Redemptoris Mater (Parte 1)
(sobre la Bienaventurada Virgen Maria en la Vida de la Iglesia peregrina)
Tomado de la página oficial del Vaticano
BENDICIÓN
Venerables
Hermanos
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar
preciso en el plan de la salvación, porque « al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para
rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación
adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! » (Gál 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el
Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada
Virgen María,1 deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María
tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la
vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del
Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el
Redentor, nuestra filiación divina, en el misterio de la « plenitud de los
tiempos ».2
Esta plenitud delimita el momento, fijado
desde toda la eternidad, en el cual el Padre envió a su Hijo « para que todo el
que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Esta plenitud señala el momento feliz en el que « la
Palabra que estaba con Dios ... se hizo carne, y puso su morada entre nosotros
» (Jn 1, 1. 14), haciéndose nuestro
hermano. Esta misma plenitud señala el momento en que el Espíritu Santo, que ya
había infundido la plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno
virginal la naturaleza humana de Cristo. Esta plenitud define el instante en el
que, por la entrada del eterno en el tiempo, el tiempo mismo es redimido y,
llenándose del misterio de Cristo, se convierte definitivamente en « tiempo de
salvación ». Designa, finalmente, el comienzo arcano del camino de la Iglesia.
En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a María de Nazaret como a su
exordio,3 ya que en la Concepción inmaculada ve la proyección, anticipada en
su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque
en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a
María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su
condición de esposa y madre.
2. La Iglesia, confortada por la presencia de
Cristo (cf. Mt 28, 20), camina en el tiempo hacia la
consumación de los siglos y va al encuentro del Señor que llega. Pero en este
camino —deseo destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen
María, que « avanzó en la peregrinación de
la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz ».4 Tomo estas palabras tan densas y evocadoras de la Constitución Lumen gentium, que en su parte final
traza una síntesis eficaz de la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la
Madre de Cristo, venerada por ella como madre suya amantísima y como su figura
en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Poco después del Concilio, mi gran predecesor
Pablo VI quiso volver a hablar de la Virgen Santísima, exponiendo en la Carta
Encíclica Christi Matri y más tarde en las Exhortaciones
Apostólicas Signum magnum y Marialis cultus 5 los fundamentos y criterios de aquella singular veneración que
la Madre de Cristo recibe en la Iglesia, así como las diferentes formas de
devoción mariana —litúrgicas, populares y privadas— correspondientes al
espíritu de la fe.
3. La circunstancia que ahora me empuja a
volver sobre este tema es la perspectiva
del año dos mil, ya cercano, en el que el Jubileo bimilenario del
nacimiento de Jesucristo orienta, al mismo tiempo, nuestra mirada hacia su
Madre. En los últimos años se han alzado varias voces para exponer la
oportunidad de hacer preceder tal conmemoración por un análogo Jubileo,
dedicado a la celebración del nacimiento de María.
En realidad, aunque no sea posible establecer
un preciso punto cronológico para
fijar la fecha del nacimiento de María, es constante por parte de la Iglesia la
conciencia de que María apareció antes de
Cristo en el horizonte de la historia
de la salvación.6 Es un hecho que, mientras se acercaba definitivamente « la
plenitud de los tiempos », o sea el acontecimiento salvífico del Emmanuel, la
que había sido destinada desde la eternidad para ser su Madre ya existía en la
tierra. Este « preceder » suyo a la venida de Cristo se refleja cada año en la liturgia de Adviento. Por
consiguiente, si los años que se acercan a la conclusión del segundo Milenio
después de Cristo y al comienzo del tercero se refieren a aquella antigua
espera histórica del Salvador, es plenamente comprensible que en este período
deseemos dirigirnos de modo particular a la que, en la « noche » de la espera de
Adviento, comenzó a resplandecer como una verdadera « estrella de la mañana » (Stella matutina). En efecto,
igual que esta estrella junto con la « aurora » precede la salida del sol, así
María desde su concepción inmaculada ha precedido la venida del Salvador, la
salida del « sol de justicia » en la historia del género humano.7
Su presencia en medio de Israel —tan discreta
que pasó casi inobservada a los ojos de sus contemporáneos— resplandecía
claramente ante el Eterno, el cual había asociado a esta escondida « hija de
Sión » (cf. So 3, 14; Za 2, 14) al plan salvífico que abarcaba
toda la historia de la humanidad. Con razón pues, al término del segundo
Milenio, nosotros los cristianos, que sabemos como el plan providencial de la
Santísima Trinidad sea la realidad
central de la revelación y de la fe, sentimos la necesidad de poner de
relieve la presencia singular de la Madre de Cristo en la historia,
especialmente durante estos últimos años anteriores al dos mil.
4. Nos prepara a esto el Concilio Vaticano II,
presentando en su magisterio a la Madre
de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, si es verdad
que « el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado » —como proclama el mismo Concilio 8—, es necesario aplicar este principio de modo muy particular a
aquella excepcional « hija de las generaciones humanas », a aquella « mujer »
extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el misterio de Cristo se esclarece plenamente su misterio. Así, por lo demás, ha
intentado leerlo la Iglesia desde el comienzo. El misterio de la Encarnación le
ha permitido penetrar y esclarecer cada vez mejor el misterio de la Madre del Verbo
encarnado. En este profundizar tuvo particular importancia el Concilio de Éfeso
(a. 431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la verdad sobre la
maternidad divina de María fue confirmada solemnemente como verdad de fe de la
Iglesia. María es la Madre de Dios (Theotókos), ya que por obra del Espíritu
Santo concibió en su seno virginal y dio al mundo a Jesucristo, el Hijo de Dios
consubstancial al Padre.9 « El Hijo de Dios... nacido de la Virgen María... se hizo
verdaderamente uno de los nuestros... »,10 se hizo hombre. Así pues, mediante el misterio de Cristo, en el
horizonte de la fe de la Iglesia resplandece plenamente el misterio de su
Madre. A su vez, el dogma de la maternidad divina de María fue para el Concilio
de Éfeso y es para la Iglesia como un sello del dogma de la Encarnación, en la
que el Verbo asume realmente en la unidad de su persona la naturaleza humana
sin anularla.
5. El Concilio Vaticano II, presentando a
María en el misterio de Cristo, encuentra también, de este modo, el camino para
profundizar en el conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María,
como Madre de Cristo, está unida de modo
particular a la Iglesia, « que el Señor constituyó como su Cuerpo ».11 El texto conciliar acerca significativamente esta verdad sobre la
Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza de las Cartas paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra del
Espíritu Santo nació de María Virgen ». La realidad de la Encarnación encuentra
casi su prolongación en el misterio de la
Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad misma de la
Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del Verbo encarnado.
