CARTA
ENCÍCLICA «REDEMPTOR HOMINIS» (Parte 1)
(Jesucristo Redentor del hombre),
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Tomado de http://www.aciprensa.com
I. Herencia
1. A finales del
segundo milenio
El Redentor del
hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. A él se vuelven
mi pensamiento y mi corazón en esta hora solemne que está viviendo la Iglesia y
la entera familia humana contemporánea. En efecto, este tiempo en el que,
después del amado Predecesor Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misterioso
designio el servicio universal vinculado con la Cátedra de San Pedro en Roma,
está ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo que
ese año indicará en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cada
uno de los pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya desde ahora
se trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para el Pueblo de
Dios que se ha extendido -aunque de manera desigual- hasta los más lejanos
confines de la tierra, aquel año será el año de un gran Jubileo. Nos estamos
acercando ya a tal fecha que -aun respetando todas las correcciones debidas a
la exactitud cronológica- nos hará recordar y renovar de manera particular la
conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio de
su evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», y en otro
pasaje:«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna».
También nosotros
estamos, en cierto modo, en el tiempo de un nuevo Adviento, que es tiempo de espera:«Muchas
veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por
ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su
Hijo...», por medio del Hijo-Verbo, que se hizo hombre y nació de la Virgen
María. En este acto redentor, la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en
el designio de amor de Dios. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y
en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y
millones, y al mismo tiempo único. A través de la Encarnación, Dios ha dado a
la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la
ha dado de manera definitiva -de modo peculiar a él solo, según su eterno amor
y su misericordia, con toda la libertad divina- y a la vez con una magnificencia
que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la
humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del corazón
humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la Sagrada
Liturgia:«¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!».
2. Primeras palabras del nuevo Pontificado
A Cristo Redentor
he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día 16 de octubre del año
pasado, cuando después de la elección canónica, me fue hecha la
pregunta:«¿Aceptas?». Respondí entonces:«En obediencia de fe a Cristo, mi
Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves
dificultades, acepto». Quiero hacer conocer públicamente esta mi respuesta a
todos sin excepción, para poner así de manifiesto que con esa verdad primordial
y fundamental de la Encarnación, ya recordada, está vinculado el ministerio,
que con la aceptación de la elección a Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol
Pedro, se ha convertido en mi deber específico en su misma Cátedra.
He escogido los
mismos nombres que había escogido mi amadísimo Predecesor Juan Pablo I. En
efecto, ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él declaró al Sacro Colegio que
quería llamarse Juan Pablo -un binomio de este género no tenía precedentes en
la historia del Papado- divisé en ello un auspicio elocuente de la gracia para
el nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca a
mí no sólo continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo
punto de partida. Esto precisamente quedó corroborado por mi elección de
aquellos dos nombres. Con esta elección, siguiendo el ejemplo de mi venerado
Predecesor, deseo al igual que él expresar mi amor por la singular herencia
dejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI y al mismo tiempo
mi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de Dios.
A través de estos
dos nombres y dos pontificados conecto con toda la tradición de esta Sede
Apostólica, con todos los Predecesores del siglo XX y de los siglos anteriores,
enlazando sucesivamente, a lo largo de las distintas épocas hasta las más
remotas, con la línea de la misión y del ministerio que confiere a la Sede de
Pedro un puesto absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VI
constituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, a
partir del cual quiero, en cierto modo en unión con Juan Pablo I, proseguir
hacia el futuro, dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia
al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Decía él, en
efecto, a los Apóstoles la víspera de su Pasión:«Os conviene que yo me vaya.
Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, os
lo enviaré». «Cuando venga el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre, el
Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros
daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo». «Pero
cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad
completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os
comunicará las cosas venideras».
