CARTA ENCÍCLICA «UT UNUM SINT»
(Parte 1)
(Sobre el compromiso ecuménico),
DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II
SOBRE EL EMPEÑO ECUMÉNICO
Tomado de http://www.aciprensa.com
INTRODUCCIÓN
1. Ut unum sint! La
llamada a la unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha
renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el
corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el Año Dos mil que será
para ellos un Jubileo sacro, memoria de la Encarnación del Hijo de Dios, que se
hizo hombre para salvar al hombre.
El valiente
testimonio de tantos mártires de nuestro siglo, pertenecientes también a otras
Iglesias y Comunidades eclesiales no en plena comunión con la Iglesia católica,
infunde nuevo impulso a la llamada conciliar y nos recuerda la obligación de
acoger y poner en práctica su exhortación. Estos hermanos y hermanas nuestros,
unidos en el ofrecimiento generoso de su vida por el Reino de Dios, son la
prueba más significativa de que cada elemento de división se puede trascender y
superar en la entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a
todos sus discípulos a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta
invitación, de proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé
en el Coliseo romano el Viernes Santo de 1994, al concluir la meditación del
Vía Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano Bartolomé,
Patriarca ecuménico de Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que,
unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden
permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia
del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma
verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su
valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las
raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni
esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si
Dios no existiese.
2. A nadie escapa
el desafío que todo esto supone para los creyentes. Ellos deben aceptarlo. En
efecto, ¿cómo podrían negarse a hacer todo lo posible, con la ayuda de Dios,
para derribar los muros de la división y la desconfianza, para superar los
obstáculos y prejuicios que impiden el anuncio del Evangelio de la salvación
mediante la Cruz de Jesús, único Redentor del hombre, de cada hombre?
Doy gracias a
Dios porque nos ha llevado a avanzar por el camino difícil, pero tan rico de
alegría, de la unidad y de la comunión entre los cristianos. El diálogo
interconfesional a nivel teológico ha dado frutos positivos y palpables; esto
anima a seguir adelante.
Sin embargo,
además de las divergencias doctrinales que hay que resolver, los cristianos no
pueden minusvalorar el peso de las incomprensiones ancestrales que han heredado
del pasado, de los malentendidos y prejuicios de los unos contra los otros. No
pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente conocimiento
recíproco agravan estas situaciones. Por este motivo, el compromiso ecuménico
debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración, lo cual llevará
incluso a la necesaria purificación de la memoria histórica. Con la gracia del
Espíritu Santo, los discípulos del Señor, animados por el amor, por la fuerza
de la verdad y por la voluntad sincera de perdonarse mutuamente y
reconciliarse, están llamados a reconsiderar juntos su doloroso pasado y las
heridas que desgraciadamente éste sigue produciendo también hoy. Están
invitados por la energía siempre nueva del Evangelio a reconocer j untos con
sincera y total objetividad los errores cometidos y los factores contingentes
que intervinieron en el origen de sus lamentables separaciones. Es necesaria
una sosegada y limpia mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina,
capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una renovada
disponibilidad, precisamente para anunciar el Evangelio a los hombres de todo
pueblo y nación.
3. Con el
Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo
irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la
escucha del Espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los «signos de los
tiempos». Las experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos años la
iluminan aún más profundamente sobre su identidad y su misión en la historia.
La Iglesia católica reconoce y confiesa las debilidades de sus hijos,
consciente de que sus pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos
a la realización del designio del Salvador. Sintiéndose llamada constantemente
a la renovación evangélica, no cesa de hacer penitencia. Al mismo tiempo, sin
embargo, reconoce y exalta aún más el poder del Señor, quien, habiéndola
colmado con el don de la santidad, la atrae y la conforma a su pasión y
resurrección.
Enseñada por las
múltiples vicisitudes de su historia, la Iglesia está llamada a liberarse de
todo apoyo puramente humano, para vivir en profundidad la ley evangélica de las
Bienaventuranzas. Consciente de que «la verdad no se impone sino por la fuerza
de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las
almas», nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En efecto,
su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de la caridad.
Yo mismo quiero
promover cualquier paso útil para que el testimonio de toda la comunidad
católica pueda ser comprendido en su total pureza y coherencia, sobre todo ante
la cita que la Iglesia tiene a las puertas del nuevo Milenio, momento
excepcional para el cual pide al Señor que la unidad de todos los cristianos
crezca hasta alcanzar la plena comunión. A este objetivo tan noble mira también
la presente Carta encíclica, que en su índole esencialmente pastoral quiere
contribuir a sostener el esfuerzo de cuantos trabajan por la causa de la
unidad.
4. Esta es un
preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo
con la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena conciencia de mi
fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió a Pedro esta misión
especial en la Iglesia y le encomendó confirmar a los hermanos, al mismo tiempo
le hizo conocer su debilidad humana y su particular necesidad de conversión:«Y
tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos»(Lc 22, 32). Precisamente en
la debilidad humana de Pedro se manifiesta plenamente cómo el Papa, para
cumplir este especial ministerio en la Iglesia, depende totalmente de la gracia
y de la oración del Señor:«Yo he rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca»(Lc 22, 32). La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en
la oración misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa constantemente.
En nuestra época ecuménica, marcada por el Concilio Vaticano II, la misión del
Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena
comunión de los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma
en primera persona debe hacer propia con fervor la oración de Cristo por la
conversión, que es indispensable a «Pedro» para poder servir a los hermanos.
Pido encarecidamente que participen de esta oración los fieles de la Iglesia
católica y todos los cristianos. Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión.
(Ut unum sint 4b) El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con
fervor la oración de Cristo por la conversión, que es indispensable a «Pedro»
para poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de esta
oración los fieles de la Iglesia católica y todos los cristianos. Junto
conmigo, rueguen todos por esta conversión.
