|
|

|
Motecuhzoma
prisionero
|
Creyendo tener más seguridad de ese modo, Cortés hizo prisionero a
Motecuhzoma, exigiéndole quedarse como rehén en el palacio de Axayácatl. [1]
Motecuhzoma aceptó de mala gana, pensando finalmente que iba, como buen mexica,
a resistir hasta el final a Quetzalcóatl, sin seguirle el juego, y convencido
de que realmente un enfrentamiento militar hubiera sido una catástrofe
cósmica.
Menos instruido en asuntos religiosos, el hermano de Motecuhzoma, Cuitlahuac,
desde el principio estuvo en contra de los “teules”, y sería uno de los más
recios opositores de los invasores.
Haré aquí un Apéndice: A pesar de ser aztecas ambos, a Motecuhzoma se le ha
tachado de traidor y cobarde, y a Cuitlahuac de valiente y honorable. Lo
cierto es que el Tlatocan, a la muerte de Ahuizotl, escogió para el cargo de
huey tlatoani a Motecuhzoma y no a Cuitlahuac, de lo cual se sabe que
Motecuhzoma reunía más virtudes para ser huey tlatoani que su hermano.
Simplemente, Motecuhzoma sabía más de religión que Cuitlahuac, y mientras
Motecuhzoma estaba firmemente convencido de la invencibilidad de
Quetzalcóatl, y del desastre que caería sobre el mundo si se enfrentaba
contra Huitzilopochtli, Cuitlahuac, en cambio, creía que Huitzilopochtli
debía enfrentar y podía vencer al nuevo Quetzalcóatl.
Cuitlahuac había sido tomado como rehén, junto con Motecuhzoma y otros
nobles, y Cortés lo dejó en libertad con la misión de calmar al pueblo, el
cual empezaba a cansarse de los rapaces “teules”.
Pero Cuitlahuac hizo todo lo contrario, y organizó y preparó una oposición
formal a los españoles. Éstos, mientras tenían cautivo al huey tlatoani,
acumularon fastuosas cantidades de oro, fundiéndolas y preparándolas para ser
repartidas como botín. [2] Cálculos más o menos exactos cifran el oro
fundido en miles de millones de pesos actuales. [3]
Entonces la situación empezó a complicarse. Para los aztecas, Quetzalcóatl,
habiendo vencido, y reconocida su victoria, debía retirarse, dejando
establecidas sus condiciones; pero resultaba que éste Quetzalcóatl no sólo no
se iba, sino que además, se dedicaba a rapacear todo lo que podía,
contradiciendo a sus honorables antecedentes, pues el antiguo Quetzalcóatl si
por algo había destacado, había sido por su sabiduría y su prudencia.
Los tenochcas pues, rápidamente se fastidiaron con los españoles y empezaron
a indignarse ante las pocas ganas de irse que mostraban los intrusos. El
Tlatocan, entonces, conminó a Motecuhzoma a intimar a los blancos a que se
fueran, cumplida su misión de embajadores vencedores, y que de no hacerlo,
habría guerra. [4]
A esto se añadió la Jura de Vasallaje que Cortés exigió al tlatoani y a los
aztecas, y que ellos realizaron [5]
, aunque en el convenio ambas partes entendían cosas totalmente distintas:
Para los españoles, la Jura de Vasallaje significaba que los aztecas
aceptaban que España gobernaría ahora no sólo Tenochtitlán, sino todo el
Anáhuac y el Tlatocáyotl, a través de gobernadores españoles, quienes se
establecían definitivamente ahí. Para los aztecas, en cambio, tal juramento
era una confirmación de algo ya sabido y aceptado: que Quetzalcóatl vencía a
Huitzilopochtli, y que estableciendo sus "términos", se retiraría
según el procedimiento que regía a las conquistas en el Anáhuac. [6]
En medio de todo esto, llegó a Motecuhzoma una noticia que transmitió a
Cortés, y era la siguiente; 19 barcos habían echado ancla en Veracruz, y
no menos de 1500 soldados, entre infantería y caballería, habían desembarcado
en el mismo lugar en donde meses antes había arribado el propio Cortés.
Éste ejército hispano no venía con parabienes y apoyo de Carlos V, sino todo
lo contrario, era una expedición organizada por Diego de Velázquez y el
obispo de Burgos, don Juan Rodríguez de Fonseca, enviada para castigar a
Cortés, tomarlo preso y llevarlo a Cuba, por rebeldía. [7]
Dicha expedición venía al mando de Pánfilo de Narváez, sobrino de Velázquez,
y con él un oidor de la Audiencia de Santo Domingo, quien tenía la misión de
procurar justicia contra Cortés pero cuidándolo del rencor de Velázquez.
Cortés recibió con desagrado la noticia, pues sus hombres eran muy inferiores
en número y en equipo; pero al mismo tiempo, no quería dar tiempo a Narváez
de organizarse.
Agradeciendo a Motecuhzoma el aviso, Cortés se dispuso a ir a Veracruz y de
algún modo arreglar la situación, pero dejó una cierta cantidad de efectivos
en Tenochtitlán, que mantendrían a Motecuhzoma como rehén, y al mando de los
cuales puso al capitán Pedro de Alvarado [8].
|