En las presentes reflexiones, sin embargo,
quiero hacer referencia sobre todo a aquella « peregrinación de la fe », en la
que « la Santísima Virgen avanzó », manteniendo fielmente su unión con Cristo.12 De esta manera aquel doble
vínculo, que une la Madre de Dios a
Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico. No se trata aquí
sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de la «
parte mejor » que ella tiene en el misterio de la salvación, sino además de la
historia de todo el Pueblo de Dios, de
todos los que toman parte en la misma peregrinación
de la fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando en
otro pasaje que María « precedió », convirtiéndose en « tipo de la Iglesia ...
en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo ».13 Este « preceder » suyo como tipo, o modelo, se refiere al
mismo misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión salvífica
uniendo en sí —como María— las cualidades de madre y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo » y que « se hace también madre ... pues ... engendra a una
vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y
nacidos de Dios ».14
6. Todo esto se realiza en un gran proceso
histórico y, por así decir, « en un camino ». La peregrinación de la fe indica la historia interior, es decir la
historia de las almas. Pero ésta es también la historia de los hombres,
sometidos en esta tierra a la transitoriedad y comprendidos en la dimensión de
la historia. En las siguientes reflexiones deseamos concentrarnos ante todo en
la fase actual, que de por sí no es aún historia, y sin embargo la plasma sin
cesar, incluso en el sentido de historia de la salvación. Aquí se abre un
amplio espacio, dentro del cual la
bienaventurada Virgen María sigue «
precediendo » al Pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe
representa un punto de referencia constante para la Iglesia, para los
individuos y comunidades, para los pueblos y naciones, y, en cierto modo, para
toda la humanidad. De veras es difícil abarcar y medir su radio de acción.
El Concilio subraya que la Madre de Dios es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia: «
La Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la
cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef
5, 27) » y al mismo tiempo que « los
fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado,
y por eso levantan sus ojos a María, que
resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos ».15 La peregrinación de la fe ya no pertenece a la Madre del Hijo de
Dios; glorificada junto al Hijo en los cielos, María ha superado ya el umbral
entre la fe y la visión « cara a cara » (1
Cor 13, 12). Al mismo tiempo, sin
embargo, en este cumplimiento escatológico no deja de ser la « Estrella del mar
» (Maris Stella) 16 para todos los que aún siguen el camino de la fe. Si alzan los
ojos hacia ella en los diversos lugares de la existencia terrena lo hacen
porque ella « dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre
muchos hermanos (cf. Rom 8, 29) »,17 y también porque a la « generación y educación » de estos hermanos
y hermanas « coopera con amor materno ».18
I PARTE
- MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
7. « Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo » (Ef
1, 3). Estas palabras de la Carta a los Efesios revelan el eterno
designio de Dios Padre, su plan de salvación del hombre en Cristo. Es un plan
universal, que comprende a todos los hombres creados a imagen y semejanza de
Dios (cf. Gén 1, 26). Todos, así como están incluidos « al comienzo » en la obra
creadora de Dios, también están incluidos eternamente en el plan divino de la
salvación, que se debe revelar completamente, en la « plenitud de los tiempos
», con la venida de Cristo. En efecto, Dios, que es « Padre de nuestro Señor
Jesucristo, —son las palabras sucesivas de la misma Carta— « nos ha elegido en él
antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su
presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus « hijos adoptivos
por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de
la gloria de su gracia, con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el
perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia » (Ef 1, 4-7).
El plan
divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente con la venida de
Cristo, es eterno. Está también —según la enseñanza contenida en aquella Carta y en otras Cartas paulinas— eternamente
unido a Cristo. Abarca a todos
los hombres, pero reserva un lugar particular a la « mujer » que es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la
obra de la salvación.19 Como escribe el Concilio Vaticano II, « ella misma es insinuada
proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado
», según el libro del Génesis (cf. 3,
15). « Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo
nombre será Emmanuel », según las palabras de Isaías (cf. 7, 14).20 De este modo el Antiguo Testamento prepara aquella « plenitud de
los tiempos », en que Dios « envió a su Hijo, nacido de mujer, ... para que
recibiéramos la filiación adoptiva ». La venida del Hijo de Dios al mundo es el
acontecimiento narrado en los primeros capítulos de los Evangelios según Lucas
y Mateo.
8. María
es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este
acontecimiento: la anunciación del
ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de
Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El mensajero
divino dice a la Virgen: « Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo » (Lc 1, 28). María « se conturbó por estas palabras, y discurría qué
significaría aquel saludo » (Lc 1,
29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la
expresión « llena de gracia » (Kejaritoméne).21
Si queremos meditar junto a María sobre estas
palabras y, especialmente sobre la expresión « llena de gracia », podemos
encontrar una verificación significativa precisamente en el pasaje
anteriormente citado de la Carta a los
Efesios. Si, después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de
Nazaret es llamada también « bendita entre las mujeres » (cf. Lc 1, 42), esto se explica por aquella
bendición de la que « Dios Padre » nos ha colmado « en los cielos, en Cristo ».
Es una bendición espiritual, que se
refiere a todos los hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad («
toda bendición »), que brota del amor que, en el Espíritu Santo, une al Padre
el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo, es una bendición derramada por obra de
Jesucristo en la historia del hombre desde el comienzo hasta el final: a todos
los hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a María de modo especial y excepcional; en efecto, fue saludada por
Isabel como « bendita entre las mujeres ».
La razón de este doble saludo es, pues, que en
el alma de esta « hija de Sión » se ha manifestado, en cierto sentido, toda la
« gloria de su gracia », aquella con la que el Padre « nos agració en el Amado
». El mensajero saluda, en efecto, a María como « llena de gracia »; la llama
así, como si éste fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el
nombre que le es propio en el registro civil: « Miryam » (María), sino con este nombre nuevo: «llena de gracia
». ¿Qué significa este nombre? ¿Porqué el arcángel llama así a la Virgen de
Nazaret?
En el lenguaje de la Biblia « gracia »
significa un don especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia
fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la Carta a los Efesios. Por parte de Dios
esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la
participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la participación de la vida
sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia de la elección del
hombre, es como un germen de santidad, o
como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la
gracia vivifica y santifica a los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir,
se hace realidad aquella bendición del hombre « con toda clase de bendiciones
espirituales », aquel « ser sus hijos adoptivos ... en Cristo » o sea en aquel
que es eternamente el « Amado » del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María « llena
de gracia », el contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y
promesas antiguas, nos da a entender que se trata de una bendición singular
entre todas las « bendiciones espirituales en Cristo ». En el misterio de
Cristo María está presente ya « antes
de la creación del mundo » como aquella que el Padre « ha elegido » como Madre de su Hijo en la Encarnación,
y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu
de santidad. María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y
excepcional, e igualmente es amada en
este « Amado »eternamente, en este Hijo consubstancial
al Padre, en el que se concentra toda « la gloria de la gracia ». A la vez,
ella está y sigue abierta perfectamente a este « don de lo alto » (cf. St 1, 17). Como enseña el Concilio,
María « sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan con
confianza la salvación ».22
9. Si el saludo y el nombre « llena de gracia
» significan todo esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren ante
todo a la elección de María como Madre
del Hijo de Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la
dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y
destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es fundamental para el
cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la
elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se
refieren a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional y
única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de
Cristo.
