(2083-2257)
CAPITULO
PRIMERO: "AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, CON TODA TU ALMA Y
CON TODAS TUS FUERZAS"
2083. Jesús resumió los deberes del hombre para con
Dios en estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37; cf Lc 10,27: "...y con
todas tus fuerzas"). Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada
solemne: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor"
(Dt 6,4).
Dios amó primero. El amor del Dios
Unico es recordado en la primera de las "diez palabras". Los
mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está
llamado a dar a su Dios.
Artículo
1 EL PRIMER MANDAMIENTO
Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha
sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros
dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay
arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni en lo que hay en
las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás
culto" (Ex 20,2-5; cf Dt 5,6-9).
Está escrito: Al Señor tu Dios
adorarás, sólo a él darás culto (Mt 4,10).
I "ADORARAS AL SEÑOR TU DIOS, Y LE
DARAS CULTO"
2084 Dios se da a conocer recordando su acción
todopoderosa, bondadosa y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige:
"Yo te saqué del país de Egipto, de la casa de servidumbre". La
primera palabra contiene el primer mandamiento de la ley: "Adorarás al
Señor tu Dios y le servirás...no vayáis en pos de otros dioses" (Dt
6,13-14). La primera llamada y la justa exigencia de Dios consiste en que el
hombre lo acoja y lo adore.
2085 El Dios único y verdadero revela primero su
gloria a Israel (cf Ex 19,16-25; 24,15-18). La revelación de la vocación y de
la verdad del hombre está ligada a la revelación de Dios. El hombre tiene la
vocación de manifestar a Dios mediante su obrar en conformidad con su creación
"a imagen y semejanza de Dios":
No habrá jamás otro Dios, Trifón, y no
ha habido otro desde los siglos sino el que ha hecho y ordenado el universo.
Nosotros no pensamos que nuestro Dios es distinto del vuestro. Es el mismo que
sacó a vuestros padres de Egipto "con su mano poderosa y su brazo
extendido". Nosotros no ponemos nuestras esperanzas en otro, que no
existe, sino en el mismo que vosotros, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob
(S. Justino, dial. 11,1).
2086 "El primero de los preceptos abarca la
fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser
constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se
sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en él
una fe y una confianza completas. El es todopoderoso, clemente, infinitamente
inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en él todas sus esperanzas?
¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura
que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada
Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: `Yo soy el
Señor'" (Catec. R. 3,2,4).
La fe
2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe
en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la
fe" (Rm 1,5; 16,26) como de la primera obligación. Hace ver en el
"desconocimiento de Dios" el principio y la explicación de todas las
desviaciones morales (cf Rm 1,18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en
él y dar testimonio de él.
2088 El primer mandamiento nos pide que
alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos
todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la fe
descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que la Iglesia
propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la
dificultad de superar las objeciones ligadas a la fe o también la ansiedad
suscitada por la oscuridad de ésta. Si es cultivada deliberadamente, la duda
puede conducir a la ceguera del espíritu.
2089 La incredulidad es la menosprecio de la
verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. "Se
llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una
verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la
misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de
la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a
él sometidos" (CIC, can. 751).
La esperanza
2090 Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste
no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe
esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a
los mandamientos de la caridad. La esperanza es la espera confiada de la
bendición divina y de la visión bienaventurada de Dios; es también el temor de
ofender al amor de Dios y de provocar el castigo.
2091 El primer mandamiento condena también los
pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la presunción:
Por la desesperación, el hombre deja de
esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el
perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia -porque el
Señor es fiel a sus promesas- y a su Misericordia.
2092 Hay dos clases de presunción. O bien el hombre
presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto),
o bien presume de la omnipotencia o de la mise ricordia divinas, (esperando
obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).
La caridad
2093 La fe en el amor de Dios encierra la llamada
y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El
primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las criaturas por él y a
causa de él (cf Dt 6,4-5).
2094 Se puede pecar de diversas maneras contra el
amor de Dios. La indiferencia olvida o rechaza la consideración de la caridad
divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite
o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza
es una vacilación o una negligencia en responder al amor divino; puede implicar
la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedia o pereza
espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el
bien divino. El odio de Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de
Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
II "A EL SOLO DARAS CULTO"
2095 Las virtudes teologales, fe esperanza y
caridad, informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos lleva a
dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La virtud de
la religión nos dispone a esta actitud.
La adoración
2096 La adoración es el primer acto de la virtud
de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y
Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y
misericordioso. "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto"
(Lc 4,8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6,13).
2097 Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y
la sumisión absoluta, la "nada de la criatura", que sólo existe por
Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace
María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y
que su nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera al
hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la
idolatría del mundo.
La oración
2098 Los actos de fe, esperanza y caridad que
ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del
espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de
alabanza y de acción de gracia s, de intercesión y de súplica. La oración es
una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios.
"Es preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1).
El sacrificio
2099 Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal
de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión: "Toda acción
realizada para unirse a Dios en la santa comunión y poder ser bienaventurado es
un verdadero sacrificio" (S. Agustín, civ. 10,6).
2100 El sacrificio exterior, para ser auténtico,
debe ser expresión del sacrificio espiritual. "Mi sacrificio es un
espíritu contrito..." (Sal 51,19). Los profetas de la Antigua Alianza
denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior
(cf Am 5,21-25) o sin amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las
palabras del profeta Oseas: "Misericordia quiero, que no sacrificio"
(Mt 9,13; 12,7; cf Os 6,6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció
Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación
(cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un
sacrificio para Dios.
Promesas y votos
2101 En varias circunstancias, el cristiano es
llamado a hacer promesas a Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y
la ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede
también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación,
etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto
a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.
