(2558-2724)
PRIMERA
SECCION: LA ORACION EN LA VIDA CRISTIANA
2558 "Este es el Misterio de la fe". La
Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (Primera Parte del Catecismo)
y lo celebra en la Liturgia sacramental (Segunda Parte), para que la vida de
los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios
Padre (Tercera Parte). Por tanto, este Misterio exige que los fieles crean en
él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo
y verdadero. Esta relación es la oración.
QUE
ES LA ORACION
Para mí, la oración es un impulso del
corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento
y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría
(Santa Teresa del Niño Jesús, ms autob. C 25r).
La oración como don de Dios
2559 "La oración es la elevación del alma a
Dios o la petición a Dios de bienes convenientes"(San Juan Damasceno, f.
o. 3, 24). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro
orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde "lo más profundo" (Sal
130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf
Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. "Nosotros no sabemos
pedir como conviene"(Rom 8, 26). La humildad es una disposición necesaria
para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de
Dios (cf San Agustín, serm 56, 6, 9).
2560 "Si conocieras el don de Dios"(Jn 4,
10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo
donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser
humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed,
su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración,
sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios
tiene sed de que el hombre tenga sed de El (cf San Agustín, quaest. 64, 4).
2561 "Tú le habrías rogado a él, y él te
habría dado agua viva" (Jn 4, 10). Nuestra oración de petición es
paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja del Dios vivo: "A mí
me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas
agrietadas" (Jr 2, 13), respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación
(cf Jn 7, 37-39; Is 12, 3; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único
(cf Jn 19, 28; Za 12, 10; 13, 1).
La oración como Alianza
2562 ¿De dónde viene la oración del hombre?
Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es
todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración,
las Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del
corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si éste está alejado de
Dios, la expresión de la oración es vana.
2563 El corazón es la morada donde yo estoy, o
donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me
adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón
ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el
lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es
el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el
lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar
de la Alianza.
2564 La oración cristiana es una relación de
Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota
del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con
la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.
La oración como Comunión
2565 En la nueva Alianza, la oración es la
relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su
Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La gracia del Reino es "la unión
de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero" (San
Gregorio Nac., or. 16, 9). Así, la vida de oración es estar habitualmente en
presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con El. Esta comunión de
vida es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en
un mismo ser con Cristo (cf Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en
cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo.
Sus dimensiones son las del Amor de Cristo (cf Ef 3, 18-21).
CAPITULO
PRIMERO: LA REVELACION DE LA ORACION: LA LLAMADA UNIVERSAL A LA ORACION
2566. El hombre busca a Dios. Por la creación Dios
llama a todo ser desde la nada a la existencia. "Coronado de gloria y
esplendor" (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de
reconocer "¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra!"
(Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con
Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquél
que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta
búsqueda esencial de los hombres (cf Hch. 17, 27).
2567 Dios es quien primero llama al hombre. Olvide
el hombre a s u Creador o se esconda lejos de su Faz, corra detrás de sus
ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero
llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración.
Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, el
caminar del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y
revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco,
un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene
lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de
toda la historia de la salvación.
Artículo
1 EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
2568 La revelación de la oración en el Antiguo
Testamento se inscribe entre la caída y la elevación del hombre, entre la
llamada dolorosa de Dios a sus primeros hijos: "¿Dónde estás?... ¿Por qué
lo has hecho?" (Gn 3, 9. 13) y la respuesta del Hijo único al entrar en el
mundo: "He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10,
5-7). Así, la oración está ligada con la historia de los hombres, es la
relación con Dios en los acontecimientos de la historia.
La creación - fuente de la oración
2569 La oración se vive primeramente a partir de
las realidades de la creación. Los nueve primeros capítulos del Génesis
describen esta relación con Dios como ofrenda por Abel de los primogénitos de
su rebaño (cf Gn 4, 4), como invocación del nombre divino por Enós (cf Gn 4,
26), como "marcha con Dios" (Gn 5, 24). La ofrenda de Noé es
"agradable" a Dios que le bendice y, a través de él, bendice a toda
la creación (cf Gn 8, 20-9, 17), porque su corazón es justo e íntegro; él
también "marcha con Dios" (Gn 6, 9). Una muchedumbre de hombres
pertenecientes a todas las religiones siempre han vivido esta característica de
la oración.
En su alianza indefectible con todos
los seres vivientes (cf Gn 9, 8-16), Dios llama siempre a los hombres a orar.
Pero, en el Antiguo Testamento, la oración se revela sobre todo a partir de
nuestro padre Abraham.
La Promesa y la oración de la fe
2570
Cuando Dios le llama, Abraham parte
"como se lo había dicho el Señor" (Gn 12, 4): todo su corazón se
somete a la Palabra y obedece. La obediencia del corazón a Dios que llama es
esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la oración
de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada
etapa construye un altar al Señor. Solamente más tarde aparece su primera
oración con palabras: una queja velada recordando a Dios sus promesas que no
parecen cumplirse (cf Gn 15, 2-3). De este modo surge desde los comienzos uno
de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en la
fidelidad a Dios.
2571 Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6),
marchando en su presencia y en alianza con él (cf Gn 17, 2), el patriarca está
dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable
hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la
promesa (cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios
su Plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor
hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza
(cf Gn 18, 16-33).
2572 Como última purificación de su fe, se le pide
al "que había recibido las promesas" (Hb 11, 17) que sacrifique al
hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: "Dios proveerá el cordero para
el holocausto" (Gn 22, 8), "pensaba que poderoso era Dios aun para
resucitar de entre los muertos" (Hb 11, 19). Así, el padre de los creyentes
se hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo sino que lo
entregará por todos nosotros (cf Rm 8, 32). La oración restablece al hombre en
la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que
salva a la multitud (cf Rm 4, 16-21).
2573 Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de
las doce tribus de Israel (cf Gn 28, 10-22). Antes de enfrentarse con su
hermano Esaú, lucha una noche entera con "alguien" misterioso que
rehúsa revelar su nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La
tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la
oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (cf Gn 32,
25-31; Lc 18, 1-8).
Moisés y la oración del mediador
2574 Cuando comienza a realizarse la promesa
(Pascua, Exodo, entrega de la Ley y conclusión de la Alianza), la oración de
Moisés es la figura cautivadora de la oración de intercesión que tiene su
cumplimiento en "el único Mediador entre Dios y los hombres,
Cristo-Jesús" (1 Tm 2, 5).
2575 También aquí, Dios interviene, el primero.
Llama a Moisés desde la zarza ardiendo (cf Ex 3, 1-10). Este acontecimiento
quedará como una de las figuras principales de la oración en la tradición
espiritual judía y cristiana. En efecto, si "el Dios de Abraham, de Isaac
y de Jacob" llama a su servidor Moisés es que él es el Dios vivo que
quiere la vida de los hombres. El se revela para salvarlos, pero no lo hace
solo ni contra la voluntad de los hombres: llama a Moisés para enviarlo, para
asociarlo a su compasión, a su obra de salvación. Hay como una imploración
divina en esta misión, y Moisés, después de debatirse, acomodará su voluntad a
la de Dios salvador. Pero en este diálogo en el que Dios se confía, Moisés
aprende también a orar: se humilla, objeta, y sobre todo pide y, en respuesta a
su petición, el Señor le confía su Nombre inefable que se revelará en sus
grandes gestas.