Sabemos que la
Iglesia en su peregrinar terreno ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones
y persecuciones. La esperanza que la sostiene es, sin embargo, inquebrantable,
como indestructible es la alegría que nace de esta esperanza. En efecto, la
roca firme y perenne sobre la que está fundada es Jesucristo, su Señor.
Capítulo I
El compromiso ecuménico de la Iglesia Católica
El designio de Dios y la comunión
5. Junto con
todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica basa en el designio de Dios
su compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En efecto,«la
Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente
abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para
anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la
constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos' sacramento
inseparable de unidad'».
Ya en el Antiguo
Testamento, refiriéndose a la situación de entonces del pueblo de Dios, el
profeta Ezequiel, recurriendo al simple símbolo de dos maderos primero
separados, después acercados uno al otro, expresaba la voluntad divina de
«congregar de todas las partes» a los miembros del pueblo herido:«Seré su Dios
y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor, que
santificó a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para
siempre»(cf. 37, 16-28). El Evangelio de san Juan, por su parte, y ante la
situación del pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón
de la unidad de los hijos de Dios:«Iba a morir por la nación, y no sólo por la
nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos»(11,
51-52). En efecto, la Carta a los Efesios enseñará que «derribando el muro que
los separaba [...] por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la
enemistad», de lo que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de
toda la humanidad herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo
para que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu de amor.
La víspera del sacrificio de la Cruz, Jesús mismo ruega al Padre por sus
discípulos y por todos los que creerán en El para que sean una sola cosa, una
comunión viviente. De aquí se deriva no sólo el deber, sino también la
responsabilidad que incumbe ante Dios, ante su designio, sobre aquéllos y
aquéllas que, por medio del Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo
en el cual debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión.¿Cómo es
posible permanecer divididos si con el Bautismo hemos sido «inmersos» en la
muerte del Señor, es decir, en el hecho mismo en que, por medio del Hijo, Dios
ha derribado los muros de la división? La división «contradice clara y
abiertamente la voluntad de Cristo. es un escándalo para el mundo y perjudica a
la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura».
El camino ecuménico: camino de la Iglesia
7.«El Señor de
los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente el plan de su gracia para con
nosotros pecadores, últimamente ha comenzado a infundir con mayor abundancia en
los cristianos separados entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión.
Muchísimos hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y
también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más
amplio, con ayuda de la gracia del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de
los cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los
que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y Salvador; y no sólo
individualmente, sino también reunidos en grupos, en los que han oído el
Evangelio y a los que consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi
todos, aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios única y
visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de
que el mundo se convierta al Evangelio y así se salve para gloria de Dios».
8. Esta
afirmación del Decreto Unitatis redintegratio se debe comprender en el contexto
de todo el magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II expresa la decisión de
la Iglesia de emprender la acción ecuménica en favor de la unidad de los
cristianos y de proponerla con convicción y fuerza:«Este santo Sínodo exhorta a
todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos,
participen diligentemente en el trabajo ecuménico».
Al indicar los
principios católicos del ecumenismo, el Decreto Unitatis redintegratio enlaza
ante todo con la enseñanza sobre la Iglesia de la Constitución Lumen gentium,
en el capítulo que trata sobre el pueblo de Dios. Al mismo tiempo, tiene
presente lo que se afirma en la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre
la libertad religiosa.
La Iglesia
católica asume con esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la
conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad. También aquí
se puede aplicar la palabra de san Pablo a los primeros cristianos de Roma:«El
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo»;
así nuestra «esperanza... no defrauda»(Rom 5, 5). Esta es la esperanza de la
unidad de los cristianos que tiene su fuente divina en la unidad Trinitaria del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
9. Jesús mismo
antes de su Pasión rogó para «que todos sean uno»(Jn 17, 21). Esta unidad, que
el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria,
sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario
de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la
comunidad. Dios quiere la Iglesia, porque quiere la unidad y en la unidad se
expresa toda la profundidad de su ágape.
En efecto, la
unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse
juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por
los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión
jerárquica. Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la comunión del
Hijo y, en El, en su comunión con el Padre:«Y nosotros estamos en comunión con
el Padre y con su Hijo, Jesucristo»(1 Jn 1, 3). Así pues, para la Iglesia
católica, la comunión de los cristianos no es más que la manifestación en ellos
de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia
comunión, que es su vida eterna. Las palabras de Cristo «que todos sean uno»
son pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla
plenamente, de modo que brille a los ojos de todos «cómo se ha dispensado el
Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas»(Ef 3, 9).
Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer
la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que
corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es el
significado de la oración de Cristo:«Ut unum sint».
10. En la
situación actual de división entre los cristianos y de confiada búsqueda de la
plena comunión, los fieles católicos se sienten profundamente interpelados por
el Señor de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con
una visión eclesiológica lúcida y abierta a todos los valores eclesiales
presentes entre los demás cristianos. Los fieles católicos afrontan la
problemática ecuménica con un espíritu de fe.
El Concilio
afirma que «la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica gobernada por
el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con el» y al mismo tiempo
reconoce que «fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos
elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de
Cristo, empujan hacia la unidad católica».
«Por tanto, las
mismas Iglesias y Comunidades separadas, aunque creemos que padecen
deficiencias, de ninguna manera carecen de significación y peso en el misterio
de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como
medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y verdad
que fue confiada a la Iglesia católica».
11. De este modo
la Iglesia católica afirma que, durante los dos mil años de su historia, ha
permanecido en la unidad con todos los bienes de los que Dios quiere dotar a su
Iglesia, y esto a pesar de las crisis con frecuencia graves que la han sacudido,
las faltas de fidelidad de algunos de sus ministros y los errores que
cotidianamente cometen sus miembros. La Iglesia católica sabe que, en virtud
del apoyo que le viene del Espíritu, las debilidades, las mediocridades, los
pecados y a veces las traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir lo
que Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia. Incluso «las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella»(Mt 16, 18). Sin embargo la
Iglesia católica no olvida que muchos en su seno ofuscan el designio de Dios.