El mensajero divino le dice: « No temas,
María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y
vas a dar a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y
será llamado Hijo del Altísimo » (Lc
1, 30-32). Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario,
pregunta: « ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? », recibe del ángel
la confirmación y la explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice:
« El Espíritu Santo vendrá sobre ti yel
poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será
santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc
1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación es la
revelación del misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento
en la tierra. El donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en
cierto modo a toda la creación, y directamente al hombre, alcanza en el misterio de la Encarnación uno de sus
vértices. En efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de
gracia en la historia del hombre y del cosmos. María es « llena de gracia »,
porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la
naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el
Concilio, María es « Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre
y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con
mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas ».23
10. La Carta
a los Efesios, al hablar de la « historia de la gracia » que « Dios Padre
... nos agració en el Amado », añade: « En él tenemos por medio de su sangre la
redención » (Ef 1, 7). Según la
doctrina, formulada en documentos solemnes de la Iglesia, esta « gloria de la
gracia » se ha manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido
redimida « de un modo eminente ».24 En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón de los
méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original.25 De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es
decir de su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica y
santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el « Amado », el Hijo del
eterno Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido en su propio Hijo.
Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el orden de la gracia, o sea de la
participación en la naturaleza divina, María
recibe la vida de aquel al que ella misma dio la vida como madre, en el
orden de la generación terrena. La liturgia no duda en llamarla « madre de su
Progenitor » 26 y en saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca
de San Bernardo: « hija de tu Hijo ».27 Y dado que esta « nueva vida » María la recibe con una plenitud
que corresponde al amor del Hijo a la Madre y, por consiguiente, a la dignidad
de la maternidad divina, en la anunciación el ángel la llama « llena de gracia
».
11. En el designio salvífico de la Santísima
Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de
la promesa hecha por Dios a los hombres, después del pecado original, después de aquel primer pecado cuyos
efectos pesan sobre toda la historia del hombre en la tierra (cf. Gén 3, 15). Viene al mundo un Hijo, el «
linaje de la mujer » que derrotará el mal del pecado en su misma raíz: «
aplastará la cabeza de la serpiente ». Como resulta de las palabras del protoevangelio,
la victoria del Hijo de la mujer no sucederá sin una dura lucha, que penetrará
toda la historia humana. « La enemistad », anunciada al comienzo, es confirmada
en el Apocalipsis, libro de las realidades últimas de la Iglesia y del mundo,
donde vuelve de nuevo la señal de la « mujer », esta vez « vestida del sol » (Ap 12, 1).
María, Madre del Verbo encarnado, está situada
en el centro mismo de aquella « enemistad », de aquella lucha que acompaña
la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación.
En este lugar ella, que pertenece a los « humildes y pobres del Señor », lleva
en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella « gloria de la gracia
» que el Padre « nos agració en el Amado », y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su
ser. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el
signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla
la Carta paulina: « Nos ha elegido en
él (Cristo) antes de la fundación del mundo, ... eligiéndonos de antemano para
ser sus hijos adoptivos » (Ef 1,
4.5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de
toda aquella « enemistad » con la que ha sido marcada la historia del hombre.
En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura.
2. Feliz la que ha creído
12. Poco después de la narración de la
anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de
Nazaret hacia « una ciudad de Judá » (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta
ciudad debería ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no distante
de Jerusalén. María llegó allí « con prontitud » para visitar a Isabel su pariente. El motivo de la visita se halla
también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de
modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido
Zacarías un hijo, por el poder de Dios: « Mira, también Isabel, tu pariente, ha
concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que
llamaban estéril, porque ninguna cosa es
imposible a Dios »(Lc 1, 36-37).
El mensajero divino se había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para
responder a la pregunta de María: « ¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón? » (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente por el « poder del Altísimo »,
como y más aún que en el caso de Isabel.
Así pues María, movida por la caridad, se
dirige a la casa de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo
y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, « llena de Espíritu Santo », a
su vez saluda a María en alta voz: «
Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno » (cf. Lc 1, 40-42). Esta exclamación o aclamación
de Isabel entraría posteriormente en el Ave
María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en
una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más significativas son
todavía las palabras de Isabel en la pregunta que sigue: « ¿de donde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? »(Lc 1,
43). Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está
la Madre del Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también
el hijo que Isabel lleva en su seno: « saltó de gozo el niño en su seno » (Lc 1,
44). EL niño es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalará en
Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra está llena
de sentido y, sin embargo, parece ser de importancia
fundamental lo que dice al final: «¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte
del Señor! » (Lc 1, 45).28 Estas palabras se pueden poner junto al apelativo « llena de
gracia » del saludo del ángel. En ambos textos se revela un contenido
mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a estar
realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque « ha creído ». La plenitud de gracia, anunciada por el
ángel, significa el don de Dios mismo; la
fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como la Virgen de Nazaret ha respondido a este don.
13. « Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe » (Rom 16, 26; cf. Rom 1, 5; 2 Cor
10, 5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, como
enseña el Concilio.29 Esta descripción de la fe encontró una realización perfecta en
María. El momento « decisivo » fue la anunciación, y las mismas palabras de
Isabel « Feliz la que ha creído » se refieren en primer lugar a este instante.30
En efecto, en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente,
manifestando « la obediencia de la fe » a aquel que le hablaba a través de su
mensajero y prestando « el homenaje del entendimiento y de la voluntad ».31 Ha respondido, por tanto, con
todo su « yo » humano, femenino, y en esta respuesta
de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con « la gracia de Dios que
previene y socorre » y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu
Santo, que, « perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones ».32
La palabra del Dios viviente, anunciada a
María por el ángel, se refería a ella misma « vas a concebir en el seno y vas a
dar a luz un hijo » (Lc 1, 31).
Acogiendo este anuncio, María se convertiría en la « Madre del Señor » y en
ella se realizaría el misterio divino de la Encarnación: « El Padre de las
misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de
la Madre predestinada ».33 Y María da este consentimiento, después de haber escuchado todas
las palabras del mensajero. Dice: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra » (Lc 1, 38). Este fiat de María —« hágase en mí »— ha
decidido, desde el punto de vista humano, la realización del misterio divino.
Se da una plena consonancia con las palabras del Hijo que, según la Carta a los Hebreos, al venir al mundo
dice al Padre: « Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo ... He aquí que vengo ... a hacer, oh
Dios, tu voluntad » (Hb 10, 5-7). El misterio de la Encarnación se ha realizado
en el momento en el cual María ha pronunciado su fiat: « hágase en mí según tu palabra », haciendo posible, en
cuanto concernía a ella según el designio divino, el cumplimiento del deseo de
su Hijo. María ha pronunciado este fiat
por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y « se
consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la
obra de su Hijo ».34 Y este Hijo —como enseñan los Padres— lo ha concebido en la mente
antes que en el seno: precisamente por medio de la fe.35 Justamente, por ello, Isabel alaba a María: « ¡Feliz la que ha
creído que se cumplirían las cosas
que le fueron dichas por parte del Señor! ». Estas palabras ya se han
realizado. María de Nazaret se presenta en el umbral de la casa de Isabel y
Zacarías como Madre del Hijo de Dios. Es el descubrimiento gozoso de Isabel: «
¿de donde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? ».
