La Conquista de México (parte 2)

Desde que Cortés apresa a Motecuhzoma
hasta el Trauma indio de la Conquista

Por Jesús Hernandez

Tomado de www.luxdomini.com

 

Sección  de Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe



Motecuhzoma prisionero

 



Creyendo tener más seguridad de ese modo, Cortés hizo prisionero a Motecuhzoma, exigiéndole quedarse como rehén en el palacio de Axayácatl. [1]
Motecuhzoma aceptó de mala gana, pensando finalmente que iba, como buen mexica, a resistir hasta el final a Quetzalcóatl, sin seguirle el juego, y convencido de que realmente un enfrentamiento militar hubiera sido una catástrofe cósmica.
Menos instruido en asuntos religiosos, el hermano de Motecuhzoma, Cuitlahuac, desde el principio estuvo en contra de los “teules”, y sería uno de los más recios opositores de los invasores.

Haré aquí un Apéndice: A pesar de ser aztecas ambos, a Motecuhzoma se le ha tachado de traidor y cobarde, y a Cuitlahuac de valiente y honorable. Lo cierto es que el Tlatocan, a la muerte de Ahuizotl, escogió para el cargo de huey tlatoani a Motecuhzoma y no a Cuitlahuac, de lo cual se sabe que Motecuhzoma reunía más virtudes para ser huey tlatoani que su hermano.
Simplemente, Motecuhzoma sabía más de religión que Cuitlahuac, y mientras Motecuhzoma estaba firmemente convencido de la invencibilidad de Quetzalcóatl, y del desastre que caería sobre el mundo si se enfrentaba contra Huitzilopochtli, Cuitlahuac, en cambio, creía que Huitzilopochtli debía enfrentar y podía vencer al nuevo Quetzalcóatl.

Cuitlahuac había sido tomado como rehén, junto con Motecuhzoma y otros nobles, y Cortés lo dejó en libertad con la misión de calmar al pueblo, el cual empezaba a cansarse de los rapaces “teules”.
Pero Cuitlahuac hizo todo lo contrario, y organizó y preparó una oposición formal a los españoles. Éstos, mientras tenían cautivo al huey tlatoani, acumularon fastuosas cantidades de oro, fundiéndolas y preparándolas para ser repartidas como botín. [2] Cálculos más o menos exactos cifran el oro fundido en miles de millones de pesos actuales. [3]

Entonces la situación empezó a complicarse. Para los aztecas, Quetzalcóatl, habiendo vencido, y reconocida su victoria, debía retirarse, dejando establecidas sus condiciones; pero resultaba que éste Quetzalcóatl no sólo no se iba, sino que además, se dedicaba a rapacear todo lo que podía, contradiciendo a sus honorables antecedentes, pues el antiguo Quetzalcóatl si por algo había destacado, había sido por su sabiduría y su prudencia.
Los tenochcas pues, rápidamente se fastidiaron con los españoles y empezaron a indignarse ante las pocas ganas de irse que mostraban los intrusos. El Tlatocan, entonces, conminó a Motecuhzoma a intimar a los blancos a que se fueran, cumplida su misión de embajadores vencedores, y que de no hacerlo, habría guerra. [4]

A esto se añadió la Jura de Vasallaje que Cortés exigió al tlatoani y a los aztecas, y que ellos realizaron [5] , aunque en el convenio ambas partes entendían cosas totalmente distintas: Para los españoles, la Jura de Vasallaje significaba que los aztecas aceptaban que España gobernaría ahora no sólo Tenochtitlán, sino todo el Anáhuac y el Tlatocáyotl, a través de gobernadores españoles, quienes se establecían definitivamente ahí. Para los aztecas, en cambio, tal juramento era una confirmación de algo ya sabido y aceptado: que Quetzalcóatl vencía a Huitzilopochtli, y que estableciendo sus "términos", se retiraría según el procedimiento que regía a las conquistas en el Anáhuac. [6]

En medio de todo esto, llegó a Motecuhzoma una noticia que transmitió a Cortés, y era la siguiente; 19 barcos habían echado ancla en Veracruz, y no menos de 1500 soldados, entre infantería y caballería, habían desembarcado en el mismo lugar en donde meses antes había arribado el propio Cortés.
Éste ejército hispano no venía con parabienes y apoyo de Carlos V, sino todo lo contrario, era una expedición organizada por Diego de Velázquez y el obispo de Burgos, don Juan Rodríguez de Fonseca, enviada para castigar a Cortés, tomarlo preso y llevarlo a Cuba, por rebeldía. [7]
Dicha expedición venía al mando de Pánfilo de Narváez, sobrino de Velázquez, y con él un oidor de la Audiencia de Santo Domingo, quien tenía la misión de procurar justicia contra Cortés pero cuidándolo del rencor de Velázquez.
Cortés recibió con desagrado la noticia, pues sus hombres eran muy inferiores en número y en equipo; pero al mismo tiempo, no quería dar tiempo a Narváez de organizarse.
Agradeciendo a Motecuhzoma el aviso, Cortés se dispuso a ir a Veracruz y de algún modo arreglar la situación, pero dejó una cierta cantidad de efectivos en Tenochtitlán, que mantendrían a Motecuhzoma como rehén, y al mando de los cuales puso al capitán Pedro de Alvarado [8].

El enfrentamiento de Cortés y Narváez

 



Después de la partida de Cortés, el gobernador de Cuba, enfurecido, había reunido, poco a poco, un ejército mayor que el que se había llevado el rebelde, y mil 500 soldados en aquellos lugares era un ejército considerable.
A las órdenes de Pánfilo de Narváez los españoles desembarcaron, y se hallaron cerca de Cempoala, a donde llegaron para tener contacto con el ayuntamiento de Veracruz.
Unos días más hubieran bastado a Narváez para tener una mejor idea de la situación; pero Cortés, con soldados españoles y aliados tlaxcaltecas se movía rápidamente, para impedirle la marcha.
El comandante de Veracruz, Sandoval, tomó prisioneros a varios hombres enviados por Narváez, y se los envió a Cortés, quien en vez de maltratarlos, los compró a golpes de oro y obsequios, y así los envió de vuelta al campamento de Narváez, con la misión de convencer al resto de la expedición de que se pasaran a su bando. Al mismo tiempo, estos emisarios informaron a Cortés de que Narváez no tenía muy buenas relaciones con sus capitanes. [9]

Pronto, los soldados de Narváez habían cambiado de opinión; no iban a luchar contra un vulgar rebelde, sino contra uno a quien los indígenas desde Veracruz hasta México, reconocían por soberano, y que Cortés aparte de sus tropas disponía de miles de aliados indígenas; aparte de esto, supieron que Cortés había despachado informaciones al Rey de España [10] , y que además, disponía de riquezas suficientes para repartirles y dejarlos ricos.
Ellos sabían -tan bien como Cortés-, que en el corrupto y revuelto mundo de la burocracia castellana, triunfaba quien tenía oro.