Al recordar la división de los cristianos, el Decreto sobre el ecumenismo no
ignora la «culpa de los hombres por ambas partes», reconociendo que la
responsabilidad no se puede atribuir únicamente a los «demás». Gracias a Dios,
no se ha destruido lo que pertenece a la estructura de la Iglesia de Cristo, ni
tampoco la comunión existente con las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.
En efecto, los
elementos de santificación y de verdad presentes en las demás Comunidades cristianas,
en grado diverso unas y otras, constituyen la base objetiva de la comunión
existente, aunque imperfecta, entre ellas y la Iglesia católica.
En la medida en
que estos elementos se encuentran en las demás Comunidades cristianas, la única
Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas. Por este motivo el
Concilio Vaticano II habla de una cierta comunión, aunque imperfecta. La
Constitución Lumen gentium señala que la Iglesia católica «se siente unida por
muchas razones» a estas Comunidades con una cierta verdadera unión en el
Espíritu Santo.
12. La misma
Constitución explicita ampliamente «los elementos de santificación y de verdad»
que, de diversos modos, se encuentran y actúan fuera de los límites visibles de
la Iglesia católica:«Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada
Escritura como norma de fe y de vida y manifiestan un amor sincero por la
religión, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en el Hijo de Dios
Salvador y están marcados por el Bautismo, por el que están unidos a Cristo, e
incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o Comunidades eclesiales
otros sacramentos. Algunos de ellos tienen también el Episcopado, celebran la
sagrada Eucaristía y fomentan la devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade a
esto la comunión en la oración y en otros bienes espirituales, incluso una
cierta verdadera unión en el Espíritu Santo. Este actúa, sin duda, también en
ellos y los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos, les dio
fuerzas incluso para derramar su sangre. De esta manera, el Espíritu suscita en
todos los discípulos de Cristo el deseo de trabajar para que todos se unan en
paz, de la manera querida por Cristo, en un solo rebaño bajo un solo Pastor».
El Decreto
conciliar sobre el ecumenismo, refiriéndose a las Iglesias ortodoxas llega a
declarar que «por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de esas
Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios». Reconocer todo esto es una
exigencia de la verdad.
13. El mismo
Documento presenta someramente las implicaciones doctrinales. En relación a los
miembros de esas Comunidades, declara:«Justificados por la fe en el Bautismo,
se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el
nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia
católica como hermanos en el Señor».
Refiriéndose a
los múltiples bienes presentes en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales,
el Decreto añade:«Todas estas realidades, que proceden de Cristo y conducen a
El, pertenecen, por derecho, a la única Iglesia de Cristo. Nuestros hermanos
separados practican también no pocas acciones sagradas de la religión
cristiana, las cuales, de distintos modos, según la diversa condición de cada
Iglesia o comunidad, pueden sin duda producir realmente la vida de la gracia, y
deben ser consideradas aptas para abrir el acceso a la comunión de la
salvación».
Se trata de
textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de la comunidad católica no
existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran valor (eximia), que en la
Iglesia católica son parte de la plenitud de los medios de salvación y de los
dones de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras
Comunidades cristianas.
14. Todos estos
elementos llevan en sí mismos la llamada a la unidad para encontrar en ella su
plenitud. No se trata de poner juntas todas las riquezas diseminadas en las
Comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por Dios. De
acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los Padres de Oriente y
Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento de Pentecostés Dios
manifestó ya la Iglesia en su realidad escatológica, que El había preparado
«desde el tiempo de Abel el Justo». Está ya dada. Por este motivo nosotros
estamos ya en los últimos tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada
existen, juntos en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en
las otras Comunidades, donde ciertos aspectos del misterio cristiano han estado
a veces más eficazmente puestos de relieve. El ecumenismo trata precisamente de
hacer crecer la comunión parcial existente entre los cristianos hacia la
comunión plena en la verdad y en la caridad.
15. Pasando de
los principios, del imperativo de la conciencia cristiana, a la realización del
camino ecuménico hacia la unidad, el Concilio Vaticano II pone sobre todo de
relieve la necesidad de conversión interior. El anuncio mesiánico «el tiempo se
ha cumplido y el Reino de Dios está cerca» y la llamada consiguiente «convertíos
y creed en la Buena Nueva»(Mc 1, 15), con la que Jesús inaugura su misión,
indican el elemento esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la
necesidad fundamental de la evangelización en cada etapa del camino salvífico
de la Iglesia. Esto se refiere, de modo particular, al proceso iniciado por el
Concilio Vaticano II, incluyendo en la renovación la tarea ecuménica de unir a
los cristianos divididos entre sí.«No hay verdadero ecumenismo sin conversión
interior».
El Concilio llama
tanto a la conversión personal como a la comunitaria. La aspiración de cada
Comunidad cristiana a la unidad es paralela a su fidelidad al Evangelio. Cuando
se trata de personas que viven su vocación cristiana, el Evangelio habla de
conversión interior, de una renovación de la mente.
Cada uno debe
pues convertirse más radicalmente al Evangelio y, sin perder nunca de vista el
designio de Dios, debe cambiar su mirada. Con el ecumenismo la contemplación de
las «maravillas de Dios»(mirabilita Dei) se ha enriquecido de nuevos espacios,
en los que el Dios Trinitario suscita la acción de gracias: la percepción de
que el Espíritu actúa en las otras Comunidades cristianas, el descubrimiento de
ejemplos de santidad, la experiencia de las riquezas ilimitadas de la comunión
de los santos, el contacto con aspectos impensables del compromiso cristiano.
