(2725-2865)
Artículo
2 EL COMBATE DE LA ORACION
2725 La oración es un don de la gracia y una
respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes
orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los
santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra
nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por
separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive,
porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el
Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El
"combate espiritual" de la vida nueva del cristiano es inseparable
del combate de la oración.
I LAS OBJECIONES A LA ORACION
2726 En el combate de la oración, tenemos que
hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos
sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un
esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a
actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es
una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo.
Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto
porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente
de ellos.
2727 También tenemos que hacer frente a
mentalidades de "este mundo" que nos invaden si no estamos
vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar
por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra
conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da
rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el sensualismo
y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y de belleza (y he
aquí que la oración es "amor de la Belleza absoluta" (philocalia), y
sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y verdadero); y por reacción
contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista
como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede
escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).
2728 Por último, en este combate hay que hacer
frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la
sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos
"muchos bienes" (cf Mc 10, 22), decepción por no ser escuchados según
nuestra propia voluntad, herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra
indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración... La conclusión
es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad,
confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.
II NECESIDAD DE UNA HUMILDE VIGILANCIA
Frente a las dificultades de la oración
2729 La dificultad habitual de la oración es la
distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras
y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse
a Aquel al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como
en la meditación y en la oración contemplativa. Salir a la caza de la
distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la
distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta
toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser
purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt
6,21.24).
2730 Mirado positivamente, el combate contra el yo
posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la
vigilancia, es siempre en relación a El, a su Venida, al último día y al
"hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe
apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal
27, 8).
2731 Otra dificultad, especialmente para los que
quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en
la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y
sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la
fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El
grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Si la sequedad se
debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el
combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6. 13).
Frente a las tentaciones en la oración
2732 La tentación más frecuente, la más oculta, es
nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en
unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios
mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes.
2733 Otra tentación a la que abre la puerta la
presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma
de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al
descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está
pronto pero la carne es débil" (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el
reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le
lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.
III LA CONFIANZA FILIAL
2734
La confianza filial se prueba en la
tribulación (cf. Rm 5, 3-5), particularmente cuando se ora pidiendo para sí o
para los demás. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es
escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de
petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o
"eficaz".
Queja por la oración no escuchada
2735 He aquí una observación llamativa: cuando
alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos
preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando
pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios
presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro
Señor Jesucristo?
2736 ¿Estamos convencidos de que "nosotros no
sabemos pedir como conviene" (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los "bienes
convenientes"? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que
nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8) pero espera nuestra petición porque la
dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su
Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo (cf Rm 8, 27).
2737 "No tenéis porque no pedís. Pedís y no
recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras
pasiones" (St 4, 2-3; cf. todo el contexto St 4, 1-10; 1, 5-8; 5, 16). Si
pedimos con un corazón dividido, "adúltero" (St 4, 4), Dios no puede
escucharnos porque él quiere nuestro bien, nuestra vida. "¿Pensáis que la
Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que El ha hecho
habitar en nosotros" (St 4,5)? Nuestro Dios está "celoso" de
nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su
Espíritu y seremos escuchados:
No te aflijas si no recibes de Dios
inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía
mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración (Evagrio, or. 34). El
quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para
recibir lo que él está dispuesto a darnos (San Agustín, ep. 130, 8, 17).
La oración es eficaz
2738 La revelación de la oración en la economía de
la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La
confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión
y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su
Providencia y su designio de amor hacia los hombres.
2739 En San Pablo, esta confianza es audaz (cf Rm
10, 12-13), basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del
Padre que nos ha dado a su Hijo único (cf Rm 8, 26-39). La transformación del
corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.
2740 La oración de Jesús hace de la oración
cristiana una petición eficaz. El es su modelo. El ora en nosotros y con
nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al
Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al
Dador?.
2741 Jesús ora también por nosotros, en nuestro
lugar y favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por
todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección:
por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf Hb 5, 7; 7, 25; 9,
24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza
y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de
lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.
IV PERSEVERAR EN EL AMOR
2742 "Orad constantemente" (1 Ts 5, 17),
"dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro
Señor Jesucristo" (Ef 5, 20), "siempre en oración y suplica, orando
en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e
intercediendo por todos los santos" (Ef 6, 18)."No nos ha sido
prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley
que nos manda orar sin cesar" (Evagrio, cap. pract. 49). Este ardor
incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra
pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y
perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe,
luminosas y vivificantes:
2743 Orar es siempre posible: El tiempo del
cristiano es el de Cristo resucitado que está "con nosotros, todos los
días" (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24).
Nuestro tiempo está en las manos de Dios:
Es posible, incluso en el mercado o en
un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en
vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina (San Juan
Crisóstomo, ecl.2).
2744 Orar es una necesidad vital: si no nos
dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5,
16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser "vida nuestra", si nuestro
corazón está lejos de él?
Nada vale como la oración: hace posible
lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que
ora pueda pecar (San Juan Crisóstomo, Anna 4, 5)
Quien ora se salva ciertamente, quien
no ora se condena ciertamente (San Alfonso María de Ligorio, mez.).
2745
Oración y vida cristiana son
inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede
del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre.
La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más
con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús
nos ha amado. "Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá.
Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn 15, 16-17).
Ora continuamente el que une la oración
a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el
principio de la oración continua (Orígenes, or. 12).
LA
ORACION DE LA HORA DE JESUS
2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre
(cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la
Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su
Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida "una vez por
todas", permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la
"hora de Jesús" sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.
2747 La tradición cristiana acertadamente la
denomina la oración "sacerdotal" de Jesús. Es la oración de nuestro
Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su "paso" [pascua]
hacia el Padre donde él es "consagrado" enteramente al Padre (cf Jn
17, 11. 13. 19).
2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo
está "recapitulado" en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y
la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo
traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la
humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.
2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y
su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los
siglos. La oración de la "hora de Jesús" llena los últimos tiempos y
los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo,
se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad
soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado
sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator.
Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros
y el Dios que nos escucha.
2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a
orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña:
"Padre Nuestro". La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde
dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre
del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17,
1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio
de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn
17, 15).
2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela
y nos da el "conocimiento" indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn
17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.
RESUMEN
2752 La oración supone un esfuerzo y una lucha
contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador. El combate de la
oración es inseparable del "combate espiritual" necesario para actuar
habitualmente según el Espíritu de Cristo: Se ora como se vive porque se vive
como se ora.
2753
En el combate de la oración debemos
hacer frente a concepciones erróneas, a diversas corrientes de menta lidad, a
la experiencia de nuestros fracasos. A estas tentaciones que ponen en duda la
utilidad o la posibilidad misma de la oración conviene responder con humildad,
confianza y perseverancia.
2754
Las dificultades principales en el ejercicio
de la or ación son la distracción y la sequedad. El remedio está en la fe, la
conversión y la vigilancia del corazón.