2102 "El voto, es decir, la promesa
deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, debe
cumplirse por la virtud de la religión" (CIC can.1191,1). El voto es un
acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una
obra buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos da a Dios lo que
le ha prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a S.
Pablo cumpliendo los votos que había hecho (cf Hch 18,18; 21,23-24).
2103 La Iglesia reconoce un valor ejemplar al voto
de practicar los consejos evangélicos (cf CIC, can 654).
La santa Iglesia se alegra de que haya
en su seno muchos hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran más
claramente el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de
los hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se someten a
los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá de lo que está
mandado, para parecerse más a Cristo obediente (LG 42).
En algunos casos, la Iglesia puede, por
razones proporcionadas, dispensar de los votos y las promesas (cf CIC can.692;
1196-97).
El deber social de la religión y el derecho
a la libertad religiosa
2104. "Todos los hombres están obligados a
buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una
vez conocida, a abrazarla y practicarla" (DH 1). Este deber se desprende
de "su misma naturaleza" (DH 2). No contradice al "respeto
sincero" hacia las diversas religiones, que "no pocas veces reflejan,
sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres" (NA 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos
"a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el
error o en la ignorancia de la fe" (DH 14).
2105. El deber de dar a Dios un culto auténtico
corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es "la doctrina
tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades
respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo" (DH 1).
Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan
"informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las
leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive" (AA 13).
Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de
la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera
religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los
cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia
manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular,
sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío
XI "Quas primas").
2106 "En materia religiosa, ni se obligue a
nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella,
pública o privadamente, solo o asociado con otros" (DH 2). Este derecho se
funda en la naturaleza misma de la persona humana, cuya dignidad le hace
adherirse libremente a la verdad divina, que transciende el orden temporal. Por
eso, "permanece aún en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la
verdad y adherirse a ella" (DH 2).
2107 "Si, teniendo en cuenta las
circunstancias peculiares de los pueblos, se concede a una comunidad religiosa
un reconocimiento civil especial en el ordenamiento jurídico de la sociedad, es
necesario que al mismo tiempo se reconozca y se respete el derecho a la libertad
en materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas" (DH
6).
2108 El derecho a la libertad religiosa no es ni
la permisión moral de adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas
praestantissimum"), ni un derecho supuesto al error (cf Pío XII, discurso
6 Diciembre 1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad
civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en
materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido
en el orden jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil
(cf DH 2).
2109 El derecho a la libertad religiosa no puede
ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni
limitado solamente por un "orden público" concebido de manera
positivista o naturalista (cf Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los
"justos límites" que le son inherentes deben ser determinados para
cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien
común, y ratificados por la autoridad civil según "normas jurídicas,
conforme con el orden objetivo moral" (DH 7).
III "NO HABRA PARA TI OTROS DIOSES
DELANTE DE MI"
2110 El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses
distintos del Unico Señor que se reveló a su pueblo. Proscribe la superstición
y la irreligión. La superstición representa en cierta manera un exceso perverso
de religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la
religión.
La superstición
2111 La superstición es la desviación del
sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al
culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una
importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte,
legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las
oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones
interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23,16-22).
La idolatría
2112 El primer mandamiento condena el politeísmo.
Exige al hombre no creer en más dioses que el Dios verdadero. Y no venerar
otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este
rechazo de los "ídolos, oro y plata, obra de las manos de los
hombres", que "tienen boca y no hablan, ojos y no ven..." Estos
ídolos vanos hacen vano al que les da culto: "Como ellos serán los que los
hacen, cuantos en ellos ponen su confianza" (Sal 115,4-5.8; cf. Is
44,9-20; Jr 10,1-16; Dn 14,1-30; Ba 6; Sb 13,1-15,19). Dios, por el contrario,
es el "Dios vivo" (Jos 3,10; Sal 42,3, etc.), que da vida e
interviene en la historia.
2113 La idolatría no se refiere sólo a los cultos
falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en
divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y
reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios
(por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los
antepasados, del Estado, del dinero, etc. "No podéis servir a Dios y al
dinero", dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar
a "la Bestia" (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La
idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la
comunión divina (cf Gál 5,20; Ef 5,5).
2114 La vida humana se unifica en la adoración del
Dios Unico. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo
salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido
religioso innato en el hombre. El idólatra es el que "aplica a cualquier
cosa en lugar de Dios su indestructible noción de Dios" (Orígenes, Cels.
2,40).
Adivinación y magia
2115 Dios puede revelar el porvenir a sus profetas
o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse
con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro y
en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. La imprevisión puede
constituir una falta de responsabilidad.
2116 Todas las formas de adivinación deben
rechazarse: recurso a Satán o a los demonios, evocación de los muertos, y otras
prácticas que equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir (cf Dt
18,10; Jr 29,8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la
interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a
"mediums" encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la
historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de conciliarse los
poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de
temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
2117 Todas las prácticas de magia o de hechicería
mediante las que se pretende domesticar las potencias ocultas para ponerlas a
su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para
procurar la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas
prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de
dañar a otro o recurren a la intervención de los demonios. El llevar amuletos
es también reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias
o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El
recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legitima ni la invocación de
las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.
La irreligión
2118 El primer mandamiento de Dios reprueba los
principales pecados de irreligión, la acción de tentar a Dios en palabras o en
obras, el sacrilegio y la simonía.
2119 La acción de tentar a Dios consiste en poner
a prueba de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. Así es como Satán
quería conseguir de Jesús que se arrojara del templo y obligase a Dios,
mediante este gesto, a actuar (cf Lc 4,9). Jesús le opone las palabras de Dios:
"No tentarás al Señor tu Dios" (Dt 6,16). El reto que contiene este
tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro Criador y
Señor. Incluye siempre una duda respecto a su amor, su providencia y su poder
(cf 1 Co 10.9; Ex 17,2-7; Sal 95,9).
