Daniel Sapia No Dice la Verdad,
Parte 1
Cortesía de Carlos
Caso-Rosendi
Tomado de
http://www.voxfidei.com
Roma ha hablado, el caso está cerrado -- San
Agustín de Hipona (354-430 A.D.)
[p.1] Falaz. Sin duda alguna hay gente que desea
hacer afirmaciones que no sean confrontadas con los hechos, especialmente los
mentirosos que afirman falsedades para lograr algún propósito oscuro. Ya
quisieran éstos que todos aceptáramos sus mentiras sin chistar para luego sacar
provecho del engaño. Es un hecho que existe gente así. Pero no todos somos
iguales. En mi caso personal, no tengo ningún interés en emitir disposiciones
indiscutibles. Sinceramente, si no puedo demostrar lo que afirmo debo relegarlo
al rincón de las posibilidades o sospechas hasta que tenga las pruebas de que
aquello que supongo es cierto.
Creo que cualquier persona intelectualmente honesta
estará de acuerdo conmigo en que no todos somos dictadores frustrados que
quisiéramos que nuestro punto de vista fuera el único verdadero y aceptado en
todo. El deseo de "cambiar la realidad" es algo que no está
necesariamente conectado con el deseo de emitir verdades indiscutibles. Yo
quisiera, por ejemplo, que no hubiera hambre en el mundo, quisiera cambiar esa
realidad, pero no puedo hacerlo. Comenzamos entonces destronando esta falaz
afirmación y creo que podemos decir sin miedo a equivocarnos que:
a) no todo ser humano desea poder ilimitado
b) no todo ser humano desea emitir declaraciones
incuestionables y
c) que el deseo de cambiar la realidad puede ser
algo malo o bueno.
Realmente… si alguien quisiera convencer al mundo de
que el sol no sale todas las mañanas (por ejemplo) de poco le serviría que el
mundo entero le creyese infalible, ya que la realidad en cuestión eventualmente
avasallará y probará falsa la afirmación falaz. En el caso de la Iglesia esto
es al revés. Si las declaraciones papales son mero invento humano, la historia
de la Iglesia es lo suficientemente larga como para producir contradicciones
sin embargo nadie puede encontrarlas y hasta los que tratan de hacerlo, como
Daniel Sapia, no les queda más que "cambiar la realidad" citando
fuera de contexto o directamente inventando hechos cuando las fallas deseadas
no aparecen.
Daniel Sapia dice al final del primer párrafo:
Y cierto es que la realidad del Catolicismo con sus
veinte siglos de existencia, sus numerosísimos autores, libros, concilios,
declaraciones y su interacción constante con la cultura de Occidente es una
monumental realidad que no puede ser derribada con mentiras. Los que atacan a
la Iglesia necesitan credibilidad pero no la tienen y su única esperanza es
socavar la credibilidad del catolicismo para dársela a sus propios intereses.
La advertencia de Jesús "no prevalecerán" (Mateo 16:18) no los asusta
e imaginan que cualquier mentira bien dispuesta puede derribar la obra de
veinte siglos (Hechos 5:34-39). Cuidado, que muchos han tratado de hacer lo
mismo… con idénticos resultados. Para comprobarlo basta con leer un poco de
historia.
Analizando lo expuesto anteriormente si la jerarquía
católica estuviera interesada en manipular las mentes de los pueblos y naciones
a su alcance, entonces debiera haber una constante publicación de edictos,
mandamientos, excomuniones y cuánta maniobra se pudiera hacer bajo la cobertura
de la infalibilidad. Sin embargo en los últimos doscientos años los papas se
han expresado ex cathedra en solamente dos ocasiones:
1. En 1854 para definir la Inmaculada Concepción de
María y
2. En 1950 para definir la Asunción de María.
El Magisterio ha hecho declaraciones más frecuentes
pero no hay nada en actas (y todo esto es público por propia naturaleza) que dé
la impresión tan siquiera lejana de que la Iglesia intenta obtener "sostén
desesperado" de su "estructura decrépita" tal cual cita Daniel
Sapia en su tendencioso panfleto.
[p. 2] Capcioso. Nótese el sugestivo uso de las
comillas. Implícito en esta afirmación está el pensamiento protestante de que
toda tradición, especialmente si es católica, es una de las tradiciones
condenadas por Jesús como por ejemplo el korbán de los fariseos (Marcos
7:11,12). Si Jesús condenaba toda tradición, me pregunto: ¿que hacía Nuestro
Señor en el templo de Jerusalén para la fiesta de Dedicación? Este es un
festival de pura hechura humana, con el cual el protestantismo no está muy
familiarizado, ya que sus Biblias incompletas no incluyen los libros de los
Macabeos (2Mac 1:18 S. Juan 10:22-25). Jesús no tuvo problema alguno en
celebrar el festival de la Dedicación. El Protestantismo en general sí, ha
tenido problemas en aceptar el libro que cuenta cómo se instituyó ese festival.
Es un hecho aceptado entre los estudiosos de las
Escrituras que los Evangelios fueron escritos aproximadamente a partir del año
50 o 54 A.D. lo cual deja un par de décadas entre la crucifixión de Jesús y las
primeras recopilaciones de las Buenas Nuevas. Los dichos y hechos de la vida de
Jesús se conservaron de diversas formas por ejemplo, según San Lucas, en la
memoria de la Santísima Virgen (S.Lucas 2:59, comparar con S. Juan 21:25).
Nosotros los católicos llamamos a eso "tradición oral". Jesús no tuvo
una secretaria que tomaba notas mientras El hablaba careciendo El de un
magnetófono, sus palabras y hechos nos llegan a través de la memoria y relatos
de los testigos presenciales.