2755
Dos tentaciones frecuentes amenazan la
oración: la falta de fe y la acedia que es una forma de depresión debida al
relajamiento de la ascesis y que lleva al desaliento.
2756 La confianza filial se pone a prueba cuando
tenemos el sentimiento de no ser siempre escuchados. El Evangelio nos invita a
conformar nuestra oración al deseo del Espíritu.
2757
"Orad continuamente" (1 Ts 5,
17). Orar es siempre posible . Es incluso una necesidad vital. Oración y vida
cristiana son inseparables.
2758 La oración de la "hora de Jesús",
llamada rectamente "oración sacerdotal" (cf Jn 17), recapitula toda
la Economía de la creación y de la salvación. Inspira las grandes peticiones
del "Padre Nuestro".
SEGUNDA
SECCION: LA ORACION DEL SEÑOR: "PADRE NUESTRO"
2759.
"Estando él [Jesús] en cierto lugar,
cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Maestro, enséñanos a orar, como
enseñó Juan a sus discípulos.'" (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición,
el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana
fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones: cf Lc
11, 2-4), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones: cf Mt
6, 9-13). la tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San
Mateo:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en
el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos
ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
2760 Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la
oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: "Tuyo
es el poder y la gloria por siempre". Las Constituciones apostólicas (7,
24, 1) añaden en el comienzo: "el reino"': y ésta la fórmula actual
para la oración ecuménica. La tradición bizantina añade después un gloria al
"Padre, Hijo y Espíritu Santo". El misal romano desarrolla la última
petición (Embolismo: "líbranos del mal") en la perspectiva explícita
de "aguardando la feliz esperanza" (Tt 2, 13) y "la gloriosa
venida de nuestro Salvador Jesucristo"; después se hace la aclamación de
la asamblea, volviendo a tomar la doxología de las Constituciones apostólicas.
Artículo
1 "RESUMEN DE TODO EL
EVANGELIO"
2761 "La oración dominical es en verdad el
resumen de todo el Evangelio" (Tertuliano, or. 1). "Cuando el Señor
hubo legado esta fórmula de oración, añadió: 'Pedid y se os dará' (Lc 11, 9).
Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus
necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo
la oración fundamental" (Tertuliano, or. 10).
I CORAZON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
2762 Después de haber expuesto cómo los salmos son
el alimento principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del
Padre Nuestro, San Agustín concluye:
Recorred todas las oraciones que hay en
las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la
oración dominical (ep. 130, 12, 22).
2763 Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y
los Salmos) se cumplen en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta
"Buena Nueva". Su primer anuncio está resumido por San Mateo en el
Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está
en el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las
peticiones de la oración que nos dio el Señor:
La oración dominical es la más perfecta
de las oraciones... En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con
rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta
oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra
afectividad. (Santo Tomás de A., s. th. 2-2. 83, 9).
2764 El Sermón de la Montaña es doctrina de vida,
la oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da
forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra
vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a
pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la
de nuestra vida en El.
II "LA ORACION DEL SEÑOR"
2765 La expresión tradicional "Oración
dominical" [es decir, "oración del Señor"] significa que la
oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que
nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es "del Señor". Por
una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las
palabras que el Padre le ha dado (cf Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra
oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre
las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el
Modelo de nuestra oración.
2766 Pero Jesús no nos deja una fórmula para
repetirla de modo mecánico (cf Mt 6, 7; 1 R 18, 26-29). Como en toda oración
vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de
Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración
filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en
nosotros "espíritu y vida" (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la
posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre "ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '¡Abbá, Padre!'" (Ga
4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también
"el que escruta los corazones", el Padre, quien "conoce cuál es
la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es
según Dios" (Rm 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión
misteriosa del Hijo y del Espíritu.
III ORACION DE LA IGLESIA
2767 Este don indisociable de las palabras del
Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha
sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras
comunidades recitan la Oración del Señor "tres veces al día" (Didaché
8, 3), en lugar de las "Dieciocho bendiciones" de la piedad judía.
2768 Según la Tradición apostólica, la Oración del
Señor está arraigada esencialmente en la oración litúrgica.
El Señor nos enseña a orar en común por
todos nuestros hermanos. Porque él no dice "Padre mío" que estás en el
cielo, sino "Padre nuestro", a fin de que nuestra oración sea de una
sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt.
19, 4).
En todas las tradiciones litúrgicas, la
Oración del Señor es parte integrante de las principales Horas del Oficio
divino. Este carácter eclesial aparece con evidencia sobre todo en los tres
sacramentos de la iniciación cristiana:
2769 En el Bautismo y la Confirmación, la entrega
["traditio"] de la Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a
la vida divina. Como la oración cristiana es hablar con Dios con la misma
Palabra de Dios, "los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios
vivo" (1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que
él escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la
Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones, sus
oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la mayor parte de los
comentarios patrísticos del Padre Nuestro están dirigidos a los catecúmenos y a
los neófitos. Cuando la Iglesia reza la Oración del Señor, es siempre el Pueblo
de los "neófitos" el que ora y obtiene misericordia (cf 1 P 2, 1-10).
2770 En la Liturgia eucarística, la Oración del
Señor aparece como la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido
pleno y su eficacia. Situada entre la Anáfora (Oración eucarística) y la
liturgia de la Comunión, recapitula por una parte todas las peticiones e
intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis, y, por otra parte, llama
a la puerta del Festín del Reino que la comunión sacramental va a anticipar.
2771 En la Eucaristía, la Oración del Señor
manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración
propia de los "últimos tiempos", tiempos de salvaci ón que han
comenzado con la efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del
Señor. Las peticiones al Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua
Alianza, se apoyan en el misterio de salvación ya realizado, de una vez por
todas, en Cristo crucificado y resucitado.
2772 De esta fe inquebrantable brota la esperanza
que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del
tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual "aún
no se ha manifestado lo que seremos" (1 Jn 3, 2; cf Col. 3, 4). La
Eucaristía y el Padrenuestro están orientados hacia la venida del Señor,
"¡hasta que venga!" (1 Co. 11, 26).
RESUMEN
2773 En respuesta a la petición de sus discípulos
("Señor, enséñanos a orar": Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración
cristiana fundamental, el "Padre Nuestro".
2774
"La oración dominical es, en
verdad, el resumen de todo el Evangelio" (Tertuliano, or. 1), "la más
perfecta de las oraciones" (Santo Tomás de A. s. th. 2-2, 83, 9). Es el
corazón de las Sagradas Escrituras.
2775
Se llama "Oración dominical"
porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.
2776
La Oración dominical es la oración por
excelencia de la Iglesia. Forma parte integrante de las principales Horas del
Oficio divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo,
Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter
"escatológico" de sus peticiones, en la esperanza del Señor,
"hasta que venga" (1 Co 11, 26).
