CARTA ENCÍCLICA DIVES IN MISERICORDIA (Dios Padre, Rico de
misericordia),
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE LA MISERICORDIA DIVINA
Tomado de http://www.aciprensa.com
Capítulo I
Quien me ve
a Mí, ve al Padre (cfr. Jn. 14,9)
1. Revelación de la Misericordia
«Dios rico en misericordia» es el que Jesucristo nos ha revelado como
Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho
conocer. A este respecto, es digno de recordar aquel momento en que Felipe, uno
de los doce apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo:«Señor, muéstranos al
Padre y nos basta»; Jesús le respondió:«¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros
y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Estas
palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al final de la cena
pascual, a la que siguieron los acontecimientos de aquellos días santos, en que
debía quedar corroborado de una vez para siempre el hecho de que «Dios, que es
rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros
muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo».
Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en correspondencia
con las necesidades particulares de los tiempos en que vivimos, he dedicado la
Encíclica Redemptor Hominis a la verdad sobre el hombre, verdad que nos es
revelada en Cristo, en toda su plenitud y profundidad. Una exigencia de no
menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir
una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es «misericordioso y
Dios de todo consuelo». Efectivamente, en la Constitución Gaudium et Spes
leemos:«Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»: y esto lo hace «en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor». Las palabras citadas son un
claro testimonio de que la manifestación del hombre en la plena dignidad de su
naturaleza no puede tener lugar sin la referencia -no sólo conceptual, sino
también íntegramente existencial- a Dios. El hombre y su vocación suprema se
desvelan en Cristo mediante la revelación del misterio del Padre y de su amor.
Por esto mismo, es conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio:
lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre
contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos,
con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias y expectación. Si es verdad
que todo hombre es en cierto sentido la vía de la Iglesia -como dije en la
encíclica Redemptor Hominis-, al mismo tiempo el Evangelio y toda la Tradición
nos están indicando constantemente que hemos de recorrer esta vía con todo
hombre, tal como Cristo la ha trazado, revelando en sí mismo al Padre junto con
su amor. En Cristo Jesús, toda vía hacia el hombre, cual le ha sido confiado de
una vez para siempre a la Iglesia en el mutable contexto de los tiempos, es
simultáneamente un caminar al encuentro con el Padre y su amor. El Concilio
Vaticano II ha confirmado esta verdad según las exigencias de nuestros tiempos.
Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia;
cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y
realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús.
Mientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano
han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el
teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo,
trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda. Este
es también uno de los principios fundamentales, y quizás el más importante, del
Magisterio del último Concilio. Si pues en la actual fase de la historia de la
Iglesia nos proponemos como cometido preeminente actuar la doctrina del gran
Concilio, debemos en consecuencia volver sobre este principio con fe, con mente
abierta y con el corazón. Ya en mi citada encíclica he tratado de poner de
relieve que el ahondar y enriquecer de múltiples formas la conciencia de la
Iglesia, fruto del mismo Concilio, debe abrir más ampliamente nuestra
inteligencia y nuestro corazón a Cristo mismo. Hoy quiero añadir que la
apertura a Cristo, que en cuanto Redentor del mundo «revela plenamente el
hombre al mismo hombre», no puede llevarse a efecto más que a través de una
referencia cada vez más madura al Padre y a su amor.
2. Encarnación de la Misericordia
Dios, que «habita una luz inaccesible», habla a la vez al hombre con el
lenguaje de todo el cosmos:«en efecto, desde la creación del mundo, lo
invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las
obras». Este conocimiento indirecto e imperfecto, obra del entendimiento que
busca a Dios por medio de las criaturas a través del mundo visible, no es aún
«visión del Padre».«A Dios nadie lo ha visto», escribe San Juan para dar mayor
relieve a la verdad, según la cual «precisamente el Hijo unigénito que está en
el seno del Padre, ése le ha dado a conocer». Esta «revelación» manifiesta a
Dios en el insondable misterio de su ser -uno y trino- rodeado de «luz
inaccesible». No obstante, mediante esta «revelación» de Cristo conocemos a
Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre: en su «filantropía». Es
justamente ahí donde «sus perfecciones invisibles» se hacen de modo especial
«visibles», incomparablemente más visibles que a través de todas las demás
«obras realizadas por él»: tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por
Cristo, a través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte
en la cruz y su resurrección.
De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente
visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la
divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y
términos, definió «misericordia». Cristo confiere un significado definitivo a
toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla
de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante
todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la
misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente
«visible» como Padre «rico en misericordia».
La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre
del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a
orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la
misericordia. La palabra y el concepto de «misericordia» parecen producir una
cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la
ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se
ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal dominio
sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no
dejar espacio a la misericordia. A este respecto, podemos sin embargo recurrir
de manera provechosa a la imagen «de la condición del hombre en el mundo
contemporáneo», tal cual es delineada al comienzo de la Constitución Gaudium et
Spes. Entre otras, leemos allí las siguientes frases:«De esta forma, el mundo
moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor, pues
tiene abierto el camino para optar por la libertad y la esclavitud, entre el
progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy
bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha
desencadenado, y que pueden aplastarle o salvarle».
La situación del mundo contemporáneo pone de manifiesto no sólo
transformaciones tales que hacen esperar en un futuro mejor del hombre sobre la
tierra, sino que revela también múltiples amenazas, que sobrepasan con mucho
las hasta ahora conocidas. Sin cesar de denunciar tales amenazas en diversas
circunstancias (como en las intervenciones ante la ONU, la UNESCO, la FAO y en
otras partes) la Iglesia debe examinarlas al mismo tiempo a la luz de la verdad
recibida de Dios.
Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como «Padre de la
misericordia», nos permite «verlo» especialmente cercano al hombre, sobre todo
cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su
dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo,
muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen,
yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente
impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en
lo íntimo de los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de
Dios «Padre de la misericordia» constituye, en el contexto de las actuales
amenazas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
En la presente Encíclica deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al
lenguaje eterno -y al mismo tiempo incomparable por su sencillez y profundidad-
de la revelación y de la fe, para expresar precisamente con él una vez más,
ante Dios y ante los hombres, las grandes preocupaciones de nuestro tiempo.
En efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en
abstracto el misterio de Dios, como «Padre de la misericordia», cuanto a
recurrir a esta misma misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No
ha dicho quizá Cristo que nuestro Padre, que «ve en secreto», espera, se diría
que continuamente, que nosotros, recurriendo a El en toda necesidad, escrutemos
cada vez más su misterio: el misterio del Padre y de su amor?
Deseo pues que estas consideraciones hagan más cercano a todos tal misterio
y que sean al mismo tiempo una vibrante llamada de la Iglesia a la
misericordia, de la que el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta
necesidad. Y tienen necesidad, aunque con frecuencia no lo saben.
Capítulo II
Mensaje
Mesiánico
3. Cuando Cristo comenzó a obrar y enseñar
Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras
del profeta Isaías:«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para
evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los
ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos,
para anunciar un año de gracia del Señor». Estas frases, según san Lucas, son
su primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras
conocidos a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace
presente al Padre entre los hombres. Es altamente significativo que estos
hombres sean en primer lugar los pobres, carentes de medios de subsistencia,
los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los
que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y
finalmente los pecadores. Con relación a éstos especialmente, Cristo se
convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre.
En tal signo visible, al igual que los hombres de aquel entonces, también los
hombres de nuestros tiempos pueden ver al Padre.
Es significativo que, cuando los mensajeros enviados por Juan Bautista
llegaron donde estaba Jesús para preguntarle:«¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro?», El, recordando el mismo testimonio con que había
inaugurado sus enseñanzas en Nazaret, haya respondido:«Id y comunicad a Juan lo
que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados»,
para concluir diciendo:«y bienaventurado quien no se escandaliza de mí».
Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha
demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor
operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su
humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el
sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la «condición
humana» histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la
fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral. Cabalmente el modo y el
ámbito en que se manifiesta el amor es llamado «misericordia» en el lenguaje
bíblico.
Cristo pues revela a Dios que es Padre, que es «amor», como dirá san
Juan en su primera Carta; revela a Dios «rico de misericordia», como leemos en
san Pablo. Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que
Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y
misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su
misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por El primeramente
en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y antes los enviados
por Juan Bautista.
En base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es padre, amor
y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas
principales de su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña
preferentemente «en parábolas», debido a que éstas expresan mejor la esencia
misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen
Samaritano y también -como contraste- la parábola del siervo inicuo. Son muchos
los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el
amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al
Buen Pastor en busca de la oveja extraviada o la mujer que barre la casa
buscando la dracma perdida. El evangelista que trata con detalle estos temas en
las enseñanzas de Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado
«el evangelio de la misericordia».