2120 El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente
los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las
cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre
todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo
de Cristo se nos hace presente sustancialmente (cf CIC, can. 1367; 1376).
2121 La simonía (cf Hch 8,9-24) se define como la
compra o venta de las realidades espirituales. A Simón el mago, que quiso
comprar el poder espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le
responde: "Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que
el don de Dios se compra con dinero" (Hch 8,20). Así se ajustaba a las
palabras de Jesús: "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10,8; cf
Is 55,1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse
respecto a ellos como un posesor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios.
Sólo es posible recibirlos gratuitamente de él.
2122 "Fuera de las ofrendas determinadas por
la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración
de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden
privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza" (CIC,
can. 848). La autoridad competente puede fijar estas "ofrendas"
atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe subvenir al
sostenimiento de los ministros de la Iglesia. "El obrero merece su
sustento" (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm 5,17-18).
El ateísmo
2123 "Muchos de nuestros contemporáneos no
perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan
explícitamente , hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los
problemas más graves de esta época" (GS 19,1).
2124 El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy
diversos. Una forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita
sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo ateo
considera falsamente que el hombre es "el fin de sí mismo, el artífice y
demiurgo único de su propia historia" (GS 20,1). Otra forma del ateísmo
contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación económica y
social a la que "la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo
para esta liberación, porque, al orientar la esperanza del hombre hacia una vida
futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrena" (GS
20,2).
2125 En cuanto rechaza o niega la existencia de
Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión (cf Rm 1,18). La
imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud de
las intenciones y de las circunstancias. En la génesis y difusión del ateísmo
"puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que,
por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina,
o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse
que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que
revelarlo" (GS 19,3).
2126 Con frecuencia el ateísmo se funda en una
concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda
dependencia respecto a Dios (cf GS 20,1). Sin embargo, "el reconocimiento
de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta
dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios" (GS 21,3). "La
Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los los deseos más profundos
del corazón humano" (GS 21,7).
El agnosticismo
2127 El agnosticismo reviste varias formas. En
ciertos casos, el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la
existencia de un ser transcendente que no podría revelarse y del que nadie
podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la
existencia de Dios, declarando que es imposible probarla e incluso afirmarla o
negarla.
2128 El agnosticismo puede a veces contener una
cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo,
una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la
conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo
práctico.
IV "NO TE HARAS ESCULTURA NI IMAGEN
ALGUNA..."
2129 El mandamiento divino entrañaba la
prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio
lo explica así: "Puesto que no visteis figura alguna el día en que el
Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os
hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea..." (Dt
4,15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente Transcendente.
"El lo es todo", pero al mismo tiempo "está por encima de todas
sus obras" (Si 43,27-28). Es la fuente de toda belleza creada (cf Sb
13,3).
2130 Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios
ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a
la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm 21,4-9; Sb
16,5-14; Jn 3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25, 10-12;
1 R 6,23-28; 7,23-26).
2131 Fundándose en el misterio del Verbo
encarnado, el séptimo Concilio ecuménico (celebrado en Nicea en 787), justificó
contra los iconoclastas el culto de las imágenes: las de Cristo, pero también
las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. Encarnándose, el
Hijo de Dios inauguró una nueva "economía" de las imágenes.
2132 El culto cristiano de las imágenes no es
contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, "el
honor dado a una imagen se remonta al modelo original" (S. Basilio, spir.
18,45), "el que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella
está representada" (Cc. de Nicea II: DS 601; cf Cc. de Trento: DS 1821-25;
Cc. Vaticano II: SC 126; LG 67). El honor tributado a las imágenes sagradas es
una "veneración respetuosa", no una adoración, que sólo corresponde a
Dios:
El culto de la religión no se dirige a
las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto
propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento
que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella sino que tiende
a la realidad de que ella es imagen (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 81, 3, ad
3).
RESUMEN
2133 "Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,5).
2134 El primer mandamiento llama al hombre para
que crea en Dios, espere en él y lo ame sobre todas las cosas.
2135 "Al Señor tu Dios adorarás" (Mt
4,10). Adorar a Dios, orar a él, ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir
las promesas y los votos que se le han hecho, son actos de la virtud de la
religión que constituyen la obediencia al primer mandamiento.
2136 El deber de dar a Dios un culto auténtico
concierne al hombre individual y socialmente.
2137 El hombre debe "poder profesar
libremente la religión en público y en privado" (DH 15).
2138 La superstición es una desviación del culto
que debemos al verdadero Dios. Desemboca en la idolatría y en las distintas
formas de adivinación y de magia.
2139 La acción de tentar a Dios de palabra o de
obra, el sacrilegio, la simonía,
son pecados de irreligión, prohibidos por el primer mandamiento.
2140 En cuanto niega o rechaza la existencia de
Dios, el ateísmo es un pecado contra el primer mandamiento.
2141 El culto de las imágenes sagradas está
fundado en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. No es contrario al primer
mandamiento.
Artículo
2 EL SEGUNDO MANDAMIENTO
"No tomarás en falso el nombre del
Señor tu Dios" (Ex 20,7; Dt 5,11).
"Se dijo a los antepasados: `No
perjurarás'...Pues yo os digo que no juréis en modo alguno" (Mt 5,33-34).
I EL NOMBRE DEL SEÑOR ES SANTO
2142 El segundo mandamiento prescribe respetar el
nombre del Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la virtud de la
religión y regula más particularmente nuestro uso de la palabra en las cosas
santas.
