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PROTESTA
A todo lo que se refiere de milagros en este opúsculo no debe darse más
valor que el que permitan los decretos de su Santidad el Papa Urbano VIII;
todo queda sujeto al juicio y censura del sumo pontífice.
LA CUESTIÓN
En el número 918, época 2ª, tomo XIII de El Universal,
correspondiente al 24 de junio de 1896, se publicó en forma epistolar una
impugnación de la milagrosa aparición de nuestra Señora de Guadalupe, cuya
impugnación ha sido reproducida repetidas veces, y se dice ser del
acreditado historiógrafo mexicano D. Joaquín García Icazbalceta, que
por haber muerto, nada puede decir del escrito que se le atribuye. Sea
quien fuere su autor, como en él se trata de presentar como una fábula el
hecho que trae a nuestra patria una gloria inmarcesible, no es dado a un
mexicano que aprecie el insigne beneficio que hemos recibido del cielo,
guardar silencio al ver que se vilipendia a una nación de gloriosos
antecedentes religiosos y científicos, como si México fuera una colección
de hombres sin sensatez que aceptan con entusiasmo vulgares preocupaciones.
Es necesario vindicar nuestro honor y hacer ver que no era posible que un
historiógrafo, sea quien fuere, haya tenido mejor criterio que el de todo
nuestro país por espacio de tres siglos y medio, mejor que el de las
naciones civilizadas que han aceptado el culto de nuestra Virgen de
Guadalupe, mejor que el de la silla apostólica que ha autorizado y
engrandecido el mismo culto. Por tanto quien escribe estas líneas
contribuirá, como sus fuerzas se lo permitan, para manifestar los errores
en que ha incurrido el historiógrafo impugnador de la aparición.
§ I. De la explicación del origen de
nuestra Señora de Guadalupe que finge el impugnador de la aparición
Aunque el adversario de la aparición colocó al fin de su carta su ficción
de la historia de la aparición, parece conveniente presentarla desde luego
para que inmediatamente se haga la confrontación de la historia real
generalmente conocida y aceptada, con la que últimamente ha ocurrido a la
fantasía del que ha atacado la creencia nacional de la aparición de María
Santísima de Guadalupe.
Se tiene fingida la historia en los números 67 y 68 de la carta. He aquí el
invento. Los misioneros levantaban capillas de preferencia en los lugares
donde había sido mayor el culto de los ídolos: una de esas capillas fue la
del Tepeyácatl, en la cual se colocó una imagen, o acaso ninguna, por ser
escasas entonces las imágenes. Esta capilla tuvo el título de La Madre de Dios, sin
advocación particular; de lo cual, dice el impugnador, que era natural
fuese sin advocación particular, para
corresponder al nombre Tonantzin que tenía el ídolo adorado allí.
Los discípulos de la escuela de fray Pedro de Gante hacían imágenes: sin
duda una de ellas fue la de nuestra Señora de Guadalupe, y hallándola
bastante bien pintada, devota y atractiva, la enviaron los religiosos a
aquella ermita, que no sabemos cuando se edificó, y quitaron la imagen que
allí estaba, si acaso la había. Cuando los españoles vieron la imagen la
llamaron de Guadalupe.
Hacia los años de 1555 y 1556 comenzó a encenderse la devoción con motivo
de la curación milagrosa que refería un ganadero haber conseguido orando en
la referida ermita, y se mencionó también la aparición (a ese indio o a
otro) de que hablan Juana Martín y Suárez Peralta. Se acostumbraban
entonces y continuaron mucho después las representaciones religiosas de los
misterios a las cuales eran muy aficionados los indios.
D. Antonio Valeriano, indio ilustrado, era muy capaz para esta clase de
composiciones: él u otro aprovechando los milagros que se referían de
nuestra Señora de Guadalupe, tomando por base la aparición y añadiendo circunstancias
que le dieran forma y animación a la pieza, sin intención de hacerlas pasar
por verdaderas, como suelen hacerlo todavía los autores dramáticos, compuso
en mexicano la historia de la aparición con
contextura dramática. Ésta sería la pieza que vio el P. Miguel
Sánchez, quien la tomó al pie de la letra y la dio por historia verdadera
en el libro que publicó en 1648. Lo demás lo hizo el espíritu de la época
propenso a aceptar sin examen todo lo milagroso.
Se había referido a un pastor la aparición, y los testigos de la
información de 1666 la sabrían por sus antepasados: fácilmente la
acomodaron a las circunstancias que estaban generalmente aceptadas.
Haber colocado la aparición en el día 12 de diciembre provino sin duda de
que en igual día fue presentado para obispo el Sr. Zumárraga en 1527. No
acierta el adversario a explicarse satisfactoriamente por qué se eligió
para la aparición el año 1531; pero nota la coincidencia de que en 1531
parece que se creyeron cesar las apariciones del ídolo Cihuacoatl que también
llamaban Tonantzin,
con cuyo nombre llamaban los indios a nuestra Señora de Guadalupe. Así es
que preocupados los indios por la imaginación de las apariciones de una
diosa falsa, pasaron a imaginar la aparición de la Virgen María. Ésta es la
historia de la aparición fingida por el impugnador.
Además de la ficción de la historia de la aparición, todavía hay que notar
otros errores.
Es falso que fuera natural que al templo del Tepeyácatl se diera el título
de La Madre de Dios
sin advocación particular para que correspondiera al nombre Tonantzin que tenía el ídolo
adorado allí. Madre de Dios
en español es en mexicano “Teonantzin”, no “Tonantzin”. El templo se dedicó
al Señor en honor de la Madre de Dios, de Teonantzin; mas a la Madre de Dios con razón le
damos el título de Nuestra Madre, “Tonantzin”. Esto lo saben muy bien los
católicos.
Es una verdadera cavilación suponer que en este nombre “Tonantzin” dicho de
la Virgen María se importara alguna relación idolátrica. El nombre mexicano
tonantzin por su
propiedad gramatical significa nuestra
madre respetable o reverenciada. Llamar a María Santísima Tonantzin en lengua mexicana
es igual a llamarla en lengua española Nuestra Madre venerable. Con
espíritu verdaderamente cristiano llamamos de este modo a la Madre de Dios
en español, y con el mismo espíritu verdaderamente cristiano se le dice
Tonantzin en mexicano: ambos nombres contienen las mismas ideas. A todo
católico se le enseña que acuda a la Madre de Dios con confianza filial y
la mire como Madre piadosa; ¿por qué se había de privar a los indios de
este consuelo? ¿Y en su lengua tan reverente como afectuosa, cómo habían de
expresar este pensamiento sino diciendo Tonantzin?
Los misioneros eran hombres instruidos y celosos en hacer que los neófitos
adquirieran ideas rectas de la religión; por lo mismo no debemos dudar que
enseñaron a los indios a dar el título de Madre a la Virgen María con
espíritu verdaderamente cristiano.
Como por desgracia es muy raro en nuestros días el conocimiento de la lengua
mexicana, pueden causar daño estas confusiones.
REFUTACIÓN DEL HISTORIÓGRAFO IMPUGNADOR DE LA APARICIÓN
§ II. Del primer argumento tomado
de las dudas sobre la aparición
Ya que vimos la fingida historia de la aparición
ocurrida a la fantasía nada feliz del historiógrafo, veamos cómo impugna la
verdadera.
Toma su primer argumento de las dudas sobre la aparición, las cuales dice
(número 6 de la carta) que "no nacieron de la
disertación de D. Juan Bautista Muñoz, sino que son bien antiguas y generalizadas
a lo que parece". No afirma el impugnador lo segundo:
sólo le parece, y
la causa de que le parezca es la “multitud de apologías que ha sido
necesario escribir” defendiendo la aparición. Léanse las apologías y se
verá que no dan a entender dudas generalizadas. Las pruebas que presenta de
lo primero son dos hechos anteriores a la disertación de Muñoz: el primero
es que el P. jesuita Francisco Javier Lazcano en 1758 contestando a una
carta que se le dirigió en Madrid en 1757 pidió datos sobre la impugnación
que hizo un desatinado.
No sabe el adversario si esta impugnación fue de palabra o por escrito. Por
la fecha de la carta se entiende que se hizo hacia la mitad del siglo
pasado. El segundo hecho es la apología del señor Uribe escrita a fines del
siglo pasado, acaso por ocasión de un sermón del Dr. Mier.
A estos dos hechos se reducen las pruebas: mas el
doctor Mier no negó la aparición, sino que modificó su historia; queda un
solo hecho acontecido hacia la mitad del siglo pasado: podía haberse
añadido el hecho del sermón del provincial fray Francisco Bustamante. Y aun
unido este otro hecho, ¿qué vale el argumento? Podemos dudar de un hecho
histórico cuando aunque por una parte tenga apoyo, por otra lo contradigan
autores respetables fundados en razones a que no se ha podido contestar
satisfactoriamente; pero que se cite contra el hecho de la aparición como
argumento de dudas antiguas y atendibles a un orador que escandalizó al
público y fue procesado por su sermón y al que después de dos siglos la
contradijo y no se sabe si lo hizo de palabra o por escrito, es opuesto al
sentido común.
DEL ARGUMENTO NEGATIVO
§ III. Fija el
impugnador de la aparición lo que se propone probar al exponer el argumento
negativo. Le contradice D. Juan Bautista Muñoz y él mismo se contradice
Consiste el argumento llamado negativo, cuando se
impugna un hecho histórico, en hacer notar el silencio que guardaron
respecto de aquel hecho los autores que en caso de ser verdadero, no
habrían dejado de repetirlo. El impugnador de la aparición fija
terminantemente el tiempo respecto del cual se propone probar que no se
habló de la aparición. En el número 8 de la carta cita a D. Juan Bautista
Muñoz que dijo en su Memoria
que “antes de la publicación del libro del P. Miguel Sánchez (en 1648) no
se encuentra mención alguna de la aparición de la Virgen de Guadalupe a
Juan Diego”; y en el número 40 manifiesta hallarse totalmente de acuerdo
con esta asertación de Muñoz. Aquí tenemos en los términos precisos de una
proposición lo que va a probar el adversario al desarrollar el argumento
negativo contra la aparición.
Notaremos desde luego que desmiente al historiógrafo impugnador el mismo
Muñoz que cita en su favor. Buscando Muñoz el origen que habría tenido la
creencia en la aparición dice: "Yo sospecho que nació en
la cabeza de los indios por los años de 1629 a 1634. Todo ese tiempo, con
motivo de una inundación terrible, estuvo la imagen de Guadalupe en la
capital obsequiada con extraordinarias demostraciones… desahógose el fervor
en danzas, bailes, prevenidos coloquios y cantares de indios, en que se
mentaron las apariciones antes inauditas".
¿Qué diría el historiógrafo de que el mismo Muñoz que pensaba hallarlo
favorable, le contradijo dando a la creencia de la aparición de 14 a 19 años
más de antigüedad que la que él ha querido asignarle?
El impugnador se impugna así mismo. Cita (num. 35 de la carta) al Lic. D.
Antonio Robles que en su Diario
de sucesos notables refiere que antes de la publicación del
libro del P. Miguel Sánchez había en México en el convento de Santo Domingo
una imagen de nuestra Señora de Guadalupe. ¿Qué era este imagen sino una
copia de la iglesia de Tepeyácatl? Y lo más extraño es el modo de
raciocinar del historiógrafo: citando textualmente y sin contradecir el testimonio
del Lic. Robles de que antes de la publicación del libro del P. Sánchez
existía en México una imagen de nuestra Señora de Guadalupe, dice: “De
manera que en 1648 nadie sabía de la aparición; nadie conocía ya la imagen”. La
prueba de que nadie conocía la imagen es que existía en la ciudad de México
la imagen de nuestra Señora de Guadalupe. ¡La existencia de la imagen en un
lugar público prueba que nadie la conocía!
Otra vez se desmiente a sí mismo el impugnador de la aparición. Dice en el
número 68 de la carta que en 1555 a 1556, refiriendo un ganadero que había
conseguido curación milagrosa orando en la ermita de nuestra Señora de
Guadalupe, empezó a encenderse la devoción y se contó también la aparición;
y siendo los indios muy aficionados a las representaciones de misterios, D.
Antonio Valeriano, indio instruido, u otro, escribió la historia de la
aparición en forma dramática, indudablemente para que fuera representada.
He aquí cómo él mismo había dicho (num. 8) que antes de la publicación del
libro del P. Sánchez no se
encuentra mención alguna de la aparición; que antes de la
publicación de ese libro nadie
sabía de la aparición; nadie conocía ya la imagen (num. 35),
olvidándose de lo que había escrito, hace subir la creencia de la aparición
hasta por los años de 1555 a 1556, y afirma que se escribió su historia en
forma dramática, sin duda para que se representara, aproximadamente a esos
años. Dice también (num. 68), que los indios que en 1666 dieron testimonio
de la aparición la sabrían por sus antepasados. Hay más: en el num. 68,
queriendo explicar por qué se fijaría la aparición en el año 1531, le
ocurrió que entonces la inventara la imaginación de los indios, exaltada
por las apariciones que se habían creído de la diosa Cihuacoatl. He aquí
como el historiógrafo llevó la idea de la aparición hasta el año 1531,
siendo así que había dicho que antes de 1648 no se había mencionado. Es
propio de los que yerran contradecirse.
§ IV.
De las condiciones que debe tener el argumento negativo
Dice el impugnador (num. 10) “La fuerza del argumento negativo
consiste principalmente en que el silencio sea universal, y que los autores
alegados hayan escrito de asuntos que pedían una mención del suceso que
callaron”.
Es cierto que para que el argumento negativo valga en la historia debe
tener esas dos condiciones; pero además de ellas se necesitan otras: 1)
que no haya fundamento para creer o sospechar que se hayan perdido algunos
impresos o manuscritos o algunos monumentos que pudieran dar conocimiento
del hecho de que se trata; 2) que conste que los escritos que se
tienen no han sido trucados ni alterados; 3) que no haya habido
causas que pudieran influir en que los autores callaran el hecho.
§ V.
Expone el impugnador el argumento negativo contra la aparición
El adversario de la aparición ocupa una parte considerable de la carta en
exponer el argumento negativo, como que es de tanta importancia para los
que niegan el insigne beneficio que recibimos del cielo dejándose ver en
nuestro suelo patrio la Madre del Señor y dejándonos su sagrada imagen.
Habiendo establecido las dos primeras condiciones de que depende la fuerza
del argumento negativo, presenta con precisión y como una proposición científica
lo que se obliga a demostrar; dice (num. 8): “Ambas
circunstancias concurren en los documentos anteriores al P. Sánchez”.
Es decir: va a probar el impugnador historiógrafo que antes del libro
del P. Sánchez fue universal el silencio respecto de la aparición;
que nadie la mencionó; que todos los autores que citará y que guardan
silencio, trataron de asuntos que exigían que se hablara de la aparición; y
además debe probar que esos autores no estuvieron sujetos a la influencia
de alguna o algunas causas que los indujeran a callar; que no hay
fundamento para sospechar que algo se ha perdido en que pudiera constar el
hecho, o que de lo que conservamos algo se haya truncado o alterado que
pudiera hacer constar el hecho. Veamos si es feliz o infeliz el historiógrafo
en la demostración que se compromete a presentar.
§ VI.
Del silencio del Sr. Zumárraga
El primer testigo de la aparición,
dice nuestro adversario (núms. 11 y 12 de la carta), debía ser
el Sr. Zumárraga, a quien se atribuye papel tan importante en el suceso. Él
debió practicar la información jurídica de la verdad del milagro. Mas no
hay información ni autos originales; ni en algún otro de sus escritos se
menciona la aparición: antes bien dice en la Regla Cristiana (que “si no es
suya, como parece seguro, a lo menos fue compilada y mandada imprimir por
él”): “Ya no quiere el Redentor del mundo que se
hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan
fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo
y Nuevo”. ¿Cómo decía esto si había presenciado un milagro?
Tampoco menciona la aparición en las doctrinas que imprimió ni al exhortar
a los religiosos para que le ayudaran a trabajar en la conversión de los
indios, e tc.
No admite el impugnador la noticia de que el Sr. Arzobispo D. fray García
de Mendoza fue visto leyendo los autos originales de la aparición, porque
esto sólo se tiene por una serie de dichos. Tampoco da crédito a fray Pedro
Mezquia que aseguró haber visto y leído en el convento de Vitoria de España
una carta del sr. Zumárraga en que refería la aparición a aquellos
religiosos; y habiendo prometido traer este documento a su vuelta de España
a donde tenía que partir, no lo hizo, diciendo que habría perecido en un
incendio que aconteció en el archivo. Así expone este argumento el
impugnador de la aparición.
Contestación. Por lo que hace a la falta de autos originales
en que se hubiera averiguado la aparición, el mismo historiógrafo
impugnador nos da la respuesta de su propia objeción diciendo al
terminar el núm. 11 de su carta: “La falta de autos originales no
sería por sí sola un argumento decisivo contra la aparición, pues bien pudo
ser que no se hicieran, o que después de hechos se extraviaran, aunque a
decir verdad, tratándose de un hecho tan extraordinario y glorioso para
México, una u otra negligencia es harto inverosímil”. He
aquí cómo el impugnador de la aparición ha aniquilado la mayor fuerza que
pudiera haber tenido su objeción. Él mismo lo ha dicho: la falta de autos
originales no prueba por sí sola que no se haya verificado la aparición.
Toda su dificultad queda reducida a no resolverse fácilmente a admitir a
que haya acontecido lo que considera harto inverosímil. ¿Pero cuántas cosas
suceden realmente que si se consideran en sí mismas se presentan muy
inverosímiles?
Mucho más que la pérdida de unos autos es que México no tuviera en el
archivo episcopal una firma del primer prelado; y sin embargo se aseguró
este hecho al ocurrir a la silla apostólica pidiendo la confirmación del
patronato de nuestra Señora de Guadalupe: se dijo: “Adeo enim archivum
defectuosum est, ut neque ipsius primi Episcopi subscriptio aliqua in eo
reperiatur”. Siendo esto así, ¿es extraño que no se encuentre información
original sobre la aparición de nuestra Señora de Guadalupe?
En la testificación del P. Miguel Sánchez en las informaciones de
1666 dice este testigo que supo del licenciado presbítero D. Bartolomé
García que “la causa de no parecer los originales de esta milagrosa
aparición había sido por haber faltado un año el papel en el reino, por
cuya causa desaparecieron muchos papeles del archivo del arzobispado para
venderlos; de los cuales se hallaron algunos enteros, y otros fragmentados
en las tiendas de especiería, y otros se consumieron; y se cree probablemente
fueron de los que perecieron los de nuestra Señora de Guadalupe”. Es
verdad que fue éste un hecho reprensible y bárbaro, pero algo análogo se
observa aún en nuestros días, que obras muy apreciables y papeles de
importancia suelen despedazarse en las tiendas de pequeño comercio y en las
coheterías. También pudo suceder que cuando el señor Zumárraga fue a España
para consagrarse, haya llevado los autos de la aparición y se hayan quedado
allá, o que durante su permanencia en España, que no fue de poco tiempo, se
perdieran a la persona a quien los dejara.