Por otro lado, se ha difundido también la necesidad de penitencia: el ser
conscientes de ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna, de ciertos
rechazos que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de aquella obstinación
no evangélica en la condena de los «otros», de un desprecio derivado de una
presunción nociva. Así la vida entera de los cristianos queda marcada por la
preocupación ecuménica y están llamados a asumirla.
16. En el magisterio
del Concilio hay un nexo claro entre renovación, conversión y reforma. Afirma
así:«La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma
permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita
continuamente; de modo que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y
lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente [...] deben restaurarse en
el momento oportuno y debidamente». Ninguna Comunidad cristiana puede eludir
esta llamada.
Dialogando con
franqueza, las Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas a otras a la luz
de la Tradición apostólica. Esto las lleva a preguntarse si verdaderamente
expresan de manera adecuada todo lo que el Espíritu ha transmitido por medio de
los Apóstoles. En relación a la Iglesia católica, en diversas circunstancias,
como con ocasión del aniversario del Bautismo de la Rus', o del recuerdo,
después de once siglos, de la obra evangelizadora de los santos Cirilo y
Metodio, me he referido a estas exigencias y perspectivas. Más recientemente,
el Directorio para la aplicación de los principios y de las normas acerca del
ecumenismo, publicado con mi aprobación por el Pontificio Consejo para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos, las ha aplicado en el campo pastoral.
17. En relación a
los demás cristianos, los principales documentos de la Comisión Fe y
Constitución y las declaraciones de numerosos diálogos bilaterales han ofrecido
ya a las Comunidades cristianas instrumentos útiles para discernir lo que es
necesario para el movimiento ecuménico y para la conversión que éste debe
suscitar. Estos estudios son importantes bajo una doble perspectiva: muestran
los notables progresos ya alcanzados e infunden esperanza por constituir una
base segura para la sucesiva y profundizada investigación.
La comunión
creciente en una reforma continua, realizada a la luz de la Tradición
apostólica, es sin duda, en la situación actual del pueblo cristiano, una de
las características distintivas y más importantes del ecumenismo. Por otra
parte, es también una garantía esencial para su futuro. Los fieles de la
Iglesia católica deben saber que el impulso ecuménico del Concilio Vaticano II
es uno de los resultados de la postura que la Iglesia adoptó entonces para
escrutarse a la luz del Evangelio y de la gran Tradición. Mi predecesor, el
Papa Juan XXII, lo había comprendido bien rechazando separar actualización y
apertura ecuménica al convocar el Concilio. Al término de la asamblea
conciliar, el Papa Pablo VI, reanudando el diálogo de caridad con las Iglesias
en comunión con el Patriarcado de Constantinopla, y realizando el gesto
concreto y altamente significativo de «relegar en el olvido»-y hacer
«desaparecer de la memoria y del interior de la Iglesia»- las excomuniones del
pasado, consagró la vocación ecuménica del Concilio. Es interesante recordar
que la creación de un organismo especial para el ecumenismo coincide con el
comienzo mismo de la preparación del Concilio Vaticano II y que, a través de
este organismo, las opiniones y valoraciones de las demás Comunidades
cristianas estuvieron presentes en los grandes debates sobre la Revelación, la
Iglesia, la naturaleza del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en
una idea que el mismo Papa Juan XXIII había expresado en la apertura del
Concilio, el Decreto sobre el ecumenismo menciona el modo de exponer la
doctrina entre los elementos de la continua reforma. No se trata en este
contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas,
de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de
una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que
ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar
en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe,
una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En
el Cuerpo de Cristo que es «camino, verdad y vida»(Jn 14, 6),¿quién
consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? La
Declaración conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae atribuye a
la dignidad humana la búsqueda de la verdad,«sobre todo en lo que se refiere a
Dios y a su Iglesia», y la adhesión a sus exigencias. Por tanto, un «estar
juntos» que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de
Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que está en lo más
profundo de cada corazón humano.
19. Sin embargo,
la doctrina debe ser presentada de un modo que sea comprensible para aquéllos a
quienes Dios la destina. En la Carta encíclica Slawrum apostoli recordaba cómo
Cirilo y Metodio, por este mismo motivo, tradujeron las nociones de la Biblia y
los conceptos de la teología griega en un contexto de experiencias históricas y
de pensamiento muy diverso. Querían que la única palabra de Dios fuese «hecha
accesible de este modo según las formas expresivas propias de cada
civilización». Comprendieron pues que no podían «imponer a los pueblos, cuya
evangelización les encomendaron, ni siquiera la indiscutible superioridad de la
lengua griega y de la cultura bizantina, o los usos y comportamientos de la
sociedad más avanzada, en la que ellos habían crecido». Así hacían realidad
aquella «perfecta comunión en el amor [que] preserva a la Iglesia de cualquier
forma de particularismo o de exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así
como de cualquier orgullo nacionalista». En este mismo espíritu, no dudé en
decir a los aborígenes de Australia:«No tenéis que ser un pueblo dividido en
dos partes [...] Jesús os invita a aceptar sus palabras y sus valores dentro de
vuestra propia cultura». Puesto que por su naturaleza la verdad de fe está
destinada a toda la humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En
efecto, el elemento que determina la comunión en la verdad es el significado de
la verdad misma. La expresión de la verdad puede ser multiforme, y la
renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al
hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado.
«Esta renovación
tiene, pues, gran importancia ecuménica». Y es no sólo renovación del modo de
expresar la fe, sino de la misma vida de fe. Se podría preguntar:¿quién debe
realizarla? El Concilio responde claramente a este interrogante: corresponde a
«la Iglesia entera, tanto los fieles como los pastores; y afecta a cada uno
según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria o en las
investigaciones teológicas e históricas».
20. Todo esto es
sumamente importante y de significado fundamental para la actividad ecuménica.