2143 Entre todas las palabras de la revelación hay
una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su nombre a los
que creen en él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre
pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. "El nombre del Señor
es santo". Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en
la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za 2,17). No lo hará
intervenir en sus propias palabras sino para bendecirlo, alabarlo y
glorificarlo (cf Sal 29,2; 96,2; 113, 1-2).
2144 La deferencia respecto a su Nombre expresa la
que es debida al misterio de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca.
El sentido de lo sagrado pertenece a la virtud de la religión:
Los sentimientos de temor y de "lo
sagrado" ¿son sentimientos cristianos o no? Nadie puede dudar
razonablemente de ello. Son los sentimientos que tend ríamos, y en un grado
intenso, si tuviésemos la visión del Dios soberano. Son los sentimientos que
tendríamos si verificásemos su presencia. En la medida en que creemos que está
presente, debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está
presente (Newman, par. 5,2).
2145 El fiel debe dar testimonio del nombre del
Señor confesando su fe sin ceder al temor (cf Mt 10,32; 1 Tm 6,12). La
predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto
hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
2146 El segundo mandamiento prohíbe usar mal del
nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de
Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.
2147 Las promesas hechas a otro en nombre de Dios
comprometen el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben
ser respetadas en justicia. Ser infiel a ellas es usar mal el nombre de Dios y,
en cierta manera, hacer de Dios un mentiroso (cf 1 Jn 1,10).
2148 La blasfemia se opone directamente al segundo
mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente-
palabras de odio, de reproche, de desafío; en decir mal de Dios, faltarle al
respeto, en las conversaciones, usar mal el nombre de Dios. Santiago reprueba a
"los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre
ellos" (St 2,7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras
contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también
blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales,
reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de
Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión.
La blasfemia es contraria al respeto
debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave (cf CIC, can
1369).
2149 Los palabras mal sonantes que emplean el
nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el
Señor. El segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino.
El Nombre de Dios es grande donde se
pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de
Dios es santo donde se le nombra con veneración y el temor de ofenderle (S.
Agustín, serm. Dom. 2, 45, 19).
II TOMAR EL NOMBRE DEL SEÑOR EN VANO
2150 El segundo mandamiento prohibe el falso
juramento . Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se
afirma. Es invocar la veracidad divina como garantía de la propia veracidad. El
juramento compromete el nombre del Señor. "Al Señor tu Dios temerás, a él
le servirás, por su nombre jurarás" (Dt 6,13).
2151 La reprobación del falso juramento es un
deber para con Dios. Como Creador y Señor, Dios es la norma de toda verdad. La
palabra humana está de acuerdo o en oposición con Dios que es la Verdad misma.
El juramento, cuando es veraz y legítimo, pone de relieve la relación de la
palabra humana con la verdad de Dios. El falso juramento invoca a Dios como
testigo de una mentira.
2152 Es perjuro quien, bajo juramento, hace una
promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido
bajo juramento, no la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de
respeto hacia el Señor de toda palabra. Comprometerse mediante juramento a hacer
una obra mala es contrario a la santidad del Nombre divino.
2153 Jesús expuso el segundo mandamiento en el
Sermón de la Montaña: "Habéis oído que se dijo a los antepasados: `no
perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos'. Pues yo os digo que no
juréis en modo alguno...sea vuestro lenguaje: `sí, sí'; `no, no': que lo que
pasa de aquí viene del Maligno" (Mt 5,33-34. 37; cf St 5,12). Jesús enseña
que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y
de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios
al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o
menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones.
2154 Siguiendo a San Pablo (cf 2 Co 1,23; Gal
1,20), la tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el
sentido de que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa
grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). "El juramento, es decir, la
invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse
con verdad, con sensatez y con justicia" (CIC, can. 1199,1).
2155 La santidad del nombre divino exige no
recurrir a él para cosas fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que
pudieran hacerlo interpretar como una aprobación del poder que lo exigiese
injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles
ilegítimas, puede ser rechazado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines
contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.
III EL NOMBRE CRISTIANO
2156 El sacramento del Bautismo es conferido
"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19).
En el bautismo, el nombre del Señor santifica al hombre, y el cristiano recibe
su nombre en la Iglesia. Este puede ser el de un santo, es decir, de un
discípulo que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser puesto
bajo el patrocinio de un santo, se le ofrece un modelo de caridad y se le
asegura su intercesión. El "nombre de bautismo" puede expresar
también un misterio cristiano o una virtud cristiana. "Procuren los
padres, los padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir
cristiano" (CIC, can. 855).
2157 El cristiano comienza su jornada, sus
oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, "en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". El bautizado consagra la jornada a
la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el
Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las
tentaciones y en las dificultades.
2158 Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is
43,1; Jn 10,3). El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de
la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.
2159 El nombre recibido es un nombre de eternidad.
En el reino, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el
nombre de Dios brillará en plena luz. "Al vencedor...le daré una
piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie
conoce, sino el que lo recibe" (Ap 2,17). "Miré entonces y había un
Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y
cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre
de su Padre" (Ap 14,1).
RESUMEN
2160 "Señor, Dios Nuestro, ¡qué admirable es
tu nombre por toda la tierra!" (Sal 8,2).
2161 El segundo mandamiento prescribe respetar el
nombre del Señor. El nombre del Señor es santo.
2162 El segundo mandamiento prohíbe todo uso
inconveniente del Nombre de Dios. La blasfemia consiste en usar de una manera
injuriosa el nombre de Dios, de Jesucristo , de la Virgen María y de los
santos.
2163 El falso juramento invoca a Dios como testigo
de una mentira. El perjurio es una falta grave contra el Señor, siempre fiel a
sus promesas.
2164 "No jurar ni por Criador ni por
criatura, si no fuere con verdad, necesidad y reverencia" (S. Ignacio de
Loyola, ex. spir. 38).
