CARTA ENCÍCLICA CENTESIMUS ANNUS (Parte 1)
(La cuestión social, a cien ańos de
la "FERUM novarum"),
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
A SUS HERMANOS EN EL EPISCOPADO,
AL CLERO, A LAS FAMILIAS RELIGIOSAS,
A LOS FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
EN EL CENTENARIO DE LA RERUM NOVARUM
Tomado de http://www.aciprensa.com
Introducción
1. El centenario de la promulgación de la Encíclica de mi predecesor León
XIII, de venerada memoria, que comienza con las palabras Rerum novarum, marca
una fecha de relevante importancia en la historia reciente de la Iglesia y
también en mi pontificado. A ella, en efecto, le ha cabido el privilegio de ser
conmemorada, con solemnes Documentos, por los Sumos Pontífices, a partir de su
cuadragésimo aniversario hasta el nonagésimo: se puede decir que su iter
histórico ha sido recordado con otros escritos que, al mismo tiempo, la
actualizaban.
Al hacer yo otro tanto para su primer centenario, a petición de
numerosos Obispos, instituciones eclesiales, centros de estudios, empresarios y
trabajadores, bien sea a título personal, bien en cuanto miembros de
asociaciones, deseo ante todo satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera
ha contraído con el gran Papa y con su «inmortal Documento». Es también mi
deseo mostrar cómo la rica savia, que sube desde aquella raíz, no se ha agotado
con el paso de los años, sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda.
Dan testimonio de ello las iniciativas de diversa índole que han precedido, las
que acompañan y las que seguirán a esta celebración; iniciativas promovidas por
las Conferencias episcopales, por Organismos
internacionales, Universidades e Institutos académicos, Asociaciones
profesionales así como por otras instituciones y personas en tantas partes del
mundo.
2. La presente Encíclica se sitúa en el marco de estas celebraciones
para dar gracias a Dios, del cual «desciende todo don excelente y toda donación
perfecta»(Sant 1, 17), porque se ha valido de un
documento, emanado hace ahora cien años por la Sede de Pedro, el cual había de
dar tantos beneficios a la Iglesia y al mundo y difundir tanta luz. La
conmemoración que aquí se hace se refiere a la Encíclica leoniana y también a
las Encíclicas y demás escritos de mis Predecesores, que han contribuido a
hacerla actual y operante en el tiempo, constituyendo así la que iba a ser
llamada «doctrina social»,«enseñanza social» o también
«Magisterio social» de la Iglesia.
A la validez de tal enseñanza se refieren ya dos Encíclicas que he
publicado en los años de mi pontificado: la Laborem exercens sobre el trabajo
humano, y la Sollicitudo rei socialis sobre los problemas actuales del
desarrollo de los hombre y de los pueblos.
3. Quiero proponer ahora una «relectura» de la Encíclica leoniana,
invitando a «echar una mirada retrospectiva» a su propio texto, para descubrir
nuevamente la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella, en
orden a solución de la cuestión obrera. Invito además a «mirar alrededor», a
las «cosas nuevas» que nos rodean y en las que, por así decirlo, nos hallamos
inmersos, tan diversas de las «cosas nuevas» que caracterizaron el último
decenio del siglo pasado. Invito, en fin, a «mirar al futuro», cuando ya se
vislumbra el tercer Milenio de la era cristiana, cargado de incógnitas, pero
también de promesas. Incógnitas y promesas que interpelan nuestra imaginación y
creatividad, a la vez que estimulan nuestra responsabilidad, como discípulos
del único maestro, Cristo (cf. Mt 23, 8), con miras a indicar el camino a
proclamar la verdad y a comunicar la vida que es él mismo (cf. Jn 14, 6).
De este modo, no sólo se confirmará el valor permanente de tales
enseñanzas, sino que se manifestará también el verdadero sentido de la
Tradición de la Iglesia, la cual, siempre viva y siempre vital, edifica sobre
el fundamento puesto por nuestros padres en la fe y, singularmente, sobre el
que ha sido «transmitido por los Apóstoles a la Iglesia», en nombre de
Jesucristo, el fundamento que nadie puede sustituir (cf. 1 Cor 3, 11).
Consciente de su misión como sucesor de Pedro, León XIII se propuso
hablar, y esta misma conciencia es la que anima hoy a su sucesor. Al igual que él
y otros Pontífices anteriores y posteriores a él, me voy a inspirar en la
imagen evangélica del «escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los
Cielos», del cual dice el Señor que «es como el amo de casa que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas viejas»(Mt 13, 52). Este
tesoro es la gran corriente de la Tradición de la Iglesia, que contiene las
«cosas viejas», recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir
las «cosas nuevas», en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y
del mundo.
De tales cosas que, incorporándose a la Tradición, se hacen antiguas,
ofreciendo así ocasiones y material para enriquecimiento de la misma y de la
vida de fe, forma parte también la actividad fecunda de millones y millones de
hombres, quienes a impulsos del Magisterio social se han esforzado por
inspirarse en él con miras al propio compromiso con el mundo. Actuando
individualmente o bien coordinados en grupos, asociaciones y organizaciones,
ellos han constituido como un gran movimiento para la defensa de la persona
humana y para la tutela de su dignidad, lo cual, en las alternantes vicisitudes
de la historia, ha contribuido a construir una sociedad más justa o, al menos,
a poner barreras y límites a la injusticia.
La presente Encíclica trata de poner en evidencia la fecundidad de los
principios expresados por León XIII, los cuales pertenecen al patrimonio
doctrinal de la Iglesia y, por ello, implican la autoridad del Magisterio. Pero
la solicitud pastoral me ha movido además a proponer el análisis de algunos
acontecimientos de la historia reciente. Es superfluo subrayar que la
consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las
nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los Pastores.
Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no
atañe al ámbito específico del Magisterio.
CAPÍTULO
I
RASGOS
CARACTERÍSTICOS DE LA RERUM NOVARUM
4. A finales del siglo pasado la Iglesia se encontró ante un proceso
histórico, presente ya desde hacía tiempo, pero que alcanzaba entonces su punto
álgido. Factor determinante de tal proceso lo constituyó un conjunto de cambios
radicales ocurridos en el campo político, económico y social, e incluso en el
ámbito científico y técnico, aparte el múltiple influjo de las ideologías
dominantes. Resultado de todos estos cambios había sido, en el campo político,
una nueva concepción de la sociedad, del Estado y, como consecuencia, de la
autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo, mientras comenzaba a
formarse otra cargada con la esperanza de nuevas libertades, pero al mismo
tiempo con los peligros de nuevas formas de injusticia y de esclavitud.
En el campo económico, donde confluían los descubrimientos científicos y
sus aplicaciones, se había llegado progresivamente a nuevas estructuras en la
producción de bienes de consumo. Había aparecido una nueva forma de propiedad,
el capital, y una nueva forma de trabajo, el trabajo asalariado, caracterizado
por gravosos ritmos de producción, sin la debida consideración para con el
sexo, la edad o la situación familiar, y determinado únicamente por la
eficiencia con vistas al incremento de los beneficios.
El trabajo se convertía de este modo en mercancía, que podía comprarse y
venderse libremente en el mercado y cuyo precio era regulado por la ley de la
oferta y de la demanda, sin tener en cuenta el mínimo vital necesario para el
sustento de la persona y de su familia. Además, el trabajador ni siquiera tenía
la seguridad de llegar a vender la «propia mercancía», al estar continuamente
amenazado por el desempleo, el cual, a falta de previsión social, significaba
el espectro de la muerte por hambre.
Consecuencia de esta transformación era «la división de la sociedad en
dos clases separadas por un abismo profundo». Tal situación se entrelazaba con
el acentuado cambio político. Y así, la teoría política entonces dominante
trataba de promover la total libertad económica con leyes adecuadas o, al
contrario, con una deliberada ausencia de cualquier clase de intervención. Al
mismo tiempo comenzaba a surgir de forma organizada, no pocas veces violenta,
otra concepción de la propiedad y de la vida económica que implicaba una nueva
organización política y social.
En el momento culminante de esta contraposición, cuando ya se veía
claramente la gravísima injusticia de la realidad social, que se daba en muchas
partes, y el peligro de una revolución favorecida por las concepciones llamadas
entonces «socialistas», León XIII intervino con un Documento que afrontaba de
manera orgánica la «cuestión obrera». A esta Encíclica habían precedido otras
dedicadas preferentemente a enseñanzas de carácter político; más adelante irían
apareciendo otras. En este contexto hay que recordar en particular la Encíclica
Libertas praestantissimum, en la que se ponía de relieve la relación intrínseca
de la libertad humana con la verdad, de manera que una libertad que rechazara
vincularse con la verdad caería en el arbitrio y acabaría por someterse a las
pasiones más viles y destruirse a sí misma. En efecto,¿de
dónde derivan todos los males frente a los cuales quiere reaccionar la Rerum
novarum, sino de una libertad que, en la esfera de la actividad económica y
social, se separa de la verdad del hombre?
El Pontífice se inspiraba, además, en las enseñanzas de sus
Predecesores, en muchos Documentos episcopales, en estudios científicos
promovidos por seglares, en la acción de movimientos y asociaciones católicas,
así como en las realizaciones concretas en campo social, que caracterizaron la
vida de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XIX.
5. Las «cosas nuevas», que el Papa tenía ante sí, no eran ni mucho menos
positivas todas ellas. Al contrario, el primer párrafo de la Encíclica describe
las «cosas nuevas», que le han dado el nombre, con duras palabras:«Despertada el ansia de novedades que desde hace ya tiempo
agita a los pueblos, era de esperar que las ganas de cambiarlo todo llegara un
día a pasarse del campo de la política al terreno, con él colindante, de la
economía. En efecto, los adelantos de la industria y de las profesiones, que
caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones mutuas entre
patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la
pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y
la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral,
han determinado el planteamiento del conflicto».
El Papa, y con él la Iglesia, lo mismo que la sociedad civil, se
encontraban ante una sociedad dividida por un conflicto, tanto más duro e
inhumano en cuanto que no conocía reglas ni normas. Se trataba del conflicto
entre el capital y el trabajo,-como lo llamaba la Encíclica- la cuestión
obrera, sobre la cual precisamente, y en los términos críticos en que entonces
se planteaba, no dudó en hablar el Papa.
Nos hallamos aquí ante la primera reflexión, que la Encíclica nos
sugiere hoy. Ante un conflicto que contraponía, como si fueran «lobos», un
hombre a otro hombre, incluso en el plano de las subsistencia física de unos y
la opulencia de otros, el Papa sintió el deber de intervenir en virtud de su
«ministerio apostólico», esto es, de la misión recibida de Jesucristo mismo de
«apacentar los corderos y las ovejas»(cf. Jn 21, 15-17) y de «atar y desatar»
en la tierra por el Reino de los cielos (cf. Mt 16, 19). Su intención era
ciertamente la de restablecer la paz, razón por la cual el lector contemporáneo
no puede menos de advertir la severa condena de la lucha de clases, que el Papa
pronunciaba sin ambages. Pero era consciente de que la paz se edifica sobre el
fundamento de la justicia: contenido esencial de la Encíclica fue precisamente
proclamar las condiciones fundamentales de la justicia en la coyuntura
económica y social de entonces.
De esta manera León XIII, siguiendo las huellas de sus Predecesores,
establecía un paradigma permanente para la Iglesia. Esta, en efecto, hace oír
su voz ante determinadas situaciones humanas, individuales y comunitarias,
nacionales e internacionales, para las cuales formula una verdadera doctrina,
un corpus, que le permite analizar las realidades sociales, pronunciarse sobre
ellas y dar orientaciones para la justa solución de los problemas derivados de
las mismas.
En tiempos de León XIII semejante concepción del derecho-deber de la
Iglesia estaba muy lejos de ser admitido comúnmente. En efecto, prevalecía una
doble tendencia una, orientada hacia este mundo y esta vida, a la que debía
permanecer extraña la fe; la otra, dirigida hacia una salvación puramente
ultraterrena, pero que no iluminaba ni orientaba su presencia en la tierra. La
actitud del Papa al publicar la Rerum novarum confiere a la Iglesia una especie
de «carta de ciudadanía» respecto a las realidades cambiantes de la vida
pública, y esto se corroboraría aún más posteriormente En efecto, para la
Iglesia enseñar y difundir la doctrina social pertenece a su misión
evangelizadora y forma parte esencial del mensaje cristiano, ya que esta
doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra
incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia en el testimonio a
Cristo Salvador. Asimismo viene a ser una fuente de unidad y de paz frente a
los conflictos que surgen inevitablemente en el sector socioeconómico. De esta
manera se pueden vivir las nuevas situaciones, sin degradar la dignidad
trascendente de la persona humana ni en sí mismos ni en los adversarios, y
orientarlas hacia una recta solución.
La validez de esta orientación, a cien años de distancia, me ofrece la
oportunidad de contribuir al desarrollo de la «doctrina social cristiana». La
«nueva evangelización», de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y
sobre la cual he insistido en más de una ocasión, debe incluir entre sus
elementos esenciales el anuncio de la doctrina social de la Iglesia, que, como
en tiempos de León XIII, sigue siendo idónea para indicar el recto camino a la
hora de dar respuesta a los grandes desafíos de la edad contemporánea, mientras
crece el descrédito de las ideologías. Como entonces, hay que repetir que no
existe verdadera solución para la«cuestión social» fuera del evangelio y que,
por otra parte, las «cosas nuevas» pueden hallar en él su propio espacio de
verdad y el debido planteamiento moral.
6. Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre
capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los
trabajadores. De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea la dignidad
del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo,
definido como «la actividad ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y
en concreto a su conservación». El Pontífice califica el trabajo como
«personal», ya que «la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente
propia de quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada». El trabajo
pertenece, por tanto, a la vocación de toda persona; es más, el hombre se
expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo
tiene una dimensión social, por su íntima relación bien sea con la familia,
bien sea con el bien común,«porque se puede afirmar
con verdad que el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los
Estados». Todo esto ha quedado recogido y desarrollado en mi Encíclica Laborem
exercens.
Otro principio importante es sin duda el del derecho a la«propiedad
privada». El espacio que la Encíclica le dedica revela ya la importancia que se
le atribuye. El Papa es consciente de que la propiedad privada no es un valor
absoluto, por lo cual no deja de proclamar los principios que necesariamente lo
complementan, como el del destino universal de los bienes de la tierra.
Por otra parte, no cabe duda de que el tipo de propiedad privada, que
León XIII considera principalmente, es el de la propiedad de la tierra. Sin
embargo, esto no quita que todavía hoy conserven su valor las razones aducidas
para tutelar la propiedad privada, esto es, para afirmar el derecho a poseer lo
necesario para el desarrollo personal y el de la propia familia, sea cual sea
la forma concreta que este derecho pueda asumir. Esto hay que seguir
sosteniéndolo hoy día, tanto frente a los cambios de los que somos testigos,
acaecidos en los sistemas donde imperaba la propiedad colectiva de los medios
de producción, como frente a los crecientes fenómenos de pobreza o, más exactamente,
a los obstáculos a la propiedad privada, que se dan en tantas partes del mundo,
incluidas aquellas donde predominan los sistemas que consideran como punto de
apoyo la afirmación del derecho a la propiedad privada. Como consecuencia de
estos cambios y de la persistente pobreza, se hace necesario un análisis más
profundo del problema, como se verá más adelante.
7. En estrecha relación con el derecho de propiedad, la Encíclica de
León XIII afirma también otros derechos, como propios e inalienables de la
persona humana. Entre éstos destaca, dado el espacio que el Papa le dedica y la
importancia que le atribuye, el «derecho natural del hombre» a formar
asociaciones privadas; lo cual significa ante todo el derecho a crear
asociaciones profesionales de empresarios y obreros, o de obreros solamente.
Esta es la razón por la cual la Iglesia defiende y aprueba la creación de los
llamados sindicatos, no ciertamente por prejuicios ideológicos, ni tampoco por
ceder a una mentalidad de clase, sino porque se trata precisamente de un
«derecho natural» del ser humano y, por consiguiente, anterior a su integración
en la sociedad política. En efecto,«el Estado no puede
prohibir su formación», porque «el Estado debe tutelar los derechos naturales,
no destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría a sí mismo».
Junto con este derecho, que el Papa -es obligado subrayarlo- reconoce
explícitamente a los obreros o, según su vocabulario, a los «proletarios», se afirma
igual claridad el derecho a la «limitación de las horas de trabajo», al
legítimo descanso y a un trato diverso a los niños y a las mujeres en lo
relativo al tipo de trabajo y a la duración del mismo.
Si se tiene presente lo que dice la historia a propósito de los
procedimientos consentidos, o al menos no excluidos legalmente, en orden a la
contratación sin garantía alguna en lo referente a las horas de trabajo, ni a
las condiciones higiénicas del ambiente, más aún, sin reparo para con la edad y
el sexo de los candidatos al empleo, se comprende muy bien la severa afirmación
del Papa:«No es justo ni humano exigir al hombre tanto trabajo que termine por
embotarse su mente y debilitarse su cuerpo». Y con mayor precisión,
refiriéndose al contrato, entendido en el sentido de hacer entrar en vigor
tales «relaciones de trabajo», afirma:«En toda
convención estipulada entre patronos y obreros, va incluida siempre la
condición expresa o tácita» de que se provea convenientemente al descanso, en
proporción con la «cantidad de energías consumidas en el trabajo». Y después
concluye:«un pacto contrario sería inmoral».
8. A continuación el Papa enuncia otro derecho del obrero como persona.
Se trata del derecho al «salario justo», que no puede dejarse «al libre acuerdo
entre las partes, ya que, según eso, pagado el salario convenido, parece como
si el patrono hubiera cumplido ya con su deber y no debiera nada más». El
Estado, se decía entonces, no tiene poder para intervenir en la determinación
de estos contratos, sino para asegurar el cumplimiento de cuanto se ha pactado
explícitamente. Semejante concepción de las relaciones entre patronos y
obreros, puramente pragmática e inspirada en un riguroso individualismo, es
criticada severamente en la Encíclíca como contraria a la doble naturaleza del
trabajo, en cuanto factor personal y necesario. Si el trabajo, en cuanto es
personal, pertenece a la disponibilidad que cada uno posee de las propias
facultades y energías, en cuanto es necesario está regulado por la grave obligación
que tiene cada uno de «conservar su vida»; de ahí «la necesaria consecuencia
-concluye el Papa- del derecho a buscarse cuanto sirve al sustento de la vida,
cosa que para la gente pobre se reduce al salario ganado con su propio
trabajo».
El salario debe ser pues, suficiente para el sustento del obrero y de su
familia. Si el trabajador,«obligado por la necesidad o acosado por el miedo de
un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque se la
imponen el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia,
contra la cual clama la justicia».
Ojalá que estas palabras, escritas cuando avanzaba el llamado
«capitalismo salvaje», no deban repetirse hoy día con la misma severidad. Por
desgracia, hoy todavía se dan casos de contratos entre patronos y obreros, en
los que se ignora la más elemental justicia en materia de trabajo de los
menores o de las mujeres, de horarios de trabajo, estado higiénico de los
locales y legítima retribución. Y esto a pesar de las Declaraciones y Convenciones
internacionales al respecto y no obstante las leyes internas de los Estados. El
Papa atribuía a las «autoridad pública» el «deber estricto» de prestar la
debida atención al bienestar de los trabajadores, porque lo contrario sería
ofender a la justicia; es más, no dudaba en hablar de «justicia distributiva».
9. Refiriéndose siempre a la condición obrera, a estos derechos León
XIII añade otro, que considero necesario recordar por su importancia: el
derecho a cumplir libremente los propios deberes religiosos. El Papa lo
proclama en el contexto de los demás derechos y deberes de los obreros, no
obstante el clima general que, incluso en su tiempo, consideraba ciertas
cuestiones como pertinentes exclusivamente a la esfera privada. El ratifica la
necesidad del descanso festivo, para que el hombre eleve su pensamiento hacia
los bienes de arriba y rinda el culto debido a la majestad divina. De este
derecho, basado en un mandamiento, nadie puede privar al hombre:«a nadie es lícito violar impunemente la dignidad del
hombre, de quien Dios mismo dispone con gran respeto». En consecuencia, el
Estado debe asegurar al obrero el ejercicio de esta libertad.
No se equivocaría quien viese en esta nítida afirmación el germen del
principio del derecho a la libertad religiosa, que posteriormente ha sido
objeto de muchas y solemnes Declaraciones y Convenciones internacionales, así
como de la conocida Declaración conciliar y de mis constantes enseñanzas. A
este respecto hemos de preguntarnos si los ordenamientos legales vigentes y la
praxis de las sociedades industrializadas aseguran hoy efectivamente el
cumplimiento de este derecho elemental al descanso festivo.
10. Otra nota importante, rica de enseñanzas para nuestros días, es la
concepción de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. La Rerum novarum
critica los dos sistemas sociales y económicos: el socialismo y el liberalismo.
Al primero está dedicada la parte inicial, en la cual se reafirma el derecho a
la propiedad privada; al segundo no se le dedica una sección especial, sino que
-y esto merece mucha atención- se le reservan críticas, a la hora de afrontar
el tema de los deberes del Estado, el cual no puede limitarse a «favorecer a
una parte de los ciudadanos», esto es, a la rica y próspera, y «descuidar a la
otra», que representa indudablemente la gran mayoría del cuerpo social; de lo
contrario se viola la justicia, que manda dar a cada uno lo suyo. Sin embargo,«en la tutela de estos derechos de los individuos, se debe
tener especial consideración para con los débiles y pobres. La clase rica,
poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes
públicos; en cambio, la clase proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene
necesidad específica de buscarlo en la protección del Estado. Por tanto es a
los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe
dirigir sus preferencias y sus cuidados».
Todos estos pasos conservan hoy su validez, sobre todo frente a las
nuevas formas de pobreza existentes en el mundo; y además porque tales
afirmaciones no dependen de una determinada concepción del Estado, ni de una
particular teoría política. El Papa insiste sobre un principio elemental de
sana organización política, a saber, que los individuos, cuanto más indefensos
están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás,
en particular, la intervención de la autoridad pública.
De esta manera el principio, que hoy llamamos de solidaridad y cuya
validez, ya sea en el orden interno de cada Nación, ya sea en el orden
internacional, he recordado en la Sollicitudo rei socialis, se demuestra como
uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización
social y política. León XIII lo enuncia varias veces con el nombre de
«amistad», que encontramos ya en la filosofía griega; por Pío XI es designado
con la expresión no menos significativa de «caridad social», mientras que Pablo
VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales y múltiples
dimensiones de la cuestión social, hablaba de «civilización del amor».
11. La relectura de aquella Encíclica, a la luz de las realidades
contemporáneas, nos permite apreciar la constante preocupación y dedicación de
la Iglesia por aquellas personas que son objeto de predilección por parte de
Jesús, nuestro Señor. El contenido del texto es un testimonio excelente de la
continuidad, dentro de la Iglesia, de lo que ahora se llama «opción
preferencial por los pobres»; opción que en la Sollicitudo rei socialis es
definida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad
cristiana». La Encíclica sobre la «cuestión obrera» es, pues, una Encíclica
sobre los pobres y sobre la terrible condición a la que el nuevo y con
frecuencia violento proceso de industrialización había reducido a grandes multitudes.
También hoy, en gran parte del mundo, semejantes procesos de transformación
económica, social y política originan los mismos males.
Si León XIII se apela al Estado para poner un remedio justo a la
condición de los pobres, lo hace también porque reconoce oportunamente que el
Estado tiene la incumbencia de velar por el bien común y cuidar que todas las
esferas de la vida social, sin excluir la económica, contribuyan a promoverlo,
naturalmente dentro del respeto debido a la justa autonomía de cada una de
ellas. Esto, sin embargo, no autoriza a pensar que según el Papa toda solución
de la cuestión social deba provenir del Estado. Al contrario, él insiste varias
veces sobre los necesarios límites de la intervención del Estado y sobre su
carácter instrumental, ya que el individuo, la familia y la sociedad son
anteriores a él y el Estado mismo existe para tutelar los derechos de aquél y
de éstas, y no para sofocarlos.
A nadie se le escapa la actualidad de estas reflexiones. Sobre el tema
tan importante de las limitaciones inherentes a la naturaleza del Estado,
convendrá volver más adelante. Mientras tanto, los puntos subrayados
-ciertamente no los únicos de la Encíclica- están en la línea de continuidad
con el Magisterio social de la Iglesia y a la luz de una sana concepción de la
propiedad privada, del trabajo, del proceso económico de la realidad del Estado
y, sobre todo, del hombre mismo. Otros temas serán mencionados más adelante, al
examinar algunos aspectos de la realidad contemporánea. Pero hay que tener
presente desde ahora que lo que constituye la trama y en cierto modo la guía de
la Encíclica y, en verdad, de toda la doctrina social de la Iglesia, es la
correcta concepción de la persona humana y de su valor único, porque «el
hombre... en la tierra es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma».
En él ha impreso su imagen y semejanza (cf. Gén 1, 26), confiriéndole una
dignidad incomparable, sobre la que insiste repetidamente la Encíclica. En
efecto, aparte de los derechos que el hombre adquiere con su propio trabajo,
hay otros derechos que no proceden de ninguna obra realizada por él, sino de su
dignidad esencial de persona.
Capítulo II
Hacia las
«cosas nuevas» de hoy
12. La conmemoración de la Rerum novarum no sería apropiada, sin echar
una mirada a la situación actual. Por su contenido, el Documento se presta a
tal consideración, ya que su marco histórico y las previsiones en él apuntadas
se revelan sorprendentemente justas, a la luz de cuanto sucedió después.
Esto mismo queda confirmado, en particular, por los acontecimientos de
los últimos meses del año 1989 y primeros del 1990. Tales acontecimientos y las
posteriores transformaciones radicales no se explican si no es a base de las
situaciones anteriores, que en cierta medida habían cristalizado o
institucionalizado las previsiones de León XIII y las señales, cada vez más
inquietantes, vislumbradas por sus sucesores. En efecto, el Papa previó las
consecuencias negativas -bajo todos los aspectos, político, social, y
económico- de un ordenamiento de la sociedad, tal como lo proponía el
«socialismo», que entonces se hallaba todavía en el estadio de filosofía social
y de movimiento más o menos estructurado. Algunos se podrían sorprender de que
el Papa criticara las soluciones que se daban a la «cuestión obrera» comenzando
por el socialismo, cuando éste aún no se presentaba -como sucedió más tarde-
bajo la forma de un Estado fuerte y poderoso, con todos los recursos a su
disposición. Sin embargo, él supo valorar justamente el peligro que
representaba para las masas ofrecerles el atractivo de una solución tan simple
como radical de la cuestión obrera de entonces. Esto resulta más verdadero aún,
si lo comparamos con la terrible condición de injusticia en que versaban las
masas proletarias de las Naciones recién industrializadas.
Es necesario subrayar aquí dos cosas: por una parte, la gran lucidez en
percibir, en toda su crudeza, la verdadera condición de los proletarios,
hombres, mujeres y niños; por otra, la no menor claridad en intuir los males de
una solución que, bajo la apariencia de una inversión de posiciones entre
pobres y ricos, en realidad perjudicaba a quienes se proponía ayudar. De este
modo el remedio venía a ser peor que el mal. Al poner de manifiesto que la
naturaleza del socialismo de su tiempo estaba en la supresión de la propiedad
privada, León XIII llegaba de veras al núcleo de la cuestión.
Merecen ser leídas con atención sus palabras:«Para solucionar este mal
(la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios)
los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de
acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los
bienes sean comunes...; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la
cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es
además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos
poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el
orden social». No se podían indicar mejor los males acarreados por la
instauración de este tipo de socialismo como sistema de Estado, que sería
llamado más adelante «socialismo real».
13. Ahondando ahora en esta reflexión y haciendo referencia a lo que ya
se ha dicho en las Encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, hay
que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter
antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y
una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se
subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social. Por otra parte,
considera que este mismo bien pueda ser alcanzado al margen de su opción
autónoma, de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el
mal. El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales,
desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral,
que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión. De esta errónea
concepción de la persona provienen la distorsión del
derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la
propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar
«suyo» y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa,
pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea
dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su
camino para la constitución de una auténtica comunidad humana.
Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue
necesariamente una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la
doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el
Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la
familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y
culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su
propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he
llamado «subjetividad de la sociedad» la cual, junto con la subjetividad del
individuo, ha sido anulada por el socialismo real.
Si luego nos preguntamos dónde nace esa errónea concepción de la
naturaleza de la persona y de la «subjetividad» de la sociedad, hay que responder
que su causa principal es el ateísmo. Precisamente en la respuesta a la llamada
de Dios, implícita en el ser de las cosas, es donde el hombre se hace
consciente de su trascendente dignidad. Todo hombre ha de dar esta respuesta,
en la que consiste el culmen de su humanidad y que ningún mecanismo social o
sujeto colectivo puede sustituir. La negación de Dios priva de su fundamento a
la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social
prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona.
El ateísmo del que aquí se habla tiene estrecha relación con el
racionalismo iluminista, que concibe la realidad humana y social del hombre de
manera mecanicista. Se niega de este modo la intuición última acerca de la
verdadera grandeza del hombre, su trascendencia respecto al mundo material, la
contradicción que él siente en su corazón entre el deseo de una plenitud de
bien y la propia incapacidad para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de
salvación que de ahí se deriva.
14. De la misma raíz atea brota también la elección de los medios de
acción propia del socialismo, condenado en la Rerum novarum. Se trata de la
lucha de clases. El Papa, ciertamente, no pretende condenar todas y cada una de
las formas de conflictividad social. La Iglesia sabe muy bien que, a lo largo
de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de intereses entre
diversos grupos sociales y que frente a ellos el cristiano no pocas veces debe
pronunciarse con coherencia y decisión. Por lo demás, la Encíclica Laborem
exercens ha reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se
configura como «lucha por la justicia social». Ya en la Quadragesimo anno se
decía:«En efecto, cuando la lucha de clases se
abstiene de los actos de violencia y del odio recíproco, se transforma poco a
poco en una discusión honesta fundada en la búsqueda de la justicia».
Lo que se condena en la lucha de clases es la idea de un conflicto que
no está limitado por consideraciones de carácter ético o jurídico, que se niega
a respetar la dignidad de la persona en el otro y por tanto en sí mismo, que
excluye, en definitiva, un acuerdo razonable y persigue no ya el bien general
de la sociedad, sino más bien un interés de parte que suplanta al bien común y
aspira a destruir lo que se le opone. Se trata, en una palabra, de presentar de
nuevo -en el terreno de la confrontación interna entre los grupos sociales- la
doctrina de la «guerra total», que el militarismo y el imperialismo de aquella
época imponían en el ámbito de las relaciones internacionales. Tal doctrina,
que buscaba el justo equilibrio entre los intereses de las diversas Naciones,
sustituía a la del absoluto predominio de la propia parte, mediante la
destrucción del poder de resistencia del adversario, llevada a cabo por todos
los medios, sin excluir el uso de la mentira, el terror contra las personas
civiles, las armas destructivas de masa, que precisamente en aquellos años
comenzaban a proyectarse. La lucha de clases en sentido marxista y el
militarismo tienen, pues, las mismas raíces: el ateísmo y el desprecio de la
persona humana, que hacen prevalecer el principio de la fuerza sobre el de la
razón y del derecho.
15. La Rerum novarum se opone a la estatalización de los medios de
producción, que reduciría a todo ciudadano a una «pieza» en el engranaje de la
máquina estatal. Con no menor decisión critica una concepción del Estado que
deja la esfera de la economía totalmente fuera del propio campo de interés y de
acción. Existe ciertamente una legítima esfera de autonomía de la actividad
económica, donde no debe intervenir el Estado. A éste, sin embargo, le
corresponde determinar el marco jurídico dentro del cual se desarrollan las
relaciones económicas y salvaguardar así las condiciones fundamentales de una
economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes, no sea que
una de ellas supere totalmente en poder a la otra que la pueda reducir
prácticamente a esclavitud.
A este respecto, la Rerum novarum señala la vía de las justas reformas,
que devuelven al trabajo su dignidad de libre actividad del hombre. Son
reformas que suponen, por parte de la sociedad y del Estado, asumirse las
responsabilidades en orden a defender al trabajador contra el íncubo del
desempleo. Históricamente esto se ha logrado de dos modos convergentes: con
políticas económicas, dirigidas a asegurar el crecimiento equilibrado y la
condición de pleno empleo; con seguros contra el desempleo obrero y con
políticas de cualificación profesional, capaces de facilitar a los trabajadores
el paso de sectores en crisis a otros en desarrollo.
Por otra parte, la sociedad y el Estado deben asegurar unos niveles
salariales adecuados al mantenimiento del trabajador y de su familia, incluso
con una cierta capacidad de ahorro. Esto requiere esfuerzos para dar a los
trabajadores conocimientos y aptitudes cada vez más amplios, capacitándolos así
para un trabajo más cualificado y productivo; pero requiere también una asidua
vigilancia y las convenientes medidas legislativas para acabar con fenómenos
vergonzosos de explotación, sobre todo en perjuicio de los trabajadores más
débiles, inmigrados o marginales. En este sector es decisivo el papel de los
sindicatos que contratan los mínimos salariales y las condiciones de trabajo.
En fin, hay que garantizar el respeto por horarios «humanos» de trabajo
y de descanso, y el derecho a expresar la propia personalidad en el lugar de
trabajo, sin ser conculcados de ningún modo en la propia conciencia o en la
propia dignidad. Hay que mencionar aquí de nuevo el papel de los sindicatos no
sólo como instrumentos de negociación, sino también como «lugares» donde se
expresa la personalidad de los trabajadores: sus servicios contribuyen al
desarrollo de una auténtica cultura del trabajo y ayudan a participar de manera
plenamente humana en la vida de la empresa.
Para conseguir estos fines el Estado debe participar directa o
indirectamente. Indirectamente y según el principio de subsidiaridad, creando
las condiciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica, encauzada
hacia una oferta abundante de oportunidades de trabajo y de fuentes de riqueza.
Directamente y según el principio de solidaridad, poniendo, en defensa de los
más débiles, algunos límites a la autonomía de las partes que deciden las
condiciones de trabajo, y asegurando en todo caso un mínimo vital al trabajador
en paro.
La Encíclica y el Magisterio social, con ella relacionado, tuvieron una
notable influencia entre los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Este
influjo quedó reflejado en numerosas reformas introducidas en los sectores de
la previsión social, las pensiones, los seguros de enfermedad y de accidentes;
todo ello en el marco de un mayor respeto de los derechos de los trabajadores.
16. Las reformas fueron realizadas en parte por los Estados; pero en la
lucha por conseguirlas tuvo un papel importante la acción del Movimiento
obrero. Nacido como reacción de la conciencia moral contra situaciones de
injusticia y de daño, desarrolló una vasta actividad sindical, reformista,
lejos de las nieblas de la ideología y más cercana a las necesidades diarias de
los trabajadores. En este ámbito, sus esfuerzos se sumaron con frecuencia a los
de los cristianos para conseguir mejores condiciones de vida para los
trabajadores. Después, este Movimiento estuvo dominando, en cierto modo,
precisamente por la ideología marxista contra la que se dirigía la Rerum
novarum.
Las mismas reformas fueron también el resultado de un libre proceso de
auto-organización de la sociedad, con la aplicación de instrumentos eficaces de
solidaridad, idóneos para sostener un crecimiento económico más respetuoso de
los valores de la persona. Hay que recordar aquí su múltiple actividad, con una
notable aportación de los cristianos, en la fundación de cooperativas de
producción, consumo y crédito, en promover la enseñanza pública y la formación
profesional, en la experimentación de diversas formas de participación en la
vida de la empresa y, en general, de la sociedad.
Si mirando al pasado tenemos motivos para dar gracias a Dios porque la
gran Encíclica no ha quedado sin resonancia en los corazones y ha servido de
impulso a una operante generosidad, sin embargo hay que reconocer que el
anuncio profético que lleva consigo no fue acogido plenamente por los hombres
de aquel tiempo, lo cual precisamente ha dado lugar a no pocas y graves
desgracias.
17. Leyendo la Encíclica en relación con todo el rico Magisterio
leoniano, se nota que, en el fondo, está señalando las consecuencias de un
error de mayor alcance en el campo económico-social. Es el error que, como ya
se ha dicho, consiste en una concepción de la libertad humana que la aparta de
la obediencia de la verdad y, por tanto, también del deber de respetar los
derechos de los demás hombres. El contenido de la libertad se transforma
entonces en amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor que conduce
al afianzamiento ilimitado del propio interés y que no se deja limitar por
ninguna obligación de justicia.
Este error precisamente llega a sus extremas consecuencias durante el
trágico ciclo de las guerras que sacudieron Europa y el mundo entre 1914 y
1945. Fueron guerras originadas por el militarismo, por el nacionalismo
exasperado, por las formas de totalitarismo relacionado con ellas, así como por
guerras derivadas de la lucha de clases, de guerras civiles e ideológicas. Sin
la terrible carga de odio y rencor, acumulada a causa de tantas injusticias,
bien sea a nivel internacional bien sea dentro de cada Estado, no hubieran sido
posibles guerras de tanta crueldad en las que se invirtieron las energías de
grandes Naciones; en las que no se dudó ante la violación de los derechos
humanos más sagrados; en las que fue planificado y llevado a cabo el exterminio
de pueblos y grupos sociales enteros. Recordamos aquí singularmente al pueblo
hebreo, cuyo terrible destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones
adonde puede llegar el hombre cuando se vuelve contra Dios.
Sin embargo, el odio y la injusticia se apoderan de Naciones enteras,
impulsándolas a la acción, sólo cuando son legitimados y organizados por
ideologías que se fundan sobre ellos en vez de hacerlo sobre la verdad del
hombre. La Rerum novarum combatía las ideologías que llevan al odio e indicaba
la vía para vencer la violencia y el rencor mediante la justicia. Ojalá el
recuerdo de tan terribles acontecimientos guíe las acciones de todos los
hombres, en particular las de los gobernantes de los pueblos, en estos tiempos
nuestros en que otras injusticias alimentan nuevos odios y se perfilan en el
horizonte nuevas ideologías que exaltan la violencia.
18. Es verdad que desde 1945 las armas están calladas en el Continente
europeo; sin embargo, la verdadera paz -recordémoslo- no es el resultado de la
victoria militar, sino algo que implica la superación de las causas de la
guerra y la auténtica reconciliación entre los pueblos. Por muchos años, sin
embargo, ha habido en Europa y en el mundo una situación de no-guerra, más que
de paz auténtica. Mitad del Continente cae bajo el dominio de la dictadura
comunista, mientras la otra mitad se organiza para defenderse contra tal
peligro. Muchos pueblos pierden el poder de autogobernarse, encerrados en los
confines opresores de un imperio, mientras se trata de destruir su memoria
histórica y la raíz secular de su cultura. Como consecuencia de esta división
violenta, masas enormes de hombres son obligadas a abandonar su tierra y
deportadas forzosamente.
Una carrera desenfrenada a los armamentos absorbe los recursos
necesarios para el desarrollo de las economías internas y para ayudar a las
Naciones menos favorecidas. El progreso científico y tecnológico, que debiera
contribuir al bienestar del hombre, se transforma en instrumento de guerra:
ciencia y técnica son utilizadas para producir armas cada vez más
perfeccionadas y destructivas; contemporáneamente, a una ideología que es
perversión de la auténtica filosofía se le pide dar justificaciones doctrinales
para la nueva guerra. Esta no sólo es esperada y preparada, sino que es también
combatida con enorme derramamiento de sangre en varias partes del mundo. La
lógica de los bloques o imperios, denunciada en los Documentos de la Iglesia y
más recientemente en la Encíclica Sollicitudo rei socialis hace que las
controversias y discordias que surgen en los Países del Tercer Mundo sean sistemáticamente
incrementadas y explotadas para crear dificultades al adversario.
Los grupos extremistas, que tratan de resolver tales controversias por
medio de las armas encuentran fácilmente apoyos políticos y militares, son
armados y adiestrados para la guerra, mientras que quienes se esfuerzan por
encontrar soluciones pacíficas y humanas, respetuosas para con los legítimos
intereses de todas las partes, permanecen aislados y caen
a menudo víctima de sus adversarios. Incluso la militarización de tantos Países
del Tercer Mundo y las luchas fratricidas que los han atormentado, la difusión
del terrorismo y de medios cada vez más crueles de lucha político-militar tienen una de sus causas principales en la precariedad de la
paz que ha seguido a la segunda guerra mundial. En definitiva, sobre todo el
mundo se cierne la amenaza de una guerra atómica, capaz de acabar con la
humanidad. La ciencia utilizada para fines militares pone a disposición del
odio, fomentado por las ideologías, el instrumento decisivo. Pero la guerra
puede terminar, sin vencedores ni vencidos, en un suicidio de la humanidad; por
lo cual hay que repudiar la lógica que conduce a ella, la idea de que la lucha
por la destrucción del adversario, la contradicción y la guerra misma sean
factores de progreso y de avance de la historia. Cuando se comprende la
necesidad de este rechazo, deben entrar forzosamente en crisis tanto la lógica
de la «guerra total», como la de la «lucha de clases».
19. Al final de la segunda guerra mundial, este proceso se está formando
todavía en las conciencias; pero el dato que se ofrece a la vista es la
extensión del totalitarismo comunista a más de la mitad de Europa y a gran
parte del mundo. La guerra, que tendría que haber devuelto la libertad y haber
restaurado el derecho de las gentes, se concluye sin haber conseguido estos
fines; más aún, se concluye en un modo abiertamente contradictorio para muchos
pueblos, especialmente para aquellos que más habían sufrido. Se puede decir que
la situación creada ha dado lugar a diversas respuestas.
En algunos Países y bajo ciertos aspectos, después de las destrucciones
de la guerra, se asiste a un esfuerzo positivo por reconstruir, una sociedad
democrática inspirada en la justicia social, que priva al comunismo de su
potencial revolucionario, constituido por muchedumbres explotadas y oprimidas.
Estas iniciativas tratan, en general, de mantener los mecanismos de libre
mercado, asegurando, mediante la estabilidad monetaria y la seguridad de las
relaciones sociales, las condiciones para un crecimiento económico estable y
sano, dentro del cual los hombres, gracias a su trabajo, puedan construirse un
futuro mejor para sí y para sus hijos. Al mismo tiempo, se trata de evitar que
los mecanismos de mercado sean el único punto de referencia de la vida social y
tienden a someterlos a un control público que haga valer el principio del
destino común de los bienes de la tierra. Una cierta abundancia de ofertas de
trabajo, un sólido sistema de seguridad social y de capacitación profesional,
la libertad de asociación y la acción incisiva del sindicato, la previsión
social en caso de desempleo, los instrumentos de participación democrática en
la vida social, dentro de este contexto deberían preservar el trabajo de la
condición de «mercancía» y garantizar la posibilidad de realizarlo dignamente.
Existen, además, otras fuerzas sociales y movimientos ideales que se
oponen al marxismo con la construcción de sistemas de «seguridad nacional», que
tratan de controlar capilarmente toda la sociedad para imposibilitar la
infiltración marxista. Se proponen preservar del comunismo a sus pueblos
exaltando e incrementando el poder del Estado, pero con esto corren el grave
riesgo de destruir la libertad y los valores de la persona en nombre de los
cuales hay que oponerse al comunismo.
Otra forma de respuesta práctica, finalmente, está representada por la
sociedad del bienestar o sociedad de consumo. Esta tiende a derrotar al
marxismo en el terreno del puro materialismo, mostrando cómo una sociedad de
libre mercado es capaz de satisfacer las necesidades materiales humanas más
plenamente de lo que aseguraba el comunismo y excluyendo también los valores
espirituales. En realidad, si bien por un lado es cierto que este modelo social
muestra el fracaso del marxismo para construir una sociedad nueva y mejor, por
otro, al negar su existencia autónoma y su valor a la moral y al derecho, así
como a la cultura y a la religión, coincide con el marxismo en el reducir
totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las
necesidades materiales.
20. En el mismo período se va desarrollando un grandioso proceso de
«descolonización», en virtud del cual numerosos Países consiguen o recuperan la
independencia y el derecho a disponer libremente de sí mismos. No obstante, con
la reconquista formal de su soberanía estatal, estos Países en muchos casos
están comenzando apenas el camino de la construcción de una auténtica
independencia. En efecto, sectores decisivos de la economía siguen todavía en
manos de grandes empresas de fuera, las cuales no aceptan un compromiso
duradero que las vincule al desarrollo del País que las recibe. En ocasiones,
la vida política está sujeta también al control de fuerzas extranjeras,
mientras que dentro de las fronteras del Estado conviven a veces grupos
tribales, no amalgamados todavía en una auténtica comunidad nacional. Falta,
además, un núcleo de profesionales competentes, capaces de hacer funcionar, de
manera honesta y regular, el aparato administrativo del Estado, y faltan
también equipos de personas especializadas para una eficiente y responsable
gestión de la economía.
Ante esta situación, a muchos les parece que el marxismo pueda
proporcionar como un atajo para la edificación de la Nación y del Estado; de
ahí nacen diversas variantes del socialismo con un carácter nacional
específico. Se mezclan así, en muchas ideologías, que se van formando de manera
cada vez más diversa, legítimas exigencias de liberación nacional, formas de
nacionalismo y hasta de militarismo, principios sacados de antiguas tradiciones
populares, en sintonía a veces con la doctrina social cristiana, y conceptos
del marxismo-leninismo.
21. Hay que recordar, por último, que después de la segunda guerra
mundial, y en parte como reacción a sus horrores, se ha ido difundiendo un
sentimiento más vivo de los derechos humanos, que ha sido reconocido en
diversos Documentos internacionales, en la elaboración, podría decirse, de un
nuevo «derecho de gentes», al que la Santa Sede ha dado una constante
aportación. La pieza clave de esta evolución ha sido la Organización de las
Naciones Unidas. No sólo ha crecido la conciencia del derecho de los
individuos, sino también la de los derechos de las Naciones, mientras se
advierte mejor la necesidad de actuar para corregir los graves desequilibrios
existentes entre las diversas áreas geográficas del mundo que, en cierto
sentido, han desplazado el centro de la cuestión social del ámbito nacional al
plano internacional.
Al constatar con satisfacción todo este proceso, no se puede sin embargo
soslayar el hecho de que el balance global de las diversas políticas de ayuda
al desarrollo no siempre es positivo. Por otra parte, las Naciones Unidas no
han logrado hasta ahora poner en pie instrumentos eficaces para la solución de
los conflictos internacionales como alternativa a la guerra, lo cual parece ser
el problema más urgente que la comunidad internacional debe aún resolver.
Capítulo III
El año
1989
22. Partiendo de la situación mundial apenas descrita, y ya expuesta con
amplitud en la Encíclica Sollicitudo rei socialis, se comprende el alcance
inesperado y prometedor de los acontecimientos ocurridos en los últimos años.
Su culminación es ciertamente lo ocurrido el año 1989 en los Países de Europa
central y oriental; pero abarcan un arco de tiempo y un horizonte geográfico
más amplios. A lo largo de los años ochenta van cayendo poco a poco en algunos
Países de América Latina, e incluso de África y de Asia, ciertos regímenes
dictatoriales y opresores; en otros casos da comienzo un camino de transición,
difícil pero fecundo, hacia formas políticas más justas y de mayor
participación. Una ayuda importante e incluso decisiva la ha dado la Iglesia,
con su compromiso en favor de la defensa y promoción de los derechos del
hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas
ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con
sencillez y energía que todo hombre -sean cuales sean sus convicciones
personales- lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto.
En esta afirmación se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del
pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones políticas más
respetuosas para con la dignidad de la persona humana.
De este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que
ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y
sociales, gravadas por la hipoteca de una dolorosa serie de injusticias y
rencores, aparte de una economía arruinada y de graves conflictos sociales.
Mientras en unión con toda la Iglesia doy gracias a Dios por el testimonio, en
ocasiones heroico, que han dado no pocos Pastores, comunidades cristianas
enteras, fieles en particular y hombres de buena voluntad en tan difíciles
circunstancias, le pedimos que sostenga los esfuerzos de todos para construir
un futuro mejor. Es ésta una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de
aquellos Países, sino también de todos los cristianos y de los hombres de buena
voluntad. Se trata de mostrar cómo los complejos problemas de aquellos pueblos
se pueden resolver por medio del diálogo y de la solidaridad, en vez de la
lucha para destruir al adversario y en vez de la guerra.
23. Entre los numerosos factores de la caída de los regímenes opresores,
algunos merecen ser recordados de modo especial. El factor decisivo, que ha
puesto en marcha los cambios, es sin duda alguna la violación de los derechos
del trabajador. No se puede olvidar que la crisis fundamental de los sistemas,
que pretenden ser expresión del gobierno y, lo que es más, de la dictadura del
proletariado, da comienzo con las grandes revueltas habidas en Polonia en
nombre de la solidaridad. Son las muchedumbres de los trabajadores las que
desautorizan la ideología, que pretende ser su voz; son ellas las que
encuentran y como si descubrieran de nuevo expresiones y principios de la
doctrina social de la Iglesia, partiendo de la experiencia, vivida y difícil,
del trabajo y de la opresión.
Merece ser subrayado también el hecho de que casi en todas partes se haya
llegado a la caída de semejante «bloque» o imperio a través de una lucha
pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y de la justicia.
Mientras el marxismo consideraba que, únicamente llevando hasta el extremo las
contradicciones sociales, era posible darles solución por medio del choque
violento, en cambio las luchas que han conducido a la caída del marxismo
insisten tenazmente en intentar todas las vías de la negociación, del diálogo,
del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando
de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana.
Parecía como si el orden europeo, surgido de la segunda guerra mundial y
consagrado por los Acuerdos de Yalta, ya no pudiese
ser alterado más que por otra guerra. Y sin embargo, ha sido superado por el
compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder
de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar
testimonio de la verdad. Esta actitud ha desarmado al adversario, ya que la
violencia tiene siempre necesidad de justificarse con la mentira y de asumir,
aunque sea falsamente, el aspecto de la defensa de un derecho o de respuesta a
una amenaza ajena. Doy también gracias a Dios por haber mantenido firme el
corazón de los hombres durante aquella difícil prueba, pidiéndole que este
ejemplo pueda servir en otros lugares y en otras circunstancias.¡Ojalá los
hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia, renunciando a la lucha
de clases en las controversias internas, así como a la guerra en las
internacionales!
24. El segundo factor de crisis es, en verdad, la ineficiencia del
sistema económico, lo cual no ha de considerarse como un problema puramente
técnico, sino más bien como consecuencia de la violación de los derechos
humanos a la iniciativa, a la propiedad y a la libertad en el sector de la
economía. A este aspecto hay que asociar en un segundo momento la dimensión
cultural y la nacional. No es posible comprender al hombre, considerándolo
unilateralmente a partir del sector de la economía, ni es posible definirlo
simplemente tomando como base su pertenencia a una clase social. Al hombre se
le comprende de manera más exhaustiva si es visto en la esfera de la cultura a
través de la lengua, la historia y las actitudes que asume ante los
acontecimientos fundamentales de la existencia, como son nacer, amar, trabajar,
morir. El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume
ante el misterio más grande: el misterio de Dios. Las culturas de las diversas
Naciones son, en el fondo, otras tantas maneras diversas de plantear la
pregunta acerca del sentido de la existencia personal. Cuando esta pregunta es
eliminada, se corrompen la cultura y la vida moral de las Naciones. Por esto,
la lucha por la defensa del trabajo se ha unido espontáneamente a la lucha por
la cultura y por los derechos nacionales.
La verdadera causa de las «novedades», sin embargo, es el vacío
espiritual provocado por el ateísmo, el cual ha dejado sin orientación a las
jóvenes generaciones y en no pocos casos las ha inducido, en la insoslayable
búsqueda de la propia identidad y del sentido de la vida, a descubrir las
raíces religiosas de la cultura de sus Naciones y la persona misma de Cristo,
como respuesta existencialmente adecuada al deseo de bien, de verdad y de vida
que hay en el corazón de todo hombre. Esta búsqueda ha sido confortada por el
testimonio de cuantos, en circunstancias difíciles y en medio de la
persecución, han permanecido fieles a Dios. El marxismo había prometido desenraizar
del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados han demostrado que
no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón.
25. Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la
voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido
a no dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para
cuantos, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la
política el derecho y la moral. Ciertamente la lucha que ha desembocado en los
cambios del 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en
cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una
ilimitada confianza en Dios, Señor de la historia, que tiene en sus manos el
corazón de los hombres. Uniendo el propio sufrimiento por la verdad y por la
libertad al de Cristo en la cruz, es así como el hombre puede hacer el milagro
de la paz y ponerse en condiciones de acertar con el sendero a veces estrecho
entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente
combatirlo, lo agrava.
Sin embargo, no se pueden ignorar los innumerables condicionamientos, en
medio de los cuales viene a encontrarse la libertad individual a la hora de actuar:
de hecho la influencian, pero no la determinan; facilitan más o menos su
ejercicio, pero no pueden destruirla. No sólo no es lícito desatender desde el
punto de vista ético la naturaleza del hombre que ha sido creado para la
libertad, sino que esto ni siquiera es posible en la práctica. Donde la
sociedad se organiza reduciendo de manera arbitraria o incluso eliminando el
ámbito en que se ejercita legítimamente la libertad, el resultado es la
desorganización y la decadencia progresiva de la vida social.
Por otra parte, el hombre creado para la libertad lleva dentro de si la
herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que
necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la
revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico en
cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien,
pero es también capaz del mal; puede trascender su interés inmediato y, sin
embargo, permanece vinculado a él. El orden social será tanto más sólido cuanto
más tenga en cuenta este hecho y no oponga el interés individual al de la
sociedad en su conjunto, sino que busque más bien los modos de su fructuosa
coordinación. De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente,
queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que
esteriliza toda iniciativa y creatividad. Cuando los hombres se creen en
posesión del secreto de una organización social perfecta que haga imposible el
mal, piensan también que pueden usar todos los medios, incluso la violencia o
la mentira, para realizarla. La política se convierte entonces en una «religión
secular», que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo.
De ahí que cualquier sociedad política, que tiene su propia autonomía y sus
propias leyes, nunca podrá confundirse con el Reino de Dios. La parábola
evangélica de la buena semilla y la cizaña (cf. Mt 13, 24-30; 36-43) nos enseña
que corresponde solamente a Dios separar a los seguidores del Reino y a los
seguidores del Maligno, y que este juicio tendrá lugar al final de los tiempos.
Pretendiendo anticipar el juicio ya desde ahora, el hombre trata de suplantar a
Dios y se opone a su paciencia.
Gracias al sacrificio de Cristo en la Cruz, la victoria del Reino de
Dios ha sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición
cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal.
Solamente al final de los tiempos, volverá el Señor en su gloria para el juicio
final (cf. Mt 25, 31) instaurando los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. 2 Pe
3, 13; Apoc 21, 1), pero, mientras tanto, la lucha entre el bien y el mal
continúa incluso en el corazón del hombre.
Lo que la Sagrada Escritura nos enseña respecto de los destinos del
Reino de Dios tiene sus consecuencias en la vida de la sociedad temporal, la
cual -como indica la palabra misma- pertenece a la realidad del tiempo con todo
lo que conlleva de imperfecto y provisional. El Reino de Dios, presente en el
mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que
las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las
exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se
corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica de
las realidades humanas están llamados, junto con todos los hombres de buena
voluntad, todos los cristianos y de manera especial los seglares.
26. Los acontecimientos del año 1989 han tenido lugar principalmente en
los Países de Europa oriental y central; sin embargo, revisten importancia
universal, ya que de ellos se desprenden consecuencias positivas y negativas
que afectan a toda la familia humana. Tales consecuencias no se dan de forma
mecánica o fatalista, sino que son más bien ocasiones que se ofrecen a la
libertad humana para colaborar con el designio misericordioso de Dios que actúa
en la historia.
La primera consecuencia ha sido, en algunos Países, el encuentro entre la
Iglesia y el Movimiento obrero, nacido como una reacción de orden ético y
concretamente cristiano contra una vasta situación de injusticia. Durante casi
un siglo dicho Movimiento en gran parte había caído bajo la hegemonía del
marxismo, no sin la convicción de que los proletarios, para luchar eficazmente
contra la opresión, debían asumir las teorías materialistas y economicistas.
En la crisis del marxismo brotan de nuevo las formas espontáneas de la
conciencia obrera, que ponen de manifiesto una exigencia de justicia y de
reconocimiento de la dignidad del trabajo, conforme a la doctrina social de la
Iglesia. El movimiento obrero desemboca en un movimiento más general de los
trabajadores y de los hombres de buena voluntad, orientado a la liberación de la
persona humana y a la consolidación de sus derechos; hoy día está presente en
muchos Países y, lejos de contraponerse a la Iglesia Católica la mira con
interés.
La crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de
injusticia y de opresión existentes, de las que se alimentaba el marxismo
mismo, instrumentalizándolas. A quienes hoy día buscan una nueva y auténtica
teoría y praxis de liberación, la Iglesia ofrece no sólo la doctrina social y,
en general, sus enseñanzas sobre la persona redimida por Cristo, sino también
su compromiso concreto de ayuda para combatir la marginación y el sufrimiento.
En el pasado reciente, el deseo sincero de ponerse de parte de los
oprimidos y de no quedarse fuera del curso de la historia ha inducido a muchos
creyentes a buscar por diversos caminos un compromiso imposible entre marxismo
y cristianismo. El tiempo presente, a la vez que ha superado todo lo que había
de caduco en estos intentos, lleva a reafirmar la positividad de una auténtica
teología de la liberación humana integral. Considerados desde este punto de
vista, los acontecimientos de 1989 vienen a ser importantes incluso para los
Países del llamado Tercer Mundo, que están buscando la vía de su desarrollo, lo
mismo que lo han sido para los de Europa central y
oriental.
27. La segunda consecuencia afecta a los pueblos de Europa. En los años
en que dominaba el comunismo, y también antes, se cometieron muchas injusticias
individuales y sociales, regionales y nacionales; se acumularon muchos odios y
rencores. Y sigue siendo real el peligro de que vuelvan a explotar, después de
la caída de la dictadura, provocando graves conflictos y muertes, si disminuyen
a su vez la tensión moral y la firmeza consciente en dar testimonio de la
verdad, que han animado los esfuerzos del tiempo pasado. Es de esperar que el
odio y la violencia no triunfen en los corazones, sobre todo de quienes luchan
en favor de la justicia, sino que crezca en todos el espíritu de paz y de
perdón.
Sin embargo, es necesario a este respecto que se den pasos concretos
para crear o consolidar estructuras internacionales, capaces de intervenir,
para el conveniente arbitraje, en los conflictos que surjan entre las Naciones,
de manera que cada una de ellas pueda hacer valer los propios derechos,
alcanzando el justo acuerdo y la pacífica conciliación con los derechos de los
demás. Todo esto es particularmente necesario para las Naciones europeas,
íntimamente unidas entre sí por los vínculos de una cultura común y de una
historia milenaria. En efecto, hace falta un gran esfuerzo para la
reconstrucción moral y económica en los Países que han abandonado el comunismo.
Durante mucho tiempo las relaciones económicas más elementales han sido
distorsionadas y han sido zaheridas virtudes relacionadas con el sector de la
economía, como la veracidad, la fiabilidad, la laboriosidad. Se siente la
necesidad de una paciente reconstrucción material y moral, mientras los pueblos
extenuados por largas privaciones piden a sus gobernantes logros de bienestar tangibles e inmediatos y una adecuada satisfacción
de sus legítimas aspiraciones.
Naturalmente, la caída del marxismo ha tenido consecuencias de gran
alcance por lo que se refiere a la repartición de la tierra en mundos
incomunicados unos con otros y en recelosa competencia entre sí; por otra
parte, ha puesto más de manifiesto el hecho de la interdependencia, así como
que el trabajo humano está destinado por su naturaleza a unir a los pueblos y
no a dividirlos. Efectivamente, la paz y la prosperidad son bienes que
pertenecen a todo el género humano, de manera que no es posible gozar de ellos
correcta y duraderamente si son obtenidos y mantenidos en perjuicio de otros
pueblos y Naciones, violando sus derechos o excluyéndolos de las fuentes del
bienestar.
28. Para algunos Países de Europa comienza ahora, en cierto sentido, la
verdadera postguerra. La radical reestructuración de las economías, hasta ayer
colectivizadas, comporta problemas y sacrificios, comparables con los que
tuvieron que imponerse los Países occidentales del continente para su
reconstrucción después del segundo conflicto mundial. Es justo que en las
presentes dificultades los Países excomunistas sean ayudados por el esfuerzo
solidario de las otras Naciones: obviamente, han de ser ellos los primeros
artífices de su propio desarrollo; pero se les ha de dar una razonable
oportunidad para realizarlo, y esto no puede lograrse sin la ayuda de los otros
Países. Por lo demás, las actuales condiciones de dificultad y penuria son la
consecuencia de un proceso histórico, del que los Países excomunistas han sido
a veces objeto y no sujeto; por tanto, si se hallan en esas condiciones no es
por propia elección o a causa de errores cometidos, sino como consecuencia de
trágicos acontecimientos históricos impuestos por la violencia, que les han
impedido proseguir por el camino del desarrollo económico y civil.
La ayuda de otros Países, sobre todo europeos, que han tenido parte en
la misma historia y de la que son responsables, corresponde a una deuda de
justicia. Pero corresponde también al interés y al bien general de Europa, la
cual no podrá vivir en paz, si los conflictos de diversa índole, que surgen
como consecuencia del pasado, se van agravando a causa de una situación de
desorden económico, de espiritual insatisfacción y desesperación.
Esta exigencia, sin embargo, no debe inducir a frenar los esfuerzos para
prestar apoyo y ayuda a los Países del Tercer Mundo, que sufren a veces
condiciones de insuficiencia y de pobreza bastante más graves. Será necesario
un esfuerzo extraordinario para movilizar los recursos, de los que el mundo en
su conjunto no carece, hacia objetivos de crecimiento económico y de desarrollo
común, fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores, sobre cuya
base se deciden las opciones económicas y políticas. Pueden hacerse disponibles
ingentes recursos con el desarme de los enormes aparatos militares, creados
para el conflicto entre Este y Oeste. Estos podrán resultar aún mayores, si se
logra establecer procedimientos fiables para la solución de los conflictos,
alternativas a la guerra, y extender, por tanto, el principio del control y de
la reducción de los armamentos incluso en los Países del Tercer Mundo,
adoptando oportunas medidas contra su comercio. Sobretodo será necesario
abandonar una mentalidad que considera a los pobres -personas y pueblos- como
un fardo o como molestos e importunos, ávidos de consumir lo que otros han
producido. Los pobres exigen el derecho de participar y gozar de los bienes
materiales y de hacer fructificar su capacidad de trabajo, creando así un mundo
más justo y más próspero para todos. La promoción de los pobres es una gran
ocasión para el crecimiento moral, cultural e incluso económico de la humanidad
entera.
29. En fin, el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente
económica, sino bajo una dimensión humana integral. No se trata solamente de
elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los Países más ricos,
sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer
efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de
responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto
culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a
Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento. En los regímenes totalitarios y
autoritarios se ha extremado el principio de la primacía de la fuerza sobre la
razón. El hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de la realidad
impuesta por la fuerza, y no conseguida mediante el esfuerzo de la propia razón
y el ejercicio de la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese
principio y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana,
vinculada solamente a la verdad natural y revelada. En el reconocimiento de
estos derechos consiste el fundamento primario de todo ordenamiento político
auténticamente libre. Es importante reafirmar este principio por varios
motivos:
a) porque las antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo
todavía no han sido superadas completamente y existe aún el riesgo de que
recobren vigor: esto exige un renovado esfuerzo de colaboración y de
solidaridad entre todos los Países;
b) porque en los Países desarrollados se hace a veces excesiva
propaganda de los valores puramente utilitarios, al provocar de manera
desenfrenada los instintos y las tendencias al goce inmediato, lo cual hace
difícil el reconocimiento y el respeto de la jerarquía de los verdaderos
valores de la existencia humana;
c) porque en algunos Países surgen nuevas formas de fundamentalismo
religioso que, velada o también abiertamente, niegan a los ciudadanos de credos
diversos de los de la mayoría el pleno ejercicio de sus derechos civiles y
religiosos, les impiden participar en el debate cultural, restringen el derecho
de la Iglesia a predicar el Evangelio y el derecho de los hombres, que escuchan
tal predicación, a acogerla y convertirse a Cristo. No es posible ningún
progreso auténtico sin el respeto del derecho natural y originario a conocer la
verdad y vivir según la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y
profundización, el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es
el verdadero bien del hombre.
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