Joaquín García Icazbalceta versus La Virgen de Guadalupe

Por Jesús Hernandez

Tomado de www.luxdomini.com

Sección  de Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe

 

 

Puntos antiguadalupanos de Joaquín García Icazbalceta:

 

-Fray Juan de Zumárraga nunca habló sobre el suceso guadalupano, antes bien parece negarlo.
-Sahagún calificó de idolatría el culto guadalupano, y Bustamante también lo critica.
-Los capellanes de la ermita no supieron nada hasta 1648, en palabras de Lasso de la Vega.
-Crítica a algunos documentos guadalupanos.

 


 

Joaquín García Icazbalceta fue un historiador del siglo XIX (1825-1894). El ejemplo y los consejos de don Lucas Alamán parece que lo inclinaron al estudio de la historia. En su adolescencia ayudó a su padre en los trabajos de escritorio, y empezó los estudios que después serían su especialidad. Tradujo la Historia de la conquista del Perú, de Prescott, y le agregó un apéndice (dos ediciones: 1849 y 1850). Colaboró en el Diccionario Universal de Historia y Geografía (1853-1856) con noticias biográficas y otros datos principalmente relativos a los siglos coloniales. Principia a reunir importantes materiales históricos sobre México: crónicas, libros, manuscritos, documentos originales desde el siglo XVI, que solía editar en la imprenta que había instalado en su casa. Publicó Apuntes para un catálogo de escritores en lenguas indígenas de América (1866) y, como un testimonio elocuente de gran parte de la vida y los sucesos de la Nueva España en el siglo XVI, la biografía de Don Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de México (1881, varias ediciones posteriores).


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Él es, en mi opinión, la figura más representativa del Antiguadalupanismo serio y sincero. Como él mismo declara, era católico y creía en los milagros, aunque el Guadalupano no le pareciera verdadero.

A él y a su labor se remiten los dos siguientes antiguadalupanos que considera esta investigación: tanto José Luis Montecillos como Daniel Sapia saben de García Icazbalceta y lo han consultado.

Existe un documento-base, donde Icazbalceta vertió sus razones para negar el milagro, y se conoce como la Carta acerca del Origen de la Imagen de Ntra. Señora de Guadalupe, sobre cuya publicación haré algunas anotaciones. (Ver: Joaquín García Icazbalceta 2a. parte)

La Carta en cuestión ha sido comentada extensamente por apologistas guadalupanos, y mi crítica no será sino un "reforzamiento" de las respuestas que se dan a las objecciones planteadas.

Cabe decir que Joaquín García Icazbalceta es el único antiguadalupano católico cuyos argumentos expongo. Los otros dos impugnadores -Montecillos y Sapia-, son antiguadalupanos, amén de anticatólicos. y sus argumentos están más avocados a "buscar falsedades católicas", de las muchas que creen que hay, en vez de analizar los elementos reales que rodean al suceso guadalupano, y que son los documentos históricos, la situación cultural de la Nueva España en 1531, la religión de los aztecas, la historia de la Conquista de México, la cultura indígena y las circunstancias sociales que han rodeado al asunto guadalupano en diferentes épocas.

Citaré pues, fragmentos de la dicha Carta Antiaparicionista, la cual es una carta dirigida por García Icazbalceta al Arzobispo de México D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos en 1883. Quien guste leer la carta completa y sin comentarios insertados, puede leerla AQUÍ.

Nota: En su Carta, Icazbalceta declara que solo por obediencia al arzobispo, quien le demandó su parecer como historiador, escribió su Carta. Él no tenía deseos de hacerlo, ni quiso que se difundiera.


 


 

Lo que dijo y lo que calló Fray Juan de Zumárraga

 




Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Por lo demás, la falta de los autos originales no sería, por sí sola, un argumento decisivo contra la Aparición, pues bien pudo ser que no se hicieran, ó que después de hechos se extraviaran: aunque á decir verdad, tratándose de un hecho tan extraordinario y glorioso para México, una ú otra negligencia es harto inverosímil.



Este punto, que señalo únicamente como precedente, se completará después con otros que maneja García Icazbalceta; mi comentario por ahora es que -según se deduce de la actitud de los evangelizadores-,la misma Aparición Guadalupana no tenía el mismo significado e importancia tan grande que ahora se le da. Esto aplica únicamente a los europeos, conquistadores, pues para los indios significó MUCHO, y de ello también daremos pruebas más adelante.


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Comentaré ahora el más importante -a mi entender- punto que maneja Icazbalceta, y que exhiben casi sin excepción todos los que niegan las apariciones guadalupanas: lo que concierte a quien habría recibido la tilma de Juan Diego; el arzobispo de México Fray Juan de Zumárraga.

Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

El primer testigo de la Aparición debiera ser el Ilmo. Sr. Zumárraga, á quien se atribuye papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero en los muchos escritos suyos que conocemos no hay la más ligera alusión al hecho ó á las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.

Si el Sr. Zumárraga hubiera sido testigo favorecido de tan gran prodigio, no se habría contentado con escribirlo en un solo papel, sino que le habría proclamado por todas partes, y señaladamente en España, adonde pasó el año siguiente: habría promovido el culto con todas sus fuerzas, aplicándole una parte de las rentas que expendía con tanta liberalidad.

Pero nada absolutamente nada en parte alguna.



En su intento por refutarme, Daniel Sapia me puso enfrente este argumento -junto con el sig. párrafo-. Fue mi principal fuente de dudas y reconozco, con toda la sencillez del caso, que no supe contestar en ese entonces, y cada vez que pensaba en la Virgen de Guadalupe, no podía evitar pensar en esta objección, que a primera vista, parece dejar claro que la Aparición Guadalupana ES FALSA.

Ahora bien, me gustaría comentar que tuve oportunidad de estudiar este punto cerca de un año después, y para exponer en pocas palabras lo que pienso sobre este punto, citaré algunas palabras de José Luis Guerrero, extraídas de su excelente libro Flor y Canto del Nacimiento de México, quien hace una breve relación de por qué motivos, el silencio de Zumárraga no es prueba contra la aparición.
Dice Guerrero (aprox.):

Aunque la narración pinta a Zumárraga conmovido y “convertido” ante el milagro de las flores, si juzgamos por los hechos, las cosas no sucedieron exactamente así:

Jamás volvió a ocuparse del asunto, jamás lo mencionó claramente en ningún documento que conservemos (aunque hay indicios de que sí los hubo, incluso actas oficiales), y la ermita que le construyó no pasó de cabaña miserable.
Todo indica, pues, que para nada tuvo conciencia de la trascendencia del hecho, ni de cuán gran árbol surgiría de la semilla minúscula que le tocó sembrar.

Ahora bien, esto es perfectamente explicable a la luz del sentido común: Para él todo pudo parecerle no sólo simple, sino rutinario. (Es muy de dudar que haya algún obispo en la tierra -o hasta un simple párroco- que no haya pasado por situaciones similares).

