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Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II fue un concilio ecuménico de la Iglesia católica convocado por el papa Juan XXIII, quien lo anunció en el mes de enero de 1959. Fue uno de los eventos históricos que marcaron el siglo XX.

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El Concilio Ecuménico Vaticano II

 

(Bugnini, Annibale, La Reforma de la Liturgia (1948-1975) , Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999, p. 35-43.)

«ALTIORA PRINCIPIA»

Tras un largo camino, sembrado de amor, sudor y sufrimiento, la Constitución sobre la sagrada Liturgia salió del Concilio para servir de guía en la renovación de la Liturgia del pueblo de Dios.

Juan XXIII, en el Motu proprio «Rubricarum instructum» del 25 de julio de 1960, con el cual promulgaba el nuevo código de las rúbricas, declaraba que su fin era eminentemente práctico: aligerar el aparato rubrical de la misa y del oficio divino, dejando al Concilio la enunciación de los principios fundamentales, «altiora principia», para la reforma general de la liturgia.

La comisión preparatoria se esforzó por investigar cuáles son esos principios y formularlos en la Constitución. Sin pretender ser exhaustivo, se puede distinguir en la Constitución Sacrosanctum Concilium aprobada por el Concilio una doble serie de principios: orientativos y operativos.

I. PRINCIPIOS ORIENTATIVOS

1. La liturgia, «ejercicio del sacerdocio de Cristo» (n.7)

La liturgia es la teología hecha oración. En ella, por medio de signos sensibles, se significa y se realiza la santificación del hombre y el cuerpo místico de Cristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.

La liturgia tiene como centro a Cristo, el cual por su Muerte y Resurrección, pasando de este mundo al Padre, se ha hecho el Señor, dador de vida. Es la pascua de Cristo que, viviendo en el sacramento de la Iglesia, ha llegado a ser misterio de culto, en cuya celebración se continúa en el tiempo y «se hace presente la victoria y triunfo de su muerte». Así toda la liturgia no es otra cosa que la celebración, bajo aspectos y modos distintos, del misterio pascual, por el cual Cristo está siempre presente en la Iglesia, su Esposa amada, «la cual invoca en él a su Señor y por él tributa culto al Padre» (n.7).

El misterio pascual, pues, vuelve al centro de toda la liturgia. Eso se enuncia en nueve artículos. Sólo insertándose («sumergiéndose», diría Tertuliano) de nuevo en el misterio pascual, y sacando de ello todas las consecuencias prácticas, el mundo encontrará la salvación y se renovará a fondo la vida cristiana.

De ahí se sigue una nueva acentuación para las acciones litúrgicas y sacramentales: ser, cada vez más, «celebraciones», exaltación de Dios por la salvación operada por Cristo y actualizada en la Iglesia por el Espíritu Santo.

La atención no se centra en el mínimum indispensable para su validez, ni sólo en la forma externa considerada en sí misma, sino en la asamblea reunida para escuchar y responder a la palabra de Dios, participar en el sacramento, hacer memoria del Señor Jesús, dar gracias a Dios Padre que «nos ha regenerado en una esperanza viva por medio de la resurrección de jesucristo de entre los muertos» (1 Pe 1,3).

2. La liturgia, «cumbre y fuente» de la vida cristiana

La celebración litúrgica es la acción sagrada por excelencia de la Iglesia. El corazón de la Constitución es una profunda meditación sobre el misterio de la Iglesia contemplada como un torrente de amor brotado del costado abierto de Cristo en la cruz (n.5). La liturgia, como signo, da la imagen más verdadera y plena de la Iglesia, comunidad de culto reunida en torno al mismo altar, bajo la presidencia de sus legítimos pastores.Y el símbolo se hace realidad. En el sacramento eucarístico se nutre la Iglesia, que continuamente crece y se renueva en la celebración de la eucaristía y en la administración de los sacramentos.

De ahí que ninguna otra acción en la Iglesia alcance la eficacia de la celebración litúrgica. Ella es la cumbre, el punto de llegada de toda la acción evangelizadora y pastoral, y al mismo tiempo la fuente de la vida sobrenatural que alimenta su vida y su acción.

Es el ejercicio del poder sacerdotal de Cristo, mediante el cual Dios es glorificado y se lleva a cabo la santificación de los hombres.