Como en todas las sociedades de tiempos antiguos, la
tradición oral era el depósito común de conocimientos generales y aún de leyes
(2Tesal. 2:15 3:6 1Juan 2:26, 27). Los Evangelios, entonces, provienen de esa
temprana tradición oral, sagrada, guardada en común por todos los miembros de
la Iglesia de la verdad y vigilada por la acción del Espíritu Santo. Sabemos
con San Pablo que Jesús dijo "Hay más alegría en dar que en recibir",
aunque esa frase de Jesús no figura en ninguno de los cuatro Evangelios (Hechos
20:35). Tal, es el poder de la Sagrada Tradición Apostólica.
San Pablo afirma "la Iglesia es fundamento [1] y columna de la fe" (1Tim 3:15, ver también 6:3-6)
y también advierte que si alguien "les declara un evangelio distinto del
que yo les he declarado, sea anatema" [2]
(Gal 1:6-10). La conclusión es obvia, hay buenas y malas tradiciones. Algunas
son tradiciones de origen humano como el festival de la Dedicación otras son de
origen divino como la evangelización paulina… es la Iglesia la que las guarda
como sagradas o las rechaza como espurias. Esto no es una decisión personal de
cada católico sino que es una decisión apostólica, como el dictamen de San
Pablo "sea anatema" que no requiere el consentimiento de los fieles
sino simplemente la obediencia a la autoridad apostólica.
Aparte resaltemos el hecho de que, al tiempo de
escribir el apóstol estas palabras, los Evangelios distaban de circular en
forma impresa en todo el mundo como los tenemos hoy. La forma más común de
recibir el Evangelio era por declaración oral de un apóstol u otro enviado. La
tradición entregada así, era conservada dentro del grupo eclesial. Esto nos
parece extraño a nosotros hoy, que dependemos de nuestras notas, Biblias etc.
Pero la realidad histórica incontrovertible es que antes de la invención de la
imprenta y la difusión global de la palabra escrita la mayoría de la gente
conservaba su cultura en tradiciones orales tal cual se puede comprobar en el
caso similar de sociedades primitivas aisladas del mundo hasta este mismo día.
Sapia pregunta:
Mi respuesta es un resonante: sí. En todas las
sociedades humanas o cuerpos colegiados hay alguien que, de común acuerdo o por
propio ejercicio de poder, tiene la última palabra. Los congresos pueden llegar
a decisiones divididas y dependen de un presidente para evitar el estancamiento
o la inacción. En las sociedades humanas la autoridad es delegada en un rey o
presidente por medio de diferentes métodos. En la Iglesia y de acuerdo con las
Escrituras que nos han llegado, la autoridad es la que Jesús mismo delegó en
sus apóstoles. Eso es lo que nosotros los católicos entendemos como autoridad
apostólica (Lucas 10:16).
Recuerde el lector la tradición entre comillas que
ha presentado Sapia aquí, porque más adelante, las "tradiciones" se
vuelven buenas cuando convienen a su causa.
[p. 3] Cierto y católico. De ahí vayamos a la
clarísima cita que Daniel Sapia incluye, sacada del Catecismo Católico.
Conservamos la línea prologal de Sapia y reproducimos su cita del Catecismo (en
itálicas), he quitado las comillas que enmarcaban ciertas frases de la cita
catequística para restaurar la presentación original del Catecismo:
Quien lee esto con buena fe y conocimiento de las
Escrituras lo entiende perfectamente. El cuerpo colegiado, el Magisterio, es
guía autoritaria en asuntos de fe. Jesucristo sostiene, en este cuerpo y en la
persona del sucesor de Pedro, la integridad de las declaraciones y enseñanzas
de fe, como se desprende claramente de la lectura de los Evangelios (Lucas
22:32).
Dijo Jesús a sus apóstoles: "Quien a vosotros escucha
a mí escucha" (Lucas 10:16), "Me ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra, id pues y haced discípulos de todas las gentes, bautizándolos
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar
todo lo que yo os he mandado y he aquí que Yo estoy con vosotros hasta el fin
del mundo" (Mateo 28:18-20 Mateo 18:18).
Jesús está lanzando la barca de la Iglesia en el mar
de la Historia, es por eso que Su obra no se limita a la vida de los primeros
apóstoles y, debidamente, ellos imparten la autoridad de la misma forma en que
la recibieron, imponiendo las manos sobre sus sucesores (1Tim 4:14). Esa línea
se mantiene ininterrumpida hasta el dia de hoy. Y como en todo cuerpo colegiado
hay una cabeza para tomar las decisiones finales, el sucesor de San Pedro en
este caso, sobre quien descansa la responsabilidad en asuntos de fe y de moral.
Este hombre es, por definición y propia declaración,
un pecador, tal como Simón el Pescador era, por propia declaración un pecador
(ver Lucas 5:8-11). Es por eso que Cristo le entrega un poder especial,
limitado solamente a declaraciones pastorales de fe y moral. Esa entrega
limitada tiene el doble propósito de respetar el libre albedrío de quien la
recibe y asegurar a la Iglesia que este Vicario de Cristo no tiene permiso para
emitir juicios erróneos en materias de fe y moral. Si se lo convirtiera en un
autómata que sólo puede practicar el bien, ciento por ciento en todo aspecto de
su vida, se le quitaría su libre albedrío, de ahí la limitación que lo fuerza a
ser infalible solamente en cuestiones de declaraciones que pertenecen a la vida
de fe de la Iglesia.