14. Por lo tanto, la fe de María puede parangonarse también a la de Abraham, llamado por el Apóstol «
nuestro padre en la fe » (cf. Rom 4,
12). En la economía salvífica de la revelación divina la fe de Abraham constituye
el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de María en la anunciación da comienzo
a la Nueva Alianza. Como Abraham « esperando
contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones » (cf. Rom 4, 18), así María, en el instante de
la anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (« ¿cómo
será esto, puesto que no conozco varón? »), creyó
que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría
en la Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel: « el que ha de
nacer será santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Sin embargo las palabras de Isabel « Feliz la
que ha creído » no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la
anunciación. Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la
fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de donde
inicia todo su « camino hacia Dios », todo su camino de fe. Y sobre esta vía,
de modo eminente y realmente heroico —es mas, con un heroísmo de fe cada vez
mayor— se efectuará la « obediencia » profesada por ella a la palabra de la
divina revelación. Y esta « obediencia de la fe » por parte de María a lo largo
de todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham. Como el
patriarca del Pueblo de Dios, así también María, a través del camino de su fiat filial y maternal, « esperando
contra esperanza, creyó ». De modo especial a lo largo de algunas etapas de
este camino la bendición concedida a « la que ha creído » se revelará con
particular evidencia. Creer quiere decir « abandonarse » en la verdad misma de
la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente « ¡cuan
insondables son sus designios e inescrutables
sus caminos! » (Rom 11, 33).
María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse,
en el centro mismo de aquellos « inescrutables caminos » y de los « insondables
designios » de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando
plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio
divino.
15. María, cuando en la anunciación siente
hablar del Hijo del que será madre y al que « pondrá por nombre Jesús »
(Salvador), llega a conocer también que a el mismo « el Señor Dios le dará el
trono de David, su padre » y que « reinará sobre la casa de Jacob por los
siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1,
32-33) En esta dirección se encaminaba la esperanza de todo el pueblo de
Israel. EL Mesías prometido debe ser « grande », e incluso el mensajero
celestial anuncia que « será grande », grande tanto por el nombre de Hijo del Altísimo como por asumir la herencia de David. Por lo tanto, debe
ser rey, debe reinar « en la casa de Jacob ». María ha crecido en medio de esta
expectativa de su pueblo, podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué
significado preciso tenían las palabras del ángel? ¿Cómo conviene entender
aquel « reino » que no « tendrá fin »?
Aunque por medio de la fe se haya sentido en
aquel instante Madre del « Mesías-rey », sin embargo responde: « He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra » (Lc 1, 38 ).
Desde el primer momento, María profesa sobre todo « la obediencia de la fe »,
abandonándose al significado que, a las palabras de la anunciación, daba aquel
del cual provenían: Dios mismo.
16. Siempre a través de este camino de la «
obediencia de la fe » María oye algo más tarde otras palabras; las pronunciadas por Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta días después del
nacimiento de Jesús, según lo prescrito por la Ley de Moisés, María y José «
llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor » (Lc 2, 22) El nacimiento se había dado en una situación de extrema
pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que, con ocasión del censo de la población
ordenado por las autoridades romanas, María se dirigió con José a Belén; no
habiendo encontrado « sitio en el alojamiento », dio a luz a su hijo en un establo y «le acostó en un pesebre » (cf.
Lc 2, 7).
Un hombre justo y piadoso, llamado Simeón,
aparece al comienzo del « itinerario » de la fe de María. Sus palabras,
sugeridas por el Espíritu Santo (cf. Lc
2, 25-27), confirman la verdad de la anunciación. Leemos, en efecto, que « tomó
en brazos » al niño, al que —según la orden del ángel— « se le dio el nombre de
Jesús » (cf. Lc 2, 21). El discurso
de Simeón es conforme al significado de este nombre, que quiere decir Salvador:
« Dios es la salvación ». Vuelto al Señor, dice lo siguiente: « Porque han
visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y
gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 30-32). Al mismo tiempo, sin embargo,
Simeón se dirige a María con estas palabras: « Este está puesto para caída y
elevación de muchos en Israel, y para ser señal
de contradicción ... a fin de que queden al descubierto las intenciones de
muchos corazones »; y añade con referencia directa a María: « y a ti misma una
espada te atravesará el alma (Lc 2,
34-35). Las palabras de Simeón dan nueva luz al anuncio que María ha oído del
ángel: Jesús es el Salvador, es « luz
para iluminar » a los hombres. ¿No es aquel que se manifestó, en cierto
modo, en la Nochebuena, cuando los
pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía manifestarse todavía más
con la llegada de los Magos del Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya al comienzo de su
vida, el Hijo de María —y con él su Madre— experimentarán en sí mismos la
verdad de las restantes palabras de Simeón: « Señal de contradicción » (Lc 2,
34). El anuncio de Simeón parece como un segundo
anuncio a María, dado que le indica la concreta dimensión histórica en la
cual el Hijo cumplirá su misión, es decir en la incomprensión y en el dolor. Si
por un lado, este anuncio confirma su fe en el cumplimiento de las promesas
divinas de la salvación, por otro, le revela también que deberá vivir en el
sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre, y que su
maternidad será oscura y dolorosa. En efecto, después de la visita de los
Magos, después de su homenaje (« postrándose le adoraron »), después de ofrecer
unos dones (cf. Mt 2, 11), María con
el niño debe huir a Egipto bajo la
protección diligente de José, porque « Herodes buscaba al niño para matarlo »
(cf. Mt 2, 13). Y hasta la muerte de
Herodes tendrán que permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15).
17. Después de la muerte de Herodes, cuando la
sagrada familia regresa a Nazaret, comienza el largo período de la vida oculta. La que « ha creído que se cumplirán las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor » (Lc 1, 45) vive cada día el contenido de estas palabras. Diariamente
junto a ella está el Hijo a quien ha
puesto por nombre Jesús; por consiguiente, en la relación con él usa
ciertamente este nombre, que por lo demás no podía maravillar a nadie, usándose
desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin embargo, María sabe que el que lleva
por nombre Jesús ha sido llamado por el ángel « Hijo del Altísimo » (cf. Lc 1, 32). María sabe que lo ha
concebido y dado a luz « sin conocer varón », por obra del Espíritu Santo, con
el poder del Altísimo que ha extendido su sombra sobre ella (cf. Lc 1, 35), así como la nube velaba la
presencia de Dios en tiempos de Moisés y de los padres (cf. Ex 24, 16; 40, 34-35; 1 Rom
8, 10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo dado a luz virginalmente,
es precisamente aquel « Santo », el « Hijo de Dios », del que le ha hablado el
ángel.