Así, en perfecto montaje teatral, Cortés atacó el campamento de Narváez en Cempoala, una tormentosa noche, y los soldados de Narváez hicieron algunos disparos, para aparentar que se defendían, pero al día siguiente todos estaban alineados con Cortés, -algunos hasta tuvieron la desvergüenza de ponerse a tocar pífanos y tambores celebrando su propia "derrota"-, y Cortés hizo venir a Narváez, encadenado y con un ojo reventado, y Narváez le dijo que considerara muy gran empresa haberlo vencido, pero Cortés, con el desparpajo de quien se sabe vencedor, le dijo que era poca cosa lo que había hecho. [11]
Cortés estaba eufórico; tenía tropas, riquezas, y era el dueño de México, teniendo a todos los indios bajo su control.

Y en medio de su alegría, vino a caerle un balde de agua helada; en Tenochtitlán los aztecas se habían levantado en armas, liberando al fin su exasperación contenida, y para atacar a la guarnición de Alvarado, habían sitiado el palacio de Axayácatl. [12]
Aparentando calma, Cortés decidió apurar el paso, y regresar a la gran ciudad con su nueva tropa, antes de que fuera demasiado tarde.

Quetzalcóatl quebranta el pacto; la Matanza del Templo Mayor

 



Al marchar Cortés con rumbo de Veracruz, había dejado en Tenochtitlán a unos 80 soldados, al mando de Pedro de Alvarado, a quien los indios llamaban “Tonatiuh” por su pelo rubio. Con él se habían quedado soldados incapacitados para hacer la larga y rápida caminata que llevaría Cortés en su viaje, y todos los que eran sospechosos de lealtad al gobernador Velázquez.
Atemorizados al verse tan reducidos en número, su espanto iba en aumento, debido en parte a los tlaxcaltecas y a la Malinche, quienes como indios tenían miedo de que se acababa el año de Quetzalcóatl, y que había llegado a la costa un “antiQuetzalcóatl”, que quizá ya hubiera dado muerte a Cortés, y se acercaba la fiesta de Tóxcatl, punto cronológico donde se manifestaba en su máximo poder Huitzilopochtli-Tezcatlipoca. [13]
A los españoles se les metió en la cabeza la idea de que los mexicas preparaban una conspiración; y paradójicamente, los mexicas también temían que los españoles los atacaran por sorpresa, como habían hecho en Cholula. [14]
Sólo por el honor los mexicanos se mantenían impávidos, sin estado de guerra no podía haber ataque, y confiaban en que Quetzalcóatl no los atacaría sin previa declaración.

Alvarado por fin se decidió; se adelantaría al ataque, y él tomaría la iniciativa, quitando así a los indígenas toda idea de conspiración. [15]

Entonces, cuando los aztecas danzaban en la fiesta de Tóxcatl, 40 españoles armados, dirigidos por Alvarado en persona, cerraron las puertas del Gran Teocalli, e iniciaron una tremenda matanza, atacando súbita y mortalmente a todos los indígenas, quienes no estaban armados.
Pese a su número, los indígenas no pudieron hacer nada por defenderse, y los españoles hicieron una masacre, dejando muertos a varios centenares de indígenas, entre ellos nobles y sacerdotes. [16]

DOS ESCENAS DE LA MATANZA DEL TEMPLO MAYOR



Y esto colmó la paciencia de los aztecas, ya puesta a prueba. Los aztecas, pese a estar hartos de los españoles, no los habían atacado por la orden terminante de Motecuhzoma, reconociendo además argumentos irrefutables: No habiendo guerra no podían atacar, y quien violara tal pacto quedaba sin honor, que era lo más apreciado por el guerrero mexica.
Pero ahora había sido Quetzalcóatl quien violaba el pacto, y además dejaba al descubierto su debilidad, pues debía tener mucho miedo a Tezcatlipoca como para haberse rebajado al ataque a traición sobre gente inerme; ya no había atenuantes, ahora ellos tenían derecho de responder. [17]

Y los aztecas pusieron sitio al palacio de Axayacatl, iniciándose una serie de combates que dejaron claro que los españoles no resistirían mucho tiempo.
Alvarado esperaba refuerzos de Cortés, quien regresaba a marchas forzadas con más españoles y tlaxcaltecas, pero todavía faltaban varios días de camino para que llegara.
Alvarado echó mano de Motecuhzoma, dándole la orden de calmar a su gente, y Motecuhzoma accedió pero no por Tonatiuh sino por su pueblo; él estaba convencido de que el choque iba a favorecer a los “teules”, y que su pueblo, aunque tenía la razón por ser el ofendido, era demasiado débil para enfrentarse a los “teules”, a quienes no había que hacer el juego.
El sobrino de Motecuhzoma, Itzacahuatzin, salió a hablar a los mexicas, diciéndoles que Motecuhzoma les mandaba decir que no lucharan, que no eran competentes para vencer a los “teules”, que no podían hacerles frente y que por eso dejaran de luchar.[18]

Pero los aztecas ya no compartían la fatalista visión de la invencibilidad de Quetzalcóatl, y menos porque el año Ce-Acatl había terminado, y respondieron llenos de furia: “-¿Qué es lo que dice ese ruin de Motecuhzoma? ¡Ya no somos sus vasallos!” [19]
A los españoles simplemente no les cupo en la cabeza la idea de que un emperador fuera depuesto por un consejo, siendo para ellos la monarquía de derecho divino (previo al absolutismo), y Motecuhzoma, cada vez más deprimido, supo que el Tlatocan iba a quitarle el cargo de huey-tlatoani.

