entonces todo Israel será salvo” (Rom. XI,
25-26). Es entonces cuando el apóstol
exclama: “!Oh profundidad de
la riqueza, de la sabiduría, y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e
inescrutables sus caminos!” (Rom, XI, 33).
7. San Pablo se aflige, con todo, de que Israel
haya en su conjunto rehusado eses Mesías nacido en su seno: “Que siento una
gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón porque desearía ser yo mismo
anatema de Cristo por mis hermanos, mis deudos según la carne, los israelitas,
cuya es la adopción y la gloria y las alianzas y la legislación y el culto y
las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo
que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, amén” (IX,
2-5).
Pero entonces, pregunta el Apóstol ¿ha faltado
Dios a su palabra, ay que había prometido a Abraham toda una descendencia? No,
porque la IgIesia, en su origen, estaba enteramente
compuesta de judíos, con la Virgen y Simeón y Ana y los apóstoles y nunca será
tan bella como lo fue en aquellos momentos.
La promesa de Dios no ha fallado, porque ha habido un “resto” –es la palabra
técnica- que ha permanecido fiel cuando
la masa se ha extraviado.
Y Pablo explica aquí (Rom.
IX, 6-8) que los que son de la posteridad de Abraham no son todos hijos de
Abraham. Hay el Israel de la carne (son
los que descienden por vía de generación de Abraham) y luego el Israel de la
Promesa que son los que, entre los descendientes de Abraham, tienen el espíritu
de Abraham. Y hay los gentiles, a los
que la gracia será ofrecida y que se unirán a esos últimos; forman parte del
Israel de la Promesa, del Israel del espíritu; no por vía de generación y de
descendencia carnal, sino por vía de la generación espiritual dada en el bautismo.
8. Llegamos ahora al pasaje capital. San Pablo empieza por decir: ¿Pueden
hacérsele reproches a Dios porque va a elegir otro pueblo en lugar del que El
había primeramente elegido y que no aceptó su don? No, declara el Apóstol, porque Dios, sin
injusticia, elige a quien le parece y rechaza a quien le parece. Para entender el sentido de su respuesta
quisiera yo hacer una distinción; vendrá a ser la clave de ese capítulo IX.
Hay dos suertes de vocaciones, de destinaciones,
de llamadas: vocaciones referentes al tiempo presente y que pudiéramos llamar
temporales, en las que la elección de Dios es completamente libre; y vocaciones
de destinación referentes a la vida eterna, en las que Dios no es libre de dar
o dejar de dar la gracia que, si no es rechazada, nos conducirá hasta la
Patria: Dios no es libre porque está ligado por su amor.
Entonces, prosiguiendo esa distinción,
¿reprocharé a Dios el que no me haya hecho poeta como a Dante, o el que no me
haya dado el genio de Pascal? ¿El
haberme hecho nacer en tal pueblo o en tal época de la historia? ¿En tal medio
social, con tal complexión, en tal estado de salud? ¿El no haberme dado como a
los Apóstoles la gracia de predecir el porvenir o de hacer milagros? Es El
completamente libre, no tiene por qué rendir cuentas. Pero si se trata de la vida eterna, entonces
no, Dios no es libre, debe darme gracias tales que si yo perdiera mi salvación
sea por mi culpa. Ya veis la diferencia. Si soy víctima de un accidente, si muero
cuando creía tener derecho todavía a la
vida, no podré decir aDios: eso no es justo. A ese respecto declarará San Pablo. Si el
alfarero hace un jarro vulgar y un jarro espléndido, ¿el jarro vulgar podrá hacer
una reclamación al alfarero? Si conviene que haya utensilios vulgares y también
obras de arte, ¿qué queréis que diga la arcilla? Lo mismo pasará con las
vocaciones temporales de diversos pueblos
también de su “vocación profética”: ¿Por qué fue Israel el depositario
del mensaje que anunciaba al Mesías? ¿Por
qué él y no los otros pueblos? En esto no hay nada que decir.