Cuando se habla de la predicación, se plantea un problema de capital
importancia por lo que se refiere al significado de los términos y al contenido
del concepto, sobre todo del concepto de«misericordia»(en su relación con el
concepto de«amor»). Comprender esos contenidos es la clave para entender la
realidad misma de la misericordia. Y es esto lo que realmente nos importa. No
obstante, antes de dedicar ulteriormente una parte de nuestras consideraciones
a este tema, es decir, antes de establecer el significado de los vocablos y el
contenido propio del concepto de «misericordia», es necesario constatar que
Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los
hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia.
Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye
la esencia del ethos evangélico. El Maestro lo expresa bien sea a través del
mandamiento definido por él como «el más grande», bien en forma de bendición,
cuando en el discurso de la montaña proclama:«Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».
De este modo, el mensaje mesiánico acerca de la misericordia conserva
una particular dimensión divino-humana. Cristo -en cuanto cumplimiento de las
profecías mesiánicas-, al convertirse en la encarnación del amor que se
manifiesta con peculiar fuerza respecto a los que sufren, a los infelices y a
los pecadores, hace presente y revela de este modo más plenamente al Padre, que
es Dios «rico en misericordia». Asimismo, al convertirse para los hombres en
modelo del amor misericordioso hacia los demás, Cristo proclama con las obras,
más que con las palabras, la apelación a la misericordia que es una de las
componentes esenciales del ethos evangélico. En este caso no se trata sólo de
cumplir un mandamiento o una exigencia de naturaleza ética, sino también de
satisfacer una condición de capital importancia, a fin de que Dios pueda
revelarse en su misericordia hacia el hombre:... los misericordiosos...
alcanzarán misericordia.
Capítulo III
4. El concepto de «misericordia» tiene en el Antiguo Testamento una
larga y rica historia. Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más
plenamente la misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y
sus enseñanzas, El se estaba dirigiendo a hombres, que no sólo conocían el
concepto de misericordia, sino que además, en cuanto pueblo de Dios de la
Antigua Alianza, habían sacado de su historia plurisecular una experiencia
peculiar de la misericordia de Dios. Esta experiencia era social y comunitaria,
como también individual e interior.
Efectivamente, Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza que
rompió muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de la propia
infidelidad -y a lo largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres
que despiertan tal conciencia- se apelaba a la misericordia. A este respecto
los Libros del Antiguo Testamento nos ofrecen muchísimos testimonios. Entre los
hechos y textos de mayor relieve se pueden recordar: el comienzo de la historia
de los Jueces, la oración de Salomón al inaugurar el Templo, una parte de la
intervención profética de Miqueas, las consoladoras garantías ofrecidas por
Isaías, la súplica de los hebreos desterrados, la renovación de la alianza
después de la vuelta del exilio.
Es significativo que los profetas en su predicación pongan la
misericordia, a la que recurren con frecuencia debido a los pecados del pueblo,
en conexión con la imagen incisiva del amor por parte de Dios. El Señor ama a
Israel con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un esposo, y
por esto perdona sus culpas e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando se
ve de cara a la penitencia, a la conversión auténtica, devuelve de nuevo la
gracia a su pueblo. En la predicación de los profetas la misericordia significa
una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad
del pueblo elegido.
En este amplio contexto «social», la misericordia aparece como elemento
correlativo de la experiencia interior de las personas en particular, que
versan en estado de culpa o padecen toda clase de sufrimientos y desventuras.
Tanto el mal físico como el mal moral o pecado hacen que los hijos e hijas de
Israel se dirijan al Señor recurriendo a su misericordia. Así lo hace David,
con la conciencia de la gravedad de su culpa. Y así lo hace también Job,
después de sus rebeliones, en medio de su tremenda desventura. A él se dirige
igualmente Ester, consciente de la amenaza mortal a su pueblo. En los Libros
del Antiguo Testamento podemos ver otros muchos ejemplos.
En el origen de esta multiforme convicción comunitaria y personal, como
puede comprobarse por todo el Antiguo Testamento a lo largo de los siglos, se
coloca la experiencia fundamental del pueblo elegido, vivida en tiempos del
éxodo: el Señor vio la miseria de su pueblo, reducido a la esclavitud, oyó su
grito, conoció sus angustias y decidió liberarlo. En este acto de salvación
llevado a cabo por el Señor, el profeta supo individuar su amor y compasión. Es
aquí precisamente donde radica la seguridad que abriga todo el pueblo y cada
uno de sus miembros en la misericordia divina, que se puede invocar en
circunstancias dramáticas.
A esto se añade el hecho de que la miseria del hombre es también su
pecado. El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos
del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la
alianza, triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como
«Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y
fidelidad». Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de
sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para
dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que El había revelado de sí
mismo y para implorar su perdón.
Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su
misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para sí y, a lo largo
de la historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las
desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las
misericordias. Todos los matices del amor se manifiestan en la misericordia del
Señor para con los suyos: él es su padre, ya que Israel es su hijo primogénito;
él es también esposo de la que el profeta anuncia con un nombre nuevo,
ruhama,«muy amada», porque será tratada con misericordia.
Incluso cuando, exasperado por la infidelidad de su pueblo, el Señor
decide acabar con él, siguen siendo la ternura y el amor generoso para con el
mismo lo que le hace superar su cólera. Es fácil entonces comprender por qué
los Salmistas, cuando desean cantar las alabanzas más sublimes del Señor,
entonan himnos al Dios del amor, de la ternura, de la misericordia y de la
fidelidad.
De todo esto se deduce que la misericordia no pertenece únicamente al
concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de
Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad
con su Señor, el contenido de su diálogo con El. Bajo este aspecto precisamente
la misericordia es expresada en los Libros del Antiguo Testamento con una gran
riqueza de expresiones. Sería quizá difícil buscar en estos Libros una
respuesta puramente teórica a la pregunta sobre en qué consiste la misericordia
en sí misma. No obstante, ya la terminología que en ellos se utiliza, puede
decirnos mucho a tal respecto.
El Antiguo Testamento proclama la misericordia del Señor sirviéndose de
múltiples términos de significado afín entre ellos; se diferencian en su
contenido peculiar, pero tienden -podríamos decir- desde angulaciones diversas
hacia un único contenido fundamental para expresar su riqueza trascendental y
al mismo tiempo acercarla al hombre bajo distintos aspectos. El Antiguo
Testamento anima a los hombres desventurados, en primer lugar a quienes versan
bajo el peso del pecado -al igual que a todo Israel que se había adherido a la
alianza con Dios- a recurrir a la misericordia y les concede contar con ella:
la recuerda en los momentos de caída y de desconfianza. Seguidamente, de gracias
y gloria cada vez que se ha manifestado y cumplido, bien sea en la vida del
pueblo, bien en la vida de cada individuo.
De este modo, la misericordia se contrapone en cierto sentido a la
justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino
también más profunda que ella. Ya el Antiguo Testamento enseña que, si bien la
justicia es auténtica virtud en el hombre y, en Dios, significa la más «grande»
que ella: es superior en el sentido de que es primario y fundamental. El amor,
por así decirlo, condiciona a la justicia y en definitiva la justicia es
servidora de la caridad. La primacía y la superioridad del amor respecto a la
justicia (lo cual es característico de toda la revelación) se manifiestan
precisamente a través de la misericordia. Esto pareció tan claro a los
Salmistas y a los Profetas que el término mismo de justicia terminó por
significar la salvación llevada a cabo por el Señor y su misericordia. La
misericordia difiere de la justicia pero no está en contraste con ella, siempre
que admitamos en la historia del hombre -como lo hace el Antiguo Testamento- la
presencia de Dios, el cual ya en cuanto creador se ha vinculado con especial
amor a su criatura. El amor, por su naturaleza, excluye el odio y el deseo de
mal, respecto a aquel que una vez ha hecho donación de sí mismo: nihil odisti
eorum quae fecisti:«nada aborreces de lo que has hecho». Estas palabras indican
el fundamento profundo de la relación entre la justicia y la misericordia en
Dios, en sus relaciones con el hombre y con el mundo. Nos están diciendo que
debemos buscar las raíces vivificantes y las razones íntimas de esta relación,
remontándonos al «principio», en el misterio mismo de la creación. Ya en el
contexto de la Antigua Alianza anuncian de antemano la plena revelación de Dios
que «es amor».