Esta salvedad, este recorte del libre albedrío, es
juiciosamente impuesto por Dios a una sola persona por vez en cada generación,
el sucesor de Pedro. Ciertamente una intervención mínima en la libertad del
hombre, hecha para beneficio del hombre.
La conducta del Papa en otros aspectos es su propia
responsabilidad, en eso él es tan libre como todos nosotros y puede marcar un
número equivocado, olvidarse de apagar la estufa, sentir envidia, ser tentado
por malas inclinaciones o cocinar una mala comida. Todo depende de lo bien que
se prepare para cada cosa. La gracia especial que tiene es una salvaguarda del
Espíritu Santo que se aplica solamente al emitir juicios a toda la Iglesia
sobre asuntos de fe y moral.
[p.4] Inexacto. La doctrina de la infalibilidad
papal se definió, el Magisterio ya la aprobaba y creía desde los tiempos de los
Padres de la Iglesia, como citamos y probamos ampliamente en este artículo.
Esta cita, (párrafos 4 y 5) [4] que parece
venir de una publicación anticatólica cuyos autores no se declaran [5], ya está refutada de antemano en el capítulo
XVIII del libro de Karl Keating (Catolicismo y Fundamentalismo, ver el artículo
publicado anteriormente en http://www.apologetica.org
).
La doctrina de la infalibilidad papal fue definida
en sus alcances por el Concilio Vaticano I, no fue creada, aprobada o
desempolvada para esa ocasión y es claro que así lo prueban irrefutablemente
las citas de Keating: San Cipriano de Cartago y San Agustín de Hipona [6].
Ambos Padres de la Iglesia preceden al Concilio Vaticano I en unos quince
siglos. Creo que no hace falta dar mayor importancia al resto de las citas de
Sapia en éste párrafo pues su afirmación principal, a saber, que el Vaticano
sacó esta doctrina de la galera para afirmar su autoridad, queda probada falsa
antes de ser emitida, por lo que ya hemos publicado antes para responder a la
misma acusación y por numerosos documentos que citamos mas adelante en este
mismo artículo.
[p. 5] Falso. El párrafo precedente delata la total
falta de conocimiento histórico que su autor tiene o que espera de sus
lectores. "Conociendo la historia de los papas" quiere implicar que
es una historia sucia y que los obispos la despreciaban [7].
El autor nos quiere hacer creer que nada bueno hay allí, a pesar de que muchos
de los papas sufrieron el martirio por su fe. No se citan los discursos ni hay
referencia alguna al temario o a las actas conciliares. El párrafo es tan
prejuicioso que claramente nos quiere hacer admitir que hasta los obispos que
votaron por la definición de infalibilidad en este concilio, pensaban como el
autor del panfleto. Esto es tan absurdo que constituye prueba de la falta de
cualquier método histórico serio en la redacción de esa obra [8].
Según el panfleto, el papa Pio IX, viendo que se le
iban las riendas del mundo decide hacerse declarar infalible en la ilusión de
que tal cosa le va a devolver el control perdido. Refiérase el lector a
cualquier historia de Europa para comprobar que ese concepto es francamente
risible. En la segunda parte se nos quiere hacer pensar que los obispos
disidentes también confundían la infalibilidad con la impecabilidad. Por otro
lado, si el pobre Pio IX, según afirma este dudoso documento, no tenía el apoyo
ni siquiera de sus propios obispos, ¿cómo podía esperar que al definir la
doctrina de la infalibilidad los países del mundo iban a quedar más firmemente
bajo su control? Que juzgue el lector si este párrafo no se contradice a sí
mismo. ¿Cree acaso el autor del panfleto que los lectores no piensan, ni leen historia?
Cualquiera que conozca algo de historia de la
Iglesia sabe que en todos los concilios hubo todo tipo de refriegas (comenzando
por el de Jerusalén en Hechos 15, donde surgió "un desacuerdo y debate no
pequeños" y sin duda que los ánimos estaban bastante encrespados). En los
Concilios donde se definió la divinidad de Cristo, por ejemplo, se asombraría
Sapia de las refriegas ocurridas en sus pasillos, pero que llevaron finalmente
a la declaración de la verdad sobre Cristo. Las fragilidades humanas no asustan
al Espíritu Santo, que no depende de las buenas obras de los creyentes para
guiar a su Iglesia, sino que escribe derecho en renglones torcidos. De todos
modos, la presentación que se hace en el panfleto de Sapia de lo que sucedía
entre bastidores en el Concilio Vaticano I es totalmente parcial. Hay grandes
obras sobre el Concilio Vaticano I, cuya lectura recomendamos a quien quiera
saber más, y mejor, del evento.
Una excepción podría ser A.B. Hasler, autor de Wie
der Papst unfehlbar wurde (Cómo el Papa se volvió Infalible) obra citada
repetidamente por Sapia en su panfleto y a quien presenta como uno que
"tuvo acceso a los archivos secretos", cosa que todo historiador
tiene. La expresión quiere dar al lector la idea de que Hasler "verdaderamente"
conocía la historia que el Vaticano "esconde".
Dice Sapia que él va a brindar "unas cuantas de
las cientos de contradicciones que desmienten esta doctrina".
"Cientos" ¿quién lo puede probar o negar, verdad? Lo importante es
sembrar falsedades, y que otros se ocupen de probar si son ciertas o falsas.
Veremos aquí que de esos "algunos" ejemplos de los supuestos
"cientos" no sirve ninguno. Nuevamente Daniel Sapia requiere de
nosotros que "sus disposiciones no sean discutidas, sino aprobadas sin
posibilidad de cuestionamiento" algo de lo que él mismo acusa a los papas.
