(1691-1964)
1691 "Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto
que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la
bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres
miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para
ser trasladado a la luz del Reino de Dios" (S. León Magno, serm. 21, 2-3).
1692 El Símbolo de la fe profesa la grandeza de
los dones de Dios al hombre por la obra de su creación, y más aún, por la redención
y la santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por
"los sacramentos que les han hecho renacer", los cristianos han
llegado a ser "hijos de Dios" (Jn 1,12; 1 Jn 3,1), "partícipes
de la naturaleza divina" (2 P 1,4). Reconociendo en la fe su nueva
dignidad, los cristianos son llamados a llevar en adelante una "vida digna
del Evangelio de Cristo" (Flp 1,27). Por los sacramentos y la oración
reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello.
1693 Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al
Padre (cf Jn 8,29). Vivió siempre en perfecta comunión con él. De igual modo
sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre "que ve en
lo secreto" (cf Mt 6,6) para ser "perfectos como el Padre celestial
es perfecto" (Mt 5,48).
1694 Incorporados a Cristo por el bautismo (cf Rom
6,5), los cristianos están "muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo
Jesús" (Rom 6,11), participando así en la vida del Resucitado (cf Col
2,12). Siguiendo a Cristo y en unión con él (cf Jn 15,5), los cristianos pueden
ser "imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor" (Ef
5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con "los
sentimientos que tuvo Cristo" (Flp 2,5) y siguiendo sus ejemplos (cf Jn
13,12-16).
1695 "Justificados en el nombre del Señor
Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1 Co 6,11),
"santificados y llamados a ser santos" (1 Co 1,2), los cristianos se
convierten en "el templo del Espíritu Santo" (cf 1 Co 6,19). Este
"Espíritu del Hijo" les enseña a orar al Padre (cf Gál 4,6) y,
haciéndose vida en ellos, les hace obrar (cf Gal 5,25) para dar "los
frutos del Espíritu" (Gal 5,22) por la caridad operante. Curando las
heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente por una
transformación espiritual (cf Ef 4,23), nos ilumina y nos fortalece para vivir
como "hijos de la luz" (Ef 5,8), "por la bondad, la justicia y
la verdad" en todo (Ef 5,9).
1696 El camino de Cristo "lleva a la
vida", un camino contrario "lleva a la perdición" (Mt 7,13; cf
Dt 30,15-20). La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente
en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones
morales para nuestra salvación. "Hay dos caminos, el uno de la vida, el
otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia" (Didajé, 1,1).
1697 En la catequesis es importante destacar con
toda claridad el gozo y las exigencias de la vida de Cristo (cf CT 29). La
catequesis de la "vida nueva" en él (Rom 6,4) será:
-una catequesis del Espíritu Santo,
Maestro interior de la vida según Cristo, dulce huésped del alma que inspira,
conduce, rectifica y fortalece esta vida;
-una catequesis de la gracia, pues por
la gracia somos salvados, y por la gracia también nuestras obras pueden dar
fruto para la vida eterna;
-una catequesis de las
bienaventuranzas, porque el camino de Cristo está resumido en las
bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón
del hombre;
-una catequesis del pecado y del
perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad
sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin la oferta del perdón no podría
soportar esta verdad;
-una catequesis de las virtudes humanas
que haga captar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el
bien;
-una catequesis de las virtudes
cristianas de fe, esperanza y caridad que se inspire ampliamente en el ejemplo
de los santos;
-una catequesis del doble mandamiento
de la caridad desarrollado en el Decálogo;
-una catequesis eclesial, pues es en
los múltiples intercambios de los "bienes espirituales" en la
"comunión de los santos" donde la vida cristiana puede crecer,
desplegarse y comunicarse.
1698 La referencia primera y última de esta
catequesis será siempre Jesucristo que es "el camino, la verdad y la
vida" (Jn 14,6). Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo pueden
esperar que él realice en ellos sus promesas, y que amándolo con el amor con
que él nos ha amado hagan las obras que corresponden a su dignidad:
Os ruego que penséis que Jesucristo,
Nuestro Señor, es vuestra verdadera Cabeza, y que vosotros sois uno de sus
miembros. El es con relación a vosotros lo que la cabeza es con relación a sus
miembros; todo lo que es suyo es vuestro, su espíritu, su Corazón, su cuerpo,
su alma y todas sus facultades, y debéis usar de ellos como de cosas que son
vuestras, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Vosotros y él sois
como los miembros y su cabeza. Así desea él ardientemente usar de todo lo que
hay en vosotros, para el servicio y la gloria de su Padre, como de cosas que
son de él (S. Juan Eudes, cord. 1,5).
Mi vida es Cristo (Flp 1,21).
PRIMERA
SECCION: LA VOCACION DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPIRITU
1699. La vida en el Espíritu Santo realiza la
vocación del hombre (capítulo primero). Está hecha de caridad divina y
solidaridad humana (capítulo segundo). Es concedida gratuitamente como una
Salvación (capítulo tercero).
CAPITULO
PRIMERO: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
1700. La dignidad de la persona humana está
enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza
en su vocación a la bienaventuranza divina (artícul o 2). Corresponde al ser
humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos
deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al
bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los
seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda
su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con
la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si
lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la misericordia
de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la
caridad.
Artículo
1 EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS
1701 "Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio de Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (GS 22,1). En
Cristo, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15; cf 2 Co 4,4), el
hombre ha sido creado "a imagen y semejanza" del Creador. En Cristo,
redentor u salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer
pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de
Dios (cf GS 22,2).
1702 La imagen divina está presente en todo
hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de
las personas divinas entre sí (cf capítulo segundo).
1703 Dotada de un alma "espiritual e
inmortal" (GS 14), la persona humana es la "única criatura en la
tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3). Desde su concepción
está destinada a la bienaventuranza eterna.