2576 Pues bien, "Dios hablaba con Moisés cara
a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33, 11). La oración de
Moisés es típica de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de
Dios es fiel a su misión. Moisés "habla" con Dios frecuentemente y
durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e implorarle, bajando
hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y guiarlo. "El
es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente"
(Nm 12, 7-8), porque "Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno
sobre la haz de la tierra" (Nm 12, 3).
2577 De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a
la cólera y rico en amor (cf Ex 34, 6), Moisés ha sacado la fuerza y la
tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha
adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cf Ex 17,
8-13) o para obtener la curación de Myriam (cf Nm 12, 13-14). Pero es sobre
todo después de la apostasía del pueblo cuando "se mantiene en la
brecha" ante Dios (Sal 106, 23) para salvar al pueblo (cf Ex 32, 1-34, 9).
Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso)
inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la
Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe
acordarse de sus acciones maravillosas, su Gloria está en juego, no puede
abandonar al pueblo que lleva su Nombre.
David y la oración del rey
2578 La oración del pueblo de Dios se desarrolla a
la sombra de la Morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo.
Los guías del pueblo - pastores y profetas - son los primeros que le enseñan a
orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo "estar ante el
Señor" (cf 1 S 1, 9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar Su Palabra:
"Habla, Señor, que tu siervo escucha" (cf 1 S 3, 9-10). Más tarde,
también él conocerá el precio y el peso de la intercesión: "Por mi parte,
lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de
enseñaros el camino bueno y recto" (1 S 12, 23).
2579 David es, por excelencia, el rey "según
el corazón de Dios", el pastor que ruega por su pueblo y en su nombre,
aquél cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento
serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión
fiel a la promesa divina (cf 2 S 7, 18-29), confianza amante y alegre en aquél
que es el único Rey y Señor. En los Salmos, David, inspirado por el Espíritu
Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La oración de
Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará a su plenitud el
sentido de esta oración.
2580 El Templo de Jerusalén, la casa de oración
que David quería construir, será la obra de su hijo, Salomón. La oración de la
Dedicación del Templo (cf 1 R 8, 10-61) se apoya en la Promesa de Dios y su
Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su Pueblo y el recuerdo de los
grandes hechos del Exodo. El rey eleva entonces las manos al cielo y ruega al
Señor por él, por todo el pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón
de sus pecados y sus necesidades diarias, para que todas las naciones sepan que
Dios es el único Dios y que el corazón del pueblo le pertenece por entero a El.
Elías, los profetas y la conversión del
corazón
2581 Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser
el lugar donde aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los
sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de "la
proposición", todos estos signos de la Santidad y de la Gloria de Dios,
Altísimo pero muy cercano, eran llamadas y caminos de la oración. Sin embargo,
el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado
exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta
fue la misión de los profetas, antes y después del Destierro.
2582 Elías es el padre de los profetas, "de
la raza de los que buscan a Dios, de los que persiguen su Faz" (Sal 24,
6). Su nombre, "El Señor es mi Dios", anuncia el grito del pueblo en
respuesta a su oración sobre el Monte Carmelo (cf 1 R 18, 39). Santiago nos
remite a él para incitarnos a orar: "La oración ferviente del justo tiene
mucho poder" (St 5, 16b-18).
2583 Después de haber aprendido la misericordia en
su retirada al torrente de Kérit, aprende junto a la viuda de Sarepta la fe en
la palabra de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la
vida al hijo de la viuda (cf 1 R 17, 7-24).
En el sacrificio sobre el Monte
Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es
la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto "a la hora de la
ofrenda de la tarde": "¡Respóndeme, Señor, respóndeme!" son las
palabras de Elías que repiten exactamente las liturgias orientales en la
epíclesis eucarística (cf 1 R 18, 20-39).
Finalmente, repitiendo el camino del
desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo,
Elías se recoge como Moisés "en la hendidura de la roca" hasta que
"pasa" la presencia misteriosa de Dios (cf 1 R 19, 1-14; Ex 33,
19-23). Pero solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer
Aquél cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de
Dios está en la rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf 2 Co 4, 6).
2584 En el "cara a cara" con Dios, los
profetas sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del
mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un litigio o una
queja, siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios
salvador, Señor de la historia (cf Am 7, 2. 5; Is 6, 5. 8. 11; Jr 1, 6; 15,
15-18; 20, 7-18).
Los Salmos, oración de la Asamblea
2585 Desde David hasta la venida del Mesías, las
Sagradas Escrituras contienen textos de oración que atestiguan el sentido
profundo de la oración para sí mismo y para los demás (cf Esd 9, 6-15; Ne 1,
4-11; Jon 2, 3-10; Tb 3, 11-16; Jdt 9, 2-14). Los salmos fueron reunidos poco a
poco en un conjunto de cinco libros: los Salmos (o "alabanzas"), son
la obra maestra de la oración en el Antiguo Testamento.
2586 Los Salmos alimentan y expresan la oración
del pueblo de Dios como Asamblea, con ocasión de las grandes fiestas en
Jerusalén y los sábados en las sinagogas. Esta oración es indisociablemente
individual y comunitaria; concierne a los que oran y a todos los hombres;
asciende desde la Tierra santa y desde las comunidades de la Diáspora, pero
abarca a toda la creación; recuerda los acontecimientos salvadores del pasado y
se extiende hasta la consumación de la historia; hace memoria de las promesas
de Dios ya realizadas y espera al Mesías que les dará cumplimiento definitivo.
Los Salmos, usados por Cristo en su oración y que en él encuentran su
cumplimiento, continúan siendo esenciales en la oración de su Iglesia (cf IGLH
100-109).
2587
El Salterio es el libro en el que la
Palabra de Dios se convierte en oración del hombre. En los demás libros del
Antiguo Testamento "las palabras proclaman las obras" (de Dios por
los hombres) "y explican su misterio" (DV 2). En el salterio, las
palabras del salmista expresan, cantándolas para Dios, sus obras de salvación.
El mismo Espíritu inspira la obra de Dios y la respuesta del hombre. Cristo
unirá ambas. En El, los salmos no cesan de enseñarnos a orar.
2588 Las múltiples expresiones de oración de los
Salmos se encarnan a la vez en la liturgia del templo y en el corazón del
hombre. Tanto si se trata de un himno como de una oración de desamparo o de acción
de gracias, de súplica individual o comunitaria, de canto real o de
peregrinación o de meditación sapiencial, los salmos son el espejo de las
maravillas de Dios en la historia de su pueblo y en las situaciones humanas
vividas por el salmista. Un salmo puede reflejar un acontecimiento pasado, pero
es de una sobriedad tal que se puede rezar verdaderamente por los hombres de
toda condición y de todo tiempo.
