CATECISMO
DE LA IGLESIA CATÓLICA
(con las últimas correcciones para la
traducción en lengua española
según la edición típica latina)
(1-25)
Prólogo
"PADRE, esta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado
Jesucristo" (Jn 17,3). "Dios, nuestro Salvador... quiere que todos
los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tim
2,3-4). "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que
nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12), sino el nombre de JESUS.
I. LA VIDA DEL HOMBRE: CONOCER Y AMAR A DIOS
1 Dios, infinitamente
Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado
libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso,
en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a
buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los
hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace
mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de
los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo,
sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.
2 Para que esta llamada
resuene en toda la tierra, Cristo envió a los apóstoles que había escogido,
dándoles el mandato de anunciar el evangelio: "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt
28,19-20). Fortalecidos con esta misión, los apóstoles "salieron a
predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la
Palabra con las señales que la acompañaban" (Mc 16,20).
3 Quienes con la ayuda
de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a
ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por
todas partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los apóstoles
ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de Cristo son
llamados a transmitirlo de generación en generación, anunciando la fe,
viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia y en la
oración (cf. Hch 2,42).
II TRANSMITIR LA FE: LA CATEQUESIS
4 Muy pronto se llamó
catequesis al conjunto de los esfuerzos
realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a
creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, por la fe, tengan la vida en
su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el
Cuerpo de Cristo (cf. Juan Pablo II, CT 1,2).
5 En su sentido más
restringido, "globalmente, se puede considerar aquí que la catequesis es
una educación en la fe de los niños, de los jóvenes y adultos que comprende
especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo
orgánico y sistemático con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida
cristiana" (CT 18).
6 Sin confundirse con
ellos, la catequesis se articula dentro de un cierto número de elementos de la
misión pastoral de la Iglesia, que tienen un aspecto catequético, que preparan
para la catequesis o que derivan de ella: primer anuncio del Evangelio o
predicación misionera para suscitar la fe; búsqueda de razones para creer;
experiencia de vida cristiana: celebración de los sacramentos; integración en
la comunidad eclesial; testimonio apostólico y misionero (cf. CT 18).
7 "La catequesis
está unida íntimamente a toda la vida de la Iglesia. No sólo la extensión
geográfica y el aumento numérico de la Iglesia, sino también y más aún su
crecimiento interior, su correspondencia con el designio de Dios dependen
esencialmente de ella" (CT 13).
8 Los periodos de renovación
de la Iglesia son también tiempos fuertes de la catequesis. Así, en la gran
época de los Padres de la Iglesia, vemos a santos obispos consagrar una parte
importante de su ministerio a la catequesis. Es la época de S. Cirilo de
Jerusalén y de S. Juan Crisóstomo, de S. Ambrosio y de S. Agustín, y de muchos
otros Padres cuyas obras catequéticas siguen siendo modelos.
9 El ministerio de la
catequesis saca energías siempre nuevas de los Concilios. El Concilio de Trento
constituye a este respecto un ejemplo digno de ser destacado: dio a la
catequesis una prioridad en sus constituciones y sus decretos; de él nació el
Catecismo Romano que lleva también su nombre y que constituye una obra de
primer orden como resumen de la doctrina cristiana; este Concilio suscitó en la
Iglesia una organización notable de la catequesis; promovió, gracias a santos
obispos y teólogos como S. Pedro Canisio, S. Carlos Borromeo, S. Toribio de
Mogrovejo, S. Roberto Belarmino, la publicación de numerosos catecismos.
10 No es extraño, por
ello, que, en el dinamismo del Concilio Vaticano segundo (que el Papa Pablo VI
consideraba como el gran catecismo de los tiempos modernos), la catequesis de
la Iglesia haya atraído de nuevo la atención. El "Directorio general de la
catequesis" de 1971, las sesiones del Sínodo de los Obispos consagradas a
la evangelización (1974) y a la catequesis (1977), las exhortaciones
apostólicas correspondientes, "Evangelii nuntiandi" (1975) y
"Catechesi tradendae" (1979), dan testimonio de ello. La sesión extraordinaria
del Sínodo de los Obispos de 1985 pidió "que sea redactado un catecismo o
compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la
moral" (Relación final II B A 4). El santo Padre, Juan Pablo II, hizo suyo
este deseo emitido por el Sínodo de los Obispos reconociendo que "responde
totalmente a una verdadera necesidad de la Iglesia universal y de las Iglesias
particulares" (Discurso del 7 de Diciembre de 1985). El Papa dispuso todo
lo necesario para que se realizara la petición de los padres sinodales.
III FIN Y DESTINATARIOS DE ESTE CATECISMO
11 Este catecismo tiene
por fin presentar una exposición orgánica y sintética de los contenidos
esenciales y fundamentales de la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre
la moral, a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de
la Iglesia. Sus fuentes principales son la Sagrada Escritura, los Santos
Padres, la Liturgia y el Magisterio de la Iglesia. Está destinado a servir
"como un punto de referencia para los catecismos o compendios que sean
compuestos en los diversos países" (Sínodo de los Obispos 1985. Relación
final II B A 4).
12 Este catecismo está
destinado principalmente a los responsables de la catequesis: en primer lugar a
los Obispos, en cuanto doctores de la fe y pastores de la Iglesia. Les es
ofrecido como instrumento en la realización de su tarea de enseñar al Pueblo de
Dios. A través de los obispos se dirige a los redactores de catecismos, a los
sacerdotes y a los catequistas. Será también de útil lectura para todos los
demás fieles cristianos.