El retorno de Cortés y la muerte de Motecuzhoma



Las tropas de Cortés, especialmente los novatos llegados con Narváez, tuvieron miedo al acercarse a la enorme ciudad, ahora que era hostil, y quisieron quedarse en Tacuba o Texcoco, pero Cortés tenía la firme decisión de entrar, y el 24 de junio llegó a su cuartel sin ninguna dificultad.
Cortés se sintió furioso; había entrado fácilmente, sus guarnición estaba sana y salva, y no había visto indios por ninguna parte. [20]

Todo esto lo llevó a regañar a Alvarado por su torpeza en atacar a los indios y luego por llamarlo como si su situación fuera apurada; y precisamente, había fracasado en su intento de impresionar a los soldados de Narváez. Entonces, seguro de que la situación estaba bajo control, despachó un correo a Veracruz dando la buena noticia, pero a los pocos minutos el mensajero regresó sangrando, anunciando que los aztecas venían a atacarlos, en masa, armados y furiosos. [21] Una vez más, Cortés confió en la buena suerte que hasta el momento había tenido, y envió a Ordaz con 400 hombres prácticamente para calmar el berrinche de los mexicas. [22]
Este iba a ser el primer choque directo entre españoles y mexicas, sin que se interpusieran los muros del palacio de Axayácatl.
Y los españoles se llevaron la sorpresa de su vida; pues los "guerreros del Sol" lucharon con una fuerza descomunal, dando muestras de una calidad militar y de un espíritu de combate tan formidables, que los españoles fueron completamente rechazados, sin poder sostener pelea.
Aquello dejó perplejos a los castellanos; les resultaba increíble que meses antes, siendo tan pocos, hubieran podido contra Tlaxcala, y que ahora, con miles de aliados y reforzados por el formidable ejército de Narvaez, los aztecas los habían vencido, con una facilidad que los avergonzó, y no les cupo duda de que no habían combatido pidiendo la ayuda de Dios con suficiente fe. Se propusieron pues, ponerse en oración para dar su máximo esfuerzo al día siguiente.

Pero cuando volvieron a enfrentarse a los mexicanos, todo su "máximo esfuerzo" fue inútil. Los aztecas atacaban con una potencia imparable, y durante varios días, en todos los combates fuera del palacio, los españoles salieron siempre derrotados, aunque entre ellos hubo pocos muertos (lo cual atribuyeron a un milagro de Dios), pero se debía, sin embargo, a que los mexicas no tenían la costumbre de matar a sus enemigos en el campo de batalla.

Una y otra vez, la ferocidad y arrojo de los mexicas tuvo en jaque a los españoles; y no cabe duda de que si los aztecas hubieran utilizado la táctica de herir y matar en combate, habrían acabado con todos los españoles.[23]

Humillado, Cortés no tuvo más remedio que recurrir a Motecuzhoma, ofreciéndole la rendición y la retirada. [24]
Motecuzhoma se resistió a aceptar, sabiendo de antemano que su pueblo ya no iba a obedecerlo. [25]
Aún así, finalmente salió con una escolta al pretil de la azotea, y empezó a hablar al pueblo.
Los aztecas guardaron silencio, mientras una embajada del Tlatocan se adelantó, y le anunciaron, con toda ceremonia, que había sido depuesto, y que ya no era huey-tlatoani de Tenochtitlán [26] , además de que el nuevo jefe era Cuitlahuac, precisamente, uno de los más enconados enemigos de los españoles, y que no iban a retirarse. Apenas terminaron el mensaje, los indígenas atacaron con una lluvia de flechas y piedras el palacio, y Motecuzhoma se desplomó alcanzado por una pedrada y un flechazo.

Este hombre moría fiel aún tanto a Quetzalcóatl como a Huitzilopochtli, muerto a manos del "Pueblo del Sol" a quien a toda costa intentara proteger. La Historia Oficial lo ha descrito como un cobarde y poco menos que un "vende-patrias"; ignorando lamentablemente su conflicto interior entre lealtades opuestas, y toda la defensa que plantó a los "teules".
Cortés nunca pudo comprender qué había sucedido en el corazón de Motecuhzoma, y para él, el "emperador" le había entregado Tenochtitlán y el imperio azteca en un acto de miedo, agachez y poca hombría, ignorando el conflicto divino que detrás de ello había, y todas las angustias e infortunios de Motecuhzoma.

Murió Motecuzhoma, y con ello los españoles contemplaron la situación de manera distinta: ya no combatían a indígenas que defendían sus tierras, ni siquiera combatían a enemigos, sino que combatían a traidores contra el rey Montezuma y contra Carlos V, quienes además "habían violado el Pacto de Vasallaje".

La Noche Triste

 



La muerte de Motecuzhoma no cambió mucho las cosas, en lo que a los españoles se refiere.
El nuevo huey tlatoani era el noble Cuitlahuac, quien desde el primer momento fuera acérrimo opositor de ellos, y al frente de su pueblo estaba decidido a exterminarlos -uno por uno si fuera necesario-, en la piedra del sacrificio.
Los soldados de Narváez maldecían la aventura en la que se habían ido a meter, y lamentaban ahora haberse pasado el bando de Cortés, cuyas gloriosas promesas resultaban ahora más defraudadas que nunca.

Entre los españoles cundió la desesperación, y empezaron a ver fantasmas y visiones [27] , y aunque Cortés estaba decidido a no rendirse ni a huir, sus hombres cada vez daban muestra de mayor quebranto psicológico. Entre los españoles se hallaba un astrólogo llamado Botello, quien repitió varias veces que sólo podrían salir una noche de Tenochtitlán, o ya no saldrían jamás.
Cortés quiso oponerse a los vaticinios de Botello, pero la autoridad de éste en cuanto nigromancia era indiscutida por el resto de la expedición, y los capitanes se alinearon en formal motín contra Cortés: Iban a salir, con capitán general o sin él [28] .

Finalmente Cortés cedió, y según la predicción de Botello, sólo podían salir a cierta hora de la noche [29] .
Esa noche salieron los españoles y tlaxcaltecas del palacio de Axayácatl, y en medio del silencio nocturno, caminaban cargando el oro de Motecuzhoma, a sus heridos y sin hacer ruido, procurando eludir la vigilancia que los mexicas mantenían alrededor de la ciudad.
Para salir, la expedición tomó la calzada de Tacuba, que aunque estaba en dirección contraria a Tlaxcala, era la que llegaba más pronto a tierra firme.

Ya habían cruzado parte de la Calzada, cuando repentinamente fueron descubiertos, se supone que por una mujer, quien dio el grito de alarma [30] , y de inmediato, el ejército azteca inició un ataque terrible sobre los españoles.
Desde sus canoas, los indígenas atacaban con flechas y lanzas en cargas cerradas a los españoles, quienes se precipitaron en medio de confusión y muertos a uno y otro lados de la calzada, dejando caballos, armas, bagajes y tesoros en la calzada y en el lago. [31]
Los españoles que pudieron salir huyeron a toda prisa, todos en una dirección, hasta Popotla, donde los aztecas dejaron de atacarlos; para ellos, su aplastante victoria era muestra de que en el último momento, Huitzilopochtli había resultado más poderoso que Quetzalcóatl, y mediante juego limpio, en vez de traiciones y trampas, había destrozado a su ancestral rival. [32]

LOS TENOCHCAS DERROTAN A LOS CASTELLANOS

 



La derrota española fue contundente, y Bernal Díaz del Castillo cifra las pérdidas castellanas en 860 hombres [33] , añadiendo a sus pérdidas la de casi la totalidad de aliados tlaxcaltecas.
Y una vez en Popotla, donde algunos cronistas cuentan que Cortés lloró al pie de un ahuehuete [34] , fueron atacados nuevamente por los tacubanos, miembros de la Triple Alianza y por lo tanto, aliados inmediatos de Tenochtitlán.
Siguiendo su ruta de huida, los españoles llegaron a Otancalpulco, población otomí, y fueron retirándose hacia Tlaxcala, pero entre ellos y sus aliados se interponía la llanura de Otumba.