A lo largo de la vida oculta de Jesús en la
casa de Nazaret, también la vida de María
está « oculta con Cristo en Dios »
(cf. Col 3, 3), por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con el misterio de
Dios. María constantemente y diariamente está en contacto con el misterio
inefable de Dios que se ha hecho hombre, misterio que supera todo lo que ha
sido revelado en la Antigua Alianza. Desde el momento de la anunciación, la
mente de la Virgen-Madre ha sido introducida en la radical « novedad » de la
autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del misterio. Es la primera de
aquellos « pequeños », de los que Jesús dirá: « Padre ... has ocultado estas
cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños » (Mt 11, 25). Pues « nadie conoce bien al
Hijo sino el Padre » (Mt 11, 27).
¿Cómo puede, pues, María « conocer al Hijo »? Ciertamente no lo conoce como el
Padre; sin embargo, es la primera entre
aquellos a quienes el Padre « lo ha
querido revelar » (cf. Mt 11,
26-27; 1 Cor 2, 11). Pero si desde el momento de la anunciación le ha sido
revelado el Hijo, que sólo el Padre conoce plenamente, como aquel que lo
engendra en el eterno « hoy » (cf. Sal 2,
7), María, la Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo únicamente en la
fe y por la fe. Es, por tanto, bienaventurada, porque « ha creído » y cree cada día en medio de todas las
pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego durante
los años de su vida oculta en Nazaret, donde « vivía sujeto a ellos » (Lc 2, 51): sujeto a María y también a
José, porque éste hacía las veces de padre ante los hombres; de ahí que el Hijo
de María era considerado también por las gentes como « el hijo del carpintero »
(Mt 13, 55).
La Madre de aquel Hijo, por consiguiente, recordando cuanto le ha sido dicho en
la anunciación y en los acontecimientos sucesivos, lleva consigo la radical «
novedad » de la fe: el inicio de la Nueva
Alianza. Esto es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable
nueva. No es difícil, pues, notar en este inicio una particular fatiga del
corazón, unida a una especie de a noche de la fe » —usando una expresión de
San Juan de la Cruz—, como un « velo » a través del cual hay que acercarse al
Invisible y vivir en intimidad con el misterio.36 Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de
su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús « progresaba
en sabiduría ... en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más ante los ojos de los hombres
la predilección que Dios sentía por él. La primera entre estas criaturas
humanas admitidas al descubrimiento de Cristo era María , que con José vivía en
la casa de Nazaret.
Pero, cuando, después del encuentro en el
templo, a la pregunta de la Madre: « ¿por qué has hecho esto? », Jesús, que tenía doce años, responde «
¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? », y el evangelista
añade: « Pero ellos (José y María) no comprendieron la respuesta que les
dio » (Lc 2, 48-50) Por lo tanto,
Jesús tenía conciencia de que « nadie conoce bien al Hijo sino el Padre » (cf. Mt 11, 27), tanto que aun aquella, a la
cual había sido revelado más profundamente el misterio de su filiación divina,
su Madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe.
Hallándose al lado del hijo, bajo un mismo techo y « manteniendo fielmente la
unión con su Hijo », « avanzaba en la
peregrinación de la fe »,como subraya el Concilio.37 Y así sucedió a lo largo de la vida pública de Cristo (cf. Mc 3, 21,35); de donde, día tras día, se
cumplía en ella la bendición pronunciada por Isabel en la visitación: « Feliz
la que ha creído ».
18. Esta bendición alcanza su pleno
significado, cuando María está junto a la
Cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25).
El Concilio afirma que esto sucedió « no sin designio divino »: « se condolió
vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su
sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por
Ella misma »; de este modo María « mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta
la Cruz »: 38 la unión por medio de la fe, la misma fe con la que había acogido
la revelación del ángel en el momento de la anunciación. Entonces había
escuchado las palabras: « El será grande ... el Señor Dios le dará el trono de David, su padre ... reinará sobre
la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María
es testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero
como un condenado. « Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores ...
despreciable y no le tuvimos en cuenta »: casi anonadado (cf. Is 53, 35) ¡Cuan grande, cuan heroica en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María
ante los « insondables designios » de Dios! ¡Cómo se « abandona en Dios » sin
reservas, « prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad » 39 a aquel, cuyos « caminos son inescrutables »! (cf. Rom 11, 33). Y a la vez ¡cuan poderosa
es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del
Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!
Por
medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. En efecto, « Cristo,
... siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino
que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres »; concretamente en el Gólgota « se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » (cf. Flp 2, 5-8). A los pies
de la Cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de
este despojamiento. Es ésta tal vez la más profunda « kénosis » de la fe en la
historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte
del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de los discípulos que
huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la
Cruz, ha confirmado definitivamente ser el « signo de contradicción », predicho
por Simeón. Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por él a
María: « ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! ».40
19. ¡Sí, verdaderamente « feliz la que ha
creído »! Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la anunciación,
aquí, a los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se
hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir, desde el
interior mismo del misterio de la redención, se extiende el radio de acción y
se dilata la perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta « hasta el
comienzo » y, como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en
cierto sentido, se convierte en el contrapeso
de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado de los
primeros padres. Así enseñan los Padres de la Iglesia y, de modo especial, San
Ireneo, citado por la Constitución Lumen
gentium: « El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la
obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen
María lo desató por la fe »,41 A la luz de esta comparación con Eva los Padres —como recuerda
todavía el Concilio— llaman a María « Madre de los vivientes » y afirman a
menudo: a la muerte vino por Eva, por María la vida ».42
Con razón, pues, en la expresión « feliz la
que ha creído » podemos encontrar como
una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a la que el ángel ha
saludado como « llena de gracia ». Si como a llena de gracia » ha estado
presente eternamente en el misterio de Cristo, por la fe se convertía en
partícipe en toda la extensión de su itinerario terreno: « avanzó en la
peregrinación de la fe » y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y
eficaz, hacía presente a los hombres el
misterio de Cristo. Y sigue haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo
está presente entre los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara
también el misterio de la Madre.
3. Ahí tienes a tu madre
20. El evangelio de Lucas recoge el momento en
el que « alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo, dirigiéndose a Jesús:
« ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! » (Lc 11, 27). Estas palabras constituían
una alabanza para María como madre de Jesús, según la carne. La Madre de Jesús
quizás no era conocida personalmente por esta mujer. En efecto, cuando Jesús
comenzó su actividad mesiánica, María no le acompañaba y seguía permaneciendo
en Nazaret. Se diría que las palabras de aquella mujer desconocida le hayan
hecho salir, en cierto modo, de su escondimiento.
A través de aquellas palabras ha pasado
rápidamente por la mente de la muchedumbre, al menos por un instante, el
evangelio de la infancia de Jesús. Es el evangelio en que María está presente
como la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta
maternalmente: la madre-nodriza, a la que se refiere aquella mujer del pueblo. Gracias a esta maternidad Jesús —Hijo
del Altísimo (cf. Lc 1, 32)— es un
verdadero hijo del hombre. Es «carne
», como todo hombre: es « el Verbo (que) se hizo carne » (cf. Jn 1, 14). Es carne y sangre de María.43
Pero a la bendición proclamada por aquella
mujer respecto a su madre según la carne, Jesús responde de manera
significativa: « Dichosos más bien los
que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (cf. Lc 11, 28). Quiere quitar la atención de la maternidad entendida
sólo como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso
vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia de la
palabra de Dios.
