|
Los textos de la Carta de Joaquín García Icazbalceta se
resaltan en LETRAS CURSIVAS Y ROJAS.
Dolorosamente se fijó en el alma de aquel gran historiador y excelente
católico, don Joaquín García Icazbalceta, la convicción de que no había
habido aparición alguna de la Virgen de Guadalupe.
“En mi juventud”-nos dice- “creí, como todos los mexicanos, en la verdad del
milagro: no recuerdo de dónde me vinieron las dudas, y para quitármelas acudí
a las apologías; éstas convirtieron mis dudas en certeza de la falsedad del
hecho… De todo corazón quisiera yo que un milagro tan honorífico para nuestra
patria fuese cierto, pero no lo encuentro así”.
Ello le produjo graves pesares, no sólo por lo que significaba para él
personalmente en lo íntimo, sino por los resultados que al manifestarse al
exterior producía, quitando la devoción a la Virgen de Guadalupe, que él “a nadie querría quitar”, ya por los
ataques de que él mismo fue objeto.
De ahí, que aún su magistral Biografía de Don Fray Juan de Zumárraga (México,
1881) haya sido para él “un libro desgraciado”.
“Llamé desgraciado al libro”-le escribe al Dr. Nicolás León a 28 de
marzo de 1890- “porque, habiéndolo yo hecho en defensa del prelado y en
honor de la Iglesia, me lo recibieron mal por haber callado aquello, y luego
me acusaron de hereje al prelado, de modo que obtuve el fin contrario que me
proponía”. La herida fue honda y le decidió a no publicar ya otros libros
semejantes: “Escarmentado con el éxito del Zumárraga, que contristó a los
prelados, no me expondré a contristarlos otra vez, y he dado resueltamente
punto a toda publicación del carácter de las anteriores, aunque me queda
todavía excelente material, como los Memoriales de Motolinía, el Informe del
Sr. Montúfar, las Estadísticas del Siglo XVI que tengo ya copiadas, y por último
el Estudio Histórico que no concluí” (Al Dr. León, 24 de mayo, 1893).
Tenía también la firme resolución de no escribir jamás una línea tocante a
este asunto (de las Apariciones), del cual había huido cuidadosamente en
todos sus escritos.
Más he aquí que el Sr. Arzobispo Labastida le mandó que le diese su opinión
acerca de un manuscrito en que se trataba de “la verdad sobre la aparición de
la Virgen del Tepeyac y sobre su pintura en la capa de Juan Diego”, y se vio
obligado a exponer lealmente todo su sentir de historiador en este punto. Tal
fue el origen de su famosa Carta acerca del
origen de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México,
muchas veces impresa -la primera en latín y fraudulentamente (México, 1888)-
y siempre reeditada por los protestantes cuando hay alguna gran festividad
guadalupana.
"Su original estaba todo escrito de puño del mismo autor, cuya letra
me era ya perfectamente conocida”, dice don Jesús Galindo y Villa,
que la leyó por primera vez en 1889, antes de las primeras ediciones
castellanas de 1893 y 1896. “Es rigurosamente auténtica”, dice por su
parte don José Ma. De Agreda y Sánchez, el cual añade: “llegó en
tres ocasiones distintas el Sr. García Icazbalceta a enseñarme algunos datos
que, según sus propias palabras, “se le habían quedado en el tintero” y a
indicarme en qué parte del manuscrito se habían de incluir: aún guardo uno de
esos datos últimos”.
La Carta -según su propio autor- “pone
sencillamente a la vista lo que dice la historia acerca de la Aparición de
Ntra. Sra. de Guadalupe a Juan Diego” (núm. 3), es “el examen de la historia de la Aparición bajo el
aspecto histórico” (núm. 69). Pero, más exactamente, es la
exposición de la investigación guadalupana del Sr. García Icazbalceta:
investigación manifiestamente dominada por un prejuicio y reducida a la
crítica parcial de lo que otros habían encontrado en pro o en contra de las
Apariciones del Tepeyac.
