(1965-2082)
1965 La ley nueva o Ley evangélica es la
perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y
se expresa particularmente en el Sermón de la montaña. Es también obra del
Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad:
"Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva...pondré mis leyes en
su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo" (Hb 8,8-10; cf Jr 31,31-34).
1966 La ley nueva es la gracia del Espíritu Santo
dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza el
Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para
comunicarnos la gracia de hacerlo:
El que quiera meditar con piedad y
perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo
leemos en el Evangelio de S. Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta
perfecta de la vida cristiana...Este Sermón contiene todos los preceptos
propios para guiar la vida cristiana (S. Agustín, serm. Dom. 1,1):
1967 La Ley evangélica "da cumplimiento"
(cf Mt 5,17-19), purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En
las "Bienaventuranzas" da cumplimiento a las promesas divinas
elevándolas y ordenándolas al "Reino de los Cielos". Se dirige a los
que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los
humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de
Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.
1968 La Ley evangélica lleva a plenitud los
mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las
prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella las virtualidades
ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y
humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de
los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt
15,18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las
otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la
imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5,48), mediante el perdón
de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la
generosidad divina (cf Mt 5,44).
1969 La Ley nueva practica los actos de la
religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al "Padre que ve
en lo secreto" por oposición al deseo "de ser visto por los
hombres" (cf Mt 6,1-6. 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6,9-13).
1970 La Ley evangélica entraña la elección
decisiva entre "los dos caminos" (cf Mt 7,13-14) y la práctica de las
palabras del Señor (cf Mt 7,21-27); está resumida en la regla de oro:
"Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros;
porque esta es la Ley y los profetas" (Mt 7,12; cf Lc 6,31).
Toda la Ley evangélica está contenida
en el "mandamiento nuevo" de Jesús (Jn 13,34): amarnos los unos a los
otros como él nos ha amado (cf Jn 15,12).
1971 Al Sermón del monte conviene añadir la
catequesis mora l de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col
3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina trasmite la enseñanza del Señor con la
autoridad de los apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se
derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del
Espíritu Santo. "Vuestra caridad se sin fingimiento...amándoos
cordialmente los unos a los otros...con la alegría de la esperanza; constantes
en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de
los santos; practicando la hospitalidad" (Rm 12,9-13). Esta catequesis nos
enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación
con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5-10).
1972 La Ley nueva es llamada ley de amor, porque
hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley
de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y
los sacramentos; ley de libertad (cf St 1,25; 2,12), porque nos libera de las
observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar
espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición
del siervo "que ignora lo que hace su señor", a la de amigo de
Cristo, "porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer"
(Jn 15,15), o también a la condición de hijo heredero (cf Gál 4,1-7. 21-31; Rm
8,15).
1973 Más allá de los preceptos, la Ley nueva
contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos
de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad,
perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar loo
que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que,
incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de
la caridad (cf S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 184,3).
1974 Los consejos evangélicos manifiestan la
plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y
estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste
esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos
indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la
vocación de cada uno:
(Dios) no quiere que cada uno observe
todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad
de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo
requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los
mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas leyes y de todas las
acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor
(S. Francisco de Sales, amor 8,6).
RESUMEN
1975 Según la Escritura, la ley es una instrucción
paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza
prometida y proscribe los caminos del mal.
1976 "La ley es una ordenación de la razón al
bien común, promulgada por el que está a cargo de la comunidad" (S. Tomás
de Aquino, s.th. 1-2, 90, 4).
1977 Cristo es el fin de la ley (cf Rm 10,4); sólo
él enseña y otorga la justicia de Dios.
1978 La ley natural es una participación en la
sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su
Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus
derechos y sus deberes fundamentales.
1979 La ley natural es inmutable, permanente a
través de la historia. Las normas que la expresan son siempre sustancialmente
válidas. Es una base necesaria para la edificación de las normas morales y la
ley civil.
1980 La Ley antigua es la primera etapa de la Ley
revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los Diez mandamientos.
1981 La Ley de Moisés contiene muchas verdades
naturalmente accesibles a la razón. Dios las ha revelado porque los hombres no
las leían en su corazón.
1982 La Ley antigua es una preparación para el
Evangelio.
1983 La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo
recibida mediante la fe en Cristo, que opera por la caridad. Se expresa
especialmente en el Sermón del Señor en la montaña y utiliza los sacramentos
para comunicarnos la gracia.