De ello resulta inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento a favor de la
unidad de los cristianos, no es sólo un mero «apéndice», que se añade a la
actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su
vida y a su acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto de
un árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo.
Así creía en la
unidad de la Iglesia el Papa Juan XXII y así miraba a la unidad de todos los
cristianos. Refiriéndose a los demás cristianos, a la gran familia cristiana,
constataba:«Es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide». Por su
parte, el Concilio Vaticano II exhorta:«Recuerden todos los fieles cristianos
que promoverán e incluso practicarán tanto mejor la unión cuanto más se
esfuercen por vivir una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más
estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y
fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua».
21.«Esta
conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones públicas y
privadas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo
el movimiento ecuménico y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual».
Se avanza en el
camino que lleva a la conversión de los corazones según el amor que se tenga a
Dios y, al mismo tiempo, a los hermanos: a todos los hermanos, incluso a los que
no están en plena comunión con nosotros. Del amor nace el deseo de la unidad,
también en aquéllos que siempre han ignorado esta exigencia. El amor es
artífice de comunión entre las personas y entre las Comunidades. Si nos amamos,
es más profunda nuestra comunión, y se orienta hacia la perfección. El amor se
dirige a Dios como fuente perfecta de comunión -la unidad del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo-, para encontrar la fuerza de suscitar esta misma comunión
entre las personas y entre las Comunidades, o de restablecerla entre los
cristianos aún divididos. El amor es la corriente profundísima que da vida e
infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla
su expresión más plena en la oración común. Cuando los hermanos que no están en
perfecta comunión entre sí se reúnen para rezar, su oración es definida por el
Concilio Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico. La oración es
«un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad», una «expresión
auténtica de los vínculos que siguen uniendo a los católicos con los hermanos
separados». Incluso cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los
cristianos, sino por otros motivos, como, por ejemplo, por la paz, la oración
se convierte por sí misma en expresión y confirmación de la unidad. La oración
común de los cristianos invita a Cristo mismo a visitar la Comunidad de
aquéllos que lo invocan:«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos»(Mt 18, 20).
22. Cuando los
cristianos rezan juntos la meta de la unidad aparece más cercana. La larga
historia de los cristianos marcada por múltiples divisiones parece
recomponerse, tendiendo a la Fuente de su unidad que es Jesucristo.¡El es el
mismo ayer, hoy y siempre!(cf. Hb 13, 8). Cristo está realmente presente en la
comunión de oración; ora «en nosotros»,«con nosotros» y «por nosotros». El
dirige nuestra oración en el Espíritu Consolador que prometió y dio ya a su
Iglesia en el Cenáculo de Jerusalén, cuando la constituyó en su unidad
originaria.
En el camino
ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración común,
a la unión orante de quienes se congregan en torno a Cristo mismo. Si los
cristianos, a pesar de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración
común en torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos lo que
los divide que lo que los une. Si se encuentran más frecuente y asiduamente
delante de Cristo en la oración, hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa
y humana realidad de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en aquella
comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el Espíritu Santo, a
pesar de todas las debilidades y limitaciones humanas.
23. En suma, la
comunión de oración lleva a mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al cristianismo.
En efecto, no se debe olvidar que el Señor pidió al Padre la unidad de sus
discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se puede decir que el
movimiento ecuménico haya partido en cierto sentido de la experiencia negativa
de quienes, anunciando el único Evangelio, se referían cada uno a su propia
Iglesia o Comunidad eclesial; una contradicción que no podía pasar
desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación y encontraba en ello un
obstáculo a la acogida del anuncio evangélico. Lamentablemente este grave
impedimento no está superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión.
Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el camino hacia
la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a la Iglesia apostólica en
sus principios, y que nosotros buscamos sinceramente: prueba de esto es nuestra
oración común, animada por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de
Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
La oración
«ecuménica» está al servicio de la misión cristiana y de su credibilidad. Por
eso debe estar particularmente presente en la vida de la Iglesia y en cada
actividad que tenga como fin favorecer la unidad de los cristianos. Es como si
nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el Cenáculo del Jueves Santo,
aunque nuestra presencia común en este lugar, aguarda todavía su perfecto
cumplimiento, hasta que, superados los obstáculos para la perfecta comunión
eclesial, todos los cristianos se reúnan en la única celebración de la
Eucaristia.
