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Joaquín
García Icazbalceta
fue un historiador del siglo XIX (1825-1894). El ejemplo y los consejos de
don Lucas Alamán parece que lo inclinaron al estudio de la historia. En su
adolescencia ayudó a su padre en los trabajos de escritorio, y empezó los
estudios que después serían su especialidad. Tradujo la Historia de la
conquista del Perú, de Prescott, y le agregó un apéndice (dos ediciones:
1849 y 1850). Colaboró en el Diccionario Universal de Historia y Geografía
(1853-1856) con noticias biográficas y otros datos principalmente relativos a
los siglos coloniales. Principia a reunir importantes materiales históricos
sobre México: crónicas, libros, manuscritos, documentos originales desde el
siglo XVI, que solía editar en la imprenta que había instalado en su casa.
Publicó Apuntes para un catálogo de escritores en lenguas indígenas de
América (1866) y, como un testimonio elocuente de gran parte de la vida y
los sucesos de la Nueva España en el siglo XVI, la biografía de Don
Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de México (1881,
varias ediciones posteriores).
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Él es, en mi opinión, la figura más representativa del Antiguadalupanismo
serio y sincero. Como él mismo declara, era católico y creía en los milagros,
aunque el Guadalupano no le pareciera verdadero.
A
él y a su labor se remiten los dos siguientes antiguadalupanos que considera
esta investigación: tanto José Luis Montecillos como Daniel Sapia saben de
García Icazbalceta y lo han consultado.
Existe un documento-base, donde Icazbalceta vertió sus razones para negar el
milagro, y se conoce como la Carta acerca del Origen de la Imagen de Ntra. Señora de
Guadalupe, sobre cuya publicación haré algunas anotaciones.
(Ver: Joaquín García Icazbalceta 2a. parte)
La Carta en cuestión ha sido comentada extensamente por apologistas
guadalupanos, y mi crítica no será sino un "reforzamiento" de las
respuestas que se dan a las objecciones planteadas.
Cabe decir que Joaquín García Icazbalceta es el único antiguadalupano
católico cuyos argumentos expongo. Los otros dos impugnadores -Montecillos y
Sapia-, son antiguadalupanos, amén de anticatólicos. y sus argumentos están
más avocados a "buscar falsedades católicas", de las muchas que
creen que hay, en vez de analizar los elementos reales que rodean al suceso
guadalupano, y que son los documentos históricos, la situación cultural de la
Nueva España en 1531, la religión de los aztecas, la historia de la Conquista
de México, la cultura indígena y las circunstancias sociales que han rodeado
al asunto guadalupano en diferentes épocas.
Citaré pues, fragmentos de la dicha Carta Antiaparicionista, la cual
es una carta dirigida por García Icazbalceta al Arzobispo de México D.
Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos en 1883. Quien guste leer la carta
completa y sin comentarios insertados, puede leerla AQUÍ.
Nota: En su Carta, Icazbalceta declara
que solo por obediencia al arzobispo, quien le demandó su parecer como
historiador, escribió su Carta. Él no tenía deseos de hacerlo, ni quiso que
se difundiera.
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Lo
que dijo y lo que calló Fray Juan de Zumárraga
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Texto de la Carta de Joaquín García
Icazbalceta:
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Por lo demás, la falta de los autos originales no sería, por
sí sola, un argumento decisivo contra la Aparición, pues bien pudo ser que
no se hicieran, ó que después de hechos se extraviaran: aunque á decir
verdad, tratándose de un hecho tan extraordinario y glorioso para México,
una ú otra negligencia es harto inverosímil.
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Este punto, que señalo únicamente como precedente, se completará después con
otros que maneja García Icazbalceta; mi comentario por ahora es que -según se
deduce de la actitud de los evangelizadores-,la
misma Aparición Guadalupana no tenía el mismo significado e importancia tan
grande que ahora se le da. Esto aplica únicamente a los
europeos, conquistadores, pues para los indios significó MUCHO, y de ello
también daremos pruebas más adelante.
* * * * * * * * * * * * * * *
Comentaré ahora el más importante -a mi entender- punto que maneja
Icazbalceta, y que exhiben casi sin excepción todos los que niegan las
apariciones guadalupanas: lo que concierte a quien habría recibido la tilma
de Juan Diego; el arzobispo de México Fray Juan de Zumárraga.
Texto de la Carta de Joaquín García
Icazbalceta:
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El primer testigo de la Aparición debiera ser el Ilmo. Sr.
Zumárraga, á quien se atribuye papel tan principal en el suceso
y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero en los
muchos escritos suyos que conocemos no
hay la más ligera alusión al hecho ó á las ermitas: ni siquiera se
encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.
Si el Sr. Zumárraga hubiera sido testigo favorecido de tan gran prodigio,
no se habría contentado con escribirlo en un solo papel, sino que le habría
proclamado por todas partes, y señaladamente en España, adonde pasó el año
siguiente: habría promovido el culto con todas sus fuerzas, aplicándole una
parte de las rentas que expendía con tanta liberalidad.
Pero nada absolutamente nada en parte alguna.
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En su intento por refutarme, Daniel Sapia me puso enfrente este argumento
-junto con el sig. párrafo-. Fue mi principal fuente de dudas y reconozco,
con toda la sencillez del caso, que no supe contestar en ese entonces,
y cada vez que pensaba en la Virgen de Guadalupe, no podía evitar pensar en
esta objección, que a primera vista, parece dejar claro que la Aparición
Guadalupana ES FALSA.
Ahora bien, me gustaría comentar que tuve oportunidad de estudiar este punto
cerca de un año después, y para exponer en pocas palabras lo que pienso sobre
este punto, citaré algunas palabras de José Luis Guerrero, extraídas
de su excelente libro Flor y Canto del Nacimiento de México, quien
hace una breve relación de por qué motivos, el silencio de Zumárraga no es
prueba contra la aparición.
Dice Guerrero (aprox.):
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Aunque la narración pinta a
Zumárraga conmovido y “convertido” ante el milagro de las flores, si
juzgamos por los hechos, las cosas no sucedieron exactamente así:
Jamás volvió a ocuparse del asunto, jamás lo mencionó claramente en
ningún documento que conservemos (aunque hay indicios de que sí los
hubo, incluso actas oficiales), y la ermita que le construyó no pasó de
cabaña miserable.
Todo indica, pues, que para nada tuvo conciencia de la trascendencia del
hecho, ni de cuán gran árbol surgiría de la semilla minúscula que le tocó
sembrar.
Ahora bien, esto es perfectamente explicable a la luz del sentido común:
Para él todo pudo parecerle no sólo simple, sino rutinario. (Es muy de dudar
que haya algún obispo en la tierra -o hasta un simple párroco- que no haya
pasado por situaciones similares).
Un desconocido recién converso viene a verlo y a
pedirle un templo para una Virgen de su devoción, alegando revelaciones
especiales. Él se lo sacude, sin darle importancia, y con tanta más razón
que tratándose de un indio recién converso, había que recelar revivicencias
paganas o problemas políticos anti-españoles.
Ante su insistencia reiterada opta por pedirle una señal, con la obvia
intención de quitárselo de encima, y tanto más que los informes que
solicita no resultan favorables, aunque con ello se compremete a que
consentirá si la recibe.
Lo que recibe es una imagen mariana un tanto rara, pero inobjetablemente
ortodoxa, y la novedad de que un tío moribundo está ahora bueno y sano,
cosa que comprueba y recibe además de labios de éste el tranquilizante
aviso de la nueva devoción, Guadalupe, no puede ser más hispanófilo.