2165 En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al
cristiano. Los padres, los padrinos y el párroco deben procurar que se dé un
nombre cristiano al que es bautizado. El patrocinio de un santo ofrece un
modelo de caridad y asegura su intercesión.
2166 El cristiano comienza sus oraciones y sus
acciones con la señal de la cruz "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén".
2167 Dios llama a cada uno por su nombre (cf. Is
43,1).
Artículo
3 EL TERCER MANDAMIENTO
"Recuerda el día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día
séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún
trabajo" (Ex 20,8-10; cf. Dt 5,12-15).
"El sábado ha sido instituido para
el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre
también es señor del sábado" (Mc 2,27-28).
I EL DIA DEL SABADO
2168 El tercer mandamiento del Decálogo proclama
la santidad del sábado: "El día séptimo será día de descanso completo,
consagrado al Señor" (Ex 31,15).
2169 La Escritura hace a este propósito memoria de
la creación: "Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar
y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día
del sábado y lo hizo sagrado" (Ex 20,11).
2170 La Escritura ve también en el día del Señor
un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto:
"Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu
Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te
ha mandado guardar el día del sábado" (Dt 5,15).
2171 Dios confió a Israel el Sábado para que lo
guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16). El Sábado es
para el Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de
creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel.
2172 El obrar de Dios es el modelo del obrar humano.
Si Dios "tomó respiro" el día séptimo (Ex 31,17), también el hombre
debe "holgar" y hacer que los otros, sobre todo los pobres,
"recobren aliento" (Ex 23,12). El Sábado interrumpe los trabajos
cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres
del trabajo y el culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21).
2173 El evangelio relata numerosos incidentes en
que Jesús es acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a
la santidad de este día (cf Mc 1,21; Jn 9,16). Da con autoridad la
interpretación auténtica de la misma: "El sábado ha sido instituido para
el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27). Con compasión, Cristo
proclama que "es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una
vida en vez de destruirla" (Mc 3,4). El sábado es el día del Señor de las
misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12,5; Jn 7,23). "El Hijo del
hombre es señor del sábado" (Mc 2,28).
II EL DIA DEL SEÑOR
¡Este es el día que ha hecho el Señor,
exultemos y gocémonos en él! (Sal 118,24).
El día de la Resurrección: la nueva
creación
2174 Jesús resucitó de entre los muertos "el
primer día de la semana" (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). En cuanto
"primer día", el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera
creación. En cuanto "octavo día", que sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt
28,1), significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo.
Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de
todas las fiestas, el día del Señor ("Hè kyriakè hèmera", "dies
dominica"), el "domingo":
Nos reunimos todos el día del sol
porque es el primer día (después del sábado judío, pero también el primer día),
en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día,
Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos (S. Justino, Apol.
1,67).
El domingo, plenitud del sábado
2175 El Domingo se distingue expresamente del
sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción
litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de
Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del
hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo
que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo (cf 1 Co
10,11):
Los que vivían según el orden de cosas
antiguo han venido a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el
día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por él y por su muerte (S.
Ignacio de Antioquía, Magn. 9,1).
2176 La celebración del domingo observa la
prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de " dar a Dios un
culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal
hacia los hombres" (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto
dominical realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y
espíritu recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.
La eucaristía dominical
2177 La celebración dominical del Día y de la
Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia.
"El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición
apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de
precepto" (CIC, can. 1246,1).
"Igualmente deben observarse los
días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo,
Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos
Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can.
1246,1).
2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se
remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La
carta a los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos
acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25).
La tradición conserva el recuerdo de
una exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia, acercarse al
Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración...Asistir a la sagrada
y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida...Lo
hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso.
Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo,
serm. dom.).
2179 "La parroquia es una determinada
comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya
cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un
párroco, como su pastor propio" (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos
los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La
parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida
litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de
Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:
No puedes orar en casa como en la
Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a
Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los
espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de
los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).
La obligación del Domingo
2180 El mandamiento de la Iglesia determina y
precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los
fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247).
"Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella,
dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como
el día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)
2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y
ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a
participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados
por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o
dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente
faltan a esta obligación cometen un pecado grave.
2182 La participación en la celebración común de
la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo
y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad.
Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se
reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.
2183 "Cuando falta el ministro sagrado u otra
causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se
recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si
ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo
prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo
conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias"
(CIC, can. 1248,2).
Día de gracia y de descanso
2184 Así como Dios "cesó el día séptimo de
toda la tarea que había hecho" (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de
trabajo y descanso. La institución del Día del Señor contribuye a que todos
disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar
su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).
2185 Durante el domingo y las otras fiestas de
precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que
impidan el culto debido a Dios, la alegría propia el día del Señor, la práctica
de las obras de misericordia, la distensión necesaria del espíritu y del cuerpo
(cf CIC, can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social
constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los
fieles deben cuidar que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales
a la religión, a la vida de familia y a la salud.
El amor de la verdad busca el santo
ocio, la necesidad del amor acoge el justo trabajo (S. Agustín, civ. 19,19).
2186 Los cristianos que disponen de ocio deben
acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos
derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo
está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a
servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben
santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados
difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de
reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el
crecimiento de la vida interior y cristiana.
2187 Santificar los domingos y los días de fiesta
exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a
otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres
(deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos,
etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la
responsabilidad de un tiempo suficiente de descanso. Los fieles cuidarán con
moderación y caridad evitar los excesos y las violencias engendrados a veces
por espectáculos multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los
poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al
descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga respecto
a sus empleados.
2188 En el respeto de la libertad religiosa y del
bien común de todos, los cristianos deben reclamar el reconocimiento de los
domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a
todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus
tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad
humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el
domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación
que nos hace participar en esta "reunión de fiesta", en esta
"asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos" (Hb 12,22-23).