La liturgia tiene por eso una función centralizadora y unificadora de todas las actividades de la Iglesia. La evangelización y la catequesis no son fines en sí, sino que tienden a llevar a los hombres a la plena comunión con Dios, a participar en la salvación, operada en Cristo y hecha presente en la celebración litúrgica. Por su parte, la liturgia, encendiendo el amor de Dios en el corazón de los fieles y el pleno conocimiento de su acción en favor de ellos, les impele a anunciar a los demás aquello que han visto y contemplado, a testimoniar en la vida lo que han recibido por la fe (n.10). Esta centralidad deberá ser tenida presente en la enseñanza, en la catequesis y en la práctica pastoral.

3. Participación plena, consciente y activa

La naturaleza misma de la liturgia y el carácter bautismal de los fieles, que les hace «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa y pueblo escogido de Dios para celebrar sus maravillas», exige que sean guiados a una «participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas» (n.14). Tienen el derecho y el deber. A esa plena y activa particípación de todo el pueblo se le presta especialísima atención en el cuadro de la reforma y de la promoción de la liturgia; ésa es la primera e indispensable fuente de la cual los fieles pueden beber el auténtico espíritu cristiano. Y es el motivo clave de la renovación litúrgica moderna y del documento conciliar.

No hay artículo que no refleje esta idea: la liturgia, culto y adoración de Dios, causa la santificación de los hombres; por lo tanto, debe ser seguida y celebrada participativamente por toda la comunidad de los fieles. A esta idea vuelve constantemente el pensamiento, ya se trate de la formación y educación litúrgica, o de la adaptación de la liturgia a la idiosincrasia y costumbres de los diversos pueblos, o de la celebración comunitaria, de la lengua, de las lecturas más abundantes de la Sagrada Escritura, de la misa, de los sacramentos, del oficio divino que debe ser una forma de oración apreciada también por los fieles, del año litúrgico, de la música sagrada, del arte sacro. Todo se propone desde el punto de vista de la participación consciente y devota que debe emanar de una bien organizada catequesis de los fieles y, ante todo, de un sólido y pleno sentido litúrgico de los sacerdotes y de los jóvenes alumnos de los seminarios.

4. Manifestación de la Iglesia (n.26)

En la celebración litúrgica, cuando todo el pueblo de Dios se reúne en torno a un mismo altar y participa activamente en la misma acción, unido en la oración, se da la mayor manifestación de la Iglesia. Y porque ella es «sacramento de unidad», las acciones litúrgicas pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia (n.26). Por esta razón, la celebración comunitaria ha de preferirse siempre a la individual. En ella debe manifestarse la naturaleza de la Iglesia, comunitaria y jerárquica; todos participan, pero cada uno desempeña su papel conforme al ministerio recibido, la naturaleza del rito y las normas litúrgicas (n.27 30).

El camino abierto por el Concilio tiende a cambiar radicalmente la faz de las asambleas litúrgicas tradicionales, en las que, por costumbre más que secular, el servicio de la liturgia lo realizaba casi exclusivamente el clero, mientras el pueblo «asistía» muy a menudo como extraño y mudo espectador. Un paciente trabajo de educación debera hacer comprender que la liturgia es la acción de todo el pueblo de Dios. La consecuencia no será sólo litúrgica, sino que influirá beneficiosamente en el desarrollo del sentido de Iglesia y en la creación de diversos ministerios para servicio de la comunidad.

5. «Unidad sustancial, no rígida uniformidad» (n.38)

Con este principio se produce una notable ruptura con el pasado. Durante varios siglos la Iglesia ha querido que en el rito romano el culto se desenvolviese en todo lugar con perfecta uniformidad. Las dos reformas litúrgicas que registra la historia, la del siglo VIII y la promovida por el Concilio de Trento en el siglo XVI, tuvieron ese objetivo específico. Los seis libros litúrgicos publicados en la edición típica desde 1569 a 1614 fueron durante cuatro siglos el código de la oración de la Iglesia en el que nada se podía «añadír o suprimir». Los obispos eran los custodios vigilantes de la fiel ejecución de cuanto en materia de liturgia establecía la Santa Sede, única legisladora en la materia (can. 1257).

En 1587 Sixto V creó la Sagrada Congregación de Ritos como órgano supremo «sacris Ritibus tutandis», y los siete volúmenes que recogen los cerca de 50.000 decretos dictados hasta nuestros días por aquel sagrado dicasterio son otros tantos testimonios del escrupuloso cuidado con que la autoridad suprema ha defendido la ley de la uniformidad de la oración para toda la Iglesia.