Intentaré el análisis de este prejuicio, exponiendo su origen, su fórmula y
su actuación.
Con el prejuicio en el alma, -“no recuerdo
de dónde me vinieron las dudas”-, empezó el Sr. Icazbalceta su
investigación guadalupana- “para
quitármelas, acudí a las apologías”-. Tal vez fueron don Juan
Bautista Muñoz, con su Memoria sobre las Apariciones y el Culto de Nuestra
Señora de Guadalupe de México (Madrid, 1817), y el p. Fray Servando
Teresa de Mier, con sus Cartas al Dr. Muñoz sobre la Aparición de Nuestra
Señora de Guadalupe (México, 1879), quienes le despertaron las dudas.
Muñoz y Mier son ciertamente los principales inspiradores de la Carta
icazbalcetiana: y Muñoz es de quien toma don Joaquín la proposición
fundamental de ella: “antes de la
publicación del p. Miguel Sánchez, no se encuentra mención alguna de la
Aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego” (núm. 8)
Las apologías no le quitaron las dudas, antes “se las convirtieron en certeza
de la falsedad del hecho”. Por otra parte, en sus investigaciones históricas
no encontró en los papeles y libros del siglo XVI nada que afirmara
positivamente la Aparición de 1531.
Así, curiosamente, de lo que decían un filósofo del siglo XVIII y un fraile
apasionado y desautorizado; de las fallas de unas apologías que él, con su
preclaro talento, su vastísima erudición y sus inmensos recursos hubiera
podido subsanar; y de unas investigaciones históricas hechas en general o
sobre otros puntos, se originó el prejuicio del Sr. García Icazbalceta contra
la historicidad de las Apariciones Guadalupanas.
El prejuicio se formula en dos proposiciones que podrían ligarse como el
antecedente y el consiguiente de un entimema: “antes de la publicación del
libro del P. Miguel Sánchez (1648), no se encuentra mención alguna de la
Aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego”, luego “no hubo tal
Aparición en 1531”. Sin embargo, la última proposición -“no hubo Aparición
Guadalupana”-tiene alguna vez para el Sr. Icazbalceta un valor absoluto, que
le hace excluir lo anterior a 1648 por favorable a la Aparición (núm. 44).
En dos contrarios sentidos actuó el prejuicio: negativo, haciendo que el Sr.
García Icazbalceta no hiciera una investigación personal, especializada en la
cuestión guadalupana; y positivo, guiándole en la composición de la Carta.
Él mismo dice que no valía la pena hacer una especial investigación: “Si en uno o dos escritores siquiera, de los más
inmediatos al suceso, poco fidedignos que en lo demás fueran, encontrara yo
alusiones a la tradición, ya creería yo por lo menos que corría entre el
vulgo y que valía la pena aquilatarla” (núm. 59).
La Carta es larga, se compone de 70 párrafos numerados (1-70).
Comienza con una introducción explicativa y justificativa de la misma Carta
(1-5), plantea la cuestión (6-7), establece la proposición fundamental (8) y
su prueba (9-66), deduce como corolario el que, a juicio del autor, es el
origen histórico de la Imagen de Guadalupe (67-68) y concluye con un epílogo
que reafirma y completa lo que dice la introducción (69-70).
El número 8, que contiene la proposición, dice así: “Muñoz tampoco los conoció (los documentos últimamente descubiertos), ni pudo
conocerlos; pero todos ellos no han hecho más que confirmar de una manera
irrevocable su proposición de que “antes de la publicación del libro del P.
Miguel Sánchez no se encuentra mención alguna de la Aparición de la Virgen de
Guadalupe a Juan Diego”.
La prueba se reduce al argumento negativo o silencio universal, sobre la
Aparición, de los autores anteriores a 1648, aun en aquellos lugares de sus
obras que pedían una mención de ella; al cual, añade el Sr. García
Icazbalceta el argumento positivo contrario a la misma Aparición. Así resulta
“la demostración histórica que no admite
réplica”, compuesta de “la
terrible información de 1556 y el mudo pero unánime y desapasionado
testimonio de tantos escritores… que llevan a su frente al Ilmo. Sr. Obispo
Zumárraga” (55).