RESUMEN
2189 "Guardarás el día del sábado para
santificarlo" (Dt 5,12). "El día séptimo será día de descanso
completo, consagrado al Señor" (Ex 31,15).
2190 El sábado, que representaba la coronación de
la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva
creación, inaugurada en la resurrección de Cristo.
2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección
de Cristo el octavo día, que es llamado con pleno derecho día del Señor, o
domingo (cf SC 106).
2192 "El domingo...ha de observarse en toda
la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can 1246,1). "El
domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar
en la Misa" (CIC, can. 1247).
2193 "El domingo y las demás fiestas de
precepto...los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que
impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o
disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo" (CIC, can 1247).
2194 La institución del domingo contribuye a que
todos disfruten de un "reposo y ocio suficientes para cultivar la vida
familiar, cultural, social y religiosa" (GS 67,3).
2195 Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad,
a otro impedimentos para guardar el Día del Señor.
CAPITULO
SEGUNDO: "AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO"
Jesús dice a sus discípulos:
"Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13,34).
2196 En respuesta a la pregunta que le hacen sobre
cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: "El primero es:
`Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas
tus fuerzas'. El segundo es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No existe
otro mandamiento mayor que estos" (Mc 12,29-31).
El apóstol S. Pablo lo recuerda:
"El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no
adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos,
se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no
hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud" (Rm
13,8-10).
Artículo
4 EL CUARTO MANDAMIENTO
Honra a tu padre y a tu madre, para que
se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Ex
20,12).
Vivía sujeto a ellos (Lc 2,51).
El Señor Jesús recordó también la
fuerza de este "mandamiento de Dios" (Mc 7,8-13). El apóstol enseña:
"Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo.
`Honra a tu padre y a tu madre', tal es el primer mandamiento que lleva consigo
una promesa: `para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra'"
(Ef 6,1-3; cf Dt 5,16).
2197 El cuarto mandamiento encabeza la segunda
tabla. Indica el orden de la caridad. Dios quiso que, después de él, honrásemos
a nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido el
conocimiento de Dios. Estamos obligados a honrar y respetar a todos los que
Dios, para nuestro bien, ha investido de su autoridad.
2198 Este precepto se expresa de forma positiva,
indicando los deberes que se han de cumplir. Anuncia los mandamientos
siguientes que contienen un respeto particular de la vida, del matrimonio, de
los bienes terrenos, de la palabra. Constituye uno de los fundamentos de la
doctrina social de la Iglesia.
2199 El cuarto mandamiento se dirige expresamente
a los hijos en sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más
universal. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros
del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los
ancianos y antepasados. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos
respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los
subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, a
los que la administran o la gobiernan.
Este mandamiento implica y
sobreentiende los deberes de los padres, tutores, maestros, jefes, magistrados,
gobernantes, de todos los que ejercen una autoridad sobre otros o sobre una
comunidad de personas.
2200 El cumplimiento del cuarto mandamiento
comporta su recompensa: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se
prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar"
(Ex 20,12; Dt 5,16). La observancia de este mandamiento procura, con los frutos
espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad. Y al contrario, la no
observancia de este mandamiento entraña grandes daños para las comunidades y
las personas humanas.
I LA FAMILIA EN EL PLAN DE DIOS
Naturaleza de la familia
2201 La comunidad conyugal está establecida sobre
el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al
bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los
esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una
familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.
2202 Un hombre y una mujer unidos en matrimonio
forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo
reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará
como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las
diversas formas de parentesco.
2203 Al crear al hombre y a la mujer, Dios
instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus
miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y
de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de
derechos y de deberes.
La familia cristiana
2204 "La familia cristiana constituye una
revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso...puede
y debe decirse iglesia doméstica" (FC 21, cf LG 11). Es una comunidad de
fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como
aparece en el Nuevo Testamento (cf Ef 5,21-6,4; Col 3,18-21; 1 P 3, 1-7).
2205 La familia cristiana es una comunión de
personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu
Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de
Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La
oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la
caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.
2206 Las relaciones en el seno de la familia
entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre
todo del mutuo respeto de las personas. La familia es una "comunidad
privilegiada" llamada a realizar un "propósito común de los esposos y
una cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos" (GS
52,1).
II LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD
2207 La familia es la "célula original de la
vida social". Es la sociedad natural donde el hombre y la mujer son
llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la
estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los
fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la
sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se puede
aprender los valores morales, comenzar a honrar a Dios y a usar bien de la
libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.
2208 La familia debe vivir de manera que sus
miembros aprendan el cuidado y la atención de los jóvenes y ancianos, de los
enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las familias que en
ciertos momentos no se hallan en condiciones de prestar esta ayuda. Corresponde
entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad,
proveer a sus necesidades. "La religión pura e intachable ante Dios Padre
es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse
incontaminado del mundo" (St 1,27).
2209 La familia debe ser ayudada y defendida mediante
medidas sociales apropiadas. Donde las familias no son capaces de realizar sus
funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de
sostener la institución familiar. De conformidad con el principio de
subisidiariedad, las comunidades más vastas deben abstenerse de privar a las
familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas.
2210 La importancia de la familia para la vida y
el bienestar de la sociedad (cf GS 47,1) entraña una responsabilidad particular
de ésta en el sostén y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. El poder
civil ha de considerar como deber grave "el reconocimiento de la auténtica
naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y fomentarla, asegurar la
moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica" (GS 52,2).
2211 La comunidad política tiene el deber de
honrar a la familia, asistirla, y asegurarle especialmente:
-
la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con
sus propias convicciones morales y religiosas;
-
la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución
familiar;
-
la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con
los medios y las instituciones necesarios;
-
el derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un
trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;
-
conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la
asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;
-
la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere
a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc;
-
la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así
representadas ante las autoridades civiles (cf FC 46).