(A las flores, tan importantes para los indios, él no tuvo por qué darles
mayor importancia). Aunque efectivamente, resultara insólito que crecieran
en el Tepeyac en invierno.
No era realmente mucho, pero sí lo suficiente para sentirse en el deber de
hacer honor a su palabra.
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De
estos comentarios se desprenden los sigs. puntos, importantes para responder
a la objección presentada:
Que efectivamente, Fray Juan de Zumárraga
no escribió nada que se conserve, sobre el asunto guadalupano.
Que el suceso guadalupano por verdadero
que haya sido, no fue muy significativo para él.
Que las flores no eran tan importantes para
él ni para los españoles, aunque no crecieran en el Tepeyac.
Que a pesar de todo el silencio de Zumárraga que quieran los
impugnadores de la Aparición, la devoción guadalupana empezó y se popularizó
rápidamente, tanto que en 1556, 25 años después del milagro, el asunto
alcanzó tanta importancia como para que se instara al propio Virrey a tomar
cartas en el asunto (ver nota sobre el sermón del p. Bustamante)
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Texto de la Carta de Joaquín García
Icazbalceta:
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En las varias Doctrinas que imprimió tampoco hay mención del
prodigio. Lejos de eso, en la Regla Cristiana de 1547 (que si no
es suya, como parece seguro, á lo menos fué compilada y mandada imprimir
por él) se encuentran estas significativas palabras:
"Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque
no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por tantos millares
de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo".
¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?...
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Bueno,
señalaremos lo que el propio García Icazbalceta reconoce, que parece casi
seguro que dicha Regla Cristiana, no fue escrita directamente por él.
Es de presumirse que las palabras que se cita no son suyas, de manera
que la pregunta final, ¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran
milagro?, se basa sobre una premisa que el propio Icazbalceta no tiene
por segura.
En esa línea, cabe dudar si es Zumárraga quien "decía eso"...
En la última parte de la pregunta, encontramos que lo decía "quien había
presenciado tan gran milagro". Aquí señalo -basado en lo que
comenta José Luis Guerrero-, que una cosa que parece segura, es que ni
para Zumárraga ni para muchos españoles contemporáneos suyos fuera un
"gran milagro", sino una advocación más dentro de las muchas que ya
existían en la misma América.
En su Carta Antiaparicionista, García Icazbalceta cita a varios
autores españoles, y enfatizaré nuevamente, que para ellos la Guadalupana no
era tan importante como la consideran hoy en la misma Roma, empezando por el
querido y "mexicano" Pontífice Juan Pablo II.
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Pero... ¿De verdad
hubo "silencio absoluto" por parte de Zumárraga?
Conociendo
como inquisidor a Zumárraga, y conociendo la meticulosidad de la Inquisición
-y aún de los españoles fuera de ella-, que buscaban asentar TODO y levantar
actas de TODO, es dudoso que el obispo se haya desentendido absolutamente del
asunto.
Pero sería gratuito basarnos en esto para asegurar que hubo Actas de
Zumárraga sobre el asunto. Se reconoce que efectivamente la ausencia de su
testimonio directo es buena arma en manos de los impugnadores, aunque contra
ella haya razones y argumentos.
Para sustentar la existencia de Actas de Zumárraga -aunque se hayan perdido,
tal vez definitivamente-, citemos al padre Miguel Sánchez, quien declaraba bajo
juramento como testigo en las Informaciones de 1666, y quien dijo que el
Dean de la Catedral había encontrado al arzobispo "Don Fray García
de Mendoza [..] leyendo los Autos, y Proceso de dicha Aparición con singular
ternura.."
Otro testimonio complementa a éste, y es el de Cayetano Cabrera, en su Escudo
de Armas de México, donde asienta que el R. P. Fr. Pedro de
Mezquía, religioso de Propaganda Fide, aseguraba haber visto y leído en el
convento de franciscanos de Vitoria, en España, una
relación del Sr. Zumárraga a los religiosos de aquel convento, de la
aparición de la Virgen de Guadalupe <>
y había prometido traerla a su regreso de un viaje a España que iba a
emprender." "Y el Dr. Uribe, que escribía hacia 1778, cuenta que al
regreso del P. Mezquía le preguntaron por la relación que había prometido
traer y respondió que no la había encontrado y que creía que había perecido
en un incendio que había sufrido el archivo del convento."
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Fray
Bernardino de Sahagún,
y el sermón del p. Bustamante
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Texto de la Carta de Joaquín García
Icazbalceta:
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Uno de los fundamentos de Fray Bernardino de Sahagún es que
allí acudían en tropel los indios como de antes, mientras que no iban á
otras iglesias de Nuestra Señora.
Supuesta la realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía causar al
P. Sahagún que los indios prefiriesen el lugar en que uno de los suyos
había sido tan singularmente favorecido por la Sma. Virgen. Bien mirado
el testimonio del P. Sahagún es ya algo más que negativo.
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A
esto se contesta que el p. Sahagún NO dijo nada contra la Aparición ni contra
el culto a la Virgen de Guadalupe.
Lo que él sospechaba es que los indios iban a adorar a "lo
antiguo", es decir, a la diosa Tonantzin, madre de Huitzilopochtli, y NO
a la Virgen María, o sea, "lo nuevo".
Un poco más adelante encontramos a Sahagún diciendo que él no opina que se le
impida a los indios ir a tal culto, sino que se les EXPLIQUE que esa ermita
es centro de culto a la Virgen María y no a la diosa Tonantzin.
Así pues, Sahagún no se "extraña" de nada, sino que prudentemente
pide aclarar a los indios lo que haya que aclarar, es decir, que en dicho
lugar se venera a María y no se adora a Tonantzin.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Los pasajes de Torquemada y de Bernal Díaz en que se habla de
la iglesia, han dado materia de larga discusión á los apologistas. El hecho
indudable es que ninguno de estos autores menciona la Aparición.
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Es la única vez que García Icazbalceta menciona a Bernal Díaz del Castillo,
cuando éste habla de la Guadalupana (lo citará más adelante cuando habla del
indio Marcos); y lo cierto es que efectivamente, en su Historia Verdadera
de la Conquista de la Nueva España, Díaz del Castillo menciona la
existencia del culto guadalupano en el Tepeyac.
Si no menciona la Aparición, es -como ya he señalado-, debido a que para los
españoles no era tan importante el asunto guadalupano, por razones
culturales. Añado a esto que Díaz del Castillo tampoco dio muchos detalles de
la impresión que significó para los indios la ascención realizada por
Diego de Ordaz al Popocatépetl, y no entendió hasta qué punto dicha ascensión
había azorado a los indios. Estos dos puntos son muestra de la poca
comprensión que los españoles en general tenían de la visión indígena de lo
divino y lo humano.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Todos los apologistas, sin exceptuar uno solo, han caído en
una equivocación inexplicable en tantos hombres de talento, y ha sido la de
confundir constantemente la
antigüedad del culto con la verdad de la Aparición y milagrosa pintura
en la capa de Juan Diego.Se han fatigado en probar lo primero (que nadie
niega, pues consta de documentos irrefragables), insistiendo que con eso
quedaba probado lo segundo, como si entre ambas cosas existiera la menor
relación.