1704 La persona humana participa de la luz y la
fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las
cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí
misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de
la verdad y del bien (cf GS 15,2).
1705 En virtud de su alma y de sus potencias
espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad,
"signo eminente de la imagen divina" (GS 17).
1706 Mediante su razón, el hombre conoce la voz de
Dios que le impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16). Todo
hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el
amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad
de la persona humana.
1707 "El hombre, persuadido por el Maligno,
abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia" (GS 13,1).
Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su
naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto
al error.
De ahí que el hombre esté dividido en
su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una
lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas (GS 13,2).
1708 Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y
del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura
lo que el pecado había deteriorado en nosotros.
1709 El que cree en Cristo se hace hijo de Dios.
Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo
de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la
unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la
santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria
del cielo.
RESUMEN
1710 "Cristo manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (GS 22,1).
1711 Dotada de alma espiritual, de entendimiento y
de voluntad, la persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y
destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la
búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2).
1712 La libertad verdadera es en el hombre el
"signo eminente de la imagen
divina" (GS 17).
1713 El hombre debe seguir la ley moral que le
impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16). Esta ley resuena
en su conciencia.
1714 El hombre, herido en su naturaleza por el
pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad.
1715 El que cree en Cristo tiene la vida nueva en
el Espíritu Santo. La vida moral, desarrollada y madurada en la gracia, culmina
en la gloria del cielo.
Artículo
2 NUESTRA VOCACION A LA
BIENAVENTURANZA
I LAS BIENAVENTURANZAS
1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la
predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo
elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión
de una tierra, sino al Reino de los cielos:
Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos porque ellos
poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque
ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por
causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os
injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra
recompensa será grande en los cielos.
(Mt
5,3-12).
1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de
Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados
a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las
actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que
sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las
bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la
Virgen María y de todos los santos.
II EL DESEO DE FELICIDAD
1718 Las bienaventuranzas responden al deseo
natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el
corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede
satisfacer:
Ciertamente todos nosotros queremos
vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a
esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín,
mor. eccl. 1,3,4).
¿Cómo es, Señor, que yo te busco?
Porque al busc arte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que
viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S.
Agustín, conf. 10,20.29).
Sólo
Dios sacia (S. Tomás de Aquino, symb. 1).
1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la
existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su
propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero
también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la
promesa y viven de ella en la fe.
Artículo
3 LA BIENAVENTURANZA
CRISTIANA
1720 El Nuevo Testamento utiliza varias
expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre:
la venida del Reino de Dios (cf Mt 4,17); la visión de Dios: "Dichosos los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8; cf 1 Jn 3,2; 1 Co
13,12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25,21.23); la entrada en el
Descanso de Dios (He 4,7-11):
Allí descansaremos y veremos; veremos y
nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin.
¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín,
civ. 22,30)
1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para
conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace
participar de la naturaleza divina (2 P 1,4) y de la Vida eterna (cf Jn 17,3).
Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rom 8,18) y en el gozo de
la vida trinitaria.
1722 Semejante bienaventuranza supera la
inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios.
Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a
entrar en el gozo divino.
"Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios". Ciertamente, según su grandeza y su
inexpresable gloria, "nadie verá a Dios y vivirá", porque el Padre es
inasequible; pero según su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia
llega hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios...
"porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios"
(S. Ireneo, haer. 4,20,5).
1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante
elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus
instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña
que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la
gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las
ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo,
fuente de todo bien y de todo amor:
El dinero es el ídolo de nuestro
tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los
hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también,
miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la
riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros
días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de
hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado
a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de
verdadera veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).
1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la
catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los
Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante actos cotidianos, sostenidos
por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos
lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf La parábola del sembrador:
Mt 13,3-23).
RESUMEN
1725 Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan
las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los Cielos.
Responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.
1726 Las bienaventuranzas nos enseñan el fin
último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en
la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.
1727 La bienaventuranza de la vida eterna es un
don gratuito de Dios; es sobrenatural como la gracia que conduce a ella.
1728 Las bienaventuranzas nos colocan ante
elecciones decisivas respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón
para enseñarnos a amar a Dios por encima de todo.
1729 La bienaventuranza del Cielo determina los
criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos conforme a la Ley
de Dios.
Artículo
3 LA LIBERTAD DEL HOMBRE
1730 Dios ha creado al hombre racional
confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio
de sus actos. "Quiso Dios `dejar al hombre en manos de su propia decisión'
(Si 15,14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a
él, llegue libremente a la plena y feliz perfección" (GS 17):
El hombre es racional, y por ello
semejante a Dios, creado libre y dueño de sus actos (S. Ireneo, haer. 4,4,3).
I LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD
1731 La libertad es el poder, radicado en la razón
y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar
así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone
de sí. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en
la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a
Dios, nuestra bienaventuranza.
1732 Mientras no está centrada definitivamente en
su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre
el bien y el mal, por tanto, de crecer en perfección o de fracasar y pecar.
Caracteriza a los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza
o de reproche, de mérito o de demérito.
1733 En la medida en que el hombre hace más el
bien, se va haciendo también más libre. No hay libertad verdadera más que en el
servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal
es un abuso de la libertad y conduce a "la esclavitud del pecado" (cf
Rom 6,17).
1734 La libertad hace al hombre responsable de sus
actos en la medida en que estos son voluntarios. El progreso en la virtud, el
conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre
los propios actos.
1735 La imputabilidad y la responsabilidad de una
acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas por la ignorancia, la
inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, las afecciones desordenadas
y otros factores síquicos o sociales.