Con el misterio de la creación está vinculado el misterio de la
elección, que ha plasmado de manera peculiar la historia del pueblo, cuyo padre
espiritual es Abraham en virtud de su fe. Sin embargo, mediante este pueblo que
camina a lo largo de la historia, tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza,
ese misterio de la elección se refiere a cada hombre, a toda la gran familia
humana:«Con amor eterno te amé, por eso te he mantenido mi favor». «Aunque se
retiren los montes..., no se apartará de ti mi amor, ni mi alianza de paz
vacilará». Esta verdad, anunciada un día a Israel, lleva dentro de sí la
perspectiva de la historia entera del hombre: perspectiva que es a la vez
temporal y escatológica. Cristo revela al Padre en la misma perspectiva y sobre
un terreno ya preparado, como lo demuestran amplias páginas de los escritos del
Antiguo Testamento. Al final de tal revelación, en la víspera de su muerte,
dijo El al apóstol Felipe estas memorables palabras:«¿Tanto tiempo ha que estoy
con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre».
Capítulo IV
La parábola del Hijo Pródigo
Ya en los
umbrales del Nuevo Testamento resuena en el evangelio de san Lucas una
correspondencia singular entre dos términos referentes a la misericordia
divina, en los que se refleja intensamente toda la tradición
veterotestamentaria. Aquí hallan expresión aquellos contenidos semánticos
vinculados a la terminología diferenciada de los Libros Antiguos. He ahí a
María que, entrando en casa de Zacarías, proclama con toda su alma la grandeza
del Señor «por su misericordia», de la que «de generación en generación» se
hacen partícipes los hombres que viven en el temor de Dios. Poco después,
recordando la elección de Israel, ella proclama la misericordia, de la que «se
recuerda» desde siempre el que la escogió a ella. Sucesivamente, al nacer Juan
Bautista, en la misma casa su padre Zacarías, bendiciendo al Dios de Israel,
glorifica la misericordia que ha concedido «a nuestros padres y se ha recordado
de su santa alianza».
En las enseñanzas
de Cristo mismo, esta imagen heredada del Antiguo Testamento se simplifica y a
la vez se profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la parábola del
hijo pródigo, donde la esencia de la misericordia divina, aunque la palabra
«misericordia» no se encuentre allí, es expresada de manera particularmente
límpida. A ello contribuye no sólo la terminología, como en los libros
veterotestamentarios, sino la analogía que permite comprender más plenamente el
misterio mismo de la misericordia en cuanto drama profundo, que se desarrolla
entre el amor del padre y la prodigalidad y el pecado del hijo.
Aquel hijo, que
recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la casa para
malgastarla en un país lejano,«viviendo disolutamente», es en cierto sentido el
hombre de todos los tiempos, comenzando por aquél que primeramente perdió la
herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en este punto es
muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la
alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado. En esta analogía se
pone menos de relieve la infidelidad del pueblo de Israel, respecto a cuanto
ocurría en la tradición profética, aunque también a esa infidelidad se puede
aplicar la analogía del hijo pródigo. Aquel hijo,«cuando hubo gastado todo...,
comenzó a sentir necesidad», tanto más cuanto que sobrevino una gran carestía
«en el país», al que había emigrado después de abandonar la casa paterna. En
este estado de cosas «hubiera querido saciarse» con algo, incluso «con las
bellotas que comían los puercos» que él mismo pastoreaba por cuenta de «uno de
los habitantes de aquella región». Pero también esto le estaba prohibido.
La analogía se desplaza
claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había
recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante
que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La
situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes
materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa
dignidad. El no había pensado en ello anteriormente, cuando pidió a su padre
que le diese la parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de
marcharse. Y parece que tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí
mismo:«¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo
aquí me muero de hambre!». El se mide a sí mismo con el metro de los bienes que
había perdido y que ya «no posee», mientras que los asalariados en casa de su
padre los «poseen». Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los
bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde el drama de la
dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.
Es entonces
cuando toma la decisión:«Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he
pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.
Trátame como a uno de tus jornaleros». Palabras, éstas, que revelan más a fondo
el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo
pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado,
había ido madurando el sentido de la dignidad perdida. Cuando él decide volver
a la casa paterna y pedir a su padre que lo acoja -no ya en virtud del derecho
de hijo, sino en condiciones de mercenario- parece externamente que obra por
razones del hambre y de la miseria en que ha caído; pero este motivo está
impregnado por la conciencia de una pérdida más profunda: ser un jornalero en
la casa del propio padre es ciertamente una gran humillación y vergüenza. No
obstante, el hijo pródigo está dispuesto a afrontar tal humillación y
vergüenza. Se da cuenta de que ya no tiene ningún otro derecho, sino el de ser
mercenario en la casa de su padre. Su decisión es tomada en plena conciencia de
lo que merece y de aquello a lo que puede aún tener derecho según las normas de
la justicia. Precisamente este razonamiento demuestra que, en el centro de la
conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de
aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta
decisión emprende el camino.
En la parábola
del hijo pródigo no se utiliza, ni siquiera una sola vez, el término
«justicia»; como tampoco, en el texto original, se usa la palabra
«misericordia»; sin embargo, la relación de la justicia con el amor, que se
manifiesta como misericordia está inscrito con gran precisión en el contenido
de la parábola evangélica. Se hace más obvio que el amor se transforma en
misericordia, cuando hay que superar la norma precisa de la justicia: precisa y
a veces demasiado estrecha. El hijo pródigo, consumadas las riquezas recibidas
de su padre, merece -a su vuelta- ganarse la vida trabajando como jornalero en
la casa paterna y eventualmente conseguir poco a poco una cierta provisión de
bienes materiales; pero quizá nunca en tanta cantidad como había malgastado.
Tales serían las exigencias del orden de la justicia; tanto más cuanto que
aquel hijo no sólo había disipado la parte de patrimonio que le correspondía,
sino que además había tocado en lo más vivo y había ofendido a su padre con su
conducta. Esta, que a su juicio le había desposeído de la dignidad filial, no
podía ser indiferente a su padre; debía hacerle sufrir y en algún modo incluso
implicarlo. Pero en fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal relación no
podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento. El hijo pródigo era
consciente de ello y es precisamente tal conciencia lo que le muestra con
claridad la dignidad perdida y lo que le hace valorar con rectitud el puesto
que podía corresponderle aún en casa de su padre.
6. Reflexión particular sobre la dignidad humana
Esta imagen
concreta del estado de ánimo del hijo pródigo nos permite comprender con
exactitud en qué consiste la misericordia divina. No hay lugar a dudas de que
en esa analogía sencilla pero penetrante la figura del progenitor nos revela a
Dios como Padre. El comportamiento del padre de la parábola, su modo de obrar
que pone de manifiesto su actitud interior, nos permite hallar cada uno de los
hilos de la visión veterotestamentaria de la misericordia, en una síntesis
completamente nueva, llena de sencillez y de profundidad. El padre del hijo
pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su
hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata
prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el
patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquella
festosidad tan generosa respecto al disipador después de su vuelta, de tal
manera que suscita contrariedad y envidia en el hermano mayor, quien no se
había alejado nunca del padre ni había abandonado la casa.
La fidelidad a sí
mismo por parte del padre -un comportamiento ya conocido por el término
veterotestamentario «hesed»- es expresada al mismo tiempo de manera
singularmente impregnada de amor. Leemos en efecto que cuando el padre divisó
de lejos al hijo pródigo que volvía a casa,«le salió conmovido al encuentro, le
echó los brazos al cuello y lo besó». Está obrando ciertamente a impulsos de un
profundo afecto, lo cual explica también su generosidad hacia el hijo, aquella
generosidad que indignará tanto al hijo mayor. Sin embargo las causas de la
conmoción hay que buscarlas más en profundidad. Sí, el padre es consciente de
que se ha salvado un bien fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Si
bien éste había malgastado el patrimonio, no obstante ha quedado a salvo su
humanidad. Es más, ésta ha sido de algún modo encontrada de nuevo. Lo dicen las
palabras dirigidas por el padre al hijo mayor:«Había que hacer fiesta y
alegrarse porque este hermano tuyo había muerto y ha resucitado, se había
perdido y ha sido hallado». En el mismo capítulo XV del evangelio de san Lucas,
leemos la parábola de la oveja extraviada y sucesivamente de la dracma perdida.
Se pone siempre de relieve la misma alegría, presente en el caso del hijo
pródigo. La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente centrada en la
humanidad del hijo perdido, en su dignidad. Así se explica ante todo la alegre
conmoción por su vuelta a casa.
Prosiguiendo, se
puede decir por tanto que el amor hacia el hijo, el amor que brota de la
esencia misma de la paternidad, obliga en cierto sentido al padre a tener
solicitud por la dignidad del hijo. Esta solicitud constituye la medida de su
amor, como escribirá san Pablo:«La caridad es paciente, es benigna..., no es
interesada, no se irrita..., no se alegra de la injusticia, se complace en la
verdad..., todo lo espera, todo lo tolera» y «no pasa jamás». La misericordia
-tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo- tiene la
forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Tal amor es
capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y
singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es
objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y
«revalorizado». El padre le manifiesta, particularmente, su alegría por haber
sido «hallado de nuevo» y por «haber resucitado». Esta alegría indica un bien
inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su
padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo
fue la vuelta a la verdad de sí mismo.
Lo que ha
ocurrido en la relación del padre con el hijo, en la parábola de Cristo, no se
puede valorar «desde fuera». Nuestros prejuicios en torno al tema de la
misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a
veces que, siguiendo tal sistema de valoración, percibimos principalmente en la
misericordia una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la
recibe. Consiguientemente estamos dispuestos a deducir que la misericordia
difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo
pródigo demuestra cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia se
funda en la común experiencia de aquel bien que es el hombre, sobre la común
experiencia de la dignidad que le es propia. Esta experiencia común hace que el
hijo pródigo comience a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad
(semejante visión en la verdad es auténtica humildad); en cambio para el padre,
y precisamente por esto, el hijo se convierte en un bien particular: el padre
ve el bien que se ha realizado con una claridad tan límpida, gracias a una
irradiación misteriosa de la verdad y del amor, que parece olvidarse de todo el
mal que el hijo había cometido.
La parábola del
hijo pródigo expresa de manera sencilla, pero profunda la realidad de la
conversión. Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y de la
presencia de la misericordia en el mundo humano. El significado verdadero y
propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada,
aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o
material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio,
cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal
existentes en el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el contenido
fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su
misión. Así entendían también y practicaban la misericordia sus discípulos y seguidores.
Ella no cesó nunca de revelarse en sus corazones y en sus acciones, como una
prueba singularmente creadora del amor que no se deja «vencer por el mal», sino
que «vence con el bien al mal»,
Es necesario que
el rostro genuino de la misericordia sea siempre desvelado de nuevo. No
obstante múltiples prejuicios, ella se presenta particularmente necesaria en
nuestros tiempos.
Capítulo V
El Misterio Pascual
7. Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección
El mensaje
mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la
resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este acontecimiento final que,
de modo especial en el lenguaje conciliar, es definido mysterium paschale, si
queremos expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal como ha sido
hondamente revelada en la historia de nuestra salvación. En este punto de
nuestras consideraciones, tendremos que acercarnos más aún al contenido de la
Encíclica Redemptor Hominis. En efecto, si la realidad de la redención, en su
dimensión humana desvela la grandeza inaudita del hombre, que mereció tener tan
gran Redentor, al mismo tiempo yo diría que la dimensión divina de la redención
nos permite, en el momento más empírico e «histórico», desvelar la profundidad
de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo,
para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a
su imagen y ya desde el «principio» elegidos, en este Hijo, para la gracia y la
gloria.
Los
acontecimientos del Viernes Santo y, aun antes, la oración en Getsemaní,
introducen en todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en
la misión mesiánica de Cristo, un cambio fundamental. El que «pasó haciendo el
bien y sanando», «curando toda clase de dolencias y enfermedades», él mismo
parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la misericordia
cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas;
cuando es clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos. Es entonces
cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, a quienes ha
hecho el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a El, no
saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En esta etapa
final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las palabras pronunciadas
por los profetas, sobre todo Isaías, acerca del Siervo de Yahvé:«por sus llagas
hemos sido curados».
Cristo, en cuanto
hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en
el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los
hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es
ahorrado -precisamente a él- el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz:«a
quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros», escribía san
Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz
y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención. Justamente esta
redención es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es
la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya
que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende hacia él. En la
pasión y muerte de Cristo -en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su
Hijo, sino que lo «hizo pecado por nosotros»- se expresa la justicia absoluta,
porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad.
Esto es incluso una «sobreabundancia» de la justicia, ya que los pecados del
hombre son «compensados» por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal
justicia, que es propiamente justicia «a medida» de Dios, nace toda ella del
amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor.
Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es «a
medida» de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando
frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente
haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en
el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la
plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo la redención
comporta la revelación de la misericordia en su plenitud
El misterio
pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es
capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del
orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante
el hombre, en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no
solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la
elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa
plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y
al amor. La dimensión divina del misterio pascual llega sin embargo a mayor
profundidad aún. La cruz colocada sobre el Calvario, donde Cristo tiene su
último diálogo con el Padre, emerge del núcleo mismo de aquel amor, del que el
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, ha sido gratificado según el
eterno designio divino. Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece
solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente
última de la existencia. El es además Padre: con el hombre, llamado por El a la
existencia en el mundo visible, está unido por un vínculo más profundo aún que
el de Creador. Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar
en la vida misma de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto el que ama
desea darse a sí mismo.
La Cruz de Cristo
sobre el Calvario surge en el camino de aquel admirabile commercium, de aquel
admirable comunicarse de Dios al hombre en el que está contenida a su vez la
llamada dirigida al hombre, a fin de que, donándose a sí mismo a Dios y donando
consigo mismo todo el mundo visible, participe en la vida divina, y para que
como hijo adoptivo se haga partícipe de la verdad y del amor que está en Dios y
proviene de Dios. Justamente en el camino de la elección eterna del hombre a la
dignidad de hijo adoptivo de Dios, se alza en la historia la Cruz de Cristo,
Hijo unigénito que, en cuanto «luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero»,
ha venido para dar el testimonio último de la admirable alianza de Dios con la
humanidad, de Dios con el hombre, con todo hombre. Esta alianza tan antigua
como el hombre -se remonta al misterio mismo de la creación- restablecida
posteriormente en varias ocasiones con un único pueblo elegido, es asimismo la
alianza nueva y definitiva, establecida allí, en el Calvario, y no limitada ya
a un único pueblo, a Israel, sino abierta a todos y cada uno.
¿Qué nos está
diciendo pues la cruz de Cristo, que es en cierto sentido la última palabra de
su mensaje y de su misión mesiánica? Y sin embargo ésta no es aún la última
palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada en aquella
alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles después, venidos al
sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez
primera:«Ha resucitado». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de
Cristo resucitado. No obstante, también en esta glorificación del hijo de Dios
sigue estando presente la cruz, la cual -a través de todo el testimonio
mesiánico del Hombre-Hijo- que sufrió en ella la muerte, habla y no cesa nunca
de decir que Dios-Padre, que es absolutamente fiel a su eterno amor por el
hombre, ya que «tanto amó al mundo -por tanto al hombre en el mundo- que le dio
a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga la vida
eterna». Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer
que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda
clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en
ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión
indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico
de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el
mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y
puede hacerle «perecer en la gehenna».
8. Amor más fuerte que la muerte más fuerte que el pecado
La cruz de Cristo
en el Calvario es asimismo testimonio de la fuerza del mal contra el mismo Hijo
de Dios, contra aquél que, único entre los hijos de los hombres, era por su
naturaleza absolutamente inocente y libre de pecado, y cuya venida al mundo
estuvo exenta de la desobediencia de Adán y de la herencia del pecado original.
Y he ahí que, precisamente en El, en Cristo, se hace justicia del pecado a
precio de su sacrificio, de su obediencia «hasta la muerte», Al que estaba sin
pecado,«Dios lo hizo pecado en favor nuestro». Se hace también justicia de la
muerte que, desde los comienzos de la historia del hombre, se había aliado con
el pecado. Este hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de
la muerte del que estaba sin pecado y del único que podía -mediante la propia
muerte- infligir la muerte a la misma muerte. De este modo la cruz de Cristo,
sobre la cual el Hijo, consubstancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es
también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale
al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del
hombre: al encuentro del pecado y de la muerte.
La cruz es la
inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el
hombre -de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos- llama su
infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más
dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el
final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de
Nazaret y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista. Según las
palabras ya escritas en la profecía de Isaías, tal programa consistía en la
revelación del amor misericordioso a los pobres, los que sufren, los
prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los pecadores. En el misterio pascual
es superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el hombre en
su existencia terrena: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las
raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la
cruz se convierte en un signo escatológico Solamente en el cumplimiento escatológico
y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos
las fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino
de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal
cumplimiento escatológico está encerrado ya en la cruz de Cristo y en su
muerte. El hecho de que Cristo «ha resucitado al tercer día» constituye el
signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del
amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez el
signo que preanuncia «un cielo nuevo y una tierra nueva», cuando Dios «enjugará
las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán,
porque las cosas de antes han pasado».
En el
cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras que
en la temporalidad, en la historia del hombre -que es a la vez historia de
pecado y de muerte- el amor debe revelarse ante todo como misericordia y
actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de Cristo,-programa de
misericordia- se convierte en el programa de su pueblo, el de su Iglesia. Al
centro del mismo está siempre la cruz, ya que en ella la revelación del amor
misericordioso alcanza su punto culminante. Mientras «las cosas de antes no hayan
pasado», la cruz permanecerá como ese «lugar», al que aún podrían referirse
otras palabras del Apocalipsis de Juan:«Mira que estoy a la puerta y llamo; si
alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él
conmigo». De manera particular Dios revela asimismo su misericordia, cuando
invita al hombre a la«misericordia» hacia su Hijo, hacia el Crucificado.
Cristo, en cuanto
crucificado, es el Verbo que no pasa; es el que está a la puerta y llama al
corazón de todo hombre, sin coartar su libertad, tratando de sacar de esa misma
libertad el amor que es no solamente un acto de solidaridad con el Hijo del
Hombre que sufre, sino también, en cierto modo,«misericordia» manifestada por
cada uno de nosotros al Hijo del Padre eterno. En este programa mesiánico de
Cristo, en toda la revelación de la misericordia mediante la cruz,¿cabe quizá
la posibilidad de que sea mayormente respetada y elevada la dignidad del
hombre, dado que él, experimentando la misericordia, es también en cierto
sentido el que «manifiesta contemporáneamente la misericordia»?
En definitiva,
¿no toma quizá Cristo tal posición respecto al hombre, cuando dice:«cada vez
que habéis hecho estas cosas a uno de éstos..., lo habéis hecho a mí»? Las
palabras del sermón de la montaña:«Bienaventurados los misericordiosos porque
alcanzarán misericordia», ¿no constituyen en cierto sentido una síntesis de
toda la Buena Nueva, de todo el «cambio admirable»(admirabile commercium) en
ella encerrado, que es una ley sencilla, fuerte y «dulce» a la vez de la misma
economía de la salvación? Estas palabras del sermón de la montaña, al hacer ver
las posibilidades del «corazón humano» en su punto de partida («ser
misericordiosos»),¿no revelan quizá, dentro de la misma perspectiva, el
misterio profundo de Dios: la inescrutable unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, en la que el amor, conteniendo la justicia, abre el camino a la
misericordia, que a su vez revela la perfección de la justicia?
El misterio
pascual es Cristo en el culmen de la revelación del inescrutable misterio de
Dios. Precisamente entonces se cumplen hasta lo último las palabras
pronunciadas en el Cenáculo:«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Efectivamente, Cristo, a quien el Padre «no perdonó» en bien del hombre y que
en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia
humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre
por El y, en El, por todos los hombres.«No es un Dios de muertos, sino de
vivos». En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso,
precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por
esto -cuando recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte- nuestra fe y
nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que «la tarde de aquel
mismo día, el primero después del sábado... se presentó en medio de ellos» en
el Cenáculo,«donde estaban los discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo:
recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados
y a quienes los retengáis les serán retenidos».
Este es el Hijo
de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo
la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y
es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término -y en cierto
sentido, más allá del término- de su misión mesiánica, se revela a sí mismo
como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la
perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe
confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la
encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente:
histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia
del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo:«Cantaré
eternamente las misericordias del Señor».
9. La Madre de la misericordia
En estas palabras
pascuales de la Iglesia resuenan en la plenitud de su contenido profético las ya
pronunciadas por María durante la visita hecha a Isabel, mujer de Zacarías:«Su
misericordia de generación en generación». Ellas, ya desde el momento de la
encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación.
Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el
aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se
van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa
familia humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo además nuevas
generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la
resurrección,«selladas» a su vez con el signo del misterio pascual de Cristo,
revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el umbral de la
casa de su pariente:«su misericordia de generación en generación».
Además María es
la que de manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la
misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el
sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la
misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de
su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo
es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en
la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde
la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la
humanidad; es la participación en la revelación definitivamente cumplida a
través de la cruz. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el
misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina
con el amor: el «beso» dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella,
María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente
divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de
su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat»
definitivo.
María pues es la
que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y
sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la
misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en
cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque
expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad,
sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de
Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia
de la que «por todas la generaciones» nos hacemos partícipes según el eterno
designio de la Santísima Trinidad.
Los susodichos
títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no obstante de ella, por
encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como de aquella
que, habiendo experimentado la misericordia de modo excepcional,«merece» de
igual manera tal misericordia a lo largo de toda su vida terrena, en particular
a los pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella que a través de
la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la misión
mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al
amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en
aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los que no ven, los
oprimidos y los pecadores, tal como habló de ellos Cristo, siguiendo la
profecía de Isaías, primero en la sinagoga de Nazaret y más tarde en respuesta
a la pregunta hecha por los enviados de Juan Bautista.
Precisamente, en
este amor «misericordioso», manifestado ante todo en contacto con el mal moral
y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue
Madre del Crucificado y del Resucitado -participaba María-. En ella y por ella,
tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la
Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su
sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos
que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es
éste uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan
íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación.
«Esta maternidad
de María en la economía de la gracia -tal como se expresa el Concilio Vaticano
II- perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en
la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación
perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta
misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos
los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de
su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que
sean conducidos a la patria bienaventurada».
Capítulo VI
«Misericordia... de Generación en Generación»
10. Imagen de nuestra generación
Tenemos pleno
derecho a creer que también nuestra generación está comprendida en las palabras
de la Madre de Dios, cuando glorificaba la misericordia, de la que «de
generación en generación» son partícipes cuantos se dejan guiar por el temor de
Dios. Las palabras del Magnificat mariano tienen un contenido profético, que
afecta no sólo al pasado de Israel, sino también al futuro del Pueblo de Dios
sobre la tierra. Somos en efecto todos nosotros, los que vivimos hoy en la
tierra, la generación que es consciente del aproximarse del tercer milenio y
que siente profundamente el cambio que se está verificando en la historia.
La presente
generación se siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas
posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios. La actividad
creadora del hombre, su inteligencia y su trabajo, han provocado cambios
profundos, tanto en el dominio de la ciencia y de la técnica como en la vida
social y cultural. El hombre ha extendido su poder sobre la naturaleza; ha
adquirido un conocimiento más profundo de las leyes de su comportamiento social.
Ha visto derrumbarse o atenuarse los obstáculos y distancias que separan
hombres y naciones por un sentido acrecentado de lo universal, por una
conciencia más clara de la unidad del género humano, por la aceptación de la
dependencia recíproca dentro de una solidaridad auténtica, finalmente por el
deseo -y la posibilidad- de entrar en contacto con sus hermanos y hermanas por
encima de las divisiones artificiales de la geografía o las fronteras
nacionales o raciales. Los jóvenes de hoy día, sobre todo, saben que los
progresos de la ciencia y de la técnica son capaces de aportar no sólo nuevos
bienes materiales, sino también una participación más amplia a su conocimiento.
El desarrollo de
la informática, por ejemplo, multiplicará la capacidad creadora del hombre y le
permitirá el acceso a las riquezas intelectuales y culturales de otros pueblos.
Las nuevas técnicas de la comunicación favorecerán una mayor participación en
los acontecimientos y un intercambio creciente de las ideas. Las adquisiciones
de la ciencia biológica, psicológica o social ayudarán al hombre a penetrar
mejor en la riqueza de su propio ser. Y si es verdad que ese progreso sigue
siendo todavía muy a menudo el privilegio de los países industrializados, no se
puede negar que la perspectiva de hacer beneficiarios a todos los pueblos y a
todos los países no es ya una simple utopía, dado que existe una real voluntad
política a este respecto.
Pero al lado de
todo esto -o más bien en todo esto- existen al mismo tiempo dificultades que se
manifiestan en todo crecimiento. Existen inquietudes e imposibilidades que
atañen a la respuesta profunda que el hombre sabe que debe dar. El panorama del
mundo contemporáneo presenta también sombras y desequilibrios no siempre
superficiales. La Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano
II no es ciertamente el único documento que trata de la vida de la generación
contemporánea, pero es un documento de particular importancia.«En verdad, los
desequilibrios que sufre el mundo moderno -leemos en ella- están conectados con
ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano.
Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A
fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente sin embargo
ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas
solicitaciones tiene que elegir y renunciar. Más aún, como enfermo y pecador,
no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a
cabo. Por ello siente en sí mismo la división que tantas y tan graves
discordias provoca en la sociedad».
Hacia el final de
la exposición introductoria de la misma, leemos:«... ante la actual evolución
del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen
con nueva penetración las cuestiones más fundamentales:¿qué es el hombre?¿Cuál
es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos
progresos hechos, subsisten todavía?¿Qué valor tienen las victorias logradas a
tan caro precio?».
En el marco de
estos quince años, a partir de la conclusión del Concilio Vaticano II,¿se ha
hecho quizá menos inquietante aquel cuadro de tensiones y de amenazas propias
de nuestra época? Parece que no. Al contrario, las tensiones y amenazas que en
el documento conciliar parecían solamente delinearse y no manifestar hasta el
fondo todo el peligro que escondían dentro de sí, en el espacio de estos años
se han ido revelando mayormente, han confirmado aquel peligro y no permiten
nutrir las ilusiones de un tiempo.