Hoy día las condiciones sociales, religiosas, ambientales, cultuales y culturales han cambiado extraordinariamente. Los pueblos en fase de desarrollo, que se abren a la luz del Evangelio, sienten una gran necesidad de no abandonar todo cuanto constituye una expresión genuina de su propia alma y de su patrimonio, que, a veces, en su estado puro, está ligado a usos y costumbres profundamente arraigadas.

He aquí por qué la Constitucion, haciéndose eco de los más recientes documentos pontificios, dice:

«La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades de las distintas razas y pueblos. Examina con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se armonice con su verdadero y auténtico espíritu» (n.37).

Y a continuación añade:

«Al revisar los libros litúrgicos, salvada la unidad sustancial del Rito romano, admítanse variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente en las Misiones; y téngase esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de los ritos y las rúbricas» (n.38) [1].

Este principio encuentra aplicación a lo largo de toda la Constitución, dando un nuevo sentido a la unidad y fortaleciendo la catolicidad, dos notas que deben permanecer como características intangibles de la oración litúrgica, como lo son también de la Iglesia [2].

La relevancia dada a la catolicidad, dentro de la unidad fundamental, también tiene consecuencias en el campo legislativo. La centralización absoluta del Concilio de Trento se abre ahora, en materia litúrgica, a un t 1 grado de autoridad: la Santa Sede, las Conferencias Episcopa es y los obispos diocesanos. A esas autoridades, en diversa medida, compete el ordenamiento de la liturgia (n.22). En particular, la Constitución reclama para el obispo, como «pontífice de su grey» (n.44), el deber de promover la vida litúrgica con el ejemplo y con todos los medios necesarios.

6. «Sana tradición» y «legítimo progreso» (n.23)

La liturgia se compone de una doble realidad: por una parte es invisible, inmutable y eterna, y por otra, humana, visible y cambiante. Es evidente que lo que le pertenece por institución divina es inmutable; no pasa lo mismo con lo que la Iglesia, realizando su actividad en el tiempo y en la tierra, ha instituido para revestir los elementos del culto divino con signos ritos que pusieran de manifiesto la riqueza y el sentido del misterio velado.

Esto último es precisamente lo que está sujeto a cubrirse con la pátina del tiempo, es decir a envejecer, y puede por eso mismo someterse a revisión y puesta al día, para que también la expresión del culto siga de cerca el paso juvenil de la Iglesia. En un organismo vivo eso es una exigencia de vida. La liturgia alimenta la vida de la Iglesia; ella misma debe ser vital; no puede estancarse y esclerotizarse. Pío XII, en 1947, lo afirmó con esta frase lapidaria: «La liturgia es algo permanente y vivo al mismo tiempo» [3]. Y Juan XXIII: «La liturgia no debe ser un precioso objeto de museo sino la oración viva de la Iglesia».

Ello no impide que también en la parte visible y humana de la liturgia haya elementos preciosísimos consagrados por una tradición secular, y por tanto intangibles en cierto modo, a los cuales hay que acercarse con respeto, amor y veneración. Defensa, por tanto, de la tradición. Pero, en el ámbito de la liturgia, abstracción hecha de las ideas propiamente teológicas, ¿qué es tradición? «La verdadera tradición en las cosas importantes, se ha escrito, no es hacer lo que otros han hecho, sino encontrar el espíritu con que aquello se hizo, y que en otros tiempos haría cosas totalmente distintas».

«Volver a encontrar el espíritu»: proceso por tanto de investigación y de revisión; examen cuidadoso, diligente, escrupuloso de cuanto constituye el patrimonio sagrado, para que la evaluación proceda objetiva, casi espontáneamente, del estudio, de la meditación, de la oración:

«Para conservar la sana tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo, debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral acerca de cada una de las partes que se han de revisar. Ténganse en cuenta, además, no sólo las leyes generales de la estructura y mentalidad litúrgica, sino también la experiencia adquirida con la reforma litúrgica reciente y con los indultos concedidos en diversos lugares. Por último, no se introduzcan innovaciones, si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente, a partir de las ya existentes» (n.23).

Con estos criterios, la actitud no podía ser más que ésta: defensa sin claudicación de lo que es verdaderamente patrimonio intangible, por ser, en cierto modo, inherente a la naturaleza de los ritos; diligente y cuidadosa evaluación de los otros elementos, resultante de un estudio profundo, de la meditación y de la oración, para adecuarlos a la doctrina, a la misión y a la dignidad del misterio de la Iglesia, que hoy, como en todo tiempo, debe llevar a las almas con medios adecuados el mensaje de la salvación.