Artículo
2 "PADRE NUESTRO QUE
ESTAS EN EL CIELO"
I ACERCARSE A EL CON TODA CONFIANZA
2777 En la liturgia romana, se invita a la
asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las
liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: "Atrevernos
con toda confianza", "Haznos dignos de". Ante la zarza ardiendo,
se le dijo a Moisés: "No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus
pies" (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía
franquear Jesús, el que "después de llevar a cabo la purificación de los
pecados" (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: "Hénos
aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio" (Hb 2, 13):
La conciencia que tenemos de nuestra
condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena
se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de
su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: 'Abbá, Padre' (Rm 8, 15) ...
¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino
solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto?
(San Pedro Crisólogo, serm. 71).
2778 Este poder del Espíritu que nos introduce en
la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con
la bella palabra, típicamente cristiana: "parrhesia", simplicidad sin
desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de
ser amado (cf Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28; 3, 21; 5, 14).
II "¡PADRE!"
2779 Antes de hacer nuestra esta primera
exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro
corazón de ciertas imágenes falsas de "este mundo". La humildad nos
hace reconocer que "nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el
Hijo se lo quiera revelar", es decir "a los pequeños" (Mt 11,
25-27). La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o
maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que
impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre transciende las
categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en
este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar
en su misterio, tal como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado:
La expresión Dios Padre no había sido
revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era El, oyó otro
nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este
nombre implica el nuevo nombre del Padre (Tertuliano, or. 3).
2780 Podemos invocar a Dios como "Padre"
porque él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo
hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos
entrever, es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1),
he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes
creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).
2781 Cuando oramos al Padre estamos en comunión
con El y con su Hijo, Jesucristo (cf 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo reconocemos
con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una
bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios
es que nosotros le reconozcamos como "Padre", Dios verdadero. Le
damos gracias por habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en
él y por haber sido habitados por su presencia.
2782 Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho
renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el
Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu
que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros
"cristos":
Dios, en efecto, que nos ha destinado a
la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por
tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados
"cristos" con justa causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3,
1).
El hombre nuevo, que ha renacido y
vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: "¡Padre!", porque ha
sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat. 9).
2783 Así pues, por la Oración del Señor, hemos
sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el
Padre (cf GS 22, 1):
Tú, hombre, no te atrevías a levantar
tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has
recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De
siervo malo, te has convertido en buen hijo... Eleva, pues, los ojos hacia el
Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no
reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo,
mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la
gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo (San Ambrosio, sacr. 5, 19).
2784 Este don gratuito de la adopción exige por
nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre
debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:
El deseo y la voluntad de asemejarnos a
él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que
responder a ella.
Es necesario acordarnos, cuando
llamemos a Dios 'Padre nuestro', de que debemos comportarnos como hijos de Dios
(San Cipriano, Dom. orat. 11).
No podéis llamar Padre vuestro al Dios
de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya
no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial (San Juan
Crisóstomo, hom. in Mt 7, 14).
Es necesario contemplar continuamente
la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma (San Gregorio de Nisa,
or. dom. 2).
2785 Un corazón humilde y confiado que nos hace
volver a ser como niños (cf Mt 18, 3); porque es a "los pequeños" a
los que el Padre se revela (cf Mt 11, 25):
Es una mirada a Dios nada más, un gran
fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla
con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad
en verdad entrañable (San Juan Casiano, coll. 9, 18).
Padre nuestro: este nombre suscita en
nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración, ... y también la
esperanza de obtener lo que vamos a pedir ...¿Qué puede El, en efecto, negar a
la oración de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?
(San Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16).
III PADRE "NUESTRO"
2786 Padre "Nuestro" se refiere a Dios.
Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación
totalmente nueva con Dios.
2787 Cuando decimos Padre "nuestro",
reconocemos ante todo que todas sus promesas de amor anunciadas por los
Profetas se han cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado
a ser "su Pueblo" y El es desde ahora en adelante "nuestro
Dios". Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente:
por amor y fidelidad (cf Os 2, 21-22; 6, 1-6) tenemos que responder "a la
gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo (Jn 1, 17).
2788 Como la Oración del Señor es la de su Pueblo
en los "últimos tiempos", ese "nuestro" expresa también la
certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva
Jerusalén dirá al vencedor: "Yo seré su Dios y él será mi hijo" (Ap
21, 7).
2789 Al decir Padre "nuestro", es al
Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien nos dirigimos personalmente. No
dividimos la divinidad, ya que el Padre es su "fuente y origen", sino
confesamos que eternamente el Hijo es engendrado por El y que de El procede el
Espíritu Santo. No confundimos de ninguna manera las personas, ya que
confesamos que nuestra comunión es con el Padre y su Hijo, Jesucristo, en su
único Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es consubstancial e indivisible.
Cuando oramos al Padre, le adoramos y le glorificamos con el Hijo y el Espíritu
Santo.
2790 Gramaticalmente, "nuestro" califica
una realidad común a varios. No hay más que un solo Dios y es reconocido Padre
por aquellos que, por la fe en su Hijo único, han renacido de El por el agua y
por el Espíritu (cf 1 Jn 5, 1; Jn 3, 5). La Iglesia es esta nueva comunión de
Dios y de los hombres: unida con el Hijo único hecho "el primogénito de
una multitud de hermanos" (Rm 8, 29) se encuentra en comunión con un solo
y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu (cf Ef 4, 4-6). Al decir Padre
"nuestro", la oración de cada bautizado se hace en esta comunión:
"La multitud de creyentes no tenía más que un solo corazón y una sola
alma" (Hch 4, 32).
2791 Por eso, a pesar de las divisiones entre los
cristianos, la oración al Padre "nuestro" continúa siendo un bien
común y un llamamiento apremiante para todos los bautizados. En comunión con
Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración
de Jesús por la unidad de sus discípulos (cf UR 8; 22).
2792 Por último, si recitamos en verdad el
"Padre Nuestro", salimos del individualismo, porque de él nos libera
el Amor que recibimos. El adjetivo "nuestro" al comienzo de la
Oración del Señor, así como el "nosotros" de las cuatro últimas
peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad (cf Mt 5,
23-24; 6, 14-16), debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre
nosotros.
2793 Los bautizados no pueden rezar al Padre
"nuestro" sin llevar con ellos ante El todos aquellos por los que el
Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra
oración tampoco debe tenerla (cf. NA 5). Orar a "nuestro" Padre nos
abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres
y por todos los que no le conocen aún para que "estén reunidos en la
unidad" (Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por
toda la creación ha animado a todos los grandes orantes.
IV "QUE ESTAS EN EL CIELO"
2794 Esta expresión bíblica no significa un lugar
["el espacio"] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino
su majestad. Dios Padre no está "fuera", sino "más allá de
todo" lo que acerca de la santidad divina puede el hombre concebir. Como
es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras 'Padre
nuestro que estás en el Cielo' hay que entenderlas en relación al corazón de
los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora
desea ver que reside en él Aquél a quien invoca (San Agustín, serm. Dom. 2, 5.
17).
El "cielo" bien podía ser también
aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y
se pasea (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
2795 El símbolo del cielo nos remite al misterio
de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su
morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra "patria". De la patria
de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el
cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18.
21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85,
12), porque el Hijo "ha bajado del cielo", solo, y nos hace subir
allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12,
32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).