Un desconocido recién converso viene a verlo y a pedirle un templo para una Virgen de su devoción, alegando revelaciones especiales. Él se lo sacude, sin darle importancia, y con tanta más razón que tratándose de un indio recién converso, había que recelar revivicencias paganas o problemas políticos anti-españoles.
Ante su insistencia reiterada opta por pedirle una señal, con la obvia intención de quitárselo de encima, y tanto más que los informes que solicita no resultan favorables, aunque con ello se compremete a que consentirá si la recibe.

Lo que recibe es una imagen mariana un tanto rara, pero inobjetablemente ortodoxa, y la novedad de que un tío moribundo está ahora bueno y sano, cosa que comprueba y recibe además de labios de éste el tranquilizante aviso de la nueva devoción, Guadalupe, no puede ser más hispanófilo.


(A las flores, tan importantes para los indios, él no tuvo por qué darles mayor importancia). Aunque efectivamente, resultara insólito que crecieran en el Tepeyac en invierno.

No era realmente mucho, pero sí lo suficiente para sentirse en el deber de hacer honor a su palabra.

 

De estos comentarios se desprenden los sigs. puntos, importantes para responder a la objección presentada:

  Que efectivamente, Fray Juan de Zumárraga no escribió nada que se conserve, sobre el asunto guadalupano.

  Que el suceso guadalupano por verdadero que haya sido, no fue muy significativo para él.

  Que las flores no eran tan importantes para él ni para los españoles, aunque no crecieran en el Tepeyac.

  Que a pesar de todo el silencio de Zumárraga que quieran los impugnadores de la Aparición, la devoción guadalupana empezó y se popularizó rápidamente, tanto que en 1556, 25 años después del milagro, el asunto alcanzó tanta importancia como para que se instara al propio Virrey a tomar cartas en el asunto (ver nota sobre el sermón del p. Bustamante)


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

En las varias Doctrinas que imprimió tampoco hay mención del prodigio. Lejos de eso, en la Regla Cristiana de 1547 (que si no es suya, como parece seguro, á lo menos fué compilada y mandada imprimir por él) se encuentran estas significativas palabras:

"Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo".
¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?...

 

Bueno, señalaremos lo que el propio García Icazbalceta reconoce, que parece casi seguro que dicha Regla Cristiana, no fue escrita directamente por él. Es de presumirse que las palabras que se cita no son suyas, de manera que la pregunta final, ¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?, se basa sobre una premisa que el propio Icazbalceta no tiene por segura.
En esa línea, cabe dudar si es Zumárraga quien "decía eso"...

En la última parte de la pregunta, encontramos que lo decía "quien había presenciado tan gran milagro". Aquí señalo -basado en lo que comenta José Luis Guerrero-, que una cosa que parece segura, es que ni para Zumárraga ni para muchos españoles contemporáneos suyos fuera un "gran milagro", sino una advocación más dentro de las muchas que ya existían en la misma América.
En su Carta Antiaparicionista, García Icazbalceta cita a varios autores españoles, y enfatizaré nuevamente, que para ellos la Guadalupana no era tan importante como la consideran hoy en la misma Roma, empezando por el querido y "mexicano" Pontífice Juan Pablo II.


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Pero... ¿De verdad hubo "silencio absoluto" por parte de Zumárraga?

Conociendo como inquisidor a Zumárraga, y conociendo la meticulosidad de la Inquisición -y aún de los españoles fuera de ella-, que buscaban asentar TODO y levantar actas de TODO, es dudoso que el obispo se haya desentendido absolutamente del asunto.

Pero sería gratuito basarnos en esto para asegurar que hubo Actas de Zumárraga sobre el asunto. Se reconoce que efectivamente la ausencia de su testimonio directo es buena arma en manos de los impugnadores, aunque contra ella haya razones y argumentos.

Para sustentar la existencia de Actas de Zumárraga -aunque se hayan perdido, tal vez definitivamente-, citemos al padre Miguel Sánchez, quien declaraba bajo juramento como testigo en las Informaciones de 1666, y quien dijo que el Dean de la Catedral había encontrado al arzobispo "Don Fray García de Mendoza [..] leyendo los Autos, y Proceso de dicha Aparición con singular ternura.."

Otro testimonio complementa a éste, y es el de Cayetano Cabrera, en su Escudo de Armas de México, donde asienta que el R. P. Fr. Pedro de Mezquía, religioso de Propaganda Fide, aseguraba haber visto y leído en el convento de franciscanos de Vitoria, en España, una relación del Sr. Zumárraga a los religiosos de aquel convento, de la aparición de la Virgen de Guadalupe <> y había prometido traerla a su regreso de un viaje a España que iba a emprender." "Y el Dr. Uribe, que escribía hacia 1778, cuenta que al regreso del P. Mezquía le preguntaron por la relación que había prometido traer y respondió que no la había encontrado y que creía que había perecido en un incendio que había sufrido el archivo del convento."



 

Fray Bernardino de Sahagún,
y el sermón del p. Bustamante

 




Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Uno de los fundamentos de Fray Bernardino de Sahagún es que allí acudían en tropel los indios como de antes, mientras que no iban á otras iglesias de Nuestra Señora.
Supuesta la realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía causar al P. Sahagún que los indios prefiriesen el lugar en que uno de los suyos había sido tan singularmente favorecido por la Sma. Virgen. Bien mirado el testimonio del P. Sahagún es ya algo más que negativo.

 

A esto se contesta que el p. Sahagún NO dijo nada contra la Aparición ni contra el culto a la Virgen de Guadalupe.
Lo que él sospechaba es que los indios iban a adorar a "lo antiguo", es decir, a la diosa Tonantzin, madre de Huitzilopochtli, y NO a la Virgen María, o sea, "lo nuevo".

Un poco más adelante encontramos a Sahagún diciendo que él no opina que se le impida a los indios ir a tal culto, sino que se les EXPLIQUE que esa ermita es centro de culto a la Virgen María y no a la diosa Tonantzin.

Así pues, Sahagún no se "extraña" de nada, sino que prudentemente pide aclarar a los indios lo que haya que aclarar, es decir, que en dicho lugar se venera a María y no se adora a Tonantzin.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Los pasajes de Torquemada y de Bernal Díaz en que se habla de la iglesia, han dado materia de larga discusión á los apologistas. El hecho indudable es que ninguno de estos autores menciona la Aparición.



Es la única vez que García Icazbalceta menciona a Bernal Díaz del Castillo, cuando éste habla de la Guadalupana (lo citará más adelante cuando habla del indio Marcos); y lo cierto es que efectivamente, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Díaz del Castillo menciona la existencia del culto guadalupano en el Tepeyac.
Si no menciona la Aparición, es -como ya he señalado-, debido a que para los españoles no era tan importante el asunto guadalupano, por razones culturales. Añado a esto que Díaz del Castillo tampoco dio muchos detalles de la impresión que significó para los indios la ascención realizada por Diego de Ordaz al Popocatépetl, y no entendió hasta qué punto dicha ascensión había azorado a los indios. Estos dos puntos son muestra de la poca comprensión que los españoles en general tenían de la visión indígena de lo divino y lo humano.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Todos los apologistas, sin exceptuar uno solo, han caído en una equivocación inexplicable en tantos hombres de talento, y ha sido la de confundir constantemente la antigüedad del culto con la verdad de la Aparición y milagrosa pintura en la capa de Juan Diego.Se han fatigado en probar lo primero (que nadie niega, pues consta de documentos irrefragables), insistiendo que con eso quedaba probado lo segundo, como si entre ambas cosas existiera la menor relación.



