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Este capítulo es una continuación de la epopeya de la Conquista de México.
Del
otro lado del mar habían llegado los "teules", quienes dislocaron
terriblemente el esquema teológico-cultural de los indígenas. A costa de
grandes peligros y esfuerzos, soportando penurias y fatigas, pero
persistiendo con una tenacidad digna de Alejandro Magno, el León de
Castilla había conseguido vencer al Águila del Anáhuac.
En el segundo capítulo sobre la Conquista, hemos resumido cómo se sentían
los indios en esos 10 años que transcurrieron entre la muerte del Quinto
Sol y la venida de la Madre de Ometéotl.
Añadimos, para completar el cuadro, que el choque cultural se manifestó en
numerosos aspectos: Los españoles, por ejemplo, no concebían que los indígenas
les superaran en algo, como por ejemplo, en el baño y la higiene personal,
que ellos apenas si practicaban, y que en cambio eran norma entre los
indígenas, inventores del "temazcal".
Otra tremenda pérdida para la sociedad indígena fue el exterminio que los
españoles hicieron de Códices, libros sagrados y lectores de los mismos, como
si a una sociedad moderna le quitaran sus ingenieros, científicos,
pensadores, médicos, etc.
Y lo peor para los indios era, como hemos dicho, esa idea de que TODO lo que
habían creído era una mentira, y que sus antepasados, por haber sido fieles,
ahora estaban condenados a eternas penas en el infierno. y finalmente...
querían morir, pues ya no tenían nada por qué vivir, habían perdido toda
esperanza y aliciente cuando murieron sus dioses.
Resume
José Luis Guerrero la raíz de las apariciones guadalupanas, aplicándoles la
cita del Cantar de los Cantares (2:12), flores apparuerunt in terra nostra
-"han aparecido flores en nuestra tierra".
Lo que eran las flores y los cantos, era para los mexicanos una
expresión de belleza, de poesía, filosofía, misticismo, eran una rendija por
la cual el hombre podía atisbar un poco de la Verdad, de la realidad del Nelli
Teótl, (dios verdadero). En su filosofía, el Dador de Vida, el Ometéotl,
toleraba que los hombres intentaran buscarlo, tanteando a través de las
flores y los cantos. Y con eso coincidían también los españoles, para quienes
el hombre era demasiada poca cosa para Dios, quien nos regía desde muy
arriba, muy lejano y muy inaccesible.
Así dice José Luis Guerrero:
Con todo, diez años después de caída
Tenochtitlán, cuando ya el asentamiento español era inconmovible y el mundo
indio parecía destinado a sucumbir en un océano de tristeza,
"floreció" lo increíble: Ometéotl tomó la iniciativa
de venir Él al indio, reconocer y magnificar su fidelidad heroica y
ofrecerle premiársela con la más apoteósica de las coronas: ¡Convidarle a
ser hijo de su propia Madre!
Yo recomiendo, a quien le interese este asunto, leer íntegros los últimos 7 capítulos
del libro Flor y Canto del Nacimiento de México, que tratan
precisamente del milagro guadalupano, y de todo lo que significó para los
indios.
A fin de no plagiar el laborioso trabajo de Guerrero, me limitaré a dar una
síntesis comentada, de lo que el autor expone en estos capítulos, al mismo
tiempo, insistir en que, aunque el mensaje de Guadalupe era originalmente
para nuestros antepasados indios, ahora nos pertenece también a nosotros, sus
hijos, para entender lo que somos y que María es nuestra Madre.
Imaginemos
por un instante lo que significaba para los indios que el propio Ometéotl se
manifestara a ellos con la misma vía que ellos utilizaban, las flores y los
cantos, y enviaba como embajadora suya a Su Madre, recordando además que la
madre era una figura muy importante y amada en la sociedad azteca.
Y para los indígenas la aparición del Tepeyac fue justamente lo que
necesitaban, el mensaje que les devolvía la razón de vivir, que les
explicaba lo que padecían y les ofrecía esperanzas... el Quinto Sol había
muerto, pero había llegado un nuevo, un Sexto Sol.
Que el Tepeyac floreciera, no quería decir nada
para los españoles, todo lo más un dejo de ternura y poesía... Para
los indios la felicidad, el paraíso, el Dios verdadero estaban identificados
indisolublemente con las flores, así que el que la Señora del Cielo
hiciese un vergel florido precisamente de ese rincón de su arrasada tierra:
la morada de Coatlicue Tonantzin, cuna de Huitzilopochtli y crisol
simbólico de su raza, les manifestaba íntimo conocimiento y amor de su
cultura, plena aceptación de su heroico pasado y aliento y esperanza de un
condigno futuro.