1984 La Ley evangélica cumple, supera y lleva a su
perfección la Ley antigua: sus promesas mediante las bienaventuranzas del Reino
de los cielos, sus mandamientos, reformando la raíz de los actos, el cor azón.
1985 La Ley nueva es una ley de amor, una ley de
gracia, una ley de libertad.
1986 Más allá de sus preceptos, la Ley nueva
comprende los consejos evangélicos. "La santidad de la Iglesia también se
fomenta de manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en
el Evangelio a sus discípulos para que los practiquen" (LG 42).
Artículo
2 GRACIA Y JUSTIFICACION
I LA JUSTIFICACION
1987 La gracia del Espíritu Santo tiene el poder
de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos
"la justicia de Dios por la fe en Jesucristo" (Rm 3,22) y por el
Bautismo (cf Rm 6,3-4):
Y si hemos muerto con Cristo, creemos
que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre
los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su
muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un
vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y
vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11).
1988 Por el poder del Espíritu Santo participamos
en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a
una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia (cf 1 Co 12),
sarmientos unidos a la Vid que es él mismo (cf Jn 15,1-4):
Por el Espíritu Santo participamos de
Dios. Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de la
naturaleza divina...Por eso, aquellos en quienes habita el Espíritu están
divinizados (S. Atanasio, ep. Serap. 1,24).
1989 La primera obra de la gracia del Espíritu
Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al
comienzo del evangelio: "Convertíos porque el Reino de los Cielos está
cerca" (Mt 4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se
aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. "La
justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y
la renovación del hombre interior (Cc. de Trento: DS 1528).
1990 La justificación separa al hombre del pecado
que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación sigue a
la iniciativa de la misericordia de Dios que ofrece el perdón. Reconcilia al
hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y cura.
1991 La justificación es al mismo tiempo la
acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa
aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en
nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la
obediencia a la voluntad divina.
1992 La justificación nos fue merecida por la
pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable
a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de
todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de
la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por
el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el
don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):
Pero ahora, independientemente de la
ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los
profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen
-pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de
Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención
realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de
propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia,
pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la
paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para
ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rm 3,21-26).
1993 La justificación establece la colaboración
entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se
expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la
conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que
lo previene y lo guarda:
Cuando Dios toca el corazón del hombre
mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al
recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo,
sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la
justicia delante de él (Cc. de Trento: DS 1525).
1994 La justificación es la obra más excelente del
amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo. S.
Agustín afirma que "la justificación del impío es una obra más grande que
la creación del cielo y de la tierra", porque "el cielo y la tierra
pasarán, mientras la salvación y la justificación de los elegidos
permanecerán" (ev. Jo. 72,3). Dice incluso que la justificación de los
pecadores supera a la creación de los ángeles en la justicia porque manifiesta
una misericordia mayor.
1995 El Espíritu Santo es el maestro interior.
Haciendo nacer al "hombre interior" (Rm 7,22; Ef 3,16), la
justificación implica la santificación de todo el ser:
Si en otros tiempos ofrecisteis
vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros,
ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad...al presente,
libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin,
la vida eterna (Rm 6, 19.22).
II LA GRACIA
1996 Nuestra justificación es obra de la gracia de
Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder
a su llamada, ser hijos de Dios (cf Jn 1,12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8,
14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1,3-4), de la vida eterna (cf
Jn 17,3).
1997 La gracia es una participación en la vida de
Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el
cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como
"hijo adoptivo" puede ahora llamar "Padre" a Dios, en unión
con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que
forma la Iglesia.
1998 Esta vocación a la vida eterna es
sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque
sólo él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la
inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura (1 Co
2,7-9).
1999 La gracia de Cristo es el don gratuito que
Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para
curarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o deificante,
recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación
(cf Jn 4,14; 7,38-39):
Por tanto, el que está en Cristo es una
nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos
reconcilió consigo por Cristo (2 Co 5,17-18).
2000 La gracia santificante es un don habitual,
una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla
capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la
gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la llamada
divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas sea en
el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.
2001 La preparación del hombre para acoger la
gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener
nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación
mediante la caridad. Dios acaba en nosotros lo que él mismo comenzó,
"porque él, por su operación, comienza haciendo que nosotros queramos;
acaba cooperando con nuestra voluntad ya convertida" (S. Agustín, grat.
17):
Ciertamente nosotros trabajamos
también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su
misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para
que, una vez curados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos
llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que
vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues
sin él no podemos hacer nada (S. Agustín, nat. et grat. 31).