1736 Todo acto directamente querido es imputable a
su autor:
Así el Señor pregunta a Adán tras el
pecado en el paraíso: "¿Qué has hecho?" (Gn 3,13). Igualmente a Caín
(cf Gn 4,10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con
la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2 S 12,7-15).
Una acción puede ser indirectamente
voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido
conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del
código de la circulación.
1737 Un efecto puede ser tolerado sin ser querido
por el que obra, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su
hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni
como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en
peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y
que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de
un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez.
1738 La libertad se ejerce en las relaciones entre
los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el
derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todos están
obligados a no conculcar el derecho que cada uno tiene a ser perfecto. El
derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad
de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa (cf DH 2).
Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites
del bien común y del orden público (cf DH 7).
II LA LIBERTAD HUMANA EN LA
ECONOMIA DE LA SALVACION
1739 Libertad y pecado. La libertad del hombre es
finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el
proyecto del amor de Dios se engañó a sí mismo; se hizo esclavo del pecado.
Esta alienación primera engendró una multitud de otras alienaciones. La
historia de la humanidad, desde sus orígenes, testimonia desgracias y
opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la
libertad.
1740 Amenazas para la libertad. El ejercicio de la
libertad no implica el derecho a decir y hacer todo. Es falso concebir al
hombre "sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca
la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales"
(CDF, instr. "Libertatis Conscientia" 13). Por otra parte, las
condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un
justo ejercicio de la libertad son, con mucha frecuencia, desconocidas y
violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y
colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra
la caridad. Apartándose de la ley moral, el hombre atenta contra su propia
libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad de sus semejantes y se
rebela contra la verdad divina.
1741 Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa,
Cristo alcanzó la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que
los tenía sometidos a esclavitud. "Para ser libres nos libertó
Cristo" (Gal 5,1). En él participamos de "la verdad que nos hace
libres" (Jn 8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el
apóstol, "donde está el Espíritu, allí está la libertad" (2 Co 3,17).
Desde ahora nos gloriamos de la "libertad de los hijos de Dios" (Rom
8,21).
1742 Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se
opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido
de la libertad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al
contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la
oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se
acrecientan nuestra íntima libertad y nuestra seguridad en las pruebas, como
ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la
gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de
nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.
Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo nuestro
espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad (MR, colecta del domingo 32).
RESUMEN
1743 Dios ha querido "dejar al hombre en
manos de su propia decisión" (Si 15,14). Para que pueda adherirse
libremente a su Creador y llegar así a la bienaventurada perfección (cf GS
17,1).
1744 La libertad es el poder de obrar o de no
obrar y de ejecutar así por sí
mismo acciones deliberadas. La libertad alcanza su perfección, cuando está
ordenada a Dios, el supremo Bien.
1745 La libertad caracteriza los actos propiamente
humanos. Hace al ser humano responsable de los actos de que es autor
voluntario. Es propio del hombre actuar deliberadamente.
1746 La imputabilidad o la responsabilidad de una
acción puede quedar disminuida o
incluso anulada por la ignorancia, la violencia, el temor y otros factores
síquicos o sociales.
1747 El derecho al ejercicio de la libertad es una
exigencia inseparable de la dignidad del hombre, especialmente en materia
religiosa y moral. Pero el ejercicio de la libertad no implica el supuesto
derecho de decir ni de hacer todo.
1748 "Para ser libres nos libertó
Cristo" (Gal 5,1).
Artículo
4 LA MORALIDAD DE LOS ACTOS
HUMANOS
1749 La libertad hace del hombre un sujeto moral.
Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de
sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente elegidos tras un juicio de
conciencia, son calificables moralmente. Son buenos o malos.
I LAS FUENTES DE LA MORALIDAD
1750 La moralidad de los actos humanos depende :
- del objeto elegido;
- del fin que se busca o la intención;
- de las circunstancias de la acción.
El objeto, la intención y las
circunstancias forman las "fuentes" o elementos constitutivos de la
moralidad de los actos humanos.
1751 El objeto elegido es un bien hacia el cual
tiende deliberadamente la voluntad. Es la materia de un acto humano. El objeto
elegido especifica moralmente el acto del querer, según que la razón lo
reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al bien verdadero. Las reglas
objetivas de la moralidad enuncian el orden racional del bien y del mal,
atestiguado por la conciencia.
1752 Frente al objeto, la intención se sitúa del lado
del sujeto que actúa. La intención, por estar ligada a la fuente voluntaria de
la acción y determinarla por el fin, es un elemento esencial en la calificación
moral de la acción. El fin es el término primero de la intención y designa el
objetivo buscado en la acción. La intención es un movimiento de la voluntad
hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción
emprendida. No se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones
tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un
mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo,
un servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero puede
estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios como fin último de todas
nuestras acciones. Una misma acción puede también estar inspirada por varias
intenciones como hacer un servicio para obtener un favor o para satisfacer la
vanidad.
1753 Una intención buena (por ejemplo: ayudar al
prójimo) no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado
(como la mentira y la maledicencia). El fin no justifica los medios. Así, no se
puede justificar la condena de un inocente como un medio legítimo para salvar
al pueblo. Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la
vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la
limosna; cf Mt 6,2-4).
1754 Las circunstancias, comprendidas las
consecuencias, son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a
agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por
ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la
responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte). Las
circunstancias no pueden de suyo modificar la cualidad moral de los actos; no
pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.
II LOS ACTOS BUENOS Y LOS ACTOS MALOS
1755 El acto moralmente bueno supone a la vez la
bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Un fin malo corrompe la
acción, aunque su objeto sea de suyo bueno (como orar y ayunar "para ser
visto por los hombres").
El objeto de la elección puede por sí
solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos -como la
fornicación- que son siempre errados, porque su elección comporta un desorden
de la voluntad, es decir, un mal moral.