2212 El cuarto mandamiento ilumina las demás
relaciones en la sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de
nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros abuelos; en
nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en los bautizados, los
hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona humana, un hijo o una hija
del que quiere ser llamado "Padre nuestro". Así, nuestras relaciones
con nuestro prójimo son reconocidas como de orden personal. El prójimo no es un
"individuo" de la colectividad humana; es "alguien" que por
sus orígenes, siempre "próximos" por una u otra razón, merece una
atención y un respeto singulares.
2213 Las comunidades humanas están compuestas de
personas. Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizar los
derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la fidelidad a los
compromisos. Las justas relacione entre patronos y empleados, gobernantes y
ciudadanos, suponen la benevolencia natural conforme a la dignidad de las
personas humanas deseosas de justicia y fraternidad.
II DEBERES DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA
Deberes de los hijos
2214 La paternidad divina es la fuente de la
paternidad humana (cf. Ef 3,14); es el fundamento del honor de los padres. El
respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su
madre (cf Pr 1,8; Tb 4,3-4), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que
los une. Es exigido por el precepto divino (cf Ex 20,12).
2215 El respeto a los padres (piedad filial) está
hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su
trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura,
en sabiduría y en gracia. "Con todo tu corazón honra a tu padre, y no
olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les
pagarás lo que contigo han hecho?" (Si 7,27-28).
2216 El respeto filial se revela en la docilidad y
la obediencia verdaderas. "Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no
desprecies la lección de tu madre...en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te
acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar" (Pr 6,20-22).
"El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la
reprensión" (Pr 13,1).
2217 Mientras vive en el domicilio de sus padres,
el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la
familia. "Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato
a Dios en el Señor" (Col 3,20; cf Ef 6,1). Los hijos deben obedecer
también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes
sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de
que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.
Cuando sean mayores, los hijos deben
seguir respetando a sus padres. Deben prever sus deseos, solicitar dócilmente
sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los
padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que permanece
para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los
dones del Espíritu Santo.
2218 El cuarto mandamiento recuerda a los hijos
mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En cuanto puedan
deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante los
tiempos de enfermedad, de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber
de gratitud (cf Mc 7,10-12).
El Señor glorifica al padre en los
hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre
expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra
a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será
escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien
da sosiego a su madre (Si 3,12-13.16).
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y
en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, se indulgente,
no le desprecies en la plenitud de tu vigor...Como blasfemo es el que abandona
a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12.16).
2219 El respeto filial favorece la armonía de toda
la vida familiar; atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El
respeto a los padres irradia en todo el ambiente familiar. "Corona de los
ancianos son los hijos de los hijos" (Pr 17,6). "Soportaos unos a
otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia" (Ef 4,2).
2220 Los cristianos están obligados a una especial
gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del
bautismo y la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros
miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de
otros maestros o amigos. "Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú
tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé
que también ha arraigado en ti" (2 Tm 1,5).
Deberes de los padres
2221 La fecundidad del amor conyugal no se reduce
a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su
educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la
educación "tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede
suplirse" (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los
padres primordiales e inalienables (cf FC 36).
2222 Los padres deben mirar a sus hijos como a
hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos
en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la
voluntad del Padre del cielo.
2223 Los padres son los primeros responsables de
la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la
creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y
el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la
educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un
sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los
padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones "materiales
e instintivas a las interiores y espirituales" (CA 36). Es una grave
responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo
reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos
y corregirlos:
El que ama a su hijo, le azota sin
cesar...el que enseña a su hijo, sacará provecho de él (Si 30, 1-2).
Padres, no exasperéis a vuestros hijos,
sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor
(Ef 6,4).
2224 El hogar constituye un medio natural para la
iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades
comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y
las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
2225 Por la gracia del sacramento del matrimonio,
los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus
hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de
los que ellos son para sus hijos los "primeros anunciadores de la fe"
(LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la
Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones
afectivas que, durante la vida entera, serán auténticos preámbulos y apoyos de
una fe viva.
2226 La educación en la fe por los padres debe
comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los
miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de
una vida cristiana de acuerdo con el evangelio. La catequesis familiar precede,
acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen
la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de
Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la
vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la
catequesis de los niños y de los padres.
2227 Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento
de sus padres en la santidad (cf GS 48,4). Todos y cada uno se concederán
generosamente y sin cansarse los perdones mutuos exigidos por las ofensas, las
querellas, las injusticias, y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La
caridad de Cristo lo exige (cf Mt 18,21-22; Lc 17,4).
2228 Durante la infancia, el respeto y el afecto
de los padres se traducen ante todo por el cuidado y la atención que consagran
en educar a sus hijos, en proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En
el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a
los padres a enseñar a sus hijos a usar rectamente de su razón y de su
libertad.
2229 Los padres, como primeros responsables de la
educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que
corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto
sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les
ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen
el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones
reales de su ejercicio.
2230 Cuando llegan a la edad correspondiente, los
hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida.
Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación confiada con
sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres
deben cuidar no violentar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en
la de su futuro cónyuge. Este deber de no inmiscuirse no les impide, sino al
contrario, ayudarles con consejos juiciosos, particularmente cuando se proponen
fundar un hogar.
2231 Hay quienes no se casan para poder cuidar a
sus padres, o sus hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una
profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir
grandemente al bien de la familia humana.
IV LA FAMILIA Y EL REINO DE DIOS
2232 Los vínculos familiares, aunque son muy
importantes, no son absolutos. A la par el hijo crece, hacia una madurez y
autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se
afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y
favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de
que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf Mt 16,25): "El
que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a
su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi" (Mt 10,37).