Batalla de Otumba y entrada de los españoles en Tlaxcala

 



Los mexicas regresaron a su ciudad, y llegando a Tenochtitlán, capturaron a los que habían retrocedido ante el ataque para refugiarse de nuevo en el Palacio de Axayácatl, y varios españoles y tlaxcaltecas fueron sacrificados a los dioses. Con su triunfo latente y con el corazón alegre, los mexicanos empezaron a limpiar la calzada y el lago, y se apoderaron de todo lo que los españoles habían dejado en su fuga. [35]


Al tiempo en que esto acontecía, los españoles derrotados llegaban a Otumba (Otompan), y se encontraron con un ejército indígena, un ejército enorme, que según cálculos, ascendería a 200 mil efectivos. [36]
El historiador Muñoz Camargo consigna que la batalla que se entabló contra ellos fue ganada por los hispanos gracias a la intervención personal del apóstol Santiago, el patrón por excelencia de los españoles [37] , y Cortés atribuye la victoria a la intervención indirecta de San Pedro.

Sin embargo, como hace notar José Luis Guerrero, no es razonable pensar en la batalla de Otumba como la describen las fuentes españolas, pues para los indios era una victoria morir en combate, y mejor si se trataba del propio jefe, y como consignan no solo Solís y Muñoz Camargo, sino también Sahagún y López de Gómara, Cortés en persona mató al jefe de estos indígenas.
Por otro lado, una victoria tan inesperada y milagrosa, habría levantado la moral castellana, pero contradictoriamente, en Tlaxcala muchos españoles alzaron la voz demandando el regreso a Cuba, y la huida de estas tierras que tantos dolores de cabeza les daban, en vez de pensar con ánimos alzados en una campaña de contraataque.

Según el Códice Ramírez, el rebelde texcocano Ixtlixóchitl, aliado fiel de Cortés, al enterarse de la derrota de éste a manos de Cuitlahuac y los mexicas, se apresuró a despacharle un ejército con la orden de ayudarle en todo lo que necesitara, y el ejército texcocano llegó a Otumba no para exterminar a Cortés sino para auxiliarlo. [38]
Y probablemente los aterrados españoles hayan atacado, ya con los nervios de punta, a este ejército amigo y hayan matado a un cierto número de aliados, antes de darse cuenta de su equivocación, tomando por enemigos a los texcocanos.

Al acercarse a Tlaxcala, aunque más tranquilos, no dejaban de sentir temor, pues, ¿Qué iban a decir los tlaxcaltecas, ante tan clara derrota? ¿Con qué cara les iban a decir que en Tenochtitlán habían muerto tantos tlaxcaltecas aliados, y que la tal protección y poder que habían prometido brindar no estaban a sus alcances? Sin embargo, Tlaxcala los recibió con todos los honores, y el anciano cacique Xiconténcatl prodigó frases de consuelo y ánimo, y le ofreció toda su ayuda para reponerse del desastre. [39]
En fin, en Tlaxcala, se enteraron de que los aztecas aún no habían llegado hasta Veracruz para destruir las naves, y los soldados de Narváez quisieron embarcarse de inmediato, huyendo de aventuras descabelladas, pero se toparon con que Cortés –y su proyecto sonó a locura-, quería volver con nuevas fuerzas a Tenochtitlán para conquistarla. [40]

Y no es que los españoles fueran cobardes -que no lo eran-. Temían a los mexicanos, pero sabrían sobreponerse a su miedo. Ellos estaban dispuestos a luchar, pero con suficientes hombres, con armas, con pólvora, provisiones, caballos, en fin, bien equipados para la guerra... pero contraatacar así, derrotados, maltrechos y perdidas parte de sus armas y sus acémilas... era una verdadera locura, que no les hacía la menor gracia.

Entre Cortés y sus capitanes se dieron dimes y diretes, y finalmente Cortés los convenció con su gran elocuencia, diciéndoles que toda su temeridad iba a ser premiada por Dios, y que tenían que confiar en la misericordia y ayuda divinas, que los habían mantenido con vida, y que retirarse hubiera podido interpretarse en España como traición al rey Carlos, y peor aún, contra el Evangelio que se habían comprometido a difundir. [41]
20 días luego de haber llegado a Tlaxcala, Cortés atacó Tepeyacac (la actual Tepeaca, en el estado de Puebla), y así emprendió su campaña de reconquista. [42]

 

 

 

Conquistada Tepeaca, instaló un cuartel general que llamó “Segura de la Frontera”, y aumentaba constantemente el número de aliados indígenas.
Entonces llegaron a Veracruz dos barcos más enviados por Diego de Velázquez, con la certeza de que Narváez gobernaba México, y cuyos capitanes traían la misión de llevar a Cortés a Cuba, prisionero.
Poco necesitó Cortés para que los dos barcos se pasaran a su bando con armas y tripulación, y poco después recibía más tropas y armamento de tres barcos que venían de Jamaica, y por último llegó un navío venido desde España, en plan de comercio, y cuya preciada mercancía eran armas y pólvora. [43]
Todo esto vino a reforzar a Cortés, quien incluso contrató el barco y a los marineros, enrolándolos como soldados.

ARMADURAS DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS

 

 

 

 



La peste (viruela) azota Tenochtitlán

 



Los mexicas en Tenochtitlán, una vez que se calmó la alegría de su triunfo, se encontraron con que había entre sus aliados, y entre los mismos aztecas, quienes compartían la visión de Motecuzhoma, de que los blancos eran dioses invencibles, y por lo menos, un pueblo más que había que aceptar y tratar como a cualquiera de los indígenas, fuera aliado o enemigo.
Cuitlahuac hubo de aplicar mano dura contra los hispanófilos, y esto desgastó a los mexicas, quienes tuvieron que luchar contra otros indios, perdiendo de ese modo energías que iban a necesitar contra los españoles, quienes por su parte se reponían a pasos agigantados.

Pero entonces vino una desgracia más a abatir a Tenochtitlán; una epidemia de viruela, que había traído un negro de la expedición de Narváez, y que había contagiado a los indígenas, quienes no eran inmunes a dicha enfermedad, desconocida en esas tierras; y que significó para los españoles que Dios colaboraba con ellos, arrojando tal peste “teozáhuatl” sobre la ciudad. [44]

La viruela causó estragos entre los aztecas, matando a poco menos de la mitad, y dejando a Tenochtitlán muy reducida para la defensa que iba a tener que sostener.
Para los indígenas, además, la viruela fue un verdadero golpe a sus estructuras sociales y religiosas. Desde que Quetzalcóatl había desmentido sus promesas con una sangrienta y vil traición, había quedado descubierta su inferioridad, siendo derrotado aplastantemente por Huitzilopochtli, quien reinaría con Tezcatlipoca para la eternidad, una vez que dejaba clara su fuerza.