Ni es verdadero que fuera inverosímil que el señor Zumárraga, para
averiguar la aparición, no formara un expediente como ahora se acostumbra y
lo desean los exigentes, sin tener en consideración las circunstancias de
aquellos tiempos. Muy numerosos eran los infieles en cuya conversión
trabajaba sin descanso un número muy pequeño de ministros del Evangelio. No
era el tiempo para organizar como ahora se tiene el despacho gubernativo,
ni las oficinas como hoy las vemos. Averiguada la verdad por los medios tan
seguros y sencillos que nos presenta la historia de las apariciones de la
Santísima Virgen, reconocido el prodigio por el prelado, el clero y el
pueblo, con la aprobación notoria que se tenía en el hecho de que el mismo
prelado practicaba y autorizaba el culto especial y solemnísimo, pudo
parecer que se había hecho lo bastante. ¿Qué tiene esto de inverosímil? El
Concilio de Trento en decreto posterior al año de la aparición, en la
sesión XXV celebrada en diciembre de 1563 tratando de la invocación a los
santos, dice: “No se han de admitir nuevos milagros sino
reconociéndolos y aprobándolos el obispo, quien luego que algo descubriere,
tomando el consejo de teólogos y otros varones piadosos, haga lo que juzgare
convenir a la verdad y a la piedad”. Juzguemos al Sr. Zumárraga
aún por lo contenido en este decreto posterior a la aparición.
La imagen de nuestra Señora de Guadalupe fue colocada en su iglesia
llevándola en solemnísima procesión al mismo prelado. Él se certificó
personalmente del prodigio de la aparición, como lo manifiesta la historia
y después se hará ver más ampliamente. ¿Quién podrá probar que no haya
consultado a teólogos y varones piadosos? Todos los que había estuvieron de
acuerdo con el prelado, todo el clero y otra multitud de personas
concurrieron a la procesión de la colocación de la imagen en su iglesia.
Los hechos del señor Zumárraga son más elocuentes que los escritos.
Además: no tiene razón el impugnador para rechazar la noticia de que el Sr.
D. Fray García de Mendoza leía los autos originales de la aparición. En las
informaciones de 1666 declaró con juramento el P. Miguel Sánchez que el
Lic. Presbítero D. Bartolomé García le afirmó que el deán Dr. D. Alonso
Muñoz de la Torre vio a aquel prelado leyendo los referidos autos
originales.
Tener por falso el dicho del P. Sánchez sería llamarlo perjuro, lo cual
sería muy reprensible temeridad: los otros dos dichos, aunque no tienen la
misma fuerza por no haber sido afianzados con juramento, no deben
despreciarse por ser de personas de probidad; y por esta misma razón no
debe despreciarse el dicho del P. Mezquia relativo a haber hecho saber la
aparición el Sr. Zumárraga a los religiosos del convento de Vitoria.
Respecto de otros escritos en que el Sr. Zumárraga no hablara como
autoridad, algunos por razón de su objeto no exigían que se hablara de
milagros, así son las doctrinas, que son libros catequísticos, no
historias; a lo que se lee en la Regla cristiana es necesario darle un
sentido que no desdiga de la notoria religiosidad y piedad del Sr.
Zumárraga, entendiendo que la propagación del cristianismo no se hace
después con milagros como al principio (lo cual no es cierto absolutamente,
así v.g. se lee en el oficio divino que “Dios corroboró con la multitud y
excelencia de los milagros el ardoroso empeño de S. Francisco Javier en
dilatar el Evangelio”). Más de ninguna manera debe entenderse que el autor
de la Regla cristiana, sea quien fuere, niegue que Dios haga milagros
después de establecido el cristianismo, porque esto sería negar todos los
milagros que han aprobado los obispos, todos los que se refieren en los
divinos oficios acontecidos en tiempos posteriores a la fundación del
cristianismo, y aún aquellos que hayan dado motivo para establecer algunas
festividades. Por lo demás, siendo notoria la humildad del Sr. Zumárraga,
no es extraño que guardara silencio acerca de un favor del cielo que lo
engrandecía, como es el de que en su presencia se hubiera dejado ver por la
primera vez la imagen de nuestra Señora de Guadalupe: aún las personas de
una sensatez común no quieren incurrir en las notas de jactancia y fatuidad
hablando de lo que cede en su alabanza. Los que son verdaderamente humildes
ocultan cuidadosamente lo que puede elevarlos sobre sus semejantes, mucho
más algún insigne beneficio divino.
En todos los escritos del Sr. Zumárraga que fueron interceptados, cuando se
hacía terrible persecución a él mismo y a los religiosos, no sabemos
cuántas cosas importantes se contendrían.
§ VII.
Del silencio del Sr. obispo Montúfar en un escrito
Del Sr. Zumárraga pasa el impugnador de la aparición al Sr. Montúfar, que
fue el inmediato sucesor. Dice (num. 13): “Si del Sr. Zumárraga
pasamos a su inmediato sucesor el Sr. Montúfar… hallaremos que en 1569 y 70
remitió, por orden del visitador del Consejo de Indias D. Juan de Ovando,
una copiosa descripción de su arzobispado (que tengo original), en la cual
se da cuenta de las iglesias de la ciudad sujetas a la mitra y para nada
menciona la ermita de Guadalupe. Por pequeña que fuese, lo ilustre de su
origen y la imagen celestial que encerraba merecían muy bien una mención
especial, con la correspondiente noticia del milagro”.
No deduce el impugnador de la aparición una consecuencia de lo que ha
citado; pero no parece que lo ha citado con otro objeto sino con el de
presentar un argumento negativo aun contra la existencia de la iglesia de
nuestra Sra. de Guadalupe en los años de 1569 y 1570.
Contestación. El impugnador de la aparición se impugna a sí mismo.
Véamoslo. En el núm. 23 de su carta cita estas palabras de fray Luis de
Cisneros: “El más antiguo (santuario) es el de Guadalupe, que está
una legua de esta ciudad a la parte del norte, que es una imagen de gran
devoción y concurso casi desde que se ganó la tierra, que ha hecho y
hace muchos milagros, a quienes van haciendo una insigne iglesia”.
¿Qué diría el impugnador de la aparición? ¿Negaba que había iglesia de
nuestra Señora de Guadalupe casi después de que se ganó esta tierra por los
españoles?
En el número 20 de la carta se hace mérito de que el virrey D. Martín
Enríquez, informando al rey aseguró que por años de 1555 o 56 existía una
ermita con una imagen de nuestra Señora que llamaban de Guadalupe. ¿Negará
el impugnador de la aparición que la existencia de esa ermita es muy
anterior al año de 1569 a 70?
En el número 30 de la carta se cita el sermón de fray Francisco Bustamante
dicho en 1556 en que el orador declama contra la devoción de nuestra Señora
de Guadalupe. ¿Existía o no su templo en ese año?
En el número 68 de la carta, componiendo el impugnador la historia de la
aparición según su fantasía, reconoce que en 1555 o 56 ya existía la ermita
de nuestra Señora de Guadalupe, que refirió un ganadero que orando en ella
consiguió su milagrosa curación? ¿Qué se contestará a sí mismo el
adversario de la aparición?
D. Juan Bautista Muñoz impugna al historiógrafo impugnador de la aparición.
Hablando del culto de nuestra Señora de Guadalupe, dice el número 26 de su Memoria:
“Empezó sin duda a pocos años de la Conquista de México…
El segundo arzobispo de México D. Fray Alonso de Montúfar, que llegó a su
diócesis por junio de 1554, ya encontró muy difundida la devoción a la
Virgen de Guadalupe, venerada en una ermitilla”.
¿Qué dirá el impugnador de la aparición que presenta argumento negativo
contra la existencia de esa ermita aún en 1569?
En la serie de obispos de México que sigue a los Concilios mexicanos que
publicó el Sr. Lorenzana, se dice del Sr. Montúfar: “Perfeccionó la ermita
de Ntra. Sra. De Guadalupe”.
Pueden citarse más autoridades históricas; pero las que preceden son más
que suficientes: Verdaderamente es cosa inaudita en nuestra historia que
todavía en 1569 no existiera la ermita de nuestra Señora de Guadalupe. ¿Mas
acaso sería tan insignificante no sólo por su pequeñez sino también por
falta de culto que fácilmente pudo olvidarse el Sr. Montúfar que refería
las iglesias sujetas a su jurisdicción? Ni aun esta evasiva puede favorecer
al autor del raro argumento negativo contra la existencia de la ermita de
nuestra Sra. de Guadalupe, porque consta en los testimonios alegados que
casi desde que se ganó la tierra por los españoles fue de mucha veneración
la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, que ya estaba muy difundida su
devoción cuando llegó a México el Sr. Montúfar en 1554.
¿Qué valió el argumento negativo tomado de que el Sr. Montúfar no
mencionara la iglesia de nuestra Señora de Guadalupe en un escrito de 1569
o 70?
Lo que el impugnador de la aparición debió haber descubierto al leer el
escrito que nos cita del Sr. Montúfar, es la inseguridad del argumento
negativo mientras no se tenga todas las condiciones que exige una crítica
severa. Nos asegura que tiene original una copiosa descripción del
arzobispado de México remitida a España por aquel prelado en 1569 y 70, y
que en ella no se menciona la iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe; y sin
embargo es indudable que dicha iglesia existía en esos años y desde mucho
antes.
§ VIII.
Del texto tomado de un informe del virrey D. Martín Enríquez
Ambos impugnadores de la aparición, D. Juan Bautista Muñoz y D. Joaquín
García Icazbalceta, han creído encontrar un poderoso argumento contra la
aparición en las siguientes palabras dichas por el virrey D. Martín
Enríquez informando al rey de España en 1575: “El
principio que tuvo la fundación de la iglesia [de nuestra Señora de
Guadalupe] que agora está hecha, lo que comúnmente se entiende es que el
año de 1555 o 56 estaba allí una ermita en la cual estaba la imagen que
agora está en la iglesia, y que un ganadero que por allí andaba publicaba
haber cobrado salud yendo a aquella ermita; y empezó a crecer la devoción
de la gente. Y pusieron nombre a la imagen nuestra Señora de Guadalupe, por
decir que se parecía a la de Guadalupe de España”.
No copió el impugnador el texto del virrey Enríquez; Muñoz lo copió. Dice
el Sr. Icazbalceta que el virrey no supo el origen de la ermita, que dijo
que el nombre Guadalupe se dio a la imagen por decir que se parecía a la de
Guadalupe de España y que el aumento de la devoción provino de que se
refirió un milagro.
Contestación. No se propone el virrey informar ni sobre el
origen de la imagen, ni sobre el de la primera ermita, sino del de la
segunda iglesia; las palabras son claras, dice: “El principio que tuvo la
fundación de la iglesia que agora está hecha”. De la ermita sólo dice que
ya existía en 1555 o 56 y que en ella estaba la imagen de Ntra. Sra. de
Guadalupe. Que la imagen tuviera este nombre por parecerse a la de
Guadalupe de España es un error que a cualquiera se le disiparía con la
simple inspección de las dos imágenes o de sus copias auténticas. Que la
relación de un milagro causara aumento en la devoción nada tiene de
extraño: éste es uno de los objetos de los milagros, que aunque se realicen
en lo material, Dios los orden al bien espiritual. ¿Qué tiene que ver esto
con la aparición? Si el virrey no creyó de su objeto hablar del origen de
la imagen y de su primera iglesia, como de hecho no habló ni de una ni de
otra cosa; si ocupado en graves negocios no había investigado el origen del
templo y de la imagen, que cuando él vino a México ya tenían no pocos años
de existencia; si respecto del nombre “Guadalupe” sólo refiere lo que
decían personas sin criterio, excusándose más trabajo. De todo esto, ¿qué
puede deducirse contra la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe?
§ IX.
Del silencio del P. Cavo en sus Tres siglos de México
Dice el impugnador en el número 26 de su carta: “El P.
Jesuita Cavo escribió en Roma hacia 1800 sus Tres
siglos de México, en rigurosa forma de anales. Al llegar al año de 1531
calló el suceso de la aparición y pasó adelante”.
Contestación. Era de desearse que el historiógrafo impugnador
de la aparición hubiera “pasado adelante” en la lectura de la referida obra
del P. Cavo.
Al llegar al año de 1737 hubiera visto cómo refiere el P. Cavo que la
terrible peste que en ese mismo año asolaba a la ciudad de México terminó “jurando
por patrona a la Santísima Virgen de Guadalupe”. Al
llegar al año de 1756 habría leído estas palabras del mismo P. Cavo: “Llegó
a México de Roma y Madrid el P. Juan Francisco López de la Compañía de
Jesús que en ambas cortes había solicitado el patronato de la milagrosa
imagen de María Santísima de Guadalupe, conforme al voto hecho diez y ocho
años antes por el arzobispo y ciudad en la peste. Se hicieron por este
motivo fiestas nunca vistas”, etc., ¿No podía ignorar el
P. Cavo que en las diversas comunicaciones que mediaron para la elección
del patronato más de una vez se llamó aparecida a Ntra. Sra. de Guadalupe?
El ayuntamiento de México ocurriendo al ordinario con el referido objeto
dijo: “solemnizándose anualmente el día 12 de diciembre, en que
celebramos su aparición”. El Cabildo Eclesiástico de
México, dijo: “Después de que la Santísima imagen se apareció”,
etc. El real acuerdo dijo el 2 de mayo de 1737: “El
día 12 de diciembre de la aparición de esta Señora ha muchos años está
recibida por fiesta de corte”.
Tampoco podía ignorar el P. Cavo que al ocurrir a la santa sede pidiendo la
confirmación del patronato se refirió toda la historia de las apariciones
de Ntra. Sra. de Guadalupe. ¿Cómo se pretende deducir de este
escritor un argumento contra la verdad de las mismas apariciones si refiere
hechos que las afirman?
§ X. De
un texto atribuido a fray Bernardino de Sahagún
A este texto le da el impugnador el título de famoso: lo copia en el
número 17 de la carta. Es grande la importancia que le conceden los
adversarios de la aparición. He aquí el llamado famoso texto del p.
Sahagún:
Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde
solían los naturales hacer muy solemnes sacrificios y que venían a ellos de
muy lejanas tierras. El uno de estos es aquí en México, donde está un
montecillo que se llama Tepeyácac, y los españoles llamaban Tepeaquilla y
ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe; en este lugar tenían un
templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban Tonantzin, que quiere
decir Nuestra Madre; allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa y
venían a ellos de muy lejanas tierras y de más de veinte leguas de todas la
comarcas de México y traían muchas ofrendas, venían hombres y mujeres y
mozos y mozas a estas fiestas; era grande el concurso de gente en estos
días y todos decían: vamos a la fiesta de la Tonantzin y ahora que está allí
edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman
Tonantzin, tomada ocasión de los predicadores que a nuestra señora madre de
Dios la llaman Tonantzin. De donde haya nacido esta fundación de esta
Tonantzin, no se sabe de cierto, pero eso sabemos de cierto que el vocablo
significa de su primera imposición a aquella Tonantzin antigua y es cosa
que se debía remediar, porque el propio nombre de la madre de Dios, Señora
Nuestra, no es Tonantzin, sino Dios y Nantzin; parece esta invención satánica
para paliar la idolatría debajo de la equivocación de este nombre Tonantzin
y vienen ahora a visitar a esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como
antes, la cual devoción también es sospechosa porque en todas partes hay
muchas iglesias de Nuestra Señora y no van a ellas, y vienen de lejos hasta
Tonantzin como antiguamente le nombraban.
Prueba tanto este texto, a juicio del historiógrafo, que en él y en otro
que luego se citará advierte con toda claridad que desagradaba al p.
Sahagún la devoción de los indios a Ntra. Sra. de Guadalupe, teniéndola por
idolatría y deseaba verla prohibida.
Contestación. Este mismo texto citó D. Juan Bautista Muñoz en
su Memoria sobre las apariciones y el culto de Ntra. Sra. de Guadalupe
de México, núm 20; pero tanto Muñoz como el nuevo impugnador omitieron
lo siguiente:
Persuadieron a aquellas provincias a que viniesen como
solían porque ya tenían Tonantzin, Tocitzin y Altepuchtli, que
exteriormente suenan o los ha hecho sonar a Santa María, a Santa Ana y a
Juan Evangelista; y en lo interior de la gente popular que allí viene, está
claro que no es sino lo antiguo; y así no es mi parecer que les impidan
la venida ni la ofrenda; pero sí lo es que los desengañen del error que
padecen, dándoles a entender que aquellos días que allí vienen no es la
falsedad antigua, y que no es aquello conforme a lo antiguo. Esto deberían
hacer predicadores bien entendidos en la lengua y costumbres que ellos
tenían y también en la escritura divina. Bien creo que hay otros lugares en
estas Indias, donde paliadamente se hace reverencia y pfrenda a los ídolos
con disimulación de las fiestas que la Iglesia celebra a Dios y a sus
santos, lo cual sería bien investigarse, para que la pobre gente fuese
desengañada del error que agora padece.
¿Qué excusa podemos dar a Muñoz y a nuestro historiógrafo impugnadores de
la aparición por esta gravísima falta de fidelidad histórica en que han
incurrido? Para que Muñoz no haya obrado de mala fe es necesario que haya
sido negligente y muy falto de la precaución que debe tener todo el que
trata una cuestión histórica, pues no continuó leyendo, y nuestro
historiógrafo o padeció como Muñoz alguno de esos dos defectos, o hizo
total confianza del mismo Muñoz, y lo que en él encontró lo copió sin
acudir a la obra del P. Sahagún.
¿Cómo dijo el historiógrafo que se advertía con toda claridad que
desagradaba al P. Sahagún la devoción de los indios a Ntra. Sra. de
Guadalupe, que la tenía por idolátrica y deseaba verla prohibida siendo así
que en la parte que omitió del texto dice expresamente el P. Sahagún: “no
es mi parecer que les impidan la venida ni la ofrenda”? ¿Aquí está expreso
que no quiere Sahagún que se impida la devoción a Ntra. Sra. de Guadalupe?
¿Qué es lo que desea? Lo expresa también con toda claridad diciendo: “pero
sí lo es [mi parecer] que los desengañen del error que padecen”. ¿Cómo los
habían de desengañar del error que padecían? Continúa explicándolo Sahagún,
dice: “Dándoles a entender que aquellos días que allí vienen no es la
falsedad antigua, y que no es aquello conforme a lo antiguo”. ¿Qué es lo
que reprueba el padre Sahagún? Está declarado: reprueba la “falsedad
antigua”; esa “falsedad antigua” era la idolatría. ¿Pero cómo consideraba
que se hallara la idolatría en los que iban a venerar a Ntra. Sra. de
Guadalupe? ¿Acaso creía que había idolatría venerándola con espíritu
cristiano? Si así lo hubiera creído habría sido protestante. Temía que
hubiera idolatría porque como al ídolo adorado antes le decían Tonantzin y
a María Santísima la llamaban Tonantzin; siendo iguales estos nombres en lo
material del sonido, fingiendo que honraban a la Virgen María realmente
estuvieran adorando al ídolo antiguo.
Lo explica Sahagún con toda claridad diciendo: “Parece ésta invención
satánica para paliar la idolatría debajo la equivocación de este nombre
Tonantzin”. Evítese esta ficción, instrúyase al pueblo de que el culto
católico no es la “falsedad antigua” de la idolatría: “esto debían hacer
los predicadores bien entendidos en la Escritura divina”. Y no sólo reprueba
el P. Sahagún que no paliara la idolatría en el culto de Ntra. Sra. de
Guadalupe, sino que reprueba igualmente que se hiciera lo mismo en los
templos de Santa Ana “Tocitzin” y de San Juan Evangelista o Bautista
“Altepuchtli”; y advierte también que cree que había “otros lugares en
estas Indias donde paliadamente se hacía reverencia y ofrenda a los ídolos,
con disimulación de las fiestas que la Iglesia celebra a Dios y a sus
santos”, lo cual deseaba que “se investigara” para que la pobre gente fuera
“desengañada del error” que padecía.