2002 La libre iniciativa de Dios exige la libre
respuesta del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con
la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en
la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón
del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo él
puede colmar. Las promesas de la "vida eterna" responden, por encima
de toda esperanza, a esta aspiración:
Si tú descansaste el día séptimo, al
término de todas tus obras muy buenas, fue para decirnos por la voz de tu libro
que al término de nuestras obras, "que son muy buenas" por el hecho
de que eres tú quien nos las ha dado, también nosotros en el sábado de la vida
eterna descansaremos en ti (S. Agustín, conf. 13, 36, 51).
2003 La gracia es primera y principalmente el don
del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende
también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra,
para hacernos capaces de colaborar a la salvación de los otros y al crecimiento
del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones
propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales,
llamadas también "carismas", según el término griego empleado por S.
Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf LG 12). Cualquiera
que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de
lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin
el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la
Iglesia (cf 1 Co 12).
2004 Entre las gracias especiales conviene
mencionar las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las
responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la
Iglesia:
Teniendo dones diferentes, según la
gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida
de nuestra fe; si es el ministerio, en el ministerio; la enseñanza, enseñando;
la exhortación, exhortando. El que da, con sencillez; el que preside, con
solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad (Rm 12,6-8).
2005 Siendo de orden sobrenatural, la gracia
escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no
podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de
ellos que estamos justificados y salvados (cf Cc. de Trento: DS 1533-34). Sin
embargo, según las palabras del Señor: "Por sus frutos los
conoceréis" (Mt 7,20), la consideración de los beneficios de Dios en
nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia
está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud
de pobreza confiada:
Una de las más bellas ilustraciones de
esta actitud se encuentra en la respuesta de Santa Juana de Arco a una pregunta
capciosa de sus jueces eclesiásticos: "Interrogada si sabía que estaba en
gracia en Dios, responde: `si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si
estoy, que Dios me quiera guardar en ella'" (Juana de Arco, proc.).
III EL MERITO
Manifiestas tu gloria en la asamblea de
los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra (MR, prefacio de
los santos, citando al "Doctor de la gracia", S. Agustín, Sal.
102,7).
2006 El término "mérito" designa en
general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad por la
acción de uno de sus miembros, experimentada como obra buena u obra mala, digna
de recompensa o de sanción. El mérito depende de la virtud de la justicia
conforme al principio de igualdad que la rige.
2007 Frente a Dios no hay, en el sentido de un
derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre él y nosotros, la
desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de él,
nuestro Creador.
2008 El mérito del hombre ante Dios en la vida
cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la
obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que él
impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo en cuanto que éste colabora,
de suerte que los méritos de las obras buenas tengan que atribuirse a la gracia
de Dios en primer lugar, y al fiel en segundo lugar. Por otra parte el mérito
del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo,
de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.
2009 La adopción filial, haciéndonos partícipes
por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia
gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el
pleno derecho del amor, que nos hace "coherederos" de Cristo y dignos
de obtener la "herencia prometida de la vida eterna" (Cc. de Trento:
DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina
(cf. Cc. de Trento: DS 1548). "La gracia ha precedido; ahora se da lo que
es debido...los méritos son dones de Dios" (S. Agustín, serm. 298,4-5).
2010 Por pertenecer a Dios la iniciativa en el
orden de la gracia, nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la
conversión, del perdón y de la justificación. Bajo la moción del Espíritu Santo
y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás
gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y
de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes
temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría
de Dios. Estas gracias y estos bienes son objeto de la oración cristiana. Esta
remedia nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias.
2011 La caridad de Cristo es en nosotros la fuente
de todos nuestros méritos ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor
activo, asegura la cualidad sobrenatural de nuestros actos y por consiguiente
su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre
una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia.
Tras el destierro en la tierra espero
gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo,
quiero trabajar sólo por vuestro amor...En el atardecer de esta vida
compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes
mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero
revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti
mismo...(S. Teresa del Niño Jesús, ofr.).
IV LA SANTIDAD CRISTIANA
2012 "Sabemos que en todas las cosas
interviene Dios para bien de los que le aman...a los que de antemano conoció,
también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el
primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los
llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a
)sos también los glorificó" (Rm 8,28-30).