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Pues bien, señalaremos aquí que la antigüedad del culto es ya argumento
fuerte para sustentar la aparición. Icazbalceta se limita a negarlo,
señalando -implícitamente- que no hay entre ambos elementos "la menor
relación".
Lo que se sabe es que poco después de 1531 ya existía culto a una
"Virgen de Guadalupe" en el cerro del Tepeyac, y si bien los
españoles no citan su origen, sí lo hacen los indígenas, por cierto
poco valorados por Icazbalceta, quien descalificará posteriormente los pocos
testimonios indios de los que hace mención.
Si el culto existía, y si eran devotos guadalupanos tantos indios como
consignaba Sahagún, es de suponerse que algo había allí que los atraía,
y es muy probable que tal "algo" fuera el mensaje guadalupano según
se expone. Señala José Luis Guerrero que pocas dudas caben del trasfondo
divino y de la certeza de las Apariciones Guadalupanas, tomando en cuenta lo
que significaba a nivel teológico para la cultura indígena -azteca
principalmente-, y que ningún español hubiera podido proporcionar.
Después de saber cómo se sentían los indios luego de 10 años de Conquista,
parece también IMPOSIBLE incluso para los teólogos del siglo XX y posteriores
al Concilio Vaticano II, proporcionar a aquellos indios un consuelo y una
renovación espiritual.
Y sabiendo cómo reaccionaron los indios ante el suceso guadalupano, pocas
conclusiones son más sensatas que admitir la veracidad del milagro.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Es digno de notar que cuanto estos antiguos misioneros tratan
de las idolatrías encubiertas de los indios, saquen a cuento la devoción á
Ntra. Sra. de Guadalupe. Mal se aviene esto con la creencia en el milagro.
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Aquí Icazbalceta nota que quienes citan a la Guadalupana al hablar de
idolatrías, son misioneros. Díaz del Castillo, que no es misionero, no
relaciona a la Guadalupana con los ídolos. Y esto significa una simple cosa:
Eran los misioneros (franciscanos casi siempre), quienes veían ÍDOLOS por
todas partes.
La Guadalupana no se escapó de esta relación, pero aquellos misioneros nunca
dijeron que era "cosa mala" la veneración a Ntra. Sra. de
Guadalupe. Condenaban que se tomara a la Virgen de Guadalupe por
"Tonantzin", lo cual es cosa distinta.
Añado a esto un comentario: Los que denostaban la cultura indígena, con ella
a sus dioses y con ella a cuanto pareciera indígena, arrojándolo al
"cesto" de ídolos, eran los franciscanos, siendo caso
distinto los dominicos, entre quienes se contaba fray Alonso de
Montúfar -de quien tenemos motivos para creer que creyó y defendió, aunque
limitadamente, lo milagroso de la Aparición-, o por ejemplo fray Bartolomé de
las Casas, mucho más suave que un Sahagún o el mismo Zumárraga.
¿Y por qué García Icazcalceta considera "mal avenidas" las
diatribas de los frailes franciscanos? ¿Es que las apariciones guadalupanas
son falsas porque algunos frailes franciscanos aclaraban que
Tonantzin y Guadalupe eran cultos diferentes?
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Si de los escritos nos vamos a los mapas y pinturas de los
indios, hallaremos que en ninguno de los auténticos que existen hay nada de
lo que se busca. Citaré como ejemplo los códices Telleriano-Remense y
Vaticano, publicados por Kingsborough, y los anales ó pinturas históricas
de Mr. Aubin, que alcanzan á 1607.
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Hago notar aquí esta novedad en la Carta Antiaparicionista. A lo largo
de la Carta Antiaparicionista conté los nombres de 26
personajes españoles, entre historiadores, frailes y cronistas. Indígenas,
cita únicamente "como ejemplo", 2 códices -de los muchos que
hay-, lo que evidencia una clara tendencia españolista, poco atenta a los
documentos y anales indígenas, a los cuales incluso descalifica
posteriormente.
Omite también a un importante testimonio europeo anglosajón, el del pirata
inglés Miles Philips, extraído de su diario y compilado en forma de
libro, el Adventures in New Spain, mencionado en el capítulo sobre la
documentación europea.
Y si el propio García Icazbalceta muestra claro desinterés por los documentos
indígenas, ¿Qué cabía esperar de los conquistadores? Éstos tampoco daban
mucha validez a los papeles indígenas -más aún, los consideraban en su
mayoría muestra de la superstición indígena-, y no pocas obras de la cultura
prehispánica se perdieron a manos del rigorismo cristiano español.
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El Sermón de Bustamante
Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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El día de la Natividad de Ntra. Sra., 8 de Septiembre de
1556, se celebró una solemne función religiosa en la capilla de S.
José, con asistencia del clero, virrey, audiencia y vecinos principales de
la ciudad. Encomendándose el sermón á Fr. Francisco de Bustamante,
provincial de los franciscanos, que gozaba créditos de grande orador.
Después de haber hablado excelentemente del asunto propio del día, hizo de
pronto una pausa, y con muestras exteriores de encendido celo, comenzó á
declamar contra la nueva devoción que se ha levantado sin ningún fundamento
"en una ermita ó casa de Ntra. Sra. que han intitulado de
Guadalupe", calificándola de idolátrica, y aseverando que
sería mucho mejor quitarla, porque venía á destruir lo trabajado por los
misioneros, quienes habían enseñado á los indios que el culto de las
imágenes no paraba en ellas, sino que se dirigía á lo que representaban, y
que ahora decirles que una imagen pintada por el indio Marcos hacía
milagros, que sería gran confusión
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Este sermón de Fray Francisco de Bustamante es un punto muy debatido
dentro de la historiografía guadalupana.
Pero desde cualquier punto de vista, constituye un testimonio de la
importancia que empezaba a adquirir la devoción guadalupana -a 20 años del
milagro-, y lo expresa de este modo José Luis Guerrero:
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Entre su grey (de Fray Juan de
Zumárraga) sí sabemos que la nueva devoción fue acogida de muy diferentes
maneras: con apasionado entusiasmo por los indios; con simpatía por los
laicos españoles, y con acendrada desconfianza por los frailes
franciscanos.
Lo sabemos porque muerto Zumárraga y dos años después de instalado su
sucesor, fray Alonso de Montúfar, el provincial franciscano Fray Francisco
de Bustamante desató un escándalo mayúsculo el martes 8 de septiembre de
1556, atacando en un sermón al que asistía el Virrey, no sólo la devoción,
como falsa y herética, sino también al propio Arzobispo que la fomentaba.
Tan serio fue el zipizape, que se inició un proceso que conservamos, y del
que se concluye que:
1.- Que pese al poco o nulo aliento de la clerecía, a 25 años de las
apariciones la devoción estaba ya tan sólidamente arraigada como para
provocar que todo el virreinato se ocupara de ella, dividiéndose en pros y
contras.
2.- Que alguien tan suspicaz como Montúfar - que veía herejías por
todas partes- favorecía y defendía la devoción.
3.- Que los indios le eran incondicionalmente devotos, por más que
los franciscanos la combatiesen explícitamente.
4.- Que gozaba de las simpatías del laicado español, simpatías que
aumentaron como reacción a los excesos de Bustamante.
Ahora bien, si esa devoción existía y crecía, pese a los esfuerzos del
clero (y en especial de los franciscanos), en rechazarla, se concluye que
carece de base histórica la hipótesis de que el asunto fue un fraude armado
por los españoles para mejor someter a los indígenas.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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¿Pues cómo el Sr. Arzobispo, tantos testigos de vista, el
pueblo entero, no aniquilaron los cargos del predicador con sólo echarle á
la cara el origen divino de la imagen, bastante para justificar aquella
devoción? ¿Cómo pudieron oír sin
escándalo que se atribuyese á un indio la obra maravillosa de los ángeles?