2589 Hay unos rasgos constantes en los Salmos: la
simplicidad y la espontaneidad de la oración, el deseo de Dios mismo a través
de su creación, y con todo lo que hay de bueno en ella, la situación incómoda
del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se enfrenta con una
multitud de enemigos y de tentaciones; y que, en la espera de lo que hará el
Dios fiel, mantiene la certeza del amor de Dios, y la entrega a la voluntad
divina. La oración de los salmos está siempre orientada a la alabanza; por lo
cual, corresponde bien al conjunto de los salmos el título de "Las
Alabanzas". Reunidos los Salmos en función del culto de la Asamblea, son
invitación a la oración y respuesta a la misma: "Hallelu-Ya!"
(Aleluya), "¡Alabad al Señor!"
¿Qué hay mejor que un Salmo? Por eso,
David dice muy bien: "¡Alabad al Señor, porque es bueno salmodiar: a
nuestro Dios alabanza dulce y bella!". Y es verdad. Porque el salmo es
bendición pronunciada por el pueblo, alabanza de Dios por la Asamblea,
aclamación de todos, palabra dicha por el universo, voz de la Iglesia,
melodiosa profesión de fe, ... (San Ambrosio, Sal. 1, 9).
RESUMEN
2590 "La oración es la elevación del alma
hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan
Damasceno, f. o. 3, 24).
2591 Dios llama incansablemente a cada persona al
encuentro misterioso con El. La oración acompaña a toda la historia de la
salvación como una llamada recíproca entre Dios y el hombre.
2592 La oración de Abraham y de Jacob aparece como
una lucha de fe vivida en la confianza a la fidelidad de Dios, y en la certeza
de la victoria prometida a quienes perseveran.
2593 La oración de Moisés responde a la iniciativa
del Dios vivo para la salvación de su pueblo. Prefigura la oración de
intercesión del único mediador, Cristo Jesús.
2594 La oración del pueblo de Dios se desarrolla a
la sombra de la Morada de Dios, el arca de la alianza y el Templo, bajo la guía
de los pastores, especialmente el rey David, y de los profetas.
2595 Los profetas llaman a la conversión del
corazón y, buscando siempre el rostro de Dios, como Elías, inter ceden por el
pueblo.
2596 Los salmos constituyen la obra maestra de la
oración en el Antiguo Testamento. Presentan dos componentes inseparables:
individual y comunitario. Abarcan todas las dimensiones de la historia,
conmemorando las promesas de Dios ya cumplidas y esperando la venida del
Mesías.
2597 Rezados y cumplidos en Cristo, los Salmos son
un elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a los
hombres de toda condición y de todo tiempo.
Artículo
2 EN LA PLENITUD DE LOS
TIEMPOS
2598 El drama de la oración se nos revela plenamente
en el Verbo que se ha hecho carne y que habita entre nosotros. Intentar
comprender su oración, a través de lo que sus testigos nos dicen en el
Evangelio, es aproximarnos al Santo Señor Jesús como a la Zarza ardiendo:
primero contemplando a él mismo en oración y después escuchando cómo nos enseña
a orar, para conocer finalmente cómo acoge nuestra plegaria.
Jesús ora
2599
El Hijo de Dios hecho hombre también
aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. El aprende de su madre las
fórmulas de oración; de ella, que conservaba toas las "maravillas "
del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo
aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la
sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta
distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: "Yo debía
estar en las cosas de mi Padre" (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la
novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre
esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su
Humanidad, con y para los hombres.
2600 El Evangelio según San Lucas subraya la
acción del Espíritu Santo y el sentido de la oración en el ministerio de
Cristo. Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el
Padre dé testimonio de él en su Bautismo (cf Lc 3, 21) y de su Transfiguración
(cf Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al Plan amoroso del
Padre (cf Lc 22, 41-44); ora también ante los momentos decisivos que van a
comprometer la misión de sus Apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce
(cf Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como "el Cristo de
Dios" (Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los Apóstoles no
desfallezca ante la tentación (cf Lc 22, 32). La oración de Jesús ante los
acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y
confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.
2601 "Estando él orando en cierto lugar,
cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: `Maestro, enséñanos a
orar'" (Lc 11, 1). Es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración,
cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro
de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al
Padre.
2602 Jesús se aparta con frecuencia a la soledad
en la montaña, con preferencia por la noche, para orar (cf Mc 1, 35; 6, 46; Lc
5, 16). Lleva a los hombres en su oración, ya que también asume la humanidad en
la Encarnación, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo. El, el Verbo
que ha "asumido la carne", comparte en su oración humana todo lo que
viven "sus hermanos" (Hb 2, 12); comparte sus debilidades para
librarlos de ellas (cf Hb 2, 15; 4, 15). Para eso le ha enviado el Padre. Sus
palabras y sus obras aparecen entonces como la manifestación visible de su
oración "en lo secreto".
2603 Los evangelistas han conservado dos oraciones
más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de el las comienza precisamente
con la acción de gracias. En la primera (cf Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús
confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios
del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los
"pequeños" (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor
"¡Sí, Padre!" expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer
del Padre, de la que fue un eco el "Fiat" de Su Madre en el momento
de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la
oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al
"misterio de la voluntad" del Padre (Ef 1, 9).
2604 La segunda oración es narrada por San Juan
(cf Jn 11, 41-42) en el pasaje de la resurrección de Lázaro. La acción de
gracias precede al acontecimiento: "Padre, yo te doy gracias por haberme
escuchado", lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y
Jesús añade a continuación: "Yo sabía bien que tú siempre me
escuchas", lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante.
Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo
pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y
que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el
"tesoro", y en El está el corazón de su Hijo; el don se otorga como
"por añadidura" (cf Mt 6, 21. 33).
La oración "sacerdotal" de
Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la Economía de la salvación. (Su
explicación se hace al final de esta primera sección) Esta oración, en efecto,
muestra el carácter permanente de la plegaria de nuestro Sumo Sacerdote, y al
mismo tiempo contiene lo que Jesús nos enseña en la oración del Padrenuestro
(la cual se explica en la sección segunda).
2605 Cuando llega la hora de realizar el plan
amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaria
filial, no solo antes de entregarse libremente ("Abbá ...no mi voluntad,
sino la tuya": Lc 22, 42), sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz,
donde orar y entregarse son una sola cosa: "Padre, perdónales, porque no
saben lo que hacen" (Lc 23, 34); "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo
en el Paraíso" (Lc 24,43); "Mujer, ahí tienes a tu Hijo" -
"Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27); "Tengo sed" (Jn 19,
28); "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34;
cf Sal 22, 2); "Todo está cumplido" (Jn 19, 30); "Padre, en tus
manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46), hasta ese "fuerte grito"
cuando expira entregando el espíritu (cf Mc 15, 37; Jn 19, 30b).
2606 Todos los infortunios de la humanidad de
todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las
intercesiones de la historia de la salvación están recogidas en este grito del
Verbo encarnado. He aquí que el Padre las acoge y, por encima de toda
esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el
drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación. El
salterio nos da la clave para su comprensión en Cristo. Es en el
"hoy" de la Resurrección cuando dice el Padre: "Tú eres mi Hijo;
yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en
propiedad los confines de la tierra" (Sal 2, 7-8; cf Hch 13, 33).