A esto se suma otro título de Ometéotl, Chalchiuhtlatónac, "el
que hace brillar las cosas como jade", y eso había ocurrido en el Tepeyac.
He tenido ocasión de leer a antiguadalupanos protestantes, -como José Luis
Montecillos, Daniel Sapia, Jorge Arturo Muñoz, etc.-, y para ellos, la
simbiosis o similitud entre la Virgen de Guadalupe y la Tonantzin del
Tepeyac, representa una idolatría continuada, y un engaño del que se valieron
los frailes para mantener a los indios en la idolatría. Su hipótesis es que
los franciscanos aprovecharon que los indios tenían una
"Diosa-Madre", y simplemente les dijeron que esa "Diosa-Madre"
era ahora María. Este tipo de pensadores anticatólicos sacan a
colación, cuando se trata de hablar de María, a diosas paganas antiguas como
Isis, Semiramis, Venus, etc., sugiriendo que el catolicismo adoptó tales
diosas, pero en la figura de María.
Aquí no voy a comentar tales dislates, imposibles si tomamos en cuenta la
doctrina oficial católica al respecto. Hablaré del caso concreto Guadalupe-Tonantzin.
En primer lugar, las expresiones del Nican Mopohua, los múltiples
mensajes en el ayate de Juan Diego, eran profudamente indígenas. Ningún
español hubiera podido concebir tan magistral engaño, y menos si consideramos
la enorme distancia cultural que mediaba entre los frailes y los indios. Muy
al contrario, para los frailes -franciscanos sobre todo-, el asunto de la Tonantzin
era similar a como lo conciben hoy estos protestantes: idolatría
disfrazada, y así la denosta Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia
General de las cosas de la Nueva España.
¿Entonces por qué Tonantzin?
Tonantzin
era, en la religión azteca, la Madre de Huitzilopochtli, el dios tribal de
los mexicas, y por lo tanto, su símbolo, su representación. El "Pueblo
del Sol", como se llamaban a sí mismos, veneraba con fervor a Tonantzin
por ser precisamente la madre de su dios principal, de su dios-tutelar.
La aparición de la Virgen, haciendo florecer el Tepeyac, era como dignificar
el lugar de Tonantzin, dignificar el seno de donde había nacido
Huitzilopochtli, era manifestar un amor y una entrega, a través de
Flores y Cantos, al "Pueblo del Sol", a los hijos de Tonantzin y
seguidores de Huitzilopochtli. El Tepeyac, siendo cuna de Huitzilopochtli,
era también símbolo de la misma raza azteca, y al hacer florecer este
símbolo, quedaba clara una cosa... Ometéotl demostraba su aceptación y su
reconocimiento a este pueblo, a través de un Amoxtli.
El Amoxtli de Ometéotl
Los
amoxtlis eran los mensajes escritos de los indígenas, cuyos dibujos
expresaban ideas completas, como es el caso de los Códices, que requerían de
traducción -como el famoso Padre Nuestro en jeroglífico-, y hasta 1945 la
norteamericana Helen Behrens expuso que la imagen Guadalupana no era
solamente una imagen, sino un Códice, un Amoxtli, donde Ometéotl daba un
mensaje completo a sus hijos mexicanos.
El rostro de la Guadalupana:, es el
de una jovencita, que ni es completamente india ni completamente española,
sino MESTIZA, cuando en el Anáhuac aún no existían muchachas mestizas
de esa edad. Entre los españoles y los indios, los hijos mestizos habían sido
ocasión de vergüenza, de desprecio, por no ser ni indios ni españoles, siendo
que eran los primeros verdaderos mexicanos, antepasados nuestros.
¿Y qué ocurre? Pues que el carácter mestizo, desdeñado, contemplado como
producto de violación y estupro, se revela tan valioso, que la propia Virgen lo
adopta como suyo, testimoniando así la importancia de la raza mestiza, de
la que ahora formamos parte la mayoría de mexicanos.
Añadamos a esto unas palabras significativas en el Nican Mopohua,
donde la Señora del Cielo dice: -daré todo mi amor, porque yo soy en
verdad vuestra madre compasiva, tuya y de todos los que en esta tierra estáis
en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores...-.
Eso de "estáis en uno", también es una alusión al mestizaje, pues
indios y españoles se unían en una nueva raza; la mestiza, la mexicana que
vive ahora, y este Nacimiento de México era la Aurora del Sexto Sol.
Y también es otro reconocimiento a la cultura india, para quienes amigos y
enemigos, en el mundo prehispánico, eran un sólo conjunto y necesarios unos
para otros. Y así ocurría ahora, indios y españoles, enemigos entre sí y tan
distintos, "eran uno solo", y esto era de ancestral conocimiento
indígena, y no español.
El jade: Otro detalle interesante es
que la Guadalupana significa una unificación de las dos religiones y las dos
razas. La Virgen demostraba amar y apreciar la cultura y la simbología
indígena, pero dejando claro al mismo tiempo que Ella representaba y era
parte, de la religión española, del cristianismo.
El broche que lleva en el cuello era como el óvalo de jade de las estatuas de
los dioses, que lleva grabada una cruz como las de las insignias castellanas.
Y el jade también era importante en la cultura india, por ser el "In
Chalchíhuitl in Quetzalli", "Jade y Pluma Preciosa", que
expresaban la belleza misma, incluso la divina.
El manto azul: El manto azul, "Xiuhtilmatli",
o "tilma de turquesa", era utilizado por los tlatoanime, los
principales, y es también una alusión a Huitzilopochtli, por significar el Ilhuícatl
xoxouqui", el "Cielo Azul", que era el séptimo de los
trece cielos, donde vivía Huitzilopochtli. Un cielo de este color representa
el cielo nocturno, que significaba también el "Yohualli
Ehécatl", -"Noche Viente"-, en referencia e "El
Invisible, Impalpable", que era Ometéotl, precisamente.
La túnica rosa: El color de la túnica
es más bien rosado, como bermejo, y también significaba el color del sol, el
rubio rojizo del sol que nace y muere, o sea, el color por excelencia de
Huitzilopochtli, y el título "Yestlanquenqui", "Vestido
de Rojo", otro título de Ometéotl.
A fuer de ser honesto, me veo obligado a aclarar algunos puntos: José Luis
Guerrero incluye en este análisis de la tilma a las estrellas del manto, los
rayos de sol que rodean a la Guadalupana, y el ángel que la sostiene. Sus
conclusiones son muy interesantes, pero los análisis de Callagan y Smith
revelaron que estos elementos no forman parte de la imagen original, y por lo
tanto, no creo que hayan estado impresos originalmente en el ayate de Juan
Diego. Creo que el simbolismo oculto en el Amoxtli de Ometéotl se limita al
Rostro, las Manos, el Manto y la Túnica, que sin embargo forman ya un mensaje
complejo:
Reuniendo pues, todos esos cabos sueltos y
"traduciendo" el mensaje completo, nos encontramos con algo casi
imposible de admitir, pero aún más imposible de negar: nada menos que lo
único que podía salvar a los indios de la muerte, devolviéndoles su
razón de existir, lo que anhelaban desesperadamente escuchar y lo que los
misioneros se hubieran dejado despellejar vivos antes que decirles jamás: Que
su antigua religión había sido buena, que había nacido de Dios y los había
elevado a merecer su amor y su premio, que era lo que ahora precisamente
recibían, promoviéndolos a algo sin comparación superior:"¡Bien,
siervo bueno y fiel!, en lo poco fuiste fiel, a lo mucho te elevaré: ¡Entra
en el gozo de tu Señor!" ( Mateo 25:21)
Es un paralelismo muy significativo con el pueblo hebreo, encontrando ahí el
mensaje de San Pablo a los Gálatas: Que la Antigua Ley fue buena, noble,
venida de Dios, pero ya cumplió su papel, ya llega una Nueva Ley, y por
fidelidad a la Antigua hay que dejarla, dándole su papel de que nos condujo a
lo definitivo.
Ahora los aztecas se explicaban todo: El sol ya no requería sangre porque
en el Universo las cosas habían cambiado, había otro orden, y a cualquier
azteca le sonaría lógico que todos los dioses del Anáhuac se sometieran y
dejaran sus luchas ante la conciliación que traía consigo la Madre de
Ometéotl.
Así se expresaba la Señora, en el Nican Mopohua, dando su mensaje:
NEHUATL yo (soy) -IN NICENQIZCA - la enteramente
ZEMICAC -por siempre ICHPOCHTLI -virgen SANCTA MARIA IN INATZIN Santa María,
venerable madre (de) - IN HUEL NELLI TEOTL -Dios (verdaderísimo Dios) -IN
IPALNEMOHUANI (Aquel por Quien se Vive)- IN TEYOCOYANI -Creador de los
Hombres- IN TLOQUE NAHUAQUE -Señor del Cerca y del Junto (“Aquel cabe Quien
está todo”)- IN ILHUICAHUA IN TLALTIPAQUE -(“Dueño del Cielo y de la
Tierra”)- parafraseando podríamos traducir:
“Yo soy la que os han dicho los misioneros: Una mujer realmente Virgen y
realmente Madre. No soy una diosa, pero soy mucho más que
cualquiera de las vuestras, pues soy Madre auténtica de Ometéotl,
el que está por encima de todos los dioses y el único que lo es
verdaderamente, de Aquel por quien vivís, de vuestro Creador y Conservador
que todo lo controla y que reina en todo el universo… y yo, Madre de
Ometéotl, pido ser Madre vuestra, tuya y de todos los hombres que en esta
tierra estáis en uno, y de todos los hombres, de cuantos me amen, me busquen,
de cuantos me otorguen su confianza”.
No resulta extraño, por lo tanto, que los indígenas se convirtieran por
millones al catolicismo, a pocas fechas de realizado el milagro, un
milagro que movía a los indios a hacerse cristianos, cosa que hasta entonces
resultaba trabajosa y lenta para los misioneros europeos, y añadimos, un
milagro sólo entendible culturalmente para los indios y no para los
conquistadores, lo cual descarta las hipótesis que se han dado en el sentido
de que “los españoles hicieron el fraude, para convertir a los indios más
fácilmente”. Ningún español hubiera sido capaz de elaborar algo tan
profundamente indígena, y tan profundamente cristiano al mismo tiempo.
San Pablo en Romanos 9:3, se lamenta de que los judíos (su raza), no hayan
querido aceptar la Nueva Ley, pero Juan Diego no tuvo semejante dolor, pues
los indios, al contrario que los judíos, aceptaron el cristianismo de
inmediato y de forma arrolladora. Hasta 1531, eran relativamente pocos los
indígenas convertidos, ya que veían esa nueva fe contraria a sus valores y
creencias. No olvidemos que los misioneros trataban a los dioses aztecas de a
“ídolos”, “cosas satánicas”, y que merecían ser destruidas, deshechos sus
templos y toda su cultura aborrecida, siendo realmente pocos los europeos que
se interesaron de buena fe por la cultura mesoamericana. Sahagún, por
ejemplo, se interesó sobremanera por la cultura azteca, y realizó una
monumental obra en la que rescata muchos datos de la misma, pero no lo hizo
por admiración de su objeto de estudio, sino lo hizo (como declara él mismo),
para estudiarla, conocerla, ¡y saber cómo destruirla desde sus cimientos!
Pero ante el Evangelio náhuatl de la Señora, abrazaron la nueva fe en masa, y
desde ese momento; México era una nación católica, tan profundamente que hoy
sigue siendo un país abrumadoramente católico y guadalupano. Motolínia
escribió varios años después, lo extraño que le parecía la a sus ojos ilógica
conversión tan voluntaria y entusiasta de los indígenas. De hecho, para los
españoles no tuvo importancia la devoción guadalupana, pero sí veían
sospechosa la devoción indígena por la misma, pues no pudiendo explicarse
tales conversiones y tanto ardor, recelaron de idolatrías disfrazadas. Así lo
comenta Sahagún, quien hace una avinagrada relación entre la Tonantzin
(pagana) y la Guadalupana, y no olvidemos tampoco que Sahagún (franciscano) y
Bustamante, fustigaban por esta y otras causas a sus colegas dominicos (como
el arzobispo Montúfar), pues los dominicos eran mucho más moderados y
considerados con los indígenas, siendo el mejor ejemplo fray Bartolomé de las
Casas.
Finalmente, ¿Qué ocurrió?
Citaré
textualmente a José Luis Guerrero, de su Flor y Canto del Nacimiento de
México:
A fuer de creyentes, podemos preguntarnos: ¿Por
qué?
¿Qué necesidad había de la catástrofe que fue la Conquista? ¿Era necesaria
para la conversión de México? ¿No hubiera sido acaso posible su ingreso
al Cristianismo sin ese horrible preámbulo?
No somos Dios para dar una respuesta a estas preguntas, pero la lente del
historiador puede responderlas en parte:
Tan cierto es que la grandeza del Anáhuac estaba en su cenit cuando fue
degollada por la conquista, como también que se hallaba en el momento inmediatamente
anterior a su colapso. Si no hubiera habido Conquista hubiera habido
algo peor: una tiranía que hubiera dejado cortos todos los denuestos de los
frailes, y que hubieran provocado, tarde o temprano, su propia destrucción.
Moctezuma ya había abierto la brecha, con arbitrariedades para propios y
extraños, y el “culto a la personalidad” que había inaugurado había empezado
a empujar al gobierno hacia una tiranía que devoraba a sus propios miembros,
especialmente a los más jóvenes y productivos, y que aceptaba el asesinato y
la tortura como valores altamente respetables.
Dios tenía que estar agradecido y orgulloso de la total entrega de sus hijos
mexicanos, pero al mismo tiempo no podía permitir que continuaran
expresándosela en forma de crímenes, aún hechos de muy buena fe. Por
más que admiremos el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos,
estos eran un innegable atentado contra la propia especie, una religiosidad
mística destinada a devorarse a sí misma.
Pero parece imposible para el hombre (en este caso para los misioneros europeos), conciliar
ideológicamente los conceptos religiosos indígenas con los conceptos
cristianos.
Pero Dios (para Quien no hay imposibles), consigue esto dando a la religión
azteca un magistral toque divino, otorgándoles lo que más apreciaban, la
máxima de las glorias en su propia axiología, la deificación del sacrificio, morir
en el ápice de su esplendor.
El Evangelio de San Juan (15:13), habla de que no existe nada mejor que
dar la vida por quien se ama, y con eso el mundo indio estaba
ardientemente de acuerdo, y eso le concedió Dios: morir por amor y
fidelidad a lo que amaba, con lo cual premiaba y al mismo tiempo reprimía
los sacrificios humanos.
Y esto no es una metáfora: cultural y socialmente, el mundo indio desapareció
con la Conquista, pero ese “Quinto Sol” no murió para perderse y
destruirse, sino para enriquecerse renaciendo cien veces en la futura
cosecha: murió para darnos la vida a nosotros; el pueblo mestizo que ahora
somos México.
Por eso resulta lamentable que el mexicano no se haya aceptado en su riqueza
de mestizo, y contradictoriamente, salta de querer ser indio, o bien querer
ser blanco, coqueteando con la idea de ser francés, o norteamericano, huyendo
de ser lo que es: español.
Todavía en México, las palabras “indio” y “gachupín” (español), sirven como
insultos.
México es demasiado rico en su personalidad étnica, y demasiado joven en su
existencia histórica, para no sentir aún en sus venas la agonía de la
Conquista. Su sangre hispana conserva algo de la altivez del vencedor, y su
sangre india adolece del traumatismo de quien se viera en humillante derrota.
Vástago orgulloso de dos razas épicamente grandes, se siente preso en el
conflicto de verse hijo de un padre a quien admira, pero odia por la
violencia infligida a su madre india, a quien ama profundamente, pero
desprecia por su debilidad.
Como
comentarios finales, me gustaría añadir que en mi opinión, las apariciones
guadalupanas representan ya el fin de la propia religión indígena. Hoy día ya
no existen adoradores de Tonatiuh, Huitzilopochtli, Tláloc o Quetzalcoátl. El
pueblo azteca verdaderamente había muerto, ofrendándose en sacrificio para
dar vida a otro pueblo; el pueblo mestizo mexicano.
Sellados por las apariciones guadalupanas, un factor de los que nos
merecieron el título de Siempre Fiel, por S.S. Juan Pablo II,
los mexicanos hemos de reconocer que nuestro nacimiento arranca a partir de
la Conquista y a partir del "Huey Tlamahuizoltica", El
Gran Acontecimiento, con el cual Dios y Su Madre Santísima premiaron la
fidelidad y el heroísmo del pueblo indio, alentándolo a una conversión que
todos los misioneros europeos no habían conseguido.
En su libro La religión demostrada, P.A. Hillaire afirma que una
prueba de la existencia de Dios, un medio por el que podemos ver su acción,
es a través de los hechos ciertos de la Historia, y un buen ejemplo
-en esta línea-, es precisamente la venida de la Madre de Ometéotl.
Ometéotl era -en la teología azteca- el Señor-Dos, el Primerísimo, Verdaderísimo,
el Creador y Dueño de todo, al que la Santa Iglesia Católica llama El que
es Un solo Dios en Tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Y este mensaje nos llegó de la forma más hermosa concebida por nuestros
antepasados indígenas, a través de las Flores que brotaron en el
Tepeyac, y de los Cantos que escuchara Juan Diego...
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