|
El
enfrentamiento de Cortés y Narváez
|
Después de la partida de Cortés, el gobernador de Cuba, enfurecido, había
reunido, poco a poco, un ejército mayor que el que se había llevado el
rebelde, y mil 500 soldados en aquellos lugares era un ejército considerable.
A las órdenes de Pánfilo de Narváez los españoles desembarcaron, y se
hallaron cerca de Cempoala, a donde llegaron para tener contacto con el
ayuntamiento de Veracruz.
Unos días más hubieran bastado a Narváez para tener una mejor idea de la
situación; pero Cortés, con soldados españoles y aliados tlaxcaltecas se
movía rápidamente, para impedirle la marcha.
El comandante de Veracruz, Sandoval, tomó prisioneros a varios hombres
enviados por Narváez, y se los envió a Cortés, quien en vez de maltratarlos,
los compró a golpes de oro y obsequios, y así los envió de vuelta al
campamento de Narváez, con la misión de convencer al resto de la expedición
de que se pasaran a su bando. Al mismo tiempo, estos emisarios informaron a
Cortés de que Narváez no tenía muy buenas relaciones con sus capitanes. [9]
Pronto, los soldados de Narváez habían cambiado de opinión; no iban a luchar
contra un vulgar rebelde, sino contra uno a quien los indígenas desde
Veracruz hasta México, reconocían por soberano, y que Cortés aparte de sus
tropas disponía de miles de aliados indígenas; aparte de esto, supieron que
Cortés había despachado informaciones al Rey de España [10]
, y que además, disponía de riquezas suficientes para repartirles y dejarlos
ricos.
Ellos sabían -tan bien como Cortés-, que en el corrupto y revuelto mundo de
la burocracia castellana, triunfaba quien tenía oro.
Así, en perfecto montaje teatral, Cortés atacó el campamento de Narváez en
Cempoala, una tormentosa noche, y los soldados de Narváez hicieron algunos
disparos, para aparentar que se defendían, pero al día siguiente todos
estaban alineados con Cortés, -algunos hasta tuvieron la desvergüenza de
ponerse a tocar pífanos y tambores celebrando su propia "derrota"-,
y Cortés hizo venir a Narváez, encadenado y con un ojo reventado, y Narváez
le dijo que considerara muy gran empresa haberlo vencido, pero Cortés, con el
desparpajo de quien se sabe vencedor, le dijo que era poca cosa lo que había
hecho. [11]
Cortés estaba eufórico; tenía tropas, riquezas, y era el dueño de México,
teniendo a todos los indios bajo su control.
Y en medio de su alegría, vino a caerle un balde de agua helada; en
Tenochtitlán los aztecas se habían levantado en armas, liberando al fin su
exasperación contenida, y para atacar a la guarnición de Alvarado, habían sitiado
el palacio de Axayácatl. [12]
Aparentando calma, Cortés decidió apurar el paso, y regresar a la gran ciudad
con su nueva tropa, antes de que fuera demasiado tarde.
|

|
Quetzalcóatl
quebranta el pacto; la Matanza del Templo Mayor
|
Al marchar Cortés con rumbo de Veracruz, había dejado en Tenochtitlán a unos
80 soldados, al mando de Pedro de Alvarado, a quien los indios llamaban
“Tonatiuh” por su pelo rubio. Con él se habían quedado soldados incapacitados
para hacer la larga y rápida caminata que llevaría Cortés en su viaje, y
todos los que eran sospechosos de lealtad al gobernador Velázquez.
Atemorizados al verse tan reducidos en número, su espanto iba en aumento,
debido en parte a los tlaxcaltecas y a la Malinche, quienes como indios
tenían miedo de que se acababa el año de Quetzalcóatl, y que había llegado a
la costa un “antiQuetzalcóatl”, que quizá ya hubiera dado muerte a Cortés, y
se acercaba la fiesta de Tóxcatl, punto cronológico donde se manifestaba en
su máximo poder Huitzilopochtli-Tezcatlipoca. [13]
A los españoles se les metió en la cabeza la idea de que los mexicas
preparaban una conspiración; y paradójicamente, los mexicas también temían
que los españoles los atacaran por sorpresa, como habían hecho en Cholula. [14]
Sólo por el honor los mexicanos se mantenían impávidos, sin estado de guerra
no podía haber ataque, y confiaban en que Quetzalcóatl no los atacaría sin
previa declaración.
Alvarado por fin se decidió; se adelantaría al ataque, y él tomaría la
iniciativa, quitando así a los indígenas toda idea de conspiración. [15]
|

|
Entonces,
cuando los aztecas danzaban en la fiesta de Tóxcatl, 40 españoles armados,
dirigidos por Alvarado en persona, cerraron las puertas del Gran Teocalli,
e iniciaron una tremenda matanza, atacando súbita y mortalmente a todos los
indígenas, quienes no estaban armados.
Pese a su número, los indígenas no pudieron hacer nada por defenderse, y
los españoles hicieron una masacre, dejando muertos a varios centenares de
indígenas, entre ellos nobles y sacerdotes. [16]
|

|
|
DOS ESCENAS DE LA MATANZA DEL TEMPLO MAYOR
|
Y esto colmó la paciencia de los aztecas, ya puesta a prueba. Los aztecas,
pese a estar hartos de los españoles, no los habían atacado por la orden
terminante de Motecuhzoma, reconociendo además argumentos irrefutables: No
habiendo guerra no podían atacar, y quien violara tal pacto quedaba sin
honor, que era lo más apreciado por el guerrero mexica.
Pero ahora había sido Quetzalcóatl quien violaba el pacto, y además dejaba al
descubierto su debilidad, pues debía tener mucho miedo a Tezcatlipoca como
para haberse rebajado al ataque a traición sobre gente inerme; ya no había
atenuantes, ahora ellos tenían derecho de responder. [17]
Y los aztecas pusieron sitio al palacio de Axayacatl, iniciándose una serie
de combates que dejaron claro que los españoles no resistirían mucho tiempo.
Alvarado esperaba refuerzos de Cortés, quien regresaba a marchas forzadas con
más españoles y tlaxcaltecas, pero todavía faltaban varios días de camino
para que llegara.
Alvarado echó mano de Motecuhzoma, dándole la orden de calmar a su gente, y
Motecuhzoma accedió pero no por Tonatiuh sino por su pueblo; él estaba
convencido de que el choque iba a favorecer a los “teules”, y que su pueblo,
aunque tenía la razón por ser el ofendido, era demasiado débil para
enfrentarse a los “teules”, a quienes no había que hacer el juego.
El sobrino de Motecuhzoma, Itzacahuatzin, salió a hablar a los mexicas,
diciéndoles que Motecuhzoma les mandaba decir que no lucharan, que no eran
competentes para vencer a los “teules”, que no podían hacerles frente y que
por eso dejaran de luchar.[18]
Pero los aztecas ya no compartían la fatalista visión de la invencibilidad de
Quetzalcóatl, y menos porque el año Ce-Acatl había terminado, y respondieron
llenos de furia: “-¿Qué es lo que dice ese ruin de Motecuhzoma? ¡Ya no
somos sus vasallos!” [19]
A los españoles simplemente no les cupo en la cabeza la idea de que un
emperador fuera depuesto por un consejo, siendo para ellos la monarquía de
derecho divino (previo al absolutismo), y Motecuhzoma, cada vez más
deprimido, supo que el Tlatocan iba a quitarle el cargo de huey-tlatoani.
|

|
El
retorno de Cortés y la muerte de Motecuzhoma
|
Las tropas de Cortés, especialmente los novatos llegados con Narváez,
tuvieron miedo al acercarse a la enorme ciudad, ahora que era hostil, y quisieron
quedarse en Tacuba o Texcoco, pero Cortés tenía la firme decisión de entrar,
y el 24 de junio llegó a su cuartel sin ninguna dificultad.
Cortés se sintió furioso; había entrado fácilmente, sus guarnición estaba
sana y salva, y no había visto indios por ninguna parte. [20]
Todo esto lo llevó a regañar a Alvarado por su torpeza en atacar a los indios
y luego por llamarlo como si su situación fuera apurada; y precisamente,
había fracasado en su intento de impresionar a los soldados de Narváez.
Entonces, seguro de que la situación estaba bajo control, despachó un correo
a Veracruz dando la buena noticia, pero a los pocos minutos el mensajero
regresó sangrando, anunciando que los aztecas venían a atacarlos, en masa,
armados y furiosos. [21]
Una vez más, Cortés confió en la buena suerte que hasta el momento había
tenido, y envió a Ordaz con 400 hombres prácticamente para calmar el
berrinche de los mexicas. [22]
Este iba a ser el primer choque directo entre españoles y mexicas, sin que se
interpusieran los muros del palacio de Axayácatl.
Y los españoles se llevaron la sorpresa de su vida; pues los "guerreros
del Sol" lucharon con una fuerza descomunal, dando muestras de una
calidad militar y de un espíritu de combate tan formidables, que los
españoles fueron completamente rechazados, sin poder sostener pelea.
Aquello dejó perplejos a los castellanos; les resultaba increíble que meses
antes, siendo tan pocos, hubieran podido contra Tlaxcala, y que ahora, con
miles de aliados y reforzados por el formidable ejército de Narvaez, los
aztecas los habían vencido, con una facilidad que los avergonzó, y no les
cupo duda de que no habían combatido pidiendo la ayuda de Dios con suficiente
fe. Se propusieron pues, ponerse en oración para dar su máximo esfuerzo al
día siguiente.
Pero cuando volvieron a enfrentarse a los mexicanos, todo su "máximo
esfuerzo" fue inútil. Los aztecas atacaban con una potencia imparable, y
durante varios días, en todos los combates fuera del palacio, los españoles
salieron siempre derrotados, aunque entre ellos hubo pocos muertos (lo cual
atribuyeron a un milagro de Dios), pero se debía, sin embargo, a que los
mexicas no tenían la costumbre de matar a sus enemigos en el campo de
batalla.
Una y otra vez, la ferocidad y arrojo de los mexicas tuvo en jaque a los
españoles; y no cabe duda de que si los aztecas hubieran utilizado la táctica
de herir y matar en combate, habrían acabado con todos los españoles.[23]
Humillado, Cortés no tuvo más remedio que recurrir a Motecuzhoma,
ofreciéndole la rendición y la retirada. [24]
Motecuzhoma se resistió a aceptar, sabiendo de antemano que su pueblo ya no
iba a obedecerlo. [25]
Aún así, finalmente salió con una escolta al pretil de la azotea, y empezó a
hablar al pueblo.
Los aztecas guardaron silencio, mientras una embajada del Tlatocan se
adelantó, y le anunciaron, con toda ceremonia, que había sido depuesto, y que
ya no era huey-tlatoani de Tenochtitlán [26] , además de que el nuevo
jefe era Cuitlahuac, precisamente, uno de los más enconados enemigos de los
españoles, y que no iban a retirarse. Apenas terminaron el mensaje, los
indígenas atacaron con una lluvia de flechas y piedras el palacio, y
Motecuzhoma se desplomó alcanzado por una pedrada y un flechazo.
Este hombre moría fiel aún tanto a Quetzalcóatl como a Huitzilopochtli,
muerto a manos del "Pueblo del Sol" a quien a toda costa intentara
proteger. La Historia Oficial lo ha descrito como un cobarde y poco menos que
un "vende-patrias"; ignorando lamentablemente su conflicto interior
entre lealtades opuestas, y toda la defensa que plantó a los
"teules".
Cortés nunca pudo comprender qué había sucedido en el corazón de Motecuhzoma,
y para él, el "emperador" le había entregado Tenochtitlán y el
imperio azteca en un acto de miedo, agachez y poca hombría, ignorando el
conflicto divino que detrás de ello había, y todas las angustias e
infortunios de Motecuhzoma.
Murió Motecuzhoma, y con ello los españoles contemplaron la situación de
manera distinta: ya no combatían a indígenas que defendían sus tierras, ni
siquiera combatían a enemigos, sino que combatían a traidores contra el rey
Montezuma y contra Carlos V, quienes además "habían violado el Pacto de
Vasallaje".
|

|
La
Noche Triste
|
La muerte de Motecuzhoma no cambió mucho las cosas, en lo que a los españoles
se refiere.
El nuevo huey tlatoani era el noble Cuitlahuac, quien desde el primer momento
fuera acérrimo opositor de ellos, y al frente de su pueblo estaba decidido a
exterminarlos -uno por uno si fuera necesario-, en la piedra del sacrificio.
Los soldados de Narváez maldecían la aventura en la que se habían ido a
meter, y lamentaban ahora haberse pasado el bando de Cortés, cuyas gloriosas
promesas resultaban ahora más defraudadas que nunca.
Entre los españoles cundió la desesperación, y empezaron a ver fantasmas y
visiones [27] , y
aunque Cortés estaba decidido a no rendirse ni a huir, sus hombres cada vez
daban muestra de mayor quebranto psicológico. Entre los españoles se hallaba
un astrólogo llamado Botello, quien repitió varias veces que sólo podrían
salir una noche de Tenochtitlán, o ya no saldrían jamás.
Cortés quiso oponerse a los vaticinios de Botello, pero la autoridad de éste
en cuanto nigromancia era indiscutida por el resto de la expedición, y los
capitanes se alinearon en formal motín contra Cortés: Iban a salir, con
capitán general o sin él [28]
.
Finalmente Cortés cedió, y según la predicción de Botello, sólo podían salir
a cierta hora de la noche [29]
.
Esa noche salieron los españoles y tlaxcaltecas del palacio de Axayácatl, y
en medio del silencio nocturno, caminaban cargando el oro de Motecuzhoma, a
sus heridos y sin hacer ruido, procurando eludir la vigilancia que los
mexicas mantenían alrededor de la ciudad.
Para salir, la expedición tomó la calzada de Tacuba, que aunque estaba en
dirección contraria a Tlaxcala, era la que llegaba más pronto a tierra firme.
|

|
Ya habían cruzado parte de la Calzada,
cuando repentinamente fueron descubiertos, se supone que por una mujer,
quien dio el grito de alarma [30]
, y de inmediato, el ejército azteca inició un ataque terrible sobre los
españoles.
Desde sus canoas, los indígenas atacaban con flechas y lanzas en cargas
cerradas a los españoles, quienes se precipitaron en medio de confusión y
muertos a uno y otro lados de la calzada, dejando caballos, armas, bagajes
y tesoros en la calzada y en el lago. [31]
Los españoles que pudieron salir huyeron a toda prisa, todos en una
dirección, hasta Popotla, donde los aztecas dejaron de atacarlos; para
ellos, su aplastante victoria era muestra de que en el último momento,
Huitzilopochtli había resultado más poderoso que Quetzalcóatl, y mediante
juego limpio, en vez de traiciones y trampas, había destrozado a su
ancestral rival. [32]
|
|
LOS TENOCHCAS DERROTAN A LOS CASTELLANOS
|
|
La derrota española fue contundente, y Bernal Díaz del Castillo cifra las
pérdidas castellanas en 860 hombres [33]
, añadiendo a sus pérdidas la de casi la totalidad de aliados tlaxcaltecas.
Y una vez en Popotla, donde algunos cronistas cuentan que Cortés lloró al pie
de un ahuehuete [34]
, fueron atacados nuevamente por los tacubanos, miembros de la Triple Alianza
y por lo tanto, aliados inmediatos de Tenochtitlán.
Siguiendo su ruta de huida, los españoles llegaron a Otancalpulco, población
otomí, y fueron retirándose hacia Tlaxcala, pero entre ellos y sus aliados se
interponía la llanura de Otumba.
|

|
Batalla
de Otumba y entrada de los españoles en Tlaxcala
|
Los mexicas regresaron a su ciudad, y llegando a Tenochtitlán, capturaron a
los que habían retrocedido ante el ataque para refugiarse de nuevo en el
Palacio de Axayácatl, y varios españoles y tlaxcaltecas fueron sacrificados a
los dioses. Con su triunfo latente y con el corazón alegre, los mexicanos
empezaron a limpiar la calzada y el lago, y se apoderaron de todo lo que los
españoles habían dejado en su fuga. [35]
Al tiempo en que esto acontecía, los españoles derrotados llegaban a Otumba
(Otompan), y se encontraron con un ejército indígena, un ejército enorme, que
según cálculos, ascendería a 200 mil efectivos. [36]
El historiador Muñoz Camargo consigna que la batalla que se entabló contra
ellos fue ganada por los hispanos gracias a la intervención personal del
apóstol Santiago, el patrón por excelencia de los españoles [37] , y Cortés atribuye la
victoria a la intervención indirecta de San Pedro.
Sin embargo, como hace notar José Luis Guerrero, no es razonable pensar en la
batalla de Otumba como la describen las fuentes españolas, pues para los
indios era una victoria morir en combate, y mejor si se trataba del propio
jefe, y como consignan no solo Solís y Muñoz Camargo, sino también Sahagún y
López de Gómara, Cortés en persona mató al jefe de estos indígenas.
Por otro lado, una victoria tan inesperada y milagrosa, habría levantado la
moral castellana, pero contradictoriamente, en Tlaxcala muchos españoles
alzaron la voz demandando el regreso a Cuba, y la huida de estas tierras que
tantos dolores de cabeza les daban, en vez de pensar con ánimos alzados en
una campaña de contraataque.
Según el Códice Ramírez, el rebelde texcocano Ixtlixóchitl, aliado fiel de
Cortés, al enterarse de la derrota de éste a manos de Cuitlahuac y los
mexicas, se apresuró a despacharle un ejército con la orden de ayudarle en
todo lo que necesitara, y el ejército texcocano llegó a Otumba no para
exterminar a Cortés sino para auxiliarlo. [38]
Y probablemente los aterrados españoles hayan atacado, ya con los nervios de
punta, a este ejército amigo y hayan matado a un cierto número de aliados,
antes de darse cuenta de su equivocación, tomando por enemigos a los
texcocanos.
Al acercarse a Tlaxcala, aunque más tranquilos, no dejaban de sentir temor,
pues, ¿Qué iban a decir los tlaxcaltecas, ante tan clara derrota? ¿Con qué
cara les iban a decir que en Tenochtitlán habían muerto tantos tlaxcaltecas
aliados, y que la tal protección y poder que habían prometido brindar no
estaban a sus alcances? Sin embargo, Tlaxcala los recibió con todos los
honores, y el anciano cacique Xiconténcatl prodigó frases de consuelo y
ánimo, y le ofreció toda su ayuda para reponerse del desastre. [39]
En fin, en Tlaxcala, se enteraron de que los aztecas aún no habían llegado
hasta Veracruz para destruir las naves, y los soldados de Narváez quisieron
embarcarse de inmediato, huyendo de aventuras descabelladas, pero se toparon
con que Cortés –y su proyecto sonó a locura-, quería volver con nuevas
fuerzas a Tenochtitlán para conquistarla. [40]
Y no es que los españoles fueran cobardes -que no lo eran-. Temían a los
mexicanos, pero sabrían sobreponerse a su miedo. Ellos estaban dispuestos a
luchar, pero con suficientes hombres, con armas, con pólvora, provisiones,
caballos, en fin, bien equipados para la guerra... pero contraatacar así,
derrotados, maltrechos y perdidas parte de sus armas y sus acémilas... era
una verdadera locura, que no les hacía la menor gracia.
Entre Cortés y sus capitanes se dieron dimes y diretes, y finalmente Cortés
los convenció con su gran elocuencia, diciéndoles que toda su temeridad iba a
ser premiada por Dios, y que tenían que confiar en la misericordia y ayuda
divinas, que los habían mantenido con vida, y que retirarse hubiera podido
interpretarse en España como traición al rey Carlos, y peor aún, contra el
Evangelio que se habían comprometido a difundir. [41]
20 días luego de haber llegado a Tlaxcala, Cortés atacó Tepeyacac (la actual
Tepeaca, en el estado de Puebla), y así emprendió su campaña de reconquista. [42]
|

|
|
|
|
Conquistada
Tepeaca, instaló un cuartel general que llamó “Segura de la Frontera”, y
aumentaba constantemente el número de aliados indígenas.
Entonces llegaron a Veracruz dos barcos más enviados por Diego de
Velázquez, con la certeza de que Narváez gobernaba México, y cuyos
capitanes traían la misión de llevar a Cortés a Cuba, prisionero.
Poco necesitó Cortés para que los dos barcos se pasaran a su bando con
armas y tripulación, y poco después recibía más tropas y armamento de tres
barcos que venían de Jamaica, y por último llegó un navío venido desde
España, en plan de comercio, y cuya preciada mercancía eran armas y
pólvora. [43]
Todo esto vino a reforzar a Cortés, quien incluso contrató el barco y a los
marineros, enrolándolos como soldados.
|
|
ARMADURAS DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS
|
|
|
|
|
|

|
La
peste (viruela) azota Tenochtitlán
|
Los mexicas en Tenochtitlán, una vez que se calmó la alegría de su triunfo, se
encontraron con que había entre sus aliados, y entre los mismos aztecas,
quienes compartían la visión de Motecuzhoma, de que los blancos eran dioses
invencibles, y por lo menos, un pueblo más que había que aceptar y tratar
como a cualquiera de los indígenas, fuera aliado o enemigo.
Cuitlahuac hubo de aplicar mano dura contra los hispanófilos, y esto desgastó
a los mexicas, quienes tuvieron que luchar contra otros indios, perdiendo de
ese modo energías que iban a necesitar contra los españoles, quienes por su
parte se reponían a pasos agigantados.
Pero entonces vino una desgracia más a abatir a Tenochtitlán; una epidemia de
viruela, que había traído un negro de la expedición de Narváez, y que había
contagiado a los indígenas, quienes no eran inmunes a dicha enfermedad,
desconocida en esas tierras; y que significó para los españoles que Dios
colaboraba con ellos, arrojando tal peste “teozáhuatl” sobre la ciudad. [44]
|

|
La
viruela causó estragos entre los aztecas, matando a poco menos de la mitad,
y dejando a Tenochtitlán muy reducida para la defensa que iba a tener que
sostener.
Para los indígenas, además, la viruela fue un verdadero golpe a sus
estructuras sociales y religiosas. Desde que Quetzalcóatl había desmentido
sus promesas con una sangrienta y vil traición, había quedado descubierta
su inferioridad, siendo derrotado aplastantemente por Huitzilopochtli,
quien reinaría con Tezcatlipoca para la eternidad, una vez que dejaba clara
su fuerza.
Pero de pronto, el expulsado y vencido Quetzalcóatl atacaba de nuevo con un
arma ante la cual no había defensa posible, matando con pavorosa eficacia a
amigos y enemigos.
Los valores indios se desplomaban, y con ellos su unidad, y para colmo de
males, el huey tlatoani Cuitlahuac, uno de los más enérgicos enemigos de
los “teules”, moriría víctima de la viruela, como tantos conciudadanos,
mientras que la desaparición de jefes ocasionaría problemas para la
sucesión.
|
|
AZTECAS INFECTADOS DE VIRUELA
|
|
Los aztecas propusieron entonces una alianza a los tlaxcaltecas,
ofreciéndoles libertad política y libre comercio, a cambio de que les
ayudaran contra los españoles (a quienes ahora llamaban “popolocas”, esto es,
bárbaros). Pero los tlaxcaltecas se negaron, [45] fieles a Quetzalcóatl y
habiendo recibido varias utilidades de dicha fidelidad.
Cortés mandó expediciones contra Atzoncan, Jalancingo y Teziutlán,
controlando una gran zona que le permitió cerrar el acceso de Tenochtitlán al
Golfo, y dejó volver a Cuba a quienes quisieron hacerlo.
El Tlatocan tuvo dificultades para elegir a un sucesor, y finalmente se
decidió por uno de los más nobles y destacados caudillos, el príncipe
Cuauhtemoctzin (Cuauhtémoc), quien sería el último huey tlatoani mexica.
Cuauhtemoctzin estaba situado (teológicamente) entre Motecuzhoma y
Cuitlahuac, y aunque contrario a Quetzalcóatl, no creía tan confiadamente en
la invencibilidad de Huitzilopochtli, y creyó primordial tomar medidas para
fortalecer a su pueblo, el cual -como se hacía obvio– iba a tener que
enfrentarse una vez más a los traicioneros “teules”.
Y para este efecto, despachó correos a todos los pueblos del Anáhuac,
convócandolas a defender el territorio, como había hecho antaño Itzcoatl para
defenderse todos juntos del tirano tecpaneca Maxtla: ¡Unirse contra el
enemigo común!
Pero las tribus no respondieron como hubiera sido de desear: No existía
conciencia de unidad nacional, y la invasión española para los indígenas no
era sino la restauración del orden ideal, a pesar de que el nuevo Quetzalcóatl
fuera notoriamente más brutal y agresivo que el antiguo, pero aún así, los
enemigos de Tenochtitlán preferían el yugo de Quetzalcóatl al yugo de
Huitzilopochtli; pues -y eso no puede negarse– los aztecas adolecían de la
altanería de los poderosos, y no eran muy queridos por sus pueblos
tributarios.
Además, estos habían visto a los tlaxcaltecas aliarse con los “teules”, y
como por arte de magia, habían pasado de ser acorraladas víctimas, a temibles
conquistadores.
Y finalmente, les resultó claro que los mexicas tendrían que estar muy
débiles, como para doblegar su soberbia y pedir ayuda.
Cuauhtemoctzin se dispuso a enfrentar al enemigo, a pesar de que una facción
azteca se inclinaba por rendírseles para después sacudirse el yugo, como
habían hecho con los tecpanecas. Cuauhtemoctzin tuvo que matar a todos los
que optaban por la rendición, y aprestar a su pueblo y al ejército para el
combate, pues los españoles ya venían en camino, listos para conquistar la
gran Tenochtitlán.
|

|
La
empresa que “in rem romano populo non facilem”; Barcos cruzando las
Montañas
|
Cortés siguió su campaña ahora triunfal, tomando población tras población,
conquistando poco a poco el borde del lago, y gracias a los refuerzos
tlaxcaltecas y a los soldados que le proporcionara Ixtlilxóchitl, el capitán
general disponía ahora de más de medio millón de hombres, si hemos de creer a
los cronistas. [46]
|
Pese
a todo su tremendo poder, Cortés sintió necesidad de mejores medios de
combate, con los que pudieran medirse contra los terribles guerreros aztecas,
cuya bravura inaudita bien recordaba.
Para neutralizar a las canoas aztecas, Cortés dispuso la construcción de
una flota de 13 bergantines en Tlaxcala. Y esto es otro punto que
verdaderamente sorprende: Un bergantín era un barco de 2 mástiles, capaz de
transportar caballería, infantería armada y cañones pesados. ¿En qué mente cabría la descabellada idea de
transportar semejantes barcos a lo largo de 100 kilómetros de llanos,
cerros y barrancas?
¡Pues los españoles lo hicieron! El ingeniero Martín López construyó los
bergantines, construyó un lago artificial en Tlaxcala para probarlos, y
pieza por pieza, los españoles y tlaxcaltecas transportaron la flota hasta
dejar todas las piezas listas para su montaje, en las orillas del lago de
Texcoco. [47]
Semejante hazaña es una prueba más de la tenacidad y recio espíritu de esos
antepasados nuestros, quienes no encontraban algo que les fuera imposible
realizar.
|

|
|
TRANSPORTE DE LOS BERGANTINES DESDE TLAXCALA HASTA
EL LAGO DE TEXCOCO
|
Mientras este transporte se verificaba, Cortés recorría los poblados
importantes cercanos al valle de México, tomó Ixtapalapa, tomó Chalco y
Xochimilco, Atzcapozalco y Tacuba.
En Tacuba tuvo sus primeros encuentros con los mexicas, quienes -a todas
luces– no se iban a recuperar a tiempo del desastre que la viruela les
causara, y que construían arcos, flechas, hondas, macanas, escudos y canoas
de guerra a toda prisa, para la guerra que se avecinaba.
Siguiendo hacia el suroeste, llegó a lo que hoy es estado de Morelos, pasando
por Oaxtepec, Yautepec, Tepoztlán y Cuauhnáhuac.
Regresando al valle de México, le llegó a Cortés una nueva noticia, habían
atracado tres barcos más, con hombres y pertrechos, y una cuarta nave que
venía de España con un tesorero real, enviado por Carlos V (o Carlos I), para
vigilar que cuidara la parte del rey en el tesoro obtenido.
Cuauhtemoctzin, sin embargo, rechazó tajantemente todas las propuestas de
rendirse que le ofrecía Cortés, y dejó claro que los mexica iban a vencer, o
a morir peleando. [48]
El temor de enfrentarse de nuevo a los terribles mexica, cuya fiereza en
pelea había dejado honda huella de miedo entre los españoles, provocó que se
cebara una conspiración contra Cortés, que terminó con el cabecilla en la
horca. [49]
Y pese a todo el temor que los españoles y aliados sentían hacia la poderosa
Tenochtitlán; ésta finalmente había perdido gran parte de su poder, la
viruela había disminuido drásticamente su número, y la división, el
resquebrajo de su mentalidad social y el transtorno psicológico causado por
toda esta serie de locas contradicciones teológicas, dejaban a Tenochtitlán
muy reducida de lo que antes era, y condenada a quedarse aislada y atacada
por todas partes.
Y aún así… no fue fácil tomarla.
|

|
Tenochtitlán
sitiada
|
Finalmente, Cortés tuvo una entrevista con Cuauhtemoctzin, de la cual se
desprendió que Cortés seguía en su papel de “castigar a los traidores”,
acusando a los mexica de traición y asesinato del emperador legítimo,
Motecuhzoma. Cuauhtemoctzin se limitó a responder que Tenochtitlán ofrecería
resistencia hasta la muerte, en caso de ser atacada.
Y Cortés dividió a su numeroso ejército en cuatro fuerzas, de las cuales 3
atacarían por cada calzada, Tacuba, Tepeyácac e Ixtapalapa, y la cuarta
división consistiría en la flota de bergantines, que rodearían a Tenochtitlán
por el lago. Cortés al mando de la flota, Alvarado al mando de la división de
Tacuba, Gonzalo de Sandoval se ocuparía de Ixtapalapa y Tepeyácac, y el
cuarto ejército, al mando de Cristobal de Olid, estaría en Culuacan.
Entonces fue cuando manifestaron nuestros antepasados aztecas esa faceta que
los hace acreedores a nuestra máxima admiración y respeto: Hicieron gala de
una resistencia durísima, y su fervor guerrero mantuvo a raya a un enemigo
muy superior en número, durante 93 días. [50]
A pesar de la viruela, a pesar de todas sus pérdidas, los pocos miles que
defendían la ciudad eran unos guerreros casi invencibles, si hemos de juzgar
por el tiempo en que detuvieron el ataque de un enemigo entre 3 y 5 veces más
grande.
Y a su fuerza guerrera se añadió su inconmovible fidelidad a sus leyes de
guerra, y aún sitiados y abrumados, seguían persistiendo en no matar a los
enemigos, sino en capturarlos para el sacrificio. Eso significa que, si los
mexicas se hubieran defendido a sangre y fuego, según el modo de combatir
español que era matar al adversario, quizá hubieran rechazado a las fuerzas
enemigas.
|

AZTECAS Y ESPAÑOLES LUCHAN
CUERPO A CUERPO
|
Pero
los españoles y sus aliados cortaron el acueducto de Chapultepec y
Tenochtitlán se encontró sin abastecimiento, y el hambre empezó a agotar a
los reducidos tenochcas, más que el ataque armado.
Y todavía esta lucha era para los mexicas causa de confusión y de sorpresa:
¿Cómo era posible que los abandonara Huitzilopochtli-Tezcatlipoca, por
quien luchaban con toda fidelidad y devoción?
¿Cómo podía traicionarlos el dios que los había
guiado al Anáhuac?
Y ni rituales mágicos ni brujería servían para nada; los aztecas habían
abandonado Tenochtitlán, refugiándose en Tlatelolco, que era su último
reducto.
Los españoles finalmente desembarcaron en el islote con caballería y
cañones, y se dio la lucha cuerpo a cuerpo, pero era evidente que a
Tenochtitlán le quedaban pocos días.
Poco a poco al principio, rápidamente ahora, el Quinto Sol se ponía en el
horizonte.
|
|
|
|
Cortés había querido hablar con Cuauhtemoctzin, y aunque el postrero huey
tlatoani se negaba, finalmente accedió por causa de una cierta visión.
Y así en una canoa llegó hasta el bergantín mandado por García de Holguín,
donde se le tomó prisionero para llevarlo ante Cortés.
“Luego traen a Cuahtemoctzin en una barca.
Dos, solamente dos lo acompañan, van con él.
El capitán Teputztilóloc y su criado Yaztachímal.
Y uno que iba remando tenía por nombre Cényautl;
Y cuando llevan a Cuauhtemoctzin
luego todo el pueblo le llora. Decían:
Ya va el príncipe más joven, Cuauhtemoctzin.
¡ya a entregarse a los españoles!
¡Ya a entregarse a los dioses!” [51]
|
Cuauhtemoctzin
llegó ante Cortés exigiendo ya la muerte, es decir, su divinización,
protestando que su conciencia nada le reprochaba, pues había defendido su
ciudad hasta el final, hasta donde humanamente había podido.
Cortés lo recibió con cortesía, diciendo que un español respetaba aún el
valor del enemigo, y que lo trataría bien. [52]
Cosa que finalmente no haría, pues lo torturó quemándole los pies, para que
el caído huey tlatoani le informara de dónde estaba el perdido tesoro de Motecuhzoma
(tesoro que hoy día sigue sin encontrarse); y más tarde le haría ahorcar
durante su expedición a las Hibueras.
Y esa tarde, el Quinto Sol se ponía para no volver a salir.
|

|
|
CUAUHTÉMOC LLEGA, PRISIONERO, ANTE CORTÉS
|
|

|
La
resistencia cesa; se ha puesto el Quinto Sol
|
Tenochtitlán, otrora la ciudad más poderosa del Anáhuac, que había sojuzgado pueblos
y señoríos por todo México, ahora era sólo un montón de ruinas y cadáveres, y
los sobrevivientes no podían hacer ya nada sino llorar, y lloraron con gran
amargura, como testimonian los famosos “icnocuícatl” (canto triste), de la
Conquista:
“En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas.
Gusanos pululan por calles plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, como si las hubieran teñido,
y cuando las bebíamos, eran como agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra heredad una red de agujeros,
Con los escudos fue su resguardo.
pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.” [53]
Ese día era 13 de agosto, fiesta de San Hipólito, Día 1-Serpiente del año
Yei-Calli (3-Casa), y el mundo indio se desplomó, siendo la caída de
Tenochtitlán simbólica. Varios pueblos indígenas irían cayendo poco a poco,
durando los mayas (a medias), dos siglos más, y en el Norte los chichimecas o
pieles rojas iban a durar hasta el siglo XIX, cuando los blancos “americans”
se lanzarían a conquistar el Oeste, exterminando a casi la totalidad de
indígenas.
Pero en lo que a México respecta, el fin del mundo prehispánico, el fin de
los pueblos mesoamericanos, llegó con la caída de la gran Tenochtitlán. Ya no
era México, sino la Nueva España, y el nuevo México que surgiría en 1821
sería un México infinitamente distinto del que moría en este momento.
El Quinto Sol iba a iluminar con sus últimos destellos a una generación más,
pero se había puesto definitivamente, a pesar de toda la sangre que se le
había ofrendado como alimento.
En tanto allá, a lo lejos, en el cerro del Tepeyácac, perdidas entre la
desolación general, humeaban las ruinas de uno de tantos templos arrasado
hasta el suelo por los soldados de Gonzalo de Sandoval; era el templo
de Tonantzin, la madre de los mexicanos… (Cita textual de Flor y
Canto del nacimiento de México)
|

|
El
Trauma de la Conquista, ¿Cómo se sentían los indios antes de las
apariciones guadalupanas?
|
La Nueva España fue sensiblemente diferente, empezó a haber corrupción entre
los indios, prohibición de costumbres y hasta de alimentos, sed de destruir
por completo la cultura indígena, para “liberarlos” así de la idolatría a los
demonios, pues eso eran los dioses del Anáhuac para los españoles, y en
especial, para los frailes llegados al Nuevo Mundo.
La ceguera cultural impedía a los españoles darse cuenta de que todo lo que
ellos creían bueno, y que en su mentalidad cristiana hasta les merecía la
gratitud infinita de los indios, era precisamente, lo más cruel y triste para
éstos, para quienes su religión y la devoción a los antepasados era lo más
importante de la vida.
Los indios se sentían extrañamente dolidos ante los frailes, en quienes veían
a padres amorosos que se entregaban a ellos incondicionalmente, pero al mismo
tiempo, a verdugos fanáticos que destruían y atacaban toda su religión y
cultura, sin ni siquiera intentar comprenderla o apreciarla.
Así mismo, muchos muchachos indios educados por los frailes, se dieron a la
tarea de destruir los altares e ídolos de la familia [54] , acarreando el inevitable sentimiento de
traición que eso significaba para sus padres; la destrucción de la autoridad
y lealtad de los mayores significaba el fracaso de la sociedad india: De
estos chicos fueron los que ahora llamamos Mártires de Tlaxcala, beatos.
Y todo esto les dolía más por venir de los frailes, a quienes amaban como a
verdaderos padres; Padres y Verdugos al mismo tiempo, con lo cual el trauma
era inevitable y profundo; por más que los frailes, con toda buena fe,
consideraban su labor como una muestra de amor a los indios, para arrancarlos
de las garras del Demonio y de la idolatría, para llevarlos a la causa de
Cristo.
Pero para los indios, era simplemente una puñalada en la espalda decirles que
eran idólatras, culpables y pecadores destinados al sufrimiento eterno
precisamente por haber sido fieles a sus dioses y por practicar con
sinceridad, devoción y lealtad su religión: Tales métodos produjeron
muy escasos frutos, entre ellos Juan Diego Cuauhtlatoatzin, pero -finalmente–
eran poquísimos los indios que superaban el trauma rápidamente; la gran
mayoría -casi la totalidad– se negaba aún a dejar su identidad indígena.
Todo en la evangelización de los frailes contribuía a atormentar, entristecer
y hundir en la más negra amargura a los indios, pese a toda la buena fe que
encerraban los misioneros.
Los indios, en un principio, no tomaron la Conquista como una "invasión
extranjera", sino que habían empezado creyendo luchar en pro o en contra
de Quetzalcóatl, pero comprendieron su error demasiado tarde, y los frailes
no bajaron a Quetzalcóatl de “demonio” como todos los que había en la lista
de dioses aztecas. [55]
Para cualquier ser humano resulta hiriente que se le diga que debe aborrecer,
escupir, abominar, despreciar, lo que más ha honrado y apreciado, colmando el
plato los sabios indígenas; quienes eran precisamente los más detestados por
los frailes, quienes veían en ellos a adoradores del demonio, luchando para
la causa satánica al enseñar de los dioses a los indios, y peor aún, para
ofrecerles sacrificios humanos -cosa de las que primero se prohibieron-.
En unos diálogos de estos sabios con frailes, se desprende toda la amargura y
denuncia de los indígenas, como se lee en los siguientes párrafos:
Señores nuestros, muy estimados señores;
Habéis padecido trabajos para llegar a esta tierra,
aquí ante nosotros, os contemplamos,
nosotros, gente ignorante.
Por razón de Él (Dios) nos arriesgamos
por eso nos metemos en peligro,
Tal vez a nuestra perdición,
tal vez a nuestra destrucción
es a donde seremos llevados.
Vosotros dijistéis
que nosotros no conocíamos
al Señor del Cerca y del Junto
a AQUEL de Quien son los Cielos y la Tierra
dijistéis que no eran verdaderos nuestros dioses,
Nueva palabra es esa, la que habláis.
Por ella estamos perturbados,
por ella estamos molestos,
porque nuestros progenitores
los que han sido, los que han vivido sobre esta tierra,
no solían hablar así.
“Era doctrina de nuestros mayores
que son los dioses por quien se vive,
los que nos merecieron (Con su sacrificio nos dieron la vida)
Y ahora nosotros,
¿destruiremos la Antigua Regla de Vida?
¿La Regla de Vida de los chichimecas?
¿La Regla de Vida de los toltecas?
¿La Regla de Vida de los colhuacas?
¿La Regla de Vida de los tecpanecas?
Oid, señores nuestros,
No hagáis algo semejante a nuestro pueblo,
que le acarreé la desgracia,
que lo haga perecer.
Es ya bastante que hayamos perdido
que se nos haya quitado.
que se nos haya impedido nuestro gobierno.
Haced con nosotros lo que queráis.
Dejadnos pues, ya morir,
dejadnos ya perecer
Puesto que nuestros dioses han muerto”…
[56]
Esto era lo que los indios sencillamente sentían como bofetada que les daba
la nueva religión cristiana, que les traía la novedad de que todo lo que
habían creído, respetado, honrado y servido, era FALSO Y DIABÓLICO, y que
haber sido fieles a su religión no era ningún motivo de orgullo y de
dignidad, sino de vergüenza y de reproche, y añadiendo a eso que sus
antepasados estaban pagando su fidelidad con torturas inacabables en el
infierno.
Y no hay que pensar que los indígenas se sentían así porque crédulamente
aceptaran las amonestaciones franciscanas. Era porque sencillamente los
hechos, lo que vivían, les demostraba que sus dioses los habían abandonado,
o bien, que nunca habían existido, porque nada de lo que ellos
esperaban se cumplía, sino que al contrario, su cultura iba siendo destruida
y ningún dios parecía poder o querer impedirlo. Y lo más probable, en
ese orden de cosas, es que sus dioses no existían, y por eso su fidelidad de
nada les había servido.
|

|
Otra
cosa les probaba que su religión era FALSA, y era algo muy simple; ya no se
ofrecían sacrificios humanos -por prohibición española-, y sin embargo, el
Sol seguía brillando tan campante en el cielo, por lo cual, resultaba que
eso de que “se necesitaba sangre para alimentar al sol” era una tontería…
Todo lo que habían creído, que había hecho de sus antepasados unos
guerreros invencibles… era simplemente falso…
Y su antigua cultura no era nada, no valía nada, ni ellos ni sus
antepasados.
Nunca habían traicionado a sus dioses, siempre les habían sido leales, y
sin embargo, todo se revelaba como falso… ¡Todo cuanto habían creído y
amado nunca había existido…!
Puede comprenderse entonces el alcance del hundimiento moral de los
indígenas después de la Conquista.
|
|
PAREJA DE INDIOS LLORANDO
|
|
Su religiosidad, a la cual con tanta fe y devoción se habían entregado, era
ahora una burla cruel, una tontería que los dejaba con 0 en autoestima, y
para colmo, los que predicaban al infinito amor de Jesucristo, justamente
eran quienes más insultaban a sus dioses y les ponían enfrente, con toda la
brutalidad de los hechos reales, que ERAN UN FRACASO Y UNOS IDIOTAS
precisamente cuando se desvivían por ser Fieles y Leales.
De seguir las cosas así, los indígenas iban camino de la desaparición, sin
ganas de vivir, sin ninguna salida, heridos en lo más profundo, acabados
moralmente, destrozado su espíritu. Sólo una cosa los podía sacar de la
zanja, y era una EXPLICACIÓN del horrible infierno que estaban viviendo, que
les diera esperanzas y les restituyera la dignidad perdida –dignidad de ser
colaboradores de los dioses-, que su pasado se revelara como aceptable y que
la Antigua Regla de Vida, que ellos amaban y respetaban más que a nada, no
fuera destruida, sino glorificada y plena.
Preguntémonos hoy, si podríamos nosotros aportarles ESO… con todos los
recursos de que ahora disponemos, con toda la etnografía, antropología,
teología post-Vaticano II y toda la buena voluntad imaginable que le
pusiéramos… ¿Qué mente humana,
pues, en el siglo XVI, bajo la desmenuzante vigilancia inquisitorial de
gentes más que prontas a encender hogueras a la primera sospecha de
heterodoxia, y cuya ortodoxia, en ese punto, exigía la intransigencia más
radical, pudo hacerlo tan perfecta, discreta
y naturalmente como lo hizo? (Cita textual de Flor y Canto del
nacimiento de México)
|
Lo que respecta a la continuación de la Conquista,
después del trauma indio, se refiere a lo que significó para los
indígenas el acontecimiento guadalupano, pero ya en Época Colonial (todavía
no Virreinal), y por lo tanto, no corresponde a la crónica de la Conquista
de México.
Por lo demás, su importancia merece un capítulo aparte, el cual es:
El mensaje
cristiano de Guadalupe
|
|