Es claro el pensamiento: que en el templo se adore a Dios y se venere a los
santos con el culto que enseña la verdadera religión y no se disimule la
idolatría fingiendo exteriormente el verdadero culto; que en el templo de
Ntra. Sra. de Guadalupe no se fuera a adorar a una diosa falsa fingiendo
exteriormente tributar veneración a la verdadera Madre de Dios. Esto es lo
que dice el famoso texto. ¿Qué contiene contra la aparición?
Lo mismo dice de los otros templos de Santa Ana y S. Juan, que no se
adorara a una falsa divinidad fingiendo honrar a aquellos santos.
Que se diga en el texto “De dónde haya nacida esta fundación de esta
Tonantzin no se sabe de cierto”, lo único que prueba es una ignorancia
crasa que no podía haber en el P. Sahagún, que tenía tanta instrucción en
nuestras cosas, que según Beristáin no reconoció igual en el conocimiento
de las antigüedades de los indios y en la historia natural, civil y
religiosa de la Nueva España. Un hombre de tanto saber en la historia no
podía ser que ignorara de dónde hubiera nacido la fundación relativa a
Ntra. Sra. de Guadalupe, además, como dice el mismo Beristáin, el P.
Sahagún no tuvo superior en la inteligencia de la lengua mexicana, y
no podía haber dicho que el nombre Tonantzin significa de su primera
imposición una diosa falsa. El nombre está compuesto de tres elementos que
son To nantli (perdida la admisible), tzin; nantli es nombre
que significa madre sea cual fuere; to es posesivo de la
primera persona del plural, unido al nombre nantli significa nuestra
madre, sea cual fuere, tzin es nota de respeto o reverencia;
unida esta partícula se forma el nombre compuesto Tonantzin que
significa simplemente nuestra madre respetada o reverenciada: ésta
es la significación del nombre por su primera imposición; no es su
propiedad gramatical significar una falsa divinidad.
Esto lo sabía muy bien el P. Sahagún. Que este nombre Tonantzin haya sido
aplicado en tiempo de la idolatría a una falsa diosa, importa una de tantas
aplicaciones que se pueden hacer de él, pero no su primitiva significación.
Quien conozca aunque sea medianamente la lengua mexicana, no puede negar
que este nombre se dice rectamente de María Sma. a quien con mucha razón
llamamos nuestra Madre digna de alto respeto y reverencia: quien no
lo entendió no pudo ser el P. Sahagún sino un ignorante. Se reprueba en el
texto no sólo por prudencia, sino teológicamente, que a María Sma. se le
llame Tonantzin, nuestra venerada Madre; más el P. Sahagún fue un teólogo
eminente y no podía ignorar que los cristianos piadosamente llamamos
nuestra Madre, “Tonantzin”, a la Madre de Dios.
Hay razones para sospechar que no sólo todo el texto citado por Muñoz y por
nuestro historiógrafo impugnador de la aparición, sino todo lo que se lee
con el título de “Continuación del autor” fue introducido por otro que
ocultó su nombre. Éstas son las razones:
1) El libro XI de la obra de Sahún se divide en capítulos y éstos en
parágrafos: ¿qué razón había para que repentinamente se perturbara el
método de la división interponiendo entre los parágrafos VI y VII del
capítulo XI con un título extraño la llamada “Continuación del autor”?
2) No en el libro XI sino en los primeros libros trata el P. Sahún de lo
perteneciente a la idolatría de los mexicanos; en el libro XI trata de
animales, de árboles, de piedras preciosas, etc., por lo mismo si hubiera
querido añadir algo relativo a la idolatría, lo habría en alguno de los
primeros libros cuya materia es la idolatría, principalmente en el capítulo
XX del libro segundo donde habla de la idolatría en algunos montes, y no en
el libro XI en que trata de cosas pertenecientes a zoología, geografía,
etc. Por tanto un desconocido añadió la “Continuación”, y este incógnito
fue ignorante en teología y en la lengua e historia mexicanas.
§ XI.
De otros dos textos, uno del P. Sahagún y otro de fray Martín de León
Se cita en la carta (núm. 18) otro texto del P. Sahagún tomado de un códice
manuscrito que existe en la Biblioteca Nacional y está rotulado “Cantares
de los Indios” y otros opúsculos”. Al tratar del calendario dice:
La tercera disimulación [idolátrica] es tomada de los
nombres de los ídolos que allí se celebraban, que los nombres con que se
nombran en latín o en español significan lo que significaba el nombre del
ídolo que allí adoraban antiguamente. Como en esta ciudad de México, en
el lugar donde está Sta. María de Guadalupe, se adoraba un ídolo que
antiguamente se llamaba Tonantzin y entiéndenlo por lo antiguo y no por
lo nuevo. Otra disimulación semejante a ésta hay en Tlaxcala en la iglesia
que llaman Sta. Ana…
En el número 22 se cita del P. fray Martín de León en su obra intitulada Camino
del cielo,
La tercera disimulación es tomada de los mismos nombres
de los ídolos que en los tales pueblos se veneraban, que los nombres con
que se significan en latín o romance son los propios en significación que
significaban los nombres de estos ídolos; como en la ciudad de México en
el cerro donde está Ntra. Sra. de Guadalupe, adoraban un ídolo de una diosa
que llamaban Tonantzin, que es nuestra madre y este mismo nombre dan a
Ntra. Sra. y ellos siempre dicen que van a Tonantzin, y muchos de ellos lo
entienden por lo antiguo y no por lo moderno de agora.
Contestación. Por la simple lectura de los dos textos se ve
que lo que reprueban los autores de la idolatría que por la semejanza de
los nombres se disimulara aparentando venerar una imagen como cristianos y
en realidad adorando al ídolo cuyo nombre era semejante al de la imagen. Es
clarísimo que esto es lo que se reprueba. Dice el primer texto: “Como en
esta ciudad de México, en el lugar donde está Sta. María de Guadalupe, se
adoraba un ídolo que antiguamente se llamaba Tonantzin, y
entiéndenlo por lo antiguo y no por lo nuevo”.
Es manifiesto que se reprueba que al venerar exteriormente a la Virgen
María lo entiendan por lo antiguo, es decir por adorar al antiguo ídolo Tonantzin,
pero no se reprueba que fuera por lo nuevo, es decir, por honrar realmente
a María Madre de Dios y venerada Madre de los hombres. Dice el
segundo texto: “En el cerro donde está Ntra. Sra. de Guadalupe adoraban un
ídolo de una diosa que llamaban Tonantzin que es nuestra madre y este mismo
nombre dan a Ntra. Sra., y muchos de ellos lo entienden por lo antiguo y no
por lo moderno de agora”. El texto es terminante. “Ellos dicen que van a
Tonantzin y muchos de ellos lo entienden por lo antiguo [que era adorar al
ídolo] y no por lo moderno de agora” (que es venerar a la Virgen María).
Esto moderno de agora no se reprueba. ¿Qué hay en todo esto opuesto
a la aparición?
§ XII.
Del sermón del P. fray Francisco de Bustamante y de la información que se
hizo por causa del sermón
Los modernos impugnadores de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe creen
haber encontrado un argumento terrible contra la realidad de la misma
aparición en un sermón que el provincial de los franciscanos de México fray
Francisco Bustamante predicó en la iglesia de S. José el día 8 de
septiembre de 1556 sobre la Navidad de María Santísima y en la información
reservada que se hizo por causa del sermón. Expone el Sr. Icazbalceta este
argumento en los números 30, 31, 32, 33 y 34 de su carta. Todo se reduce a
que el padre Bustamante dijo que la devoción de Ntra. Sra. de Guadalupe no
tenía fundamento, que la imagen fue pintada por el indio Marcos, que el
orador no causó escándalo por haber negado la aparición y que el Sr.
Montúfar practicó una información reservadamente acerca de lo que dijo el
orador.
Contestación. Erró Bustamante negando la aparición. ¿Qué hay
de extraño en esto? Personas muy encumbradas, muy superiores a un
provincial de franciscanos han errado aún respecto de los dogmas de la fe.
En la historia del arrianismo y del protestantismo ¿no se encuentran
multitud de personas de alta dignidad que han errado sobre puntos de fe? No
tenemos que admirarnos del error de Bustamante. De lo dicho por este orador
se practicó información con reserva por el sr. Montúfar, arzobispo de
México. La reserva lo único que prueba es que el asunto era delicado en aquellas
circunstancias.
Habló Bustamante ante el virrey, la Audiencia y otros vecinos principales
de la ciudad: contaría tal vez con el beneplácito, el favor y apoyo de
algunos de ellos. A los que no miraban con buenos ojos a los indios, a los
que los oprimían y los tenían en bajo concepto, debió haberles halagado que
se hostilizara una devoción que era su consuelo en sus sufrimientos, que se
negara el insigne favor con que los había honrado la Reina del Cielo.
Ya que el provincial había hablado con tan reprensible imprudencia,
convenía al carácter de un arzobispo dar lugar a la prudencia: averiguó la
verdad con reserva; suspendió la información y tuvo datos seguros respecto
del hecho que pudieran servirle de norma en su conducta. No se obró
estrepitosamente contra Bustamante: se evitó una escisión entre el
arzobispo y el provincial, y acaso entre el clero secular y el regular, la
cual habría sido de muy funestas consecuencias, principalmente en aquel
tiempo. El provincial de los franciscanos era en aquel tiempo una persona
de consideración e importancia: fray Francisco de Bustamante aun había sido
comisario general; los franciscanos trabajaban sin descanso en la
conversión de los indios; habría sido de muy funestas consecuencias una
división entre el arzobispo y el provincial y los franciscanos de México;
si todos éstos se adhirieran a su provincial, la división habría sido de
todos contra el Sr. Montúfar; si unos se hubieran adherido al provincial y
otros no, habría habido división entre los mismos religiosos. La división
podría tener trascendencia a otros puntos del país. El P. provincial fue
removido pacíficamente anticipándose al capítulo y enviado a Quauhnahuac a
perfeccionarse en la lengua mexicana. [como atestigua Torquemada en su Monarquía
Indiana]. Otra vez fue provincial en 1560; pero entonces no se sabe que
haya causado alguna perturbación. De este modo por la prudencia del Sr.
Montúfar se extinguió la chispa que pudo haber causado una gran
conflagración; se continuaron los trabajos de la conversión de los infieles
y la devoción y la creencia de la aparición continuaron tan sólidamente
establecidas que al fin la fiesta de la aparición viniera a ser con la
autoridad del sumo pontífice una de las más solemnes que celebramos en
honor de la madre de Dios.
Conviene el impugnador en que el orador Bustamante causó escándalo; pero
dice que el escándalo no fue sino porque atacaba impetuosamente al Sr.
Arzobispo, y porque en cierta manera procuraba menoscabar el culto a la
Reina de los Cielos (núm. 34). Dice también (núm. 32): “Uno de
los testigos de la información, el dr. Salazar, acabó de confirmar que la
fundación de la ermita no venía de aparición ni de milagro alguno, pues
dijo “que lo que sabe es que el fundamento que esta ermita tiene desde su
principio fue el título de la Madre de Dios, el cual ha provocado a toda la
ciudad a que tenga devoción en ir a rezar y a encomendarse a ella”. De
suerte que ese solo título, el de la Tonantzin de que habla Sahagún, fue el
que dio origen al culto”.
Contestación. Es cierto en que le orador Bustamante
escandalizó porque atacó sin respeto al Sr. arzobispo, pero es falso que en
lo relativo a la Virgen María sólo haya escandalizado, porque genéricamente
procuraba menoscabar el culto a la Reina de los Cielos. ¿No vería el impugnador
el texto de las contestaciones a la pregunta 13?
El testigo D. Juan Salazar dijo que “oyó
decir a muchas personas que no les había parecido bien lo que fray
Francisco Bustamante había dicho, por haber tocado en la devoción de Ntra.
Sra. de Guadalupe”. D. Francisco Salazar dijo que “vio
en muchas personas que recibieron escándalo con las palabras que dicho
provincial dijo, y de tal manera, que todo lo que había dicho tocante a la
Natividad de nuestra Seora había sido como si no hubiera dicho nada, por
haber contradicho una devoción tan grande questa ciudad tiene”. D.
Alonso Sánchez de Cisneros dijo que “vio estar confusos la
mayor parte de los que oyeron el sermón, de haber oído lo que trató tocante
a la devoción de dicha ermita”.
D. Juan Messeguer dijo que “habiendo predicado
[Bustamante] un sermón maravilloso y divino de nuestra Señora, por
mostrarse después contra la devoción de la dicha imagen hubo grande
escándalo en el auditorio”… “que por lo que dicho Bustamante dijo contra la
dicha imagen, no ha cesado la devoción, antes ha crecido más”. He
aquí como escandalizó mucho Bustamante, no sólo por irrespetuoso respecto
del Sr. arzobispo, no sólo por procurar menoscabar en cierta manera el
culto a Ntra. Sra., sino expresamente por lo que dijo contra Ntra. Sra. de
Guadalupe, ¿Por qué lo calla el historiógrafo?
A Messeguer no se le preguntó según el orden del interrogatorio.
¿No vería el impugnador el memorial presentado al Sr. Montúfar el día 8 de
septiembre de 1556? En él encontraría que fue denunciado Bustamante porque
dijo en su oración “que le parecía que la devoción que esta ciudad ha
tomado en una ermita y casa de Ntra. Sra. que han intitulado de Guadalupe,
es en gran perjuicio de los naturales”. La misma portada de las
informaciones hechas por el Sr. Montúfar prueba que se trató muy de intento
de lo que el orador Bustamante dijo contra Ntra. Sra. de Guadalupe. He aquí
la referida portada: “Información hecha por el Ilmo. Sr. D. fray Alonso
de Montúfar, arzobispo de México, con motivo del sermón que en la fiesta de
la Natividad de Ntra. Sra. 8 de septiembre de 1556 predicó en la capilla de
S. José de los Naturales del convento de S. Francisco de México, el P.
provincial de la misma orden fray Francisco de Bustamante acerca de la
devoción y culto de Ntra. Sra. de Guadalupe”.
Es falso que el testigo Salazar acabara de confirmar que la fundación de la
ermita y el origen del culto viniera sólo del título Tonantzin. El
testigo citado es D. Francisco Salazar, éstas son sus palabras: “Lo
que sabe es, que el fundamento de esta ermita tiene desde su principio fue
el título de la Madre de Dios… ha visto entrar en ella con gran devoción y
a muchos de rodillas desde la puerta hasta el altar donde está la dicha
imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe, y éste le parece fundamento bastante
para sustentar la dicha ermita y querer quitar la tal devoción sería contra
toda cristiandad”.
¿No leería el texto el impugnador de la aparición? Si no lo leyó, ¿cómo se
le excusa de la nota de negligente?; y si lo leyó, ¿por qué quiso presentar
de un modo genérico la devoción a María Sma. cuando el testigo dice
terminantemente que muchos iban de rodillas desde la puerta hasta el altar
donde está la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe y que éste le parece
fundamento bastante para sustentar la ermita y que “querer quitar la tal
devoción [la de Ntra. Sra. de Guadalupe] sería contra toda cristiandad”.
§ XIII.
Ixtlilxóchitl
El impugnador presenta este escritor como uno de los que guardaron profundo
silencio sobre la aparición.
Contestación. D. Fernando Alva Ixtlilxóchitl, lejos de
haber guardado silencio sobre el milagro de la aparición, antes por el
contrario es autor de la traducción parafrástica de la antigua relación de
la aparición en lengua mexicana a la lengua española. Así lo asegura D.
Carlos de Sigüenza en su obra intitulada Piedad heroyca de D.
Fernando Cortés; dice: “Digo y juro que esta
relación hallé entre los papeles de D. Fernando de Alva que tengo
todos, y es la misma que afirma el Lic. Luis Becerra en su poder. El
original en mexicano está de letra de Antonio Valeriano, indio, que es
su verdadero autor, y al fin añadidos algunos milagros de letra de D.
Fernando, también en mexicano. Lo que presté al Rmo. P. Florencia fue una
traducción parafrástica que de uno y otro hizo D. Fernando y también está
de su letra".
Beristáin da la noticia de otro escritor hijo de D. Fernando Alva
Ixtlilxóchitl cuyo nombre es Bartolomé, el cual escribió algunas obras que
no tienen relación con la aparición. Si de este segundo habla el
impugnador, la fidelidad histórica exigía que no enunciara con la sola
palabra Ixtlilxóchitl a quien guardara silencio sobre la aparición, sino
que debía haber dicho que la voz autorizada del célebre anticuario D.
Fernando Alva Ixtlilxóchitl es una de las que resuenan en el profundo
silencio en que considera sumergido el siglo que se siguió a la aparición.
§ XIV.
De otros autores
Dominado el impugnador de la aparición por el grande concepto que tiene del
argumento negativo, es en verdad sorprendente por cuántas partes mira
aparecer con toda fuerza ese argumento.
Si algunos autores como fray Luis de Cisneros no mencionan a Ntra.
Sra. de Guadalupe en el capítulo de su historia de Ntra. Sra. de los Remedios
en que trata de que las imágenes de devoción tienen principios ocultos y
milagrosos, siendo así que Ntra. Sra. de Guadalupe no tiene principio
oculto, y que no prueba el impugnador que Cisneros haga en ese capítulo el
catálogo de todas las imágenes milagrosas, ya no hay aparición.
Si el mismo autor o cualquiera habla con grande elogio del templo e imagen
de Ntra. Sra. de Guadalupe, y de su espléndido culto y no dice la palabra aparecida,
no hay aparición, no obstante que sólo la aparición puede explicar
ese culto extraordinariamente espléndido, y que es muy común que hablemos
con grande elogio de imágenes muy venerables sin referir su origen.
Si los Concilios mexicanos que no son historias, sino colecciones de
leyes, no nombran la aparición, no la hubo.
Si el Sr. Garcés escribiendo al sumo pontífice y hablando de la
docilidad de los indios para recibir y observar la religión y refiriendo
dos o tres casos prodigiosos, no refirió la aparición, no la hubo.
Si Torquemada, no obstante que no tenemos íntegra su obra, aunque
hable de Ntra. Sra. de Guadalupe, no dice la palabra aparecida, no hay
aparición.
Si Mendieta, que escribía bajo la influencia del amor y respeto a su
religión y a sus prelados, no habla del suceso que sirvió de materia a uno
de ellos, a fray Francisco de Bustamante, para causar gravísimo escándalo y
por lo cual sufrió grande pesar, no hay aparición.
Si un comisario franciscano, fray Alonso Ponce, pasa de largo por
Tepeyácatl,y no entra al templo de Ntra. Sra. de Guadalupe, no hay aparición;
siendo así que es muy frecuente que los católicos pasen de largo por frente
de los templos en que está expuesto el Smo. Sacramento, sin que de esto se
infiera que no creen en la Eucaristía.
Si un predicador, fray Juan de Zepeda, dice un sermón de la
Natividad de María Sma. y no habla de la aparición, no la hubo.
Por dondequiera se le presenta el argumento negativo al impugnador de la
aparición; y forma un catálogo de los autores que asegura que no hablaron
de este prodigio; pero nada prueba mientras no demuestre que se ha cumplido
la condición que él mismo dijo que era indispensable para que el argumento
negativo tenga fuerza, y es que el silencio sea universal; y dista tanto de
probar que en el presente caso se haya realizado esta condición, que como
después veremos, se vio obligado a reconocer que hubo testimonios
claros e indudables de la aparición durante el siglo que considera del
silencio. Y además debía hacer ver que no hubo causas que
influyeran en el silencio de algunos autores.
§ XV.
De las causas a que debe atribuirse el silencio de varios autores respecto
de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe
En lo que se ha dicho anteriormente quedan indicadas unas causas muy
poderosas que influyeron en el silencio de varios autores respecto del
suceso de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe. Ya vimos la gravísima
imprudencia que cometió el provincial fray Francisco Bustamante que negó la
aparición; vimos igualmente cómo la conducta prudente del Sr. Montúfar
contuvo en su principio un mal que habría tomado proporciones enormes. Era
necesario no perturbar la armonía de los religiosos entre sí y con los
prelados y cleros seculares.