2233 Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación
a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de
vivir: "El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi
hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,49).
Los padres deben acoger y respetar con
alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para
que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el
ministerio sacerdotal.
V LAS AUTORIDADES EN LA SOCIEDAD CIVIL
2234 El cuarto mandamiento de Dios nos ordena
también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una
autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina los deberes de quienes
ejercen la autoridad y de quienes están sometidos a ella.
Deberes de las autoridades civiles
2235 Los que ejercen una autoridad deben ejercerla
como un servicio. "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será
vuestro esclavo" (Mt 20,26). El ejercicio de una autoridad está moralmente
regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico.
Nadie puede ordenar o instituir lo que es contrario a la dignidad de las
personas y a la ley natural.
2236 El ejercicio de la autoridad ha de manifestar
una justa jerarquía de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la
libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la
justicia distributiva con sabiduría teniendo en cuenta las necesidades y la
contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar
porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a tentación
oponiendo el interés personal al de la comunidad (cf CA 25).
2237 El poder político está obligado a respetar
los derechos fundamentales de la persona humana. Y administrar humanamente
justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente de las familias y
de los desheredados.
Los derechos políticos inherentes a la
ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común.
No pueden ser suspendidos por los poderes públicos sin motivo legítimo y proporcionado.
El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la
nación y de la comunidad humana.
Deberes de los ciudadanos
2238 Los que están sometidos a la autoridad deben
mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido
ministros de sus dones (cf Rm 13,1-2): "Sed sumisos, a causa del Señor, a
toda institución humana... Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen
de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios" (1 P
2,13.16). Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer
una justa reprobación de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las
personas o el bien de la comunidad.
2239 Deber de los ciudadanos es contribuir con la
autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia,
solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del
deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades
legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con
su responsabilidad en la vida de la comunidad política.
2240 La sumisión a la autoridad y la
corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos,
el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país:
Dad a cada cual lo que se le debe: a
quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto;
a quien honor, honor (Rm 13,7).
Los cristianos residen en su propia
patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus debe res de ciudadanos
y soportan todas sus cargas como extranjeros...Obedecen a las leyes
establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes...Tan noble es
el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar
(Epístola a Diogneto, 5,5.10; 6,10).
El apóstol nos exhorta a ofrecer
oraciones y acciones de gracias por los reyes y por todos los que ejercen la
autoridad, "para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda
piedad y dignidad" (1 Tm 2,2).
2241 Las naciones más prósperas tienen obligación
de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los
medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Los poderes
públicos deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al
huésped bajo la protección de quienes lo reciben.
Las autoridades civiles, atendiendo al
bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio
del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en
lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción.
El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y
espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus
cargas.
2242 El ciudadano tiene obligación en conciencia
de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos
preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos
fundamentales de las personas o a las enseñanzas del evangelio. El rechazo de
la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a
las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el
servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. "Dad al César lo
que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22,21). "Hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29):
Cuando la autoridad pública,
excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben
rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender
sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad,
guardando los límites que señala la ley natural y evangélica (GS 74,5).
2243 La resistencia a la opresión de quienes
gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las
condiciones siguientes: (1) en caso de violaciones ciertas, graves y
prolongadas de los derechos fundamentales; (2) después de haber agotado todos
los otros recursos; (3) sin provocar desórdenes peores; (4) que haya esperanza
fundada de éxito; (5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.
La comunidad política y la Iglesia
2044 Toda institución se inspira, al menos
implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus
referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La
mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una
cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente
revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el
destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y
decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre:
Las sociedades que ignoran esta
inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven
obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y
finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen
sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado,
como lo muestra la historia (cf CA 45; 46).
2245 La Iglesia, que por razón de su misión y su
competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la
vez signo y salvaguarda del carácter transcendente de la persona humana. La
Iglesia "respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad
política de los ciudadanos" (GS 76,3).
2246 Pertenece a la misión de la Iglesia
"emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político
cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las
almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y
al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones" (GS 76,5).
RESUMEN
2247 "Honra a tu padre y a tu madre" (Dt
5,16; Mc 7,10).
2248 Según el cuarto mandamiento, Dios quiere que,
después que a él, honremos a nuestros padres y a los que él reviste de
autoridad para nuestro bien.
2249 La comunidad conyugal está establecida sobre
la alianza y el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están
ordenados al bien de los cónyuges, a la procreación y a la educación de los
hijos.
2250 "La salvación de la persona y de la
sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la
comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).
2251 Los hijos deben a sus padres respeto,
gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de
toda la vida familiar.
2252 Los padres son los primeros responsables de
la educación de sus hijos en la fe, en la oración y en todas las virtudes.
Tienen el deber de atender, en la medida de lo posible, las necesidades físicas
y espirituales de sus hijos.
2253 Los padres deben respetar y favorecer la
vocación de sus hijos. Han de recordar y enseñar que el primer mandamiento del
cristiano es seguir a Jesús.
2254 La autoridad pública está obligada a respetar
los derechos fundamentales de la persona humana y las condiciones de ejercicio
de su libertad.
2255 El deber de los ciudadanos es trabajar con
las autoridades civiles en la edificación de la sociedad en un espíritu de
verdad, justicia, solidaridad y libertad.
2256 El ciudadano está obligado en conciencia a no
seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando son contrarias a
las exigencias del orden moral. "Hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres" (Hch 5,29).
2257 Toda sociedad refiere sus juicios y su
conducta a una visión del hombre y de su destino. Sin la luz del evangelio
sobre Dios y sobre el hombre, las sociedades se hacen fácilmente totalitarias.