Por último, el corolario recoge los elementos históricos suministrados por la
prueba para reconstruir el origen “histórico” de la Imagen del Tepeyac.
Ahora bien, los dos argumentos -negativo y positivo-, se presentan con
parcialidad bajo la influencia del prejuicio que en diversa forma altera los
datos. El negativo se expone dividido en dos partes, pero no seguidas, sino
interrumpidas (9-29, 40-66) por el argumento positivo (30-39); se da por
terminado -como si se hubiese agotado la inducción que lo constituye- en el
número 28, que reproduce -ya como conclusión- la proposición fundamental;
pero se reanuda en los números 40-66, invalidando la prematura conclusión con
los casos no contados en la primera inducción “completa”. La segunda inducción
(40-66), en fin, cuyos casos eran muy imperfectamente conocidos por el en
otras ocasiones siempre acucioso investigador, salió tan mal lograda, que no
sólo varios casos posteriormente descubiertos, sino varios de los mismos que
allí cita el Sr. García Icazbalceta la han desmentido.
Además de lo que después anotaremos, en la exposición de la primera parte del
argumento negativo (9-29), hay esta notable inexactitud en el número 13: “en la cual (Descripción
del Arzobispado de México, remitida por el Arzobispo Montúfar) se da
cuenta de las iglesias de la ciudad sujetas a la mitra, y para nada se
menciona la ermita de Guadalupe”: inexactitud debida quizás al
olvido, pues el Sr. García Icazbalceta tenía el original de esa Descripción y
en él (p. 390 del impreso) la mención echada de menos.
En la exposición del argumento positivo contra la Aparición se avaloran a la
luz del prejuicio los datos de Sahagún y de la Información de 1556, que son
los que componen dicho argumento (17-19, 30-39). Sahagún, estudiado en los números
17-19, dejó -según el Sr. Icazbalceta (29) -“textos en que claramente la
niega (la Aparición)”. Si la niega, digamos por de pronto, existía la
tradición guadalupana en tiempos de Sahagún, contemporáneo de la Aparición:
lo que es directamente contra la tesis icazbalcetiana (núm. 59). Mas,
prescindiendo de eso, el texto de Sahagún -como he expuesto en otra parte-
indica que la Imagen de Guadalupe tenía un origen misterioso -milagroso., que
él no acababa de creer, pero que no se atrevía a contradecir, pues tenía en
su favor respetables autoridades: “de dónde haya nacido esta fundación de
esta Tonantzin, no se sabe de cierto” (III 299 edic. de México, 1938). Su
ignorancia no procedía de la falta de datos, sino de la oscuridad de ellos
por referirse a un hecho milagroso ocurrido entre los indios y en un lugar y
tiempo sospechosos.
La Información de 1556 impresionó vivamente al Sr. García Icazbalceta:
era “terrible” en contra de la Aparición (núm. 55), ya que “después de leído el documento, a nadie puede quedar
duda de que la Aparición de la Sma. Virgen el año de 1531 y su milagrosa
pintura en la tilma de Juan Diego es una invención nacida mucho después”
(núm. 32). Increíble parece que el insigne crítico dé fe a lo que produjo
escándalo y contradicción en un sermón ruidosamente impugnado por la sociedad
de aquella época, así por los ataques que contenía contra el Arzobispo, como
sobre todo por los que hacía contra la devoción guadalupana, que por reacción
contra el predicador se aumentó mucho más; por lo que algunos decían “de
aquí en adelante, si íbamos una vez (a la Ermita), iremos cuatro”.
La Información recogió todo lo que pudiera ser motivo para que “el
predicador fuese reprendido”: y a ello pertenecen la peregrina afirmación
-sin precedente ni repetición en toda la historiografía novohispánica- de que
la Imagen fue pintada por el indio Marcos y la de que no tenía un gran origen
como el de la de Loreto- milagroso.