1756 Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad
de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las
circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.)
que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de
las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por
razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el
adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.
RESUMEN
1757 El objeto, la intención y las circunstancias
constituyen las tres "fuentes" de la moralidad de los actos humanos.
1758 El objeto elegido especifica moralmente el
acto de la voluntad según que la razón lo reconozca y lo juzgue bueno o malo.
1759 "No se puede justificar una acción mala
hecha con una intención buena" (S. Tomás de Aquino, dec. praec. 6). El fin
no justifica los medios.
1760 El acto moralmente bueno supone a la vez la
bondad del objeto, del fin y de las circunstancias.
1761 Hay comportamientos concretos cuya elección
es siempre errada porque comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal
moral. No está permitido hacer un mala para obtener un bien.
Artículo
5 LA MORALIDAD DE LAS
PASIONES
1762 La persona humana se ordena a la
bienaventuranza por sus actos deliberados: las pasiones o sentimientos que
experimenta pueden disponerla y contribuir a ellos.
I LAS PASIONES
1763 El término "pasiones" pertenece al
patrimonio del pensamiento cristiano. Los sentimientos o pasiones designan las
emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en
razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo.
1764 Las pasiones son componentes naturales del
siquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la
vida sensible y la vida del espíritu. Nuestro Señor señala al corazón del
hombre como la fuente de donde brota el movimiento de las pasiones (cf Mc
7,21).
1765 Las pasiones son numerosas. La más
fundamental es el amor que la atracción del bien despierta. El amor causa el
deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en
el placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión del mal causa el odio, la
aversión y el temor ante el mal que puede venir. Este movimiento culmina en la
tristeza del mal presente o la ira que se opone a él.
1766 "Amar es desear el bien a alguien"
(S. Tomás de Aquino, s. th. 1-2,26,4). Las demás afecciones tienen su fuerza en
este movimiento original del corazón del hombre hacia el bien. Sólo el bien es
amado (cf. S. Agustín, Trin. 8,3,4). "Las pasiones son malas si el amor es
malo, buenas si es bueno" (S. Agustín, civ. 14,7).
II PASIONES Y VIDA MORAL
1767 En sí mismas, las pasiones no son buenas ni
malas. Solo reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón
y de la voluntad. Las pasiones se llaman voluntarias "o porque están
ordenadas por la voluntad, o porque la voluntad no se opone a ellas" (S.
Tomás de Aquino, s. th. 1-2,24,1). Pertenece a la perfección del bien moral o
humano el que las pasiones estén reguladas por la razón (cf s.th. 1-2, 24,3).
1768 Los sentimientos más profundos no deciden ni
la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las
imágenes y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son
moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso
contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los movimientos
sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las
exacerba. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes,
o pervertidos en los vicios.
1769 En la vida cristiana, el Espíritu Santo realiza
su obra movilizando el ser entero incluidos sus dolores, temores y tristezas,
como aparece en la agonía y la pasión del Señor. Cuando se vive en Cristo, los
sentimientos humanos pueden alcanzar su consumación en la caridad y la
bienaventuranza divina.
1770 La perfección moral consiste en que el hombre
no sea movido al bien sólo por su voluntad sino también por su apetito sensible
según estas palabras del salmo: "Mi corazón y mi carne gritan de alegría
hacia el Dios vivo" (Sal 84,3).
RESUMEN
1771 El término "pasiones" designa los
afectos y los sentimientos. Por medio de sus emociones, el hombre intuye lo
bueno y lo malo.
1772 Ejemplos eminentes de pasiones son el amor y
el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.
1773 En las pasiones, en cuanto impulsos de la
sensibilidad , no hay ni bien ni mal moral. Pero según dependan o no de la
razón y de la voluntad, hay en ellas bien o mal moral.
1774 Las emociones y los sentimientos pueden ser
asumidos por las virtudes, o pervertidos en los vicios.
1775 La perfección del bien moral consiste en que
el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su
"corazón".
Artículo
6 LA CONCIENCIA MORAL
1776 "En lo más profundo de su conciencia el
hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer
y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole
siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal...El hombre tiene una ley
inscrita por Dios en su corazón...La conciencia es el núcleo más secreto y el
sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más
íntimo de ella" (GS 16).
I EL DICTAMEN DE LA CONCIENCIA
1777 Presente en el corazón de la persona, la
conciencia moral (cf Rom 2,14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar
el bien y evitar el mal. Juzga también las elecciones concretas aprobando las
que son buenas y denunciando las que son malas (cf Rom 1,32). Atestigua la
autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona
humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando
escucha la conciencia moral, oye a Dios que habla.
1778 La conciencia moral es un juicio de la razón
por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que
piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre
está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el
dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la
ley divina:
La conciencia es una ley de nuestro
espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad
y deber, temor y esperanza...La conciencia es la mensajera del que, tanto en el
mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla,
nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios
de Cristo (Newman, carta al duque de Norfolk 5).
1779 Es preciso que cada uno preste mucha atención
a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de
interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con
frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización:
Retorna a tu conciencia,
interrógala...retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al
Testigo, Dios (S. Agustín, ep.Jo. 8,9).
1780 La dignidad de la persona humana implica y
exige la rectitud de la conciencia moral. La conciencia moral comprende la
percepción de los principios de la moralidad ("sindéresis"), su
aplicación en las circunstancias dadas mediante un discernimiento práctico de
las razones y de los bienes, y en conclusión el juicio formado sobre los actos
concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad sobre el bien
moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente
por el dictamen prudente de la conciencia. Se llama prudente al hombre que
elige conforme a este dictamen o juicio.