¿Cómo quien tales cosas decía en un púlpito, no fué inquietado?
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Pues bien, lo cierto es que el arzobispo realizó un proceso para analizar
la acusación de Bustamante, y según las Informaciones de 1556, hubo quienes se declararon en contra de la
postura de Bustamante, pero ninguno se declaró a favor.
Icazbalceta pregunta: ¿Cómo pudieron oir sin escándalo que
se atribuyese á un indio la obra maravillosa de los ángeles?. Cualquiera
que lea las Informaciones de 1556 verá que varios testigos declararon que sí
hubo escándalo en la ciudad por el sermón de Bustamante... pareciera que
Icazbalceta desestima o desconoce dichos testimonios.
El arzobispo negó haber respaldado los milagros atribuidos a la imagen, y
nadie hizo caso de la acusación que atribuía la autoría de la imagen al indio
Marcos. Como tampoco se sabe que el indio Marcos haya asentido en ser él el
autor de la imagen. El impugnador descalifica el Acontecimiento Guadalupano
pese a muchos testimonios -él solo cita 15- a favor, pero sin embargo, la
sola acusación de Bustamante lo convence de que efectivamente Marcos pintó la
imagen. ¿Hay algún testimonio que ratifique la autoría de Marcos, o se
trata de la voz aislada de Bustamante?
Este punto despertó el interés del periodista J.J. Benítez, quien en su obra El
misterio de Guadalupe, formula una pregunta bastante legítima, ¿Por
qué citó Bustamante directamente a Marcos, habiendo varios indios artistas?,
¿Qué sabía Bustamante a ese respecto?
Convencido del carácter sobrenatural de la tilma, Benítez entiende que
Bustamante "sabía algo", y pone, como hipótesis personal, que los
retoques que tiene el ayate fueron realizados por el indio Marcos, y de ahí
la alusión de Bustamante a Marcos en específico.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Nada se hizo contra el P. Bustamante, quien, á pesar de aquel
sermón, fué otra vez electo provincial en 1560 y después Comisario general.
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Aquí sí se contradicen mis fuentes. Icazbalceta sostiene que "nada"
se hizo contra el P. Bustamante, pero J.J. Benítez en el libro citado, El
misterio de Guadalupe, dice:
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El fenomenal escándalo -que
terminaría por costarle al franciscano Bustamante el destierro y todo un
"rosario" de lindezas e improperios- arrancó como
consecuencia, al parecer, de otro sermón.
Dos días antes -el 6 de septiembre de 1856- el entonces segundo obispo de
México, fray Alonso de Montúfar, sucesor de Fray Juan de Zumárraga,
pronunció una fervorosa plática en la catedral, refiriéndose al carácter
milagroso de la imagen de la Guadalupana. (El sermón estaba plenamente
justificado, ya que se trataba de la antevíspera de la fiesta titular de
Nuestra Señora de Guadalupe, que en aquellas fechas se festejaba el 8 de
septiembre).
Entre otras comparaciones, Montúfar equiparó en su homilía a la Guadalupana
con la imagen de la Virgen de la Antigua, venerada en la catedral de
Sevilla, y "cuya pintura-dijo-se atribuye al ministerio de los
ángeles". La comparó también con la imagen de Nuestra Señora de los
Remedios, cuya efigie se venera en muchos santuarios de España; con la
Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, que se venera en la capilla real y
que fue regalo de San Luis, rey de Francia, a San Fernando, rey de España.
Igualó también la imagen de la Virgen del Tepeyac con la de Nuestra Señora
de Montserrat, "cuyo origen prodigioso se remonta a las últimas
décadas del siglo IX".
"El supernaturalismo de nuestra Guadalupana -afirmó ante cientos de
fieles- es similar al de la imagen de Nuestra Señora de la Peña de
Francia".
Por último, el obispo de México la equiparó a la Virgen de Loreto, en
Italia. Con todo ello quiso dar a entender, que al igual que estas
imágenes europeas tenían un origen maravilloso, otro tanto sucedía con la
del Tepeyac.
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Este
es, a mi entender, un testimonio clave, español. José Luis Guerrero
señala también -como ya he expuesto-, que Montúfar defendía la misma
Aparición, aunque quizá no con el mismo ardor y con la misma profundidad
religiosa que los indígenas, primeros destinatarios del Mensaje Guadalupano.
García Icazbalceta apenas si hace mención del sermón previo de Montúfar,
al que siguió el sermón antiguadalupano de Bustamante. Sí menciona, en
cambio, las palabras del arzobispo durante el proceso que siguió, donde el
Arzobispo afirmó que él "no había predicado milagro ninguno de los
que decían que había hecho la dicha imagen de Ntra. Sra. ni hacia caso de
ellos".
Y efectivamente, nada en el sermón de Montúfar hace pensar que defendiera
milagros atribuidos a la Guadalupana, sino más bien a la Guadalupana misma.
Otra
reflexión sobre el Sermón de Fray Francisco de Bustamante:
Existe dentro de este tema una cuestión que García Icazbalceta no considera.
El antiguadalupano concentra su argumento en el hecho de que Bustamante
atribuyó la imagen al pincel de Marcos, sin dar importancia a las
circunstancias que rodean al sermón de Bustamante, uno de los cuales -ya lo
señalé antes- es el sermón que pronunciara antes Fray Alonso de Montúfar.
Pero García Icazbalceta no se pregunta... ¿Cuál
es el origen de las acusaciones de Bustamante hacia Montúfar?,
¿Qué había hecho o dicho fray Alonso de Montúfar para hacerse acreedor a las
denostaciones de Bustamante?
Historiadores como Lauro López Beltrán señalan de la hostilidad que por
entonces se tenían mutuamente los franciscanos y dominicos, y en el caso que
nos ocupa, Bustamante era franciscano, mientras que Montúfar pertenecía a la
orden de Santo Domingo.
Es creíble, por lo tanto, que hubiera "greña" entre ambos, y de ahí
el sermón de Bustamante contra Montúfar.
Pero nuevamente, ¿Por qué acusó Bustamante a Montúfar de propagar una
devoción idolátrica?
En primer lugar, no creo que Bustamante hubiera sacado su acusación de la
nada... porque sería una calumnia, y fácil de refutar. Además, sería
una causa un tanto rara que Bustamante, queriendo "echarle piedras"
a Montúfar, lo acusara de propagar una devoción pagana, y que eligiera
-¿casualidad?- a la Guadalupana, como la devoción culpable predicada por el
arzobispo.
Y si nos remitimos al sermón previo que había dicho Montúfar, pues una
conclusión más sensata es que Montúfar creía y defendía la dicha
advocación Guadalupana; y me parece también interesante que Bustamante
puntualizara que la imagen "la había pintado el indio Marcos", como
si alguien, -el arzobispo o los indios-, dijeran algo diferente
sobre "quién" había pintado la imagen.
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Lasso
de la Vega y los "Adanes dormidos"
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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La devoción de 1556, fervorosa como todas las nuevas, fué
cediendo hasta desaparecer.