2796 Cuando la Iglesia ora diciendo "Padre
nuestro que estás en el cielo", profesa que somos el Pueblo de Dios
"sentado en el cielo, en Cristo Jesús" (Ef 2, 6), "ocultos con
Cristo en Dios" (Col 3, 3), y, al mismo tiempo, "gemimos en este
estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación
celestial" (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20; Hb 13, 14):
Los cristianos están en la carne, pero
no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del
cielo (Epístola a Diogneto 5, 8-9).
RESUMEN
2797 La confianza sencilla y fiel, la seguridad
humilde y alegre son las disposiciones propias del que reza el "Padre
Nuestro".
2798
Podemos invocar a Dios como
"Padre" porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en
quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.
2799
La oración del Señor nos pone en
comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Al mismo tiempo, nos revela a
nosotros mismos. (cf GS 22,1).
2800 Orar al Padre debe hacer crecer en nosotros
la voluntad de asemejarnos a él, así como debe fortalecer un corazón humilde y
confiado.
2801 Al decir Padre "Nuestro", invocamos
la nueva Alianza en Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la
caridad divina que se extiende por medio de la Iglesia a lo largo del mundo.
2802 "Que estás en el cielo" no designa
un lugar sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos.
El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde
tendemos y a la que ya pertenecemos.
Artículo
3: LAS SIETE PETICIONES
2803.
Después de habernos puesto en presencia
de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial
hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres
primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las cuatro
últimas, como caminos hacia El, ofrecen nuestra miseria a su Gracia.
"Abismo que llama al abismo" (Sal 42, 8).
2804. El primer grupo de peticiones nos lleva hacia
El, para El: ¡tu Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar
primeramente en Aquél que amamos. En cada una de estas tres peticiones,
nosotros no "nos" nombramos, sino que lo que nos mueve es "el
deseo ardiente", "el ansia" del Hijo amado, por la Gloria de su
Padre,(cf Lc 22, 14; 12, 50): "Santificado sea ... venga ... hágase
...": estas tres súplicas ya han sido escuchadas en el Sacrificio de
Cristo Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su
cumplimiento final mientras Dios no sea todavía todo en todos (cf 1 Co 15, 28).
2805 El segundo grupo de peticiones se desenvuelve
en el movimiento de ciertas epíclesis eucarísticas: son la ofrenda de nuestra
esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y
nos afecta ya ahora, en este mundo: "danos ... perdónanos ... no nos dejes
... líbranos". La cuarta y la quinta petición se refieren a nuestra vida
como tal, sea para alimentarla, sea para curarla del pecado; las dos últimas se
refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida, el combate mismo de la
oración.
2806 Mediante las tres primeras peticiones somos
afirmados en la fe, llenos de esperanza y abrasados por la caridad. Como
criaturas y pecadores todavía, debemos pedir para nosotros, un
"nosotros" que abarca el mundo y la historia, que ofrecemos al amor
sin medida de nuestro Dios. Porque nuestro Padre cumple su plan de salvación
para nosotros y para el mundo entero por medio del Nombre de Cristo y del Reino
del Espíritu Santo.
I SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
2807 El término "santificar" debe
entenderse aquí, en primer lugar, no en su sentido causativo (solo Dios
santifica, hace santo) sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como
santo, tratar de una manera santa. Así es como, en la adoración, esta
invocación se entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias (cf
Sal 111, 9; Lc 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a
desear profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre se comprometen.
Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos sumergidos en el misterio
íntimo de su Divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad.
Pedirle que su Nombre sea santificado nos implica en "el benévolo designio
que él se propuso de antemano" para que nosotros seamos "santos e
inmaculados en su presencia, en el amor" (cf Ef 1, 9. 4).
2808 En los momentos decisivos de su Economía,
Dios revela su Nombre, pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se
realiza para nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por
nosotros y en nosotros.
2809 La santidad de Dios es el hogar inaccesible
de su misterio eterno. Lo que se manifiesta de él en la creación y en la
historia, la Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf Sal
8; Is 6, 3). Al crear al hombre "a su imagen y semejanza" (Gn 1, 26),
Dios "lo corona de gloria" (Sal 8, 6), pero al pecar, el hombre queda
"privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23). A partir de entonces, Dios
manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir al hombre
"a la imagen de su Creador" (Col 3, 10).
2810 En la promesa hecha a Abraham y en el
juramento que la acompaña (cf Hb 6, 13), Dios se compromete a sí mismo sin
revelar su Nombre. Empieza a revelarlo a Moisés (cf Ex 3, 14) y lo manifiesta a
los ojos de todo el pueblo salvándolo de los egipcios: "se cubrió de
Gloria" (Ex 15, 1). Desde la Alianza del Sinaí, este pueblo es
"suyo" y debe ser una "nación santa" (o consagrada, es la
misma palabra en hebreo: cf Ex 19, 5-6) porque el Nombre de Dios habita en él.
2811 A pesar de la Ley santa que le da y le vuelve
a dar el Dios Santo (cf Lv 19, 2: "Sed santos, porque yo, el Señor,
vuestro Dios soy santo"), y aunque el Señor "tuvo respeto a su
Nombre" y usó de paciencia, el pueblo se separó del Santo de Israel y
"profanó su Nombre entre las naciones" (cf Ez 20, 36). Por eso, los
justos de la Antigua Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los
profetas se sintieron inflamados por la pasión por su Nombre.
2812 Finalmente, el Nombre de Dios Santo se nos ha
revelado y dado, en la carne, en Jesús, como Salvador (cf Mt 1, 21; Lc 1, 31):
revelado por lo que él ss, por su Palabra y por su Sacrificio (cf Jn 8, 28; 17,
8; 17, 17-19). Esto es el núcleo de su oración sacerdotal: "Padre santo
... por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados
en la verdad" (Jn 17, 19). Jesús nos "manifiesta" el Nombre del
Padre (Jn 17, 6) porque "santifica" él mismo su Nombre (cf Ez 20, 39;
36, 20-21). Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que está sobre todo
nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (cf Flp 2, 9-11).
2813
En el agua del bautismo, hemos sido
"lavados, santificados, justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y
en el Espíritu de nuestro Dios" (1 Co 6, 11). A lo largo de nuestra vida,
nuestro Padre "nos llama a la santidad" (1 Ts 4, 7) y como nos viene
de él que "estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros
santificación" (1 Co 1, 30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida el
que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la exigencia
de nuestra primera petición.
¿Quién podría santificar a Dios puesto
que él santifica? Inspirándonos nosotros en estas palabras 'Sed santos porque
yo soy santo' (Lv 20, 26), pedimos que, santificados por el bautismo,
perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días
porque faltamos diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una
santificación incesante... Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta
santidad permanezca en nosotros (San Cipriano, Dom orat. 12).