3. Confianza en el Espíritu de Verdad y de Amor
Con plena
confianza en el Espíritu de Verdad entro pues en la rica herencia de los
recientes pontificados. Esta herencia está vigorosamente enraizada en la
conciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jamás conocido
anteriormente, gracias al Concilio Vaticano II, convocado e inaugurado por Juan
XXIII y, después, felizmente concluido y actuado con perseverancia por Pablo VI,
cuya actividad he podido observar de cerca. Me maravillaron siempre su profunda
prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícil período
posconciliar de su pontificado. Como timonel de la Iglesia, barca de Pedro,
sabía conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial incluso en los
momentos más críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde dentro,
manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad. Lo que,
efectivamente, el Espíritu dijo a la Iglesia mediante el Concilio de nuestro
tiempo, lo que en esta Iglesia dice a todas las Iglesias no puede -a pesar de
inquietudes momentáneas- servir más que para una mayor cohesión de todo el
Pueblo de Dios, consciente de su misión salvífica.
Precisamente de esta
conciencia contemporánea de la Iglesia, Pablo VI hizo el tema primero de su
fundamental Encíclica que comienza con las palabras Ecclesiam suam; a esta
Encíclica séame permitido, ante todo, referirme en este primero y, por así
decirlo, documento inaugural del actual pontificado. Iluminada y sostenida por
el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una conciencia cada vez más profunda, sea
respecto de su misterio divino, sea respecto de su misión humana, sea
finalmente respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente esta
conciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de esta
Iglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a consolidar y
profundizar esa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el testimonio de esa
profundísima conciencia de Iglesia. A través de los múltiples y frecuentemente
dolorosos acontecimientos de su pontificado, nos ha enseñado el amor intrépido
a la Iglesia, la cual, como enseña el Concilio, es «sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano».
4. En relación con la primera encíclica de Pablo VI
Precisamente por
esta razón, la conciencia de la Iglesia debe ir unida con una apertura
universal, a fin de que todos puedan encontrar en ella «la insondable riqueza
de Cristo», de que habla el Apóstol de las gentes. Tal apertura, orgánicamente
unida con la conciencia de la propia naturaleza, con la certeza de la propia
verdad, de la que dijo Cristo:«no es mía, sino del Padre que me ha enviado»,
determina el dinamismo apostólico, es decir, misionero de la Iglesia,
profesando y proclamando íntegramente toda la verdad transmitida por Cristo.
Ella debe conducir, al mismo tiempo, a aquel diálogo que Pablo VI en la
Encíclica Ecclesiam suam llamó «diálogo de la salvación», distinguiendo con
precisión los diversos ámbitos dentro de los cuales debe ser llevado a cabo.
Cuando hoy me refiero a este documento programático del pontificado de Pablo
VI, no ceso de dar gracias a Dios, porque este gran Predecesor mío y al mismo tiempo
verdadero padre, no obstante las diversas debilidades internas que han afectado
a la Iglesia en el período posconciliar, ha sabido presentar «ad extra», al
exterior, su auténtico rostro. De este modo, también una gran parte de la
familia humana, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, se ha
hecho, a mi parecer, más consciente de cómo sea verdaderamente necesaria para
ella la Iglesia de Cristo, su misión y su servicio. Esta conciencia se ha
demostrado a veces más fuerte que las diversas orientaciones críticas, que
atacaban «ab intra», desde dentro, a la Iglesia, a sus instituciones y
estructuras, a los hombres de la Iglesia y a su actividad. Tal crítica
creciente ha tenido sin duda causas diversas y estamos seguros, por otra parte,
de que no ha estado siempre privado de un sincero amor a la Iglesia.
Indudablemente, se ha manifestado en él, entre otras cosas, la tendencia a
superar el así llamado triunfalismo, del que se discutía frecuentemente en el
Concilio. Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Maestro
que era «humilde de corazón», esté fundada asimismo en la humildad, que tenga
el sentido crítico respecto a todo lo que constituye su carácter y su actividad
humana, que sea siempre muy exigente consigo misma, del mismo modo el
criticismo debe tener también sus justos límites. En caso contrario, deja de
ser constructivo, no revela la verdad, el amor y la gratitud por la gracia, de
la que nos hacemos principal y plenamente partícipes en la Iglesia y mediante
la Iglesia. Además el espíritu crítico no sería expresión de la actitud de
servicio, sino más bien de la voluntad de dirigir la opinión de los demás según
la opinión propia, divulgada a veces de manera demasiado desconsiderada.