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Con lo cual se quiere decir que entre 1556 y 1648 (fecha en que el P. Miguel
Sánchez publica su libro), la devoción había desaparecido. Lo cierto
es que en 1561 escribían los regidores de Atzcapozalco una carta a Felipe II, donde se consignaba la existencia del
templo de Guadalupe, y se mencionaba junto a la capilla arzobispal de la
Virgen.
En 1571, se llevó a cabo la batalla de Lepanto, donde la nao capitana
de Andrea Doria llevó como estandarte la imagen guadalupana, y en 1582,
Miles Philips daba su testimonio del culto guadalupano en el Tepeyac.
Ese testimonio se publicó hasta 1600, luego, en 1622, se
inauguró el primer templo guadalupano en el Tepeyac, y en 1629 la
imagen fue trasladada a la catedral, con motivo de una inundación en la cd.
de México. ¿Por qué se preocuparía el arzobispado de poner en sitio seguro a
una imagen "de una devoción desaparecida"?
Este detalle de la inundación revela que no solamente la devoción guadalupana
no "había desaparecido", sino que además era lo suficientemente
popular en México, como para que el Arzobispo se preocupara por la imagen.
Si "había desaparecido"-, ¿De dónde la sacó el P. Sánchez?
La ermita y la imagen seguían en el Tepeyac, y el número de indígenas
convertidos crecía igualmente.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
|
Mas he aquí que el Br. Sánchez publica un libro (el primero
en que se vió la historia de la Aparición á Juan Diego), y todo cambia
como por encanto. ¿Era que en aquel libro se relataba, apoyada con
documentos auténticos é irrefragables, una historia gloriosa, hasta
entonces desconocida?
|
Icazbalceta señala como "por encanto" el cambio que se dejó sentir
tras la publicación del padre Miguel Sánchez en 1648. Pero históricamente, el
verdadero cambio se dio en 1531.
A los indios, el p. Sánchez no les contaba nada nuevo, pues ya habían
recibido el mensaje, y lo habían testimoniado en diversos documentos (vease Documentación).
El sr. Icazbalceta ignora casi por completo los testimonios indígenas, y
llega a descalificar a los testigos indios de 1666.
En sí, lo que "cambió como por encanto", fue algo señalado por
Motolinía en su Historia de los indios de la Nueva España, trat 2, cap. 1,
p. 78, y quien escribe como "anduvieron unos años muy fríos"
y como después de 5 años "despertaron muchos de ellos e hicieron
iglesias, y ahora frecuentan mucho las misas cada día y reciben los
sacramentos devotamente".
Por esto, y por la observación de Sahagún de la afluencia al Tepeyac, el
imparcial debe reconocer que algo pasó, que levantó a los indios de la
catástrofe moral y psicológica en la que se hallaban, y les hizo abrazar con
fervor la fe cristiana. Sólo el milagro guadalupano explicaría
conjuntamente este CAMBIO "como por encanto", y aparte, la
afluencia al Tepeyac.
Ya lo han señalado anteriores apologistas: Icazbalceta propone que después de
un "siglo de silencio" -que ni siquiera fue tal-, con la
publicación de un libro -el de Sánchez-, TODO un país se "lavó el
cerebro" y se tornó súbitamente devoto de la Guadalupana, y tan devoto,
que hubo quienes llegaron a "afirmar bajo juramento lo que no era
verdad", que fue lo que hicieron los testigos de 1666 según
Icazbalceta.
Esto se complica más si consideramos que entre los testigos indígenas de
Cuauhtitlán había quienes no sabían leer y quienes no hablaban español (el
libro de Sánchez se publicó en español), además de que la obra de Sánchez
sólo se imprimió una vez -y pocos ejemplares-, así que estaba difícil que
TODO un país leyera el dicho libro -incluidos analfabetas y monolingües del
náhuatl-, y TODOS se pusieran de acuerdo en asentir cándidamente a la
publicación de Sánchez.
¿Será que la población de México en 1648-1666 estaba formada sólo por
piadosos supercrédulos y perjuros?
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
|
(El P. Sánchez) tuvo la ocurrencia de publicar al fin del
libro una carta laudatoria del Lic. Laso de la Vega, Vicario de la
ermita misma de Guadalupe, en la cual el buen vicario confiesa
sencillamente, que él y todos sus antecesores habían sido "unos
Adanes dormidos que había poseído a esta Eva segunda sin saberlo",
y á él le había cabido la suerte de. ser el "Adán despertado",
lo cual en idioma corriente quiere decir que ni él ni todos los vicarios
ó capellanes de la ermita habían sabido palabra del origen milagroso de la
imagen que guardaban, hasta que el P. Sánchez lo había revelado.
|
Para estudiar el caso, se necesita saber QUÉ fue lo que "dio a
conocer" Sánchez con su libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios
Guadalupe. Celebra la aparición, cierto, pero esto no era nada nuevo en
1648. El propio Icazbalceta lo reconoce al situar el origen de la tradición
hacia los años de 1555-1556.
NO. La novedad del libro de Sánchez era la idea de que la Guadalupana
correspondía ni más ni menos que a la visión del apóstol San Juan, consignada
en Apocalipsis 12, sobre una mujer coronada de estrellas. Así pues, con lo de
"Adanes dormidos", Lasso de la Vega quería significar que no habían
visto, ni caído en la cuenta, de que tenía ante sus ojos nada menos que una profecía
bíblica cumplida; hasta hoy son muchos guadalupanos los que creen esto,
que podría tener un matiz de cierto, tomando en cuenta que el libro de
Apocalipsis, además de profético, está lleno de simbolismos y figuras.
Y en cuanto a los "Adanes dormidos", la verdad es que en cierto
modo Lasso de la Vega y sus antecesores sí lo fueron, y hasta recientes
fechas hemos comprendido muchas cosas sobre el Acontecimiento:
En primer lugar, la imagen está confeccionada a modo de amoxtli, es
decir, de mensaje pictográfico, y que contiene una serie de detalles imposibles
de ver para los no-iniciados, y precisamente por eso, visible para los
indígenas pero invisible para los europeos.
En segundo lugar, y para probar lo que digo, cito a José Luis Guerrero, quien
ofrece algunos comentarios al respecto:
|
Hubieron
de pasar más de cuatro siglos para que los blancos cayéramos en la
cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje,
un "Códice" indígena.
Hasta ahora los blancos empezamos a darnos cuenta de la diáfana
claridad con la que la Señora del Cielo presentó sus credenciales ante sus
hijos indios, usando un lenguaje preciso y rigurosamente técnico.
Pero eso es hoy; entonces lo veían exactamente al revés: entre más fieles a
sus dioses, más infieles al único verdadero.
Sin embargo, aunque ya no pensemos así, y estemos seguros de que
tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos...
¡Qué lejos estaba el pobre Fray Toribio Paredes de Bevanente de poder
entender que eso, precisamente eso que a él le parecía tan bello y
sublime, era como sal en las llagas para los indios, la peor y más cruel de
sus llagas: la religión cristiana!
La nueva religión recibía a sus candidatos con la bofetada de que todo
lo que siempre habían creído y amado era falso, que haberlo amado y
servido hasta la muerte no era un honor, sino una culpa de la que tenían
que arrepentirse y avergonzarse, culpa que todos sus antepasados estaban
pagando con eternos tormentos...
La única salvación posible era una "BUENA NUEVA" que
viniera a explicarles y justificarles la pesadilla que estaban viviendo,
que les redimiera su presente y les garantizara un futuro al menos tan
digno como el que tenían antes...