2013 "Todos los fieles, de cualquier estado o
régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad" (LG 40). Todos son llamados a la santidad:
"Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48):
Para alcanzar esta perfección, los
creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para
entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán
siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo
obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del
Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la
historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).
2014 El progreso espiritual tiende a la unión cada
vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama "mística", porque
participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -"los santos misterios"-
y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta
unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta
vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don
gratuito hecho a todos.
2015 El camino de la perfección pasa por la cruz.
No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso
espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a
vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:
El que asciende no cesa nunca de ir de
comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que
asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant.
8).
2016 Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan
justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su
Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf
Cc. de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes
comparten la "bienaventurada esperanza" de aquellos a los que la
misericordia divina congrega en la "Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que
baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su
esposo" (Ap 21,2).
RESUMEN
2017 La gracia del Espíritu Santo nos confiere la
justicia de Dios. Uniéndonos por la fe y el Bautismo a la Pasión y a la
Resurrección de Cristo, el Espíritu nos hace participar en su vida.
2018 La justificación, como la conversión,
presenta dos aspectos. Bajo la moción de la gracia, el hombre se vuelve a Dios
y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo Alto.
2019 La justificación entraña la remisión de los
pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.
2020 La justificación nos fue merecida por la
Pasión de Cristo. Nos es concedida mediante el Bautismo. Nos conforma con la
justicia de Dios que nos hace justos. Tiene su fin en la gloria de Dios y de
Cristo y el don de la vida eterna. Es la obra más excelente de la misericordia
de Dios.
2021 La gracia es el auxilio que Dios nos da para
responder a nuestra vocación de llegar a ser sus hijos adoptivos. Nos introduce
en la intimidad de la vida trinitaria.
2022 La iniciativa divina en la obra de la gracia
previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre. La gracia responde a
las aspiraciones profundas de la libertad humana; llama al hombre a cooperar
con ella y la perfecciona.
2023 La gracia santificante es el don gratuito que
Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para
curarla del pecado y santificarla.
2024 La gracia santificante nos hace
"agradables a Dios". Los carismas, gracias especiales del Espíritu
Santo, están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común
de la Iglesia. Dios actúa así mediante gracias actuales múltiples que se
distinguen de la gracia habitual, permanente en nosotros.
2025 El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante
Dios sino como consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de
su gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la
colaboración del hombre en segundo lugar. El mérito del hombre recae en Dios.
2026 La gracia del Espíritu Santo, en virtud de
nuestra filiación adoptiva, puede conferirnos un verdadero mérito según la
justicia gratuita de Dios. La caridad es en nosotros la fuente principal del
mérito ante Dios.
2027 Nadie puede merecer la gracia primera que
está en el inicio de la conversión. Bajo la moción del Espíritu Santo podemos
merecer en favor nuestro y de los demás todas las gracias útiles para llegar a
la vida eterna, como también los necesarios bienes temporales.
2028 "Todos los fieles...son llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40).
"La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite"
(S. Gregorio de Nisa, v. Mos.).
2029 "Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24).
Artículo
3 LA IGLESIA, MADRE Y
EDUCADORA
2030 El cristiano realiza su vocación en la
Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra
de Dios, que contiene las enseñanzas de la ley de Cristo (Gal 6,2). De la
Iglesia recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De
la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada
Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el
testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición
espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la
liturgia celebra a lo largo del santoral.
2031 La vida moral es un culto espiritual.
Ofrecemos nuestros cuerpos "como una hostia viva, santa, agradable a
Dios" (Rm 12,1) en el seno del Cuerpo de Cristo que formamos y en comunión
con la ofrenda de su Eucaristía. En la liturgia y la celebración de los
sacramentos, plegaria y enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo para
iluminar y alimentar el obrar cristiano. Como el conjunto de la vida cristiana,
la vida moral tiene su fuente y su cumbre en el sacrificio eucarístico.
I VIDA MORAL Y MAGISTERIO DE LA IGLESIA
2032 La Iglesia, "columna y fundamento de la
verdad" (1 Tm 3,15), "recibió de los apóstoles este solemne mandato
de Cristo de anunciar la verdad que nos salva" (LG 17). "Compete siempre
y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los
referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos
humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona
humana o la salvación de las almas" (CIC, can. 747,2).
2033 El magisterio de los pastores de la Iglesia
en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación,
con la ayuda de las obras de los teólogos y de los autores espirituales. Así se
ha trasmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de
los pastores, el "depósito" de la moral cristiana, compuesto de un
conjunto característico de normas, de mandamientos y de virtudes que proceden
de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha
tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y el Padrenuestro, el
Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los
hombres.