La carta a los Hebreos expresa en
términos dramáticos cómo actúa la plegaria de Jesús en la victoria de la
salvación: "El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal
ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la
muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que
padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en
causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (Hb 5, 7-9).
Jesús enseña a orar
2607 Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar. El camino
teologal de nuestra oración es su oración a su Padre. Pero el Evangelio nos
entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración. Como un pedagogo,
nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce al Padre. Dirigiéndose a
las multitudes que le siguen, Jesús comienza con lo que ellas ya saben de la
oración por la Antigua Alianza y las prepara para la novedad del Reino que está
viniendo. Después les revela en parábolas esta novedad. Por último, a sus
discípulos que deberán ser los pedagogos de la oración en su Iglesia, les
hablará abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.
2608 Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste
en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de
presentar una ofrenda sobre el altar (cf Mt 5, 23-24), el amor a los enemigos y
la oración por los perseguidores (cf Mt 5, 44-45), orar al Padre "en lo
secreto" (Mt 6, 6), no gastar muchas palabras (cf Mt 6, 7), perdonar desde
el fondo del corazón al orar (cf, Mt 6, 14-15), la pureza del corazón y la búsqueda
del Reino (cf Mt 6, 21. 25. 33). Esta conversión está toda ella polarizada
hacia el Padre, es filial.
2609 Decidido así el corazón a convertirse,
aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo
que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado
nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que "busquemos" y que
"llamemos" porque él es la puerta y el camino (cf Mt 7, 7-11. 13-14).
2610 Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da
gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: "todo
cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido" (Mc 11, 24).
Tal es la fuerza de la oración, "todo es posible para quien cree" (Mc
9, 23), con una fe "que no duda" (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se
entristece por la "falta de fe" de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la
"poca fe" de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la
"gran fe" del centurión romano (cf Mt 8, 10) y de la cananea (cf Mt
15, 28).
2611 La oración de fe no consiste solamente en
decir "Señor, Señor", sino en disponer el corazón para hacer la
voluntad del Padre (Mt 7, 21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la
oración esta voluntad de cooperar con el plan divino (cf Mt 9, 38; Lc 10, 2; Jn
4, 34).
2612 En Jesús "el Reino de Dios está
próximo", llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En
la oración, el discípulo espera atento a aquél que "es y que viene",
en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza
de su segundo advenimiento en la gloria (cf Mc 13; Lc 21, 34-36). En comunión
con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la
oración es como no se cae en la tentación (cf Lc 22, 40. 46).
2613 S. Lucas nos ha trasmitido tres parábolas
principales sobre la oración:
La primera, "el amigo
importuno" (cf Lc 11, 5-13), invita a una oración insistente: "Llamad
y se os abrirá". Al que ora así, el Padre del cielo "le dará todo lo
que necesite", y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.
La segunda, "la viuda
importuna" (cf Lc 18, 1-8), está centrada en una de las cualidades de la
oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe.
"Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?"
La tercera parábola, "el fariseo y
el publicano" (cf Lc 18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que
ora. "Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador". La Iglesia no
cesa de hacer suya esta oración: "¡Kyrie eleison!".
2614 Cuando Jesús confía abiertamente a sus
discípulos el misterio de la oración al Padre, les desvela lo que deberá ser su
oración, y la nuestra, cuando haya vuelto, con su humanidad glorificada, al
lado del Padre. Lo que es nuevo ahora es "pedir en su Nombre" (Jn 14,
13). La fe en El introduce a los discípulos en el conocimiento del Padre porque
Jesús es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). La fe da su
fruto en el amor: guardar su Palabra, sus mandamientos, permanecer con El en el
Padre que nos ama en El hasta permanecer en nosotros. En esta nueva Alianza, la
certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de
Jesús (cf Jn 14, 13-14).
2615 Más todavía, lo que el Padre nos da cuando
nuestra oración está unida a la de Jesús, es "otro Paráclito, para que
esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad" (Jn 14, 16-17).
Esta novedad de la oración y de sus condiciones aparece en todo el Discurso de
despedida (cf Jn 14, 23-26; 15, 7. 16; 16, 13-15; 16, 23-27). En el Espíritu
Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el Padre, no solamente por
medio de Cristo, sino también en El: "Hasta ahora nada le habéis pedido en
mi Nombre. Pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea perfecto" (Jn 16,
24).
Jesús escucha la oración
2616 La oración a Jesús ya ha sido escuchada por
él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su
muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en
palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7,
29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del
paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las
lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante
de los ciegos: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!" (Mt 9, 27) o
"¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 48) ha sido recogida
en la tradición de la Oración a Jesús: "¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios,
Señor, ten piedad de mí, pecador!" Curando enfermedades o perdonando
pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: "Ve
en paz, ¡tu fe te ha salvado!".
San Agustín resume admirablemente las
tres dimensiones de la oración de Jesús: "Orat pro nobis ut sacerdos
noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster.
Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis"
("Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza
nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por
tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros", Sal 85, 1; cf
IGLH 7).
La oración de la Virgen María
2617 La oración de María se nos revela en la
aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios
y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única
con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de
Cristo (cf Lc 1, 38); en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de
Cristo (cf Hch 1, 14). En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra
la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente
ha hecho "llena de gracia" responde con la ofrenda de todo su ser:
"He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Fiat,
ésta es la oración cristiana: ser todo de El, ya que El es todo nuestro.
2618 El Evangelio nos revela cómo María ora e
intercede en la fe: en Caná (cf Jn 2, 1-12) la madre de Jesús ruega a su hijo
por las necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las
bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la Iglesia, su
Esposa. Y en la hora de la nueva Alianza, al pie de la Cruz, María es escuchada
como la Mujer, la nueva Eva, la verdadera "madre de los que viven".
2619 Por eso, el cántico de María (cf Lc 1, 46-55;
el "Magnifica t" latino, el "Megalynei" bizantino) es a la
vez el cántico de la Madre de Dios y el de la Iglesia, cántico de la Hija de
Sión y del nuevo Pueblo de Dios, cántico de acción de gracias por la plenitud
de gracias derramadas en la Economía de la salvación, cántico de los
"pobres" cuya esperanza ha sido colmada con el cumplimiento de las
promesas hechas a nuestros padres "en favor de Abraham y su descendencia,
para siempre".
RESUMEN
2620 En el Nuevo Testamento el modelo perfecto de
oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la
soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la
voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.
2621 En su enseñanza, Jesús instruye a sus
discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante,
una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus
peticiones a Dios en su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le
dirigen.
2622 La oración de la Virgen María, en su Fiat y
en su Magnificat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la
fe.
Artículo
3 EN EL TIEMPO DE LA
IGLESIA
2623 El día de Pentecostés, el Espíritu de la
promesa se derramó sobre los discípulos, "reunidos en un mismo lugar"
(Hch 2, 1), que lo esperaban "perseverando en la oración con un mismo
espíritu" (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda
todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la formará en la vida
de oración.