IV LA ESTRUCTURA DE ESTE CATECISMO
13 El plan de este
catecismo se inspira en la gran tradición de los catecismos los cuales
articulan la catequesis en torno a cuatro "pilares": la profesión de
la fe bautismal (el Símbolo), los Sacramentos de la fe, la vida de fe (los
Mandamientos), la oración del creyente (el Padre Nuestro).
Primera parte: la profesión de la fe
14 Los que por la fe y
el Bautismo pertenecen a Cristo deben confesar su fe bautismal delante de los
hombres (cf. Mt 10,32; Rom 10,9). Para esto, el Catecismo expone en primer
lugar en qué consiste la Revelación por la que Dios se dirige y se da al
hombre, y la fe, por la cual el hombre responde a Dios (Sección primera). El
Símbolo de la fe resume los dones que Dios hace al hombre como Autor de todo
bien, como Redentor, como Santificador y los articula en torno a los "tres
capítulos" de nuestro Bautismo -la fe en un solo Dios: el Padre
Todopoderoso, el Creador; y Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor y Salvador; y el
Espíritu Santo, en la Santa Iglesia (Sección segunda).
Segunda parte: Los sacramentos de la fe
15 La segunda parte del
catecismo expone cómo la salvación de Dios, realizada una vez por todas por
Cristo Jesús y por el Espíritu Santo, se hace presente en las acciones sagradas
de la liturgia de la Iglesia (Sección primera), particularmente en los siete
sacramentos (Sección segunda).
Tercera parte: La vida de fe
16 La tercera parte del
catecismo presenta el fin último del hombre, creado a imagen de Dios: la
bienaventuranza, y los caminos para llegar a ella: mediante un obrar recto y
libre, con la ayuda de la ley y de la gracia de Dios (Sección primera);
mediante un obrar que realiza el doble mandamiento de la caridad, desarrollado
en los diez Mandamientos de Dios (Sección segunda).
Cuarta parte: La oración en la vida de la fe
17 La última parte del
Catecismo trata del sentido y la importancia de la oración en la vida de los
creyentes (Sección primera). Se cierra con un breve comentario de las siete
peticiones de la oración del Señor (Sección segunda). En ellas, en efecto,
encontramos la suma de los bienes que debemos esperar y que nuestro Padre
celestial quiere concedernos.
V INDICACIONES PRACTICAS PARA EL USO
DE ESTE CATECISMO
18 Este Catecismo está
concebido como una exposición orgánica de toda la fe católica. Es preciso, por
tanto, leerlo como una unidad. Numerosas referencias en el interior del texto y
el índice analítico al final del volumen permiten ver cada tema en su
vinculación con el conjunto de la fe.
19 Con frecuencia, los
textos de la Sagrada Escritura no son citados literalmente, sino indicando sólo
la referencia (mediante cf). Para una inteligencia más profunda de esos
pasajes, es preciso recurrir a los textos mismos. Estas referencias bíblicas
son un instrumento de trabajo para la catequesis.
20 Cuando, en ciertos
pasajes, se emplea letra pequeña, con ello se indica que se trata de
puntualizaciones de tipo histórico, apologético o de exposiciones doctrinales
complementarias.
21 Las citas, en letra
pequeña, de fuentes patrísticas, litúrgicas, magisteriales o hagiográficas
tienen como fin enriquecer la exposición doctrinal. Con frecuencia estos textos
han sido escogidos con miras a un uso directamente catequético.
22 Al final de cada
unidad temática, una serie de textos breves resumen en fórmulas condensadas lo
esencial de la enseñanza. Estos "resúmenes" tienen como finalidad
ofrecer sugerencias para fórmulas sintéticas y memorizables en la catequesis de
cada lugar.
VI LAS ADAPTACIONES NECESARIAS
23 El acento de este
Catecismo se pone en la exposición doctrinal. Quiere, en efecto, ayudar a
profundizar el conocimiento de la fe. Por lo mismo está orientado a la maduración
de esta fe, su enraizamiento en la vida y su irradiación en el testimonio (cf.
CT 20-22; 25).
24 Por su misma
finalidad, este Catecismo no se propone dar una respuesta adaptada, tanto en el
contenido cuanto en el método, a las exigencias que dimanan de las diferentes
culturas, de edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y
eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis. Estas indispensables
adaptaciones corresponden a catecismos propios de cada lugar, y más aún a
aquellos que toman a su cargo instruir a los fieles:
El que enseña debe
"hacerse todo a todos" (1 Cor 9,22), para ganarlos a todos para
Jesucristo...¡Sobre todo que no se imagine que le ha sido confiada una sola
clase de almas, y que, por consiguiente, le es lícito enseñar y formar
igualmente a todos los fieles en la verdadera piedad, con un único método y
siempre el mismo! Que sepa bien que unos son, en Jesucristo, como niños recién
nacidos, otros como adolescentes, otros finalmente como poseedores ya de todas
sus fuerzas... Los que son llamados al ministerio de la predicación deben, al
transmitir la enseñanza del misterio de la fe y de las reglas de las
costumbres, acomodar sus palabras al espíritu y a la inteligencia de sus
oyentes (Catech. R., Prefacio, 11).
25 Por encima de todo
la Caridad. Para concluir esta presentación es oportuno recordar el principio
pastoral que enuncia el Catecismo Romano:
Toda la finalidad de la
doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no acaba. Porque se
puede muy bien exponer lo que es preciso creer, esperar o hacer; pero sobre
todo se debe siempre hacer aparecer el Amor de Nuestro Señor a fin de que cada
uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente cristiano no tiene otro
origen que el Amor, ni otro término que el Amor (Catech. R., Prefacio, 10).