Más fuerza parece tener lo que dijo un testigo sobre que “el fundamento
que esta ermita tiene desde su principio fue el título de la Madre de Dios,
el cual ha provocado a toda la ciudad a que tengan devoción en ir a rezar y
encomendarse a ella”. Pero, aclarado el sentido de esa frase, resulta que
nada hay contrario a la Tradición.
En efecto, a la pregunta a que respondió el testigo dice solamente:
“si sabe que el dicho provincial dijo que la dicha devoción de Ntra. Sra.
de Guadalupe se había comenzado sin fundamento alguno, porque dado que en
otras partes a imágenes particulares se tenga devoción, como a Ntra. Sra. de
Loreto y a otras, éstas habían llevado gran fundamento”.
El testigo, en cambio, no respondió a lo preguntando, sino que se volvió con
vehemencia contra el predicador para defender la devoción guadalupana como
totalmente ortodoxa desde su principio, tuviese o no un gran fundamento como
el de la de Loreto:
“Lo que este testigo sabe es que el fundamento que esta ermita tiene desde
su principio fue el título de la Madre de Dios… y éste le parece fundamento
bastante para sustentar la dicha ermita, y querer quitar la devoción sería
contra toda cristiandad”.
También en la segunda parte del argumento negativo (40-66) se advierte, y con
mayor fuerza, la influencia del prejuicio, que hace decir al Sr. García
Icazbalceta que todos los documentos recién descubiertos y no conocidos por
Muñoz “no han hecho más que confirmar de una
manera irrevocable” la proposición de Muñoz y la suya propia (núm.
8)
Por eso, tales documentos “o no existieron o hay en contra ellos gravísimas
objecciones”, que él no intentó solventar, pero que se han ido resolviendo
poco a poco. Por eso, las fidedignas Informaciones de 1666, que recogieron la
tradición oral, comprobándola amplia, constante y uniformemente, son unas
“tristes informaciones” (núm. 39).
Por eso, aún diciendo Florencia (Cap. 13, párr. X, en el título del párrafo)
de dónde toma ciertos datos relativos a Juan Diego, los critica el Sr.
Icazbalceta como “sacados nadie sabe de dónde”, (núm. 60). Por eso, hace un
comentario tan poco serio y feliz a propósito de este pasaje de Suárez de
Peralta:
“llegó (el virrey Enríquez) a Ntra. Sra. De Guadalupe, ques una Imagen
devotísima questá de México como dos legüechuelas, la cual ha hecho munchos
milagros. Aparecióse entre unos riscos y a esta devoción acude toda la tierra”.
Comenta, pues, el Sr. García Icazbalceta:
“No llama a la imagen aparecida, sino
devota”.
En seguida, como inquieto por la infidelidad del comentario, lo corrige
tácitamente:
“aunque sí dice que se apareció”
y prosigue:
“(pero) es preciso distinguir…”
Las palabras textuales del Sr. Icazbalceta son éstas:
“No llama a la imagen aparecida, sino
devota. Es preciso distinguir entre una aparición cualquiera… y la Aparición
de la Virgen a Juan Diego…” (núm. 47)
Por eso da como razón bastante para negar la autenticidad del Cantar de
don Francisco Plácido la autoritaria negación de lo que se está
discutiendo si existió o no:
“la sola circunstancia de haberse cantado el
día que “de las casas del Sr. Obispo Zumárraga se llevó a la ermita de Guadalupe
la sagrada imagen”, basta para negar la autenticidad del himno, pues no hubo
tal ocasión de que se cantase” (núm. 44).
Por último, por eso ataca despiadadamente al libro de Sánchez, en el que
-como vamos a ver- encuentra el principal escollo.