Por lo mismo, ya que se evitara la diferencia que Bustamante iba a suscitar
entre un arzobispo y un provincial, es decir, entre dos personas de muy
alta importancia, no debía darse motivo para que de nuevo se moviera la
cuestión. Es muy obvio entender que al provincial lo seguiría un número
mayor o menor de sus súbditos, y esto podía ser el principio de la pugna
con el ordinario y con el clero secular. La división habría sido
trascendental a otros puntos del país. Por una y otra parte habría habido
personas de poderosa influencia del estado secular, que favorecerían a un
partido y hostilizarían al otro. Todo vendría a ceder en detrimento de la
religión, en desconcepto de sus ministros y en ruina de la grande empresa
de la conversión de los infieles y del buen gobierno de los convertidos. He
aquí la explicación del recato que debió observarse.
Si convenía guardar silencio sobre la falta de Bustamante, igualmente
convenía guardarlo sobre lo que había ocasionado o se refería a aquella
falta.
Hablar en los escritos de la aparición era herir la susceptibilidad de los
religiosos celosos del honor de sus prelados, dar motivo para que se
formaran partidos exaltados con perjuicio de la caridad y del mismo culto
de la Sma. Virgen. Que de este modo se explica el silencio de varios
autores sobre la aparición lo manifiesta claramente el hecho de que de la
misma manera se explica el silencio de los autores sobre la cuestión de
Bustamante.
Este otro silencio es tan cauteloso que al leer la biografía del referido
provincial en alguno de los religiosos que la escribieron, no se concibe
sospecha de lo que sucedió. Dice v.g., Torquemada que fray Francisco
Bustamante fue “hombre prudentísimo y de gran gobierno”. ¿Quién
pudiera sospechar que un “hombre prudentísimo” incurriera en tan enorme
imprudencia como la del mismo Bustamante en su sermón? Pues la misma razón que había para no
hablar de la imprudencia de Bustamante, la había también para callar
respecto de lo que le había servido de materia para su falta.
Evitar divisiones no se opone a los fines de la Divina Providencia, y lo
estamos viendo en el presente, porque estamos presenciando el culto
grandioso de Ntra. Sra. de Guadalupe, no obstante el silencio de varios
escritores antiguos sobre la aparición.
Para que el Sr. Icazbalceta hubiera descubierto la nulidad del argumento
negativo que hace contra la aparición, le habría bastado compararlo con el
argumento negativo de mucha mayor fuerza que se puede hacer contra la
realidad de la desacertada predicación del orador Bustamante. El
argumento negativo contra la realidad de esta predicación es de mucho mayor
fuerza que el que pudo hacer contra la verdad de la aparición; contra esta
verdad opone el impugnador un siglo que él considera de silencio; y contra
la realidad de la predicación de Bustamante hubo tres siglos de silencio.
Respecto del silencio que se dice de un siglo, el mismo que lo alega se ve
obligado a confesar que no fue universal; este de tres siglos parece que lo
fue.
Sin embargo, el Sr. Icazbalceta no se rinde ante el silencio no
interrumpido de tres siglos, y tiene por real la predicación de Bustamante;
por lo mismo no tiene razón para exigir que atendamos a su argumento
negativo de un silencio nada universal a que él da la duración de un siglo.
Pronto veremos cuánto ruido hubo durante ese decantado silencio de un
siglo.
En el proemio de la segunda edición de la Monarquía indiana de
Torquemada, impresa en 1723, vemos hasta donde se extendía la exigencia
del recato. Dice el editor “No tuve por conveniente pedir
licencia para estampar lo que se hallaba borrado del original, aunque ya
parecía cesaban las causas del recato”, y asegura que tuvo
desplacer en omitir todo el capítulo primero del libro segundo que estaba
borrado y lo consideraba interesante; y para que el libro segundo no
careciera de capítulo primero, al segundo lo hizo primero, al tercero lo
hizo segundo y así sucesivamente. Este hecho manifiesta claramente cómo se
podían desfigurar y mutilar las obras en aquellos tiempos, habiendo una
absoluta libertad de suprimir todo lo que pudiera lastimar las
susceptibilidades, o que pudiera ocasionar temores fundados o infundados de
tener que sufrir molestias u otros inconvenientes. Y si se borraba lo que
había de permanecer en un manuscrito sepultado en una biblioteca, es
evidente que mucho menos se habría permitido que saliera a luz pública por
la prensa o que no quería conservarse ni aun en lo doméstico; y si en las
obras ya perfectas se habían supresiones, no podemos dudar que a los
escritores debe habérseles hecho entender que no tocaran estos o aquellos
puntos sobre que debía guardarse recato; y aun cuando no se les hiciera intimación,
ellos mismos, los escritores, debieron ser muy precavidos, porque a todo
autor le es muy molesto que su obra sea trucada o desfigurada después que
con grande trabajo la dio por perfecta. Sin embargo, éstas son las obras
que si no refirieron la aparición, cree el historiador que la impugna, que
le suministran un argumento invencible contra la realidad del prodigio. Es
evidente que verificada la predicación imprudentísima del orador
Bustamante, uno de los puntos que no habrían de tocar los escritores franciscanos
era el de la aparición, porque referirla equivalía a reprochar la conducta
de aquel prelado. Los otros religiosos tenían que guardar armonía con los
franciscanos y también el clero secular no debía dar ocasión a que se
perturbara la misma armonía que también él debía guardar con los regulares.
Considerando estas circunstancias, ¿qué argumento puede dar contra la
realidad de un hecho el que no hablen de él los que no pueden hablar?
Otra causa que explica la reserva de algunos escritores en lo relativo a
la aparición, se tiene en lo delicado que eran en aquellos tiempos las
relaciones entre los vencedores y los vencidos. El patriotismo de los
españoles ha sido sobremanera exaltado y a la exaltación del patriotismo se
añadía la viveza de su sentimiento religioso nacional. La patria y la
religión, éstos eran los objetos que dominaban absolutamente en el corazón
del español. Si se hubiera querido lastimar a un español, bastaría haberle
dicho que su patria en religiosidad, en valor, en proezas, en ciencia era
inferior a otro pueblo.
¿Qué habría sentido el alma del español si se le hubiera dicho que el
pueblo que acababa de conquistar había recibido del cielo un beneficio
mayor que otro de que se gloriara su patria? No era necesario decirle
tanto: que se le indicara que con distinguido favor se hubieran igualado
ante la Virgen María y ante Dios el indio vencido y el español vencedor,
¿qué sentiría entonces el vencedor? Sólo quien no conozca el corazón humano
podrá creer que inculcar esta idea habría sido favorable a los aborígenes
mexicanos. Al enunciarla se causaría desagrado, se exaltaría la altivez
propia del vencedor.
¿Cómo, diría éste, cómo es posible creer que ante Dios ya se igualaron la
heroicamente católica España y este pueblo que ayer empezó a dejar la
idolatría? De este modo se habría dificultado la defensa y protección de
los indios, en cuya causa entendían los sacerdotes católicos con celo
ardoroso, pero prudente. No sería un proceder sensato querer exaltar de tal
manera a los vencidos que ofendidos los vencedores se hiciera peor la
condición de aquéllos.
Léase en Torquemada, en la vida del Sr. Zumárraga, la persecución que
sufrieron al principio los defensores de los indios, siendo difamados ante
el emperador y el Consejo de Indias e interceptándose las cartas que
dirigía a España el Sr. Zumárraga, hasta que unas fueron llevadas
secretamente, siendo autores de la persecución los hombres poderosos.
Cambiadas las autoridades no hubo de cesar luego la mala disposición de
muchos particulares contra los indios: no se mudan tan fácilmente las
voluntades, y la persecución social suele ser más terrible que la oficial.
Creyó el Sr. Icazbalceta que habría producido buen efecto en aquellas
circunstancias proclamar: “El indio ha sido exaltado por la Reina del Cielo
tanto o más que el español”, pero la experiencia enseña que engrandecer
sobremanera a la persona que se reputa vil ante el mismo que la
menosprecia, es acrecentar en éste su perversa disposición. Debía obrarse
con mucha prudencia, y así el Sr. Montúfar consiguió aumentar notablemente
la devoción de los españoles a Ntra. Sra. de Guadalupe; y hasta qué punto
haya llegado en la misma España el esplendor de su culto, lo manifiesta la
celebérrima Congregación de Madrid.
§ XVI.
La historia de la aparición parece inverosímil al impugnador
La historia de la aparición se presenta inadmisible al impugnador aún por
la elección de la misma persona del enviado que escogió la Madre del Señor
para hacer saber su voluntad al prelado mexicano. Juan Diego, nos
dice, tenía una ignorancia absoluta de la religión, creyendo que tomando
distinto camino del que antes había seguido podría no ser visto por la Sma.
Virgen que consideraba esperándolo en Tepeyácatl; hizo una exclamación
gentílica cuando habiendo oído la primera vez el admirable concierto de las
aves en el cerro, dijo: “¿Por ventura he sido transportado al
paraíso de los deleites que llaman nuestros mayores, origen de nuestra
carne, jardín de flores o tierra celestial oculta a los ojos de los
hombres?”. Se refiere que iba a llevar a un sacerdote que
administrara a su tío gravemente enfermo los sacramentos de la penitencia y
la extremaunción, siendo así que entonces no se administraba el segundo. En
fin, quisiera saber el adversario qué familiares tendría el Sr. Zumárraga
el año de 1531 y cómo era difícil que un indio hablara a un prelado que
siempre andaba entre los indios.
Contestación. Tengamos paciencia y calmemos los escrúpulos
del historiógrafo.
Nadie ha negado que Juan Diego era inculto. En un neófito sencillo y de
pocos conocimientos no es extraña la idea de querer no ser visto de la
Virgen María cambiando el camino. La exclamación que parece gentílica al
historiógrafo, tiene sentido cristiano. Juan Diego debió haber sabido por
las explicaciones religiosas la existencia del paraíso, el cual fue un
jardín amenísimo donde estuvieron nuestros primeros padres antes de pecar,
y esto se dijo del paraíso antiguamente, en el libro primero de la Sagrada
Escritura lo encontraría el adversario.
No debía ignorar el historiógrafo, que, siéndolo, debió conocer la lengua
mexicana, que el texto mexicano no dice que se trata de que se
administraran a Juan Bernardino los dos sacramentos de la penitencia y la
extremaunción.
El texto mexicano es claro y terminante: dijo este indio a Juan Diego que
llamara un sacerdote inic mohuicz quimoyolcuitilitiuh ihuan quimo
cencahuilitiuh, que a la letra dice: para que venga a
confesar y a aparejar, es decir, a disponer para bien morir.
El historiógrafo debió conocer la lengua mexicana y no omitir los textos de
esa lengua al tratar de este hecho de historia. Disponer para bien morir
expresa una idea en la cual nada se incluye de que se administre o no la
extremaunción.
En lo relativo a que el Sr. Zumárraga tuviera o no familiares a quienes
hablara Juan Diego, también debía haber consultado el historiógrafo los
textos mexicanos.
Respecto a la primera vez que fue Juan Diego a hablarle al Sr. Zumárraga,
dice el texto: Quintlatlauhtia initetlayecolticahuan initlannencahuan,
etc. El nombre telayocoltiani significa servidor, el nombre nencauh,
significa criado.
¿Por qué no consultaría el diccionario mexicano el historiógrafo? ¿Por qué
no leería el texto?
Respecto de la última vez que fue Juan Diego a hablarle al Sr. Zumárraga,
así dice el texto mexicano: connamiquito ini calpixcau ihuan occequin
itlan nencahuan intlatoca Teopixqui, etc. La versión literal es: Dice
al que cuidaba la casa y a los otros criados del señor sacerdote,
etc.
El historiógrafo debió haber leído el texto mexicano, porque cuando se
trata de hechos antiguos, deben consultarse los datos más antiguos que se
tengan. Pero no consultar esos datos es uno de sus defectos.
Ya vimos que el nombre nencauh significa criado. Respecto del
nombre calpixqui, dice el diccionario que significa mayordomo;
y el historiógrafo debió saber analizar los nombres compuestos mexicanos.
El nombre calpixqui se compone de calli que significa casa,
perdiendo la amisible, y de pixqui, verbal del verbo pia, que
significa guardar, y así calpixqui significa el guardador
de la casa, que corresponde al español mayordomo. Así es que
según el texto mexicano Juan Diego hablaba al mayordomo y sirvientes del
Sr. Zumárraga. Algunos ha de haber tenido aquel prelado, a no ser que
queramos suponer que viviera solo y que no obstante la multitud de sus
gravísimas ocupaciones, no tuviera algunas personas que cuidaran de lo
doméstico. En qué quedó el argumento que con cierto aire de triunfo hizo el
impugnador de la aparición diciendo: “Quisiera yo saber qué familiares
tenía el Sr. Zumárraga en 1531”.
Creyó el adversario que la historia de la aparición presenta al Sr.
Zumárraga como un hombre ligero que creyó fácilmente a un indio que para
probarle que era enviado de la Madre de Dios, le llevo unas flores y una imagen,
y no averiguó de dónde se habían tomado aquellas flores ni de dónde se
traería aquella imagen. Así raciocinia el adversario; pero atendiendo a la
misma historia de la aparición se patentiza que el prelado procedió con la
delicada prudencia que exigía la gravedad del caso. La primera vez que le
habló Juan Diego le respondió con afabilidad, pero de tal modo que el indio
perdió la esperanza de ser oído, atribuyéndolo a que él era una persona
insignificante en la sociedad. Se le mandó que volviera a manifestar la
voluntad de la Santísima Virgen: entonces el Sr. Zumárraga le hizo muchas
preguntas e investigó, y por las respuestas del indio parecía que realmente
había visto a la Reina del Cielo.
Ya se entiende que el prelado investigó cuanto creyó necesario. Sin embargo
todavía no dio crédito, y dijo al indio que en aquel asunto no había de
proceder sólo por su palabra, que se necesitaba una señal para creer que lo
enviaba la Reina del Cielo. Juan Diego le respondió “Mirad,
señor, cuál será la señal que me pedís; luego iré a pedirla a la Reina del
Cielo que me envió”. Viendo el señor obispo que no vaciló,
sino que habló con tanta seguridad, envió personas que lo siguieran y
observaran a dónde iba, a quién veía y con quién hablaba. Cumplen los
enviados este precepto; más al llegar Juan Diego al Tepeyácatl, no les fue
posible verlo, por lo cual vuelven indignados tratándolo de engañador.
El día 12 vuelve Juan Diego con las flores. Como las personas de la casa
episcopal estaban en disgusto, no le atendían; pero notando que algo
llevaba en su capa, descubrieron, y viendo que eran flores muy hermosas,
quisieron tomarlas, más al acercar la mano nada pudieron tomar, las flores
que a la vista eran reales, al tacto eran como pintadas o tejidas en el
lienzo. Dicen al señor obispo lo que les había acontecido, lo cual no podía
ser un fenómeno natural; manda el prelado que entre Juan Diego; despliega
éste su capa, caen las flores y se deja ver la imagen de María Santísima de
Guadalupe y postrado el prelado la venera. ¿En dónde está la ligereza
del señor Zumárraga?
Después de haber examinado al indio a su satisfacción; después de haberlo
oído que sin vacilación y con toda seguridad promete ir luego a pedir a la
Reina del Cielo cualquiera señal que el prelado exigiera; después del
insólito acontecimiento de ser como pintadas o tejidas en un lienzo las
flores que al verlas y al caer son verdaderas, todavía se le critica porque
veneró la imagen. Aún hay más, el señor Zumárraga envió personas que no
sólo vieran el sitio que el indio indicara para levantar un templo, sino
que también fueran a la casa de Juan Bernardino y averiguaran lo relativo a
su grave enfermedad y a su curación milagrosa, lo cual encontraron ser
cierto. Este prodigio confirmó más los anteriores. De este modo autoriza
Dios a las personas que elige para hacer saber su voluntad.
Que no obstante que el Sr. Zumárraga fuera muy accesible a los indios, los
domésticos le hubieran puesto dificultad a Juan Diego para que le hablara,
nada tiene de extraño; todavía se observa que los domésticos de persona de
elevada posición y caritativa, suelen recibir mal a los pobres que acuden a
quien los trata con paternal cariño, principalmente si por la frecuencia
con que acuden a hablar con quien los favorece, se enfadan los que realmente
nada valen en aquella casa.
§ XVII.
De la impugnación que el adversario de la aparición pretende hacer contra
los fundamentos históricos, científicos y artísticos con que se ha
defendido la realidad de este prodigio
Como el impugnador de la aparición reconoció (núm. 10) que una de las
condiciones que debe tener el argumento negativo para impugnar un hecho
histórico antiguo es que el silencio de los autores que debieran referirlo
sea universal, él mismo se colocó en la imprescindible necesidad de
hacer que enmudezcan las voces que constantemente han turbado el silencio
de un siglo que asegura que existió respecto de la aparición. Veamos si lo
consigue.
§
XVIII. Del himno de D. Francisco Plácido
El adversario de la aparición niega la autenticidad del himno que D.
Francisco Plácido cantó en el mismo día en que con solemne procesión fue
trasladada la sagrada imagen de la casa episcopal a su templo en
Tepeyácatl, y niega la autenticidad de este himno porque no admite que se
haya verificado esa procesión, y porque el P. Florencia no imprimió ese
himno y de él sólo nos consta por noticias de segunda mano y extractos nada
seguros (núm 44 de la carta). Y antes había dicho (núm. 12): “Es
necesario decir para de una vez que todas esas construcciones de ermitas y
traslaciones de la imagen no tienen fundamento alguno histórico”.
Contestación. Que fue una realidad la procesión solemnísima
con que fue trasladada la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe de la casa
episcopal de México a su primer templo quedó demostrado con todo el rigor
que pudiera desear el más exigente historiógrafo o jurisconsulto en las
informaciones de 1666. Lo aseguraron testigos juramentados. Para negar lo
que afirmaron es necesario llamarlos perjuros. Si los dichos de testigos
que afirman con juramento no fueran un medio de conocer la verdad,
debiéramos reprobar las leyes de las naciones cultas, lo cual sería
absurdo. Es conveniente citar algunos testimonios. D. Marcos Pacheco
aseguró haber oído referir la erección de la primera iglesia, y que a la
dedicación de ella y colocación de la santa imagen se habían convocado y
convidado todos los pueblos de la comarca de México.
D. Martín de S. Luis, D. Juan Suárez y D. Diego Monroy, aseguraron haber
sabido de personas fidedignas sin variedad ni duda el milagro de la
aparición y la traslación de la imagen por el Sr. Zumárraga a la ermita que
le fabricó.
En la relación de la aparición que tuvo el P. Florencia, se refiere
la procesión de la traslación de la sagrada imagen con estas palabras: “Iban por
retaguardia los muy ejemplares y seráficos padres de nuestro glorioso
seráfico Francisco, llevando todos revestidos en hombros a la soberana
imagen de María de Guadalupe”.
Muy fácil sería presentar más autoridades; pero es inútil respecto de un
hecho tan notorio como es que la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe fue
trasladada con muy solemne procesión desde México hasta su primer templo en
Tepeyácatl.
Consta pues que fue una realidad la ocasión en que se cantó el himno de D.
Francisco Plácido. La autenticidad del himno no se puede negar, porque
consta con verdadera certidumbre histórica por el testimonio de testigos
irreprochables en su moralidad y muy respetables por su instrucción. Estos
testigos son el P. Florencia y D. Carlos Sigüenza, como se manifiesta por
lo que de este mismo himno dice el P. Florencia en estas palabras: “D.