El acusador es culpable de las mismas malas artes que él critica en el acusado
y, como ya nos tiene acostumbrados, presenta inexactitudes como grandes
verdades.
Es curioso: Sapia no parece aceptar argumentos
católicos a menos que se le presenten pruebas apodícticas mientras que para las
afirmaciones, evidentemente falsas, de los enemigos de la Iglesia que él repite
en su sitio, no parece aplicar ningún filtro apodíctico, colando así el
mosquito y tragándose el camello. Es más, con sólo aplicar el sentido común al
menos debe dudarse de algunas afirmaciones que él atribuye a los papas, por
tratarse de expresiones simplemente ridículas. Se presta así al juego del
diablo, del cual es propio el confundir con falsedades, incluso apareciendo
como "ángel de luz" que pretende "iluminar", mientras que
es propio del Espíritu de Dios traer luz y verdad a las personas. Por este
motivo no nos cabe duda que obra en ese sitio una suerte de "energía del
engaño" para mal suyo y de todos, porque nadie se puede beneficiar de la
mentira. Da qué pensar su gran disponibilidad a creer a cualquier autor que
vaya contra la Iglesia Católica, sin juzgar la veracidad o seriedad de dicho
autor. (2Cor 5:10. 2Tim 3:8,9 4:1-5).
Recientemente he leído un clarísimo artículo de Dale
Ahlquist [9] que dice en parte:
El motor de la página de Sapia es simplemente: si es
anticatólico, entonces es verdad hasta que los católicos demuestren lo
contrario (Juan 8.31-47).
Lo importante para Daniel Sapia no es dar a conocer
la verdad, sino acusar al catolicismo que ya ha sido condenado por él antes de
la aparición de la más mínima evidencia de culpabilidad. Como en el juicio de
Jesús ante el Sanedrín, los testigos están viciados de parcialidad y el juez se
ha asignado una autoridad usurpada.
Este caso, el del enjuiciamiento de Formoso que es
tratado por Karl Keating en el capítulo XVIII de su libro, ya publicado en este
sitio. A lo largo de su panfleto Sapia repite las mismas acusaciones previamente
refutadas sin ofrecer ninguna razón. De ahí concluyo que Sapia no leyó (o no
entendió) la refutación de Boettner por Keating y vuelve al ataque con… la
misma historia. Aquí va la parte de Sapia… y no va a ser la primera vez en este
artículo que volvemos a repetir (sin que se nos refute) los mismos argumentos
que antes expusiéramos en la vana esperanza que fueran leídos y entendidos
antes de rebuznar en contra otra vez:
[p. 6] Improcedente. Volvemos a publicar el límpido
razonamiento de Keating, a ver si alguien se da por aludido esta vez:
Quizás si Daniel Sapia publica esta historia unas
mil veces más, el caso de Formoso se volverá una cuestión de enunciar asuntos
de fe y moral a toda la Iglesia. De hecho, se refiere dos veces al asunto en su
panfleto. El caso de Formoso por ahora queda como un momento triste y oscuro de
la historia de esta Iglesia que sufre las consecuencias del pecado original
tanto como cualquier otra, pues Jesucristo la fundó para que en ella entraran
los pecadores y aprendieran los caminos de la santidad. La Iglesia no es un
club de santos, es un hospital para pecadores.
Cuando Jesús declaró que "los enemigos de un
hombre estarán en su propia casa" "os envío como ovejas en medio de
lobos" "el enemigo sembró mala hierba" (Mateo 10:34 10:16
13:26-30) estaba declarando la persistente condición del pecado que afecta a Su
Iglesia y a todos los humanos. Si la Iglesia fuera perfecta y angelical, no
sería necesaria la gracia de Dios y nos mereceríamos el cielo, Jesucristo
hubiera muerto en vano y podríamos gloriarnos de nuestra propia conducta. Pero
no es así. ¿Está usted sorprendido de encontrar pecadores y disensiones en la
Iglesia? Entonces usted no ha leído las Escrituras ni ha escuchado las palabras
de Jesucristo. Sigamos...
[pp. 7-8] Falso. Para analizar esta última
declaración recordamos una cita de Jorge Luis Borges. Los sofismas siempre han
existido, quienes proponen un problema que no existe no tienen ningún empacho
en proponer soluciones falsas a falsos problemas. Borges habla de Plinio, el
historiador romano, en estos términos: "A Plinio (Historia Natural, Libro
Octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes:
aventura la hipótesis que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie
ignora, es muy fría" [12].
Es fácil para nosotros sonreír veinte siglos más tarde
ante la inocente ignorancia de Plinio. Al menos, Plinio no intentaba denigrar a
ningún ser humano con ese comentario que hoy hallamos tan risueño. Que los
Doctores y Padres de la Iglesia (citamos ya dos veces a San Agustín y a San
Cipriano) hubieran promulgado la primacía petrina en casos de fe y moral no
tiene la menor importancia para el desconocido autor de la cita de Sapia.
Tampoco tiene importancia alguna la tormenta que
tuvo que pasar la Iglesia al principio de su segundo milenio, cuando las desavenencias
entre los obispos de Oriente y Occidente culminaron en el cisma de 1054. Es
curioso que aun en el amargo cenit de esta disputa, ninguna de las iglesias
orientales discutió la condición de "primus inter pares" del obispo
romano, cuando hubiera sido fácil negarle esa autoridad para ganar la disputa.