2624 En la primera comunidad de Jerusalén, los
creyentes "acudían asiduamente a las enseñanzas de los Apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). Esta
secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe
apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía.
2625 Estas oraciones son en primer lugar las que
los fieles escuchan y leen en las Escrituras, pero las actualizan, especialmente
las de los salmos, a partir de su cumplimient o en Cristo (cf Lc 24, 27. 44).
El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante, conduce a
ésta también hacia la Verdad plena, y suscita nuevas formulaciones que
expresarán el insondable Misterio de Cristo que actúa en la vida, los
sacramentos y la misión de su Iglesia. Estas formulaciones se desarrollan en
las grandes tradiciones litúrgicas y espirituales. Las formas de la oración,
tal como las revelan las Escrituras apostólicas canónicas, siguen siendo
normativas para la oración cristiana.
I
LA BENDICION Y LA ADORACION
2626 La bendición expresa el movimiento de fondo
de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de
Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es
la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón
del hombre puede bendecir a su vez a Aquél que es la fuente de toda bendición.
2627 Dos formas fundamentales expresan este movimiento:
o bien sube llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre
(nosotros le bendecimos por habernos bendecido; cf Ef 1, 3-14; 2 Co 1, 3-7; 1 P
1, 3-9); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo,
desciende del Padre (es él quien nos bendice; cf 2 Co 13, 13; Rm 15, 5-6. 13;
Ef 6, 23-24).
2628 La adoración es la primera actitud del hombre
que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos
ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del
mal. Es la acción de humill ar el espíritu ante el "Rey de la gloria"
(Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios "siempre
mayor" (S. Agustín, Sal. 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y
soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.
II
LA ORACION DE PETICION
2629 El vocabulario neotestamentario sobre la
oración de súplica está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con
insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso "luchar en la
oración" (cf Rm 15, 30; Col 4, 12). Pero su forma más habitual, por ser la
más espontánea, es la petición: Mediante la oración de petición mostramos la
conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro
propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero
también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de
nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia El.
2630 El Nuevo Testamento no contiene apenas
oraciones de lamentación, frecuentes en el Antiguo. En adelante, en Cristo
resucitado, la oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque
todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición
cristiana brota de otras profundidades, de lo que S. Pablo llama el gemido: el
de la creación "que sufre dolores de parto" (Rm 8, 22), el nuestro
también en la espera "del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra
salvación es objeto de esperanza" (Rm 8, 23-24), y, por último, los
"gemidos inefables" del propio Espíritu Santo que "viene en
ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene"
(Rm 8, 26).
2631 La petición de perdón es el primer movimiento
de la oración de petición (cf el publicano: "ten compasión de mí que soy
pecador": Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La
humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo
Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces
"cuanto pidamos lo recibimos de El" (1 Jn 3, 22). Tanto la
celebración de la eucaristía como la oración personal comienzan con la petición
de perdón.
2632 La petición cristiana está centrada en el
deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús
(cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero
el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su
venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es
ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf
Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que nos
revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración
cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al
orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.
2633 Cuando se participa así en el amor salvador
de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de
petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por
las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta
seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión
(cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).
III LA ORACION DE INTERCESION
2634 La intercesión es una oración de petición que
nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. El es el único intercesor
ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (cf
Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8). Es capaz de "salvar perfectamente a los
que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su
favor" (Hb 7, 25). El propio Espíritu Santo "intercede por
nosotros... y su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8,
26-27).
2635 Interceder, pedir en favor de otro, es, desde
Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el
tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la
expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca
"no su propio interés sino el de los demás" (Flp 2, 4), hasta rogar
por los que le hacen mal (recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como
Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).
2636 Las primeras comunidades cristianas vivieron
intensamente esta forma de participación (cf Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9,
14). El Apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio
(cf Ef 6, 18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por ellas (cf 2
Ts 1, 11; Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de los cristianos no conoce
fronteras: "por todos los hombres, por todos los constituídos en
autoridad" (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14), por la
salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1).
IV LA ORACION DE ACCION DE GRACIAS
2637 La acción de gracias caracteriza la oración
de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte más en
lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación
del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para
su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de
su Cabeza.
2638 Al igual que en la oración de petición, todo
acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de
gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una
acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. "En
todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de
vosotros" (1 Ts 5, 18). "Sed perseverantes en la oración, velando en
ella con acción de gracias" (Col 4, 2).
V LA ORACION DE ALABANZA
2639 La alabanza es la forma de orar que reconoce
de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por El mismo, le da gloria
no por lo que hace sino por lo que El es. Participa en la bienaventuranza de
los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante
ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos
hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos
adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras
formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término:
"un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual
somos nosotros" (1 Co 8, 6).
2640 San Lucas menciona con frecuencia en su
Evangelio la admiración y la alabanza ante las maravillas de Cristo, y las
subraya también respecto a las acciones del Espíritu Santo que son los hechos
de los apóstoles : la comunidad de Jerusalén (cf Hch 2, 47), el tullido curado
por Pedro y Juan (cf Hch 3, 9), la muchedumbre que glorificaba a Dios por ello
(cf Hch 4, 21), y los gentiles de Pisidia que "se alegraron y se pusieron
a glorificar la Palabra del Señor" (Hch 13, 48).
2641 "Recitad entre vosotros salmos, himnos y
cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor" (Ef
5, 19; Col 3, 16). Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las
primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el
Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y
cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo:
su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su
ascensión a su derecha (cf Flp 2, 6-11; Col 1, 15-20; Ef 5, 14; 1 Tm 3, 16; 6,
15-16; 2 Tm 2, 11-13). De esta "maravilla" de toda la Economía de la
salvación brota la doxología, la alabanza a Dios (cf Ef 1, 3-14; Rm 16, 25-27;
Ef 3, 20-21; Judas 24-25).
2642 La revelación "de lo que ha de suceder
pronto", el Apocalip sis, está sostenida por los cánticos de la liturgia
celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de
los "testigos" (mártires: Ap 6, 10). Los profetas y los santos, todos
los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18,
24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han
precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquél que se sienta en
el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8). En comunión con ellos, la Iglesia
terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la
petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al
"Padre de las luces de quien desciende todo don excelente" (St 1,
17). La fe es así una pura alabanza.
2643 La Eucaristía contiene y expresa todas las
formas de oración: es la "ofrenda pura" de todo el Cuerpo de Cristo
"a la gloria de su Nombre" (cf Ml 1, 11); es, según las tradiciones
de Oriente y de Occidente, "el sacrificio de alabanza".
RESUMEN
2644 El Espíritu Santo que enseña a la Iglesia y
le recuerda todo lo que Jesús dijo, la educa también en la vida de oración,
suscitando expresiones que se renuevan dentro de unas formas permanentes de orar:
bendición, petición, intercesión, acción de gracias y alabanza.
2645 Porque Dios bendice al hombre, su corazón
puede bendecir, a su vez, a Aquel que es la fuente de toda bendición.
2646 La oración de petición tiene por objeto el
perdón, la búsqueda del Reino y cualquier necesidad verdadera.
2647 La oración de intercesión consiste en una
petición en favor de otro. No conoce fronteras y se extiende hasta los
enemigos.