Carlos Sigüenza, hallándolo entre los escritos de un D. Domingo de S. Antón
Muñón Chimalpain, lo guardaba como un tesoro, y para ilustrar esta historia
me lo dio”.
Tres cosas asegura Florencia: que él mismo tenía el himno; que lo tenía D.
Carlos Sigüenza y que lo tuvo Chimalpain. Si estas tres aserciones de
Florencia hubieran sido tres insignes falsedades, luego Sigüenza las habría
desmentido, supuesto que fue censor de la obra. Por tanto tenemos a favor
de la existencia del himno de D. Francisco Plácido la autoridad del P.
Florencia, que lo tuvo en sus manos, la de D. Carlos Sigüenza, insigne
anticuario que lo guardaba como un tesoro y lo pasó a Florencia para que se
sirviera de él en su historia. Se añade a estos dos testigos al anticuario
D. Domingo Chimalpain que conservaba este himno. Es inútil notar que
escritores posteriores reconocen la realidad de este himno. Hacen mérito de
él, Boturini, Cabrera Quintero, Alcocer, Uribe, Beristáin, etc., que sin
fundamento llamaríamos faltos de crítica.
Queda por lo mismo establecido que en el mismo principio del siglo que el
impugnador de la aparición llama del silencio, resonó públicamente una voz
proclamando ese singular favor del cielo.
No creeríamos si no lo viéramos (núm. 12 de la carta), que un historiógrafo
asentara con toda seguridad que todas las construcciones de ermitas
(de Ntra. Sra. de Guadalupe) y traslaciones de la imagen no tiene
fundamento alguno histórico.
Que existió la primera ermita lo testifican todas las autoridades antes
citadas a favor de la traslación de la imagen de México a su primer templo;
lo asegura el virrey Enríquez, como antes se vio; lo asegura el
historiógrafo impugnador en el núm. 68 de su carta; lo reconoce Muñoz en su
Memoria, diciendo que el Sr. Montúfar que vino en 1554 encontró
muy difundida la devoción a la Virgen de Guadalupe venerada en una
ermitilla, y todos lo admiten. Mas si existió esa ermita es evidente
que fue construida.
Que se construyó otra iglesia lo confiesa el mismo Muñoz, que después de
las palabras citadas, continúa diciendo que a la ermita de Ntra. Sra. de
Guadalupe “acudía la piedad de los fieles con tales limosnas que le
sufragaron para costear una decente iglesia”; y
lo testifica el virrey Enríquez diciendo: “y el principio que
tuvo la iglesia que agora está hecha, lo que comúnmente se entiende es que
el año de 1555 a 56 estaba una ermitilla en la cual estaba la imagen que
agora está en la iglesia”. Aquí tenemos dos
construcciones de dos templos y que en los dos estuvo la imagen que por lo
mismo ya tenía dos traslaciones: 1) de México al primer templo; 2) del
primer templo al segundo.
Fray Luis de Cisneros en su Historia de Ntra. Sra. de los
Remedios impresa en 1621 dice de Ntra. Sra. de Guadalupe: “A
quien van haciendo una insigne iglesia que por orden y cuidado del
arzobispo está en muy buen punto”. En la serie de los
arzobispos de México se dice del Sr. Pérez de la Serna que bendijo esta
iglesia “que se dedicó a la imagen portentosa de Ntra. Sra. de
Guadalupe en el año de 1622 y la colocó solemnemente en su tabernáculo de
plata”. Tenemos otra construcción de iglesia y otra
traslación de la imagen.
Del siguiente arzobispo se dice en la serie citada: “Reparó
la iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe y restituyó a ella la sagrada imagen
desde la catedral donde había estado a fin de que los fieles implorasen el
auxilio de tan benigna Madre”. Estuvo en México desde
1629 hasta 1634 cuando sucedió una terrible inundación.
Del sr. Aguiar y Seijas se dice en la serie citada: “Puso
la primera piedra para el magnífico templo en que hoy se venera la
aparecida milagrosa imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe en 26 de marzo de
1695”.
No es necesario seguir adelante. ¿Cómo dijo el historiógrafo impugnador de
la aparición que no tienen fundamento histórico las construcciones de
iglesias y las traslaciones de la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe?
§ XIX.
De la antiquísima relación de la aparición en lengua mexicana
Terminantemente admite el nuevo impugnador de la aparición, que existió una
antiquísima relación de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe en lengua
mexicana; dice (núm. 43): “Ya que Sigüenza jura que tuvo
una relación de letra de D. Antonio Valeriano no pondré duda en ello”. No
asegura que haya sido Valeriano el autor de esa relación: la escribió él u
otro, dice en el núm. 68. igualmente reconoce que es tanta la antigüedad de
esta relación, que la hace remontar (núm. 68) hasta un tiempo cercano al
año de 1555 o 1556 que es la época que fija (núm. 68) para que se haya
empezado a hablar de la aparición. Confiesa en el núm. 68 que en esa
relación se tiene como verdadera la aparición pero no cree que su autor
haya intentado hacer pasar por verdaderas algunas circunstancias que conforme
a la costumbre de los autores dramáticos, introdujo para dar forma y
animación a la pieza, la cual mira elaborada con contextura dramática, para
complacer a los indios que eran muy aficionados a las representaciones de
misterios. Dice también (núm. 68) que ésta sería la pieza o relación
mexicana que vio el p. Miguel Sánchez y que éste en el libro impreso en
1648 dio por verdadero todo lo que allí encontró, aún aquello que cree que
el autor mexicano introdujo sólo con verdad relativa, para amenizar y dar
interés a la pieza. Este es el juicio del Sr. Icazbalceta sobre la
antiquísima relación mexicana de la aparición; pero dice (núm. 43) que esa
relación no existe ni se ha publicado jamás; y como tenemos una relación
mexicana de la aparición impresa por Lasso de la Vega en 1649, rehúsa creer
(núm. 51) que ésta sea la antigua, sino que la considera compuesta por el
mismo Lasso de la Vega: “Inflamada-dice (núm. 51) la devoción de
Lasso con el relato de Sánchez, quiso divulgarlo entre los indios, y para
ello lo abrevió y puso en lengua mexicana. Eso es todo”.
Tenemos en todo esto confesiones muy importantes:
1) Que existió la relación de la aparición en lengua mexicana.
2) Que esta relación es antiquísima
3) Que tiene por base la aparición
4) Que el p. Miguel Sánchez no fue inventor de la historia de la aparición,
sino que hubo un documento antiquísimo donde pudo haberla leído.
El impugnador de la aparición se ha impugnado a sí mismo. ¿Todavía
insistirá en que respecto de la aparición hubo un siglo de silencio?
¿Por qué no impuso silencio a esa voz que oyó resonar desde un tiempo
cercano al año de 1556?
Ya no sería necesario decir más sobre este punto si no se ofreciera hacer
una rectificación importante. No debe admitirse que en la relación mexicana
de la aparición se encuentren cosas en que sólo haya verdad relativa que se
concede a los poetas porque esa relación no es un drama, sino una historia:
historia grandiosa cuyo asunto presenta materia para un drama sobremanera
interesante, pero no tiene ese carácter; refiere los hechos con sencillez
histórica, y todos los que presenta se encuentran ordenados con relaciones
necesarias o muy convenientes para el fin a que dirigía la misión del
neófito. Si le habló la Reina del Cielo había de dejarse ver con una
grandeza que diera idea de su dignidad: la historia debió describir esa
magnificencia; en las palabras de la Virgen María se nota dignidad y amor;
en las que le dirige Juan Diego hay sumo respeto. Así debía ser. La primera
vez que Juan Diego habla al Sr. Zumárraga de su misión, aparece que no le
da crédito; así lo exigía la prudencia; vuelve segunda vez y entonces el
prelado examina diligentemente al indio; pero para proceder con toda
seguridad le manda que pida a la Virgen María una señal de que realmente es
su enviado, y además manda a algunas personas que observan a dónde se
dirige Juan Diego, con quién habla, etc.; era muy puesto en razón que
hiciera todo esto.
Cuando lleva Juan Diego las flores se excita la curiosidad de los
domésticos del Sr. Zumárraga y quieren tomarlas; es claro que Dios había de
evitar que las tomaran y por esto al llegar la mano eran como pintadas o
tejidas en el lienzo; la curación milagrosa de Juan Bernardino venía a
confirmar más la verdad de la aparición. He aquí una historia completa en
que nada falta y nada es sobreañadido. La inventiva de la imaginación más
de una vez habría tenido lugar; sin embargo la narración tiene la sencillez
propia de la historia; lo interesante, lo conmovedor está en la misma
naturaleza del asunto.
En la pretensión de que la relación mexicana de la aparición impresa por
Lasso de la Vega no es la antigua, sino otra que el mismo Lasso compuso, no
hace otra cosa el impugnador sino duplicar el documento, poniendo en peor
estado la mala causa que defiende. No le admitiremos esa duplicación
gratuita que para nada la necesita la defensa de la verdad.
Entretanto tenemos dos voces que interrumpen el profundo silencio de un
siglo en que esperaba dormir tranquilo el historiógrafo impugnador de la
aparición.
§ XX.
De la versión española parafrásica de la antiquísima relación mexicana de
la aparición
En el núm. 50 de la carta nos habla el impugnador de la versión parafrásica
española que hizo D. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl de la antigua relación
mexicana de la aparición. No puede negar la realidad de este
respetabilísimo documento. He aquí otra voz que no pudo dejar de oír el
adversario de la aparición; pero cree debilitar su fuerza de demostrar
diciendo que como no se trata sino de una versión de la relación antigua ya
existente, no se tiene un documento distinto del anterior.
Este modo de raciocinar importa un error en la filosofía de la
historia, y es creer que la multiplicación de las autoridades
históricas está sólo en la multiplicación material de los escritos de
diversos autores, y no primaria y principalmente en la multiplicación de
los testigos. El escritor no vale por el papel, ni por la tinta, ni por la
figura material de las letras, sino porque manifiesta su modo de pensar.
Por lo mismo si D. Antonio Valeriano es una autoridad histórica escribiendo
la relación de la aparición en mexicano, D. Fernando Ixtlilxóchitl,
conformándose y parafraseando en español esta relación, y aún aumentándola
en lo tocante a relación de milagros, es otra autoridad histórica. Que así
lo hizo lo testifica Sigüenza. Tenemos, pues, dos autoridades históricas
respetables y tenemos derecho para contar como dos testimonios históricos,
la relación antigua mexicana de la aparición y su paráfrasis española. Otra
voz molesta al historiógrafo.
§ XXI.
De las razones que se tienen para creer que ha habido por lo menos otra
antigua relación de la aparición
El adversario de la aparición proponiéndose en el núm. 42 refutar al Sr.
Tornel que presenta como probable la existencia de otra relación antigua de
la aparición, se avanza a decir absolutamente que de esa
relación más valiera decir con franqueza que nunca la hubo. ¿Y
cuál es el fundamento de una aserción tan terminante y atrevida? El único
fundamento es que hay variedad entre los autores acerca de quién sea
individualmente el autor de esta otra relación.
Es muy extraño que un historiógrafo niegue absolutamente la existencia de
una obra sólo porque no es cierta la persona del autor, aunque haya
fundamento que apoye la realidad de la obra. ¿Cuántas obras hay de que no
se duda, y sin embargo no se tiene certidumbre de sus autores? Es gratuita
por lo mismo la negación del impugnador.
El P. Florencia da por autor de esta narración a un franciscano y lo prueba
por el mismo lenguaje de la referida narración, que sólo puede usarlo un
franciscano. Describiendo la relación de la procesión con que fue
trasladada la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe de México a su primer
templo, dice que iban los padres “de nuestro glorioso y
seráfico Francisco”, hablando de Juan Diego; dice que
guardó castidad “a persuasión de la alabanza de ella que en cierta
plática oyó de un santo religioso de nuestra orden de S. Francisco, llamado
fray Toribio Motolinía”; más sólo un franciscano puede llamar a
una persona religioso de nuestra orden de S. Francisco. Del Sr.
Zumárraga dice era de la orden de nuestro padre S. Francisco. Todo esto
manifiesta que en esa relación escribió la pluma de un franciscano. ¿Quién
fue? La historia señala o al p. Mendieta o al P. fray Francisco Gómez.
Mas si en aquella relación se tiene no una sino repetidas veces el lenguaje
de un franciscano, en la relación mexicana impresa que conservamos se tiene
repetidas veces el lenguaje de quien no es franciscano. He aquí a la letra
los textos mexicanos y su traducción:
Hablando de la primera vez que Juan Diego habló al señor Zumárraga dice de
este prelado: “itocatzin catca D. fray Francisco de Zumárraga S.
Francisco Teopixqui”.
Traducción: su nombre era D. fray Francisco de Zumárraga, sacerdote
de San Francisco.
Refiriendo el segundo milagro dice: (texto mexicano): in Itlaçohuan
totecuillo S. Francisco Teopixqui.
Traducción: los amados sacerdotes de Nuestro Señor San Francisco.
Refiriéndose al duodécimo milagro dice (texto mexicano): co Francisco
Teopixcatzintli.
Traducción: un venerable sacerdote de S. Francisco.
Refiriendo el decimocuarto milagro dice (texto mexicano): in Francisco
Teopixqui.
Traducción: los sacerdotes de S. Francisco.
Tres veces habla de este modo.
Hablando de la castidad de Juan Diego dice de él y su consorte (texto
mexicano): ceppaquicacque in itemachtiltzin fray Toribio Motolinia ceme
in matlactin ommomen S. Francisco Teopixqui yancuican maxitico.
Traducción: una vez oyeron la enseñanza respetable de fray Toribio
Motolinía, uno de los doce sacerdotes de S. Francisco que vinieron
recientemente.
Este lenguaje no es de un franciscano.
Comparemos también la narración de la procesión de las dos relaciones. La
impresa por Lasso de la Vega dice:
Texto mexicano: “Cahuel mohueychinh in tlayahualoliztli ic
quimohuiquilique cenquizque in ixquichtin Teopixqui catca ihuan in nepapan
caxtilteca in ye inmac catca altepetl, ni iuhan in ixquichtin Tlatoque
Pipiltin Mexica”.
Traducción: se hizo la grande procesión con que la llevaron todos
los sacerdotes que había y varios castellanos que ya estaban en la ciudad y
también los señores nobles mexicanos, etcétera.
Comparemos esta narración con la que refiere Florencia que se leía en la
relación que tuvo en su poder que dice así: “Iban por retaguardia los muy
ejemplares y seráficos padres de nuestro glorioso seráfico Francisco,
llevando todos revestidos en hombros a la soberana imagen de María de
Guadalupe”.
Se ve que aunque se hable del mismo asunto, o se refiere del mismo modo; lo
cual manifiesta que han sido dos los autores que refirieron el mismo suceso
de dos modos distintos.
De aquí resulta más que probable que hubo por lo menos dos autores que
escribieron en mexicano respecto de la aparición.
Hablando el P. Florencia de la antigüedad de la relación de la aparición
que le comunicó D. Carlos Sigüenza y que se decía trasladada de unos
papeles muy antiguos, dice: “Por el deslustre del papel y
lo amotignado de la tinta se está conociendo que el traslado es muy
antiguo, que a mi entender ha más de setenta u ochenta más que lo trasladó;
porque no estando deslustrado, como no está de manoseado, sino de antiguo,
es sin duda, que la causa es los muchos años que ha que se escribió. Y si
el traslado tiene tantos de edad, llamando a los papeles de que se copió
muy antiguos, ¿qué años tendrían éstos?”.
Habla después el impugnador (núm. 50) de los papeles en que fundó su
historia el P. Miguel Sánchez; pero no admite que prueben porque Sánchez no
dijo qué papeles fueron los que halló y dónde. ¿Ésta es la razón? ¿Acaso
porque Sánchez no expresó todo lo que desea el exigente historiógrafo es
nulo su testamento?
Es bien sabido que estudiando la historia se hace uso de los testimonios
que han dado los escritores, y no se desechan porque no hayan dicho todo lo
que deseáramos. Dan testimonio de documentos antiguos relativos a la
aparición el P. Florencia citando el testimonio de la misma relación de la
aparición de que se sirve el P. Sánchez y Luis Becerra Tanco en el prólogo
de su obra. ¿Nos atreveríamos a decir que todos mienten?
Tenemos más voces que interrumpen el silencio de un siglo en que el
impugnador de la aparición pretendía que ni una sola se hubiese oído.
§ XXII.
Del testimonio de la aparición que se encuentra en un testamento de una parienta
de Juan Diego
Asegura Boturini en su Catálogo del Museo Indiano, § XXXVI, núm. 4,
que tenía el testamento original de una parienta de Juan Diego en que
dejaba a la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe unas tierras; y en la Idea de
una nueva historia, § XXVII, núm. 4, menciona también este testamento y
copia la noticia de la aparición que en él se tenía en mexicano y es la
siguiente: “Sapa omenextlitzino itlaço cihuapilli Sta. María inoqui
cayotilique in itlaçoteopixqui Guadalupe".
El Sr. Icazbalceta no se atreve a negar ni la existencia de este testamento
ni el testimonio de la aparición que en él se encontraba; pero ocurre a un
medio de defensa que ha inventado. Conviene en que el testamento realmente
habla de la aparición, pero ha de ser otra la aparición de que hace mención
y no la famosa hecha a Juan Diego. Pretende fundar tan rara interpretación
en que si dijera el texto que se había dado la noticia de la aparición al
Sr. Zumárraga le habría llamado Huey teopixqui, que era el
tratamiento que convenía a su carácter. Nada prueba esto, porque las
personas sencillas, respecto de los eclesiásticos que les merecen
particular aprecio, prefieren un tratamiento afectuoso al oficial o social;
dice que no le habría añadido el calificativo de una ermita: así es que
según el Sr. Icazbalceta lo que dice el texto mexicano es que la Virgen se
apareció en sábado y que se dio aviso del suceso al sacerdote (capellán o
vicario) que estaba en la ermita de Guadalupe.
Es de sentirse que en nuestros días sea tan poco conocida la lengua
mexicana, por lo cual acaso no faltarán personas que crean acertada y docta
esta traducción, la cual no es exacta.
El texto mexicano dice que se avisó la aparición de María Stma. a su amado
sacerdote de Guadalupe. El posesivo i que significa suyo, hace que
la posesión se refiera activamente a María Stma. y pasivamente al
sacerdote, teopixqui con el calificativo de amado, tlaçotli,
perdida la amisible; así es que no se le dice al Sr. Zumárraga de un modo
indeterminado, según traduce el Sr. Icazbalceta, el amado sacerdote,
sino determinadamente sacerdote amado de María Sma.; y realmente lo
fue, y una prueba del amor particular de la Virgen María a aquel prelado
fue haberse aparecido en su presencia la sagrada imagen de Guadalupe. Cree
el Sr. Icazbalceta que se le dice al Sr. Zumárraga sacerdote de la
iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe, y por esto le parece que se le
considera como capellán o vicario de la misma iglesia, lo cual no era
propio de su carácter, porque era el prelado diocesano. Para sentar estas
cosas introduce el historiógrafo en su traducción el nombre ermita,
suponiendo que en texto mexicano falta el correspondiente teocalli;
es decir, supone en el texto mexicano la figura eclipsis sin fundamento ni
en la gramática ni en la literatura, que no deben ser extrañas a un
historiógrafo, porque se necesitan para la recta inteligencia de los
documentos históricos. No hay fundamento para suponer esa figura; sin ella
el sentido es perfecto: el Sr. Zumárraga con mucha razón pudo llamarse sacerdote
de Guadalupe, tanto por la aparición verificada en su presencia, como
por el especial cuidado que tuvo de la imagen y del culto de la Sma. Virgen
bajo la advocación de Guadalupe-
Tenemos otra voz que resuena cerca del principio del siglo que el Sr.