Es, pues, Israel sólo el que ha recibido la
vocación profética referente al Mesías ¿Quiere esto decir que los otros pueblos
fueron abandonados por Dios? No, Dios
les enviaba gracias secretas, no para que fueran portadores del mensaje
mesiánico, sino para orientarles hacia la salvación eterna con relación a la
cual ninguna alma en ningún pueblo era olvidada. Hay pues, como veis, dos registros, dos
planes. En un plan, el de los dones y
destinaciones temporales y también el de las gracias carismáticas, Dios es
completamente libre: elige a quien le parece y rechaza a quien le parece, sin
que en El haya injusticia. En el otro
plan, el de las gracias de salvación, Dios es indudablemente libre de dar a sus
hijos gracias diversas y desiguales: dos al uno, al otro cinco talentos
(parábola de los talentos); pero no es libre de privar a ninguna alma de lo que
le es necesario: está obligado por su justicia y por su amor a dar a cada una
de ellas, esas gracias que, sin o son rehusadas, las conducirán hasta el umbral
de la Patria.
9. Creo haberos dado la distinción que permite
entender el capítulo IX. Leámoslo
primero según el plan de las vocaciones concernientes al tiempo presente y a
los dones carismáticos. Es el plan a que
se refiere primeramente San Pablo. “Y no
es que la palabra de Dios haya quedado sin efecto. Es que no todos los nacidos de Israel son
Israel, ni todos los descendientes de Abraham son hijos de Abraham, sino que
por Isaac será tu descendencia. Esto es,
no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son
tenidos por descendencia. Los términos
de la promesa son éstos: Por este tiempo volveré y Sara tendrá un hijo” (Rom. IX, 6-9).
Abraham tenía un hijo de Agar, la sirviente, mientras Sara, su mujer, seguía estéril. Pero el ángel viene y anuncia: Sara tendrá un
hijo al año próximo. Tenemos a partir de
entonces dos hijos: Ismael, el hijo de la carne, e Isaac, el hijo de la
promesa. ¿A quién irá la descendencia?
¿Será a Ismael, del que cree tenerla el Islam?
No, sino a Isaac, el hijo de la promesa.
Por él se transmitirá el mensaje profético. Eso no
significa que Ismael sea rechazado por Dios en cuanto a las cosas de la
salvación eterna, pero no elegido para portavoz del mensaje profético.
Más tarde se da una nueva disyunción: Rebeca
concibió dos hijos de Isaac, nuestro padre. Eran dos gemelos: Esaú y Jacob ¿Cuál de los dos será el portador de la promesa
profética? También en esto Dios es
enteramente libre: “Pues bien, cuando aún no habían nacido, ni habían hecho aún
bien ni mal para que el propósito de Dios conforme a la elección no por las
obras sino por el que llama, prevaleciera, le fue a ella dicho: El mayor
servirá al menor, según lo que está escrito: Amé a Jacob más que a Esaú” (IX, 10-13).
“Amé a Jacob” como portador de la promesa, “más que a Esaú”, lo he dejado a un lado no en cuanto a la vida eterna
sino en cuanto a la promesa. “¿Qué
diremos, pues? ¿Que hay injusticia en Dios? No, pues a Moisés le dijo: Tendré misericordia
de quien tenga misericordia y tendré compasión de quien tenga compasión. Por consiguiente, no es del que quiere ni del
que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Porque dice la Escritura al Faraón: Precisamente para esto te he
levantado, para mostrar en ti mi poder y para dar a conocer mi nombre en toda
la tierra” (IX, 14-18).
¿Cómo comprender este pasaje? Moisés es enviado
por Dios a Faraón para decirle: Deja marchar a mi pueblo. Pero Faraón no quiere comprender. Si hubiera sido más inteligente habría
contestado: Márchate con tu pueblo.
Habría entrado, en ese caso, en los designios de Dios; habría participado,
en cierta medida, en la vocación del pueblo portador de la promesa. Pero, contrariando su voluntad, Israel
marchará y él enviará sus tropas en su persecución. Faraón se engaña en cuanto al plan de la gran
política: su error no exige necesariamente que se condene, pero la gloria de
Dios se manifestará a pesar de él; Moisés y su pueblo pasarán el mar en el que
los ejércitos de Faraón perecerán.
Prosigo leyendo, siempre en el primer plan: “así
que tiene misericordia de quien quiere y a quien quiere le endurece” (IX,
18). Es decir, abandona a la
incomprensión a quien le parece. Faraón
se equivoca en el plan de la gran política.
Ciro, en cambio, será más clarividente: liberará a Israel del cautiverio
y le devolverá a sus hogares para la reconstrucción del Templo: hará la
política de Dios. Por eso es alabado en
la Escritura.