2648 Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento
y toda necesidad pueden ser materia de la acción de gracias que, participando
en la de Cristo, debe llenar toda la vida: "En todo dad gracias" (1
Ts 5, 18).
2649 La oración de alabanza, totalmente
desinteresada, se dirige a Dios; canta para El y le da gloria no sólo por lo
que ha hecho sino porque él es.
CAPITULO
SEGUNDO: LA TRADICION DE LA ORACION
2650. La oración no se reduce al brote espontáneo de
un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con
saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también
aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la santa Tradición), el
Espíritu Santo, en la "Iglesia creyente y orante" (DV 8), enseña a
orar a los hijos de Dios.
2651 La tradición de la oración cristiana es una
de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante
la contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su corazón
los acontecimientos y las palabras de la Economía de la salvación, y por la
penetración profunda en las realidades espirituales de las que adquieren
experiencia (cf DV 8).
Artículo
1 LAS FUENTES DE LA ORACION
2652 El Espíritu Santo es el "agua viva"
que, en el corazón orante, "brota para vida eterna" (Jn 4, 14). El es
quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida
cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el
Espíritu Santo.
La Palabra de Dios
2653 La Iglesia "recomienda insistentemente
todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la
ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3,8)... Recuerden que a la lectura de la
Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de
Dios con el hombre, pues 'a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos
cuando leemos sus palabras' (San Ambrosio, off. 1, 88)" (DV 25).
2654 Los Padres espirituales parafraseando Mt 7,
7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios
en la oración: "Buscad leyendo, y encontraréis meditando ; llamad orando,
y se os abrirá por la contemplación" (cf El Cartujano, scala: PL 184,
476C).
La Liturgia de la Iglesia
2655 La misión de Cristo y del Espíritu Santo que,
en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el
Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres
espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y
asimila la liturgia durante y después de su celebración. Incluso cuando la
oración se vive "en lo secreto" (Mt 6, 6), siempre es oración de la
Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH 9).
Las virtudes teologales
2656 Se entra en oración como se entra en la
liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su
presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo
que queremos escuchar y guardar.
2657 El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la
liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza.
Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en
nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto
y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: "En el Señor
puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor" (Sal
40, 2). "El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra
fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (Rm 15,
13).
2658 "La esperanza no falla, porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos
ha sido dado" (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca
todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder
amando como El nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien saca el
agua de ella, alcanza la cumbre de la oración:
Te amo, Dios mío, y mi único deseo es
amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente
amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única
gracia que te pido es amarte eternamente... Dios mío, si mi lengua no puede
decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada
vez que respiro (S. Juan María Bautista Vianney, oración).
"Hoy"
2659 Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando
la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo
tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que
brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está
en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11. 34): el tiempo está
en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino
hoy: "¡Ojalá oyerais hoy su voz!: No endurezcáis vuestro corazón"
(Sal 95, 7-8).
2660 Orar en los acontecimientos de cada día y de
cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los
"pequeños", a los servidores de Cristo, a los pobres de las
bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de
justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es
importante amasar con la oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las
formas de oración pueden ser esa levadura con la que el Señor compara el Reino
(cf Lc 13, 20-21).
RESUMEN
2661 Mediante la Tradición viva, el Espíritu
Santo, en la Iglesia, enseña a los hijos de Dios a orar.
2662 La Palabra de Dios, la liturgia de la Iglesia
y las virtudes de fe, esperanza y caridad son fuentes de la oración.
Artículo
2 EL CAMINO DE LA ORACION
2663 En la tradición viva de la oración, cada
Iglesia propone a sus fieles, según el contexto histórico, social y cultural,
el lenguaje de su oración: palabras, melodías, gestos, iconografía. Corresponde
al magisterio (cf. DV 10) discernir la fidelidad de estos caminos de oración a
la tradición de la fe apostólica y compete a los pastores y catequistas
explicar el sentido de ello, con relación siempre a Jesucristo.
La oración al Padre
2664 No hay otro camino de oración cristiana que
Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no
tiene acceso al Padre más que si oramos "en el Nombre" de Jesús. La
santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos
enseña a orar a Dios nuestro Padre.
La oración a Jesús
2665 La oración de la Iglesia, alimentada por la
palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor
Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones
litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos, según
su actualización en la Oración de la Iglesia, y el Nuevo Testamento ponen en
nuestros labios y gravan en nuestros corazones las invocaciones de esta oración
a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey,
Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra
Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres...
2666 Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel
que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es
inefable para los labios humanos (cf Ex 3, 14; 33, 19-23), pero el Verbo de
Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo:
"Jesús", "YHVH salva" (cf Mt 1, 21). El Nombre de Jesús
contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la
salvación. Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro propio corazón.
Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el
resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó
y se entregó por él (cf Rm 10, 13; Hch 2, 21; 3, 15-16; Ga 2, 20).
2667 Esta invocación de fe bien sencilla ha sido
desarrolla da en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y
en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los espirituales del
Sinaí, de Siria y del Monte Athos es la invocación: "Jesús, Cristo, Hijo
de Dios, Señor, ¡Ten piedad de nosotros, pecadores!" Conjuga el himno
cristológico de Flp 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego
(cf Lc 18,13; Mc 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la
miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.
2668 La invocación del santo Nombre de Jesús es el
camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un
corazón humildemente atento, no se dispersa en "palabrerías" (Mt 6,
7), sino que "conserva la Palabra y fructifica con perseverancia" (cf
Lc 8, 15). Es posible "en todo tiempo" porque no es una ocupación al
lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y
transfigura toda acción en Cristo Jesús.
2669 La oración de la Iglesia venera y honra al
Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a
su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados.
La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las
estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de
Jesús que con su santa Cruz nos redimió.
"Ven, Espíritu Santo"
2670 "Nadie puede decir: '¡Jesús es Señor!'
sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). Cada vez que en la
oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia
preveniente, nos atrae al Camino de la oración. Puesto que él nos enseña a orar
recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la
Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente
al comenzar y al terminar cualquier acción importante.
Si el Espíritu no debe ser adorado,
¿cómo me diviniza él por el bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser
objeto de un culto particular? (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 28).
2671 La forma tradicional para pedir el Espíritu
es invocar al Padre por medio de Cristo nuestro Señor para que nos dé el
Espíritu Consolador (cf Lc 11, 13). Jesús insiste en esta petición en su Nombre
en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad (cf Jn 14, 17;
15, 26; 16, 13). Pero la oración más sencilla y la más directa es también la
más tradicional: "Ven, Espíritu Santo", y cada tradición litúrgica la
ha desarrollado en antífonas e himnos:
Ven, Espíritu Santo, llena los
corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor (cf secuencia
de Pentecostés).
Rey celeste, Espíritu Consolador,
Espíritu de Verdad, que estás presente en todas partes y lo llenas todo, tesoro
de todo bien y fuente de la vida, ven, habita en nosotros, purifícanos y
sálvanos. ¡Tú que eres bueno! (Liturgia bizantina. Tropario de vísperas de
Pentecostés).