Icazbalceta llama del silencio.
§
XXIII. El testamento de Juana Martín
Fue otorgado este antiquísimo testamento en S. Buenaventura Quauhtitlán
ante el escribano Morales. En este testamento se nombra a Juan Diego y a su
esposa María, Malintzin, y hablando de Juan Diego se da el siguiente
testimonio claro y terminante de la aparición: “Inipaltzinco
omochiu y tlahuiçolli in ompa Tepeyac in campa monexi in tlaço cihuapilli
Sta. Maria in oncan yotilique itlaço ixcopinque Guadalupe nican toaxcatzin
in ipan toaltepetl Quauhtitlán”.
Traducción: “Mediante él [Juan Diego] se hizo la maravilla allá en
Tepeyac, donde se apareció la amada Sra. Sta. María; en donde vimos su
amable imagen de Guadalupe; es nuestra de los de la población de
Quauhtitlán”.
A un testimonio tan preciso es imposible adaptarle la tergiversación
intentada por el historiógrafo adversario de la aparición de decir que
hablará de alguna otra aparición y no de la reconocida generalmente.
Es manifiesto que este testamento es distinto del anterior de que se trata
en el párrafo XXII. En aquél se dice que María Sma. se apareció en sábado;
en este no se expresa el día; en aquél se dice que se avisó la aparición de
la Sma. Virgen a su amado sacerdote, lo cual no se halla en éste.
El Sr. Icazbalceta asegura que de este testamento no conoce cosa alguna
(núm. 48 de la carta); y después en el núm. 68 dice que el testamento de
Juana Martín habla de la famosa aparición que tanto honra a nuestra patria,
dice: “Hacia los años de 1555 a 56 comenzó a encenderse la
devoción (de Ntra. Sra. de Guadalupe cuya imagen estaba en la ermita)… y se
contó también la aparición de que hablan Juana Martín y Suárez Peralta.”
Otra voz más inquieta al Sr. Icazbalceta en su imaginado silencio de un
siglo.
§ XXIV.
Del testamento de Gregoria María
Asegura Guridi Alcocer que en este testamento se asienta la aparición, que
fue otorgado el día 11 de marzo de 1559 y que de su original mexicano
corrían copias con la traducción castellana.
El impugnador de la aparición hace mención de este testamento de Gregoria
María pero desvirtuando la noticia histórica que da de él Alcocer. Este
escritor asegura que corrían copias del original mexicano de este
testamento con su traducción castellana; el impugnador sólo dice que el Sr.
Alcocer tenía una copia de él, y le desagrada que no la publicara. Como da
a entender la existencia de una copia, podía perderse; más como Alcocer
asegura no ya que hubiera una copia del testamento, sino que corrían las
copias de él, por lo cual era bastante conocido, no había motivo para el
desagrado del adversario.
Dice Alcocer que muchos creían que este testamento y el de Juana Martín
eran uno mismo. Como no se tiene a la vista el texto de este testamento, no
se puede hacer la comparación que resolvería la cuestión; pero es muy
difícil suponer que el Sr. Alcocer que lo cita, incurriera en tal
equivocación que leyera Gregoria María en vez de Juana Martín. Sin embargo,
no resolvemos que este testamento sea o no distinto del de Juana Martín,
por falta de datos suficientes.
Pero que éste testamento es distinto del de la parienta de Juan Diego de
que habla Boturini, lo prueban las razones siguientes que leemos en
Alcocer:
Tanto el Sr. Lorenzana como Boturini y todos comúnmente convienen en que la
testadora era pariente de Juan Diego, lo que sacan del mismo testamento; y
en el de Gregoria María no aparece tal parentesco. Dice aquél que se
dejaron a Ntra. Sra. unas tierras, hasta tres, expresa Boturini, y en el de
Gregoria María, parece ser una sola. En el primero se refiere haberse
aparecido María Sma. en sábado; y no se halla semejante expresión en el
segundo.
Dícese que se avisó la aparición al querido párroco o padre de Guadalupe
según el primero; y esto tampoco se encuentra en el segundo. Dícese en fin
en aquél que se llamaba la mujer de Juan Diego, María Lucía; y el último
sólo le da el primer nombre de María, Malintzin.
§ XXV.
El impugnador de la aparición hace un obsequio a los que la defienden
En el núm. 47 de la carta nos da el Sr. Icazbalceta un documento que según
asegura, no han aprovechado los últimos apologistas de la aparición y es el
de Juan Suárez Peralta que en sus Noticias históricas de la Nueva España
escritas hacia el año de 1589 dice que el virrey Enríquez “llegó
a Ntra. Sra. de Guadalupe que es una imagen devotísima que está de México
dos lehuechuelas, la cual ha hecho muchos milagros (apareciose entre unos
riscos y a esta devoción acude toda la tierra) y de allí entró en México”. El
testimonio es terminante; sin embargo para evadirse el impugnador de esta
autoridad que claramente habla de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe,
ocurre al medio que ha inventado y dice que debe hablar de otra aparición
hecha a persona incógnita en figura de la imagen de Guadalupe ya existente,
y no de la aparición hecha a Juan Diego. Vemos cómo introduce
apariciones desconocidas para negar la verdadera generalmente reconocida.
No nos dice el escritor citado que el virrey Enríquez fuera a venerar una
figura de la imagen, sino a la verdadera imagen de Guadalupe; y hablando de
esta imagen, de la visita del virrey, de la grande devoción con que era
venerada esa verdadera imagen, en el intermedio de estas cosas refiere la
aparición en la montaña, es evidente que ésta no es una aparición ignorada,
sino la que todos reconocemos.
Otra voz. El Sr. Icazbalceta al fin tuvo que oírla confesando en el núm. 48
de la carta que Suárez Peralta habla de la aparición que nuestro adversario
se propuso impugnar.
§ XXVI.
Testimonio de la aparición por D. Luis Ángel Vetancourt
Boturini (Catálogo del Museo Indiano § XXXIII, núm. 11 y Manuscritos
guadalupanos, § XXXV, núm. 4), asegura que tuvo en sus manos una
historia manuscrita de Ntra. Sra. de los Remedios. Es de don Luis Ángel
Vetancourt, la cual fue anterior a la de fray Luis de Cisneros impresa
en 1621. En aquella historia dio Vetancourt el siguiente testimonio de la
aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe:
Y porque tengas de tu gloria indicios
a Tepeaquilla baja diligente,
y entre tajadas peñas y redondas,
verás mi imagen cerca de las ondas.
No como aquí, de bulto, de pinceles
que en blanca manta el gran Apeles tupe
porque Dios, verdadero Praxiteles,
allí me advocará de Guadalupe.
En el Tesoro Guadalupano, primer siglo, núm. 54,
asegura su autor, el Sr. Vera, que por bondad del Sr. Troncoso, académico,
tiene copia de esta historia y reproduce el testimonio de la aparición.
Otra voz que ni menciona el Sr. Icazbalceta.
§
XXVII. De la historia de la aparición de que habló el Sr. Uribe
El Sr. Don José Patricio Uribe en un sermón que predicó en el templo de
Ntra. Sra. de Guadalupe (el tercero impreso), dijo que estaba la
historia de la aparición en idioma mexicano archivado en la Real
Universidad, cuya antigüedad aunque se ignora a punto fijo, se conoce que
remonta hasta tiempos no muy distantes de la aparición, ya por la calidad
de la letra, y ya por su materia que es masa de maguey, de la que usaban
los indios antes de la conquista.
¿Qué opondría a esta prueba el Sr. Icazbalceta? Cita el Sr. Uribe una
historia manuscrita de la aparicion; prueba su antigüedad; dice dónde se
encuentra. ¿Qué más puede desear el crítico más rígido? Pero por no dejar
de decir algo el Sr. Icazbalceta, asegura que todavía en 1580 usaban los
indios el papel de masa de maguey. Esto no destruye la antigüedad del
manuscrito. Pregunta, ¿qué contenía esa relación? Es inútil que lo pregunte
diciendo terminantemente el Sr. Uribe que ese escrito es una historia de la
aparición.
Pregunta el Sr. Icazbalceta, ¿cuál es la fecha del manuscrito? ¿Dónde para
hoy? A la primera pregunta ya dijo el Sr. Uribe que era antiquísimo, pero
no podía fijarse con precisión cuándo se escribió; la segunda pregunta no
tiene motivo de hacerla el impugnador, supuesto que el Sr. Uribe asegura que
en sus días se hallaba en la universidad. Si actualmente se encuentra allí
o no, nada desvirtúa la fuerza propia del documento.
Sería de desear que se hiciera constar si esta historia de la aparición de
que da testimonio el Sr. Uribe, es la misma o distinta de la impresa por
Lasso de la Vega.
§
XXVIII. De los Anales y otros manuscritos
El Dr. José Ignacio Bartolache en su Opúsculo guadalupano, en la
pieza número 3, presenta un testimonio certificado por el secretario de la
Universidad de México, en que consta que el día 30 de enero de 1787,
estando presentes juntamente con el secretario y el Dr. Bartolache, el
rector de la universidad, el bibliotecario y el catedrático de lengua
mexicana, se vio un manuscrito y de él se hicieron estas dos traducciones: en
1531 Juan Diego manifestó a la amada Sra. de Guadalupe; el año de 1548
murió Juan Diego a quien se apareció la amada Sra. De Guadalupe. El
catedrático de idioma mexicano aprobó la inteligencia y fiel traducción de
los textos mexicanos.
Los dos testimonios de la aparición son terminantes. Al historiógrafo
impugnador no le quedó otro recurso sino decir que el añalejo puede estar
viciado. No lo vio, como se manifiesta porque dice: Ignoro qué disposición
tenía, más no ignoraría esto si lo hubiera visto; y de este escrito que no
vio, sólo porque es copia y no original, y porque comprende los sucesos
hasta el año de 1737 que fue el del juramento del patronato de Ntra. Sra.
de Guadalupe, fácil le parece que hayan añadido entonces en la copia los
pasajes de la aparición al frente de los signos correspondientes.
¿Quién creyera que de este modo tratara de evadirse un historiógrafo? Cinco
personas instruidas, el rector y el secretario de la universidad, el
bibliotecario, el profesor de lengua mexicana y el Dr. Bartolache, que
nadie puede tachar de crédulo, tuvieron por auténticos los testimonios de
la aparición contenidos en el añalejo de la Universidad de México; y el
historiógrafo que ni siquiera lo había visto, aventuró sin ningún
fundamento la especie de que lo habrán alterado.
Se nota que en este añalejo se tienen unos anales existentes en la
biblioteca de la universidad. En la de la catedral de la misma ciudad de
México también se tenían otros anales, los cuales eran distintos de los de
la universidad, como se ve por la confrontación de los textos de unos y
otros que siguen a continuación, notando con letra cursiva las palabras
distintas en unos y otros.
Texto mexicano de los anales de la universidad
Acaxihuitl 1531. Otlalmanque in caxilteca in Cuitlaxcoapa Ciudad de
los Angeles ihuan in Juan Diego oquimotenextilli in tlaco cihuapilli
Guadalupe Mexico motocayotia Tepeyácac.
Texin 1548 Omomiquili Juan Diego, inoquimanextilli y Tlaçohuapilli
Guadalupe México. Otecihuilo iniztactepetl.
Bartolache copia estos textos en los números 11 y 12 de la segunda
parte del Opúsculo guadalupano.
Texto mexicano de los anales de la catedral
1531 Otlalmanque in quixtianotzin cuitlaxcoapa Ciudad de los
Angeles. Zano ipan inin xihuitl in Juan Diego oquimotenextli in tlaço nantzin
cihuapilli Guadalupe México.
1549 Omomiquili in Juan Diego oquimonextilitzino in Tlaço Cihuapilli
Guadalupe México.
Tuve ocasión de ver estos textos en un volumen manuscrito que se guarda
en el Museo Mexicano.
La versión española de ambos textos es:
De los anales de la universidad
1531. Los castellanos tomaron a Cuitlaxcuapa, ciudad de los Ángeles,
y Juan Diego manifestó a la amada Señora de Guadalupe. Llámase de
Tepeyácac.
1548. Murió Juan Diego a quien se apareció su amada Señora de Guadalupe de
México. Cayó granizo en el Cerro Blanco.
De los anales de la catedral
1531. Los cristianos tomaron a Cuitlaxcuapa, Ciudad de los Ángeles.
También en este año manifestó Juan Diego a la amada Madre Señora de
Guadalupe de México.
1548. Murió el Juan Diego. Se le apareció la amada Señora de Guadalupe de
México.
En ambos anales se refiere dos veces la aparición; pero por la
diferencia en algunas palabras y porque el verbo nextia en los anales de la
catedral tiene reverencia superior respecto de la que tiene en los anales
de la universidad, se ve que son distintos los anales.
Boturini en el Catálogo del Museo Indiano, “Manuscritos guadalupanos”,
§XXXV, núms. 2 y 3, da las siguientes noticias: “Un
manuscrito en lengua náhuatl trata de muchas cosas pertenecientes al
imperio mexicano, y en unos pocos renglones con estilo conciso (como lo
demás), refiere el haberse aparecido la Sma. Sra. en el cerro del Tepeyac…”.
Otros dos manuscritos en lengua náhuatl que están citados en las piezas
sueltas de la Historia del Imperio mexicano, mencionan en cortos renglones
la aparición en el año que le toca. Poseía Boturini estos manuscritos
originales. Del primero dice: “La historia es antigua,
fidedigna, y lo probaré en el prólogo galeato”. De
los otros dos manuscritos dice que probará la antigüedad de ellos en el
mismo prólogo.
En el caso de que alguno o algunos de estos tres manuscritos se
identifiquen con los anales de que antes se ha hecho mérito, se tendrán por
lo menos estas otras tres voces para inquietar al adversario en su silencio
de un siglo.
Asegura también Boturini que el testamento de D. Esteban Tomelin sirve para
probar la notoriedad de las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe.
Tuvo Boturini un tanto auténtico de este testamento. Catálogo cit. §
XXXVI, número 3.
§ XXIX.
De los mapas y pinturas
No teniendo los antiguos mexicanos la escritura alfabética conocida en
Europa, se valían de otros medios para conservar la memoria de los
acontecimientos. No era México un pueblo sin historia; ni habría podido
escribirse después nuestra historia antigua, sino sirviéndose de la
historia propiamente dicha que sin usar el alfabeto europeo, conservaban
los mexicanos. En estos medios había garantías de seguridad, porque la
historia es nula cuando no puede tenerse certidumbre de los sucesos; y de
hecho se reconoce que se obraba con fidelidad cuando se transmitían los
hechos a la posteridad.
La pintura y la poesía sirvieron a los antiguos mexicanos para formar su
historia. Representando a la vista los objetos materiales a que afectaban
los hechos y formando de tal manera las representaciones que tuvieran
analogía con los acontecimientos cuya memoria se quería conservar, se
habían las pinturas o mapas por medio de los cuales se transmitían a los
posteriores las noticias de importancia. Por medio de la poesía se formaban
composiciones que se cantaban públicamente con acompañamiento de
instrumentos músicos en las fiestas u otras ocasiones oportunas. Se
enseñaban estos cantares a los niños más inteligentes, que después los
cantaban y los enseñaban a otros; por ese medio se perpetuaba por siglos la
memoria de los sucesos interesantes.
Aún después de la Conquista continuaron los indios con estos usos; y
también les sirvieron para conservar la memoria de la aparición.
Apenas una muy ligera indicación se encuentra en la carta (núm. 50)
respecto de los mapas representativos de la aparición: dice que estos mapas
no infunden confianza porque “no se trata de una aparición
cualquiera de la Virgen de Guadalupe, sino de la aparición a Juan Diego y
de la pintura milagrosa en la tilma”.
No afecta al historiógrafo multiplicar los testimonios de apariciones
incógnitas: si Suárez de Peralta habla de la aparición de la Virgen María
en un cerro; si el testamento de Juana Martín refiere la aparición; si los
mapas la representan, han de ser otras apariciones, aunque no estén
averiguadas, aunque no obtengan el asenso de los hombres de criterio; lo
que le importa es negar la aparición que todos reconocemos como verdadera;
y como en la posibilidad las apariciones podrían multiplicarse
indefinidamente, sean cuales fueren los documentos que se le presentaran al
historiógrafo, siempre contestaría que se han de referir a otra aparición
que no sea la generalmente admitida. A quien raciocinara de este modo nadie
podría convencerlo.
Luego se propone inculcar la idea de que los mapas no importaran la idea de
que fuera real la aparición; y para esto los compara con los retablos que
vemos en las iglesias, llevados por personas que atribuyen a la intercesión
de algún santo un beneficio especial. Dice: “Es
costumbre que todavía dura pintar en los retablos de milagros la imagen del
santo que lo hizo, como si se apareciera en el aire al devoto, sin que
nadie pretenda por eso que la aparición fuera real… un retablo semejante
pintado en unos anales de indios sin texto que declare el asunto, puede
tomarse por una aparición real, sin serlo”.
Estos son los argumentos para impugnar la autoridad de los mapas y pinturas
relativos a la aparición.
Aunque sea tan fútil esta impugnación, es conveniente refutarla. A lo menos
en la generalidad de los retablos de las iglesias que alega el impugnador,
nadie entiende que se intente representar apariciones de santos; mas consta
históricamente que los indios intentaron representar en pinturas o mapas la
aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe o referirse a ella. El primer testigo
examinado en las Informaciones de 1666, hacia el fin de la contestación a
la quinta pregunta dice que a Juan Diego se le apareció la Virgen, y añade “que
lo tiene por cierto y evidente, pues los antiguos lo llegaron a pintar en
los conventos y retratar a éste delante de la Virgen, que no lo hiciera si
no fuera tal, porque la pintura era muy antigua y se hecha muy bien de ver
por ella y ser de aquel tiempo”.
Aquí tenemos declarada la relación de esta pintura con la aparición.
Becerra Tanco asegura que vio en poder de D. Fernando de Alva un mapa de
insigne antigüedad escrito con figuras y caracteres de los indios, en el
cual se representaban los sucesos de más de trescientos años antes que
vinieran los españoles y muchos años después, y para su mejor inteligencia
tenía algunas líneas en lengua mexicana y en él estaba figurada la
aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe. Boturini tuvo en su poder el retrato original
de Juan Diego que se ve de rodillas mirando al Tepeyácatl donde se le
apareció la Sma. Virgen y a un lado tiene el pozo donde otra vez vio a la
Virgen María. Asegura Boturini que halló este retrato en Tlaxcallan a donde
había sido llevado.
En cuanto a la autoridad que tuvieron antiguamente los mapas históricos de
los indios, dice Florencia, que era tanta como la de los procesos españoles
autorizados por escribanos, y que todavía en su tiempo valían mucho, no
sólo cuando litigaban los indios entre sí, sino también cuando lo hacían
con los españoles. Se citan otras pinturas relativas al culto antiquísimo
de la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe; pero como el adversario lo
reconoce no es necesario hablar de esas pinturas.
Habrá otros mapas y pinturas relativas directamente a la aparición. Mas es
sabido que mucho se ha perdido en lo tocante a nuestra historia.
§ XXX.