Algunos lo desobedecieron pero ninguno argumentó contra su primacía. Esto
merece un tratamiento más extenso, pero sirva lo dicho como fondo contra el
cual comparar éste párrafo que nos espetan con toda malicia. ¿Quiénes son los
"todos" en el "todos sabían que el Papa trataba de impulsar a
través del Concilio"? "Ya no era más la Edad Media" ¿Qué se
quiere decir con eso? ¿Es "progresista" creer en algo sin revisarlo
porque está impreso en letras de molde y es posterior a la Edad Media? Para
verificar la falsedad de las afirmaciones de Sapia examinemos una nota del
Concilio Vaticano I, donde se citan precedentes del Concilio II de Lyon
(constituido en 1274):
"1834 [cf. n. 171 f.]. Además, con la
aprobación del segundo concilio de Lyons, los Griegos han profesado "que
la Santa Iglesia Romana retiene la más alta y completa primacía y la
preeminencia sobre la Iglesia Católica universal, de la cual profesa verdadera
y humildemente que ha recibido con plenitud el poder de Nuestro Señor Mismísimo
en el bendito Pedro, el jefe o cabeza de los Apóstoles, de quien el Pontífice
Romano es el sucesor, y, como tal está comprometido por sobre otros a defender
su verdad [13]
La maliciosa impresión que trata de dar Sapia es que
una especie de progresiva "liberación" de la "opresión
papista" está ocurriendo en el mundo y para rematar el punto con otra
mentira se nos asegura:
Me basta para probar la falsedad de estas
afirmaciones lo citado anteriormente de fuentes patrísticas y conciliares en
nuestra exposición y en la exposición adjunta de Keating. La Iglesia afirmó la
primacía romana en 1054 a costo no despreciable y con ella todos los padres y
doctores de la Iglesia se han expresado a través de los siglos en términos bien
claros.
Hasta la sangre fría de los elefantes de Plinio se
calentaría al escuchar que "la infalibilidad papal nunca había sido
aceptada por la Iglesia", especialmente ante la hipocresía de los que
comienzan execrando las tradiciones y ahora se golpean el pecho porque, según
dicen, aceptar las medidas del concilio "sería ir contra siglos de tradición
de la Iglesia así como también de las Escrituras".
Vaya uno a saber cómo, en unos cuantos renglones,
las tradiciones de la Iglesia pasaron de ser execrables a ser inviolables. La
falta de rigor de este panfleto alcanza uno de sus peores momentos con este
precario razonamiento, no solamente porque carece de coherencia aun con lo que
declaran creer las así llamadas iglesias evangélicas sino que tambien miente,
pues como puede fácilmente entender el lector la tradición de la Iglesia ha
sostenido la infalibilidad desde tiempos apostólicos. Ver las citas que
adjuntamos más adelante y lo expresado por escritores patrísticos en los
primeros cinco siglos de vida del cristianismo. Repito, por fuentes
históricamente acreditadas y no por un histérico anticlerical que se gana la
vida publicando libros escandalosos de dudoso valor histórico.
Sapia presenta una versión infantilmente
tergiversada y simplista del Concilio Vaticano I, basado como de costumbre en
autores cuya finalidad no es por cierto la de descubrir la verdad, sino que
pretenden presentar la definición del dogma como una lucha sucia por el poder.
La mayoría de las "citas" son indemostrables, no hay modo de
confrontarlas en los documentos conciliares, diarios de los obispos y demás
material que suele usarse en estos casos. Ya tendría que saber Sapia que una
afirmación no se vuelve automáticamente cierta por el solo hecho de que alguien
la publicó en un libro. En estas cuestiones hay que ir a las fuentes, usar
bibliografía decente o quedarse al margen de la discusión, de lo contrario se
arriesga ser un mero repetidor de falsedades (Judas 10,11).
Esta presentación del Concilio por Sapia es
totalmente insidiosa, y su objetivo es que el lector desprevenido alimente
desprecio hacia la Iglesia. Como contraparte el lector interesado puede ver el
artículo que trae la Enciclopedia Católica sobre el desarrollo del Concilio
Vaticano I, escrito por un especialista, y compararlo con la presentación que
hace Sapia (notar siempre la bibliografía que se usa en cada caso).
[p. 9] Falso, afirmación no documentada. ¿Existe
aquí adosada alguna lista que nos demuestre que los que estaban a favor de la
infalibilidad eran una minoría? No. No hay prueba alguna de esta aseveración.
Pero, un momento, en el próximo párrafo se nos asegura que "el Papa, la
mayoría de la curia y los Jesuitas" eran los que estaban a favor de la
infalibilidad. Ahora, pregúntese el lector: ¿quién hizo el censo y dónde están
asentadas las cifras que respaldan esta peregrina afirmación? La lógica del
párrafo es dudosa y sus aseveraciones contradictorias, como corresponde a
cualquier sensacionalista anticatólico que quiere llevar agua para su molino.
10 "Todo está preparado aquí para la proclamación de la
infalibilidad", escribió Lord Acton a William E. Gladstone, Primer
Ministro de Gran Bretaña, el 24 de noviembre de 1869, dos semanas antes de que
el Concilio se convocara formalmente.
[p. 10] Capcioso. Esta parte es realmente especial.
Lord Acton fué un católico de tendencias liberales predispuesto públicamente en
contra de la agenda del concilio. El hecho de que se supiera el temario dos
semanas antes no lo vuelve una elección fraudulenta aun si se supiera de
antemano que cierta doctrina iba a ser definida. Lo que hubiera sorprendido al mundo
es que el concilio votara en contra de la infalibilidad, en contradicción de la
opinión patrística declarada a través de los dieciocho siglos precedentes. Esta
cita fuera de contexto quiere dar la impresión de que "hubo arreglo".