2034 El romano pontífice y los obispos como
"maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo...
predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que
llevar a la práctica" (LG 25). El magisterio ordinario y universal del
Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han
de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de
esperar.
2035 El grado supremo de la participación en la
autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se
extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende
también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales
las verdades salvíficas de la fe no pueden ser guardadas, expuestas u
observadas (cf CDF, decl. "Mysterium ecclesiae" 3).
2036 La autoridad del Magisterio se extiende
también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia,
exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las
precripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte
esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad
y de recordarles lo que deben ser ante Dios (cf. DH 14).
2037 La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es
enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto,
tienen el derecho (cf CIC can. 213) de ser instruidos en los preceptos divinos
salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, curan la razón humana
herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los decretos
promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque sean disciplinares,
estas determinaciones requieren la docilidad en la caridad.
2038 En la obra de enseñanza y de aplicación de la
moral cristiana, la Iglesia necesita la dedicación de los pastores, la ciencia
de los teólogos, la contribución de todos los cristianos y de los hombres de
buena voluntad. La fe y la práctica del Evangelio procuran a cada uno una
experiencia de la vida "en Cristo" que ilumina y da capacidad para
estimar las realidades divinas y humanas según el Espíritu de Dios (cf 1 Co
10-15). Así el Espíritu Santo puede servirse de los más humildes para iluminar
a los sabios y los más elevados en dignidad.
2039 Los ministerios deben ejercerse en un
espíritu de servicio fraternal y de dedicación a la Iglesia en nombre del Señor
(cf Rm 12,8.11). Al mismo tiempo, la conciencia de cada uno en su juicio moral
sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración
individual. Con mayor empeño debe abrirse a ala consideración del bien de todos
según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la
ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las
cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la
ley moral o al Magisterio de la Iglesia.
2040 Así puede crearse entre los cristianos un
verdadero espíritu filial frente a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la
gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros
del Cuerpo de Cristo. En su solicitud materna, la Iglesia nos concede la
misericordia de Dios que desborda todos nuestros pecados y actúa especialmente
en el sacramento de la reconciliación. Como una madre previsora nos prodiga
también en su liturgia, día tras día, el alimento de la Palabra y de la
Eucaristía del Señor.
II LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA
2041 Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en
esta línea de una vida moral ligada a la vida litúrgica y que se alimenta de
ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la
autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo
indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el
crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de
la santa Madre Iglesia son cinco:
2042 El primer mandamiento (oír misa entera y los
domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles")
exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la
Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los
misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer
lugar participando en la celebración eucarística, y descansando de aquellos
trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de estos días (cf
CIC can. 1246-1248; CCEO, can. 880, § 3; 881, §§ 1. 2. 4).
El segundo mandamiento ("confesar
los pecados mortales al menos una vez al año") asegura la preparación para
la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que
continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo (cf CIC can. 989; CCEO
can.719).
El tercer mandamiento ("recibir el
sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua") garantiza un mínimo en
la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en conexión con el tiempo de
Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana (cf CIC can. 920; CCEO can.
708. 881, § 3).
2043 El cuarto mandamiento (abstenerse de comer
carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia) asegura los tiempos de ascesis
y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas y para adquirir el
dominio sobre nuestros instintos, y la libertad del corazón (cf CIC can.
1249-51; CCEO can. 882).
El quinto mandamiento (ayudar a las
necesidades de la Iglesia) enuncia que los fieles están además obligados a
ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades materiales de la
Iglesia (cf CIC can. 222; CCEO, can. 25. Las Conferencias Episcopales pueden
además establecer otros preceptos eclesiásticos para el propio territorio. Cf
CIC, can. 455).
III VIDA MORAL Y TESTIMONIO MISIONERO
2044 La fidelidad de los bautizados es una
condición primordial para el anuncio del evangelio y para la misión de la
Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de
irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el
testimonio de vida de los cristianos. "El mismo testimonio de la vida
cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces
para atraer a los hombres a la fe y a Dios" (AA 6).
2045 Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo,
cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1,22), contribuyen, mediante la constancia de sus
convicciones y de sus costumbres, a la edificación de la Iglesia. La Iglesia
aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39),
"hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud en Cristo" (Ef 4,13).