De los himnos y representaciones de la aparición
Fue costumbre muy antigua de los mexicanos conservar la memoria de los
acontecimientos importantes refiriéndolos en composiciones poéticas que se
cantaban públicamente en festividades; que conforme con esta costumbre se
cantaban las apariciones de Ntra. Sra. de Guadalupe, lo reconoce el mismo
Muñoz, adversario de la aparición: dice en el núm. 24 de su Memoria
que todo el tiempo de 1629 a 1634 con motivo de una inundación terrible
estuvo la Virgen de Guadalupe en la capital y fue obsequiada con
extraordinarias demostraciones… desahogóse el fervor en danzas, bailes,
prevenidos coloquios y cantares de indios en que se mentaron las
apariciones.
Becerra Tanco dice (en Felicidad de México, “Pruébase la
tradición”):
Afirmó haber oído cantar a los indios ancianos en los
mitotes y saraos que solían hacer antes de la inundación de esta ciudad los
naturales, cuando se celebra la festividad de Ntra. Sra. en su templo santo
de Guadalupe y que se hacía en la plaza que cae en la parte occidental,
fuera del cementerio de dicho templo, danzando en círculo muchos danzantes
y en el centro de él cantaban puestos en pie dos ancianos al son de un
teponaztli a su modo el cantar en que se refería en metro la milagrosa
aparición de la Virgen Sma. y su bendita imagen, y en que se decía que se
había figurado en la manta o tilma que servía de capa al indio Juan Diego,
y cómo se manifestó en presencia del ilustrísimo Sr. D. Fray Juan de
Zumárraga, primer obispo de esta ciudad; añadiendo al fin de dicho canto
los milagros que había obrado Ntro. Señor en el día que se colocó la santa
imagen en su primera ermita, y los júbilos con que los naturales celebraron
esta colocación.
Veamos ahora lo que dispone el Tercer Concilio Mexicano. En el libro
III, tít. XVIII § I, que trata de que se destierre toda superstición de las
cosas sagradas dice: “Conviene que los obispos, como pastores,
procuren propagar la verdadera devoción entre los fieles y se excluyan
absolutamente las falsas y vanas supersticiones; por tanto se prohiben en
las iglesias las danzas, bailes, representaciones y cantos profanos… Mas si
hubieren de representarse algunas historias sagradas u otras cosas santas y
útiles al alma o cantarse algunos himnos devotos, todo esto antes de un mes
preséntese al obispo para que lo examine y apruebe”.
Y en el libro I, tít. I, tratando que se quiten los impedimentos de la
salvación de los indios, en el § I dispuso que sólo se permita a los indios
los cantos que fueren aprobados por sus párrocos y vicarios. Atendidas
estas disposiciones, no pudiendo admitirse que todos los obispos y los
ministros fueran unos constantes infractores de las leyes del concilio, se
deduce lógicamente que siendo ciertísimo que la historia de la aparición se
cantaba en público en la misma ciudad de México y del mismo modo se cantaba
en Tepeyac, esta historia tenía la aprobación que exigió el Concilio Mexicano.
He aquí cómo de un modo constante y autorizado se recordaba la aparición al
pueblo mexicano. Estos cantos valen en la historia: 1) por la fidelidad que
caracterizaba a los mexicanos en guardar la memoria de los hechos
importantes; 2) por el examen y aprobación que de los mismos cantos mandó
el concilio y por la vigilancia de los ministros para que en los referidos
cantos se tratara de misterios religiosos con exactitud; 3) por la
aquiescencia de todo el público que los oía; 4) por la aprobación o asenso
de las autoridades públicas eclesiásticas y civiles que habrían impedido
que se refirieran apariciones que nunca se habían verificado,
principalmente cuando esto se hiciera con motivo de fiestas religiosas
celebradas en un lugar tan cercano a la ciudad arquiepiscopal, como era el
de Tepeyácac, y en la misma ciudad, como sucedió en el tiempo en que estuvo
allí la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe por causa de la inundación.
Un argumento semejante en favor de la aparición se deduce de la costumbre
de representarla públicamente en los llamados coloquios. Que éstos se
hicieron aún en la ciudad de México lo confiesa el mismo Muñoz, adversario
de la aparición. Antes están citadas sus palabras: y el sr. Icazbalceta
indica bastantemente que se usaron estas representaciones desde tiempo
inmediato al año de 1556, porque dice que la historia de la aparición
escrita en mexicano por Valeriano u otro, tuvo contextura dramática para
complacer a los indios que eran aficionados a las representaciones de
misterios.
Cuéntase si es posible la multitud de testigos de la creencia de la
aparición que importa la antigua costumbre de referirla y representarla en
público. Acaso nuestro adversario tendría en menos estimación a los que
cantaban y representaban porque eran indios, como después se verá que hace
menos a los testigos indios de la información de 1666; pero prescíndase de
que aquellos fueron o no indios, el hecho es que se refería y se
representaba en público la aparición, que los obispos y religiosos cuidaban
de que no hubiera falsedad en lo que se cantaba; que en la sociedad había
muchos hombres instruidos que o presenciaban o sabían lo que se refería y
representaba, y que los obispos y demás autoridades sabiéndolo no lo
impedían, y por consiguiente lo consentían. Nada dice contra estas pruebas
nuestro adversario, ni siquiera hace mención de ellas.
Aquí tenemos una incontable multitud de testigos de la creencia de la
aparición. ¿Cuán pública no era la fama de las apariciones?
Tenemos por lo tanto multitud de voces para despertar al historiógrafo del
sueño en que creía reposar en su siglo de silencio.
§ XXXI.
De la extinción de la devoción a Ntra. Sra. de Guadalupe que cree el
impugnador de la aparición que había acaecido cuando se publicó el libro
del padre Miguel Sánchez
Asienta con toda seguridad el adversario de la aparición que la devoción a
Nuestra Señora de Guadalupe que en 1556 había sido tan fervorosa, fue
rebajando hasta desaparecer de tal manera que en 1648 “nadie
sabía de la aparición, nadie conocía ya la imagen”.
Lo que dice el impugnador es increíble. Estuvo la imagen en México
obsequiada con extraordinarias demostraciones desde 1629 hasta 1634, y en
este año fue restituida a su templo con grande solemnidad, ¿cómo
podía ser que en catorce años se olvidara todo aquel culto espléndido, al
grado de que aun la imagen no se conociera? ¿Cuántas personas
vivirían en 1648 que habían presenciado y habían tenido parte en las
demostraciones religiosas, ruidosas y solemnes con que se había honrado en
México hacía poco a la Virgen de Guadalupe? ¿A todo se les había olvidado
lo que habían visto y habían hecho en lo relativo a la Virgen de Guadalupe,
y se les había olvidado no obstante que todo estaba unido con la memoria de
la inundación de la ciudad? No era posible que esto sucediera. Pero es bien
presentar algunas pruebas históricas de la falsedad del aserto del
adversario de la aparición.
En el año de 1643 ya se acostumbraba la fiesta de Ntra. Sra. de Guadalupe
celebrada por los españoles. (cita de La Estrella del Norte de México,
cap. XXI, núm. 244).
En el mismo año de 1643, D. Francisco de Almanza, vecino de México, por
haberse libertado de uno de los toros que se lidiaban en la brutal
diversión llamada de los toros, cuyo beneficio debió a la Sma. Virgen de
Guadalupe a quien invocó en la hora del peligro, estableció en acción de
gracias una fiesta anual a Ntra. Sra. de Guadalupe, que todavía se
celebraba, escribía el padre Florencia.
Los indios también celebraban a Ntra. Sra. de Guadalupe. Tenemos por lo
menos tres fiestas cada año.
El conde de Salvatierra D. García Sarmiento Sotomayor que fue virrey de
México desde 1642 hasta 1648, costeó para que se colocara la imagen de
Ntra. Sra. de Guadalupe un tabernáculo de plata que le atribuyeron de peso
de más de trescientos marcos. (Escudo de Armas de México, lib. III.
Cap. XIII núm. 720).
Mediante un bienhechor o bienhechores por el año de 1647 se colocó en
vidrieras la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe, lo cual fue obra de gran
precio en aquel tiempo.
Cuando fue restituida la sagrada imagen terminada la inundación de la
ciudad de México en 1634, no rebajó en nada el culto de Ntra. Sra. de
Guadalupe, antes al contrario, “era como la misma inundación,
o como otro general diluvio que desprendió el cielo en favores e inundaba
el santuario, México, el reino, etc.”. Son palabras de
Cabrera Quintero. Los moradores buscaban la imagen original en su
santuario; o procuraban tener en sus casas una copia de ella para
venerarla. Las imágenes que se hicieron fueron tantas que según la
expresión de Cabrera Quintero, llenaron el reino y Muñoz en su Memoria las
llama por su número infinitas. No obstante la inexactitud de no pocas de
estas imágenes, su multitud hace ver cuánto se extendía en aquel tiempo la
devoción a Ntra. Sra. de Guadalupe. La autoridad eclesiástica cuidó de
remediar el mal de las imágenes inexactas.
En 1644 se imprimieron en México las cartas del canónigo D. Francisco Siles
al P. D. Miguel Sánchez sobre la Historia de Ntra. Sra. de Guadalupe.
D. Luis de Sandoval y Zapata, caballero noble de México, escribió varias
poesías en honor de Ntra. Sra. de Guadalupe. El P. Florencia copia un
soneto. No fija Beristáin la fecha de la impresión de estas poesías; pero
por otro impreso del mismo autor se conjetura que deben haberse publicado
aproximadamente por el año de 1645.
Advierte el Sr. Vera que dijo esta poesía en un certamen, lo cual
manifiesta la estimación de los literatos a Ntra. Sra. de Guadalupe.
La imagen de que habla el Sr. Icazbalceta que estaba en Sto. Domingo de México,
se hallaba en un suntuoso altar por agencia de un devoto opulento, lo cual
aumentó la devoción.
Es inútil acumular más pruebas.
§
XXXII. De las Informaciones del año 1666 sobre la verdad de la aparición
Siente el Sr. Icazbalceta el peso enorme de los testimonios que con la más
rigurosa observación de las prescripciones del derecho y conforme a un
interrogatorio enviado de Roma, se recibieron de multitud de testigos
idóneos en el año de 1666 los que declararon unánimemente la verdad de la
aparición, como admitida constantemente desde la época del suceso.
¿Qué recurso quedaría al historiógrafo impugnador? Confiesa que “se
juzgará absurdo desechar así un instrumento jurídico”. Es
ciertamente un atrevimiento desmedido, es un absurdo en derecho, en
filosofía y aun en buena cristiandad entender que de la capital del orbe
católico y tratándose de un asunto de suma gravedad, cual es la
averiguación de un milagro insigne, se dispusiera la práctica de lo que
fuera imposible practicar; y si era acertada la disposición emanada del
centro del catolicismo y si en México fue cumplida con exactitud, como de
hecho así lo fue, las informaciones de 1666 son altamente respetables y
pusieron en manifiesto la verdad.
¿Se hizo la elección de los testigos con el debido acierto? Oigamos
respecto de esto al mismo Sr. Icazbalceta: con muy grave ofensa desatendió
este adversario de la aparición a los testigos indios que declararon; pero
respecto de todos los demás asegura que en ellos se ven sacerdotes graves y
caballeros ilustres. ¡Preciosa confesión! Mas todos los testigos declararon
con juramento, ¿Los llamará perjuros? No se atreve a hacerles tan enorme
injuria; así lo asegura con estas palabras: “No cabe
decir que estos testigos se cargaban a ciencia cierta con un perjurio”. No
han perjurado esos testigos y ellos son personas ilustres y de gravedad; y
se les ha examinado conforme a un interrogatorio enviado de Roma.
En todo esto se halla de acuerdo el Sr. Icazbalceta, ¿Qué consecuencia
debía haber aducido? Basta tener sentido común para esperar que dedujera la
consecuencia de que les debemos creer; mas no lo hizo así.
Es conveniente presentar una breve reseña de las declaraciones de los
testigos a que el mismo adversario llama graves e ilustres, entre los
cuales hay sabios respetables.
El Lic. D. Luis Becerra Tanco,
muy perito en las lenguas latinas, griega, hebrea, italiana, francesa,
portuguesa, mexicana y otomí; maestro público de estas dos últimas y
catedrático de matemáticas en la Universidad de México… poeta, orador y
teólogo aventajado y físico y químico muy regular, afirmó haber oído
referir la historia de la aparición como él la escribió, a personas dignas
de entera fe y muy conocidas en México y que certificaban haberla oído de
los que conocieron a los naturales a quienes se les apareció la Sma.
Virgen, al Sr. Zumárraga y otros hombres provectos de aquel tiempo. De las
personas a quienes oyó referir la aparición, cita 1) al licenciado cura D.
Pedro Ruiz de Alarcón, ya difunto, hombre de grandes prendas, virtud y
letras, eruditísimo en el idioma mexicano, que nació menos de cuarenta años
después de la aparición y alcanzó a las personas que vivían cuando sucedió
el prodigio, 2) al licenciado D. Gaspar de Prabes, ministro muy antiguo de
los indios “hombre de seso y honrado, Cicerón en la lengua mexicana”, que
nació veinte años después de la aparición y oyó su historia a D Juan
Valeriano, indio muy instruido que se educó en el Colegio de Sta. Cruz de
Tlatelolco, que conoció a Juan Diego y otras personas fidedignas; 3) al
licenciado D. Pedro Ponce, hombre de conocida virtud y letras, Demóstenes
en la lengua mexicana, que murió de 80 años en 1626; así es que alcanzó a
los contemporáneos de la aparición; 4) a D. Jerónimo de León, eminente en
la lengua mexicana, que fue por mucho tiempo intérprete del juzgado de
indios y hacía 35 años que había fallecido de 85 años de edad y pudo tener
noticias inmediatas de los que vivían en el tiempo de la aparición. Ésta
fue la declaración del sabio D. Luis Becerra Tanco, y comprende otros
cuatro calificados testimonios de la verdad de la aparición.
El P. Miguel Sánchez, en quien desde joven se
hermanaron las letras y las virtudes, y fue honrado a competencia por los
virreyes y arzobispos, y a su entierro concurrieron los cabildos eclesiásticos
y secular y otras corporaciones respetables, lo cual manifiesta cuánto era
su mérito en la sociedad culta y cuánto es el peso de su testimonio en
favor de la aparición, afirmando con juramento a los sesenta años, lo que
por espacio de cincuenta años había oído “a muchas personas de calidad,
nobleza y letras”.
El dominico fray Pedro Oyanguren
dijo que desde que llegó a uso de razón tuvo muchas e individuales noticias
del prodigio de la aparición, oídas con uniformidad de infinidad de
personas de todos estados, puestos y calidades, y de sus padres y abuelos,
sin que jamás hubiera oído ni entendido cosa en contrario ni aun de
personas de inferior categoría.
El franciscano padre de provincia fray Bartolomé Tapia
aseguró que desde que tuvo uso de razón oyó la historia de la aparición
referida por todo género de personas de alta calidad e inferiores.
El agustino definidor fray Antonio de Mendoza oyó
referir la aparición a sus padres y abuelos: uno de ellos fue el oidor D.
Antonio Maldonado, otro D. Alonso de Mendoza, capitán de la guardia del
conde de la Coruña, virrey de México.
Fray Juan de Herrera, del orden de la Merced,
“el sujeto de más graduación que habían tenido en este reino su religión y
la universidad”, afirmó que desde que llegó a uso de razón, tuvo
conocimiento de la aparición por sus padres y abuelos y otras personas muy
antiguas y de toda calidad, cuya tradición era notoria y constante en toda
la Nueva España.
Fray Pedro de S. Simón, que había sido provincial
de los carmelitas, declaró que en más de treinta y dos años que tenía de
vivir en la Nueva España, había tenido muchas y extensas noticias de la
aparición, recibidas de personas antiguas y de notoria calidad.
El P. Diego Monroy, prepósito de la Casa
Profesa de la Compañía de Jesús, dijo que en más de cuarenta años había
tenido noticias y ciertísima ciencia del prodigio de la aparición, por
habérselo comunicado personas antiguas de conocida calidad y nobleza.
Fray Juan de San José, que había sido provincial
de los franciscanos, declaró que por el espacio de más de 54 años supo la
aparición por personas antiguas y de autoridad.
Fray Pedro de S. Nicolás, sacerdote religioso
de S. Juan de Dios, dijo que desde que tuvo uso de razón supo lo relativo a
la aparición por personas de toda autoridad.
Fray Nicolás Cerdán, provincial de la orden de
S. Hipólito, también declaró haber oído referir la aparición desde que tuvo
uso de razón a personas de toda autoridad.
D. Alonso de Cuevas Dávalos, de la primera
nobleza de México, declaró haber sabido la aparición desde que tuvo uso de
razón por sus padres, antepasados y personas de toda autoridad.
D. Diego Cano Moctezuma, caballero del orden
de Santiago, declaró lo mismo que el anterior.
Dígase de buena si no es evidente que aun sólo con las declaraciones de
estos testigos quedó demostrada histórica y jurídicamente con el mayor
rigor que pudieran exigir los historiógrafos y jurisconsultos el hecho de
la aparición y su creencia constante y generalmente extendida.
El Sr. Icazbalceta se ha puesto en el compromiso 1) de probar que las
personas sabias, ilustres y graves que con juramento declararon la
aparición dijeron una falsedad; 2) de vindicar a esas mismas personas de
haber cometido un crimen y dejar bien sentada su reputación. ¿Cómo prueba
lo primero?
Luego le ocurre la aserción del audaz orador Francisco Bustamante, y la
información reservada que ocasionó y que en lo que se actuó nada contiene
opuesto a la aparición, y el silencio que llama de un siglo y que fue
interrumpido por voces que el señor Icazbalceta no pudo hacer callar. Esto
ministra al historiógrafo un argumento para pronunciar magistralmente que
los ilustres graves y sabios testigos de las informaciones de 1666
aseguraron con juramento una falsedad.
¿Cómo los excusa del crimen de perjurio? ¿Cómo salva su buen nombre?
Todo lo hará la fuerza de la preocupación y de la imaginación. Nos dice el
historiógrafo: “No puedo menos de confundirme considerando hasta dónde
puede llegar al contagio moral y el extravío del sentimiento religioso”. A su modo de ver las cosas, antes de 1648
todo el mundo ignoraba la aparición; y en medio de ese silencio general
publica el P. Sánchez su libro, sin comprobante, cuando la devoción vuelve
a encenderse, toman parte en fomentarla corporaciones tan respetables como
el cabildo eclesiástico, llévase el asunto por aclamación a Roma; aparecen
por todas partes testigos calificados que unánimes y bajo juramento
declaran “saber de mucho tiempo atrás lo que hasta entonces nadie ni ellos
habían sabido”. ¡Qué fuerza de fascinar descubre el historiógrafo en la
publicación de un libro sin comprobante!
Contempla un silencio profundo por un siglo; repentinamente oye una voz
destituida de fundamento; y luego se levantan multitud de voces y hay fama
pública, y es tanto el ruido que se oye hasta más allá de los mares.
Verdaderamente ha sucedido al historiógrafo algo parecido a los
encantamientos de que era víctima D. Quijote; y a su juicio cada uno de
los testigos de las informaciones de 1666 fue un nuevo Quijote que miraba
en su imaginación lo que no venía ni había, sin que por esto dejaran de ser
sacerdotes graves y caballeros ilustres.