1781 La conciencia hace posible que se asuma la
responsabilidad de los actos realizados. Si el hombre comete el mal, el justo
juicio de la conciencia puede ser en él el testigo de la verdad universal del
bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El veredicto
del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de misericordia.
Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir, el
bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de cultivar sin cesar
con la gracia de Dios:
Tranquilizaremos nuestra conciencia
ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que
nuestra conciencia y conoce todo (1 Jn 3,19-20).
1782 El hombre tiene el derecho de actuar en
conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales.
"No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir
que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa" (DH 3).
II LA FORMACION DE LA CONCIENCIA
1783 Hay que formar la conciencia, y esclarecer el
juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios
según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del
Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos
sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado de preferir su
juicio propio y de rechazar las enseñanzas autorizadas.
1784 La educación de la conciencia es una tarea de
toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la
práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación
prudente enseña la virtud; preserva o cura del miedo, del egoísmo y del
orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de
complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de
la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.
1785 En la formación de la conciencia, la Palabra
de Dios es la luz que nos ilumina; es preciso que la asimilemos en la fe y la
oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra
conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del
Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados
por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).
III DECIDIR EN CONCIENCIA
1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la
conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley
divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1787 El hombre se ve a veces enfrentado con
situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero
debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios
expresada en la ley divina.
1788 Para esto, el hombre se esfuerza por
interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos gracias a
la virtud de la prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda
del Espíritu Santo y de sus dones.
1789 En todos los casos son aplicables las
siguientes reglas:
-Nunca está permitido hacer el mal para
obtener un bien.
-La "regla de oro":
"Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también
vosotros" (Mt 7,12; cf. Lc 6,31; Tb 4,15).
-La caridad actúa siempre en el respeto
del prójimo y de su conciencia: "Pecando así contra vuestros hermanos,
hiriendo su conciencia...pecáis contra Cristo" (1 Co 8,12). "Lo bueno
es...no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o
debilidad" (Rom 14,21).
IV EL JUICIO ERRONEO
1790 La persona humana debe obedecer siempre el
juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último,
se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar en la
ignorancia y formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.
1791 Esta ignorancia puede con frecuencia ser
imputada a la responsabilidad personal. Así sucede "cuando el hombre no se
preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del
pecado, la conciencia se queda casi ciega" (GS 16). En estos casos, la
persona es culpable del mal que comete.
1792 La desconocimiento de Cristo y de su
evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las
pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el
rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión
y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.
1793 Si por el contrario, la ignorancia es
invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal
cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal,
una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la
conciencia moral de sus errores.
1794 La conciencia buena y pura es iluminada por
la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo "de un corazón
limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera" (1 Tim 1,5; 3,9; 2
Tim 1,3; 1 P 3,21; Hch 24,16).
Cuanto mayor es el predominio de la
conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio
ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad (GS 16).
RESUMEN
1795 "La conciencia es el núcleo más secreto
y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo
más íntimo de ella" (GS 16).
1796 La conciencia moral es un juicio de la razón por
el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto.
1797 Para el hombre que ha cometido el mal, el
veredicto de su conciencia constituye una garantía de conversión y de
esperanza.
1798 Una conciencia bien formada es recta y
veraz.Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido
por la sabiduría del Creador. Cada uno debe poner los medios para formar su
conciencia.
1799 Ante una decisión moral, la conciencia puede
formar un juicio recto de acuerdo con la
razón y la ley divina o, al contrario, un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1800 El ser humano debe obedecer siempre el juicio
cierto de su conciencia.
1801 La conciencia moral puede permanecer en la
ignorancia o formar juicios erróneos. Estas ignorancias y estos errores no
están siempre exentos de culpabilidad.
1802 La Palabra de Dios es una luz para nuestros
pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en
práctica. Así se forma la conciencia moral.
Artículo
7 LAS VIRTUDES
1803 "Todo cuanto hay de verdadero, de noble,
de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna
de elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (Flp 4,8).
La virtud es una disposición habitual y
firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino
dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la
persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige en acciones
concretas.
El objetivo de una vida virtuosa consiste
en llegar a ser semejante a Dios (S. Gregorio de Nisa, beat. 1).
I LAS VIRTUDES HUMANAS
1804 Las virtudes humanas son actitudes firmes,
disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la
voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra
conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para
llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica
libremente el bien.
Las virtudes morales son adquiridas
mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos
moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para comulgar en
el amor divino.
Distinción de las virtudes cardinales
1805 Cuatro virtudes desempeñan un papel
fundamental. Por eso se las llama "cardinales"; todas las demás se
agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y
la templanza. "¿Amas la justicia? Las virtudes son el fruto de sus
esfuerzos, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la
fortaleza" (Sb 8,7). Bajo otros nombres, estas virtudes son alabadas en
numerosos pasajes de la Escritura.
1806 La prudencia es la virtud que dispone la
razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a
elegir los medios rectos para realizarlo. "El hombre cauto medita sus
pasos" (Prov 14,15). "Sed sensatos y sobrios para daros a la
oración" (1 P 4,7). La prudencia es la "regla recta de la
acción", escribe S. Tomás (s.th. 2-2, 47,2, siguiendo a Aristóteles). No
se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación.
Es llamada "auriga virtutum": Conduce las otras virtudes indicándoles
regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de
conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio.
Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos
particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que
debemos evitar.
1807 La justicia es la virtud moral que consiste
en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es
debido. La justicia para con Dios es llamada "la virtud de la
religión". Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los
derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que
promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo,
evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud
habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. "Siendo juez
no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con
justicia juzgarás a tu prójimo" (Lv 19,15). "Amos, dad a vuestros
esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros
tenéis un Amo en el cielo" (Col 4,1).