2046 Mediante un vivir según Cristo, los
cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, "Reino de justicia, de
verdad y de paz" (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Sin embargo, no
abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud,
paciencia y amor.
RESUMEN
2047 La vida moral es un culto espiritual. El
obrar cristiano se alimenta en la liturgia y la celebración de los sacramentos.
2048 Los mandamientos de la Iglesia se refieren a
la vida moral y cristiana, unida a la liturgia, y que se alimenta de ella.
2049 El Magisterio de los pastores de la Iglesia
en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y la predicación
sobre la base del Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos
para todo hombre.
2050 El romano pontífice y los obispos, como
Maestros auténticos, predican al pueblo de Dios la fe que debe ser creída y
aplicada en las costumbres. A ellos corresponde también pronunciarse sobre las
cuestiones morales que atañen a la ley moral y a la razón.
2051 La infalibilidad del Magisterio de los
pastores se extiende a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral,
sin el cual las verdades salvíficas de la fe no pueden ser custodiadas,
expuestas u observadas.
LOS
DIEZ MANDAMIENTOS
Exodo
20, 2-17 Deuteronomio
5,6-21
Yo
soy el Señor tu Yo soy el
Señor, tu
Dios
que te ha sacado Dios, que
te ha
del
país de Egipto, sacado de
Egipto,
de
la casa de servidumbre. de la
servidumbre.
No
habrá para ti otros No habrá para
tí otros Amarás
a Dios sobre
dioses
delante de mí. dioses
delante de mí... todas las
cosas.
No
te harás escultura
ni
imagen alguna, ni
de
lo que hay arriba
en
los cielos, ni de lo
que
hay abajo en la
tierra.
No te postrarás
ante
ellas ni les darás
culto,
porque el
Señor,
tu Dios, soy
un
Dios celoso, que
castigo
la iniquidad
de
los padres en los
hijos,
hasta la tercera
y
cuarta generación
de
los que me odian,
y
tengo misericordia
por
millares con los
que
me aman y
guardan
mis
mandamientos.
No
tomarás en falso No tomarás en
falso No tomarás el
el
nombre del Señor, el
nombre del Señor nombre
de Dios en
tu
Dios, porque el tu Dios... vano.
Señor
no dejará sin
castigo
a quien toma
su
nombre en falso.
Recuerda
el día del Guardarás el día
del Santificarás
sábado
para sábado para las fiestas.
santificarlo.
Seis días santificarlo.
trabajarás
y harás
todos
tus trabajos,
pero
el día séptimo es
día
de descanso para
el
Señor, tu Dios. No
harás
ningún trabajo,
ni
tú, ni tu hijo, ni tu
hija,
ni tu siervo, ni tu
sierva,
ni tu ganado,
ni
el forastero que
habita
en tu ciudad.
Pues
en seis días hizo
el
Señor el cielo y la
tierra,
el mar y todo
cuanto
contienen, y el
séptimo
descansó; por
eso
bendijo el Señor
el
día del sábado.
Honra
a tu padre y a Honra a
tu padre y a Honrarás a
tu padre y
tu
madre para que se tu
madre. a
tu madre.
prolonguen
tus días
sobre
la tierra que el
Señor,
tu Dios, te va a
dar.
No
matarás. No matarás. No matarás.
No
cometerás No
cometerás No
cometerás actos
adulterio. adulterio. impuros.
No
robarás. No robarás. No robarás
No
darás falso No darás
testimonio No dirás
falso
testimonio
contra tu prójimo falso contra tu prójimo. Testimonio ni mentirás.
.
No
codiciarás la casa No
desearás la mujer No
consentirás
de
tu prójimo. No de tu
prójimo. pensamientos
ni
codiciarás
la mujer de deseos
impuros
tu
prójimo, ni su No
codiciarás...
siervo,
ni su sierva, ni nada que sea de
tu No codiciarás los
su
buey ni su asno, prójimo. bienes
ajenos.
ni
nada que sea de tu
prójimo.
SEGUNDA
SECCION: LOS DIEZ MANDAMIENTOS
"Maestro, ¿qué he de
hacer...?"
2052 "Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno
para conseguir la vida eterna?" Al joven que le hace esta pregunta, Jesús
responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como "el único
Bueno", como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego
Jesús le declara: "Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos". Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al
amor del prójimo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no
levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre". Finalmente,
Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: "Amarás a tu
prójimo como a ti mismo" (Mt 19,16-19).