2814 Depende inseparablemente de nuestra vida y de
nuestra oración que su Nombre sea santificado entre las naciones:
Pedimos a Dios santificar su Nombre
porque él salva y santifica a toda la creación por medio de la santidad... Se trata
del Nombre que da la salvación al mundo perdido pero nosotros pedimos que este
Nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros
vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es
blasfemado, según las palabras del Apóstol: 'el nombre de Dios, por vuestra
causa, es blasfemado entre las naciones'(Rm 2, 24; Ez 36, 20-22). Por tanto,
rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo es el
nombre de nuestro Dios (San Pedro Crisólogo, serm. 71).
Cuando decimos "santificado sea tu
Nombre", pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en él, pero
también en los otros a los que la gracia de Dios espera todavía para
conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros
enemigos. He ahí por qué no decimos expresamente: Santificado sea tu Nombre 'en
nosotros', porque pedimos que lo sea en todos los hombres (Tertuliano, or. 3).
2815 Esta petición, que contiene a todas, es
escuchada gracias a la oración de Cristo, como las otras seis que siguen. La
oración del Padre nuestro es oración nuestra si se hace "en el
Nombre" de Jesús (cf Jn 14, 13; 15, 16; 16, 24. 26). Jesús pide en su
oración sacerdotal: "Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado"
(Jn 17, 11).
II VENGA A NOSOTROS TU REINO
2816 En el Nuevo Testamento, la palabra
"basileia" se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino
(nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios
está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de
todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de
Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El
Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:
Incluso puede ser que el Reino de Dios
signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los
días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es
nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de
Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).
2817 Esta petición es el "Marana Tha",
el grito del Espíritu y de la Esposa: "Ven, Señor Jesús":
Incluso aunque esta oración no nos
hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar
esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las
almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos:
'¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra
sangre a los habitantes de la tierra?' (Ap 6, 10). En efecto, los mártires
deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la
venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).
2818 En la oración del Señor, se trata principalmente
de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2,
13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más
bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del
Espíritu del Señor "a fin de santificar todas las cosas llevando a
plenitud su obra en el mundo" (MR, plegaria eucarística IV).
2819 "El Reino de Dios es justicia y paz y
gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que
estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado
un combate decisivo entre "la carne" y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):
Solo un corazón puro puede decir con
seguridad: '¡Venga a nosotros tu Reino!'. Es necesario haber estado en la
escuela de Pablo para decir: 'Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo
mortal' (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y
sus palabras, puede decir a Dios: '¡Venga tu Reino!' (San Cirilo de Jerusalén,
catech. myst. 5, 13).
2820 Discerniendo según el Espíritu, los
cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el
progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están
implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la
vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las
energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la
justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).
2821 Esta petición está sostenida y escuchada en
la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su
fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7,
12-13).
III HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL
CIELO
2822
La voluntad de nuestro Padre es
"que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la
verdad" (1 Tm 2, 3-4). El "usa de paciencia, no queriendo que algunos
perezcan" (2 P 3, 9; cf Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los
demás y que nos dice toda su voluntad es que "nos amemos los unos a los
otros como él nos ha amado" (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).
2823 El nos ha dado a "conocer el Misterio de
su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano ... :
hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza ... a él por quien entramos en
herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo
conforme a la decisión de su Voluntad" (Ef 1, 9-11). Pedimos con
insistencia que se realice plenamente este designio benévolo, en la tierra como
ya ocurre en el cielo.
2824 En Cristo, y por medio de su voluntad humana,
la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús
dijo al entrar en el mundo: " He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu
voluntad" (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: "Yo hago
siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). En la oración de su agonía,
acoge totalmente esta Voluntad: "No se haga mi voluntad sino la tuya"
(Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús "se entregó
a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios" (Ga 1, 4).
"Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de
una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 10).
2825 Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que
padeció, experimentó la obediencia" (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la
deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser
hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la
de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del
mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y
con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad
y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre
(cf Jn 8, 29):
Adheridos a Cristo, podemos llegar a
ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se
hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).
Considerad cómo Jesucristo nos enseña a
ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro
esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga
universalmente por toda la tierra. Porque no dice 'Que tu voluntad se haga' en
mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error sea desterrado de
ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la
virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo
(San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).
2826 Por la oración, podemos "discernir cuál
es la voluntad de Dios" (Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener "constancia
para cumplirla" (Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de
los cielos, no mediante palabras, sino "haciendo la voluntad de mi Padre
que está en los cielos" (Mt 7, 21).
2827 "Si alguno cumple la voluntad de Dios, a
ese le escucha" (Jn 9, 31; cf 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración
de la Iglesia en el Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es
comunión de intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf Lc 1, 38. 49) y con
todos los santos que han sido "agradables" al Señor por no haber
querido más que su Voluntad:
Incluso podemos, sin herir la verdad,
cambiar estas palabras: 'Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo' por
estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que
le ha sido desposada, como en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre
(San Agustín, serm. Dom. 2, 6, 24).
IV DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DIA
2828 "Danos": es hermosa la confianza de
los hijos que esperan todo de su Padre. "Hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5, 45) y da a todos los
vivientes "a su tiempo su alimento" (Sal 104, 27). Jesús nos enseña
esta petición; con ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo
hasta qué punto es Bueno más allá de toda bondad.
2829 Además, "danos" es la expresión de
la Alianza: nosotros somos de El y él de nosotros, para nosotros. Pero este
"nosotros" lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y
nosotros le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus
sufrimientos.
2830 "Nuestro pan". El Padre que nos da
la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes
convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la montaña, Jesús
insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro
Padre (cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13) sino
que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es
el abandono filial de los hijos de Dios:
A los que buscan el Reino y la justicia
de Dios, él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a
Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios. (S.
Cipriano, Dom. orat. 21).
2831 Pero la existencia de hombres que padecen
hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del
hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad
efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su
solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no
puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16, 19-31) y del
juicio final (cf Mt 25, 31-46).
2832 Como la levadura en la masa, la novedad del
Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (cf AA 5). Debe
manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y
sociales, económicas e internacionales, sin olvidar jamás que no hay estructura
justa sin seres humanos que quieran ser justos.
2833 Se trata de "nuestro" pan,
"uno" para "muchos": La pobreza de las Bienaventuranzas
entraña compartir los bienes: invita a comunicar y compartir bienes materiales
y espirituales, no por la fuerza sino por amor, para que la abundancia de unos
remedie las necesidades de otros (cf 2 Co 8, 1-15).
2834 "Ora et labora" (cf. San Benito,
reg. 20; 48). "Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad como si
todo dependiese de vosotros". Después de realizado nuestro trabajo, el
alimento continúa siendo don de nuestro Padre; es bueno pedírselo, dándole
gracias por él. Este es el sentido de la bendición de la mesa en una familia
cristiana.
2835 Esta petición y la responsabilidad que
implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los
hombres: "No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo
lo que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3; Mt 4, 4), es decir, de su
Palabra y de su Espíritu. Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos
para "anunciar el Evangelio a los pobres". Hay hambre sobre la
tierra, "mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de
Dios" (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta
cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que
acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (cf Jn 6,
26-58).