De ahí que
aumente en nuestro mundo la sensación de amenaza. Aumenta el temor existencial
ligado sobre todo -como ya insinué en la Encíclica Redemptor Hominis- a la
perspectiva de un conflicto que, teniendo en cuenta los actuales arsenales
atómicos, podría significar la autodestrucción parcial de la humanidad. Sin
embargo, la amenaza no concierne únicamente a lo que los hombres pueden hacer a
los hombres, valiéndose de los medios de la técnica militar; afecta también a
otros muchos peligros, que son el producto de una civilización materialística,
la cual -no obstante declaraciones «humanísticas»- acepta la primacía de las
cosas sobre la persona. El hombre contemporáneo tiene pues miedo de que con el
uso de los medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo, lo
mismo que los ambientes, las comunidades, las sociedades, las naciones, pueda
ser víctima del atropello de otros individuos, ambientes, sociedades. La
historia de nuestro siglo ofrece abundantes ejemplos. A pesar de todas las
declaraciones sobre los derechos del hombre en su dimensión integral, esto es,
en su existencial corporal y espiritual, no podemos decir que estos ejemplos
sean solamente cosa del pasado.
El hombre tiene
precisamente miedo de ser víctima de una opresión que lo prive de la libertad
interior, de la posibilidad de manifestar exteriormente la verdad de la que
está convencido, de la fe que profesa, de la facultad de obedecer a la voz de
la conciencia que le indica la recta vía a seguir. Los medios técnicos a
disposición de la civilización actual, ocultan, en efecto, no sólo la
posibilidad de una auto-destrucción por vía de un conflicto militar, sino
también la posibilidad de una subyugación«pacífica» de los individuos, de los
ambientes de vida, de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier
motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y
están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Se piense también en la
tortura, todavía existente en el mundo, ejercida sistemáticamente por la
autoridad como instrumento de dominio y de atropello político, y practicada
impunemente por los subalternos.
Así pues, junto a
la conciencia de la amenaza biológica, crece la conciencia de otra amenaza, que
destruye aún más lo que es esencialmente humano, lo que está en conexión íntima
con la dignidad de la persona, con su derecho a la verdad y a la libertad.
Todo esto se
desarrolla sobre el fondo de un gigantesco remordimiento constituido por el
hecho de que, al lado de los hombres y de las sociedades bien acomodadas y
saciadas, que viven en la abundancia, sujetas al consumismo y al disfrute, no
faltan dentro de la misma familia humana individuos ni grupos sociales que
sufren el hambre. No faltan niños que mueren de hambre a la vista de sus
madres. No faltan en diversas partes del mundo, en diversos sistemas
socioeconómicos, áreas enteras de miseria, de deficiencia y de subdesarrollo.
Este hecho es universalmente conocido. El estado de desigualdad entre hombres y
pueblos no sólo perdura, sino que va en aumento. Sucede todavía que, al lado de
los que viven acomodados y en la abundancia, existen otros que viven en la
indigencia, sufren la miseria y con frecuencia mueren incluso de hambre; y su
número alcanza decenas y centenares de millones. Por esto, la inquietud moral
está destinada a hacerse más profunda. Evidentemente, un defecto fundamental o
más bien un conjunto de defectos, más aún, un mecanismo defectuoso está en la
base de la economía contemporánea y de la civilización materialista, que no
permite a la familia humana alejarse, yo diría, de situaciones tan radicalmente
injustas
Esta imagen del
mundo de hoy, donde existe tanto mal físico y moral como para hacer de él un
mundo enredado en contradicciones y tensiones y, al mismo tiempo, lleno de
amenazas dirigidas contra la libertad humana, la conciencia y la religión,
explica la inquietud a la que está sujeto el hombre contemporáneo Tal inquietud
es experimentada no sólo por quienes son marginados u oprimidos, sino también
por quienes disfrutan de los privilegios de la riqueza, del progreso, del
poder. Y. si bien no faltan tampoco quienes buscan poner al descubierto las
causas de tales inquietudes o reaccionar con medios inmediatos puestos a su
alcance por la técnica, la riqueza o el poder, sin embargo en lo más profundo
del ánimo humano esa inquietud supera todos los medios provisionales. Afecta
-como han puesto justamente de relieve los análisis del Concilio Vaticano II-
los problemas fundamentales de toda la existencia humana Esta inquietud está
vinculada con el sentido mismo de la existencia del hombre en el mundo; es
inquietud para el futuro del hombre y de toda la humanidad, y exige
resoluciones decisivas que ya parecen imponerse al género humano
No es difícil
constatar que el sentido de la justicia se ha despertado a gran escala en el
mundo contemporáneo; sin duda, ello pone mayormente de relieve lo que está en
contraste con la justicia tanto en las relaciones entre los hombres, los grupos
sociales o las «clases», como entre cada uno de los pueblos y estados, y entre
los sistemas políticos, más aún, entre los diversos mundos Esta corriente
profunda y multiforme, en cuya base la conciencia humana contemporánea ha
situado la justicia, atestigua el carácter ético de las tensiones y de las
luchas que invaden el mundo
La Iglesia
comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de
una vida justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de someter
a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como lo exige la vida de
los hombres y de las sociedades Prueba de ello es el campo de la doctrina
social católica ampliamente desarrollada en el arco del último siglo. Siguiendo
las huellas de tal enseñanza procede la educación y la formación de las
conciencias humanas en el espíritu de la justicia, lo mismo que las iniciativas
concretas, sobre todo en el ámbito del apostolado de los seglares, que se van
desarrollando en tal sentido
No obstante,
sería difícil no darse uno cuenta de que no raras veces los programas que
parten de la idea de justicia y que deben servir a ponerla en práctica en la
convivencia de los hombres, de los grupos y de las sociedades humanas, en la
práctica sufren deformaciones. Por más que sucesivamente recurran a la misma
idea de justicia, sin embargo la experiencia demuestra que otras fuerzas
negativas, como son el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la
delantera a la justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo, de
limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte en
el motivo fundamental de la acción; esto contrasta con la esencia de la
justicia, la cual tiende por naturaleza a establecer la igualdad y la
equiparación entre las partes en conflicto. Esta especie de abuso de la idea de
justicia y la alteración práctica de ella atestiguan hasta qué punto la acción
humana puede alejarse de la misma justicia, por más que se haya emprendido en
su nombre. No en vano Cristo contestaba a sus oyentes, fieles a la doctrina del
Antiguo Testamento, la actitud que ponían de manifiesto las palabras:«Ojo por
ojo y diente por diente». Tal era la forma de alteración de la justicia en
aquellos tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su modelo. En
efecto, es obvio que, en nombre de una presunta justicia (histórica o de clase,
por ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo, se le mata, se le priva de la
libertad, se le despoja de los elementales derechos humanos. La experiencia del
pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por si sola no es
suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de
sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar
la vida humana en sus diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos la
experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta
aserción: summum ius, summa iniuria. Tal afirmación no disminuye el valor de la
justicia ni atenúa el significado del orden instaurado sobre ella; indica
solamente, en otro aspecto, la necesidad de recurrir a las fuerzas del
espíritu, más profundas aún, que condicionan el orden mismo de la justicia.
Teniendo a la
vista la imagen de la generación a la que pertenecemos, la Iglesia comparte la
inquietud de tantos hombres contemporáneos. Por otra parte, debemos
preocuparnos también por el ocaso de tantos valores fundamentales que
constituyen un bien indiscutible no sólo de la moral cristiana, sino
simplemente de la moral humana, de la cultura moral, como el respeto a la vida
humana desde el momento de la concepción, el respeto al matrimonio en su unidad
indisoluble, el respeto a la estabilidad de la familia. El permisivismo moral
afecta sobre todo a este ámbito más sensible de la vida y de la convivencia
humana. A él van unidas la crisis de la verdad en las relaciones interhumanas,
la falta de responsabilidad al hablar, la relación meramente utilitaria del
hombre con el hombre, la disminución del sentido del auténtico bien común y la
facilidad con que éste es enajenado. Finalmente, existe la desacralización que
a veces se transforma en «deshumanización»: el hombre y la sociedad para
quienes nada es «sacro» van decayendo oralmente, a pesar de las apariencias.
En relación con
esta imagen de nuestra generación, que no deja de suscitar una profunda
inquietud, vienen a la mente las palabras que, con motivo de la encarnación del
Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat de María y que cantan la
misericordia... de generación en generación». Conservando siempre en el corazón
la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y
sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de
nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar
testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas
de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo
y de sus Apóstoles. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios
revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente
como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe,
tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus
fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de buena voluntad.