2672 El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo
nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de
la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración
como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En
la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia.
En comunión con la Santa Madre de Dios
2673 En la oración, el Espíritu Santo nos une a la
Persona del Hijo Unico, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella,
nuestra oración filial comulga en la Iglesia con la Madre de Jesús (cf Hch 1,
14).
2674 Desde el sí dado por la fe en la anunciación
y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende
desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, "que son
peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias" (LG 62).
Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y
nuestra Madre es pura transparencia de él: María "muestra el Camino"
["Hodoghitria"], ella es su "signo", según la iconografía
tradicional de Oriente y Occidente.
2675 A partir de esta cooperación singular de
María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración
a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en
sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta
oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno "engrandece"
al Señor por las "maravillas" que ha hecho en su humilde esclava, y
por medio de ella, en todos los seres humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo
confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios ya que
ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de
Dios.
2676 Este doble movimiento de la oración a María
ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Ave María:
"Dios te salve, María [Alégrate,
María]". La salutación del Angel Gabriel abre la oración del Ave María. Es
Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se
atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su
humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en
ella (cf So 3, 17b)
"Llena de gracia, el Señor es
contigo": Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente.
María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que
está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia.
"Alégrate... Hija de Jerusalén... el Señor está en medio de ti" (So
3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de
Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es
"la morada de Dios entre los hombres" (Ap 21, 3). "Llena de
gracia", se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará
al mundo.
"Bendita tú eres entre todas las
mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Después del saludo
del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. "Llena del Espíritu Santo"
(Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que
llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): "Bienaventurada la que ha
creído... " (Lc 1, 45): María es "bendita entre todas las
mujeres" porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.
Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de
la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los
creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél
que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.
2677 "Santa María, Madre de Dios, ruega por
nosotros... " Con Isabel, nos maravillamos y decimos: "¿De dónde a mí
que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su
hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros
cuidados y nuestras peticiones: ora para nosotros como oró para sí misma:
"Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Confiándonos a su
oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: "Hágase tu voluntad".
"Ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte". Pidiendo a María que ruegue por
nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la "Madre de la
Misericordia", a la Virgen Santísima. Nos ponemos en sus manos "ahora",
en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle
desde ahora, "la hora de nuestra muerte". Que esté presente en esa
hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo y que en la hora de nuestro
tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo
Jesús, al Paraíso.
2678 La piedad medieval de Occidente desarrolló la
oración del Rosario, en sustitución popular de la Oración de las Horas. En
Oriente, la forma litánica del Acathistós y de la Paráclisis se ha conservado
más cerca del oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las
tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos
populares a la Madre de Dios. Pero en el Ave María, los theotokia, los himnos
de San Efrén o de San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es
fundamentalmente la misma.
2679 María es la orante perfecta, figura de la
Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que
envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado,
acogemos (cf Jn 19, 27) a la madre de Jesús, hecha madre de todos los
vivientes. Podemos orar con ella y a ella. La oración de la Iglesia está
sostenida por la oración de María. Le está unida en la esperanza (cf LG 68-69).
RESUMEN
2680 La oración está dirigida principalmente al
Padre; igualmente se dirige a Jesús, en especial por la invocación de su santo
Nombre: "Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ¡ten piedad de nosotros,
pecadores!"
2681 "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor',
sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). La Iglesia nos invita a
invocar al Espíritu Santo como Maestro interior de la oración cristiana.
2682 En virtud de su cooperación singular con la
acción del Espíritu Santo, la Iglesia ora también en comunión con la Virgen María
para ensalzar con ella las maravillas que Dios ha realizado en ella y para
confiarle súplicas y alabanzas.
Artículo
3 MAESTROS Y LUGARES DE
ORACION
Una pléyade de testigos
2683 Los testigos que nos han precedido en el
Reino (cf Hb 12, 1), especialmente los que la Iglesia reconoce como
"santos", participan en la tradición viva de la oración, por el
modelo de su vida, por la transmisión de sus escritos y por su oración actual.
Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado
en la tierra. Al entrar "en la alegría" de su Señor, han sido
"constituidos sobre lo mucho" (cf Mt 25, 21). Su intercesión es su
más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan
por nosotros y por el mundo entero.
2684 En la comunión de los santos, se han
desarrollado diversas espiritualidades a lo largo de la historia de la Iglesia.
El carisma personal de un testigo del amor de Dios hacia los hombres, por
ejemplo el "espíritu" de Elías a Eliseo (cf 2 R 2, 9) y a Juan
Bautista (cf Lc 1, 17), ha podido transmitirse para que unos discípulos tengan
parte en ese espíritu (cf PC 2). En la confluencia de corrientes litúrgicas y
teológicas se encuentra también una espiritualidad que muestra cómo el espíritu
de oración incultura la fe en un ámbito humano y en su historia. Las diversas
espiritualidades cristianas participan en la tradición viva de la oración y son
guías indispensables para los fieles. En su rica diversidad, reflejan la pura y
única Luz del Espíritu Santo.
"El Espíritu es verdaderamente el
lugar de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se
ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo" (San Basilio, Spir. 26,
62).
Servidores de la oración
2685 La familia cristiana es el primer lugar de la
educación en la oración. Fundada en el sacramento del matrimonio, es la
"Iglesia doméstica" donde los hijos de Dios aprenden a orar "en
Iglesia" y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños
pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva
de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo.
2686 Los ministros ordenados son también
responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en
Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de
Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la
vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas (cf PO 4-6).
2687 Muchos religiosos han consagrado y consagran
toda su vida a la oración. Desde el desierto de Egipto, eremitas, monjes y
monjas han dedicado su tiempo a la alabanza de Dio s y a la intercesión por su
pueblo. La vida consagrada no se mantiene ni se propaga sin la oración; es una
de las fuentes vivas de la contemplación y de la vida espiritual en la Iglesia.
2688 La catequesis de niños, jóvenes y adultos,
está orientada a que la Palabra de Dios se medite en la oración personal, se
actualice en la oración litúrgica, y se interiorice en todo tiempo a fin de
fructificar en una vida nueva. La catequesis es también el momento en que se
puede purificar y educar la piedad popular (cf. CT 54). La memorización de las
oraciones fundamentales ofrece una base indispensable para la vida de oración,
pero es importante hacer gustar su sentido (cf CT 55).
2689 Grupos de oración, es decir, "escuelas
de oración", son hoy uno de los signos y uno de los acicates de la
renovación de la oración en la Iglesia, a condición de beber en las auténticas fuentes
de la oración cristiana. La salvaguarda de la comunión es señal de la verdadera
oración en la Iglesia.
2690 El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones
de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la
oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de
tales dones son verdaderos servidores de la Tradición viva de la oración:
Por eso, el alma que quiere avanzar en
la perfección, según el consejo de San Juan de la Cruz, debe "considerar
bien entre qué manos se pone porque tal sea el maestro, tal será el discípulo;
tal sea el padre, tal será el hijo". Y añade: "No sólo el director
debe ser sabio y prudente sino también experimentado... Si el guía espiritual
no tiene experiencia de la vida espiritual, es incapaz de conducir por ella a
las almas que Dios en todo caso llama, e incluso no las comprenderá"
(Llama estrofa 3).