Pero de pronto, el expulsado y vencido Quetzalcóatl atacaba de nuevo con un arma ante la cual no había defensa posible, matando con pavorosa eficacia a amigos y enemigos.
Los valores indios se desplomaban, y con ellos su unidad, y para colmo de males, el huey tlatoani Cuitlahuac, uno de los más enérgicos enemigos de los “teules”, moriría víctima de la viruela, como tantos conciudadanos, mientras que la desaparición de jefes ocasionaría problemas para la sucesión.

AZTECAS INFECTADOS DE VIRUELA

 



Los aztecas propusieron entonces una alianza a los tlaxcaltecas, ofreciéndoles libertad política y libre comercio, a cambio de que les ayudaran contra los españoles (a quienes ahora llamaban “popolocas”, esto es, bárbaros). Pero los tlaxcaltecas se negaron, [45] fieles a Quetzalcóatl y habiendo recibido varias utilidades de dicha fidelidad.
Cortés mandó expediciones contra Atzoncan, Jalancingo y Teziutlán, controlando una gran zona que le permitió cerrar el acceso de Tenochtitlán al Golfo, y dejó volver a Cuba a quienes quisieron hacerlo.

El Tlatocan tuvo dificultades para elegir a un sucesor, y finalmente se decidió por uno de los más nobles y destacados caudillos, el príncipe Cuauhtemoctzin (Cuauhtémoc), quien sería el último huey tlatoani mexica. Cuauhtemoctzin estaba situado (teológicamente) entre Motecuzhoma y Cuitlahuac, y aunque contrario a Quetzalcóatl, no creía tan confiadamente en la invencibilidad de Huitzilopochtli, y creyó primordial tomar medidas para fortalecer a su pueblo, el cual -como se hacía obvio– iba a tener que enfrentarse una vez más a los traicioneros “teules”.

Y para este efecto, despachó correos a todos los pueblos del Anáhuac, convócandolas a defender el territorio, como había hecho antaño Itzcoatl para defenderse todos juntos del tirano tecpaneca Maxtla: ¡Unirse contra el enemigo común!
Pero las tribus no respondieron como hubiera sido de desear: No existía conciencia de unidad nacional, y la invasión española para los indígenas no era sino la restauración del orden ideal, a pesar de que el nuevo Quetzalcóatl fuera notoriamente más brutal y agresivo que el antiguo, pero aún así, los enemigos de Tenochtitlán preferían el yugo de Quetzalcóatl al yugo de Huitzilopochtli; pues -y eso no puede negarse– los aztecas adolecían de la altanería de los poderosos, y no eran muy queridos por sus pueblos tributarios.
Además, estos habían visto a los tlaxcaltecas aliarse con los “teules”, y como por arte de magia, habían pasado de ser acorraladas víctimas, a temibles conquistadores.
Y finalmente, les resultó claro que los mexicas tendrían que estar muy débiles, como para doblegar su soberbia y pedir ayuda.

Cuauhtemoctzin se dispuso a enfrentar al enemigo, a pesar de que una facción azteca se inclinaba por rendírseles para después sacudirse el yugo, como habían hecho con los tecpanecas. Cuauhtemoctzin tuvo que matar a todos los que optaban por la rendición, y aprestar a su pueblo y al ejército para el combate, pues los españoles ya venían en camino, listos para conquistar la gran Tenochtitlán.

La empresa que “in rem romano populo non facilem”; Barcos cruzando las Montañas

 



Cortés siguió su campaña ahora triunfal, tomando población tras población, conquistando poco a poco el borde del lago, y gracias a los refuerzos tlaxcaltecas y a los soldados que le proporcionara Ixtlilxóchitl, el capitán general disponía ahora de más de medio millón de hombres, si hemos de creer a los cronistas. [46]


Pese a todo su tremendo poder, Cortés sintió necesidad de mejores medios de combate, con los que pudieran medirse contra los terribles guerreros aztecas, cuya bravura inaudita bien recordaba.
Para neutralizar a las canoas aztecas, Cortés dispuso la construcción de una flota de 13 bergantines en Tlaxcala. Y esto es otro punto que verdaderamente sorprende: Un bergantín era un barco de 2 mástiles, capaz de transportar caballería, infantería armada y cañones pesados. ¿En qué mente cabría la descabellada idea de transportar semejantes barcos a lo largo de 100 kilómetros de llanos, cerros y barrancas?
¡Pues los españoles lo hicieron! El ingeniero Martín López construyó los bergantines, construyó un lago artificial en Tlaxcala para probarlos, y pieza por pieza, los españoles y tlaxcaltecas transportaron la flota hasta dejar todas las piezas listas para su montaje, en las orillas del lago de Texcoco. [47]
Semejante hazaña es una prueba más de la tenacidad y recio espíritu de esos antepasados nuestros, quienes no encontraban algo que les fuera imposible realizar.

TRANSPORTE DE LOS BERGANTINES DESDE TLAXCALA HASTA EL LAGO DE TEXCOCO



Mientras este transporte se verificaba, Cortés recorría los poblados importantes cercanos al valle de México, tomó Ixtapalapa, tomó Chalco y Xochimilco, Atzcapozalco y Tacuba.
En Tacuba tuvo sus primeros encuentros con los mexicas, quienes -a todas luces– no se iban a recuperar a tiempo del desastre que la viruela les causara, y que construían arcos, flechas, hondas, macanas, escudos y canoas de guerra a toda prisa, para la guerra que se avecinaba.
Siguiendo hacia el suroeste, llegó a lo que hoy es estado de Morelos, pasando por Oaxtepec, Yautepec, Tepoztlán y Cuauhnáhuac.
Regresando al valle de México, le llegó a Cortés una nueva noticia, habían atracado tres barcos más, con hombres y pertrechos, y una cuarta nave que venía de España con un tesorero real, enviado por Carlos V (o Carlos I), para vigilar que cuidara la parte del rey en el tesoro obtenido.
Cuauhtemoctzin, sin embargo, rechazó tajantemente todas las propuestas de rendirse que le ofrecía Cortés, y dejó claro que los mexica iban a vencer, o a morir peleando. [48]

El temor de enfrentarse de nuevo a los terribles mexica, cuya fiereza en pelea había dejado honda huella de miedo entre los españoles, provocó que se cebara una conspiración contra Cortés, que terminó con el cabecilla en la horca. [49]
Y pese a todo el temor que los españoles y aliados sentían hacia la poderosa Tenochtitlán; ésta finalmente había perdido gran parte de su poder, la viruela había disminuido drásticamente su número, y la división, el resquebrajo de su mentalidad social y el transtorno psicológico causado por toda esta serie de locas contradicciones teológicas, dejaban a Tenochtitlán muy reducida de lo que antes era, y condenada a quedarse aislada y atacada por todas partes.
Y aún así… no fue fácil tomarla.