Preguntémonos hoy, si podríamos nosotros aportarles ESO, con todos los
recursos de que ahora disponemos, con toda la etnografía, antropología,
teología post-Vaticano II y toda la buena voluntad que le pusiéramos...
¿Qué mente humana, pues, en el siglo XVI, bajo la desmenuzante
vigilancia inquisitorial...
...pudo hacerlo tan perfecta, discreta y naturalmente como lo hizo?
Guerrero Rosado, José Luis, en Flor y Canto del Nacimiento de México
|
Y
de obras como la de Sahagún (Historia General...) entiende el hombre moderno
el abismo cultural que separaba a conquistadores y conquistados; por
eso lo de los "Adanes dormidos" no anda tan desencaminado.
A propósito de Lasso de la Vega, y de su traducción del Nican Mopohua,
comenta José Luis Guerrero:
|
Si alguna duda pudiera quedar de su
identidad, es precisamente Ipalnemohuani, Teyocoyani, Tloque Nahuaque e
Ilhuicahua Tlatipaque, nombres estos que a los españoles les sonaban
como inocuos epítetos de poesía, y que jamás imaginaron eran nombres
propios -y nombres técnicos- del Dios Verdadero, del mismísimo de
ellos, que no podían concebir que conocieran los indios.
Tan de hecho no los entendieron, que tanto Lasso de la Vega
que dio el texto a la imprenta por primera vez en 1649, como todos los
traductores hasta el P. Mario Rojas Sánchez, transcriben varios de esos
nombres con minúscula, como meros adornos literarios.
|
Entonces,
en cuanto a comprensión de la teología indígena, Lasso de la Vega seguía
siendo lo suficiente "Adán dormido", como para no captar los
nombres que daba el Nican Mopohua a Ométeotl, cuya Madre era la que
venía como embajadora del cielo.
¿Menciona TODO ESTO el sincero señor García Icazbalceta? ¿Exhibe un
mínimo de cultura indígena en su carta? ¿Demuestra conocerla, comprenderla, o
sigue una línea españolista?
Bien mirado, a García Icazbalceta no se le puede achacar culpa de
varias cosas. Cuando él desarrolló su actividad antiguadalupana, no había
Concilio Vaticano II, no había análisis de Callagan y Smith, ni estudios
científicos a la imagen, como tampoco aprecio directo por parte del
Vaticano, hacia la Guadalupana, aprecio que se manifestó plenamente hasta
Juan Pablo II.
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La
crítica del sr. García Icazbalceta
a algunos testimonios guadalupanos
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Confirmando el aserto de Muñoz he dicho, que antes de la
publicación del libro del P. Sánchez, en 1648, nadie había hablado de la
Aparición. Los apologistas, conociendo la urgente necesidad de destruir tal
aserto, han alegado diversos documentos anteriores, cuyo valor conviene
examinar. El Sr. Tomel (tomo II, PP. 15 y 18) los ha enumerado,
dividiéndolos en probables y ciertos.
Los probables son:
l. Los autos originales formados por el Sr. Zumárraga.
2. La carta que el mismo escribió á los religiosos de su orden residentes
en Europa.
3. La Historia de la Aparición escrita por el P. Mendieta y parafraseada
por D. Femando de Alva.
Los ciertos son:
4o. La relación de D. Antonio Valeriano.
5o. El cantar de D. Francisco Plácido, Señor de Azcapotzalco.
6o. El mapa á que se refiere Doña Juana de la Concepción en las
informaciones de 1666.
7o. El testamento de una parienta de Juan Diego.
8o. Los de Juana Martin y D. Esteban Tomelín.
9o. El de Gregoria Morales.
10o. La relación de D. Femando de Alva Ixtlilxóchitl.
11o. Los papeles que el Br. Sánchez sacó su historia de la Aparición.
12o. Unos anales que vió el P. Baltasar González en poder de un indio.
13o. La Historia de la Aparición en mexicano publicada en 1649 por el Br.
Laso de la Vega.
14o. Una Historia de la Aparición que hasta 1777 se conservaba en la
Universidad de México, "cuya antigüedad remonta hasta tiempos no muy
distantes del suceso".
15o. El añalejo de la Universidad citado por Bartolache.
|
Mirando esta lista, puedo citar algunos documentos que le faltan a
Icazbalceta, como el Códice Sutro, los anales de la colección Gómez de
Orozco, los anales de Chimalpaín, el diario de Miles Philips, los anales de
Juan Bautista, el códice 1548, el sermón de Fray Alonso de Montúfar previo al
de Bustamante, etc.
Actualmente se siguen descubriendo nuevas piezas históricas, como por ejemplo
el Códice 1548 o Escalada, descubierto en 1995.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Como se advierte, la lista de documentos es bastante larga;
pero la desgracia ha querido que (á excepción del número 13), ninguno se
halla publicado, ni siquiera se sepa que exista en alguna parte.
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Bueno, se sabe que la versión más antigua del Nican Mopohua está en la
Biblioteca pública de Nueva York, y no lejos de ahí está el Códice Sutro, en
el Museo Indiano de la misma ciudad.
Los anales de Bartolache están en la biblioteca Boturini de la basílica de
Guadalupe.
Otros documentos en náhuatl, como los Cantares del indio Plácido -citado por
G.I.-, y los hallados por el padre Garibay Kintana en el repositorio de la
Biblioteca Nacional, y que hacen alusión a los milagros en la traslación de
la imagen de México al Tepeyac (1531), complementan los testimoniales
indígenas.
Mi capítulo sobre Documentación, copiado a partir del sitio web de la
Basílica de Guadalupe, proporciona el Repositorio de diversos
testimonios históricos guadalupanos.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
|
El cantar de d. Francisco Plácido fué dado
al P. Florencia por D. Carlos de Sigüenza, quien le halló entre escritos de
Chimalpahin. No falta quien piense que no ha habido escritor de tal nombre.
Aunque yo no me atreva á tanto, creo que la sola circunstancia de haberse
cantado el día que "de las casas del Sr. Obispo Zumárraga se llevó á
la ermita de Guadalupe la sagrada imagen", basta para negar la
autenticidad del himno, pues no hubo tal ocasión de que se cantase.
|
Empecemos puntualizando que el himno de Francisco Plácido no dice "ser
compuesto para la ocasión de la traslación de la imagen", por lo que no
puede descartarse su autenticidad, por lo que otras personas afirmen sobre
cuándo se cantó el mismo.
En su Flor y Canto del Nacimiento de México, José Luis Guerrero coloca
completo el cantar, y además lo analiza finalmente, pues el himno está
repleto de lenguaje indígena, que expresa el éxtasis de felicidad de
la raza india: Ahora era Ométeotl quien venía a ellos, y no ellos quienes
intentaban buscarlo a través de LAS FLORES Y LOS CANTOS.
Si se ha de tomar por inventado este himno, García Icazbalceta tuvo que haber
pensado en un "inventor" indígena, pues ningún español hubiera
podido componer un canto de ese estilo y lenguaje.
* * * * * * * * * * * * * * *
Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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Los pasajes citados (Del añalejo de Bartolache) son: uno del
año 13 cañas, 1531, que traducido al castellano dice: "Juan Diego
manifestó á la amada Señora de Guadalupe de México: llamábase
Tepeyacac".
Si el añalejo de Bartolache llegaba a 1737, la copia era, cuando menos, de
esa fecha, que es precisamente la de la peste que fué causa ú ocasión de la
jura del patronato de Ntra. Sra. de Guadalupe. Muy fácil fué añadir entonces en la copia
estos pasajes, al frente de los signos correspondientes
|
Aquí el asunto se pone más grave, pues García Icazbalceta está acusando
-sin aportar pruebas- a Bartolache de haber "añadido pasajes" a los
Anales encontrados en la Biblioteca de la Universidad; esto evidencia ya un
antiguadalupanismo deseoso de no verse contradicho, y capaz para ello,
de acusar a quienes exhiben documentos, de "añadirles pasajes".
Como atenuante para su acusación, Icazbalceta añade -justificando- "en
un añalejo de pocas fojas, no original sino copia, concluido cuando se
hallaba más exaltado el sentimiento piadoso en favor de la imagen...".
Para mí no es bastante ese "sentimiento piadoso", como para creer
que un documento fue manipulado con mala fe, para hacerlo pasar por
probatorio, a menos que nos arriesguemos a juzgar la conciencia del sr.
Bartolache.
Acusar a Bartolache tiene también sus asegunes, pues Bartolache no era especialmente
entusiasta de la aparición. Su Manifiesto satisfactorio, donde informa
de sus observaciones a la tilma guadalupana, carece del fervor de otros
informes similares, llegando incluso a desmentir algunas afirmaciones
anteriores de Miguel Cabrera.
Pues no me meteré más en esto, excepto que García Icazbalceta no da pruebas
de que Bartolache cometiera semejante engaño a conciencia.
* * * * * * * * * * * * * * *
Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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A las informaciones se agregaron dictámenes de pintores y
de médicos. Los primeros afirmaron que aquella pintura excedía á las
fuerzas humanas, y los segundos que su conservación era milagrosa.
Contra aquéllos hay la declaración pública del P. Bustamante: él dijo en el
púlpito que la imagen era obra del indio Marcos y nadie le contradijo.
|
Aquí sí hago la vista gorda a las declaraciones de Icazbalceta, quien
descalifica las conclusiones de científicos y artesanos del siglo XVIII,
mientras que hoy se disponen de datos mucho más sólidos y avalados por mejor
tecnología, como son los análisis con rayos infrarrojos que hicieron Callagan
y Smith, y los exámenes de los ojos de la Guadalupana, ya célebres cuando se
habla de Ella.
Pero Icazbalceta, capaz de acusar a alguien de "añadir pasajes",
sin pruebas visibles, se aferra constantemente al sermón de
Bustamante, y si hemos de creer a su insistencia, parecería que el indio
Marcos pintó la imagen porque así lo dijo Francisco de Bustamante.
Nadie le contradijo -en lo que respecta a Marcos-, porque Bustamante tampoco
aportó pruebas de que Marcos fuera el autor de la imagen, y una prueba
excelente hubiera sido -¿por qué no?- el asentimiento del propio Marcos.
Añadiré un comentario más, basándome en el texto del p. Agustín de la Rosa;
Icazbalceta da más crédito a un orador exaltado y libre de juramento, que a
un grupo de 20 artistas y sabios que afirmaron bajo juramento y con calma
profesional, que la imagen es milagrosa.
* * * * * * * * * * * * * * *
Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
|
Los colores de los indios eran muy diversos de los nuestros,
y por eso no es extraño que causasen confusión a los pintores de los siglos
XVII y XVIII, hasta hacerles imaginar que en un solo lienzo se reunían
cuatro géneros de pintura, diversos y aún opuestos entre Si: ellos no
conocían ya aquella especie de pintura. Esto, las ideas preconcebidas, y el
respeto que infunde un concurso de personas graves, explican bien los
dictámenes de los peritos antiguos.
|
Lamentablemente, Icazbalceta no dispuso de los estudios hechos a los colores,
pigmentos y pinturas, con rayos infrarrojos, con los cuales queda más
científicamente asentado qué partes de la imagen son milagrosas, y qué partes
NO LO SON.
* * * * * * * * * * * * * * *
Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
|
No la había en el año de 1646 porque los capellanes mismos
del santuario ó ermita la habían ignorado é ignoraban, hasta que el libro
del P. Sánchez vino a abrirles los ojos. ¿Dónde, entre quienes andaba,
pues, la tradición?. Tampoco es quod ab omnibus porque ninguno de los
distinguidos escritores de ese período la conocían, ó á lo menos ninguno
la creyó digna de aprecio.
|
Y a mi entender, en parte sucedió fue lo último: No la creyeron digna de
aprecio, a tal punto que Sahagún la califica de "idólatra",
mientras que notaba la interesante concurrencia de los indios al Tepeyac.
¿No parece, por lo tanto, que la Guadalupana no significaba mucho para los
españoles, pero sí para los indios?
Aquí Icazbalceta pregunta: ¿Dónde, entre quienes andaba, pues, la
tradición?, parece que se olvida de que en el num. 68 de su carta afirma
que los indios que declararon en 1666 "conocían la tradición por sus
antepasados".
¿Entre quienes andaba la tradición?, pues usted lo dice, sr. Icazbalceta:
Entre los indígenas, quienes lo habían recibido de sus antepasados.
* * * * * * * * * * * * * * *
Icazbalceta hace algunos comentarios al texto del Nican Mopohua, en
aspecto crítico, aunque -hay que señalar-, no toma en cuenta la mentalidad
indígena y su comportamiento consecuente. Poco rigor cultural hay en
éstos comentarios de Icazbalceta.
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Y á poco para no encontrarse con la Virgen y evitar una
reconvención, toma otro camino: esto no es candidez sino ignorancia
absoluta de la religión que había abrazado.
¿Qué idea tenía de la Sma. Virgen el buen Juan Diego, cuando con esta
pueril estratagema pensaba excusarse de ser visto por la Soberana Señora?,
|
Comenta José Luis Guerrero sobre ésto:
|
Fijémonos en el frescamente ingenuo
sabor de autenticidad que este episodio confiere al relato, hasta aquí
acentuado de sobrenaturalidad: Juan Diego se considera sólo un enviado, su
trato con la Madre de Ometéotl no lo ha convertido en un
"influyente" y ni siquiera se le ocurre ir a pedirle un milagro;
muy al contrario, no sólo deja de acudir a la cita por buscar al médico,
sino que intenta escondérsele puesto que no puede atenderla por ir a llamar
al sacerdote, con un gesto típico de la cortesía india, que aborrece
decir que no, y, cuando no puede conceder algo, busca otros medios
que no sean la negativa directa. (Cosa que inconcientemente seguimos
haciendo los mexicanos, para asombro -y a veces fastidio- de los
extranjeros.). Pero su estratagema no vale, pues la Señora le sale al paso.
El, apenado, trata de disculparse con palabras de espontaneidad y candor
exquisitos:
"<<-Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá
que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado
cuerpecito, Señora mía, Niña mía. Con pena angustiaré tu rostro, tu
corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor
tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se la ha asentado, seguro que pronto va
a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno
de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a
confesarlo y a prepararlo, porque en realidad para ello nacimos, los que
vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte. Mas, si voy a llevarlo a
efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu
palabra, Señora, Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco
de paciencia, porque con ello no engaño, Hija mía la menor, Niña mía,
mañana sin falta vendré a toda prisa.>>" ( ).