2053 A esta primera respuesta se añade una
segunda: "Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a
los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme" (Mt
19,21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo
comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida (cf Mt 5,17), sino
que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es
quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada
de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y
en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la
pobreza y a la castidad (cf Mt 19,6-12. 21. 23-29). Los consejos evangélicos
son inseparables de los mandamientos.
2054 Jesús recogió los diez mandamientos, pero
manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la
"justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos" (Mt 5,20), así
como la de los paganos (cf Mt 5,46-47). Desarrolló todas las exigencias de los
mandamientos: "habéis oído que se dijo a los antepasados: No
matarás...Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será
reo ante el tribunal" (Mt 5,21-22).
2055 Cuando le hacen la pregunta "¿cuál es el
mandamiento mayor de la Ley?" (Mt 22,36), Jesús responde: "Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este
es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los
Profetas" (Mt 22,37-40; cf Dt 6,5; Lv 19,18). El Decálogo debe ser
interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud
de la Ley:
En efecto, lo de: No adulterarás, no
matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en
esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al
prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Rm 13,9-10).
El Decálogo en la Sagrada Escritura
2056 La palabra "Decálogo" significa
literalmente "diez palabras" (Ex 34,28; Dt 4,13; 10,4). Estas
"diez palabras" Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las
escribió "con su Dedo" (Ex 31,18; Dt 5,22), a diferencia de los otros
preceptos escritos por Moisés (cf Dt 31,9.24). Constituyen palabras de Dios en
un sentido eminente. Son trasmitidas en los libros del Exodo (cf Ex 20,1-17) y del
Deuteronomio (cf Dt 5,6-22). Ya en el Antiguo Testamento, los libros santos
hablan de las "diez palabras" (cf por ejemplo, Os 4,2; Jr 7,9; Ez
18,5-9); pero es en la nueva Alianza en Jesucristo donde será revelado su pleno
sentido.
2057 El Decálogo se comprende mejor cuando se lee
en el contexto del Exodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el
centro de la antigua Alianza. Las "diez palabras", bien sean
formuladas como preceptos negativos, prohibiciones o bien como mandamientos
positivos (como "honra a tu padre y a tu madre"), indican las
condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un
camino de vida:
Si amas a tu Dios, si sigues sus
caminos y guardas sus mandamientos, sus preceptos y sus normas, vivirás y te
multiplicarás" (Dt 30,16).
Esta fuerza liberadora del Decálogo
aparece, por ejemplo, en el mandamiento del descanso del sábado, destinado
también a los extranjeros y a los esclavos:
Acuérdate de que fuiste esclavo en el
país de Egipto y de que tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y con tenso
brazo (Dt 5,15).
2058 Las "diez palabras" resumen y
proclaman la ley de Dios: "Estas palabras dijo el Señor a toda vuestra
asamblea, en la montaña, de en medio del fuego, la nube y la densa niebla, con
voz potente, y nada más añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me
las entregó a mí" (Dt 5,22). Por eso estas dos tablas son llamadas
"el Testimonio" (Ex 25,16), pues contienen las cláusulas de la
Alianza establecida entre Dios y su pueblo. Estas "tablas del Testimonio"
(Ex 31,18; 32,15; 34,29) se deben depositar en el "arca" (Ex 25,16;
40,1-2).
2059 Las "diez palabras" son
pronunciadas por Dios dentro de una teofanía ("el Señor os habló cara a
cara en la montaña, en medio del fuego": Dt 5,4). Pertenecen a la revelación
que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los mandamientos es don de
Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su
pueblo.
2060 El don de los mandamientos de la ley forma
parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos. Según el libro del Exodo,
la revelación de las "diez palabras" es concedida entre la
proposición de la Alianza (cf Ex 19) y su conclusión (cf. Ex 24), después que
el pueblo se comprometió a "hacer" todo lo que el Señor había dicho y
a "obedecerlo" (Ex 24,7). El Decálogo es siempre transmitido tras el
recuerdo de la Alianza ("el Señor, nuestro Dios, estableció con nosotros
una alianza en Horeb": Dt 5,2).
2061 Los mandamientos reciben su plena
significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral
del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las
"diez palabras" recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo:
Como había habido, en castigo del
pecado, paso del paraíso de la libertad a la servidumbre de este mundo, por eso
la primera frase del Decálogo, primera palabra de los mandamientos de Dios, se
refiere a la libertad: "yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra
de Egipto, de la casa de servidumbre" (Ex 20,2; Dt 5,6) (Orígenes, hom. in
Ex. 8,1).