Tenochtitlán sitiada

 



Finalmente, Cortés tuvo una entrevista con Cuauhtemoctzin, de la cual se desprendió que Cortés seguía en su papel de “castigar a los traidores”, acusando a los mexica de traición y asesinato del emperador legítimo, Motecuhzoma. Cuauhtemoctzin se limitó a responder que Tenochtitlán ofrecería resistencia hasta la muerte, en caso de ser atacada.
Y Cortés dividió a su numeroso ejército en cuatro fuerzas, de las cuales 3 atacarían por cada calzada, Tacuba, Tepeyácac e Ixtapalapa, y la cuarta división consistiría en la flota de bergantines, que rodearían a Tenochtitlán por el lago. Cortés al mando de la flota, Alvarado al mando de la división de Tacuba, Gonzalo de Sandoval se ocuparía de Ixtapalapa y Tepeyácac, y el cuarto ejército, al mando de Cristobal de Olid, estaría en Culuacan.

Entonces fue cuando manifestaron nuestros antepasados aztecas esa faceta que los hace acreedores a nuestra máxima admiración y respeto: Hicieron gala de una resistencia durísima, y su fervor guerrero mantuvo a raya a un enemigo muy superior en número, durante 93 días. [50]
A pesar de la viruela, a pesar de todas sus pérdidas, los pocos miles que defendían la ciudad eran unos guerreros casi invencibles, si hemos de juzgar por el tiempo en que detuvieron el ataque de un enemigo entre 3 y 5 veces más grande.
Y a su fuerza guerrera se añadió su inconmovible fidelidad a sus leyes de guerra, y aún sitiados y abrumados, seguían persistiendo en no matar a los enemigos, sino en capturarlos para el sacrificio. Eso significa que, si los mexicas se hubieran defendido a sangre y fuego, según el modo de combatir español que era matar al adversario, quizá hubieran rechazado a las fuerzas enemigas.



AZTECAS Y ESPAÑOLES LUCHAN CUERPO A CUERPO

Pero los españoles y sus aliados cortaron el acueducto de Chapultepec y Tenochtitlán se encontró sin abastecimiento, y el hambre empezó a agotar a los reducidos tenochcas, más que el ataque armado.
Y todavía esta lucha era para los mexicas causa de confusión y de sorpresa: ¿Cómo era posible que los abandonara Huitzilopochtli-Tezcatlipoca, por quien luchaban con toda fidelidad y devoción?
¿Cómo podía traicionarlos el dios que los había guiado al Anáhuac?

Y ni rituales mágicos ni brujería servían para nada; los aztecas habían abandonado Tenochtitlán, refugiándose en Tlatelolco, que era su último reducto.
Los españoles finalmente desembarcaron en el islote con caballería y cañones, y se dio la lucha cuerpo a cuerpo, pero era evidente que a Tenochtitlán le quedaban pocos días.
Poco a poco al principio, rápidamente ahora, el Quinto Sol se ponía en el horizonte.

 

 



Cortés había querido hablar con Cuauhtemoctzin, y aunque el postrero huey tlatoani se negaba, finalmente accedió por causa de una cierta visión.
Y así en una canoa llegó hasta el bergantín mandado por García de Holguín, donde se le tomó prisionero para llevarlo ante Cortés.

“Luego traen a Cuahtemoctzin en una barca.
Dos, solamente dos lo acompañan, van con él.
El capitán Teputztilóloc y su criado Yaztachímal.
Y uno que iba remando tenía por nombre Cényautl;

Y cuando llevan a Cuauhtemoctzin
luego todo el pueblo le llora. Decían:
Ya va el príncipe más joven, Cuauhtemoctzin.
¡ya a entregarse a los españoles!
¡Ya a entregarse a los dioses!”
[51]

Cuauhtemoctzin llegó ante Cortés exigiendo ya la muerte, es decir, su divinización, protestando que su conciencia nada le reprochaba, pues había defendido su ciudad hasta el final, hasta donde humanamente había podido.
Cortés lo recibió con cortesía, diciendo que un español respetaba aún el valor del enemigo, y que lo trataría bien. [52]
Cosa que finalmente no haría, pues lo torturó quemándole los pies, para que el caído huey tlatoani le informara de dónde estaba el perdido tesoro de Motecuhzoma (tesoro que hoy día sigue sin encontrarse); y más tarde le haría ahorcar durante su expedición a las Hibueras.

Y esa tarde, el Quinto Sol se ponía para no volver a salir.

CUAUHTÉMOC LLEGA, PRISIONERO, ANTE CORTÉS



La resistencia cesa; se ha puesto el Quinto Sol

 



Tenochtitlán, otrora la ciudad más poderosa del Anáhuac, que había sojuzgado pueblos y señoríos por todo México, ahora era sólo un montón de ruinas y cadáveres, y los sobrevivientes no podían hacer ya nada sino llorar, y lloraron con gran amargura, como testimonian los famosos “icnocuícatl” (canto triste), de la Conquista:

“En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas.

Gusanos pululan por calles plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, como si las hubieran teñido,
y cuando las bebíamos, eran como agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra heredad una red de agujeros,
Con los escudos fue su resguardo.
pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.”
[53]

Ese día era 13 de agosto, fiesta de San Hipólito, Día 1-Serpiente del año Yei-Calli (3-Casa), y el mundo indio se desplomó, siendo la caída de Tenochtitlán simbólica. Varios pueblos indígenas irían cayendo poco a poco, durando los mayas (a medias), dos siglos más, y en el Norte los chichimecas o pieles rojas iban a durar hasta el siglo XIX, cuando los blancos “americans” se lanzarían a conquistar el Oeste, exterminando a casi la totalidad de indígenas.
Pero en lo que a México respecta, el fin del mundo prehispánico, el fin de los pueblos mesoamericanos, llegó con la caída de la gran Tenochtitlán. Ya no era México, sino la Nueva España, y el nuevo México que surgiría en 1821 sería un México infinitamente distinto del que moría en este momento.

El Quinto Sol iba a iluminar con sus últimos destellos a una generación más, pero se había puesto definitivamente, a pesar de toda la sangre que se le había ofrendado como alimento.

En tanto allá, a lo lejos, en el cerro del Tepeyácac, perdidas entre la desolación general, humeaban las ruinas de uno de tantos templos arrasado hasta el suelo por los soldados de Gonzalo de Sandoval; era el templo de Tonantzin, la madre de los mexicanos… (Cita textual de Flor y Canto del nacimiento de México)


El Trauma de la Conquista, ¿Cómo se sentían los indios antes de las apariciones guadalupanas?

 



La Nueva España fue sensiblemente diferente, empezó a haber corrupción entre los indios, prohibición de costumbres y hasta de alimentos, sed de destruir por completo la cultura indígena, para “liberarlos” así de la idolatría a los demonios, pues eso eran los dioses del Anáhuac para los españoles, y en especial, para los frailes llegados al Nuevo Mundo.

La ceguera cultural impedía a los españoles darse cuenta de que todo lo que ellos creían bueno, y que en su mentalidad cristiana hasta les merecía la gratitud infinita de los indios, era precisamente, lo más cruel y triste para éstos, para quienes su religión y la devoción a los antepasados era lo más importante de la vida.
Los indios se sentían extrañamente dolidos ante los frailes, en quienes veían a padres amorosos que se entregaban a ellos incondicionalmente, pero al mismo tiempo, a verdugos fanáticos que destruían y atacaban toda su religión y cultura, sin ni siquiera intentar comprenderla o apreciarla.
Así mismo, muchos muchachos indios educados por los frailes, se dieron a la tarea de destruir los altares e ídolos de la familia [54] , acarreando el inevitable sentimiento de traición que eso significaba para sus padres; la destrucción de la autoridad y lealtad de los mayores significaba el fracaso de la sociedad india: De estos chicos fueron los que ahora llamamos Mártires de Tlaxcala, beatos.

Y todo esto les dolía más por venir de los frailes, a quienes amaban como a verdaderos padres; Padres y Verdugos al mismo tiempo, con lo cual el trauma era inevitable y profundo; por más que los frailes, con toda buena fe, consideraban su labor como una muestra de amor a los indios, para arrancarlos de las garras del Demonio y de la idolatría, para llevarlos a la causa de Cristo.
Pero para los indios, era simplemente una puñalada en la espalda decirles que eran idólatras, culpables y pecadores destinados al sufrimiento eterno precisamente por haber sido fieles a sus dioses y por practicar con sinceridad, devoción y lealtad su religión: Tales métodos produjeron muy escasos frutos, entre ellos Juan Diego Cuauhtlatoatzin, pero -finalmente– eran poquísimos los indios que superaban el trauma rápidamente; la gran mayoría -casi la totalidad– se negaba aún a dejar su identidad indígena.

Todo en la evangelización de los frailes contribuía a atormentar, entristecer y hundir en la más negra amargura a los indios, pese a toda la buena fe que encerraban los misioneros.
Los indios, en un principio, no tomaron la Conquista como una "invasión extranjera", sino que habían empezado creyendo luchar en pro o en contra de Quetzalcóatl, pero comprendieron su error demasiado tarde, y los frailes no bajaron a Quetzalcóatl de “demonio” como todos los que había en la lista de dioses aztecas. [55]
Para cualquier ser humano resulta hiriente que se le diga que debe aborrecer, escupir, abominar, despreciar, lo que más ha honrado y apreciado, colmando el plato los sabios indígenas; quienes eran precisamente los más detestados por los frailes, quienes veían en ellos a adoradores del demonio, luchando para la causa satánica al enseñar de los dioses a los indios, y peor aún, para ofrecerles sacrificios humanos -cosa de las que primero se prohibieron-.

En unos diálogos de estos sabios con frailes, se desprende toda la amargura y denuncia de los indígenas, como se lee en los siguientes párrafos:

Señores nuestros, muy estimados señores;
Habéis padecido trabajos para llegar a esta tierra,
aquí ante nosotros, os contemplamos,
nosotros, gente ignorante.

Por razón de Él (Dios) nos arriesgamos
por eso nos metemos en peligro,
Tal vez a nuestra perdición,
tal vez a nuestra destrucción
es a donde seremos llevados.

Vosotros dijistéis
que nosotros no conocíamos
al Señor del Cerca y del Junto
a AQUEL de Quien son los Cielos y la Tierra
dijistéis que no eran verdaderos nuestros dioses,
Nueva palabra es esa, la que habláis.
Por ella estamos perturbados,
por ella estamos molestos,
porque nuestros progenitores
los que han sido, los que han vivido sobre esta tierra,
no solían hablar así.

“Era doctrina de nuestros mayores
que son los dioses por quien se vive,
los que nos merecieron (Con su sacrificio nos dieron la vida)

Y ahora nosotros,
¿destruiremos la Antigua Regla de Vida?
¿La Regla de Vida de los chichimecas?
¿La Regla de Vida de los toltecas?
¿La Regla de Vida de los colhuacas?
¿La Regla de Vida de los tecpanecas?
Oid, señores nuestros,
No hagáis algo semejante a nuestro pueblo,
que le acarreé la desgracia,
que lo haga perecer.

Es ya bastante que hayamos perdido
que se nos haya quitado.
que se nos haya impedido nuestro gobierno.

Haced con nosotros lo que queráis.
Dejadnos pues, ya morir,
dejadnos ya perecer
Puesto que nuestros dioses han muerto”
[56]

Esto era lo que los indios sencillamente sentían como bofetada que les daba la nueva religión cristiana, que les traía la novedad de que todo lo que habían creído, respetado, honrado y servido, era FALSO Y DIABÓLICO, y que haber sido fieles a su religión no era ningún motivo de orgullo y de dignidad, sino de vergüenza y de reproche, y añadiendo a eso que sus antepasados estaban pagando su fidelidad con torturas inacabables en el infierno.
Y no hay que pensar que los indígenas se sentían así porque crédulamente aceptaran las amonestaciones franciscanas. Era porque sencillamente los hechos, lo que vivían, les demostraba que sus dioses los habían abandonado, o bien, que nunca habían existido, porque nada de lo que ellos esperaban se cumplía, sino que al contrario, su cultura iba siendo destruida y ningún dios parecía poder o querer impedirlo. Y lo más probable, en ese orden de cosas, es que sus dioses no existían, y por eso su fidelidad de nada les había servido.

Otra cosa les probaba que su religión era FALSA, y era algo muy simple; ya no se ofrecían sacrificios humanos -por prohibición española-, y sin embargo, el Sol seguía brillando tan campante en el cielo, por lo cual, resultaba que eso de que “se necesitaba sangre para alimentar al sol” era una tontería…

Todo lo que habían creído, que había hecho de sus antepasados unos guerreros invencibles… era simplemente falso…
Y su antigua cultura no era nada, no valía nada, ni ellos ni sus antepasados.
Nunca habían traicionado a sus dioses, siempre les habían sido leales, y sin embargo, todo se revelaba como falso… ¡Todo cuanto habían creído y amado nunca había existido…!
Puede comprenderse entonces el alcance del hundimiento moral de los indígenas después de la Conquista.

PAREJA DE INDIOS LLORANDO

 



Su religiosidad, a la cual con tanta fe y devoción se habían entregado, era ahora una burla cruel, una tontería que los dejaba con 0 en autoestima, y para colmo, los que predicaban al infinito amor de Jesucristo, justamente eran quienes más insultaban a sus dioses y les ponían enfrente, con toda la brutalidad de los hechos reales, que ERAN UN FRACASO Y UNOS IDIOTAS precisamente cuando se desvivían por ser Fieles y Leales.

De seguir las cosas así, los indígenas iban camino de la desaparición, sin ganas de vivir, sin ninguna salida, heridos en lo más profundo, acabados moralmente, destrozado su espíritu. Sólo una cosa los podía sacar de la zanja, y era una EXPLICACIÓN del horrible infierno que estaban viviendo, que les diera esperanzas y les restituyera la dignidad perdida –dignidad de ser colaboradores de los dioses-, que su pasado se revelara como aceptable y que la Antigua Regla de Vida, que ellos amaban y respetaban más que a nada, no fuera destruida, sino glorificada y plena.

Preguntémonos hoy, si podríamos nosotros aportarles ESO… con todos los recursos de que ahora disponemos, con toda la etnografía, antropología, teología post-Vaticano II y toda la buena voluntad imaginable que le pusiéramos… ¿Qué mente humana, pues, en el siglo XVI, bajo la desmenuzante vigilancia inquisitorial de gentes más que prontas a encender hogueras a la primera sospecha de heterodoxia, y cuya ortodoxia, en ese punto, exigía la intransigencia más radical, pudo hacerlo tan perfecta, discreta y naturalmente como lo hizo? (Cita textual de Flor y Canto del nacimiento de México)

Lo que respecta a la continuación de la Conquista, después del trauma indio, se refiere a lo que significó para los indígenas el acontecimiento guadalupano, pero ya en Época Colonial (todavía no Virreinal), y por lo tanto, no corresponde a la crónica de la Conquista de México.
Por lo demás, su importancia merece un capítulo aparte, el cual es:
El mensaje cristiano de Guadalupe

 

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  Índice Guadalupe


 

Referencias Bibliográficas:


  [1] DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España p. 179


  [2]"Y en cuanto al oro,
los españoles lo redujeron a barras,
y de los chalchihuites,
todos los que vieron hermosos los tomaron
pero las demás de esas piedras se las apropiaron los tlaxcaltecas

SAHAGÚN, Fray Bernardino de, Historia General de las Cosas de la Nueva España libro 12, cap. 17, nos. 6 a 10, y cap. 18 nos. 1 y 4


  [3]GUERRERO, José Luis, Flor y Canto del Nacimiento de México cap. 23, p. 176


  [4] "...vino (el paje Orteguilla) y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, y que aquella noche y parte del día habían estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban que no pudo entender".
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera... cap. 108, p. 209


  [5]CORTÉS, Hernán, 2a. Carta de Relación p. 60


  [6] DURÁN, fray Diego de, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, tomo II, cap. 15, no. 24, p. 109


  [7] LÓPEZ DE GÓMARA, Francisco, Historia de la Conquista de México cap. 109, p. 211


  [8]DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera..., cap. 114, p. 220


  [9] Uno de los lugartenientes de Narváez, Andres del Duero, hizo también tratos con Cortés, facilitándole datos cruciales para luchar contra Narváez, y a los primeros capturados, un clérigo y cinco compañeros, "los tornó a enviar a su Narváez con bastimento... así como llegaron a Cempoal y dieron relación a su capitán, comenzaron a convocar a todo el real de Narváez que se pasasen a nosotros"
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera... cap. 111, p. 215


  [10] Fechada el 10 de julio de 1519, expide CORTÉS, Hernán, su 1a. Carta de Relación, p. 1, en su carta Cortés explica lo más notable de cuanto ha observado hasta el momento, y envió la carta con parte del tesoro reunido a Carlos V, a cuyas manos llegaron carta y tesoro luego de bastantes peripecias.


  [11] Dijo Narváez a Cortés: "¡Tened en mucho esta victoria que de mí habéis obtenido, y en tener presa mi persona!, éste (Cortés), pudo contestarle que eso era una de las menores cosas que había hecho en Nueva España"
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera... cap. 123, p. 240


  [12]"... vienen nuevas de que México está alzado, y que Pedro de Alvarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos, y enviaba a demandar socorro con mucha instancia y prisa... ... Y también en ese instante, cuando ya queríamos partir, vinieron cuatro grandes principales, que envió el gran Montezuma ante Cortés, a quejarse que Pedro de Alvarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dio en sus principales y caciques que estaban bailando y haciendo fiesta a sus ídolos Uichilobos y Tezcatepuca"
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera... cap. 124, p. 244


  [13] "Al quinto mes lo llamaban Tóxcatl. El primer día de este mes habían gran fiesta a honra del dios llamado Titlacauan, y por otro nombre Tezcatlipoca; a este lo tenían por dios de los dioses [...] esta fiesta era la principal de todas las fiestas: era como Pascua" SAHAGÚN, Fray Bernardino de, Historia General... libro 2, cap. 5. no. 1, p. 81


  [14] "Así se hizo en Cholollan: no más los encerraron en una casa. ¡También a nosotros se nos han puesto difíciles las cosas! ¡Que en cada pared estén escondidos los escudos! Dijo entonces Moctezuma: ¿Es que acaso estamos en guerra? ¡Haya confianza!
CÓDICE AUBIN, p. 98


  [15] "... sabía muy de cierto que en acabando las fiestas y bailes y sacrificios que hacían a su Uichilobos y Tezcatepuca, que luego le habían de venir a dar guerra... que por eso se adelantó a dar en ellos"
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera... cap. 1254, p. 246


  [16] DURÁN, Fray Diego de, Historia..., cap. 75, p. 548 y SAHAGÚN, Fray Bernardino de, Historia General... libro 12, cap. 20 y 21


  [17] "En ese momento un sacerdote vino a dar gritos.
apresurado decía a grandes voces:

¡Mexicanos! ¿No que no en guerra?
¡Capitanes, mexicanos,
venid acá, que todos armados vengan;
sus insignias, sus escudos, dardos!
Venid acá de prisa, corred,
¡Muertos son los capitanes,
han muerto nuestros guerreros,
han sido aniquilados!

Entonces se oyó el estruendo,
se alzaron gritos,
y el ulular de la gente que se golpeaba los labios.
Al momento fue el agruparse
todos los capitanes, cual si hubieran sido citados,
trae