Pero antes hay que revisar la prematura conclusión del número 28, que supone
completa la inducción hecha en los números precedente (10-27). Puede negarse
que sean “silenciosos sobre la Aparición aun
en aquellos lugares que exigían una mención de ella”, autores que
la mencionaron en la misma obra allí citada (Cavo), o trataron
de ella en otra obra (Ixtlilxóchitl); que escribieron de
asuntos enteramente distintos (Valadés, Cisneros, Concilios Mexicanos),
o de tiempos anteriores a 1531 (Acosta, Las Casas, Durán), o posteriores
a ese año (Grijalva, Cabildo Catedral); cuyas obras no tenemos
completas (Motolinía, Tezozómoc), o escribieron documentos que
todavía no están explotados enteramente (Zumárraga, Garcés, Gante,
Fuenleal); que son poco autorizados por omitir muchas cosas
importantes en sus respectivas historias (Dávila Padilla, Daza, Muñoz
Camargo) o por mostrarse mal informados (Talavera, Gil González
Dávila, Ponce); o que no hacen sino reproducir textos ajenos (Gonzaga,
Fernández, Martín de León, Serna). Pero prescindiendo de esto, la
existencia de toda una serie de documentos y autores que iban a salir en los
números 40 y siguientes hacían ilegítima la conclusión: “Como V.S.I. ve, es completo el silencio de los
documentos antes de la publicación del libro del P. Sánchez” (núm.
28).
Al libro del P. Sánchez -Imagen de la Virgen María, Madre de Dios,
Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México (México,
1648)-, que es el punto central de la Carta, lo llama el Sr. Icazbalceta “historia peregrina” (36), “historia inaudita” (40), que en 1648 “cambia todo como por encanto” (36),
restaurando la devoción guadalupana que “nadie
conocía ya”, y la Aparición que “nadie
sabía” (35): hechos que comprueba con un pasaje del Diario del
Lic. Antonio Robles.
Pero hay muchos documentos que evidencian todo lo contrario.
Citaremos tan sólo los que hacen mención de la Aparición, dividiéndolos en
cuatro grupos: 1,
varios desconocidos del Sr. Icazbalceta y anteriores a 1648; 2, varios, también
desconocidos para él, posteriores a 1648 (en cuanto copias adicionadas para
poner al día documentos anteriores), pero independientes del libro de
Sánchez; 3, uno
de que era dueño el Sr. García Icazbalceta, pero no citado por él en la
Carta; y 4, los
citados por dicho Sr. y por él rechazados en fuerza del prejuicio, sin
haberlos examinado o conocido debidamente.
Desconocidos del Sr. Icazbalceta y
anteriores a 1648 son: las Coplas a la partida de la Virgen de
Guadalupe (México, 1634), que él no conoció hasta 1890 y de las que pensó
eran del siglo XVIII y no “habían de tener gran interés” (Al Dr. León,
14 abr. 1890); dos Sermones Guadalupanos en náhuatl, uno de la primera
mitad del siglo XVII y otro del XVI, que están en nuestra Biblioteca Nacional
y fueron publicados por el P. Cuevas; los Anales de Chimalpain
(1258-1612), publicados en París por Rémi Siméon en 1889; los Anales de
Juan Bautista (1555-82), que se conservan en el archivo de la Basílica, y
los Anales de la Fundación Heye de Nueva York, publicados en facsímil
por el P. Cuevas.
Desconocidos asimismo del Sr. Icazbalceta y
posteriores a 1648 (en cuanto copias adicionadas), pero
independientes de Sánchez, son cinco Anales indígenas: los de Cuitlaxcoapan
o Puebla, los de Tlaxcala, los de la Catedral de México,
los “Noticias Curiosas”, y los de México y sus contornos
(citados en obra posterior del Sr. García Icazbalceta). Que son
independientes de Sánchez, lo prueba, para los de Cuitlaxcoapan, Tlaxcala y
México y sus contornos, su diversa equivocación -o inexactitud- en los años
de la Era Cristiana en que registran la Aparición; y respecto de todos, su
mismo carácter de Anales, en los que -como dicen los Anales de Bartolache-, “iban
apuntando lo que iba sucediendo en su tiempo los viejos sabios de esta Nueva
España”. Dueño fue el Sr. Icazbalceta
-pero no la tomó en cuenta en su carta-, de la Historia en
verso del Capitán Luis Ángel de Betancourt, escrita antes de 1621
y que inequívocamente alude al milagro del Tepeyac.