Se debe gratitud
a Pablo VI porque, respetando toda partícula de verdad contenida en las
diversas opiniones humanas, ha conservado igualmente el equilibrio providencial
del timonel de la Barca. La Iglesia que -a través de Juan Pablo I- me ha sido
confiada casi inmediatamente después de él, no está ciertamente exenta de
dificultades y de tensiones internas. Pero al mismo tiempo se siente
interiormente más inmunizada contra los excesos del autocriticismo: se podría
decir que es más crítica frente a las diversas críticas desconsideradas, que es
más resistente respecto a las variadas «novedades», más madura en el espíritu
de discernimiento, más idónea a extraer de su perenne tesoro «cosas nuevas y
cosas viejas», más centrada en el propio misterio y, gracias a todo esto, más
disponible para la misión de la salvación de todos:«Dios quiere que todos los
hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad».
Esta Iglesia está
-contra todas las apariencias- mucho más unida en la comunión de servicio y en
la conciencia del apostolado. Tal unión brota de aquel principio de
colegialidad, recordado por el Concilio Vaticano II, que Cristo mismo injertó
en el Colegio apostólico de los Doce con Pedro a la cabeza y que renueva
continuamente en el Colegio de los Obispos, que crece cada vez más en toda la
tierra, permaneciendo unido con el Sucesor de San Pedro y bajo su guía. El
Concilio no sólo ha recordado este principio de colegialidad de los Obispos,
sino que lo ha vivificado inmensamente, entre otras cosas propiciando la
institución de un organismo permanente que Pablo VI estableció al crear el
Sínodo de los Obispos, cuya actividad no sólo ha dado una nueva dimensión a su
pontificado, sino que se ha reflejado claramente después, desde los primeros
días, en el pontificado de Juan Pablo I y en el de su indigno Sucesor.
El principio de
colegialidad se ha demostrado particularmente actual en el difícil período
posconciliar, cuando la postura común y unánime del Colegio de los Obispos -la
cual, sobre todo a través del Sínodo, ha manifestado su unión con el Sucesor de
Pedro- contribuía a disipar dudas e indicaba al mismo tiempo los caminos justos
para la renovación de la Iglesia, en su dimensión universal. Del Sínodo ha
brotado, entre otras cosas, ese impulso esencial para la evangelización que ha
encontrado su expresión en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
acogida con tanta alegría como programa de renovación de carácter apostólico y
también pastoral. La misma línea se ha seguido en los trabajos de la última
sesión ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar casi un año antes de
la desaparición del Pontífice Pablo VI y que fue dedicada -como es sabido- a la
catequesis. Los resultados de aquellos trabajos requieren aún una
sistematización y un enunciado por parte de la Sede Apostólica.
Dado que estamos
tratando del evidente desarrollo de la forma en que se expresa la colegialidad
episcopal, hay que recordar al menos el proceso de consolidación de las
Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia y de otras estructuras
colegiales de carácter internacional o continental. Refiriéndonos por otra
parte a la tradición secular de la Iglesia conviene subrayar la actividad de
los diversos Sínodos locales.
Fue en efecto
idea del Concilio, coherentemente ejecutada por Pablo VI, que las estructuras
de este tipo, experimentadas desde hace siglos por la Iglesia, así como otras
formas de colaboración colegial de los Obispos, por ejemplo, la provincia
eclesiástica, por no hablar ya de cada una de las diócesis, pulsasen con plena
conciencia de la propia identidad y a la vez de la propia originalidad, en la
unidad universal de la Iglesia. El mismo espíritu de colaboración y de
corresponsabilidad se está difundiendo también entre los sacerdotes, lo cual se
confirma por los numerosos Consejos Presbiterales que han surgido después del
Concilio. Este espíritu se ha extendido asimismo entre los laicos, confirmando
no sólo las organizaciones de apostolado seglar ya existentes, sino también
creando otras nuevas con perfil muchas veces distinto y con un dinamismo
excepcional. Por otra parte, los laicos, conscientes de su responsabilidad en
la Iglesia, se han empeñado de buen grado en la colaboración con los Pastores,
con los representantes de los Institutos de vida consagrada en el ámbito de los
Sínodos diocesanos o de los Consejos pastorales en las parroquias y en las
diócesis.