2062 Los mandamientos propiamente dichos vienen en
segundo lugar. Expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida
por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del
Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es
cooperación al plan que Dios realiza en la historia.
2063 La alianza y el diálogo entre Dios y el
hombre están también confirmados por el hecho de que todas las obligaciones se
enuncian en primera persona ("Yo soy el Señor...") y están dirigidas
a otro sujeto ("tú"). En todos los mandamientos de Dios hay un
pronombre personal singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que a
todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular:
El Señor prescribió el amor a Dios y
enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni
injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre
para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo...Las palabras del
Decálogo persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas,
han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en
la carne (S. Ireneo, haer. 4,16,3-4).
El Decálogo en la Tradición de la
Iglesia
2064 Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de
Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia
y una significación primordiales.
2065 Desde S. Agustín, los "diez
mandamientos" ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los
futuros bautizados y de los fieles. En el siglo quince se tomó la costumbre de
expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar,
y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la
Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de
los "diez mandamientos".
2066 La división y numeración de los mandamientos
ha variado en el curso de la historia. El presente catecismo sigue la división
de los mandamientos establecida por S. Agustín y que se hizo tradicional en la
Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres
griegos realizaron una división algo distinta que se encuentra en las Iglesias
ortodoxas y las comunidades reformadas.
2067 Los diez mandamientos enuncian las exigencias
del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de
Dios y los otros siete más al amor del prójimo.
Como la caridad comprende dos preceptos
en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas..., así los diez
preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en
la otra (S. Agustín, serm. 33,2,2).
2068 El Concilio de Trento enseña que los diez
mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también
obligado a observarlos (cf DS 1569-70). Y el Concilio Vaticano II lo afirma:
"Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor...la
misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el
mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de
los mandamientos, consigan la salvación" (LG 24).
La unidad del Decálogo
2069 El Decálogo forma un todo indisociable. Cada
una de las "diez palabras" remite a cada una de las demás y al
conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente;
forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los
otros (cf St 2,10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su
Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus
criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.
El Decálogo y la ley natural
2070 Los diez mandamientos pertenecen a la
revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del
hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente
los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El
Decálogo contiene una expresión privilegiada de la "ley natural":
Desde el comienzo, Dios había puesto en
el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se
contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1).
2071 Aunque accesibles a la sola razón, los
preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento
completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora
necesitaba esta revelación:
En el estado de pecado, una explicación
plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del
oscurecimiento de la luz de la razón y la desviación de la voluntad (S.
Buenaventura, sent. 4, 37, 1, 3).
Conocemos los mandamientos de la ley de
Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz
de la conciencia moral.
La obligación del Decálogo
2072 Los diez mandamientos, por expresar los
deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su
contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su
obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los
diez mandamientos están gravados por Dios en el corazón del ser humano.
2073 La obediencia a los mandamientos implica
también obligaciones cuya materia es en sí misma leve. Así, la injuria en
palabra está prohibida por el quinto mandamiento, pero sólo podría ser una
falta grave en función de las circunstancias o de la intención del que la
profiere.
"Sin mí no podéis hacer nada"
2074 Jesús dice: "Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque
sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras
es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en
Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el
Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y
nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva
e interior de nuestro obrar. "Este es el mandamiento mío: que os améis los
unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12).
RESUMEN
2075 "¿Qué he de hacer yo de bueno para
conseguir la vida eterna?" - "Si quieres entrar en la vida, guarda
los mandamientos" (Mt 19,16-17).
2076 Mediante su práctica y su predicación, Jesús
manifestó la perennidad del Decálogo.
2077 El don del Decálogo fue concedido en el marco
de la alianza establecida por Dios con su pueblo. Los mandamientos de Dios
reciben su significado verdadero en y por esta Alianza.
2078 Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de
Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia
y una significación primordial.
2079 El Decálogo forma una unidad orgánica en que
cada "palabra" o "mandamiento" remite a todo el conjunto.
Transgredir un mandamiento es quebrantar toda la ley (cf St 2,10-11).
2080 El Decálogo contiene una expresión
privilegiada de la ley natural. Lo conocemos por la revelación divina y por la
razón humana.
2081 Los diez mandamientos, en su contenido
fundamental, enuncian obligaciones graves. Sin embargo, la obediencia a estos
preceptos implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve.
2082 Lo que Dios manda lo hace posible por su
gracia.