Pero me dirás: Entonces, ¿por qué reprende?
Porque, ¿quién puede resistir su voluntad? Oh hombre,
¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Acaso dice el vaso al alfarero: ¿por
qué me has hecho así? ¿O es que no puede el alfarero hacer del mismo barro un
vaso de honor y un vaso indecoroso? Pues si para mostrar Dios su ira y dar a
conocer su poder soportó con mucha longanimidad a los vados de ira, maduros
para la perdición, y al contrario quiso hacer ostentación de la riqueza de su
gloria sobre los vasos de su misericordia, que El preparó para la gloria” (IX,
19-23)
“Para mostrar su ira” quiere decir: dejar de
lado. El mensaje pasará por otro
conducto, como dice en Oseas: Al que no es mi pueblo
llamaré mi pueblo y a la que no es mi amada, mi amada. Y donde les fue dicho: “No sois mi pueblo”,
allí serán llamados hijos del Dios vivo.
E Isaías clama de Israel: “Aunque fuera el número de los hijos de Israel
como la arena del mar, sólo un resto será salvo, porque el Señor ejecutará
sobre la tierra un juicio consumado y decisivo” (IX, 25-28)
10. Hemos leído esos textos según el plan de
vocaciones referentes al tiempo presente.
Ensayemos ahora el considerar ciertos pasajes según el plan de la
vocación referente a la salvación en la vida eterna. No es éste el plan al que se refiere
directamente San Pablo, pero puede estar a veces subyacente en su pensamiento.
Empecemos por texto: “Amé a Jacob más que Esaú” (IX, 13). Si
su significado fuera: amé la persona de Jacob y le di la salvación eterna; odié
la persona de Esaú y
le di la reprobación eterna, diríamos: desde toda la eternidad sabe Dios
que de El procede la iniciativa suprema del último acto de amor de Jacob; Jacob
se salva por la bondad divina. Desde
toda la eternidad Dios ve que la iniciativa primera del repudio de Esaú procede de Esaú; Esaú es condenado como consecuencia de ese libre repudio, a
pesar de las atenciones de la bondad divina y por haber aniquilado esas
atenciones. Es preciso distinguir
claramente la manera con que es salvado Jacob (es por la bondad divina) y la
manera con que Esaú es rechazado (es por su mala
voluntad). No hacer esa distinción,
decir que Dios tiene la primera iniciativa de la pérdida de Esaú,
como tiene la primera iniciativa de la salvación de Jacob, que Dios es la causa
de la pérdida de Esaú como es la causa de la
salvación de Jacob, es la aberración de Calvino.
Segundo texto: “Tendré misericordia de quien
tenga misericordia, y tendré compasión de quien tenga compasión” (IX, 15). Ved aquí en el plan de la vocación a la
salvación, la lección católica: Supongamos un hombre a quien Dios ha
prevenido con su amor y que peca, rehúsa libremente ese amor, saquea en él la
gracia. Dios puede decirle: “En adelante
te abandono a tu pecado, ¿es justo o no es justo? Responderá: Es justo. Pero Dios puede decir: “En justicia debería
abandonarte, como lo hago con otros; sin embargo, todavía esta vez, por pura
misericordia, por pura compasión, vuelvo a buscarte”. Veamos ahora la lección calvinista: El pecado
original ha destruido nuestro libre albedrío.
Dios escoge algunos de nosotros para salvarlos, tiene compasión de quien
tiene compasión. Los demás están
predestinados para el infierno. Y si
protestáis diciendo que es inicuo que hombres privados de libertad sean
arrojados al infierno, Calvino se enfrentará a
vosotros, os contestará que puesto que Dios lo hace, no es una iniquidad sino
un misterio que se debe adorar.