Me es necesario
tener en la mente todo esto al comienzo de mi pontificado, para dar gracias a
Dios, para dar nuevos ánimos a todos los Hermanos y Hermanas y para recordar
además con viva gratitud la obra del Concilio Vaticano II y a mis grandes
Predecesores que han puesto en marcha esta nueva «ola» de la vida de la
Iglesia, movimiento mucho más potente que los síntomas de duda, de
derrumbamiento y de crisis.
6. Hacia la unión de los cristianos
Y ¿qué decir de
todas las iniciativas brotadas de la nueva orientación ecuménica? El
inolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evangélica, planteó el problema de la
unión de los cristianos como simple consecuencia de la voluntad del mismo
Jesucristo, nuestro Maestro, afirmada varias veces y expresada de manera
particular en la oración del Cenáculo, la víspera de su muerte:«para que todos
sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti». El Concilio Vaticano II
respondió a esta exigencia de manera concisa con el Decreto sobre el
ecumenismo. El Papa Pablo VI, valiéndose de la actividad del Secretariado para
la unión de los Cristianos inició los primeros pasos difíciles por el camino de
la consecución de tal unión.¿Hemos ido lejos por este camino? Sin querer dar
una respuesta concreta podemos decir que hemos conseguido unos progresos
verdaderos e importantes. Una cosa es cierta: hemos trabajado con
perseverancia, coherencia y valentía, y con nosotros se han empeñado también
los representantes de otras Iglesias y de otras Comunidades cristianas, por lo
cual les estamos sinceramente reconocidos. Es cierto además que, en la presente
situación histórica de la cristiandad y del mundo, no se ve otra posibilidad de
cumplir la misión universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas
ecuménicos, que la de buscar lealmente, con perseverancia, humildad y con
valentía, las vías de acercamiento y de unión, tal como nos ha dado ejemplo
personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la unión sin desanimarnos
frente a las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de
este camino; de otra manera no seremos fieles a la palabra de Cristo, no
cumpliremos su testamento.¿Es lícito correr este riesgo?
Hay personas que,
encontrándose frente a las dificultades o también juzgando negativos los
resultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran preferido echarse
atrás. Algunos incluso expresan la opinión de que estos esfuerzos son dañosos
para la causa del evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia,
provocan confusión de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral, abocan a
un específico indiferentismo. Posiblemente será bueno que los portavoces de
tales opiniones expresen sus temores; no obstante, también en este aspecto hay
que mantener los justos límites. Es obvio que esta nueva etapa de la vida de la
Iglesia exige de nosotros una fe particularmente consciente, profunda y
responsable. La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento,
disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido
evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar
renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad
divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. A todos aquellos
que por cualquier motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la búsqueda de la
unidad universal de los cristianos hay que decirles una vez más:¿Nos es lícito
no hacerlo?¿Podemos no tener confianza -no obstante toda la debilidad humana,
todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados- en la
gracia de nuestro Señor, tal cual se ha revelado en los últimos tiempos a
través de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado durante el
Concilio? Obrando así, negaríamos la verdad que concierne a nosotros mismos y
que el Apóstol ha expresado de modo tan elocuente:«Mas por gracia de Dios soy
lo que soy, y la gracia que me confirió no resultó vana».