El mismo paso a la esfera de los valores
espirituales se delinea aun más claramente en otra respuesta de Jesús, recogida
por todos los Sinópticos. Al ser anunciado a Jesús que su « madre y sus
hermanos están fuera y quieren verle », responde: « Mi madre y mis hermanos
son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen » (cf. Lc 8, 20-21). Esto dijo « mirando en torno a
los que estaban sentados en corro », como leemos en Marcos (3, 34) o, según
Mateo (12, 49) « extendiendo su mano hacia sus discípulos ».
Estas expresiones parecen estar en la línea de
lo que Jesús, a la edad de doce años, respondió
a María y a José, al ser encontrado después de tres días en el templo de
Jerusalén.
Así pues, cuando Jesús se marchó de Nazaret y
dio comienzo a su vida pública en Palestina, ya estaba completa y exclusivamente « ocupado en las cosas del Padre » (cf. Lc 2, 49). Anunciaba el Reino: « Reino de Dios » y « cosas del
Padre », que dan también una dimensión nueva y un sentido nuevo a todo lo que
es humano y, por tanto, a toda relación humana, respecto a las finalidades y
tareas asignadas a cada hombre. En esta dimensión nueva un vínculo, como el de
la « fraternidad », significa también una cosa distinta de la « fraternidad
según la carne », que deriva del origen común de los mismos padres. Y aun la « maternidad », en la dimensión del reino de Dios, en la esfera de la paternidad de
Dios mismo, adquiere un significado diverso. Con las palabras recogidas por
Lucas Jesús enseña precisamente este nuevo sentido de la maternidad.
¿Se aleja con esto de la que ha sido su madre
según la carne? ¿Quiere tal vez dejarla en la sombra del escondimiento, que
ella misma ha elegido? Si así puede parecer en base al significado de aquellas
palabras, se debe constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta,
de la que Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a María de un
modo especialísimo. ¿No es tal vez María la
primera entre «aquellos que escuchan
la Palabra de Dios y la cumplen »? Y por consiguiente ¿no se refiere sobre
todo a ella aquella bendición pronunciada por Jesús en respuesta a las palabras
de la mujer anónima? Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el
hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne (« ¡Dichoso el seno que te
llevó y los pechos que te criaron! »), pero también y sobre todo porque ya en
el instante de la anunciación ha acogido la palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque «
guardaba » la palabra y « la conservaba cuidadosamente en su corazón » (cf. Lc 1, 38.45; 2, 19. 51 ) y la cumplía
totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto, que el elogio pronunciado
por Jesús no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado por la
mujer desconocida, sino que viene a coincidir con ella en la persona de esta
Madre-Virgen, que se ha llamado solamente « esclava del Señor » (Lc 1, 38). Sies cierto que « todas las generaciones la llamarán
bienaventurada » (cf. Lc 1, 48), se puede decir que aquella mujer
anónima ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquel versículo profético
del Magníficat de María y dar
comienzo al Magníficat de los siglos.
Si por
medio de la fe María se ha convertido en la Madre del Hijo que le ha sido dado
por el Padre con el poder del Espíritu Santo, conservando íntegra su
virginidad, en la misma fe ha descubierto
y acogido la otra dimensión de la maternidad, revelada por Jesús durante su
misión mesiánica. Se puede afirmar que esta dimensión de la maternidad
pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el momento de la concepción y
del nacimiento del Hijo. Desde entonces era « la que ha creído ». A medida que
se esclarecía ante sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma
como Madre se abría cada vez más a
aquella « novedad »de la maternidad, que debía constituir
su « papel » junto al Hijo. ¿No había dicho desde el comienzo: « He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra »? (Lc 1, 38). Por medio de
la fe María seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que se hacía cada
vez más transparente, de un modo « que excede todo conocimiento » (Ef 3, 19), la autorrevelación del Dios
viviente. María madre se convertía así, en
cierto sentido, en la primera « discípula
» de su Hijo, la primera a la cual
parecía decir: « Sígueme » antes aún de dirigir esa llamada a los apóstoles o a
cualquier otra persona (cf. Jn 1,
43).
21. Bajo este punto de vista, es
particularmente significativo el texto del Evangelio
de Juan, que nos presenta a María en las bodas de Caná. María aparece allí
como Madre de Jesús al comienzo de su vida pública: « Se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la
Madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos (Jn 2, 1-2). Según el texto resultaría
que Jesús y sus discípulos fueron invitados junto con María, dada su presencia
en aquella fiesta: el Hijo parece que fue invitado en razón de la madre. Es
conocida la continuación de los acontecimientos concatenados con aquella
invitación, aquel « comienzo de las señales » hechas por Jesús —el agua
convertida en vino—, que hace decir al evangelista: Jesús « manifestó su
gloria, y creyeron en él sus discípulos » (Jn
2, 11).
María está presente en Caná de Galilea como Madre de Jesús, y de modo significativo contribuye a aquel « comienzo de las
señales », que revelan el poder mesiánico de su Hijo. He aquí que: « como
faltaba vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen vino". Jesús le
responde: « ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora » (Jn 2, 3-4). En el Evangelio de Juan aquella « hora » significa el momento
determinado por el Padre, en el que el Hijo realiza su obra y debe ser
glorificado (cf. Jn 7, 30; 8, 20; 12,
23. 27; 13, 1; 17, 1; 19, 27). Aunque
la respuesta de Jesús a su madre parezca como un rechazo (sobre todo si se
mira, más que a la pregunta, a aquella decidida afirmación: « Todavía no ha
llegado mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los criados y les dice: «
Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5).
Entonces Jesús ordena a los criados llenar de agua las tinajas, y el agua se
convierte en vino, mejor del que se había servido antes a los invitados al
banquete nupcial.
¿Qué entendimiento profundo se ha dado entre
Jesús y su Madre? ¿Cómo explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De
todos modos el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho se delinea ya
con bastante claridad la nueva dimensión,
el nuevo sentido de la maternidad de
María. Tiene un significado que no está contenido exclusivamente en las
palabras de Jesús y en los diferentes episodios citados por los Sinópticos (Lc 11, 27-28; 8, 19-21; Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35). En estos textos Jesús intenta contraponer sobre todo
la maternidad, resultante del hecho mismo del nacimiento, a lo que esta «
maternidad » (al igual que la « fraternidad ») debe ser en la dimensión del
Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad de Dios. En el texto
joánico, por el contrario, se delinea en la descripción del hecho de Caná lo
que concretamente se manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no
únicamente según la carne, o sea la
solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de
sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la
indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia « No tienen vino
»). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades
del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de
la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da
una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus
privaciones, indigencias y sufrimientos. Se
pone « en medio », o sea hace de mediadora no como una
persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal
puede —más bien « tiene el derecho de »— hacer presente al Hijo las necesidades
de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión:
María « intercede » por los hombres. No sólo: como Madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del
Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura
humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa
sobre su vida. Precisamente como había predicho del Mesías el Profeta Isaías en
el conocido texto, al que Jesús se ha referido ante sus conciudadanos de Nazaret
« Para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos ... » (cf. Lc
4, 18).