24. Es motivo de
alegría constatar cómo tantos encuentros ecuménicos incluyen casi siempre la
oración y, más aún, culminan con ella. La Semana de Oración por la unidad de
los cristianos, que se celebra en el mes de enero, o en torno a Pentecostés en
algunos países, se ha convertido en una tradición difundida y consolidada. Pero
además de ella, son muchas las ocasiones que durante el año llevan a los
cristianos a rezar juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia
particular de las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los diferentes
continentes y en los varios países de la oikoumene contemporánea. Soy bien
consciente de que el Concilio Vaticano II orientó al Papa hacia este particular
ejercicio de su ministerio apostólico. Se puede decir aún más. El Concilio hizo
de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en cumplimiento del papel del
Obispo de Roma al servicio de la comunión. Estas visitas casi siempre han
incluido un encuentro ecuménico y la oración en común de los hermanos que
buscan la unidad en Cristo y en su Iglesia. Recuerdo con una emoción muy
especial la oración con el Primado de la Comunión anglicana en la catedral de
Canterbury, el 29 de mayo de 1982, cuando en aquel admirable templo veía un
«elocuente testimonio, al mismo tiempo, de nuestros largos años de herencia
común y de los tristes años de división que vinieron a continuación»; tampoco
puedo olvidar las realizadas en los Países escandinavos y nórdicos (1-10 de
junio de 1989), en América, África, o aquélla en la sede del Consejo Ecuménico
de las Iglesias (12 de junio de 1984), organismo que tiene como objetivo llamar
a las Iglesias y a las Comunidades eclesiales que forman parte «a la meta de la
comunión visible en una sola fe y en una sola comunión eucarística expresada en
el culto y en la vida común en Cristo». Y ¿cómo podría olvidar mi participación
en la liturgia eucarística en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado
ecuménico (30 de noviembre de 1979), y la celebración en la Basílica de san
Pedro durante la visita a Roma de mi venerable Hermano, el Patriarca Dimitrios
I (6 de diciembre de 1987)? En aquella circunstancia, junto al altar de la
Confesión, profesamos juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según el
texto original griego. No se pueden describir con pocas palabras los aspectos
concretos que han caracterizado cada uno de estos encuentros de oración. Por
los condicionamientos del pasado que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno
de ellos, todos tienen una propia y singular elocuencia; todos están grabados
en la memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en la búsqueda de la
unidad de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el
Papa se ha hecho peregrino. En estos años muchos dignos representantes de otras
Iglesias y Comunidades eclesiales me han visitado en Roma y he podido rezar con
ellos en encuentros públicos y privados. Ya he mencionado la presencia del
Patriarca ecuménico Dimitrios I. Quisiera ahora recordar también el encuentro
de oración con los Arzobispos luteranos, primados de Suecia y Finlandia, en la
misma Basílica de san Pedro, para la celebración de Vísperas, con ocasión del
VI centenario de la canonización de santa Brígida (5 de octubre de 1991). Se
trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente de que el deber de orar
por la unidad es propio de su vida. No hay un acontecimiento importante y
significativo que no se beneficie con la presencia recíproca y la oración de
los cristianos. Me es imposible enumerar todos estos encuentros, aunque cada
uno merezca ser nombrado. Verdaderamente el Señor nos lleva de la mano y nos
guía. Estos intercambios, estas oraciones han escrito ya páginas y páginas de
nuestro «Libro de la unidad»,«Libro» que debemos siempre hojear y releer para
hallar inspiración y esperanza.
26. La oración,
la comunidad de oración, nos permite reencontrar siempre la verdad evangélica
de las palabras«uno solo es vuestro Padre»(Mt 23, 9), aquel Padre, Abbá, al
cual Cristo mismo se dirige, El que es Hijo unigénito de la misma sustancia. Y
además:«Uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos»(Mt 23, 8).
La oración «ecuménica» manifiesta esta dimensión fundamental de fraternidad en
Cristo, que murió para unir a los hijos de Dios dispersos, para que nosotros,
llegando a ser hijos en el Hijo (cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la
inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo tiempo, la verdad
sobre la humanidad propia de cada uno y de todos.
La oración
«ecuménica», la oración de los hermanos y hermanas, expresa todo esto. Ellos,
precisamente por estar divididos entre sí, con mayor esperanza se unen en
Cristo, confiándole el futuro de su unidad y de su comunión. A esta situación
se podría aplicar una vez más felizmente la enseñanza del Concilio:«El Señor
Jesús, cuando pide al Padre' que todos sean uno[...] como nosotros también
somos uno'(Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón
humana, sugiere cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión
de los hijos de Dios en la verdad y el amor».
La conversión del
corazón, condición esencial de toda auténtica búsqueda de la unidad, brota de
la oración y ésta la lleva hacia su cumplimiento:«Los deseos de unidad brotan y
maduran como fruto de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo y
de una efusión libérrima de la caridad. Por ello, debemos implorar del Espíritu
divino la gracia de una sincera abnegación, humildad y mansedumbre en el
servicio a los demás y espíritu de generosidad fraterna hacia ellos».
27. Orar por la
unidad no está sin embargo reservado a quien vive en un contexto de división
entre los cristianos. En el diálogo íntimo y personal que cada uno de nosotros
debe tener con el Señor en la oración, no puede excluirse la preocupación por
la unidad. En efecto, sólo de este modo ésta formará parte plenamente de la
realidad de nuestra vida y de los compromisos que hayamos asumido en la
Iglesia. Para poner de relieve esta exigencia he querido proponer a los fieles
de la Iglesia católica un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa
trapense, María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata el 25 de enero de
1983. Sor María Gabriela, llamada por su vocación a vivir alejada del mundo,
dedicó su existencia a la meditación y a la oración centrada en el capítulo 17
del Evangelio de san Juan y la ofreció por la unidad de los cristianos. Este es
el soporte de toda oración: la entrega total y sin reservas de la propia vida
al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo de sor María
Gabriela nos enseña, nos hace comprender cómo no existen tiempos, situaciones o
lugares particulares para rezar por la unidad. La oración de Cristo al Padre es
modelo para todos, siempre y en todo lugar.
28. Si la oración
es el «alma» de la renovación ecuménica y de la aspiración a la unidad; sobre
ella se fundamenta y en ella encuentra su fuerza todo lo que el Concilio define
como «diálogo». Esta definición no está ciertamente lejos del pensamiento
personalista actual. La actitud de «diálogo» se sitúa en el nivel de la
naturaleza de la persona y de su dignidad. Desde el punto de vista filosófico,
esta posición se relaciona con la verdad cristiana sobre el hombre expresada
por el Concilio. En efecto, el hombre «es la única criatura en la tierra a la
que Dios ha amado por sí misma»; por tanto «no puede encontrarse plenamente a
sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo». El diálogo es paso obligado
del camino a recorrer hacia la autorrealización del hombre, tanto del individuo
como también de cada comunidad humana. Si bien del concepto de «diálogo» parece
emerger en primer plano el momento cognoscitivo (dia-logos), cada diálogo
encierra una dimensión global, existencial. Abarca al sujeto humano totalmente;
el diálogo entre las comunidades compromete de modo particular la subjetividad
de cada una de ellas.
Esta verdad sobre
el diálogo, expresada tan profundamente por el Papa Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam suam, fue también asumida por la doctrina y la actividad ecuménica
del Concilio. El diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de
todos modos un «intercambio de dones».
29. Por este
motivo, el Decreto conciliar sobre el ecumenismo pone también en primer plano
«todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no
respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos
separados, y que por lo mismo hagan más difíciles las relaciones mutuas con
ellos». Este Documento afronta la cuestión desde el punto de vista de la
Iglesia católica y se refiere al criterio que ella debe aplicar en relación con
los demás cristianos. Sin embargo, en todo esto hay una exigencia de
reciprocidad. Seguir este criterio es un compromiso indispensable de cada una
de las partes que quieren dialogar y es condición previa para comenzarlo. Es
necesario pasar de una situación de antagonismo y de conflicto a un nivel en el
que uno y otro se reconocen recíprocamente como asociados. Cuando se empieza a
dialogar, cada una de las partes debe presuponer una voluntad de reconciliación
en su interlocutor, de unidad en la verdad. Para realizar todo esto, deben
evitarse las manifestaciones de recíproca oposición. Sólo así el diálogo
ayudará a superar la división y podrá acercar a la unidad.
30. Se puede
afirmar, con viva gratitud hacia el Espíritu de verdad, que el Concilio
Vaticano II fue un tiempo providencial durante el cual se realizaron las
condiciones fundamentales para la participación de la Iglesia católica en el
diálogo ecuménico. Por otra parte, la presencia de numerosos observadores de
varias Iglesias y Comunidades eclesiales, su profunda implicación en el
acontecimiento conciliar, los numerosos encuentros y las oraciones en común que
el Concilio ha hecho posibles, han contribuido a que se dieran las condiciones
para el diálogo. Durante el Concilio, los representantes de las Iglesias y
Comunidades cristianas experimentaron la disposición para el diálogo del
episcopado católico del mundo entero y, en particular, de la Sede Apostólica.
Estructuras locales del diálogo
31. El diálogo
ecuménico, tal y como se ha manifestado desde los días del Concilio, lejos de
ser una prerrogativa de la Sede Apostólica, atañe también a las Iglesias
locales o particulares. Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las
Iglesias orientales católicas han instituido comisiones especiales para la
promoción del espíritu y de la acción ecuménicos. Oportunas estructuras
análogas trabajan a nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el deber
concreto y general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones
conciliares sobre ecumenismo: este es un aspecto esencial del movimiento
ecuménico. No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha convertido en
una necesidad declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia,
se ha perfilado la «técnica» para dialogar, favoreciendo al mismo tiempo el
crecimiento del espíritu de diálogo. En este contexto se quiere ante todo
considerar el diálogo entre cristianos de las diferentes Iglesias o
Comunidades,«entablado entre expertos adecuadamente formados, en el que cada
uno explica con mayor profundidad la doctrina de su Comunión y presenta con
claridad sus características». Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca
el método adecuado al diálogo.
32. Como afirma
la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa,«la verdad debe buscarse
de un modo adecuado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza
social, es decir, mediante la investigación libre, con la ayuda del magisterio
o enseñanza, de la comunicación y del diálogo, en los que unos exponen a los
otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado, para ayudarse
mutuamente en la búsqueda de la verdad; una vez conocida la verdad, hay que
adherirse a ella firmemente con el asentimiento personal».
El diálogo
ecuménico tiene una importancia esencial.«Pues, por medio de este diálogo,
todos adquieren un conocimiento más auténtico y una estima más justa de la
doctrina y de la vida de cada Comunión; además, también las Comuniones
consiguen una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro del bien común
exigidas por toda conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible, en
la oración unánime. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de
Cristo sobre la Iglesia y emprenden valientemente, como conviene, la obra de
renovación y de reforma».
Diálogo como examen de conciencia
33. En la
intención del Concilio, el diálogo ecuménico tiene el carácter de una búsqueda
común de la verdad, particularmente sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma
las conciencias y orienta su actuación en favor de la unidad. Al mismo tiempo,
exige que la conciencia de los cristianos, hermanos divididos entre sí, y sus
obras se conformen a la oración de Cristo por la unidad. Existe una correlación
entre oración y diálogo. Una oración más profunda y consciente hace el diálogo
más rico en frutos. Si por una parte la oración es la condición para el
diálogo, por otra llega a ser, de forma cada vez más madura, su fruto.
34. Gracias al
diálogo ecuménico podemos hablar de mayor madurez de nuestra oración común.
Esto es posible en cuanto el diálogo cumple también y al mismo tiempo la
función de un examen de conciencia.¿Cómo no recordar en este contexto las
palabras de la Primera Carta de Juan?«Si decimos:' No tenemos pecado', nos
engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados,
fiel y justo es él [Dios] para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda
injusticia»(1, 8-9). Juan nos lleva aún más allá cuando afirma:«Si decimos:' No
hemos pecado', le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros»(1, 10).
Una exhortación que reconoce tan radicalmente nuestra condición de pecadores
debe ser también una característica del espíritu con que se afronta el diálogo
ecuménico. Si éste no llegara a ser un examen de conciencia, como un «diálogo
de las conciencias»,¿podríamos contar con la certeza que la misma Carta nos
transmite?«Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno
peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es
víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino
también por los del mundo entero»(2, 1-2). El sacrificio salvífico de Cristo se
ofrece por todos los pecados del mundo, y por tanto también los cometidos
contra la unidad de la Iglesia: los pecados de los cristianos, tanto de los
pastores como de los fieles. Incluso después de tantos pecados que han
contribuido a las divisiones históricas, es posible la unidad de los
cristianos, si somos conscientes humildemente de haber pecado contra la unidad
y estamos convencidos de la necesidad de nuestra conversión. No sólo se deben
perdonar y superar los pecados personales, sino también los sociales, es decir,
las «estructuras» mismas del pecado que han contribuido y pueden contribuir a
la división y a su consolidación.
35. Una vez más
el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el
ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta
en este documento un carácter propio; se transforma en «diálogo de la
conversión», y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico «diálogo
de salvación». El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria
exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos
de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre
todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y
Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión vertical del
diálogo está en el común y recíproco reconocimiento de nuestra condición de
hombres y mujeres que han pecado. Precisamente esto abre en los hermanos que
viven en comunidades que no están en plena comunión entre ellas, un espacio
interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar
eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito.
Diálogo para resolver las divergencias
36. El diálogo es
también un instrumento natural para confrontar diversos puntos de vista y sobre
todo examinar las divergencias que obstaculizan la plena comunión de los
cristianos entre sí. El Decreto sobre el ecumenismo describe, en primer lugar,
las disposiciones morales con las que se deben afrontar las conversaciones
doctrinales:«Los teólogos católicos, afianzados en la doctrina de la Iglesia,
deben seguir adelante en el diálogo ecuménico con amor a la verdad, caridad y
humildad, investigando juntamente con los hermanos separados sobre los
misterios divinos».
El amor a la
verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena
comunión entre los cristianos. Sin este amor sería imposible afrontar las
objetivas dificultades teológicas, culturales, psicológicas y sociales que se
encuentran al examinar las divergencias. A esta dimensión interior y personal está
inseparablemente unido el espíritu de caridad y humildad. Caridad hacia el
interlocutor, humildad hacia la verdad que se descubre y que podría exigir
revisiones de afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio
de las divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con
claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de enunciar la fe
católica no sea un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Ciertamente es
posible testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto,
leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto las categorías
mentales como la experiencia histórica concreta del otro.
Obviamente, la
plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que
el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse
absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil «estar de acuerdo». Las
cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros
momentos, con idéntica configuración o bajo otro aspecto.
37. El Decreto
Unitatis redintegratio señala también un criterio a seguir cuando los católicos
tienen que presentar o confrontar las doctrinas:«Han de recordar que existe un
orden o' jerarquía' de las verdades de la doctrina católica, puesto que es
diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Así se preparará el
camino por el cual todos, por esta emulación fraterna, se estimularán a un
conocimiento más profundo y a una exposición más clara de las riquezas
insondables de Cristo.
38. En el diálogo
nos encontramos inevitablemente con el problema de las diferentes formulaciones
con las que se expresa la doctrina en las distintas Iglesias y Comunidades
eclesiales, lo cual tiene más de una consecuencia para la actividad ecuménica.
En primer lugar,
ante formulaciones doctrinales que se diferencian de las habituales de la
comunidad a la que se pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras no
sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha constatado en
recientes declaraciones comunes firmadas por mis Predecesores y por mí junto
con los Patriarcas de Iglesias con las que desde siglos existía un contencioso
cristológico. En relación a la formulación de las verdades reveladas, la
Declaración Mysterium Ecclesiae afirma:«Si bien las verdades que la Iglesia
quiere enseñar de manera efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del
pensamiento mutable de una época y pueden expresarse al margen de estos
pensamientos, sin embargo, puede darse el caso de que tales verdades pueden ser
enunciadas por el sagrado Magisterio con palabras que sean evocación del mismo
pensamiento. Teniendo todo esto presente hay que decir que las fórmulas
dogmáticas del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para
comunicar la verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo serán siempre
para quienes las interpretan rectamente». A este respecto, el diálogo
ecuménico, que anima a las partes implicadas a interrogarse, comprenderse y
explicarse recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las polémicas y
controversias intolerantes han transformado en afirmaciones incompatibles lo
que de hecho era el resultado de dos intentos de escrutar la misma realidad,
aunque desde dos perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula
que, expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas
parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las
ventajas del ecumenismo es que ayuda a las Comunidades cristianas a descubrir
la insondable riqueza de la verdad. También en este contexto, todo lo que el
Espíritu realiza en los «otros» puede contribuir a la edificación de cada
comunidad. Y en cierto modo a instruirla sobre el misterio de Cristo. El
ecumenismo auténtico es una gracia de cara a la verdad.
39. Finalmente,
el diálogo pone a los interlocutores frente a las verdaderas y propias
divergencias que afectan a la fe. Estas divergencias deben sobre todo ser
afrontadas con espíritu sincero de caridad fraterna, de respeto de las
exigencias de la propia conciencia y la del próximo, con profunda humildad y
amor a la verdad. La confrontación en esta materia tiene dos puntos de
referencia esenciales: la Sagrada Escritura y la gran Tradición de la Iglesia.
Para los católicos es una ayuda el Magisterio siempre vivo de la Iglesia.
40. Las
relaciones entre los cristianos no tienden sólo al mero conocimiento recíproco,
a la oración en común y al diálogo. Prevén y exigen desde ahora cualquier posible
colaboración práctica en los diversos ámbitos: pastoral, cultural, social, e
incluso en el testimonio del mensaje del Evangelio.
«La cooperación
de todos los cristianos expresa vivamente aquella conjunción por la cual están
ya unidos entre sí y presenta bajo una luz más plena el rostro de Cristo
siervo». Una cooperación así fundada sobre la fe común, no sólo es rica por la
comunión fraterna, sino que es una epifanía de Cristo mismo.
Además, la
cooperación ecuménica es una verdadera escuela de ecumenismo, es un camino
dinámico hacia la unidad. La unidad de acción lleva a la plena unidad de
fe:«Con esta cooperación, todos los que creen en Cristo aprenderán fácilmente
cómo pueden conocerse mejor los unos a los otros, apreciarse más y allanar el
camino de la unidad de los cristianos».
A los ojos del
mundo la cooperación entre los cristianos asume las dimensiones del común
testimonio cristiano y llega a ser instrumento de evangelización en beneficio
de unos y otros.
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