Numeroso es, por último, el grupo
ligeramente estudiado por el Sr. García Icazbalceta. Empezando por
el libro del P. Miguel Sánchez, es de notar que éste, aunque muy en
general, indicó sus propias fuentes, que eran -a falta de los autos
originales de la Aparición, que no encontró en los Archivos de la Catedral-
unos papeles “antiguos y bastantes a la verdad”, y, sobre todo, la
Tradición “antigua, conforme y general”. Probado está en los
magníficos estudios de Velázquez, Junco, Cuevas, etc., que Sánchez no inventó
nada, sino que, en medio de las ampulosidades literarias propias de su
tiempo, utilizó la antigua Relación de Valeriano, que al año siguiente dio a
luz en su texto e idioma original el Br. Luis Lasso de la Vega. Uno y otro
libro fue aprobado por la autoridad eclesiástica, precisamente porque -no inventando
cosa alguna- estaban conformes con la Tradición: del de Lasso dice el censor
P. Baltasar González, S.J. que “está ajustado a lo que por Tradición y
Anales se sabe del hecho”. Con esto sólo quedan de nuevo en pie contra la
tesis icazbalcetiana el mismo P. Sánchez, Lasso de la Vega, el P. Balasar
González, don Antonio Valeriano y toda la Tradición “antigua, uniforme y
general”.
Tampoco quedaron invalidados por la crítica del sr. Icazbalceta: ni el viejo
testamento de Cuautitlán, que, superando las múltiples confusiones a que
ha dado lugar y la enmienda que se le hizo al año de su fecha -1559 en vez
del primitivo 159-, ratifica su antigüedad por sí mismo, ya con su añoso
papel y aspecto, ya con la anotación cronológica completa que trae de “sábado
11 de marzo de 15)5)9”; ni el testimonio del erudito Becerra Tanco,
que en las Informaciones de 1666 comprobó la Tradición con la Relación de
Valeriano, con un antiguo mapa pictórico que había visto en poder de Alva
Ixtlilxóchitl, con los cantares que entonaban los indios en Guadalupe antes
de la inundación de 1629 y con lo que personalmente oyó de respetables
ancianos -que nominalmente menciona-, de los cuales algunos habían oído
referir las Apariciones a Valeriano o a otros que, a su vez, las oyeron de
Juan Diego, Juan Bernardino o el Sr. Zumárraga; ni mucho menos fueron
anulados los testimonios de todos los 21 testigos, venerables por su edad,
sus conocimientos en la materia y su probidad, que, en las mismas
Informaciones de 1666 declararon bajo juramento haber sabido del milagro
guadalupano desde sus más tiernos años -es decir, a mediados del siglo XVI, a
fines de ese siglo o a principios del XVII, según las respectivas edades-; y,
lo que es más, haberlo sabido por personas que, por su parte, lo conocieron de
los propios labios de Juan Diego, Juan Bernardino o el Sr. Zumárraga.
Es, pues, falsa la tesis del Sr. García Icazbalceta, fruto de un
prejuicio que, en sus secuelas, amargó los últimos lustros del gran
historiador y acabó por paralizar toda su labor, tan fecunda y valiosa.
Concluyamos confirmando lo dicho con esta observación. La aparición del
Tepeyac, como hecho milagroso, tenía que tropezar con la incredulidad de
muchos. Absurdo y antihistórico sería que todos al principio hubiesen creído
en ella. Lo natural era que algunos dudaran, muchos no la creyeran y otros
muchos quedaran convencidos de su realidad. Aparicionistas y
antiaparicionistas exageraron: aquellos pretendiendo que hubo desde el
principio una fe universal y sin contradicciones en las Apariciones, éstos
suponiendo que una verdadera Aparición no podía dejar lugar a dudas.
|