Finalmente, la Iglesia -profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel
a ella- tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios,
implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas
las amenazas que pesan sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad
contemporánea.
Capítulo VII
La Misericordia de Dios en la Misión de la Iglesia
13. La Iglesia profesa la misericordia de Dios y la
proclama
La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su
verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación. En las páginas
precedentes de este documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de
esta verdad que encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura y en
la Tradición. En la vida cotidiana de la Iglesia la verdad acerca de la
misericordia de Dios, expresada en la Biblia, resuena cual eco perenne a través
de numerosas lecturas de la Sagrada Liturgia. La percibe el auténtico sentido
de la fe del Pueblo de Dios, como atestiguan varias expresiones de la piedad
personal y comunitaria. Sería ciertamente difícil enumerarlas y resumirlas
todas, ya que la mayor parte de ellas están vivamente inscritas en lo íntimo de
los corazones y de las conciencias humanas. Si algunos teólogos afirman que la
misericordia es el más grande entre los atributos y las perfecciones de Dios,
la Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios dan testimonios
exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección de la inescrutable
esencia de Dios dentro del misterio de la misma divinidad, sino de la
perfección y del atributo con que el hombre, en la verdad intima de su
existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios
vivo. Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe, «la visión del
Padre»-visión de Dios mediante la fe- halla precisamente en el encuentro con su
misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a
la que encontramos en la parábola del hijo pródigo.
«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». La Iglesia profesa la
misericordia de Dios, la Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y
también en sus enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose
en El, en su vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su
misterio entero. Todo esto que forma la «visión» de Cristo en la fe viva y en
la enseñanza de la Iglesia nos acerca a la «visión del Padre» en la santidad de
su misericordia. La Iglesia parece profesar de manera particular la
misericordia de Dios y venerarla dirigiéndose al corazón de Cristo. En efecto,
precisamente el acercarnos a Cristo en el misterio de su corazón, nos permite
detenernos en este punto -en un cierto sentido y al mismo tiempo accesible en
el plano humano- de la revelación del amor misericordioso del Padre, que ha
constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre.
La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia-el
atributo más estupendo del Creador y del Redentor- y cuando acerca a los
hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es
depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la
meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la participación
consciente y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o
reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte
que la muerte: en efecto,«cada vez que comemos de este pan o bebemos de este
cáliz», no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos
su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria. El mismo rito
eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha
revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor
inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con
nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos. Es el
sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada
uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este
sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia,
es decir, el amor que es más fuerte que el pecado. Se ha hablado ya de ello en
la encíclica Redemptor Hominis; convendrá sin embargo volver una vez más sobre
este tema fundamental.
La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es
también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en
acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la
fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio
de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni
siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la
falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la
penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y
a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección
de Cristo.
Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a
Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es
paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que «Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la
historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la
resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del
«reencuentro» de este Padre, rico en misericordia.
El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor
benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como
momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de
ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo «ven» así, no
pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu
conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la
peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que
la Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y
resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo,
con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante
este testimonio de vida, la Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios,
misión que es participación y, en cierto sentido, continuación de la misión
mesiánica del mismo Cristo.
La Iglesia contemporánea es altamente consciente de que únicamente sobre
la base de la misericordia de Dios podrá hacer realidad los cometidos que
brotan de la doctrina del Concilio Vaticano II, en primer lugar el cometido
ecuménico que tiende a unir a todos los que confiesan a Cristo. Iniciando
múltiples esfuerzos en tal dirección, la Iglesia confiesa con humildad que solo
ese amor, más fuerte que la debilidad de las divisiones humanas, puede realizar
definitivamente la unidad por la que oraba Cristo al Padre y que el Espíritu no
cesa de pedir para nosotros «con gemidos inenarrables».
14. La Iglesia trata de practicar la misericordia
Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la
misericordia de Dios, sino que está llamado a «usar misericordia» con los demás:«Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». La Iglesia ve en
estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la
misericordia. Si todas las bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el
camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los
misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente. El hombre alcanza
el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo
interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo.
Este proceso auténticamente evangélico no es sólo una transformación
espiritual realizada de una vez para siempre, sino que constituye todo un
estilo de vida, una característica esencial y continua de la vocación
cristiana. Consiste en el descubrimiento constante y en la actuación
perseverante del amor en cuanto fuerza unificante y a la vez elevante:-a pesar
de todas las dificultades de naturaleza psicológica o social- se trata, en
efecto, de un amor misericordioso que por su esencia es amor creador. El amor
misericordioso, en las relaciones recíprocas entre los hombres, no es nunca un
acto o un proceso unilateral. Incluso en los casos en que todo parecería
indicar que sólo una parte es la que da y ofrece, mientras la otra sólo recibe
y toma (por ejemplo, en el caso del médico que cura, del maestro que enseña, de
los padres que mantienen y educan a los hijos, del benefactor que ayuda a los
menesterosos), sin embargo en realidad, también aquel que da, queda siempre
beneficiado. En todo caso, también éste puede encontrarse fácilmente en la
posición del que recibe, obtiene un beneficio, prueba el amor misericordioso, o
se encuentra en estado de ser objeto de misericordia.
Cristo crucificado, en este sentido, es para nosotros el modelo, la
inspiración y el impulso más grande. Basándonos en este desconcertante modelo,
podemos con toda humildad manifestar misericordia a los demás, sabiendo que la
recibe como demostrada a sí mismo. Sobre la base de este modelo, debemos
purificar también continuamente todas nuestras acciones y todas nuestras
intenciones, allí donde la misericordia es entendida y practicada de manera
unilateral, como bien hecho a los demás. Sólo entonces, en efecto, es realmente
un acto de amor misericordioso: cuando, practicándola, nos convencemos
profundamente de que al mismo tiempo la experimentamos por parte de quienes la
aceptan de nosotros. Si falta esta bilateralidad, esta reciprocidad, entonces
nuestras acciones no son aún auténticos actos de misericordia, ni se ha cumplido
plenamente en nosotros la conversión, cuyo camino nos ha sido manifestado por
Cristo con la palabra y con el ejemplo hasta la cruz, ni tampoco participamos
completamente en la magnífica fuente del amor misericordioso que nos ha sido
revelada por El.
Así pues, el camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la
montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo
que podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la
misericordia. Tales juicios consideran la misericordia como un acto o proceso
unilateral que presupone y mantiene las distancias entre el que usa
misericordia y el que es gratificado, entre el que hace el bien y el que lo
recibe. Deriva de ahí la pretensión de liberar de la misericordia las
relaciones interhumanas y sociales, y basarlas únicamente en la justicia. No
obstante, tales juicios acerca de la misericordia no descubren la vinculación
fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla toda la tradición
bíblica, y en particular la misión mesiánica de Jesucristo. La auténtica
misericordia es por decirlo así la fuente más profunda de la justicia. Si ésta
última es de por sí apta para servir de «árbitro» entre los hombres en la
recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada el amor
en cambio, y solamente el amor,(también ese amor benigno que llamamos
«misericordia») es capaz de restituir el hombre a sí mismo.
La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido,
la más perfecta encarnación de la «igualdad» entre los hombres y por
consiguiente también la encarnación más perfecta de la justicia, en cuanto
también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado. La igualdad
introducida mediante la justicia se limita, sin embargo al ámbito de los bienes
objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los
hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la
dignidad que le es propia. Al mismo tiempo, la «igualdad» de los hombres mediante
el amor «paciente y benigno» no borra las diferencias: el que da se hace más
generoso, cuando se siente contemporáneamente gratificado por el que recibe su
don; viceversa, el que sabe recibir el don con la conciencia de que también él,
acogiéndolo, hace el bien, sirve por su parte a la gran causa de la dignidad de
la persona y esto contribuye a unir a los hombres entre si de manera más
profunda.
Así pues, la misericordia se hace elemento indispensable para plasmar
las relaciones mutuas entre los hombres, en el espíritu del más profundo
respeto de lo que es humano y de la recíproca fraternidad. Es imposible lograr
establecer este vínculo entre los hombres si se quiere regular las mutuas
relaciones únicamente con la medida de la justicia. Esta, en todas las esferas
de las relaciones interhumanas, debe experimentar por decirlo así, una notable
«corrección» por parte del amor que -como proclama san Pablo- es «paciente» y
«benigno», o dicho en otras palabras lleva en sí los caracteres del amor
misericordioso tan esenciales al evangelio y al cristianismo. Recordemos además
que el amor misericordioso indica también esa cordial ternura y sensibilidad,
de que tan elocuentemente nos habla la parábola del hijo pródigo o la de la
oveja extraviada o la de la dracma perdida. Por tanto, el amor misericordioso
es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los
esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la
educación y en la pastoral.
Su radio de acción, no obstante, no halla aquí su término. Si Pablo VI
indicó en más de una ocasión la «civilización del amor» como fin al que deben
tender todos los esfuerzos en campo social y cultural, lo mismo que económico y
político, hay que añadir que este fin no se conseguirá nunca, si en nuestras
concepciones y actuaciones, relativas a las amplias y complejas esferas de la
convivencia humana, nos detenemos en el criterio del «ojo por ojo, diente por
diente» y no tendemos en cambio a transformarlo esencialmente, superándolo con
otro espíritu. Ciertamente, en tal dirección nos conduce también el Concilio
Vaticano II cuando hablando repetidas veces de la necesidad de hacer el mundo
más humano, individúa la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo
precisamente en la realización de tal cometido. El mundo de los hombres puede
hacerse cada vez más humano, únicamente si introducimos en el ámbito pluriforme
de las relaciones humanas y sociales, junto con la justicia, el «amor
misericordioso» que constituye el mensaje mesiánico del evangelio.
El mundo de los hombres puede hacerse «cada vez más humano», solamente
si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos
el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el
mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la
condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con
el nombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un
mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia
fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios
derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros,
adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en
un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una
arena de lucha permanente de los unos contra los otros.
Por esto, la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales
-en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea- el de
proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en
sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en
cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto sentido para todos los
hombres, es fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las
fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en él, está en
condiciones de construir. Precisamente en nombre de este misterio Cristo nos
enseña a perdonar siempre.¡Cuántas veces repetimos las palabras de la oración
que El mismo nos enseñó, pidiendo:«perdónanos nuestras deudas como nosotros
perdonamos a nuestros deudores», es decir, a aquellos que son culpables de algo
respecto a nosotros! Es en verdad difícil expresar el valor profundo de la
actitud que tales palabras trazan e inculcan.¡Cuántas cosas dicen estas
palabras a todo hombre acerca de su semejante y también acerca de sí mismo! La
conciencia de ser deudores unos de otros va pareja con la llamada a la solidaridad
fraterna que san Pablo ha expresado en la invitación concisa a soportarnos
«mutuamente con amor», ¡Qué lección de humildad se encierra aquí respecto del
hombre, del prójimo y de sí mismo a la vez!¡Qué escuela de buena voluntad para
la convivencia de cada día, en las diversas condiciones de nuestra existencia!
Si desatendiéramos esta lección,¿qué quedaría de cualquier programa
«humanístico» de la vida y de la educación?
Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los
demás que a Pedro, el cual le había preguntado cuántas veces debería perdonar
al prójimo, le indicó la cifra simbólica de «setenta veces siete», queriendo
decir con ello que debería saber perdonar a todos y siempre. Es obvio que una
exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la
justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la
finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico el perdón, y ni
siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el
mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la
reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la
satisfacción del ultraje son condición del perdón.
Así pues la estructura fundamental de la justicia penetra siempre en el
campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la
justicia un contenido nuevo que se expresa de la manera más sencilla y plena en
el perdón. Este en efecto manifiesta que, además del proceso de «compensación»
y de «tregua» que es específico de la justicia, es necesario el amor, para que
el hombre se corrobore como tal. El cumplimiento de las condiciones de la
justicia es indispensable, sobre todo, a fin de que el amor pueda revelar el
propio rostro. Al analizar la parábola del hijo pródigo, hemos llamado ya la
atención sobre el hecho de que aquél que perdona y aquél que es perdonado se
encuentran en un punto esencial, que es la dignidad, es decir, el valor
esencial del hombre que no puede dejarse perder y cuya afirmación o cuyo
reencuentro es fuente de la más grande alegría.
La Iglesia considera justamente como propio deber, como finalidad de la
propia misión, custodiar la autenticidad del perdón, tanto en la vida y en el
comportamiento como en la educación y en la pastoral. Ella no la protege de
otro modo más que custodiando la fuente, esto es, el misterio de la
misericordia de Dios mismo, revelado en Jesucristo.
En la base de la misión de la Iglesia, en todas las esferas de que
hablan numerosas indicaciones del reciente Concilio y la plurisecular
experiencia del apostolado, no hay más que el «sacar de las fuentes del
Salvador»: es esto lo que traza múltiples orientaciones a la misión de la
Iglesia en la vida de cada uno de los cristianos, de las comunidades y también
de todo el Pueblo de Dios. Este «sacar de las fuentes del Salvador» no puede
ser realizado de otro modo, si no es en el espíritu de aquella pobreza a la que
nos ha llamado el Señor con la palabra y el ejemplo:«lo que habéis recibido
gratuitamente, dadlo gratuitamente». Así, en todos los cambios de la vida y del
ministerio de la Iglesia -a través de la pobreza evangélica de los ministros y
dispensadores, y del pueblo entero que da testimonio «de todas las obras del
Señor»- se ha manifestado aún mejor el Dios «rico en misericordia».
Capítulo VIII
Oración de la Iglesia de nuestros tiempos
15. La Iglesia recurre a la misericordia divina
La Iglesia
proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y
resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la
misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una
condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y «más humano», hoy
y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico
-especialmente en una época tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede
olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples
formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el
fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de
la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto
más pierde el sentido del significado mismo de la palabra «misericordia»,
sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la
misericordia alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el
deber de recurrir al Dios de la misericordia «con poderosos clamores». Estos
poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos,
dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella
profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado, esto
es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí la más completa
revelación de la misericordia, es decir, del amor que es más fuerte que la
muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre
de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas.
El hombre
contemporáneo siente estas amenazas. Lo que, a este respecto, ha sido dicho más
arriba es solamente un simple esbozo. El hombre contemporáneo se interroga con
frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles tensiones
que se han acumulado sobre el mundo y que se entrelazan en medio de los
hombres. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra
«misericordia», o en su conciencia privada de todo contenido religioso no
encuentra su equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie
esta palabra, no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los
hombres contemporáneos.
Es pues necesario
que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se
transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que implore la
misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo
contemporáneo. Que este grito condense toda la verdad sobre la misericordia,
que ha hallado tan rica expresión en la Sagrada Escritura y en la Tradición,
así como en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios.
Con tal grito nos volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no
puede despreciar nada de lo que ha creado, al Dios que es fiel a sí mismo, a su
paternidad y a su amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que
tiene características maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de
sus hijos, a toda oveja extraviada, aunque hubiese millones de extraviados,
aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la
humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo «diluvio», como lo
mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que
Cristo nos ha revelado en su misión mesiánica y que alcanza su culmen en la
cruz, en su muerte y resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo,
recordando las palabras del Magnificat de María, que proclama la misericordia
«de generación en generación». Imploremos la misericordia divina para la
generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de María, trata
de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en esta plegaria su
materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace la más
ardiente necesidad de la oración.
Elevemos nuestras
súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado
en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien a
veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí ha hecho ajeno a sí, proclamando
de diversas maneras que es algo «superfluo». Esto es pues amor a Dios, cuya
ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos profundamente,
dispuestos a gritar con Cristo en la cruz:«Padre, perdónalos porque no saben lo
que hacen». Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin
excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura, lengua,
concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor a
los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad
humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los
padres, los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es
amor, es decir, solicitud premurosa para garantizar a cada uno todo bien
auténtico y alejar y conjurar el mal.
Y si alguno de
los contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me inducen, en cuanto
siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios, a implorar en esta hora
de la historia la misericordia de Dios en favor de la humanidad, que trate al
menos de comprender el motivo de esta premura. Está dictada por el amor al
hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los
contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo
que, desvelándonos la gran vocación del hombre, me ha impulsado a confirmar en
la Encíclica Redemptor Hominis su incomparable dignidad, me obliga al mismo
tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el
mismo misterio de Cristo, Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia
y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del
mundo, mientras nos encaminamos al final del segundo Milenio.
En el nombre de
Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que
permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos
que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en
el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el
mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la
muerte. Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar «la
misericordia de generación en generación», y también de aquellos en quienes se
han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la
montaña:«Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán
misericordia».
Al continuar el
gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver
justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia -a medida de la
época en que nos ha tocado vivir- la Iglesia misma debe guiarse por la plena
conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse
sobre sí misma. La razón de su ser es en efecto la de revelar a Dios, esto es,
al Padre que nos permite «verlo» en Cristo. Por muy fuerte que pueda ser la
resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de
la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el
mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio que, escondido
desde los siglos en Dios, ha sido después realmente participado al hombre en el
tiempo mediante Jesucristo.
Con mi Bendición
Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de noviembre, primer
domingo de Adviento, del año 1980, tercero de mi Pontificado.
Joannes Paulus PP. II