2836
"Hoy" es también una expresión
de confianza. El Señor nos lo enseña (cf Mt 6, 34; Ex 16, 19); no hubiéramos
podido inventarlo. Como se trata sobre todo de su Palabra y del Cuerpo de su
Hijo, este "hoy" no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el
Hoy de Dios:
Si recibes el pan cada día, cada día
para ti es hoy. Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti.
¿Cómo es eso? 'Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy' (Sal 2, 7). Hoy, es
decir, cuando Cristo resucita (San Ambrosio, sacr. 5, 26).
2837 "De cada día". La palabra griega,
"epiousios", no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en
un sentido temporal, es una repetición pedagógica de "hoy" (cf Ex 16,
19-21) para confirmarnos en una confianza "sin reserva". Tomada en un
sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier
bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8). Tomada al pie de la letra
[epiousios: "lo más esencial"], designa directamente el Pan de Vida,
el Cuerpo de Cristo, "remedio de inmortalidad" (San Ignacio de
Antioquía) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56)
Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este
"día" es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la
Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la
liturgia eucarística se celebre "cada día".
La Eucaristía es nuestro pan cotidiano.
La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al
Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo
que recibimos... Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que
oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis.
Todo eso es necesario en nuestra peregrinación (San Agustín, serm. 57, 7, 7).
El Padre del cielo nos exhorta a pedir
como hijos del cielo el Pan del cielo (cf Jn 6, 51). Cristo "mismo es el
pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión,
cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los
altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial" (San
Pedro Crisólogo, serm. 71)
V PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO TAMBIEN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo
comprendiera la primera parte de la frase, -"perdona nuestras
ofensas"- podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras
peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es
"para la remisión de los pecados". Pero, según el segundo miembro de
la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una
exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla
precedido; una palabra las une: "como".
Perdona nuestras ofensas
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar
a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido
que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura
bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva
petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos
reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra
petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos al mismo
tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en
su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Col
1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los
sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, este desbordamiento de
misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado
a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible;
no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana
a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas,
el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del
Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la
única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf
Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la
Alianza es imposible para el hombre. Pero "todo es posible para
Dios".
... como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden
2842 Este "como" no es el único en la
enseñanza de Jesús: "Sed perfectos 'como' es perfecto vuestro Padre
celestial" (Mt 5, 48); "Sed misericordiosos, 'como' vuestro Padre es
misericordioso" (Lc 6, 36); "Os doy un mandamiento nuevo: que os
améis los unos a los otros. Que 'como' yo os he amado, así os améis también
vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del
Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata
de una participación, vital y nacida "del fondo del corazón", en la
santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu
que es "nuestra Vida" (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos
sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del
perdón se hace posible, "perdonándonos mutuamente 'como' nos perdonó Dios
en Cristo" (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor
sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La
parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la
comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: "Esto mismo
hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a
vuestro hermano". Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón"
donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y
olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en
compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de
los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su
Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no
puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además,
el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el
pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón
es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los
hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón,
esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de
"pecados" según Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de
hecho nosotros somos siempre deudores: "Con nadie tengáis otra deuda que
la del mutuo amor" (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la
fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en
la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
Dios no acepta el sacrificio de los que
provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con
sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación
más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (San Cipriano, Dom. orat.
23: PL 4, 535C-536A).
VI NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACION
2846 Esta petición llega a la raíz de la anterior,
porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.
Pedimos a nuestro Padre que no nos "deje caer" en ella. Traducir en
una sola palabra el texto griego es difícil: significa "no permitas entrar
en" (cf Mt 26, 41), "no nos dejes sucumbir a la tentación".
"Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie" (St 1, 13), al
contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino
que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate "entre la
carne y el Espíritu". Esta petición implora el Espíritu de discernimiento
y de fuerza.
2847 El Espíritu Santo nos hace discernir entre la
prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (cf Lc 8, 13-15; Hch
14, 22; 2 Tm 3, 12) en orden a una "virtud probada" (Rm 5, 3-5), y la
tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf St 1, 14-15). También debemos
distinguir entre "ser tentado" y "consentir" en la
tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la
tentación: aparentemente su objeto es "bueno, seductor a la vista,
deseable" (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.
Dios no quiere imponer el bien, quiere
seres libres ... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo
que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo
manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y
obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado
(Orígenes, or. 29).
2848 "No entrar en la tentación" implica
una decisión del corazón: "Porque donde esté tu tesoro, allí también
estará tu corazón ... Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6, 21-24).
"Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu" (Ga
5, 25). El Padre nos da la fuerza para este "dejarnos conducir" por
el Espíritu Santo. "No habéis sufrido tentación superior a la medida
humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras
fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con
éxito" (1 Co 10, 13).
2849 Pues bien, este combate y esta victoria sólo
son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del
Tentador, desde el principio (cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía
(cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su
combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia
en comunión con la suya (cf Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40). La
vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que
"nos guarde en su Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de
despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Co 16, 13; Col 4, 2; 1 Ts 5,
6; 1 P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la
tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final.
"Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Ap 16,
15).
VII Y LIBRANOS DEL MAL
2850 La última petición a nuestro Padre está
también contenida en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del
mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición
concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el
"nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de
toda la familia humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones
de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado
y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en "comunión
con los santos" (cf RP 16).
2851 En esta petición, el mal no es una
abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se
opone a Dios. El "diablo" ["dia-bolos"] es aquél que
"se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida
en Cristo.
2852 "Homicida desde el principio, mentiroso
y padre de la mentira" (Jn 8, 44), "Satanás, el seductor del mundo
entero" (Ap 12, 9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte
entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera
será "liberada del pecado y de la muerte" (MR, Plegaria Eucarística IV).
"Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado
de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y
que el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5, 18-19):
El Señor que ha borrado vuestro pecado
y perdonado vuestras faltas también os protege y os gua rda contra las astucias
del Diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de
engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio.
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8,
31) (S. Ambrosio, sacr. 5, 30).
2853 La victoria sobre el "príncipe de este
mundo" (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que
Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de
este mundo, y el príncipe de este mundo está "echado abajo" (Jn 12,
31; Ap 12, 11). "El se lanza en persecución de la Mujer" (cf Ap 12,
13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, "llena de gracia"
del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte
(Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre
virgen). "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al
resto de sus hijos" (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran:
"Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará del
Maligno.
2854 Al pedir ser liberados del Maligno, oramos
igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros
de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia
presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los
males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia
de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la
humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que "tiene
las llaves de la Muerte y del Hades" (Ap 1,18), "el Dueño de todo,
Aquél que es, que era y que ha de venir" (Ap 1,8; cf Ap 1, 4):
Líbranos de todos los males, Señor, y
concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras
esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo (MR, Embolismo).