Pues bien, señalaremos aquí que la antigüedad del culto es ya argumento fuerte para sustentar la aparición. Icazbalceta se limita a negarlo, señalando -implícitamente- que no hay entre ambos elementos "la menor relación".
Lo que se sabe es que poco después de 1531 ya existía culto a una "Virgen de Guadalupe" en el cerro del Tepeyac, y si bien los españoles no citan su origen, sí lo hacen los indígenas, por cierto poco valorados por Icazbalceta, quien descalificará posteriormente los pocos testimonios indios de los que hace mención.

Si el culto existía, y si eran devotos guadalupanos tantos indios como consignaba Sahagún, es de suponerse que algo había allí que los atraía, y es muy probable que tal "algo" fuera el mensaje guadalupano según se expone. Señala José Luis Guerrero que pocas dudas caben del trasfondo divino y de la certeza de las Apariciones Guadalupanas, tomando en cuenta lo que significaba a nivel teológico para la cultura indígena -azteca principalmente-, y que ningún español hubiera podido proporcionar.

Después de saber cómo se sentían los indios luego de 10 años de Conquista, parece también IMPOSIBLE incluso para los teólogos del siglo XX y posteriores al Concilio Vaticano II, proporcionar a aquellos indios un consuelo y una renovación espiritual.
Y sabiendo cómo reaccionaron los indios ante el suceso guadalupano, pocas conclusiones son más sensatas que admitir la veracidad del milagro.



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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Es digno de notar que cuanto estos antiguos misioneros tratan de las idolatrías encubiertas de los indios, saquen a cuento la devoción á Ntra. Sra. de Guadalupe. Mal se aviene esto con la creencia en el milagro.



Aquí Icazbalceta nota que quienes citan a la Guadalupana al hablar de idolatrías, son misioneros. Díaz del Castillo, que no es misionero, no relaciona a la Guadalupana con los ídolos. Y esto significa una simple cosa: Eran los misioneros (franciscanos casi siempre), quienes veían ÍDOLOS por todas partes.
La Guadalupana no se escapó de esta relación, pero aquellos misioneros nunca dijeron que era "cosa mala" la veneración a Ntra. Sra. de Guadalupe. Condenaban que se tomara a la Virgen de Guadalupe por "Tonantzin", lo cual es cosa distinta.

Añado a esto un comentario: Los que denostaban la cultura indígena, con ella a sus dioses y con ella a cuanto pareciera indígena, arrojándolo al "cesto" de ídolos, eran los franciscanos, siendo caso distinto los dominicos, entre quienes se contaba fray Alonso de Montúfar -de quien tenemos motivos para creer que creyó y defendió, aunque limitadamente, lo milagroso de la Aparición-, o por ejemplo fray Bartolomé de las Casas, mucho más suave que un Sahagún o el mismo Zumárraga.

¿Y por qué García Icazcalceta considera "mal avenidas" las diatribas de los frailes franciscanos? ¿Es que las apariciones guadalupanas son falsas porque algunos frailes franciscanos aclaraban que Tonantzin y Guadalupe eran cultos diferentes?


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Si de los escritos nos vamos a los mapas y pinturas de los indios, hallaremos que en ninguno de los auténticos que existen hay nada de lo que se busca. Citaré como ejemplo los códices Telleriano-Remense y Vaticano, publicados por Kingsborough, y los anales ó pinturas históricas de Mr. Aubin, que alcanzan á 1607.



Hago notar aquí esta novedad en la Carta Antiaparicionista. A lo largo de la Carta Antiaparicionista conté los nombres de 26 personajes españoles, entre historiadores, frailes y cronistas. Indígenas, cita únicamente "como ejemplo", 2 códices -de los muchos que hay-, lo que evidencia una clara tendencia españolista, poco atenta a los documentos y anales indígenas, a los cuales incluso descalifica posteriormente.

Omite también a un importante testimonio europeo anglosajón, el del pirata inglés Miles Philips, extraído de su diario y compilado en forma de libro, el Adventures in New Spain, mencionado en el capítulo sobre la documentación europea.

Y si el propio García Icazbalceta muestra claro desinterés por los documentos indígenas, ¿Qué cabía esperar de los conquistadores? Éstos tampoco daban mucha validez a los papeles indígenas -más aún, los consideraban en su mayoría muestra de la superstición indígena-, y no pocas obras de la cultura prehispánica se perdieron a manos del rigorismo cristiano español.


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El Sermón de Bustamante

 


 

Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

El día de la Natividad de Ntra. Sra., 8 de Septiembre de 1556, se celebró una solemne función religiosa en la capilla de S. José, con asistencia del clero, virrey, audiencia y vecinos principales de la ciudad. Encomendándose el sermón á Fr. Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos, que gozaba créditos de grande orador.

Después de haber hablado excelentemente del asunto propio del día, hizo de pronto una pausa, y con muestras exteriores de encendido celo, comenzó á declamar contra la nueva devoción que se ha levantado sin ningún fundamento "en una ermita ó casa de Ntra. Sra. que han intitulado de Guadalupe", calificándola de idolátrica, y aseverando que sería mucho mejor quitarla, porque venía á destruir lo trabajado por los misioneros, quienes habían enseñado á los indios que el culto de las imágenes no paraba en ellas, sino que se dirigía á lo que representaban, y que ahora decirles que una imagen pintada por el indio Marcos hacía milagros, que sería gran confusión



Este sermón de Fray Francisco de Bustamante es un punto muy debatido dentro de la historiografía guadalupana.
Pero desde cualquier punto de vista, constituye un testimonio de la importancia que empezaba a adquirir la devoción guadalupana -a 20 años del milagro-, y lo expresa de este modo José Luis Guerrero:

Entre su grey (de Fray Juan de Zumárraga) sí sabemos que la nueva devoción fue acogida de muy diferentes maneras: con apasionado entusiasmo por los indios; con simpatía por los laicos españoles, y con acendrada desconfianza por los frailes franciscanos.
Lo sabemos porque muerto Zumárraga y dos años después de instalado su sucesor, fray Alonso de Montúfar, el provincial franciscano Fray Francisco de Bustamante desató un escándalo mayúsculo el martes 8 de septiembre de 1556, atacando en un sermón al que asistía el Virrey, no sólo la devoción, como falsa y herética, sino también al propio Arzobispo que la fomentaba.

Tan serio fue el zipizape, que se inició un proceso que conservamos, y del que se concluye que:

1.- Que pese al poco o nulo aliento de la clerecía, a 25 años de las apariciones la devoción estaba ya tan sólidamente arraigada como para provocar que todo el virreinato se ocupara de ella, dividiéndose en pros y contras.
2.- Que alguien tan suspicaz como Montúfar - que veía herejías por todas partes- favorecía y defendía la devoción.
3.- Que los indios le eran incondicionalmente devotos, por más que los franciscanos la combatiesen explícitamente.
4.- Que gozaba de las simpatías del laicado español, simpatías que aumentaron como reacción a los excesos de Bustamante.