Si tal era el caso: ¿dijo Lord Acton que "los que están a favor de la
infalibilidad son una minoría" tal como lo declara por su cuenta Hasler el
párrafo anterior? ¿En qué quedamos? ¿Había controversia o estaba ya todo
preparado? ¿Por qué no se amplía el comentario de Lord Acton?
Vayamos al siguiente párrafo donde se nos quiere
hacer tragar el anzuelo a la fuerza:
[p. 11]Capcioso. Aquí también se cita a Lord Acton
aparentemente (supongo que será sacado de la obra anteriormente citada) ¿Dónde
está la cita completa y de dónde la sacó el autor? No se sabe. Parece que a él
hay que creerle a pie juntillas. No he podido encontrar la cita que aquí se
describe y que puede estar fuera de contexto (si es que existe). Llama mucho la
atención que Acton se exprese forma tan descuidada, asignando intenciones a
"los obispos extranjeros" que misteriosamente reunidos
preconciliarmente "han hallado" que "era perfectamente imposible
expresar libremente sus opiniones". ¿Cómo "hallaron" los
"obispos"extranjeros" (suponemos aquellos que no eran italianos)
esta "imposibilidad"? ¿Se reunieron todos a tomar un café en la
Piazza Navona? ¡Vaya misterio! ¿cómo estos cientos de obispos se comunican y
llegan a conclusiones sin tener teléfono, ni fax, ni internet? Y luego,
mansamente, van y votan en contra de sus propias convicciones como si tuvieran
puesta una escopeta en la espalda.
El hecho de que Lord Acton tuviera una animadversión
pública contra la Iglesia no se menciona como tampoco el hecho de que Acton,
aun estando en desacuerdo con la Iglesia en muchos puntos, nunca dejó de ser
católico ni de llevar una vida católica hasta el fin de sus días (ver nota biográfica
más adelante). En esto la Iglesia exhibe una tolerancia ejemplar para con
Acton, una voz liberal, discordante e inoportuna. Pero eso no se aclara en el
panfleto, porque tal cosa quitaría de la mente del lector la Iglesia opresiva y
amenazante que se quiere presentar. El solo hecho que un disidente, escritor,
editor de un periódico [15] estuviera en los pasillos del concilio es
prueba de la libertad de información que existía bastante amplia para la época.
Citar a Lord Acton, Döllinger, Küng y otros por el
estilo es querer forzar la mente del que lee a una conclusión única. Por
ejemplo: si yo quiero escribir la historia moderna de Israel y para eso
entrevisto solamente a líderes palestinos ¿se puede creer en lo que yo escriba
o se debe tomar como algo intencionalmente tendencioso? Esa es la técnica de
los "investigadores" que estamos analizando. Si se cita a un católico
es generalmente una cita forjada o errónea (como la que nos quiso hacer pasar a
Karl Keating como un "antipapista") o bien de un descontento con la
Iglesia (como Lord Acton) o bien un disidente a la violeta como el doctor Küng
o un quasi-cismático como Döllinger. Como en el juicio de Jesús, la Iglesia no
tiene testigos a su favor con este Sanedrín ( Juan 18:19-23).
Honestamente, ¿qué clase de tontos cree este
escritor que somos los lectores? ¿Dónde hay declaraciones documentadas de los
conciliares con nombre y apellido, mayorías establecidas, registros de votos
que prueben esto? En ninguna parte. Si los hubiera, ya se habrían publicado
abundantemente como aquella "Carta del Obispo Strossmayer" que
resultó ser un fraude y que es el único fruto de la miserable cosecha de
"pruebas" que hasta ahora se nos vienen ofreciendo sobre los
supuestos vicios de este concilio. De lo citado en este párrafo no hay una sola
línea que uno pueda verificar en fuentes serias y universalmente aceptadas. A
continuación leamos una breve reseña de la vida de John Emerich Edward Dalberg
Acton, Barón Acton (Lord Acton). Juzgue el lector a la luz de esta nota
biográfica.
[p. 12] Falso. El párrafo 12 es otra diatriba
conspiratoria. Las afirmaciones de Hasler deben ser creídas al punto porque ha
tenido acceso a los "archivos secretos" [18]
, luego sufre un "muerte prematura". Y finalmente su amigo y
prologuista Hans Küng es despojado de sus privilegios de enseñanza eclesiástica
mientras tanto estas "pobres víctimas" de la "inicua Iglesia
Católica" engrosan sus cuentas bancarias vendiendo libros escandalosos.
En esto quisiera hacer una aclaración importante.
Hans Küng no es católico y muy probablemente, sus ideas no serían aceptadas en
las principales confesiones protestantes ya que, entre otras cosas, Küng se
declara en contra o en duda sobre una variedad de dogmas cristianos aceptados
por la Iglesia desde el mismo principio y por la mayoría de las confesiones
protestantes de envergadura. Hans Küng es menos católico que el mismo Daniel
Sapia. Y si concluyéramos que la Iglesia tiene que aceptar entre sus filas a
aquellos que niegan públicamente sus dogmas, bien puede el señor Sapia aceptar
al catolicismo como una opinión más. Si Sapia estuviera de acuerdo con Küng en
todo, muy probablemente no sería aceptado en su propia iglesia evangélica. Küng
está fuera de la iglesia y mientras piense como piensa y declare lo que
declara, se queda afuera por más católico que lo declaren los que no son
católicos para nada.
En cuanto a la muerte prematura de Hasler: que se
nos aclare cómo fue que murió… ¿Lo atropelló un auto misterioso? ¿Lo mató un
sicario? Encuentre el lector por si mismo cómo murió este hombre y saque sus
propias conclusiones, porque yo no he encontrado nada, aparte del hecho de que
el hombre ciertamente murió. Si era necesario matar al señor Hasler por haber
visto los "archivos secretos" ¿Para qué mostrárselos en primer lugar?
¿Es que ahora los mafiosos invitan policías a su casa y luego los matan, porque
"saben demasiado"? ¿Quién puede creer semejante patraña?
Juego a tratar de pensar como el doctor Küng por un
momento: estoy prologando el libro de un amigo que (sospecho) fue
"eliminado" por divulgar secretos sucios de la Iglesia, luego, yo
mismo sigo publicando libros de corte similar sin amilanarme por el peligro que
corro. No tengo guardaespaldas, no vivo en un lugar secreto como Salman Rushdie
(a quien sus enemigos religiosos realmente quieren matar). Todo lo contrario,
voy por el mundo y por Italia (sede principal de la "maffia" a la que
estoy exponiendo) dando conferencias y seminarios con pingües ganancias que me
permiten darme una buena vida. Mientras tanto la Iglesia es malvada porque no
aprueba mis experimentos en teología escandalosa.
Esto me suena al conocido argumento protestante de
que "los católicos siempre han querido destruir la Biblia". Curiosa
conclusión que sacan de la Iglesia, que ha invertido el trabajo de incontables
vidas humanas en copiar y conservar manuscritos originales a lo largo de veinte
siglos, para luego traducir, estudiar y publicar el libro que se le acusa de
querer destruir. Los "defensores" de las Escrituras, en este caso,
comienzan por desmembrar la Biblia católica quitándole varios libros en el
siglo XVI, ¡vaya defensa!.
Conclusión: la Iglesia Católica es tan culpable de
intentar destruir la Biblia después de conservarla, como de asesinar a Hasler
después de haberle abierto las puertas de los archivos como vilmente sugiere
Hans Küng sin tener la decencia de, al menos, declarar para quién va la
pedrada.
Veamos lo que tiene que decir sobre este libro
("Cómo el Papa se Volvió Infalible", de Hasler) el comentarista John
O'Malley, del Weston School of Theology, Cambridge, Massachusetts, negrillas
nuestras.
[p. 13] Falso, faltan pruebas. A éste párrafo le
caben las generales de la ley que expresáramos anteriormente. Ni una gota de
declaraciones comprobables. Nada sale a la luz sino estas afirmaciones sin base
alguna que podamos comprobar. Esto sigue y sigue, paciencia buen lector...
[pp.14-16] Capcioso y muy probablemente falso.
Obispos deprimidos o en fuga, despojados de su obispado, prisioneros virtuales
de las fuerzas del mal que controlan el concilio… amenazas de instituir un
nuevo pecado mortal… esta pintura del Concilio Vaticano I es más digna de la
Unión Soviética bajo Stalin que una reunión universal de obispos católicos.
Cierto es que desde tiempos apostólicos ha habido disensiones y desacuerdos,
recordemos otra vez el primer concilio de Jerusalén según nos llega a través de
los Hechos de los Apóstoles (Hechos cap. 15). Lo milagroso hubiera sido que no
hubiera desacuerdos, miembros mal informados o mal dispuestos hacia cierta
agenda por millares de posibles motivos. Lo cierto es que una vez que el
concilio hubo votado, toda la Iglesia aceptó sus conclusiones, incluídos
aquellos que no estaban de acuerdo al principio. La Iglesia Católica establece
así su unidad y unicidad algo francamente faltante en las superdivididas
confesiones "evangélicas" que hoy suman más de veinticinco mil y
entre las cuales no faltan amargas y enconadas disensiones que alimentan sus
continuos cismas y divisiones.
Vea por sí mismo el lector como Lord Acton y dos
obispos en desacuerdo siguieron viviendo como católicos y aceptaron la
conclusión de sus pares [20]. Aún si
el concilio hubiera sido la lucha por imponer voluntades humanas que se nos
presenta en el panfleto de Sapia aun así, no hubiera sido diferente de las
discusiones entre los doce Apóstoles. La Iglesia está integrada por humanos y
nada de lo que es humano le es ajeno. Mayor gloria va a Dios por lograr con
estas débiles herramientas la magna obra de la conservación de la fe. La obra
de Dios se hace perfecta en la debilidad (2Cor 12:9).
[p. 17] Falso. Con respecto a esto: creo ser un
católico sincero pero también católico informado que deseo saber la verdad
sobre la Iglesia. He buscado confirmaciones para este material que analizamos y
sólo he podido confirmar que las declaraciones de Hasler son falsas,
incompletas o inverificables.
Concluyo, luego de examinar el abundante material
que tengo, que la Iglesia ya creía en la infalibilidad y que la doctrina se
expresa de diversas maneras, con claridad (caso de las citas de Cipriano de
Cartago y Agustín de Hipona) y en innumerables casos en forma indirecta. Mi
honesta impresión es que la doctrina siempre estuvo allí y los conciliares del
Vaticano I la votaron porque se caía de maduro que no se podía negar, aunque algunos
pensaran que definirla era un tanto inoportuno. Lord Acton, el Obispo Darboy, y
el Obispo Dupanloup confirmaron su obediencia a la Santa Sede por medio de
mantenerse dentro de la Iglesia y (en el caso de los obispos al menos)
retractarse de las declaraciones opuestas hechas en tiempos del Concilio
Vaticano I (ver mas adelante). En eso la obra de Hasler es tendenciosa pues
deja a sus lectores en la oscuridad con respecto a estas importantes
retractaciones. Claro que eso es uno de los vicios menores que vamos
descubriendo.