Volver a encontrar el espíritu y hacer hablar a los ritos la lengua de nuestro tiempo, para que el hombre comprenda su lenguaje misterioso y sagrado a la vez. Proceso de investigación y de revisión. No un proceso a las vicisitudes de la liturgia, a las cuales no acusa ni mucho menos condena, sino un proceso que somete a crítica cualquier cosa que ha sur i_ do como fruto de un ambiente o de una ocasión particular, pero que la dejado de representar, a no ser con dificultad, el testimonio del reino de la gracia [4].

II. PRINCIPIOS OPERATIVOS

1. La lengua

El problema más profundamente sentido en el ambiente litúrgico era el de la lengua; problema arduo y delicado que tenía dos aspectos llenos a su vez de interrogantes: por una parte, la tradición de la Iglesia latina y las ventajas derivadas del uso de una lengua única, sagrada y técnica desde el unto de vista litúrgico y jurídico; por otra, la debilítada incisividad del mensaje y de la realidad divina, a causa de una lengua ininteligible para muchos. Se trataba o de renunciar en gran parte al latín, patrimonio secular de la Iglesia, o de reducir la eficacia del más natural, espontáneo y expresivo de los signos, que es la lengua. Ante las dos perspectivas, el Concilio no dudó en decidirse por la introducción de las lenguas vulgares en la liturgia. «Es preferible, repetía con San Agustín el Santo Padre Pablo VI, que nos critiquen los doctos, a que la liturgia contínúe siendo ininteligible para el pueblo».

La lengua vulgar en la liturgia no disminuye, sino que afianza la hermosa lengua latina tradicional, armoniosa y genial, vigorosa y austera, irradiante y seductora al mismo tiempo, con la cual generaciones y generaciones de cristianos han rezado. Las lenguas vivas habladas hoy no empobrecerán, sino que enriquecerán la liturgia y deberán facilitar el coloquio con Dios, sobre todo en el seno de las comunidades parroquiales. Pero, aun allí donde se use mayormente la lengua vulgar, permanecerán, a través del tiempo y del espacio, los vestigios de la liturgia primitiva. Por eso la Constitución quiere que, en la rnisa, los cantos en latín sean conocidos en todo el mundo para facilitar las grandes asambleas internacionales, unidas bajo el signo de la oración común.

2. La Palabra de Dios

Después de varios siglos, vuelve viva y vívificante la palabra de Dios a todos los ritos litúrgicos. Primero la palabra, después el sacramento. Es una pedagogía divina, alterada en el curso de los siglos y llegada hasta nosotros mutilada, deformada, osificada. Otra vuelta a los principios: ninguna acción lítúrgica sin la palabra.

Alguien objetaba, en la comisión central y también en el Concilio, que la mayoría de los fieles no estaban preparados para acoger gran abundancia de la Sagrada Escritura. Para algunos sería suficiente potenciar al máximo lo que ya se encontraba en el misal romano de origen tridentíno.

El Concilio ha tenido fe en la eficacia de la palabra para la formación cristiana. Ha creído, sobre todo por cuanto ha sancionado en la Constitución, que Cristo «está presente en su palabra, porque es él quien habla cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura» (n.7) y es él «quien continúa anunciando su evangelio» (n.33).

Por eso ha animado a dar a la Sagrada Escritura «un lugar de primera importancia en la celebración litúrgica», a fomentar hacía ella «un amor suave y vívo» (n.24), a fundar en ella la predicación, a multiplicar las celebraciones de la palabra de Dios (n.35), y a abrir con abundancia y variedad sus tesoros.

3. La catequesis

La renovación litúrgica, prevista y promovida por la Constitución, no se puede llevar a cabo con la observancia, casi mecánica, de cierto número de prescripciones, normas y reglas de ceremonias. Exige un espíritu, una mentalidad, un alma. Necesita una «iniciación» o educación litúrgíca, La necesidad de una catequesis fundada en la liturgia está probada en la más antigua tradición patrística. Todavía hoy se leen con admiración las catequesis de los Padres a los neófitos, sus homilías sobre las fiestas litúrgicas. Es todo un método de catequesis fundado en la palabra de Dios y en «los ritos y las oraciones» usados en las celebraciones. Éste es el método inculcado en la Constitución: introducir en la comprensión de la liturgia a través de «los ritos y las oraciones» (n.48), la formación bíblica, la comprensión de los salmos (n.90), la instrucción de aquellos que más directamente intervienen en las celebraciones: cantores, acólitos, lectores, comentaristas (n.29). Sólo una catequesis continua e incansable podrá ayudar a los fieles a penetrar en el mundo de la liturgia. Pero ningún efecto se podrá esperar si los sacerdotes, en primer lugar, no están formados en la liturgia. En otros tres artículos la Constitución insiste por ello en la enseñanza de la liturgia en los seminarios, en la preparación de los sacerdotes y en la especialización de los profesores (n. 15 18). Todavía más: en la necesidad de comisiones litúrgicas díocesanas, interdiocesanas y nacionales, con hombres peritos en liturgia, música, arte sacro, y actividad pastoral (n.44 46). Es un esfuerzo que la Constitución pide a toda la comunidad eclesial sin el cual quedaría en letra muerta la perspectiva de esa apertura.