Posiblemente bastarían esas palabras para demostrar que ese relato jamás
pudo ser, como se ha dicho, una ficción española para convertir a los
indios. Nunca un español hubiera orado así: Conservamos bastantes
oraciones en náhuatl, hechas por ellos para el uso de los indios, y ninguna
siquiera se aproxima a ese tono de frescura e inocencia tan infantiles y
tan amorosas, y en el cual, sin embargo, todo mexicano, de entonces o de
ahora, reconocería su forma de hablar con su Madre del Cielo. Igualmente,
la respuesta que merecen sus palabras es arquetípica de la refinadísima
cortesanía náhuatl.
|
Significa,
por lo tanto, que no tiene nada de extraño, y sí mucho de lógico, el que Juan
Diego intentara evadir de algún modo la visión de la Señora, preocupado por
algo tan urgente como era la enfermedad de su tío.
Es el problema con García Icazbalceta: ¿Esperaría que un indio del siglo
XVI se comporte como un blanco del siglo XIX?.
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Texto de la Carta de Joaquín
García Icazbalceta:
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La última vez que Juan Diego se presentó al Sr. Obispo llevó
las credenciales de su embajada, que eran las rosas solamente, según unos,
y esas y otras flores según otros. Ciertamente que la seña no era
para creída. Se hace consistir lo maravilloso del caso en que el
indio hallara las flores en la estación del invierno y que estuviera en la
cumbre de un cerro estéril. Lo primero nada tenía de particular, porque los
indios eran muy aficionados a las flores y las cogían en todo tiempo. Vemos
hoy que no hay mes del año en que no se vendan en México ramilletes de
flores á precio ínfimo. La segunda circunstancia no le constaba al Sr.
Zumárraga;no sabía en qué lugar se habían cortado aquellas flores, que bien
podían provenir de una chinampa.
|
Esto merece comentarios detallados. Vaya que la señal de las rosas era de
por sí peculiar, aunque Icazbalceta no esté de acuerdo.
Señala al respecto J.J. Benítez:
|
Según el texto del Nican Mopohua,
"la cumbre del cerrito no era lugar donde se dieran ningunas flores,
sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales, mezquites, y si acaso
algunas hierbecillas que se solían dar, entonces era el mes de diciembre,
en que todo lo come, lo destruye el hielo".
A pesar de todo, la tradición nos cuenta que Juan Diego abrió su ayate, y
"rosas de Castilla" y otras flores aparecieron ante los atónitos
ojos de fray Juan de Zumárraga y de cuantos estaban con él.
Después de preguntar a los especialistas Teófilo Herrera, director del
Departamento de Botánica, y Ermilo Quero, responsable del Jardín Botánico,
ambos dependientes de la UNAM, así como al director del Herbolario del IPN
de México, sr. Rendowsky, sólo pude llegar a una conclusión: era muy
difícil, -si no imposible-, que en el mes de diciembre pudieran florecer de
forma natural, rosas en el Tepeyac.
|
Esto
corresponde a la primera impugnación, que los indios recogían flores todo
el tiempo; porque ciertamente
no las podían recoger en el Tepeyac, y menos en diciembre.
* * * * * * * * * * * * * * *
|
Pero si la historia de la Aparición no tiene fundamento
histórico, ¿de dónde vino? ¿La inventó por completo Sánchez? No lo creo.
Algo halló que le diera pie para su libro. Tal vez llegó a sus manos una
relación mexicana, á que añadiría nuevas circunstancias como acostumbraban
los escritores gerundianos.
|
Con este comentario, Icazbalceta da a entender que en su opinión, la historia
de las Apariciones data de 1648, con el libro del p. Sánchez, y NO desde
1550-56, con la aparición del Nican Mopohua.
El p. Agustín de la Rosa, quien escribió una crítica a la Carta de
Icazbalceta, hace notar lo siguiente:
En el número 68 de su carta, Icazbalceta remonta el inicio de la tradición
guadalupana "en los años de 1555-1556", pero en el num. 59 resulta
que "no había tal tradición" en 1648 cuando salió el libro de
Sánchez. En el num. 59 pregunta con tono escéptico entre quiénes anduvo la
tradición en el intervalo 1531-1648, pero en el número 68 se contesta a sí mismo,
reconociendo que los indios testigos en las Informaciones de 1666 conocían la
tradición "por sus antepasados".
Antiguadalupanos más modernos han reconocido -por no quedarles otro remedio-,
que la tradición guadalupana se remonta al Nican Mopohua, y no a
Miguel Sánchez, y a quien tienen que acusar de "inventar" el
asunto, es a Antonio Valeriano, personaje que Icazbalceta menciona
poco a lo largo de su Carta, atribuyéndole la composición del Nican
Mopohua como de una "drama".
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|
Católico soy; aunque no bueno, Ilmo. Sr., y devoto en cuanto
puedo, de la Santísima Virgen; á nadie querría quitar esta devoción: la
imagen de Guadalupe será siempre la más antigua, devota y respetable de
México. Si contra mi intención, por pura ignorancia, se me hubiese escapado
alguna palabra o frase mal sonante, desde ahora la doy por no escrita.
|
Quede claro que en lo personal simpatizo con la actitud de Icazbalceta,
aunque señalo también de paso algunas que evidentemente son FALTAS SUYAS,
tales como ignorar dentro de su Carta la cultura y la mentalidad indígena, y
como acusar a un testigo de "añadir pasajes" a un añalejo
encontrado, y que -malo para la causa de Icazbalceta-, sería testimonio del
milagro guadalupano.
Y otras FALTAS no son suyas, sino de SUS circunstancias, y de las cuales no
se le puede culpar, como es el no contar con los estudios modernos hechos
a la imagen, tanto a los ojos de la Virgen, como a los estudios de la tilma y
de los colores que tiene "impresos", con rayos infrarrojos.
* * * * * * * * * * * * * * *
|
De todo corazón quisiera yo que (un milagro) tan honorífico
para nuestra patria fuera cierto, pero no lo encuentro así; y si estamos
obligados a creer y pregonar los milagros verdaderos, también nos está
prohibido divulgar y sostener los falsos. Cuando no se admita que el de la
Aparición de Ntra. Sra.de Guadalupe (como se cuenta), es de estos últimos, a
lo menos, no podrá negarse que está sujeto a gravísimas objeciones.
|
Efectivamente, reconozco que hay GRAVES objecciones al suceso Guadalupano
como se cuenta -digamos- en el Nican Mopohua, pero me parecen todavía
más "graves" -si se me permite esta palabra-, los elementos
que hacen pensar en la veracidad del milagro guadalupano.
Personalmente, no pondría mis manos en el fuego por el Nican Mopohua,
y creo, igualmente, que muchos detalles del mismo son, o bien subjetivos, o
bien agregados como complemento, pero incluso estos últimos, basados
antes que nada en la Religiosidad y Sociología del Indígena, factores casi
inexistentes en la Carta Antiaparicionista que hemos analizado.
Quiero ser honesto al investigar, y por lo mismo, para que mi Investigación
NO SEA UNILATERAL, incluyo las objecciones antiguadalupanas, para así tomar
en cuenta tanto a quienes defienden la Aparición, como a quienes la niegan.
|
Me
interesan también otros puntos a tomar en cuenta sobre Joaquín García
Icazbalceta y su Carta, por lo que el tema...
... continúa en (Apéndices
sobre la Carta y actitud del sr. García Icazbalceta)
donde se revisarán los siguientes tópicos:
-Notas sobre la Carta antiaparicionista.
-Texto del p. Agustín de la Rosa en que refuta la Carta
antiaparicionista.
-Retractación de García Icazbalceta.
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