LA
DOXOLOGIA FINAL
2855 La doxología final "Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria por siempre Señor" vuelve a tomar,
implícitamente, las tres primeras peticiones del Padrenuestro: la glorificación
de su nombre, la venida de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero
esta repetición se hace en forma de adoración y de acción de gracias, como en
la Liturgia celestial (cf Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13). El príncipe de este mundo se
había atribuido con mentira estos tres títulos de realeza, poder y gloria (cf
Lc 4, 5-6). Cristo, el Señor, los restituye a su Padre y nuestro Padre, hasta
que le entregue el Reino, cuando sea consumado definitivamente el Misterio de
la salvación y Dios sea todo en todos (cf 1 Co 15, 24-28).
2856 "Después, terminada la oración, dices:
Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa 'Así sea' (cf Lc 1,
38), lo que contiene la oración que Dios nos enseñó" (San Cirilo de
Jerusalén, catech. myst. 5, 18).
RESUMEN
2857 En el Padrenuestro, las tres primeras
peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre,
la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro
presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida
para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por
la victoria del Bien sobre el Mal.
2858
Al pedir: "Santificado sea tu
Nombre" entramos en el plan de Dios, la santificación de su Nombre
-revelado a Moisés, después en Jesús - por nosotros y en nosotros, lo mismo que
en toda nación y en cada hombre.
2859
En la segunda petición, la Iglesia tiene
principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de
Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el "hoy" de
nuestras vidas.
2860
En la tercera petición, rogamos al Padre
que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en
la vida del mundo.
2861 En la cuarta petición, al decir
"danos", expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra
confianza filial en nuestro Padre del cielo. "Nuestro pan" designa el
alimento terrenal necesario para la subsistencia de todos y significa también
el Pan de Vida: Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el
"hoy" de Dios, como el alimento indispensable, lo más esencial del
Festín del Reino que anticipa la Eucaristía.
2862
La quinta petición implora para nuestras
ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón
si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de
Cristo.
2863 Al decir: "No nos dejes caer en la
tentación", pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce
al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza;
solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.
2864 En la última petición, "y líbranos del
mal", el cristiano pide a Dios con la Iglesia que manifieste la victoria,
ya conquistada por Cristo, sobre el "Príncipe de este mundo", sobre
Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a Su plan de salvación.
2865
Con el "Amén" final expresamos
nuestro "fiat" respecto a las siete peticiones: "Así sea".
CONSTITUCION
APOSTOLICA FIDEI DEPOSITUM
para
la publicación del
Catecismo
de la Iglesia Católica
redactado
siguiendo
al
Concilio ecuménico Vaticano II
JUAN
PABLO, OBISPO
Siervo
de los Siervos de Dios
para
perpetua memoria
1. (Introducción)
CONSERVAR EL DEPOSITO DE LA
FE es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo
tiempo. El Concilio ecuménico Vaticano II, inaugurado hace treinta años por mi
predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, tenía la intención y el deseo de hacer
patente la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, y llevar a todos los
hombres, mediante el resplandor de la verdad del evangelio, a buscar y recibir
el amor de Cristo que está sobre todo (cf. Ef 3,19).
Con este propósito, el Papa
Juan XXIII había asignado como tarea principal conservar y explicar mejor el
depósito precioso de la doctrina cristiana, con el fin de hacerlo más accesible
a los fieles de Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Para esto, el
Concilio no debía comenzar por condenar los errores de la época, sino, ante
todo, debía aplicarse a mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la
doctrina de la fe. "Confiamos que la Iglesia -decía él- iluminada por la
luz de este Concilio, crecerá en riquezas espirituales, cobrará nuevas fuerzas
y mirará sin miedo hacia el futuro...Debemos dedicarnos con alegría, sin temor,
al trabajo que exige nuestra época, manteniéndonos en el camino por el que la
Iglesia marcha desde hace casi veinte siglos"{1}.
Con la ayuda de Dios, los
Padres conciliares pudieron elaborar, a lo largo de cuatro años de trabajo, un
conjunto considerable de exposiciones doctrinales y de directrices pastorales
ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y fieles encuentran en ellas
orientaciones para la "renovación de pensamiento, de actividad, de
costumbres, de fuerza moral, de alegría y de esperanza, que ha sido el objetivo
del Concilio"{2}.
Desde su conclusión, el
Concilio no ha cesado de inspirar la vida eclesial. En 1985, yo podía declarar:
"Para mí -que tuve la gracia especial de participar en él y de colaborar
activamente en su desarrollo-, el Vaticano II ha sido siempre, y es de una
manera particular en estos años de mi pontificado, el punto constante de
referencia de toda mi acción pastoral, en el esfuerzo consciente por traducir
sus directrices mediante una aplicación concreta y fiel, al nivel de cada
Iglesia y de toda la Iglesia. Es preciso volver sin cesar a esta fuente"{1}.
En este espíritu, el 25 de
Enero de 1985, convoqué una Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos,
con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio. El fin de
esta asamblea era celebrar las gracias y los frutos espirituales del Concilio
Vaticano II, profundizar su enseñanza para una más perfecta adhesión a ella y
promover su conocimiento y aplicación.
En la celebración de esta
asamblea, los Padres del Sínodo expresaron el deseo "de que fuese
redactado un Catecismo o compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la
fe como sobre la moral, que sería como un texto de referencia para los
catecismos o compendios que son compuestos en los diversos países. La
presentación de la doctrina debe ser bíblica y litúrgica, y debe ofrecer una
doctrina segura y al mismo tiempo adaptada a la vida actual de los
cristianos"{2}. Desde la clausura del Sínodo, hice mío este deseo,
juzgando que "responde enteramente a una verdadera necesidad de la Iglesia
universal y de las Iglesias particulares"{3}.
¡Cómo no dar gracias de todo
corazón al Señor en este día en que podemos ofrecer a la Iglesia entera con el
título de "Catecismo de la Iglesia Católica", este "texto de
referencia" para una catequesis renovada en las fuentes vivas de la fe!
Tras la renovación de la
Liturgia y la nueva codificación del Derecho canónico de la Iglesia latina y de
los Cánones de las Iglesias orientales católicas, este catecismo ofrecerá una
contribución muy importante a la obra de renovación de toda la vida eclesial, querida
y puesta en aplicación por el Concilio Vaticano II.
2. (Itinerario y espíritu de la
preparación del texto).
El "Catecismo de la
Iglesia Católica" es fruto de una muy amplia colaboración. Es el resultado
de seis años de trabajo intenso en un espíritu de apertura atento y con un
fervor ardiente.
En 1986 confié a una Comisión
de doce Cardenales y Obispos, presidida por Mons. el Cardenal Joseph Ratzinger,
la tarea de preparar un proyecto para el Catecismo solicitado por los Padres
del Sínodo. Un Comité de redacción de siete obispos diocesanos, expertos en
teología y en catequesis, ha asistido a la Comisión en su trabajo.
La Comisión, encargada de dar
las directrices y de velar por el desarrollo de los trabajos, ha seguido
atentamente todas las etapas de la redacción de las nueve versiones sucesivas.
El Comité de redacción, por su parte, ha asumido la responsabilidad de escribir
el texto, introducir en él las modificaciones exigidas por la Comisión y
examinar las observaciones que numerosos teólogos, exegetas, catequistas y,
sobre todo, Obispos del mundo entero, con el fin de mejorar el texto. El Comité
ha sido un lugar de intercambios fructíferos y enriquecedores que han asegurado
la unidad y homogeneidad del texto.