Tercer texto: “Porque dice la Escritura al
Faraón: Precisamente para esto te he
levantado, para mostrar en ti mi poder y para dar a conocer mi nombre en toda
la tierra. Así que tiene misericordia de
quien quiere y a quien quiere le endurece” (IX, 17-18). En el plano de la salvación eterna endurecer
a alguien quiere decir, según la lección católica: dejar que se desarrollen las
consecuencias de los actos que él ha voluntariamente realizado. He cometido tal pecado que va, normalmente, a
engendrar tal o cual otro; si Dios no interviene por pura misericordia para
romper ese encadenamiento de mis pecados, si me abandona a mi propia lógica, se
dirá que me he endurecido; descenderé libremente la pendiente que va de pecado
en pecado. ¿Es en este sentido como fue
endurecido Faraón? ¿Fue personalmente
condenado? ¿Cómo lo sabremos? En la
lección calvinista, endurecer, quiere decir precipitar cada vez más en el
pecado por una acción punitiva voluntaria de Dios.
Cuarto texto: “Pero me dirás: Entonces, ¿por qué
reprende? Porque, ¿quién puede resistir a su voluntad? ¡oh hombre! ¿quién eres tú
para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso dice el vaso al alfarero: Por qué me has
hecho así? ¿ O es que no puede el alfarero hacer del mismo
barro un vaso de honor y un vaso indecoroso? (IX, 19-21). Según la lección católica Dios está obligado
a dar la gracia a todos, pero no está obligado a la igualdad de las
gracias. Da a sus servidores uno, dos o
cinco talentos, a cada uno según su capacidad (Mat
XXV, 15); y esta diversidad contribuirá al esplendor del paraíso. Pero está obligado por su amor a dar a cada
uno de nosotros gracias tales que si no entramos en la Patria nos reconoceremos
como únicos responsables.
Quinto texto: “Pues si para mostrar Dios su ira
y dar a conocer suponer soportó con mucha longanimidad a los vasos de ira,
maduros para la perdición, y al contrario, quiso hacer ostentación de la
riqueza de su gloria sobre los vasos de su misericordia, que El preparó para la
gloria” (IX, 22-23). Dios puede
abandonar al pecador en su pecado y en la dialéctica de su pecado: en ese caso
soporta “con mucha longanimidad a los vaso de ira, maduros para la
perdición”. ¿Por qué les soporta? Quizás a última hora vendrá una vez más a
visitarles en su bondad. Pero Dios puede
también sacar inmediatamente al pecador de su pecado; y en tal caso hará
“ostentación de la riqueza de su gloria sobre los vasos de su
misericordia”. Pedro y Judas reniegan de
Jesús, Jesús podía abandonar en su pecado al uno y al otro; sería justo. Mira a Pedro, esa mirada conmueve a Pedro: he
ahí la misericordia.
Según la lección calvinista, Dios soporta con
una paciencia grande a los vasos de ira destinados a la perdición, como lo hace
con los vasos destinados a la gloria. Es
la perspectiva de la doble predestinación.
11. La idea de la predestinación no debe jamás
conducirse al fatalismo, ni hacernos decir: ¿para qué? ¿todo
es inútil? Os engañaríais, entonces, en orden a la fe y en orden a la Teología ¿Qué pensar del campesino que dijera: Dios sabe de antemano
si yo cosecharé el verano próximo, ¿para qué pues, sembrar en otoño? Le responderíamos: sin duda Dios ve de toda
eternidad que tú cosecharás o no, porque ve El desde toda la eternidad que
María Magdalena entrará en los cielos, porque de toda la eternidad que se
convertirá. Y cuando se trata de nuestro
repudio, lo tiene en cuenta desde toda la eternidad al establecer su plan
invariable.
Pero el pensamiento de la predestinación puede
llegar a ser una tentación de de desesperación que el demonio tratará de
introducir en nosotros. Si Dios permite
esta tentación no será par que caigamos en ella, sino para que hagamos grandes
actos de esperanza en la noche. A todas
las almas, en todos los momentos, pueden presentarse tentaciones sobre un punto
de fe: o de esperanza, por ejemplo, el que dice: yo creo en la vida
bienaventurada para los otros pero no para mí que soy demasiado pecador; o
también sobre el punto del amor. Los
grandes místicos, San Juan de la Cruz,
María de la Encarnación, son los que mejor han hablado de estas pruebas. Si encontráramos almas así tentadas,
convendría responderles simplemente: Dios está dentro de vuestro corazón y cava
misteriosamente su surco. Esto os pone
en agonía pero algo profundo se prepara y los actos de fe y de esperanza que hacéis así en la noche son quizás los más
preciosos de vuestra vida. En el cielo
seréis “consolados eternamente, porque aquí abajo habéis sido desolados
inconsolablemente”.
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