Otro elemento esencial de esta función materna
de María se encuentra en las palabras dirigidas a los criados: « Haced lo que
él os diga ». La Madre de Cristo se
presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben
cumplirse. para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías. En Caná,
merced a la intercesión de María y a la obediencia de los criados, Jesús da
comienzo a « su hora ». En Caná María aparece como la que cree en Jesús; su fe
provoca la primera « señal » y contribuye a suscitar la fe de los discípulos.
22. Podemos decir, por tanto, que en esta
página del Evangelio de Juan encontramos como un primer indicio de la verdad
sobre la solicitud materna de María. Esta verdad ha encontrado su expresión en el magisterio del último Concilio. Es
importante señalar cómo la función materna de María es ilustrada en su relación
con la mediación de Cristo. En efecto, leemos lo siguiente: « La misión
maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye
esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia », porque «
hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también »
(1 Tm 2, 5). Esta función materna
brota, según el beneplácito de Dios, « de la superabundancia de los méritos de
Cristo... de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud ».44 Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos
ofrece como una predicción de la
mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la
revelación de su poder salvífico.
Por el texto joánico parece que se trata de
una mediación maternal. Como proclama el Concilio: María « es nuestra Madre en
el orden de la gracia ». Esta maternidad en el orden de la gracia ha surgido de
su misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina
providencia, madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de « forma
singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde
esclava del Señor » y que « cooperó ... por la obediencia, la fe, la esperanza
y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas
».45 « Y esta maternidad de
María perdura sin cesar en la
economía de la gracia ... hasta la consumación de todos los elegidos ».46
23. Si el pasaje del Evangelio de Juan sobre
el hecho de Caná presenta la maternidad solícita de María al comienzo de la
actividad mesiánica de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta
maternidad de María en la economía salvífica de la gracia en su momento
culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su
misterio pascual. La descripción de Juan es concisa: « Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre.
María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a
ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu
hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde
aquella hora el discípulo la acogió en su casa » (Jn 19, 25-27).
Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una
expresión de la particular atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tan
grande dolor. Sin embargo, sobre el significado de esta atención el «
testamento de la Cruz » de Cristo dice aún más. Jesús ponía en evidencia un
nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la verdad
y realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María respecto de los hombres
ya había sido delineada precedentemente, ahora es precisada y establecida
claramente; ella emerge de la
definitiva maduración del misterio
pascual del Redentor. La Madre de Cristo, encontrándose en el campo directo
de este misterio que abarca al hombre —a cada uno y a todos—, es entregada al
hombre —a cada uno y a todos— como madre. Este hombre junto a la cruz es Juan,
« el discípulo que él amaba ».47 Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda
en llamar a María « Madre de Cristo,
madre de los hombres ». Pues, está « unida en la estirpe de Adán con todos
los hombres...; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por
haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles ».48
Por consiguiente, esta « nueva maternidad de
María », engendrada por la fe, es fruto
del « nuevo » amor, que maduró en ella definitivamente junto a la Cruz, por
medio de su participación en el amor redentor del Hijo.
24. Nos encontramos así en el centro mismo del
cumplimiento de la promesa, contenida en el protoevangelio: el « linaje de la
mujer pisará la cabeza de la serpiente » (cf. Gén 3, 15). Jesucristo,
en efecto, con su muerte redentora vence el mal del pecado y de la muerte en
sus mismas raíces. Es significativo que, al dirigirse a la madre desde lo alto
de la Cruz, la llame « mujer » y le diga: « Mujer, ahí tienes a tu hijo ». Con
la misma palabra, por otra parte, se había dirigido a ella en Caná (cf. Jn 2,
4). ¿Cómo dudar que especialmente ahora, en el Gólgota, esta frase no se
refiera en profundidad al misterio de María, alcanzando el singular lugar que ella ocupa en toda la economía de
la salvación? Como enseña el
Concilio, con María, « excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa,
se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el
Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del
pecado mediante los misterios de su carne ».49
Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto
de la Cruz significan que la maternidad de
su madre encuentra una « nueva » continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y representada
por Juan. De este modo, la que como « llena de gracia » ha sido introducida en
el misterio de Cristo para ser su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por
medio de la Iglesia permanece en aquel misterio como « la mujer »
indicada por el libro del Génesis (3,
15) al comienzo y por el Apocalipsis (12,
1) al final de la historia de la
salvación. Según el eterno designio de la Providencia la maternidad divina de
María debe derramarse sobre la Iglesia, como indican algunas afirmaciones de la
Tradición para las cuales la « maternidad » de María respecto de la Iglesia es
el reflejo y la prolongación de su maternidad respecto del Hijo de Dios.50
Ya el momento mismo del nacimiento de la
Iglesia y de su plena manifestación al mundo, según el Concilio, deja entrever
esta continuidad de la maternidad de María: « Como quiera que plugo a Dios no
manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de derramar
el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar
unánimemente en la oración, con las
mujeres y María la Madre de Jesús y
los hermanos de Este" (Hch 1, 14); y a María implorando con sus ruegos el
don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la
anunciación ».51
Por consiguiente, en la economía de la gracia,
actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia
entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia.
La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos
casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del « nacimiento
del Espíritu ». Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre,
se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo— presente en el
misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna, como indican las palabras pronunciadas en la
Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre ».
1 Cf. Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 52 y todo el cap. VIII, titulado « La
bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la
Iglesia ».
2 La expresión « plenitud de los tiempos » (pléroma tou jrónou) es
paralela a locuciones afines del judaísmo tanto bíblico (cf. Gn 29, 2l, 1 S 7,
12; Tb l4, 5) como extrabíblico, y sobre todo del N.T. (cf. Mc 1, l5; Lc 21,
24; Jn 7, 8; Ef l, 10). Desde el punto de vista formal, esta expresión indica
no sólo la conclusión de un proceso cronológico, sino sobre todo la madurez o
el cumplimiento de un período particularmente importante, porque está orientado
hacia la actuación de una espera, que adquiere, por tanto, una dimensión
escatológica. Según Ga 4, 4 y su contexto, es el acontecimiento del Hijo de
Dios quien revela que el tiempo ha colmado, por asi decir, la medida; o sea, el
período indicado por la promesa hecha a Abraham, así como por la ley
interpuesta por Moisés, ha alcanzado su culmen, en el sentido de que Cristo
cumple la promesa divina y supera la antigua ley.
3 Cf. Misal Romano, Prefacio del 8 de diciembre, en la Inmaculada
Concepión de Santa María Virgen; S. Ambrosio, De Institutione Virginis, V,
93-94; PL 16, 342; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 68.
4 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 58.
5 Pablo VI, Carta Enc. Christi Matri (15 de septiembre de 1966):
AAS 58 (1966) 745–749; Exhort. Apost. Signum magnum (13 de mayo de 1967): AAS
59 (1967) 465-475; Exhort. Apost. Marialis cultus (2 de febrero de 1974): AAS
66 (1974) 113-168.
6 El Antiguo Testamento ha anunciado de muchas maneras el misterio
de María: cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem I, 8-9: S. Ch. 80,
103-107.
7 Cf. Enseñanzas, VI/2 (1983), 225 s., Pío IX, Carta Apost.
Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1854): Pii IX P. M. Acta , pars I, 597-599.
8 Cf. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 22.
9 Conc. Ecum. Ephes.: Conciliorum Oecumenicorum Decreto, Bologna
1973 (3), 41-44; 59-61 (DS 250-264), cf. Conc. Ecum. Calcedon.: o.c., 84-87 (DS
300-303).
10 Conc. Ecum. Vat II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 22.
11 Const dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52.
12 Cf. ibid., 58.
13 Ibid., 63; cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., II, 7:CSEL,
32/4, 45; De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341.
14 Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
15 Ibid., 65.
16 « Elimina este astro del sol que ilumina el mundo y ¿dónde va el
día? Elimina a María, esta estrella del mar, sí, del mar grande e inmenso ¿qué
permanece sino una vasta niebla y la sombra de muerte y densas nieblas?: S.
Bernardo, In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 6: S. Bernardi Opera, V,
1968, 279; cf. In laudibus Virginis Matris Homilia II, 17: Ed. cit., IV, 1966,
34 s.
17 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
18 Ibid., 63.
19 Sobre la predestinación de Maria, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 7; 10: S. Ch. 80, 65; 73; Hom. in Dormitionem I, 3: S. Ch. 80, 85:
« Es ella, en efecto, que, elegida desde las generaciones antiguas, en virtud
de la predestinación y de la benevolencia del Dios y Padre que te ha engendrado
a ti (oh Verbo de Dios) fuera del tiempo sin salir de sí mismo y sin alteración
alguna, es ella que te ha dado a luz, alimentado con su carne, en los últimos
tiempos ... ».
20 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
21 Sobre esta expresión hay en la tradición patrística una
interpretación amplia y variada: cf. Orígenes, In Lucam homiliae, VI, 7: S. Ch.
87, 148; Severiano De Gabala, In mundi creationem, Oratio VI, 10: PG 56, 497
s.; S. Juan Crisóstomo (pseudo), In Annuntiationem Deiparae et contra Arium
impium, PG 62, 765 s.; Basilio De Seleucia, Oratio 39, In Sanctissimaé Deiparae
Annuntiationem, 5: PG 85, 441-446; Antipatro De Ostra, Hom. II, In Sanctissimae
Deiparae Annuntiationem, 3-11: PG, 1777-1783; S. Sofronio de Jerusalén, Oratio
II, In Sanctissimae Deiparae Annnuntiationem, 17-19: PG 87/3, 3235-3240; S.
Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 7: S. Ch. 80, 96-101; S. Jerónimo,
Epistola 65, 9: PL 22, 628; S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Lucam, II, 9: CSEL
34/4, 45 s.; S. Agustín, Sermo 291, 4-6: PL 38, 1318 s.; Enchiridion, 36, 11:
PL 40, 250; S. Pedro Crisólogo, Sermo 142: PL 52, 579 s.; Sermo 143: PL 52,
583; S. Fulgencio De Ruspe, Epistola 17, VI, 12: PL 65, 458; S. Bernardo, In
laudibus Virginis Matris, Homilía III , 2-3: S. Bernardi Opera, IV, 1966,
36-38.
22 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
23 ibid., 53.
24 Cf. Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus (8 de diciembre de
1856): Pii IX P. M. Acta, pars I, 616; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre
la Iglesía Lumen gentium, 53.
25 Cf. S. Germán. Cost., In Anntiationem SS.
Deiparae Hom.: PG 98, 327 s.; S. Andrés Cret., Canon in B. Mariae Natalem, 4:
PG 97, 1321 s.; In Nativitatem B. Mariae, I: PG 97, 811 s.; Hom. in Dormitionem
S. Mariae 1: PG 97, 1067 s.
26 Liturgia de las Horas, del 15 de Agosto, en la Asunción de la
Bienaventurada Virgen María, Himno de las I y II Vísperas; S. Pedro Damián,
Carmina et preces, XLVII: PL 145, 934.
27 Divina Comedia, Paraíso XXXIII, 1; cf. Liturgia de las Horas, Memoria
de Santa María en sábado, Himno II en el Officio de Lectura.
28 Cf. S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo
25, 7: PL 16, 937 s.
29 Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 5.
30 Este es un tema clásico, ya expuesto por S. Ireneo: « Y como por
obra de la virgen desobediente el hombre fue herido y, precipitado, murió, así
también por obra de la Virgen obediente a la palabra de Dios, el hombre
regenerado recibió, por medio de la vida, la vida ... Ya que era conveniente y
justo ... que Eva fuera « recapitulada » en María, con el fin de que la Virgen,
convertida en abogada de la virgen, disolviera y destruyera la desobediencia
virginal por obra de la obediencia virginal »; Expositio doctrinae apostolicae,
33: S. Ch. 62, 83-86; cf. también Adversus Haereses, V, 19, 1: S. Ch. 153,
248-250.
31 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 5.
32 Ibid., 5; cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium , 56.
33 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 56.
34 Ibid., 56.
35 Cf. ibid., 53; S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40,
398; Sermo 215, 4: PL 38, 1074; Sermo 196, I: PL 38, 1019; De peccatorum
meritis et remissione, I, 29, 57: PL 44, 142; Sermo 25, 7: PL 46, 937 s.; S.
León Magno, Tractatus 21; De natale Domini, I: CCL 138, 86.
36 Cf. Subida del Monte Carmelo, L. II, cap. 3, 4-6.
37 Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
38 Ibid., 58.
39 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre
la divina revelación Dei Verbum, 5.
40 Sobre la participación o « compasión » de María en la muerte de
Cristo, cf. S. Bernardo, In Dominica infra octavam Assumptionis Sermo, 14: S.
Bernardi Opera, V, 1968, 273.
41 S. Ireneo, Adversus Haereses, III, 22, 4: S. Ch. 211, 438-444;
cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56, nota 6.
42 Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56 y los
Padres citados en las notas 8 y 9.
43 « Cristo es verdad, Cristo es carne, Cristo verdad en la mente
de María, Cristo carne en el seno de María »: S. Agustín, Sermo 25 (Sermones
inediti), 7: PL 46, 938.
44 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
45 Ibid., 61.
46 Ibid., 62.
47 Es conocido lo que escribe Orígenes sobre la presencia de María
y de Juan en el Calvario: « Los Evangelios son las primicias de toda la
Escritura, y el Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios; ninguno
puede percibir el significado si antes no ha posado la cabeza sobre el pecho de
Jesús y no ha recibido de Jesús a María como Madre »: Comm. in Ioan., 1, 6: PG
14, 31; cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., X, 129-131: CSEL, 32/4, 504
s.
48 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 54 y 53; este
último texto conciliar cita a S. Agustín, De Sancta Virgintitate, VI, 6: PL 40,
399.
49 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
50 Cf. S. León Magno, Tractatus 26, de natale Domini, 2: CCL 138,
126.