Ellos eran respetados en la sociedad por su honradez y conocimientos;
comprendían lo que es el juramento y que no se honra a Dios sino que se
incurre ante su presencia en un crimen gravísimo mintiendo con juramentos,
y mucho más afirmando la creencia de milagros falsos o destituidos de
sólido fundamento. Decir que esta clase de personas poniendo a Dios por
testigo afirmaron que sabían desde mucho tiempo atrás un milagro que hasta
entonces nadie ni ellos habían sabido, es suponer que se hallaban en sumo
grado de depravación o con lamentable transtorno mental; y que los jueces
que los llamaron a la sociedad que les reconocía instrucción, honor y
sensatez también carecían de sentido común . A tales absurdos conduce
la idea del Sr. Icazbalceta de unos testigos graves e ilustres jurando que
saben hace tiempo lo que nadie ni ellos conocen. Y como sería una locura
admitir tan inauditos absurdos, es necesario reconocer que aún sólo los
trece testigos que no fueron indios probaron sobreabundantemente la verdad
de la aparición. Estos trece testigos son más que suficientes. Pero también
es muy justo desechar el desfavorable concepto que formó el Sr. Icazbalceta
de los indios que dieron testimonio. La religiosidad de los indios, por la
cual no habían de violar su juramento, y el buen criterio de los jueces que
los escogieron, garantizan la averiguación y la verdad. Más todos estos
testigos afirmaron lo que oyeron de sus padres o de otras personas que a su
vez supieron la aparición aun de los que vivieron en el tiempo del suceso.
La grande multitud y la diversidad de las personas y de las ocasiones en
que hablaban, sin ponerse previamente de acuerdo y refiriendo como
generalmente reconocida la verdad del hecho de la aparición, prueba
evidentemente su verdad.
§
XXXIII. De la tradición del hecho histórico de la aparición antes de 1648
Se avanza el Sr. Icazbalceta (núm. 59) a negar que antes de publicarse en
1648 el libro del padre Sánchez hubiera habido tradición del origen
sobrenatural de la imagen de nuestra Señora de Guadalupe. He aquí su
razonamiento que mal merece este nombre: no había, dice, esta tradición en
1556 cuando Bustamante atribuía al pincel de un indio la imagen guadalupana
sin que se levantara contra él un clamor general. No la había en 1575
cuando el virrey Enríquez ignoraba el origen de aquel culto. No la había en
1622 cuando predicó de la natividad de María Santísima el padre Zepeda, ni
en 1648 porque aun los capellanes del santuario la ignoraban hasta que el
padre Sánchez los ilustró; y ninguno de los escritores distinguidos de esa
época conoció la tradición o no la juzgó digna de aprecio. Pero lo asombroso
es que esa tradición que jamás había existido, luego que publica su libro
el padre Sánchez se levanta grande, universal, no interrumpida. Vuelve el
señor Icazbalceta a sus visiones nunca vistas. Ve que el libro del
padre Sánchez hace aparecer en un momento y aparecer grande y universal lo
que nunca había existido; ¿y este señor es el enemigo de las
apariciones? Oye que el imperturbado silencio de un siglo se convierte
luego en un estrépito grande y universal. ¡Qué fenómenos! ¡Qué imaginación
del señor Icazbalceta!
En algo más de un siglo no alcanza el señor Icazbalceta a descubrir ni un
rastro de la tradición del prodigio guadalupano.
Asegura que no había tradición del milagro cuando predicó Bustamante en
1556. ¿Y no leyó este historiógrafo el núm. 68 de su propia carta en
que, contradiciéndose, coloca el origen de la creencia de la aparición
hacia los años de 1555 a 1556?. Estas son sus palabras: “Hacia
los años de 1555 o 1556 comenzó a encenderse la devoción con motivo de la
curación milagrosa que refería el ganadero, y se contó también la
aparición”. ¿Y no sigue repitiendo cómo le parece que se fue
extendiendo esa creencia? El impugnador de la aparición se impugnaba a sí
mismo. Así suelen hacerlo los que incurren en errores. El señor Icazbalceta
hace llegar la creencia de la aparición hasta por los años de 1555 o 1556:
por lo mismo reconoce que existía a creencia antes de la publicación del
libro del padre Sánchez en 1648, antes del sermón del padre Zepeda en 1622,
antes del informe del virrey Enríquez en 1575 y necesita mirarla poco más o
menos como contemporánea al sermón de Bustamante. Mas el hecho histórico
del grande escándalo que causó este audaz orador, demuestra que la creencia
de la aparición estaba generalizada.
¿Y los cantares en que se refería la aparición desde tiempo antiquísimo,
empezando con el de don Francisco Plácido en el mismo día de la traslación
solemne de la sagrada imagen de la ciudad de México al templo del
Tepeyácatl, no proclamaban la aparición? ¿Y todas las personas que oían los
cantares no conocían la tradición? ¿Y los coloquios, especie de piezas
dramáticas en que se representaba el mismo prodigio, no proclamaban la
tradición? ¿Y el señor Icazbalceta haciendo subir la época de estas
representaciones hasta el tiempo de don Antonio Valeriano indio ilustrado
(núm. 68) de quien nos dice que para complacer el gusto de los indios, él u
otro compuso la historia de la aparición con contextura dramática, no está
confesando la antigüedad de la tradición? ¿Y las autoridades públicas,
eclesiásticas y civiles que no impedían ni los cantos ni las
representaciones del milagro, no tenían conocimiento de la tradición? ¿Y
las pinturas y los mapas relativos a la aparición, no testificaban la
tradición? ¿Y los testamentos en que se hablaba del prodigio, no daban
testimonio de la tradición? ¿Y los anales de los acontecimientos públicos
en que se mencionaba el prodigio guadalupano, no referían también la
aparición? ¿Y la relación o relaciones antiquísimas en lengua mexicana,
producto de escritores instruidos, no dan una prueba incontrastable de la
tradición? ¿Y la versión española parafrásica de una relación mexicana de
la aparición, obra del respetable anticuario Alva Ixtlilxóchitl, no prueba
igualmente la tradición? ¿Y los manuscritos antiguos que conservaban en su
poder Chimalpain e Ixtlilxóchitl, no confirmaban la tradición? ¿Y acaso
estos anticuarios y Valeriano eran hombres despreciables? ¿Cómo se atrevió
el señor Icazbalceta a decir que ningún escritor distinguido anterior al
padre Sánchez, tuvo noticia de la tradición, o que si la tuvo no la juzgó
digna de mencionarla en ningún escrito? ¿Y qué importa que esos escritos no
se hubieran dado a la prensa? ¿Ignora el señor Icazbalceta el valor de los
manuscritos, principalmente para los estudios históricos? ¿No es muy sabido
que no sólo en nuestras bibliotecas, sino también en las europeas se
conservan los manuscritos con grande aprecio? ¿Y las incontables personas
que veían, tenían en sus casas y veneraban la infinidad de imágenes de
nuestra Señora de Guadalupe después de la inundación de México, ignorarían
la tradición? ¿Y los que asistían a las fiestas de nuestra Señora de
Guadalupe ya las celebraban los indios, ya los españoles o ya fueran por
fundación de algún particular como la que estableció Almanza para cada año,
no tendrían noticia de la tradición? ¿Y qué diremos de los testigos de las
informaciones de 1666, unos de ellos indios de religiosidad y otros
españoles graves e ilustres, como los califica el señor Icazbalceta, y
también sabios respetables, los cuales unánimemente y con juramento
declararon que ellos mismos oyeron por mucho tiempo de sus padres y de
otras personas fidedignas y aun aseguraban que la aparición era de pública
voz y fama?
¿Las declaraciones recibidas con todos los requisitos del derecho no dan un
testimonio ilustre de la tradición? ¿Cómo pudo ocultarse el señor
Icazbalceta a esta tradición tan manifiesta?
§
XXXIV. De la creencia de la aparición después del año de 1648
Cree el impugnador que de una plumada reduce a cero la autoridad de más de
cien escritores nacionales y extranjeros que con su respetabilidad han
corroborado más y más la creencia de la aparición. Dice (núm. 60): “Los
autores posteriores al libro de Sánchez todos bebieron de esa fuente,
añadiendo, perfilando, ponderando y exagerando más y más”. ¿Tan
ligeros habrán sido tantos sabios, que sólo porque uno inventa algo
milagroso todos lo aceptan sin crítica?
Es falso que el libro del P. Sánchez sea la única fuente a que ocurrieron
tantos autores. Muy anterior es la relación mexicana antiquísima de la
aparición, que aseguró el Sr. Uribe que todavía en su tiempo existía en la
Universidad de México. Más antiguos que el libro del P. Sánchez eran los
manuscritos que tenían en su poder Chimalpain e Ixtlilxóchitl. ¿Y los
anales y testamentos antiquísimos en que se refería la aparición tomaron su
noticia del libro del P. Sánchez?
¿Y quién creyera que en los tiempos en que con tanta justicia y sabiduría
se estimaba la lengua mexicana y estaba tan extendido su conocimiento,
tantos sabios que creían la aparición no entendieran los cantares, ni los
anales, ni vieran los mapas, ni presenciaran las representaciones de la
aparición?
¿Necesitaría absolutamente del libro del P. Sánchez el erudito Sigüenza,
eminente en el conocimiento de la lengua y de las antigüedades mexicanas y
riquísimo en documentos de nuestra antigua historia, quien en su Primavera
Indiana y en sus Glorias de Querétaro dio un ilustre testimonio
de la aparición?
¿Acaso en el libro del P. Sánchez estudiaron la ciencia por la cual los
médicos declararon milagrosa la conservación de la sagrada imagen?
¿En el mismo libro de Sánchez adquirieron sus conocimientos artísticos
Cabrera y todos los demás insignes pintores que en distintas inspecciones
declararon ser obra sobrenatural la misma sagrada imagen?
¿El sabio y laborioso Boturini acaso extrajo del libro del P. Sánchez los
documentos antiguos que acopió relativos a la aparición?
¿La respetable congregación guadalupana de Querétaro, la de Madrid en que
el rey mismo estaba incorporado, no tuvieron en su seno sino hombres
fascinados por el dicho de un solo autor?
¿Y fascinados por el mismo autor han sido todos los oradores, los poetas,
los obispos, las universidades, en una palabra, toda la nación mexicana y
las demás naciones civilizadas que han creído la aparición de Ntra. Sra. de
Guadalupe?
¿Y ha llegado la fascinación hasta el mismo Vaticano y han sido víctimas de
ella los sapientísimos Benedicto XIV y León XIII?
¡Cuán desacertado ha sido el Sr. Icazbalceta en sus apreciaciones
histórico-críticas!
§ XXXV.
De los reconocimientos que se han hecho de la imagen de Ntra. Sra. de
Guadalupe
Terribilísimo compromiso ha sido para el impugnador de la aparición de la
Reina de los Cielos que tan altamente honra a la nación mexicana, tener que
hablar de los reconocimientos científicos y artísticos que se han hecho de
la admirable imagen de María Santísima de Guadalupe.
¿Qué haría? Omitir absolutamente tratar de ellos, era confesarse derrotado;
negar el saber de los hombres instruidos que han examinado la sagrada
imagen en distintos tiempos era imposible; impugnar sus dictámenes, era más
inasequible. ¿Qué haría quien tomó la audaz empresa de querer presentar
ante el mundo como niños crédulos a todos los mexicanos y a todos los demás
miembros de las naciones cultas que han reconocido la aparición? ¿Qué
haría?
Sin que se entienda que se quiere faltar de alguna manera al respeto con
que debe tratarse un asunto tan serio, permítase decir que pasó el señor
Icazbalceta por el asunto de los reconocimientos y dictámenes periciales de
la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe, según suele decirse vulgarmente, como
gato por las brasas.
Cuatro veces ha sido examinada nuestra imagen guadalupana:
1) En 1666 por siete pintores y tres médicos; 2) A mediados
del siglo pasado por el insigne pintor D. Miguel Cabrera y otros
distinguidos pintores de la escuela mexicana de pintura en la época en que
esta escuela llegó a su apogeo, añadiéndose los otros pintores que
aprobaron el opúsculo de Cabrera intitulado Maravilla Americana; 3)
en 1787 por otros cinco pintores distinguidos; 4) en fin, por un
pintor norteamericano a quien califica El Nacional de artista
distinguido.
Además Boturini -en Manuscritos guadalupanos- da noticia de un manuscrito
en que se probó científicamente que era sobrenatural la conservación de la
imagen. Por todos tenemos la suma de veinte y cuatro sabios que han
dictaminado sobre los prodigios de la pintura de Ntra. Sra. de Guadalupe y
de su conservación. El juicio de veinticuatro sabios y sus dictámenes, que
hablando la mayor parte de ellos con juramento han declarado sobrenatural
la pintura de Ntra. Sra. de Guadalupe y su conservación, tiene tanta fuerza
que aun cuando nadie hubiere hablado de la aparición, fuera por ignorancia,
por pasión, por miramientos políticos y sociales, o por cualquiera otro
motivo, él solo bastaría para dejar bien sentado el honor de México que
venera a esa sagrada imagen como una obra sobrenatural. Éste es el peso
enorme que abruma al historiógrafo impugnador.
Algo habría de decir el Sr. Icazbalceta. Supuesto que se haya
comprometido a presentar como infundada una creencia nacional, ya no podía
volver atrás.
Piensa, pues, refutar el dictamen de los tres médicos oponiendo que
muchísimos papeles se conservan aunque rueden por todas partes. Mas no
dictaminaron los médicos sobre la conservación de un lienzo, sino respecto
de la conservación de la pintura que en él se encontraba.
En cuanto al buen estado de la pintura después de 135 años de estar
expuesta a causas destructivas opone que dijeron los canónigos más de cien
años después, es decir, en 1795, que los colores de la imagen se han
amortiguado, deslustrado y el lienzo lastimado. ¿Pensaría el impugnador que
combatía la idea de ser sobrenatural la conservación de la pintura hasta
1666 con sólo oponer que en 1795 tenía algún deterioro?
Si de este modo pensó, debía haber reflexionado que los médicos dando su
juicio, se redujeron a hablar sólo de las causas destructivas del orden
puramente natural y no de las causas destructivas que por imprudencia
humana se hubieran de añadir.
Porque si por especial providencia se ha conservado la sagrada imagen no
obstante la existencia de causas que naturalmente la hubieran destruido, ni
debemos exigir de Dios prodigios sobre prodigios, lo cual si se hiciera por
malicia sería tentar a Dios; porque se tienta a Dios pretendiendo que haga
milagros sin necesidad.
El impugnador siente la debilidad, o hablando con propiedad, la nulidad de
su sofisma; así es que termina el núm. 56 en que trata del primer examen de
la imagen evadiendo la cuestión relativa al dictamen de los médicos.
Dice: “En todo caso la conservación de la imagen sería un milagro
diverso y sin relación alguna con el de la aparición”.
Así es que nos deja en posesión de nuestro derecho para agradecer al Señor
este otro milagro. Sí, tenemos derecho de reconocerlo y agradecerlo.
He aquí otro fundamento:
Mas de 200 años después del dictamen dado por los médicos, un artista americano
que examinó la imagen dijo: “El tiempo la respeta”. ¿Por qué tan singular
exención a favor de la inexplicable pintura? El arte ha enmudecido, incapaz
de explicar tan raro fenómeno… ¿Cómo se ha preservado?
Otra vez el arte y la ciencia callaron, dejando la respuesta al creyente
que la encuentra en una esfera superior a los humanos conocimientos.
Contemos esta derrota sufrida por el impugnador.
A los pintores sólo les opone que el P. Bustamante dijo que la imagen
de Ntra. Sra. de Guadalupe fue obra de un indio y nadie le contradijo.
Esto segundo es absolutamente falso, porque por las declaraciones
juramentadas de los testigos llamados por el Sr. Montúfar, consta que el
orador Bustamante causó grande escándalo en la ciudad de México. Respecto
de lo primero, ¿quién que tenga sentido común, puede admitir que el dicho
de uno que habla sin juramento y afectado de pasión, tenga valor contra el
dicho de siete artistas que aseguran con juramento lo que afirman? Y
sumando con éstos a los otros pintores que han dado su juicio respecto de
la imagen, son veinte sabios artistas contra Bustamante.
Perdida está la causa del adversario de la aparición, supuesto que tan
triste la defiende.
Continúa el impugnador (núm. 58), hablando del segundo reconocimiento hecho
por el respetabilísimo artista D. Miguel Cabrera y otros pintores insignes.
Para desechar el dictamen de estos peritos se muestra el impugnador
sobremanera desgraciado: lo único que dice es que Cabrera estaba preocupado
por la creencia general de la aparición, y por el resultado de la
inspección anterior, y que la asistencia de altos personajes lo privaba de
la libertad.
Esto quiere decir que Cabrera y los demás artistas se redujeron a hombres
vulgares, a niños, a personas ignorantes de la plebe que siguieron
ciegamente las preocupaciones populares: que tuvieron en nada su honor, su
bien sentada reputación de artistas; que echaron sobre sí una negra mancha,
periendo el derecho a la respetabilidad de artistas inteligentes. También
los escritores y todos los sabios mexicanos que han respetado a Cabrera,
habrán sido unas nulidades, habrán llamado artista distinguido al que era
tan ignorante en el arte, o que con nimiedad vulgar se dejaba preocupar
hasta el grado de llamar divino lo que era puramente humano.
Y no sólo esto resulta de la nunca vista impugnación que el adversario de
la aparición hace a Cabrera y a los demás respetables artistas que lo
acompañaron en el examen de la sagrada imagen o que aprobaron su juicio.
Nos dice que no tuvieron libertad por la presencia de altos personajes, es
decir, que traicionaron a su conciencia, que fueron perjuros, que en cuanto
era de su parte autorizaron un culto falso y supersticioso, teniendo como
milagro lo que no era, que engañaron desde luego a la autoridad eclesiástica
de México, y después se propusieron engañar al mundo, publicando por la
prensa su solemne mentira en el opúsculo intitulado Maravilla Americana.
Trata el adversario en el núm. 58 del examen de la imagen promovido por
el Dr. Bartolache y verificado en 1787 por cinco pintores. Les preguntó
Bartolache “si, supuestas las reglas de su facultad y prescindiendo
de toda pasión o empeño, ¿tienen por milagrosamente pintada esa
santa imagen? Respondieron que sí, en cuanto a lo sustancial y primitivo
que consideran en nuestra imagen; pero no, en cuanto a ciertos retoques
y rasgos que sin dejar duda demuestran haber sido ejecutados posteriormente
por manos atrevidas”.
Ante una declaración tan terminante, queda atónito y enmudece el impugnador
de la aparición. Sólo dice que quisiera que los pintores hubieran declarado
qué fue lo que añadieron manos atrevidas. ¿Qué importa que no lo hayan
especificado, si dicen con toda precisión y claridad que la imagen en sí
misma es sobrenatural? ¿Porque no es sobrenatural lo que hicieron los
hombres, no es milagroso lo que hizo Dios? La imagen en sí es milagrosa,
ésta es la declaración; el adversario no puede impugnarla, no puede
contradecirla, ¿Qué es esto sino manifestarse completamente derrotado?
No faltó quien creyera que lo dicho por el Sr. Icazbalceta impediría que se
concediera el nuevo oficio de Ntra. Sra. de Guadalupe. ¡Vana Esperanza!
Nada valió el estudio del historiógrafo: el nuevo oficio se consiguió.
EDICTO DE LOS VENERABLES PRELADOS DEL CONCILIO PROVINCIAL MEXICANO
El arzobispo de México y los obispos reunidos en la metrópoli con motivo
del Concilio Provincial Mexicano:
Juzgando un deber de nuestro pastoral ministerio el tranquilizar las
conciencias que hayan podido perturbarse con las publicaciones hechas últimamente
acerca de la aparición de nuestra Señora de Guadalupe, de común acuerdo
declaramos:
Que la maravillosa aparición, sin ser dogma de fe, como pudiera
interpretarse por la sencilla devoción de algunas almas piadosas, es una
tradición antigua, constante y universal en la nación mexicana, revestida
de tales caracteres y apoyada en tales fundamentos, que no sólo autorizan a
cualquier católico para creerla, sino que ni aun le permiten contradecirla
sin mayor o menor temeridad.
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