Lugares favorables para la oración
2691 La iglesia, casa de Dios, es el lugar propio
de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar
privilegiado para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo
Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para la verdad
de la oración:
-
para la oración personal, el lugar favorable puede ser un "rincón de
oración", con las Sagradas Escrituras e imágenes, para estar " en lo
secreto" ante nuestro Padre (cf Mt 6, 6). En una familia cristiana este
tipo de pequeño oratorio favorece la oración en común.
-
en las regiones en que existen monasterios, una vocación de estas comunidades
es favorecer la participación de los fieles en la Oración de las Horas y
permitir la soledad necesaria para una oració n personal más intensa (cf PC 7).
-
las peregrinaciones evocan nuestro caminar por la tierra hacia el cielo. Son
tradicionalmente tiempos fuertes de renovación de la oración. Los santuarios
son, para los peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares excepcionales para
vivir "en Iglesia" las formas de la oración cristiana.
RESUMEN
2692 En su oración, la Iglesia peregrina se asocia
con la de los santos cuya intercesión solicita.
2693 Las diferentes espiritualidades cristianas
participan en la tradición viva de la oración y son guías preciosos para la
vida espiritual.
2694 La familia cristiana es el primer lugar de
educación para la oración.
2695 Los ministros ordenados, la vida consagrada,
la catequesis, los grupos de oración, la "dirección espiritual"
aseguran en la Iglesia una ayuda para la oración.
2696 Los lugares más favorables para la oración
son el oratorio personal o familiar, los monasterios, los santuarios de
peregrinación y, sobretodo, el templo que es el lugar propio de la oración
litúrgica para la comunidad parroquial y el lugar privilegiado de la adoración
eucarística.
CAPITULO
TERCERO: LA VIDA DE ORACION
2697 La oración es la vida del corazón nuevo. Debe
animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra
Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del
Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un "recuerdo
de Dios", un frecuente despertar la "memoria del corazón":
"Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar" (San
Gregorio Nacianceno, or. theol. 1, 4). Pero no se puede orar "en todo
tiempo" si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son
los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.
2698 La Tradición de la Iglesia propone a los
fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua.
Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después
de comer, la Liturgia de las Horas. El domingo, centrado en la Eucaristía, se
santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y
sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los
cristianos.
2699 El Señor conduce a cada persona por los
caminos de la vida y de la manera que él quiere. Cada fiel, a su vez, le
responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de
su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones
principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación, y la
oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento
del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en
presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de
oración.
Artículo
1 LAS EXPRESIONES DE LA
ORACION
I LA ORACION VOCAL
2700
Por medio de su Palabra, Dios habla al
hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo.
Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos
en la oración. "Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de
palabras, sino del fervor de nuestras almas" (San Juan Crisóstomo, ecl.
2).
2701 La oración vocal es un elemento indispensable
de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de
su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el "Padre Nuestro".
Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los
Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal,
desde la bendición exultante del Padre (cf Mt 11, 25-26), hasta la agonía de
Getsemaní (cf Mc 14, 36).
2702 Esta necesidad de asociar los sentidos a la
oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos
cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente
nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra
súplica todo el poder posible.
2703 Esta necesidad responde también a una
exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por
consiguiente, la oración que sube viva desde las profundidades del alma.
También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración
interior, esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios
tiene derecho.
2704 La oración vocal es la oración por excelencia
de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más
interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración
se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél "a quien
hablamos" (Santa Teresa de Jesús, cam. 26). Entonces la oración vocal se
convierte en una primera forma de oración contemplativa.
II LA MEDITACION
2705 La meditación es, sobre todo, una búsqueda.
El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse
y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de
encauzar. Habitualmente, se hace con la ayuda de un libro, que a los cristianos
no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las
imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los
Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el
de la historia, la página del "hoy" de Dios.
2706 Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo
confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa
de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren
los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de
hacer la verdad para llegar a la Luz: "Señor, ¿qué quieres que
haga?".
2707 Los métodos de meditación son tan diversos
como los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente;
si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del
sembrador (cf Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no es más que un guía; lo
importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la
oración: Cristo Jesús.
2708 La meditación hace intervenir al pensamiento,
la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para
profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y
fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica
preferentemente a meditar "los misterios de Cristo", como en la
"lectio divina" o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de
gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento
del amor del Señor Jesús, a la unión con El.
III LA ORACION DE CONTEMPLACION
2709 ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde:
"no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad,
estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (vida 8).
La contemplación busca al "amado
de mi alma" (Ct 1, 7; cf Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en él, al Padre.
Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la
fe pura, esta fe que nos hace nacer de él y vivir en él. En la contemplación se
puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.
2710 La elección del tiempo y de la duración de la
oración de contemplación depende de una voluntad decidida reveladora de los
secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo sino que
se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y
volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del
encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre
en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o
afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la
pobreza y en la fe.
2711 La entrada en la contemplación es análoga a
la de la Liturgia eucarística: "recoger" el corazón, recoger todo
nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que
somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquél que
nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia
el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que
purificar y transformar.
2712 La contemplación es la oración del hijo de
Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado
y que quiere responder a él amando más todavía (cf Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero
sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque
todo es gracia por parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y
pobre a la voluntad amante del Padre, en unión cada vez más profunda con su
Hijo amado.
2713 Así, la contemplación es la expresión más
sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser
acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una
relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf Jr 31,
33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de
Dios, "a su semejanza".
2714 La contemplación es también el tiempo fuerte
por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede "que seamos
vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que
Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y
cimentados en el amor" (Ef 3, 16-17).
2715 La contemplación es mirada de fe, fijada en
Jesús. "Yo le miro y él me mira", decía, en tiempos de su santo cura,
un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a El es renuncia
a "mí". Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús
ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su
verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también
su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el
"conocimiento interno del Señor" para más amarle y seguirle (cf San
Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).
2716 La contemplación es escucha de la palabra de
Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida
incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el
"sí" del Hijo hecho siervo y en el "fiat" de su humilde
esclava.
2717 La contemplación es silencio, este
"símbolo del mundo venidero" (San Isaac de Nínive, tract. myst. 66) o
"amor silencioso" (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración
contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor.
En este silencio, insoportable para el hombre "exterior", el Padre
nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el
Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.
2718 La contemplación es unión con la oración de
Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio
de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo
hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad
en acto.
2719 La contemplación es una comunión de amor
portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la
noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y
la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu
(y no la "carne que es débil") hace vivir en la contemplación. Es
necesario consentir en "velar una hora con él" (cf Mt 26, 40).
RESUMEN
2720 La Iglesia invita a los fieles a una oración
regulada: oraciones diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical,
fiestas del año litúrgico.
2721
La tradición cristiana contiene tres
importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación
y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del
corazón.
2722 La oración vocal, fundada en la unión del
cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración
interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el
"Padre nuestro" a sus discípulos.
2723 La meditación es una búsqueda orante, que
hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por
objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada
con la realidad de nuestra vida.
2724 La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de D