4. El canto

El carácter comunitario de la liturgia y la necesaria belleza de que se debe revestir exigen la presencia en ella del canto. Eso da dulzura de expresión a la oración, favorece la unión de los ánimos, y enriquece los ritos con su solemnidad. No se trata de una añadidura externa, sino de una nota que brota de la naturaleza misma de la celebración de la victoria pascual de Cristo. Es inconcebible una íntima participación en esa realidad sin una manifestación gozosa por medio del canto. La Constitución lo considera «como parte necesaria o integrante de la liturgía solenme» (n. 112). Por tanto, siempre estará marcada por la presencia del canto.

Más allá de la conservación del patrimonio de incalculable valor del pasado, con la adopción de las lenguas del pueblo se abre un camino laborioso de creación, que sea digno del culto de Dios tanto por la letra como por la música. Una tarea que ocupará muchos años, que tendrá necesidad de un continuo perfeccionamiento, pero que es indispensable para una liturgia viva, sentida y activamente participada.

5. Reforma de la líturgia

Las orientaciones y principios de la Constitución litúrgica ponen a toda la Iglesia en un estado de movilización general. Los pastores de la Iglesia local con todos los agentes de pastoral, son impulsados a emprender el proceso de la formación litúrgica de los fieles, su familiaridad con la Sagrada Escritura, su participación activa en la celebración mediante la escucha, el canto, la oración, las aclamaciones y las respuestas. Y más aún, a iniciar la traducción de los libros litúrgicos: un campo completamente nuevo, lleno de dificultades y de responsabilidad.

Al mismo tiempo, se insta a la Santa Sede a preparar la reforma general de la liturgia (n.21), según los principios enunciados por el mismo Concilio en la Constitución sobre la sagrada liturgia. Será un trabajo delicado e inteligente de restauración, con el que «se supriman aquellos elementos que con el paso de los siglos se han duplicado o añadido con poca utilidad; se restablezcan conforme a la tradición de los Padres, y en la medida en que parezca oportuno o necesario, otros elementos que a su vez se han perdido con el tiempo» (n.50). Exigirá una simplificación para que los ritos resplandezcan con lo que la Constitución llama «noble sencillez», para que «sean claros en su brevedad y sin inútiles repeticiones; sean adaptados a la capacidad de comprensión de los fieles, y que, por lo general, no necesiten de muchas explicaciones» (n.34). Un trabajo que, sin desdeñar lo accesorio cuando tenga consistencia y utilidad pastoral, tienda a valorar lo esencial.

Estos campos de actividad exigen un esfuerzo no pequeño que ocupará las fuerzas más valiosas de la Iglesia durante varios años. No se puede improvisar la reforma de los libros litúrgicos ni su traducción. Todavía menos la formación de los fieles puede hacerse con cualquier instrucción superficial, sino con trabajo lento, constante, inteligente y prolongado. Los principios del Concilio se llevarán a la práctica gradualmente. El camino será largo y difícil, pero seguro. Al final de ese camino estará la liturgia renovada que devolverá al pueblo de Dios el sentido de lo sagrado y del misterio y le ayudará a incorporarse a él.

* * *

[1] El principio de la adaptación impregna los diversos temas tratados sucesivamente en la Constitución; cf. n.65 (el bautismo), 77 (el matrimonio), 81 (los funerales), 119 (la música sacra), 123 (arte sacro).

[2] Cf. A. BUGNINI, La liturgia fonte e culmine della vita della Chiesa, en Fede e Arte 12 (1964) 6 11.

[3] ID., Documenta... 95.

[4] Cf. G. FALLANI, In preparazione al Concilio Vaticano II. L'Arte sacra e la liturgia, en Fede e Arte 10 (1962) 19 25.