Aunque de modo distinto
y con las debidas diferencias, hay que aplicar lo que se ha dicho a la
actividad que tiende al acercamiento con los representantes de las religiones
no cristianas, y que se expresa a través del diálogo, los contactos, la oración
comunitaria, la búsqueda de los tesoros de la espiritualidad humana que -como
bien sabemos- no faltan tampoco a los miembros de estas religiones.¿No sucede
quizá a veces que la creencia firme de los seguidores de las religiones no
cristianas,-creencia que es efecto también del Espíritu de verdad, que actúa
más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico- haga quedar confundidos a
los cristianos, muchas veces tan dispuestos a dudar en las verdades reveladas
por Dios y proclamadas por la Iglesia, tan propensos al relajamiento de los
principios de la moral y a abrir el camino al permisivismo ético? Es cosa noble
estar predispuestos a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar
razón a todo lo que es justo; esto no significa absolutamente perder la certeza
de la propia fe, o debilitar los principios de la moral, cuya falta se hará
sentir bien pronto en la vida de sociedades enteras, determinando entre otras
cosas consecuencias deplorables.
II. El misterio
de la redención
Si las vías por
las que el Concilio de nuestro siglo ha encaminado a la Iglesia -vías indicadas
en su primera Encíclica por el llorado Papa Pablo VI- permanecen por largo
tiempo las vías que todos nosotros debemos seguir, a la vez, en esta nueva
etapa podemos justamente preguntarnos: ¿Cómo? ¿De qué modo hay que
proseguir?¿Qué hay que hacer a fin de que este nuevo adviento de la Iglesia,
próximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada
Escritura llama:«Padre sempiterno», Pater futuri saeculi? Esta es la pregunta
fundamental que el nuevo Pontífice debe plantearse, cuando, en espíritu de
obediencia de fe, acepta la llamada según el mandato de Cristo dirigido más de
una vez a Pedro:«Apacienta mis corderos», que quiere decir: Sé pastor de mi
rebaño; y después:«... una vez convertido, confirma a tus hermanos».
Es precisamente
aquí, carísimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta
fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu, la única
dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros
ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A él
nosotros queremos mirar, porque sólo en él, Hijo de Dios, hay salvación,
renovando la afirmación de Pedro «Señor,¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de
vida eterna».
A través de la
conciencia de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos los niveles
de esta conciencia y a través también de todos los campos de la actividad en
que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemos tender
constantemente a Aquel «que es la cabeza», a Aquel «de quien todo procede y
para quien somos nosotros», a Aquel que es al mismo tiempo «el camino, la
verdad» y «la resurrección y la vida», a Aquel que viéndolo nos muestra al Padre,
a Aquel que debía irse de nosotros -se refiere a la muerte en Cruz y después a
la Ascensión al cielo- para que el Abogado viniese a nosotros y siga viniendo
constantemente como Espíritu de verdad. En él están escondidos a todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia», y la Iglesia es su Cuerpo. La Iglesia
es en Cristo como un «sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo el género humano» y de esto es él la fuente.¡El
mismo!¡El, el Redentor!
La Iglesia no
cesa de escuchar sus palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruye con
la máxima devoción todo detalle particular de su vida. Estas palabras son
escuchadas también por los no cristianos. La vida de Cristo habla al mismo
tiempo a tantos hombres que no están aún en condiciones de repetir con
Pedro:«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». él, Hijo de Dios vivo, habla a
los hombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad,
su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte en
Cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono. La
Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección, que
constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato
del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía,
encontrando en ella la «fuente de la vida y de la santidad», el signo eficaz de
la gracia y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna. La
Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente
los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano:
a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo
hombre en particular, como si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol:«que
nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste
crucificado». La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención
que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su
misión.