Ahora bien, si esa devoción existía y crecía, pese a los esfuerzos del clero (y en especial de los franciscanos), en rechazarla, se concluye que carece de base histórica la hipótesis de que el asunto fue un fraude armado por los españoles para mejor someter a los indígenas.




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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

¿Pues cómo el Sr. Arzobispo, tantos testigos de vista, el pueblo entero, no aniquilaron los cargos del predicador con sólo echarle á la cara el origen divino de la imagen, bastante para justificar aquella devoción? ¿Cómo pudieron oír sin escándalo que se atribuyese á un indio la obra maravillosa de los ángeles? ¿Cómo quien tales cosas decía en un púlpito, no fué inquietado?



Pues bien, lo cierto es que el arzobispo realizó un proceso para analizar la acusación de Bustamante, y según las Informaciones de 1556, hubo quienes se declararon en contra de la postura de Bustamante, pero ninguno se declaró a favor.

Icazbalceta pregunta: ¿Cómo pudieron oir sin escándalo que se atribuyese á un indio la obra maravillosa de los ángeles?. Cualquiera que lea las Informaciones de 1556 verá que varios testigos declararon que sí hubo escándalo en la ciudad por el sermón de Bustamante... pareciera que Icazbalceta desestima o desconoce dichos testimonios.

El arzobispo negó haber respaldado los milagros atribuidos a la imagen, y nadie hizo caso de la acusación que atribuía la autoría de la imagen al indio Marcos. Como tampoco se sabe que el indio Marcos haya asentido en ser él el autor de la imagen. El impugnador descalifica el Acontecimiento Guadalupano pese a muchos testimonios -él solo cita 15- a favor, pero sin embargo, la sola acusación de Bustamante lo convence de que efectivamente Marcos pintó la imagen. ¿Hay algún testimonio que ratifique la autoría de Marcos, o se trata de la voz aislada de Bustamante?

Este punto despertó el interés del periodista J.J. Benítez, quien en su obra El misterio de Guadalupe, formula una pregunta bastante legítima, ¿Por qué citó Bustamante directamente a Marcos, habiendo varios indios artistas?, ¿Qué sabía Bustamante a ese respecto?

Convencido del carácter sobrenatural de la tilma, Benítez entiende que Bustamante "sabía algo", y pone, como hipótesis personal, que los retoques que tiene el ayate fueron realizados por el indio Marcos, y de ahí la alusión de Bustamante a Marcos en específico.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Nada se hizo contra el P. Bustamante, quien, á pesar de aquel sermón, fué otra vez electo provincial en 1560 y después Comisario general.



Aquí sí se contradicen mis fuentes. Icazbalceta sostiene que "nada" se hizo contra el P. Bustamante, pero J.J. Benítez en el libro citado, El misterio de Guadalupe, dice:

El fenomenal escándalo -que terminaría por costarle al franciscano Bustamante el destierro y todo un "rosario" de lindezas e improperios- arrancó como consecuencia, al parecer, de otro sermón.
Dos días antes -el 6 de septiembre de 1856- el entonces segundo obispo de México, fray Alonso de Montúfar, sucesor de Fray Juan de Zumárraga, pronunció una fervorosa plática en la catedral, refiriéndose al carácter milagroso de la imagen de la Guadalupana. (El sermón estaba plenamente justificado, ya que se trataba de la antevíspera de la fiesta titular de Nuestra Señora de Guadalupe, que en aquellas fechas se festejaba el 8 de septiembre).

Entre otras comparaciones, Montúfar equiparó en su homilía a la Guadalupana con la imagen de la Virgen de la Antigua, venerada en la catedral de Sevilla, y "cuya pintura-dijo-se atribuye al ministerio de los ángeles". La comparó también con la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, cuya efigie se venera en muchos santuarios de España; con la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, que se venera en la capilla real y que fue regalo de San Luis, rey de Francia, a San Fernando, rey de España. Igualó también la imagen de la Virgen del Tepeyac con la de Nuestra Señora de Montserrat, "cuyo origen prodigioso se remonta a las últimas décadas del siglo IX".

"El supernaturalismo de nuestra Guadalupana -afirmó ante cientos de fieles- es similar al de la imagen de Nuestra Señora de la Peña de Francia".
Por último, el obispo de México la equiparó a la Virgen de Loreto, en Italia. Con todo ello quiso dar a entender, que al igual que estas imágenes europeas tenían un origen maravilloso, otro tanto sucedía con la del Tepeyac.



Este es, a mi entender, un testimonio clave, español. José Luis Guerrero señala también -como ya he expuesto-, que Montúfar defendía la misma Aparición, aunque quizá no con el mismo ardor y con la misma profundidad religiosa que los indígenas, primeros destinatarios del Mensaje Guadalupano. García Icazbalceta apenas si hace mención del sermón previo de Montúfar, al que siguió el sermón antiguadalupano de Bustamante. Sí menciona, en cambio, las palabras del arzobispo durante el proceso que siguió, donde el Arzobispo afirmó que él "no había predicado milagro ninguno de los que decían que había hecho la dicha imagen de Ntra. Sra. ni hacia caso de ellos".
Y efectivamente, nada en el sermón de Montúfar hace pensar que defendiera milagros atribuidos a la Guadalupana, sino más bien a la Guadalupana misma.


Otra reflexión sobre el Sermón de Fray Francisco de Bustamante:



Existe dentro de este tema una cuestión que García Icazbalceta no considera. El antiguadalupano concentra su argumento en el hecho de que Bustamante atribuyó la imagen al pincel de Marcos, sin dar importancia a las circunstancias que rodean al sermón de Bustamante, uno de los cuales -ya lo señalé antes- es el sermón que pronunciara antes Fray Alonso de Montúfar.

Pero García Icazbalceta no se pregunta... ¿Cuál es el origen de las acusaciones de Bustamante hacia Montúfar?, ¿Qué había hecho o dicho fray Alonso de Montúfar para hacerse acreedor a las denostaciones de Bustamante?
Historiadores como Lauro López Beltrán señalan de la hostilidad que por entonces se tenían mutuamente los franciscanos y dominicos, y en el caso que nos ocupa, Bustamante era franciscano, mientras que Montúfar pertenecía a la orden de Santo Domingo.
Es creíble, por lo tanto, que hubiera "greña" entre ambos, y de ahí el sermón de Bustamante contra Montúfar.

Pero nuevamente, ¿Por qué acusó Bustamante a Montúfar de propagar una devoción idolátrica?

En primer lugar, no creo que Bustamante hubiera sacado su acusación de la nada... porque sería una calumnia, y fácil de refutar. Además, sería una causa un tanto rara que Bustamante, queriendo "echarle piedras" a Montúfar, lo acusara de propagar una devoción pagana, y que eligiera -¿casualidad?- a la Guadalupana, como la devoción culpable predicada por el arzobispo.

Y si nos remitimos al sermón previo que había dicho Montúfar, pues una conclusión más sensata es que Montúfar creía y defendía la dicha advocación Guadalupana; y me parece también interesante que Bustamante puntualizara que la imagen "la había pintado el indio Marcos", como si alguien, -el arzobispo o los indios-, dijeran algo diferente sobre "quién" había pintado la imagen.