El proyecto ha sido objeto de
una amplia consulta de todos los obispos católicos, de sus Conferencias
episcopales o de sus Sínodos, de los institutos de teología y de catequesis. En
su conjunto, el proyecto ha recibido una acogida muy favorable por parte del
Episcopado. Podemos decir ciertamente que este Catecismo es fruto de una
colaboración de todo el episcopado de la Iglesia católica, que ha acogido
generosamente mi invitación a tomar su parte de responsabilidad en una
iniciativa que toca de cerca a la vida eclesial. Esta respuesta suscita en mí
un profundo sentimiento de gozo, porque el concurso de tantas voces expresa
verdaderamente lo que se puede llamar la "sinfonía" de la fe. La
realización este Catecismo refleja así la naturaleza colegial del Episcopado y
atestigua la catolicidad de la Iglesia.
3. (Distribución de la materia).
Un catecismo debe presentar
fiel y orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva
en la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de
los Padres, de los santos y santas y de la Iglesia, para permitir conocer mejor
el misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de Dios. Debe tener en cuenta
las explicitaciones de la doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la
Iglesia en el curso de los siglos. Es preciso también que ayude a iluminar con
la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que hasta ahora no se
habían planteado en el pasado.
El catecismo, por tanto,
contiene cosas nuevas y cosas antiguas (cf. Mt 13,52), pues la fe es siempre la
misma y fuente de luces siempre nuevas.
Para responder a esta doble
exigencia, el "Catecismo de la Iglesia Católica", por una parte,
repite el orden "antiguo", tradicional, y seguido ya por el Catecismo
de San Pío V, dividiendo el contenido en cuatro partes: el Credo; la Sagrada
Liturgia con los sacramentos en primer plano; el obrar cristiano, expuesto a
partir de los mandamientos; y finalmente la oración cristiana. Pero, al mismo
tiempo, el contenido es expresado con frecuencia de una forma "nueva",
con el fin de responder a los interrogantes de nuestra época.
Las cuatro partes están
ligadas entre sí: el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte);
es celebrado y comunicado en las acciones litúrgicas (segunda parte); está
presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera
parte); es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión privilegiada es el
"Padrenuestro", que expresa el objeto de nuestra petición, nuestra
alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte).
La Liturgia es por sí misma
oración; la confesión de la fe tiene su justo lugar en la celebración del
culto. La gracia, fruto de los sacramentos, es la condición insustituible del
obrar cristiano, igual que la participación en la Liturgia de la Iglesia requiere
la fe. Si la fe no se concreta en obras permanece muerta (cf. St 2, 14-26) y no
puede dar frutos de vida eterna.
En la lectura del
"Catecismo de la Iglesia Católica" se puede percibir la admirable unidad
del misterio de Dios, de su designio de salvación, así como el lugar central de
Jesucristo Hijo único de Dios, enviado por el Padre, hecho hombre en el seno de
la Santísima Virgen María por el Espíritu Santo, para ser nuestro Salvador.
Muerto y resucitado, está siempre presente en su Iglesia, particularmente en
los sacramentos; es la fuente de la fe, el modelo del obrar cristiano y el
Maestro de nuestra oración.
4. (Valor doctrinal del texto).
El "Catecismo de la
Iglesia Católica" que yo aprobé el 25 de Junio pasado, y cuya publicación
ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es una exposición de la fe de
la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada
Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Lo reconozco
como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y
como una norma segura para la enseñanza de la fe. ¡Que sirva para la renovación
a la que el Espíritu Santo llama sin cesar a la Iglesia de Dios Cuerpo de Cristo,
en peregrinación hacia la luz sin sombra del Reino!
La aprobación y la
publicación del "Catecismo de la Iglesia Católica" constituyen un
servicio que el sucesor de Pedro quiere prestar a la Santa Iglesia católica, a
todas las Iglesias particulares en paz y comunión con la Sede apostólica de
Roma: el de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús
(cf. Lc 22,32), así como de reforzar los vínculos de la unidad en la misma fe
apostólica.
Pido, por tanto, a los
pastores de la Iglesia y a los fieles que reciban este Catecismo con un
espíritu de comunión y lo utilicen asiduamente al realizar su misión de
anunciar la fe y llamar a la vida evangélica. Este Catecismo les es dado para
que les sirva de texto de referencia seguro y auténtico en la enseñanza de la
doctrina católica, y muy particularmente en la composición de los catecismos
locales. Es ofrecido también a todos los fieles que deseen conocer mejor las
riquezas inagotables de la salvación (cf. Jn 8,32). Quiere proporcionar un sostén
a los esfuerzos ecuménicos animados por el santo deseo de unidad de todos los
cristianos, mostrando con exactitud el contenido y la coherencia armoniosa de
la fe católica. El "Catecismo de la Iglesia Católica" es finalmente
ofrecido a todo hombre que nos pida razón de la esperanza que hay en nosotros
(cf. 1 P 3,15). y que quiera conocer lo que cree la Iglesia católica.
Este Catecismo no está
destinado a sustituir los catecismos locales debidamente aprobados por las
autoridades eclesiásticas, los Obispos diocesanos y las Conferencias
episcopales, sobre todo cuando han recibido la aprobación de la Sede
apostólica. Está destinado a alentar y facilitar la redacción de nuevos
catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas, pero
que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina
católica.
5. (Conclusión).
Al terminar este documento
que presenta el "Catecismo de la Iglesia Católica" pido a la
Santísima Virgen María, Madre del Verbo encarnado y Madre de la Iglesia, que
sostenga con su poderosa intercesión el trabajo catequético de la Iglesia
entera a todos los niveles, en este tiempo en que la Iglesia está llamada a un
nuevo esfuerzo de evangelización. Que la luz de la verdadera fe libre a la
humanidad de la ignorancia y de la esclavitud del pecado para conducirla a la
única libertad digna de este nombre (cf. Jn 8,32): la de la vida en Jesucristo
bajo la guía del Espíritu Santo, aquí y en el Reino de los cielos, en la
plenitud de la bienaventuranza de la visión de Dios cara a cara (cf. 1 Co
13,12; 2 Co 5,6-8).
Dado el 11 de Octubre de
1992, trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y año
decimocuarto de mi pontificado.
Ioannes Paulus Pp II
NOTAS
A PIE********************************
{1}1
Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 Octubre
1962: AAS 54 (1962) p.788.
{2}
Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio ecuménico Vaticano II, 8 Diciembre
1965: AAS 58 (1966), pp. 7-8.
{1}
Discurso del 30 Mayo 1986, n.5: AAS 78 (1986) p.1273.
{2}
Relación final del Sínodo extraordinario, 7 Diciembre 1985, II, B, a, n.4:
Enchiridion Vaticanum, vol.9, p.1758, n.1797.
{3}
Discurso de clausura del Sínodo extraordinario, 7 Diciembre 1985, n.6: AAS 78
(1986) p.435.
1