8. Redención: creación renovada
¡Redentor del
mundo! En él se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdad
fundamental sobre la creación que testimonia el Libro del Génesis cuando repite
varias veces:«Y vio Dios ser bueno». El bien tiene su fuente en la Sabiduría y
en el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre -el
mundo que, entrando el pecado está sujeto a la vanidad- adquiere nuevamente el
vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del Amor. En
efecto,«amó Dios tanto al mundo, que le dio su unigénito Hijo». Así como en el
hombre-Adán este vínculo quedó roto, así en el Hombre-Cristo ha quedado unido
de nuevo. ¿Es posible que no nos convenzan, a nosotros hombres del siglo XX, las
palabras del Apóstol de las gentes, pronunciadas con arrebatadora elocuencia,
acerca de «la creación entera que hasta ahora gime y siente dolores de parto» y
«está esperando la manifestación de los hijos de Dios», acerca de la creación
que está sujeta a la vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha
verificado particularmente durante este nuestro siglo, en el campo de
dominación del mundo por parte del hombre,¿no revela quizá el mismo, y por lo
demás en un grado jamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión «a la
vanidad»? Baste recordar aquí algunos fenómenos como la amenaza de
contaminación del ambiente natural en los lugares de rápida industrialización,
o también los conflictos armados que explotan y se repiten continuamente, o las
perspectivas de autodestrucción a través del uso de las armas atómicas: al
hidrógeno, al neutrón y similares, la falta de respeto a la vida de los
no-nacidos. El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos, el
mundo de las conquistas científicas y técnicas, jamás logradas
anteriormente,¿no es al mismo tiempo que «gime y sufre» y «está esperando la
manifestación de los hijos de Dios»?
El Concilio
Vaticano II, en su análisis penetrante «del mundo contemporáneo», llegaba al
punto más importante del mundo visible: el hombre bajando -como Cristo- a lo
profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre,
que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra
«corazón». Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo único
e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su «corazón».
Justamente pues enseña el Concilio Vaticano II:«En realidad el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el
primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo
nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación». Y más adelante:«él, que es imagen de Dios invisible
(Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia
de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la
naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a
dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto
modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente
uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado». ¡El,
el Redentor del hombre!
9. Dimensión divina del misterio de la Redención
Al reflexionar
nuevamente sobre este texto maravilloso del Magisterio conciliar, no olvidamos
ni por un momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se ha convertido en
nuestra reconciliación ante el Padre. Precisamente él, solamente él ha dado
satisfacción al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principio
se manifestó en la creación del mundo, en la donación al hombre de toda la
riqueza de la creación, en hacerlo «poco menor que Dios», en cuanto creado «a
imagen y semejanza de Dios»; e igualmente ha dado satisfacción a la paternidad
de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con la ruptura de la
primera Alianza y de las posteriores que Dios «ha ofrecido en diversas
ocasiones a los hombres», La redención del mundo -ese misterio tremendo del
amor, en el que la creación es renovada- es en su raíz más profunda «la
plenitud de la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo
Primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos
hombres, los cuales, precisamente en el Hijo Primogénito, han sido
predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia,
llamados al amor. La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo
-Hombre, Hijo de María Virgen, hijo putativo de José de Nazaret-«deja» este
mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación de la eterna paternidad de
Dios, el cual se acerca de nuevo en él a la humanidad, a todo hombre, dándole
el tres veces santo «Espíritu de verdad».
Con esta
revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello
imborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la cruz y
de la muerte de Cristo. El Dios de la creación se revela como Dios de la
redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor al hombre y al
mundo, ya revelado el día de la creación. El suyo es amor que no retrocede ante
nada de lo que en él mismo exige la justicia. Y por esto al Hijo «a quien no
conoció el pecado le hizo pecado por nosotros para que en él fuéramos justicia
de Dios». Si «trató como pecado» a Aquel que estaba absolutamente sin pecado
alguno, lo hizo para revelar el amor que es siempre más grande que todo lo
creado, el amor que es él mismo, porque «Dios es amor». Y sobre todo el amor es
más grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación»,
más fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar,
siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo pródigo, siempre a la búsqueda
de la «manifestación de los hijos de Dios», que están llamados a la gloria.
Esta revelación del amor es definida también misericordia, y tal revelación del
amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un
nombre: se llama Jesucristo.
10. Dimensión humana del misterio de la Redención
El hombre no
puede vivir sin amor. él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida
está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el
amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.
Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela
plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es -si se puede expresar así- la
dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre
vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad.
En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es
nuevamente creado.¡El es creado de nuevo!«Ya no es judío ni griego: ya no es
esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús». El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no
solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a
veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre
e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte,
acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en él con todo su ser, debe
«apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención
para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él
da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí
mismo.¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido
tener tan grande Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el
hombre,«no muera sino que tenga la vida eterna»!