[p. 18] Falso, no documentado. Esta mención del
Obispo Darboy, un verdadero mártir, fue uno de la minoría de obispos en el
Concilio Vaticano I que consideró inoportuno el votar la infalibilidad. Nótese
la diferencia: no es lo mismo considerar algo cierto pero inoportuno que
considerarlo falso y manipulado. Conste que Mgr. Darboy dió su vida por esa
misma Iglesia. Creo que eso es señal de que no la despreciaba como nos lo
asegura Hasler. Para mejor entender la compleja posición de Mgr. Darboy lea por
favor el comentario completo que incluyo a continuación (negrillas nuestras):
[p. 19-20] Falso. Quise agregar las negrillas para
que el lector compare estas "citas" con lo que este católico de a pie
que les escribe ha encontrado sin mucho esfuerzo entre las obras de los Padres
de la Iglesia y otras fuentes. Y a propósito, la cita entre corchetes (párrafo
20 al final) es agregada a un documento cuyo origen no se aclara y expandiendo una
declaración personal de manera más bien capciosa. Nuestra investigación de la
vida y declaraciones de Mgr. Von Hefele revelan que se opuso a la definición de
la doctrina considerándola inoportuna pero no tuvo inconveninente en obedecer
las conclusiones del concilio según declara a su obispo coadjutor en 1890:
Esta cita prueba la malicia del material que estamos
analizando. Para desmentir las palabras que son puestas en boca de Mgr. Von
Hefele de que los Padres de la Iglesia nunca habían hablado de la
infalibilidad, vamos a dejarlos hablar a ellos un poco más. No vamos a citar a
"cierto obispo" o a "un obispo" cuyas palabras no se pueden
corroborar en ningún lado. Vamos a dejar hablar a la Tradición de la Iglesia
tal cual la expresan sus primeros Padres en documentos de aceptación universal.
Esto requiere leer y pensar. Nótense especialmente
las fechas. La obras de estos autores patrísticos están disponibles al público
en muchos idiomas. En la mayoría de los casos traduzco de obras en inglés y
refiero al lector a la publicación que poseo y a sus fuentes. Estas obras
existen, son verificables y académicamente aceptadas en todos los casos.
San Ireneo de Lyon (140 A.D.- ca. 202 A.D.) Sobre la
Infalibilidad de la Iglesia
Segundo Obispo de Lyon (Francia) sucesor de San
Potino (Mártir), discípulo de San Policarpo que fuera discípulo del Apóstol San
Juan. Según William Jurgens autor de "Fe de los Primeros Padres" [26] "San Ireneo, autor del 'Adversus
Haereses' es ciertamente el teólogo más importante del segundo siglo".
Quintus Septimius Florens Tertullianus, (ca. 155/160
A.D. -ca. 240/250 A.D.)
Nacido en Cartago de padres paganos. Abogado de considerable
fama, se convirtió en 193 A.D. Su experto conocimiento de leyes se volvió una
poderosa arma en defensa de la fe cristiana. Demuestra aqui el punto de la
infalibilidad de la Iglesia por el absurdo, pues nos propone que si las
Iglesias se han desviado, ¿Cómo es posible que se desviaran todas de la misma
manera?
Sobre la Infalibilidad
Sobre laTransmisión De La Autoridad Apostólica En
Roma
[p. 21-24] Falso. El Obispo Dupanloup murió en
acuerdo completo con el Concilio Vaticano I. Aparte de los vituperios y
anécdotas para las que no se ofrece ni una sola referencia o prueba Sapia dice,
sin probarlo, que en el día de la votación final sobre el dogma de la
infalibilidad "solo había 535 votos afirmativos, menos de la mitad de los
1084 miembros originales con derecho a votar".
Lo que el lector no sabe es que no había 1084
votantes, esos eran, más o menos, los prelados con derecho a votar en todo el
mundo, muchos de los cuales no vinieron al concilio por motivos diversos. [29]
-Asistieron 774 votantes, no todos a todas las
sesiones y votaciones
-los votantes reales que participaron el día de la
definición eran 435
-de los cuales 433 votaron afirmativamente (todos,
menos dos) [30]
Es cierto que muchos obispos que se oponían a la
oportunidad del dogma, no a la doctrina, se retiraron y no participaron de la
votación. Hubiesen podido participar y votar que no, si hubiesen estado en
contra terminantemente. Lo que quiero hacer notar es la falsa presentación de
los hechos, cosa que demuestra el nivel de deshonestidad del panfleto.
[pp. 25-26] Supongo que la "manera bíblica"
de resolver los desacuerdos del concilio hubiera sido un cisma general, a la
manera de las sectas protestantes, en las que todo el mundo parte y se forma su
propia Iglesia "basada en la Biblia". Eso es especialmente impropio
pues presenta un panorama de confusión y división a los que no son cristianos.
En las palabras de C.S. Lewis, célebre apologista
del protestantismo, que dice en su libro "Mero Cristianismo":
"las divisiones entre cristianos son un pecado y un escándalo y los
cristianos debieran contribuir a la unión en todo tiempo aunque más no fuera
por medio de oraciones" [31].
En la Iglesia se discute y expone, a veces con
fuerza y sentimiento, tal cual se hizo en los primeros tiempos entre los
Apóstoles. Es por eso que existen dos cosas que son muy católicas:
- la disciplina de los obispos que una vez expuesto
y discutido el punto, votan sobre el asunto y
-la última palabra, que corresponde al Obispo de
Roma y que todos acatan y obedecen una vez que se toma una decisión. Para
corroborar lo que afirmamos, ver las biografías de los disidentes en este
concilio, a quienes ha mal citado Sapia: von Hefele, Darboy y Dupanloup. Las
publicamos aquí.