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Lasso de la Vega y los "Adanes dormidos"

 




Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

La devoción de 1556, fervorosa como todas las nuevas, fué cediendo hasta desaparecer.



Con lo cual se quiere decir que entre 1556 y 1648 (fecha en que el P. Miguel Sánchez publica su libro), la devoción había desaparecido. Lo cierto es que en 1561 escribían los regidores de Atzcapozalco una carta a Felipe II, donde se consignaba la existencia del templo de Guadalupe, y se mencionaba junto a la capilla arzobispal de la Virgen.

En 1571, se llevó a cabo la batalla de Lepanto, donde la nao capitana de Andrea Doria llevó como estandarte la imagen guadalupana, y en 1582, Miles Philips daba su testimonio del culto guadalupano en el Tepeyac.
Ese testimonio se publicó hasta 1600, luego, en 1622, se inauguró el primer templo guadalupano en el Tepeyac, y en 1629 la imagen fue trasladada a la catedral, con motivo de una inundación en la cd. de México. ¿Por qué se preocuparía el arzobispado de poner en sitio seguro a una imagen "de una devoción desaparecida"?

Este detalle de la inundación revela que no solamente la devoción guadalupana no "había desaparecido", sino que además era lo suficientemente popular en México, como para que el Arzobispo se preocupara por la imagen.

Si "había desaparecido"-, ¿De dónde la sacó el P. Sánchez? La ermita y la imagen seguían en el Tepeyac, y el número de indígenas convertidos crecía igualmente.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Mas he aquí que el Br. Sánchez publica un libro (el primero en que se vió la historia de la Aparición á Juan Diego), y todo cambia como por encanto. ¿Era que en aquel libro se relataba, apoyada con documentos auténticos é irrefragables, una historia gloriosa, hasta entonces desconocida?



Icazbalceta señala como "por encanto" el cambio que se dejó sentir tras la publicación del padre Miguel Sánchez en 1648. Pero históricamente, el verdadero cambio se dio en 1531.
A los indios, el p. Sánchez no les contaba nada nuevo, pues ya habían recibido el mensaje, y lo habían testimoniado en diversos documentos (vease Documentación). El sr. Icazbalceta ignora casi por completo los testimonios indígenas, y llega a descalificar a los testigos indios de 1666.

En sí, lo que "cambió como por encanto", fue algo señalado por Motolinía en su Historia de los indios de la Nueva España, trat 2, cap. 1, p. 78, y quien escribe como "anduvieron unos años muy fríos" y como después de 5 años "despertaron muchos de ellos e hicieron iglesias, y ahora frecuentan mucho las misas cada día y reciben los sacramentos devotamente".
Por esto, y por la observación de Sahagún de la afluencia al Tepeyac, el imparcial debe reconocer que algo pasó, que levantó a los indios de la catástrofe moral y psicológica en la que se hallaban, y les hizo abrazar con fervor la fe cristiana. Sólo el milagro guadalupano explicaría conjuntamente este CAMBIO "como por encanto", y aparte, la afluencia al Tepeyac.

Ya lo han señalado anteriores apologistas: Icazbalceta propone que después de un "siglo de silencio" -que ni siquiera fue tal-, con la publicación de un libro -el de Sánchez-, TODO un país se "lavó el cerebro" y se tornó súbitamente devoto de la Guadalupana, y tan devoto, que hubo quienes llegaron a "afirmar bajo juramento lo que no era verdad", que fue lo que hicieron los testigos de 1666 según Icazbalceta.
Esto se complica más si consideramos que entre los testigos indígenas de Cuauhtitlán había quienes no sabían leer y quienes no hablaban español (el libro de Sánchez se publicó en español), además de que la obra de Sánchez sólo se imprimió una vez -y pocos ejemplares-, así que estaba difícil que TODO un país leyera el dicho libro -incluidos analfabetas y monolingües del náhuatl-, y TODOS se pusieran de acuerdo en asentir cándidamente a la publicación de Sánchez.

¿Será que la población de México en 1648-1666 estaba formada sólo por piadosos supercrédulos y perjuros?


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

(El P. Sánchez) tuvo la ocurrencia de publicar al fin del libro una carta laudatoria del Lic. Laso de la Vega, Vicario de la ermita misma de Guadalupe, en la cual el buen vicario confiesa sencillamente, que él y todos sus antecesores habían sido "unos Adanes dormidos que había poseído a esta Eva segunda sin saberlo", y á él le había cabido la suerte de. ser el "Adán despertado", lo cual en idioma corriente quiere decir que ni él ni todos los vicarios ó capellanes de la ermita habían sabido palabra del origen milagroso de la imagen que guardaban, hasta que el P. Sánchez lo había revelado.



Para estudiar el caso, se necesita saber QUÉ fue lo que "dio a conocer" Sánchez con su libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios Guadalupe. Celebra la aparición, cierto, pero esto no era nada nuevo en 1648. El propio Icazbalceta lo reconoce al situar el origen de la tradición hacia los años de 1555-1556.
NO. La novedad del libro de Sánchez era la idea de que la Guadalupana correspondía ni más ni menos que a la visión del apóstol San Juan, consignada en Apocalipsis 12, sobre una mujer coronada de estrellas. Así pues, con lo de "Adanes dormidos", Lasso de la Vega quería significar que no habían visto, ni caído en la cuenta, de que tenía ante sus ojos nada menos que una profecía bíblica cumplida; hasta hoy son muchos guadalupanos los que creen esto, que podría tener un matiz de cierto, tomando en cuenta que el libro de Apocalipsis, además de profético, está lleno de simbolismos y figuras.

Y en cuanto a los "Adanes dormidos", la verdad es que en cierto modo Lasso de la Vega y sus antecesores sí lo fueron, y hasta recientes fechas hemos comprendido muchas cosas sobre el Acontecimiento:
En primer lugar, la imagen está confeccionada a modo de amoxtli, es decir, de mensaje pictográfico, y que contiene una serie de detalles imposibles de ver para los no-iniciados, y precisamente por eso, visible para los indígenas pero invisible para los europeos.
En segundo lugar, y para probar lo que digo, cito a José Luis Guerrero, quien ofrece algunos comentarios al respecto:

Hubieron de pasar más de cuatro siglos para que los blancos cayéramos en la cuenta de eso, de que la imagen de la Señora del Cielo era un mensaje, un "Códice" indígena.

Hasta ahora los blancos empezamos a darnos cuenta de la diáfana claridad con la que la Señora del Cielo presentó sus credenciales ante sus hijos indios, usando un lenguaje preciso y rigurosamente técnico.

Pero eso es hoy; entonces lo veían exactamente al revés: entre más fieles a sus dioses, más infieles al único verdadero.
Sin embargo, aunque ya no pensemos así, y estemos seguros de que tales héroes del pensamiento y cumplimiento religioso se salvaron todos...

¡Qué lejos estaba el pobre Fray Toribio Paredes de Bevanente de poder entender que eso, precisamente eso que a él le parecía tan bello y sublime, era como sal en las llagas para los indios, la peor y más cruel de sus llagas: la religión cristiana!