En realidad, ese
profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama
Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor
justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más,«en el
mundo contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza que
en su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y
misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamente
vinculado con Cristo. él determina también su puesto, su -por así decirlo-
particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad.
La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe
con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la
Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su
existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del
pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el misterio pascual que a
través de la cruz y la muerte conduce a la resurrección.
El cometido
fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra
es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de
toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a
tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo
Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la
esfera -queremos decir- de los corazones humanos, de las conciencias humanas y
de las vicisitudes humanas.
11. El Misterio de Cristo en la base de la misión de la Iglesia
y del cristianismo
El Concilio
Vaticano II ha llevado a cabo un trabajo inmenso para formar la conciencia
plena y universal de la Iglesia, a la que se refería el Papa Pablo VI en su
primera Encíclica. Tal conciencia -o más bien, autoconciencia de la Iglesia- se
forma «en el diálogo», el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la
propia atención al «otro», es decir, a aquél con el cual queremos hablar. El
Concilio ecuménico ha dado un impulso fundamental para formar la autoconciencia
de la Iglesia, dándonos, de manera tan adecuada y competente, la visión del
orbe terrestre como de un «mapa» de varias religiones. Además, ha demostrado
cómo a este mapa de las religiones del mundo se sobrepone en estratos -antes
nunca conocidos y característicos de nuestro tiempo- el fenómeno del ateísmo en
sus diversas formas, comenzando por el ateísmo programado, organizado y
estructurado en un sistema político.
Por lo que se
refiere a la religión, se trata ante todo de la religión como fenómeno
universal, unido a la historia del hombre desde el principio; seguidamente de
las diversas religiones no cristianas y finalmente del mismo cristianismo. El
documento conciliar dedicado a las religiones no cristianas está
particularmente lleno de profunda estima por los grandes valores espirituales,
es más, por la primacía de lo que es espiritual y que en la vida de la
humanidad encuentra su expresión en la religión y después en la moralidad que
refleja en toda la cultura. Justamente los Padres de la Iglesia veían en las
distintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad «como
gérmenes del Verbo», los cuales testimonian que, aunque por diversos caminos,
está dirigida sin embargo en una única dirección la más profunda aspiración del
espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios y al mismo tiempo
en la búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de la plena dimensión de la
humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana. El Concilio ha
dedicado una atención especial a la religión judía, recordando el gran
patrimonio espiritual y común a los cristianos y a los judíos, y ha expresado
su estima hacia los creyentes del Islam, cuya fe se refiere también a Abrahám.
Es sabido por otra parte que la religión de Israel tiene un pasado en común con
la historia del cristianismo: el pasado relativo a la Antigua Alianza.
Con la apertura
realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han
podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo,«misterio
escondido desde los siglos» en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el
Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En
Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha
acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el
hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del
valor transcendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.
Es necesario por
tanto que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y
nos unamos en torno a él mismo. Esta unión, en los diversos sectores de la
vida, de la tradición, de las estructuras y disciplinas de cada una de las Iglesias
y Comunidades eclesiales, no puede actuarse sin un valioso trabajo que tienda
al conocimiento recíproco y a la remoción de los obstáculos en el camino de una
perfecta unidad. No obstante podemos y debemos, ya desde ahora, alcanzar y
manifestar al mundo nuestra unidad: en el anuncio del misterio de Cristo, en la
revelación de la dimensión divina y humana también de la Redención, en la lucha
con perseverancia incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha
alcanzado y puede alcanzar continuamente en Cristo, que es la dignidad de la
gracia de adopción divina y también dignidad de la verdad interior de la
humanidad, la cual -si ha alcanzado en la conciencia común del mundo
contemporáneo un relieve tan fundamental- sobresale aún más para nosotros a la
luz de la realidad que es él: Cristo Jesús.