1808 La fortaleza es la virtud moral que asegura
en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien.
Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los
obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el
temor, incluso la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las
persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia
vida por defender una causa justa. "Mi fuerza y mi cántico es el
Señor" (Sal 118,14). "En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!:
Yo he vencido al mundo" (Jn 16,33).
1809 La templanza es la virtud moral que modera la
atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes
creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los
deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el
bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar
"para seguir la pasión de su corazón" (Si 5,2; cf. 37,27-31). La
templanza es también alabada en el Antiguo Testamento: "No vayas detrás de
tus pasiones, tus deseos refrena" (Si 18,30). En el Nuevo Testamento es
llamada "moderación" o "sobriedad". Debemos "vivir
moderación, justicia y piedad en el siglo presente" (Tt 2,12).
Vivir bien no es otra cosa que amar a
Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no
obedece más que a él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para
discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la
mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la
templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la
fortaleza) (S. Agustín, mor. eccl. 1,25,46).
Las virtudes y la gracia
1810 Las virtudes humanas adquiridas mediante la
educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, reanudada siempre
en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la ayuda
de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso
es feliz al practicarlas.
1811 Para el hombre herido por el pecado no es
fácil guardar el equilibrio moral. El don de la salvación por Cristo nos otorga
la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Cada uno
debe siempre pedir esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los
sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el
bien y guardarse del mal.
II LAS
VIRTUDES TEOLOGALES
1812 Las virtudes humanas se arraigan en las
virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de
la naturaleza divina (cf 2 P 1,4). Las virtudes teologales se refieren
directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la
Santísima Trinidad. Tienen a Dios uno y trino como origen, motivo y objeto.
1813 Las virtudes teologales fundan, animan y
caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las
virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para
hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la
garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del
ser humano. Hay tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad (cf 1 Co
13,13).
La fe
1814 La fe es la virtud teologal por la que
creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado, y que la Santa
Iglesia nos propone, porque El es la verdad misma. Por la fe "el hombre se
entrega entera y libremente a Dios" (DV 5). Por eso el creyente se
esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. "El justo vivirá por la
fe" (Rom 1,17). La fe viva "actúa por la caridad" (Gál 5,6).
1815 El don de la fe permanece en el que no ha
pecado contra ella (cf Cc Trento: DS 1545). Pero, "la fe sin obras está
muerta" (St 2,26): Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une
plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.
1816 El discípulo de Cristo no debe sólo guardar
la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y
difundirla: "Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los
hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que
nunca faltan a la Iglesia" (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio
de la fe son requeridos para la salvación: "Por todo aquél que se declare
por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está
en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también
ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10,32-33).
La esperanza
1817 La esperanza es la virtud teologal por la que
aspiramo s al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra,
poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en
nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. "Mantengamos
firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa"
(Hb 10,23). "El Espíritu Santo que él derramó sobre nosotros con largueza
por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia,
fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna" (Tt 3,6-7).
1818 La virtud de la esperanza responde al anhelo
de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas
que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino
de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento;
dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la
esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.
1819 La esperanza cristiana recoge y perfecciona
la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza
de Abraham, colmada en Isaac, de las promesas de Dios y purificada por la
prueba del sacrificio (cf Gn 17,4-8; 22,1-18). "Esperando contra toda
esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones" (Rm 4,18).
1820 La esperanza cristiana se manifiesta desde el
comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la
nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que
esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su
pasión, Dios nos guarda en "la esperanza que no falla" (Rom 5,5). La
esperanza es "el ancla del alma", segura y firme, "que
penetra...adonde entró por nosotros como precursor Jesús" (Hb 6,19-20). Es
también un arma que nos protege en el combate de la salvación: "Revistamos
la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de
salvación" (1 Ts 5,8). Nos procura el gozo en la prueba misma: "Con
la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación" (Rm 12,12). Se
expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro,
resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.
1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del
cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8,28-30) y hacen su voluntad
(cf Mt 7,21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de
Dios, "perseverar hasta el fin" (cf Mt 10,22; cf Cc de Trento: DS
1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras
buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora
que "todos los hombres se salven" (1 Tm 2,4). Espera estar en la gloria
del cielo unida a Cristo, su esposo:
Espera, espera, que no sabes cuándo
vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad,
aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que
mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te
gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (S. Teresa de
Jesús, excl. 15,3).
La caridad
1822 La caridad es la virtud teologal por la cual
amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a
nosotros mismos por amor de Dios.
1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo
(cf Jn 13,34). Amando a los suyos "hasta el fin" (Jn 13,1),
manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los
discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús
dice: "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced
en mi amor" (Jn 15,9). Y también: "Este es el mandamiento mío: que os
améis unos a otros como yo os he amado" (Jn 15,12).
1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la
caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: "Permaneced en mi
amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor" (Jn 15,9-10;
cf Mt 22,40; Rm 13,8-10).
1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando
éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él
hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano
(cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él
mismo (cf Mt 25,40.45).
El apóstol S. Pablo ofrece una
descripción incomparable de la caridad: "La caridad es paciente, es
servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es
decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se
alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree.
Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).
1826 "Si no tengo caridad -dice también el
apóstol- nada soy...". Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud
misma..."si no tengo caridad, nada me aprovecha" (1 Co 13,1-4). La
caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes
teologales: "Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres.
Pero la mayor de todas ellas es la caridad" (1 Co 13,13).
1827 El ejercicio de todas las virtudes está
animado e inspirado por la caridad. Esta es "el vínculo de la
perfección" (Col 3,14); es la forma de las virtudes; las articula y las
ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura
y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección
sobrenatural del amor divino.
1828 La práctica de la vida moral animada por la
caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se
halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en
busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del "que nos
amó primero" (1 Jn 4,19):
O nos apartamos del mal por temor del
castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la
recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien
mismo del amor del que manda...y entonces estamos en la disposición de hijos
(S. Basilio, reg. fus. prol. 3).
1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y
la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es
benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es
amistad y comunión:
La culminación de todas nuestras obras
es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; haci a él corremos; una
vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo. 10,4).
III DONES Y FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO
1830 La vida moral de los cristianos está
sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes
que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.
1831 Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11,1-2). Completan y
llevan a su perfección las virtud de quienes los reciben. Hacen a los fieles
dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
Tu espíritu bueno me guíe por una
tierra llana (Sal 143,10)
Todos los que son guiados por el Espíritu
de Dio s son hijos de Dios...Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios
y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17).
1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que
forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La
tradición de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia,
longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia,
continencia, castidad" (Gál 5,22-23, vulg.).
RESUMEN
1833 La virtud es una disposición habitual y firme
para hacer el bien.
1834 Las virtudes humanas son disposiciones
estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan
nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Pueden
agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza
y templanza.
1835 La prudencia dispone la razón práctica para
discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios
justos para realizarlo.
1836 La justicia consiste en la constante y firme voluntad
de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
1837 La fortaleza asegura, en las dificultades, la
firmeza y la constancia en la práctica del bien.
1838 La templanza modera la atracción hacia los
placeres sensibles y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.
1839 Las virtudes morales crecen mediante la
educación, mediante actos deliberados y la perseverancia en el esfuerzo. La
gracia divina las purifica y las eleva.
1840 Las virtudes teologales disponen a los
cristianos a vivir en relación con la santísima Trinidad. Tienen a Dios por
origen, motivo y objeto, Dios conocido por la fe, esperado y amado por él
mismo.
1841 Hay tres virtudes teologales: fe, esperanza y
caridad (cf. 1 Co 13,13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.
1842 Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo
que él nos ha revelado y que la santa Iglesia nos propone creer.
1843 Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios
con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.
1844 Por la caridad amamos a Dios sobre todas las
cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el
"vínculo de la perfección" (Col 3,14) y la forma de todas las
virtudes.
1845 Los siete dones del Espíritu Santo concedidos
a los cristianos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia,
piedad y temor de Dios.
Artículo
8 EL PECADO
I LA MISERICORDIA Y EL PECADO
1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo,
de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José:
"Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la
redención, Jesús dice: "Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser
derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28).
1847 "Dios nos ha creado sin nosotros, pero
no ha querido salvarnos sin nosotros" (S. Agustín, serm. 169,11,13). La
acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas.
"Si decimos: `no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en
nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos
los pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,8-9).
1848 Como afirma S. Pablo, "donde abundó el
pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la
gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos
"la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm
5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios,
mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:
La conversión exige la convicción del
pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad
en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la
dádiva de la gracia y del amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así,
pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una
"doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y el don de la
certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).
II DEFINICION DE PECADO
1849 El pecado es una falta contra la razón, la
verdad, la conciencia recta; es un faltar al amor verdadero para con Dios y
para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza
del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como
"una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna" (S.
Agustín, Faust. 22,27; S. Tomás de Aquino, s.th., 1-2, 71,6).
1850 El pecado es una ofensa a Dios: "Contra
ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí" (Sal 51,6). El
pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de él nuestros
corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra
Dios por el deseo de hacerse "como dioses", pretendiendo conocer y
determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así "amor de sí hasta
el desprecio de Dios" (S. Agustín, civ. 1,14,28). Por esta exaltación
orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús
que realiza la salvación (cf Flp 2,6-9).
1851 En la Pasión, la misericordia de Cristo vence
al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su
multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del
pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan
dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en
la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo (cf Jn 14,30), el
sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará
inagotable el perdón de nuestros pecados.
III DIVERSIDAD DE PECADOS
1852 La variedad de pecados es grande. La
Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la
carne al fruto del Espíritu: "Las obras de la carne son conocidas:
fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia,
celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías
y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que
quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios" (5,19-21; cf Rm
1,28-32; 1 Co 6,9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).
1853 Se pueden distinguir los pecados según su
objeto, como en todo acto humano, o según las virtudes a las que se oponen, por
exceso o por defecto, o según los mandamientos que quebrantan. Se los puede
agrupar también según que se refieran a Dios, al prójimo o a sí mismo; se los
puede dividir en pecados espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento,
palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el corazón del hombre, en
su libre voluntad, según la enseñanza del Señor: "De dentro del corazón
salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos,
falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre" (Mt
15,19-20). En el corazón reside también la caridad, principio de las obras
buenas y puras, que es herida por el pecado.
IV LA GRAVEDAD DEL PECADO: PECADO MORTAL Y
VENIAL
1854 Conviene valorar los pecados según su
gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la
Escritura (cf 1 Jn 5,16-17) se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La
experiencia de los hombres la corroboran.
1855 El pecado mortal destruye la caridad en el
corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre
de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien
inferior.
El pecado venial deja subsistir la
caridad, aunque la ofende y la hiere.
1856 El pecado mortal, que ataca en nosotros el
principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la
misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente
en el marco del sacramento de la reconciliación:
Cuando la voluntad se dirige a una cosa
de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el
pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal...sea contra el amor
de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo,
como el homicidio, el adulterio, etc...En cambio, cuando la voluntad del
pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que
sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra
ociosa, una risa superflua, etc. tales pecados son veniales (S. Tomás de
Aquino, s.th. 1-2, 88, 2).
1857 Para que un pecado sea mortal se requieren
tres condiciones: "Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia
grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado
consentimiento" (RP 17).
1858 La materia grave es precisada por los Diez
mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: "No mates, no
cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto,
honra a tu padre y a tu madre" (Mc 10,19). La gravedad de los pecados es
mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las
personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es
más grave que la ejercida contra un extraño.
1859 El pecado mortal requiere plena conciencia y
entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del
acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento
suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia
afectada y el endurecimiento del corazón (cf Mc 3,5-6; Lc 16,19-31) no
disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado.
1860 La ignorancia involuntaria puede disminuir,
si no excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie
ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de
todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente
reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones
exteriores o los trastornos patológicos. El pecado por malicia, por elección
deliberada del mal, es el más grave.
1861 El pecado mortal es una posibilidad radical
de la libertad humana contra el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la
privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es
eliminado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del
Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad
tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque
podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las
personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.
1862 Se comete un pecado venial cuando no se
observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se
desobedece a la ley moral en materia grave pero sin pleno conocimiento y sin
entero consentimiento.
1863 El pecado venial debilita la caridad; entraña
un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el
ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas
temporales. El pecado venial deliberado, que permanece sin arrepentimiento, nos
dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial
no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios.
"No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la
caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna" (RP 17):
El hombre, mientras permanece en la
carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos
pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por
tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos leves hacen
una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un
montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión...(S.
Agustín, ep. Jo. 1,6).
1864 "Todo pecado y blasfemia será perdonado
a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada" (Mc
3,29; Lc 12,10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega
deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento
rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo
(cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a
la perdición eterna.
V LA PROLIFERACION DEL PECADO
1865 El pecado crea una facilidad para el pecado,
engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones
desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del
bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no
puede destruir el sentido moral hasta su raíz.
1866 Los vicios pueden ser catalogados según las
virtudes a que se oponen, o también pueden ser comprendidos en los pecados
capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a S. Juan
Casiano y a S. Gregorio Magno (mor. 31,45). Son llamados capitales porque
generan otros pecados, otros vicios. Entre ellos soberbia, avaricia, envidia,
ira, lujuria, gula, pereza.
1867 La tradición catequética recuerda también que
existen "pecados que claman al cielo". Claman al cielo: la sangre de
Abel (cf Gn 4,10); el pecado de los Sodomitas (cf Gn 18,20; 19,13); el clamor
del pueblo oprimido en Egipto (cf Ex 3,7-10); el lamento del extranjero, de la
viuda y el huérfano (cf Ex 22,20-22); la injusticia para con el asalariado (cf
Dt 24,14-15; Jc 5,4).
1868 El pecado es un acto personal. Pero nosotros
tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando
cooperamos a ellos:
- participando directa y
voluntariamente;
- ordenándolos, aconsejándolos,
alabándolos o aprobándolos;
- no revelándolos o no impidiéndolos
cuando se tiene obligación de hacerlo;
- protegiendo a los que hacen el mal.
1869 Así el pecado convierte a los hombres en
cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la
violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e
instituciones contrarias a la Bondad divina. Las "estructuras de pecado"
son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a
cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un "pecado
social" (cf RP 16).
RESUMEN
1870 "Dios encerró a todos los hombres en la
rebeldía para usar con todos ellos de misericordia" (Rm 11,32).
1871 El pecado es "una palabra, un acto o un
deseo contrarios a la ley eterna"(S. Agustín, Faust. 22). Es una ofensa a
Dios. Se alza contra Dios en una desobediencia contraria a la obediencia de
Cristo.
1872 El pecado es un acto contrario a la razón.
Lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.
1873 La raíz de todos los pecados está en el
corazón del hombre. Sus especies y su gravedad se miden principalmente por su
objeto.
1874 Elegir deliberadamente, es decir sabiéndolo y
queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del
hombre es cometer un pecado mortal. Este destruye en nosotros la caridad sin la
cual la bienaventuranza eterna es imposible. Sin arrepentimiento, tal pecado
conduce a la muerte eterna.
1875 El pecado venial constituye un desorden moral
reparable por la caridad que deja subsistir en nosotros.
1876 La reiteración de pecados, incluso veniales,
engendra vicios entre los cuales se distinguen los pecados capitales.
CAPITULO
SEGUNDO: LA COMUNIDAD HUMANA
1877. La vocación de la humanidad es manifestar la
imagen de Dios y ser transformada a imagen del Hijo Unico del Padre. Esta
vocación reviste una forma personal, puesto que cada uno es llamado a entrar en
la bienaventuranza divina; concierne también al conjunto de la comunidad
humana.
Artículo
1 LA PERSONA Y LA SOCIEDAD
I EL CARACTER COMUNITARIO DE LA VOCACION
HUMANA
1878 Todos los hombres son llamados al mismo fin:
Dios. Existe cierta semejanza entre la unidad de las personas divinas y la
fraternidad que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor
(cf GS 24,3). El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios.
1879 La persona humana necesita la vida social.
Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su
naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el
diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a
su vocación (cf GS 25,1).
1880 Una sociedad es un conjunto de personas
ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de
ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el
tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido
"heredero", recibe "talentos" que enriquecen su identidad y
a los que debe hacer fructificar (cf Lc 19,13.15). En verdad, se debe afirmar
que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está
obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas.
1881 Cada comunidad se define por su fin y obedece
en consecuencia a reglas específicas pero "el principio, el sujeto y el
fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana"
(GS 25,1).
1882 Ciertas sociedades, como la familia y la
ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son
necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de
personas en la vida social, es preciso impulsar alentar la creación de
asociaciones e instituciones de libre iniciativa "para fines económicos,
sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto
dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial" (MM 60). Esta
"socialización" expresa igualmente la tendencia natural que impulsa a
los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las
capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en
particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar
sus derechos (cf GS 25,2; CA 12).