La nueva religión recibía a sus candidatos con la bofetada de que todo lo que siempre habían creído y amado era falso, que haberlo amado y servido hasta la muerte no era un honor, sino una culpa de la que tenían que arrepentirse y avergonzarse, culpa que todos sus antepasados estaban pagando con eternos tormentos...

La única salvación posible era una "BUENA NUEVA" que viniera a explicarles y justificarles la pesadilla que estaban viviendo, que les redimiera su presente y les garantizara un futuro al menos tan digno como el que tenían antes...

Preguntémonos hoy, si podríamos nosotros aportarles ESO, con todos los recursos de que ahora disponemos, con toda la etnografía, antropología, teología post-Vaticano II y toda la buena voluntad que le pusiéramos...

¿Qué mente humana, pues, en el siglo XVI, bajo la desmenuzante vigilancia inquisitorial...
...pudo hacerlo tan perfecta, discreta y naturalmente como lo hizo?

Guerrero Rosado, José Luis, en Flor y Canto del Nacimiento de México



Y de obras como la de Sahagún (Historia General...) entiende el hombre moderno el abismo cultural que separaba a conquistadores y conquistados; por eso lo de los "Adanes dormidos" no anda tan desencaminado.
A propósito de Lasso de la Vega, y de su traducción del Nican Mopohua, comenta José Luis Guerrero:

Si alguna duda pudiera quedar de su identidad, es precisamente Ipalnemohuani, Teyocoyani, Tloque Nahuaque e Ilhuicahua Tlatipaque, nombres estos que a los españoles les sonaban como inocuos epítetos de poesía, y que jamás imaginaron eran nombres propios -y nombres técnicos- del Dios Verdadero, del mismísimo de ellos, que no podían concebir que conocieran los indios.
Tan de hecho no los entendieron, que tanto
Lasso de la Vega que dio el texto a la imprenta por primera vez en 1649, como todos los traductores hasta el P. Mario Rojas Sánchez, transcriben varios de esos nombres con minúscula, como meros adornos literarios.



Entonces, en cuanto a comprensión de la teología indígena, Lasso de la Vega seguía siendo lo suficiente "Adán dormido", como para no captar los nombres que daba el Nican Mopohua a Ométeotl, cuya Madre era la que venía como embajadora del cielo.

¿Menciona TODO ESTO el sincero señor García Icazbalceta? ¿Exhibe un mínimo de cultura indígena en su carta? ¿Demuestra conocerla, comprenderla, o sigue una línea españolista?

Bien mirado, a García Icazbalceta no se le puede achacar culpa de varias cosas. Cuando él desarrolló su actividad antiguadalupana, no había Concilio Vaticano II, no había análisis de Callagan y Smith, ni estudios científicos a la imagen, como tampoco aprecio directo por parte del Vaticano, hacia la Guadalupana, aprecio que se manifestó plenamente hasta Juan Pablo II.


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La crítica del sr. García Icazbalceta
a algunos testimonios guadalupanos

 




Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Confirmando el aserto de Muñoz he dicho, que antes de la publicación del libro del P. Sánchez, en 1648, nadie había hablado de la Aparición. Los apologistas, conociendo la urgente necesidad de destruir tal aserto, han alegado diversos documentos anteriores, cuyo valor conviene examinar. El Sr. Tomel (tomo II, PP. 15 y 18) los ha enumerado, dividiéndolos en probables y ciertos.

Los probables son:

l. Los autos originales formados por el Sr. Zumárraga.

2. La carta que el mismo escribió á los religiosos de su orden residentes en Europa.

3. La Historia de la Aparición escrita por el P. Mendieta y parafraseada por D. Femando de Alva.

Los ciertos son:

4o. La relación de D. Antonio Valeriano.

5o. El cantar de D. Francisco Plácido, Señor de Azcapotzalco.

6o. El mapa á que se refiere Doña Juana de la Concepción en las informaciones de 1666.

7o. El testamento de una parienta de Juan Diego.

8o. Los de Juana Martin y D. Esteban Tomelín.

9o. El de Gregoria Morales.

10o. La relación de D. Femando de Alva Ixtlilxóchitl.

11o. Los papeles que el Br. Sánchez sacó su historia de la Aparición.

12o. Unos anales que vió el P. Baltasar González en poder de un indio.

13o. La Historia de la Aparición en mexicano publicada en 1649 por el Br. Laso de la Vega.

14o. Una Historia de la Aparición que hasta 1777 se conservaba en la Universidad de México, "cuya antigüedad remonta hasta tiempos no muy distantes del suceso".

15o. El añalejo de la Universidad citado por Bartolache.



Mirando esta lista, puedo citar algunos documentos que le faltan a Icazbalceta, como el Códice Sutro, los anales de la colección Gómez de Orozco, los anales de Chimalpaín, el diario de Miles Philips, los anales de Juan Bautista, el códice 1548, el sermón de Fray Alonso de Montúfar previo al de Bustamante, etc.

Actualmente se siguen descubriendo nuevas piezas históricas, como por ejemplo el Códice 1548 o Escalada, descubierto en 1995.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Como se advierte, la lista de documentos es bastante larga; pero la desgracia ha querido que (á excepción del número 13), ninguno se halla publicado, ni siquiera se sepa que exista en alguna parte.



Bueno, se sabe que la versión más antigua del Nican Mopohua está en la Biblioteca pública de Nueva York, y no lejos de ahí está el Códice Sutro, en el Museo Indiano de la misma ciudad.
Los anales de Bartolache están en la biblioteca Boturini de la basílica de Guadalupe.
Otros documentos en náhuatl, como los Cantares del indio Plácido -citado por G.I.-, y los hallados por el padre Garibay Kintana en el repositorio de la Biblioteca Nacional, y que hacen alusión a los milagros en la traslación de la imagen de México al Tepeyac (1531), complementan los testimoniales indígenas.

Mi capítulo sobre Documentación, copiado a partir del sitio web de la Basílica de Guadalupe, proporciona el Repositorio de diversos testimonios históricos guadalupanos.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

El cantar de d. Francisco Plácido fué dado al P. Florencia por D. Carlos de Sigüenza, quien le halló entre escritos de Chimalpahin. No falta quien piense que no ha habido escritor de tal nombre.
Aunque yo no me atreva á tanto, creo que la sola circunstancia de haberse cantado el día que "de las casas del Sr. Obispo Zumárraga se llevó á la ermita de Guadalupe la sagrada imagen", basta para negar la autenticidad del himno, pues no hubo tal ocasión de que se cantase.



Empecemos puntualizando que el himno de Francisco Plácido no dice "ser compuesto para la ocasión de la traslación de la imagen", por lo que no puede descartarse su autenticidad, por lo que otras personas afirmen sobre cuándo se cantó el mismo.
En su Flor y Canto del Nacimiento de México, José Luis Guerrero coloca completo el cantar, y además lo analiza finalmente, pues el himno está repleto de lenguaje indígena, que expresa el éxtasis de felicidad de la raza india: Ahora era Ométeotl quien venía a ellos, y no ellos quienes intentaban buscarlo a través de LAS FLORES Y LOS CANTOS.
Si se ha de tomar por inventado este himno, García Icazbalceta tuvo que haber pensado en un "inventor" indígena, pues ningún español hubiera podido componer un canto de ese estilo y lenguaje.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Los pasajes citados (Del añalejo de Bartolache) son: uno del año 13 cañas, 1531, que traducido al castellano dice: "Juan Diego manifestó á la amada Señora de Guadalupe de México: llamábase Tepeyacac".

Si el añalejo de Bartolache llegaba a 1737, la copia era, cuando menos, de esa fecha, que es precisamente la de la peste que fué causa ú ocasión de la jura del patronato de Ntra. Sra. de Guadalupe. Muy fácil fué añadir entonces en la copia estos pasajes, al frente de los signos correspondientes



Aquí el asunto se pone más grave, pues García Icazbalceta está acusando -sin aportar pruebas- a Bartolache de haber "añadido pasajes" a los Anales encontrados en la Biblioteca de la Universidad; esto evidencia ya un antiguadalupanismo deseoso de no verse contradicho, y capaz para ello, de acusar a quienes exhiben documentos, de "añadirles pasajes".

Como atenuante para su acusación, Icazbalceta añade -justificando- "en un añalejo de pocas fojas, no original sino copia, concluido cuando se hallaba más exaltado el sentimiento piadoso en favor de la imagen...". Para mí no es bastante ese "sentimiento piadoso", como para creer que un documento fue manipulado con mala fe, para hacerlo pasar por probatorio, a menos que nos arriesguemos a juzgar la conciencia del sr. Bartolache.

Acusar a Bartolache tiene también sus asegunes, pues Bartolache no era especialmente entusiasta de la aparición. Su Manifiesto satisfactorio, donde informa de sus observaciones a la tilma guadalupana, carece del fervor de otros informes similares, llegando incluso a desmentir algunas afirmaciones anteriores de Miguel Cabrera.

Pues no me meteré más en esto, excepto que García Icazbalceta no da pruebas de que Bartolache cometiera semejante engaño a conciencia.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

A las informaciones se agregaron dictámenes de pintores y de médicos. Los primeros afirmaron que aquella pintura excedía á las fuerzas humanas, y los segundos que su conservación era milagrosa.
Contra aquéllos hay la declaración pública del P. Bustamante: él dijo en el púlpito que la imagen era obra del indio Marcos y nadie le contradijo.



Aquí sí hago la vista gorda a las declaraciones de Icazbalceta, quien descalifica las conclusiones de científicos y artesanos del siglo XVIII, mientras que hoy se disponen de datos mucho más sólidos y avalados por mejor tecnología, como son los análisis con rayos infrarrojos que hicieron Callagan y Smith, y los exámenes de los ojos de la Guadalupana, ya célebres cuando se habla de Ella.

Pero Icazbalceta, capaz de acusar a alguien de "añadir pasajes", sin pruebas visibles, se aferra constantemente al sermón de Bustamante, y si hemos de creer a su insistencia, parecería que el indio Marcos pintó la imagen porque así lo dijo Francisco de Bustamante.
Nadie le contradijo -en lo que respecta a Marcos-, porque Bustamante tampoco aportó pruebas de que Marcos fuera el autor de la imagen, y una prueba excelente hubiera sido -¿por qué no?- el asentimiento del propio Marcos.

Añadiré un comentario más, basándome en el texto del p. Agustín de la Rosa; Icazbalceta da más crédito a un orador exaltado y libre de juramento, que a un grupo de 20 artistas y sabios que afirmaron bajo juramento y con calma profesional, que la imagen es milagrosa.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

Los colores de los indios eran muy diversos de los nuestros, y por eso no es extraño que causasen confusión a los pintores de los siglos XVII y XVIII, hasta hacerles imaginar que en un solo lienzo se reunían cuatro géneros de pintura, diversos y aún opuestos entre Si: ellos no conocían ya aquella especie de pintura. Esto, las ideas preconcebidas, y el respeto que infunde un concurso de personas graves, explican bien los dictámenes de los peritos antiguos.



Lamentablemente, Icazbalceta no dispuso de los estudios hechos a los colores, pigmentos y pinturas, con rayos infrarrojos, con los cuales queda más científicamente asentado qué partes de la imagen son milagrosas, y qué partes NO LO SON.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

No la había en el año de 1646 porque los capellanes mismos del santuario ó ermita la habían ignorado é ignoraban, hasta que el libro del P. Sánchez vino a abrirles los ojos. ¿Dónde, entre quienes andaba, pues, la tradición?. Tampoco es quod ab omnibus porque ninguno de los distinguidos escritores de ese período la conocían, ó á lo menos ninguno la creyó digna de aprecio.



Y a mi entender, en parte sucedió fue lo último: No la creyeron digna de aprecio, a tal punto que Sahagún la califica de "idólatra", mientras que notaba la interesante concurrencia de los indios al Tepeyac.

¿No parece, por lo tanto, que la Guadalupana no significaba mucho para los españoles, pero sí para los indios?

Aquí Icazbalceta pregunta: ¿Dónde, entre quienes andaba, pues, la tradición?, parece que se olvida de que en el num. 68 de su carta afirma que los indios que declararon en 1666 "conocían la tradición por sus antepasados".
¿Entre quienes andaba la tradición?, pues usted lo dice, sr. Icazbalceta: Entre los indígenas, quienes lo habían recibido de sus antepasados.


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Icazbalceta hace algunos comentarios al texto del Nican Mopohua, en aspecto crítico, aunque -hay que señalar-, no toma en cuenta la mentalidad indígena y su comportamiento consecuente. Poco rigor cultural hay en éstos comentarios de Icazbalceta.

Y á poco para no encontrarse con la Virgen y evitar una reconvención, toma otro camino: esto no es candidez sino ignorancia absoluta de la religión que había abrazado.

¿Qué idea tenía de la Sma. Virgen el buen Juan Diego, cuando con esta pueril estratagema pensaba excusarse de ser visto por la Soberana Señora?,



Comenta José Luis Guerrero sobre ésto:

Fijémonos en el frescamente ingenuo sabor de autenticidad que este episodio confiere al relato, hasta aquí acentuado de sobrenaturalidad: Juan Diego se considera sólo un enviado, su trato con la Madre de Ometéotl no lo ha convertido en un "influyente" y ni siquiera se le ocurre ir a pedirle un milagro; muy al contrario, no sólo deja de acudir a la cita por buscar al médico, sino que intenta escondérsele puesto que no puede atenderla por ir a llamar al sacerdote, con un gesto típico de la cortesía india, que aborrece decir que no, y, cuando no puede conceder algo, busca otros medios que no sean la negativa directa. (Cosa que inconcientemente seguimos haciendo los mexicanos, para asombro -y a veces fastidio- de los extranjeros.). Pero su estratagema no vale, pues la Señora le sale al paso. El, apenado, trata de disculparse con palabras de espontaneidad y candor exquisitos:

"<<-Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía. Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se la ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo, porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte. Mas, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa.>>" ( ).

Posiblemente bastarían esas palabras para demostrar que ese relato jamás pudo ser, como se ha dicho, una ficción española para convertir a los indios. Nunca un español hubiera orado así: Conservamos bastantes oraciones en náhuatl, hechas por ellos para el uso de los indios, y ninguna siquiera se aproxima a ese tono de frescura e inocencia tan infantiles y tan amorosas, y en el cual, sin embargo, todo mexicano, de entonces o de ahora, reconocería su forma de hablar con su Madre del Cielo. Igualmente, la respuesta que merecen sus palabras es arquetípica de la refinadísima cortesanía náhuatl.



Significa, por lo tanto, que no tiene nada de extraño, y sí mucho de lógico, el que Juan Diego intentara evadir de algún modo la visión de la Señora, preocupado por algo tan urgente como era la enfermedad de su tío.

Es el problema con García Icazbalceta: ¿Esperaría que un indio del siglo XVI se comporte como un blanco del siglo XIX?.


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Texto de la Carta de Joaquín García Icazbalceta:

La última vez que Juan Diego se presentó al Sr. Obispo llevó las credenciales de su embajada, que eran las rosas solamente, según unos, y esas y otras flores según otros. Ciertamente que la seña no era para creída. Se hace consistir lo maravilloso del caso en que el indio hallara las flores en la estación del invierno y que estuviera en la cumbre de un cerro estéril. Lo primero nada tenía de particular, porque los indios eran muy aficionados a las flores y las cogían en todo tiempo. Vemos hoy que no hay mes del año en que no se vendan en México ramilletes de flores á precio ínfimo. La segunda circunstancia no le constaba al Sr. Zumárraga;no sabía en qué lugar se habían cortado aquellas flores, que bien podían provenir de una chinampa.



Esto merece comentarios detallados. Vaya que la señal de las rosas era de por sí peculiar, aunque Icazbalceta no esté de acuerdo.
Señala al respecto J.J. Benítez:

Según el texto del Nican Mopohua, "la cumbre del cerrito no era lugar donde se dieran ningunas flores, sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, nopales, mezquites, y si acaso algunas hierbecillas que se solían dar, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo come, lo destruye el hielo".

A pesar de todo, la tradición nos cuenta que Juan Diego abrió su ayate, y "rosas de Castilla" y otras flores aparecieron ante los atónitos ojos de fray Juan de Zumárraga y de cuantos estaban con él.
Después de preguntar a los especialistas Teófilo Herrera, director del Departamento de Botánica, y Ermilo Quero, responsable del Jardín Botánico, ambos dependientes de la UNAM, así como al director del Herbolario del IPN de México, sr. Rendowsky, sólo pude llegar a una conclusión: era muy difícil, -si no imposible-, que en el mes de diciembre pudieran florecer de forma natural, rosas en el Tepeyac.



Esto corresponde a la primera impugnación, que los indios recogían flores todo el tiempo; porque ciertamente
no las podían recoger en el Tepeyac, y menos en diciembre.




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Conclusiones

 




Pero si la historia de la Aparición no tiene fundamento histórico, ¿de dónde vino? ¿La inventó por completo Sánchez? No lo creo. Algo halló que le diera pie para su libro. Tal vez llegó a sus manos una relación mexicana, á que añadiría nuevas circunstancias como acostumbraban los escritores gerundianos.



Con este comentario, Icazbalceta da a entender que en su opinión, la historia de las Apariciones data de 1648, con el libro del p. Sánchez, y NO desde 1550-56, con la aparición del Nican Mopohua.

El p. Agustín de la Rosa, quien escribió una crítica a la Carta de Icazbalceta, hace notar lo siguiente:
En el número 68 de su carta, Icazbalceta remonta el inicio de la tradición guadalupana "en los años de 1555-1556", pero en el num. 59 resulta que "no había tal tradición" en 1648 cuando salió el libro de Sánchez. En el num. 59 pregunta con tono escéptico entre quiénes anduvo la tradición en el intervalo 1531-1648, pero en el número 68 se contesta a sí mismo, reconociendo que los indios testigos en las Informaciones de 1666 conocían la tradición "por sus antepasados".

Antiguadalupanos más modernos han reconocido -por no quedarles otro remedio-, que la tradición guadalupana se remonta al Nican Mopohua, y no a Miguel Sánchez, y a quien tienen que acusar de "inventar" el asunto, es a Antonio Valeriano, personaje que Icazbalceta menciona poco a lo largo de su Carta, atribuyéndole la composición del Nican Mopohua como de una "drama".


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Católico soy; aunque no bueno, Ilmo. Sr., y devoto en cuanto puedo, de la Santísima Virgen; á nadie querría quitar esta devoción: la imagen de Guadalupe será siempre la más antigua, devota y respetable de México. Si contra mi intención, por pura ignorancia, se me hubiese escapado alguna palabra o frase mal sonante, desde ahora la doy por no escrita.



Quede claro que en lo personal simpatizo con la actitud de Icazbalceta, aunque señalo también de paso algunas que evidentemente son FALTAS SUYAS, tales como ignorar dentro de su Carta la cultura y la mentalidad indígena, y como acusar a un testigo de "añadir pasajes" a un añalejo encontrado, y que -malo para la causa de Icazbalceta-, sería testimonio del milagro guadalupano.

Y otras FALTAS no son suyas, sino de SUS circunstancias, y de las cuales no se le puede culpar, como es el no contar con los estudios modernos hechos a la imagen, tanto a los ojos de la Virgen, como a los estudios de la tilma y de los colores que tiene "impresos", con rayos infrarrojos.


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De todo corazón quisiera yo que (un milagro) tan honorífico para nuestra patria fuera cierto, pero no lo encuentro así; y si estamos obligados a creer y pregonar los milagros verdaderos, también nos está prohibido divulgar y sostener los falsos. Cuando no se admita que el de la Aparición de Ntra. Sra.de Guadalupe (como se cuenta), es de estos últimos, a lo menos, no podrá negarse que está sujeto a gravísimas objeciones.



Efectivamente, reconozco que hay GRAVES objecciones al suceso Guadalupano como se cuenta -digamos- en el Nican Mopohua, pero me parecen todavía más "graves" -si se me permite esta palabra-, los elementos que hacen pensar en la veracidad del milagro guadalupano.
Personalmente, no pondría mis manos en el fuego por el Nican Mopohua, y creo, igualmente, que muchos detalles del mismo son, o bien subjetivos, o bien agregados como complemento, pero incluso estos últimos, basados antes que nada en la Religiosidad y Sociología del Indígena, factores casi inexistentes en la Carta Antiaparicionista que hemos analizado.

Quiero ser honesto al investigar, y por lo mismo, para que mi Investigación NO SEA UNILATERAL, incluyo las objecciones antiguadalupanas, para así tomar en cuenta tanto a quienes defienden la Aparición, como a quienes la niegan.

Me interesan también otros puntos a tomar en cuenta sobre Joaquín García Icazbalceta y su Carta, por lo que el tema...
... continúa en (Apéndices sobre la Carta y actitud del sr. García Icazbalceta)

donde se revisarán los siguientes tópicos:

-Notas sobre la Carta antiaparicionista.

-Texto del p. Agustín de la Rosa en que refuta la Carta antiaparicionista.

-Retractación de García Icazbalceta.