Jesucristo es
principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado
al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar
todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de
nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones
más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también
que es en nuestra época aún más necesaria y -no obstante las oposiciones- es
más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía
divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo
dijo que el «reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan»;
y además que «los hijos de este siglo son más avisados... que los hijos de la
luz». Aceptamos gustosamente este reproche para ser como aquellos «violentos de
Dios» que hemos visto tantas veces en la historia de la Iglesia y que
descubrimos todavía hoy para unirnos conscientemente a la gran misión, es
decir: revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a
sí mismo en él, ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y
hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en vías de desarrollo y
países de la opulencia, a todos en definitiva, a conocer las «insondables
riquezas de Cristo», porque éstas son para todo hombre y constituyen el bien de
cada uno.
12. Misión de la Iglesia y libertad del hombre
En esta unión la
misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben
descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena comunión.
Esta es la unión apostólica y misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta
unión podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu humano,
que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaración del
Concilio Vaticano II Nostra aetate. Gracias a ella, nos acercamos igualmente a
todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los hombres
de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento
que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misionera y del
misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el
Areópago de Atenas. La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de
profunda estima frente a lo que «en el hombre había», por lo que él mismo, en
lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e
importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu,
que «sopla donde quiere». La misión no es nunca una destrucción, sino una
purificación y una nueva construcción por más que en la práctica no siempre
haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión
que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la
que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.
Por esto la
Iglesia de nuestro tiempo da gran importancia a todo lo que el Concilio
Vaticano II ha expuesto en la Declaración sobre la libertad religiosa, tanto en
la primera como en la segunda parte del documento. Sentimos profundamente el
carácter empeñativo de la verdad que Dios nos ha revelado. Advertimos en
particular el gran sentido de responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia, por
institución de Cristo, es su custodia y maestra, estando precisamente dotada de
una singular asistencia del Espíritu Santo para que pueda custodiarla fielmente
y enseñarla en su más exacta integridad. Cumpliendo esta misión, miramos a
Cristo mismo, que es el primer evangelizador y miramos también a los Apóstoles,
Mártires y Confesores. La Declaración sobre la libertad religiosa nos muestra
de manera convincente cómo Cristo y, después sus Apóstoles, al anunciar la
verdad que no proviene de los hombres sino de Dios («mi doctrina no es mía,
sino del que me ha enviado», esto es, del Padre), incluso actuando con toda la
fuerza del espíritu, conservan una profunda estima por el hombre, por su
entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad. De este modo, la misma
dignidad de la persona humana se hace contenido de aquel anuncio, incluso sin
palabras, a través del comportamiento respecto de ella. Tal comportamiento
parece corresponder a las necesidades particulares de nuestro tiempo. Dado que
no en todo aquello que los diversos sistemas, y también los hombres en
particular, ven y propagan como libertad está la verdadera libertad del hombre,
tanto más la Iglesia, en virtud de su misión divina, se hace custodia de esta
libertad que es condición y base de la verdadera dignidad de la persona humana.
Jesucristo sale
al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas
palabras:«Conoceréis la verdad y la verdad os librará». Estas palabras
encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la
exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de
una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier
libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier
libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo.
También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que
trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al
hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas
raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia.¡Qué
confirmación tan estupenda de lo que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias
a Cristo y en Cristo, han alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado
hasta en condiciones de constricción exterior!
Jesucristo mismo,
cuando compareció como prisionero ante el tribunal de Pilatos y fue preguntado
por él acerca de la acusación hecha contra él por los representantes del
Sanedrín,¿no respondió acaso:«Yo para esto he venido al mundo, para dar
testimonio de la verdad»? Con estas palabras pronunciadas ante el juez, en el
momento decisivo, era como si confirmase, una vez más, la frase ya dicha
anteriormente:«Conoced la verdad y la verdad os hará libres». En el curso de
tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los
Apóstoles,¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecido
junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quizá a la muerte con
hombres condenados a causa de la verdad?¿Acaso cesa él de ser continuamente
portavoz y abogado del hombre que vive «en espíritu y en verdad»? Del mismo
modo que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es también con respecto a la
historia del hombre. La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que
forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo:«ya
llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en
espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es
espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad».