(1499-1690)
Artículo
5 LA UNCION DE LOS ENFERMOS
1499 "Con la sagrada unción de los enfermos y
con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a os
enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve.
Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y
contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).
I FUNDAMENTOS EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
La enfermedad en la vida humana
1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado
siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la
enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda
enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la angustia,
al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión
contra Dios. Puede también h acer a la persona más madura, ayudarla a discernir
en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha
frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a él.
El enfermo ante Dios
1502 El hombre del Antiguo Testamento vive la
enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y
de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal
6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5;
39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32,5; 107,20; Mc
2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se
vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve
la vida: "Yo, el Señor, soy el que te sana" (Ex 15,26). El profeta
entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los
pecados de los demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará
venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad
(cf Is 33,24).
Cristo, médico
1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y
sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo
maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16) y de que
el Reino de Dios está muy cerca. Jesús
no
tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc
2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los
enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega
hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt
25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo
de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia
todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a
infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.
1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean
(cf Mc 5,34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de
manos (cf Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos
tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) "pues salía de él una fuerza
que los curaba a todos" (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo
continúa "tocándonos" para sanarnos.
1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no
sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: "El
tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8,17; cf Is
53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida
del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el
pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso
del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el "pecado del mundo" (Jn 1,29), del
que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la
Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura
con él y nos une a su pasión redentora.
"Sanad a los enfermos..."
1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle
tomando a su vez su cruz (cf Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión
sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y
humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación:
"Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos
demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,12-13).
1507 El Señor resucitado renueva este envío
("En mi nombre...impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán
bien"; Mc 16,17-18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza
invocando su nombre (cf. Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de una manera
especial que Jesús es verdaderamente "Dios que salva" (cf Mt 1,21;
Hch 4,12).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma
especial de curación (cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la
gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas
obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor
que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la
flaqueza" (2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer,
tienen como sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col
1,24).
1509 "¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10,8).
La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante
los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión
con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de
las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de
los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida
eterna (cf Jn 6,54.58) y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo
(cf 1 Co 11,30).
1510 No obstante la Iglesia apostólica tuvo un
rito propio en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: "Está
enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren
sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe
salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido
pecados, le serán perdonados" (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en
este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325;
1695-1696; 1716-1717).
Un sacramento de los enfermos
1511 La Iglesia cree y confiesa que, entre los
siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a
los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:
Esta unción santa de los enfermos fue
instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento,
verdadero y propiamente dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a
los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St
5,14-15] (Cc. de Trento: DS 1695).
1512 En la tradición litúrgica, tanto en Oriente
como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de
enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la
Unción de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que
estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el nombre de
"Extremaunción". A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de
orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía
a su salvación (cf. DS 1696).
1519 La Constitución apostólica "Sacram
Unctionem Infirmorum" del 30 de Noviembre de 1972, de conformidad con el
Concilio Vaticano II (cf SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano,
se observara lo que sigue:
El sacramento de la Unción de los
enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en
las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las
circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas
palabras: "per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam
adiuvet te Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet
atque propitius allevet" ("Por esta santa Unción, y por su bondadosa
misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que,
libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad",
cf. CIC, can. 847,1).
II QUIEN RECIBE Y QUIEN ADMINISTRA ESTE
SACRAMENTO
En caso de grave enfermedad ...
1514 La unción de los enfermos "no es un
sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera
tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de
muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf CIC, can. 1004,1; 1005; 1007;
CCEO, can. 738).
1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera
la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este
sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser
reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los
enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las
personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.
"...llame a los presbíteros de la
Iglesia"
1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros)
son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719;
CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los
fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los
enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos
se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y
de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente
a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
III LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO
1517 Como en todos los sacramentos, la unción de
los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene
lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para
un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la
Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten,
la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la
Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En cuanto sacramento de
la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de
la peregrinación terrenal, el "viático" para el "paso" a la
vida eterna.
1518 Palabra y sacramento forman un todo
inseparable. La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia,
abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los apóstoles
suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de
su Espíritu.
1519 La celebración del sacramento comprende
principalmente estos elementos: "los presbíteros de la Iglesia" (St
5,14) imponen -en silencio- las manos a los enfermos; oran por los enfermos en
la fe de la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento;
luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo.
Estas acciones litúrgicas indican la
gracia que este sacramento confiere a los enfermos.
IV EFECTOS DE LA CELEBRACION DE ESTE
SACRAMENTO
1520 Un don particular del Espíritu Santo. La
gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo
para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la
fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la
confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno,
especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb
2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir
al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la
voluntad de Dios (cf Cc. de Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera
cometido pecados, le serán perdonados" (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS
1717).
1521 La unión a la Pasión de Cristo. Por la
gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más
íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar
fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador. El
sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser
participación en la obra salvífica de Jesús.
1522 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben
este sacramento, "uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo,
contribuyen al bien del Pueblo de Dios" (LG 11). Cuando celebra este
sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del
enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a
la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la
Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.
1523 Una preparación para el último tránsito. Si
el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren
enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón "a los que están a
punto de salir de esta vida" ("in exitu viae constituti"; Cc. de
Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también "sacramentum
exeuntium" ("sacramento de los que parten", ibid.). La Unción de
los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo,
como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas
unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en
nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el
combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida
terrena un sólido puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose
en los últimos combates (cf ibid.: DS 1694).
El Viático, último sacramento del
cristiano
1524 A los que van a dejar esta vida, la Iglesia
ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático.
Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la
Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es
semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor:
"El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le
resucitaré el último día" (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo
muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a
la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).
1525 Así, como los sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada "los
sacramentos de la iniciación cristiana", se puede decir que la Penitencia,
la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida
cristiana toca a su fin, "los sacramentos que preparan para entrar en la
Patria" o los sacramentos que cierran la peregrinación.
RESUMEN
1526 "¿Está enfermo alguno entre vosotros?
Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en
el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará
que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados" (St
5,14-15).
1527 El sacramento de la Unción de los enfermos
tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las
dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.
1528 El tiempo oportuno para recibir la Santa
Unción llega ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de
muerte por causa de enfermedad o de vejez.
1529 Cada vez que un cristiano cae gravemente
enfermo puede recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla
recibido, la enfermedad se agrava.
1530 Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos)
pueden administrar el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean
óleo bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo presbítero que
celebra.
1531 Lo esencial de la celebración de este
sacramento consiste en la unción en la frente y las manos del enfermo (en el
rito romano) o en otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la
oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial de este
sacramento.
1532 La gracia especial del sacramento de la
Unción de los enfermos tiene como efectos:
- la unión del enfermo a la Pasión de
Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
- el consuelo, la paz y el ánimo para
soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;
- el perdón de los pecados si el
enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia;
- el restablecimiento de la salud
corporal, si conviene a la salud espiritual;
826
la preparación para el paso a la vida eterna.
CAPITULO
TERCERO: LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
1533. El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía
son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común
de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión
de evangelizar el mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir según el
Espíritu en esta vida de peregrinos en marcha hacia la patria.
1534 Otros dos sacramentos, el Orden y el
Matrimonio, están ordenados a la salvación de los demás. Contribuyen
ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que
prestan a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a
la edificación del Pueblo de Dios.
1535 En estos sacramentos, los que fueron ya
consagrados por el Bautismo y la Confirmación (LG 10) para el sacerdocio común
de todos los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que
reciben el sacramento del orden son consagrados para "en el nombre de
Cristo ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia de
Dios" (LG 11). Por su parte, "los cónyuges cristianos, son
fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado por
este sacramento especial" (GS 48,2).
Artículo
6 EL SACRAMENTO DEL ORDEN
1536 El Orden es el sacramento gracias al cual la
misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia
hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico.
Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
(Sobre la institución y la misión del
ministerio apostólico por Cristo ya se ha tratado en la primera parte. Aquí
sólo se trata de la realidad sacramental mediante la que se transmite este
ministerio)
I EL NOMBRE DE SACRAMENTO DEL ORDEN
1537 La palabra Orden designaba, en la antigüedad
romana, cuerpos constituidos en sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que
gobiernan. Ordinatio designa la integración en un ordo. En la Iglesia hay
cuerpos constituidos que la Tradición, no sin fundamentos en la Sagrada
Escritura (cf Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama desde los tiempos antiguos con el
nombre de taxeis (en griego), de ordines (en latín): así la liturgia habla del
ordo episcoporum, del ordo presbyterorum, del ordo diaconorum. También reciben
este nombre de ordo otros grupos: los catecúmenos, las vírgenes, los esposos,
las viudas...
1538 La integración en uno de estos cuerpos de la
Iglesia se hacía por un rito llamado ordinatio, acto religioso y litúrgico que
era una consagración, una bendición o un sacramento. Hoy la palabra ordinatio
está reservada al acto sacramental que incorpora al orden de los obispos, de
los presbíteros y de los diáconos y que va más allá de una simple elección,
designación, delegación o institución por la comunidad, pues confiere un don
del Espíritu Santo que permite ejercer un "poder sagrado" (sacra
potestas; cf LG 10) que sólo puede venir de Cristo, a través de su Iglesia. La
ordenación también es llamada consecratio porque es un "poner a
parte" y un "investir" por Cristo mismo para su Iglesia. La
imposición de manos del obispo, con la oración consecratoria, constituye el
signo visible de esta consagración.
II EL SACRAMENTO DEL ORDEN
EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
El sacerdocio de la Antigua Alianza
1539 El pueblo elegido fue constituido por Dios
como "un reino de sacerdotes y una nación consagrada" (Ex 19,6; cf Is
61,6). Pero dentro del pueblo de Israel, Dios escogió una de las doce tribus,
la de Leví, para el servicio litúrgico (cf. Nm 1,48-53); Dios mismo es la parte
de su herencia (cf. Jos 13,33). Un rito propio consagró los orígenes del
sacerdocio de la Antigua Alianza (cf Ex 29,1-30; Lv 8). En ella los sacerdotes
fueron establecidos "para intervenir en favor de los hombres en lo que se
refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hb 5,1).
1540 Instituido para anunciar la palabra de Dios
(cf Ml 2,7-9) y para restablecer la comunión con Dios mediante los sacrificios
y la oración, este sacerdocio de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz
de realizar la salvación, por lo cual tenía necesidad de repetir sin cesar los
sacrificios, y no podía alcanzar una santificación definitiva (cf. Hb 5,3;
7,27; 10,1-4), que sólo podría alcanzada por el sacrificio de Cristo.
1541 No obstante, la liturgia de la Iglesia ve en
el sacerdocio de Aarón y en el servicio de los levitas, así como en la institución
de los setenta "ancianos" (cf Nm 11,24-25), prefiguraciones del
ministerio ordenado de la Nueva Alianza. Por ello, en el rito latino la Iglesia
se dirige a Dios en la oración consecratoria de la ordenación de los obispos de
la siguiente manera:
Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo...has establecido las reglas de la Iglesia: elegiste desde el
principio un pueblo santo, descendiente de Abraham , y le diste reyes y
sacerdotes que cuidaran del servicio de tu santuario...
1542 En la ordenación de presbíteros, la Iglesia
ora:
Señor, Padre Santo...en la Antigua
Alianza se fueron perfeccionando a través de los signos santos los grados del
sacerdocio...cuando a los sumos sacerdotes, elegidos para regir el pueblo, les
diste compañeros de menor orden y dignidad, para que les ayudaran como
colaboradores...multiplicaste el espíritu de Moisés, comunicándolo a los
setenta varones prudentes con los cuales gobernó fácilmente un pueblo numeroso.
Así también transmitiste a los hijos de Aarón la abundante plenitud otorgada a
su padre.
1543 Y en la oración consecratoria para la
ordenación de diáconos, la Iglesia confiesa:
Dios Todopoderoso...tú haces crecer a
la Iglesia...la edificas como templo de tu gloria...así estableciste que hubiera
tres órdenes de ministros para tu servicio, del mismo modo que en la Antigua
Alianza habías elegido a los hijos de Leví para que sirvieran al templo, y,
como herencia, poseyeran una bendición eterna.
El único sacerdocio de Cristo
1544 Todas las prefiguraciones del sacerdocio de
la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, "único
mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2,5). Melquisedec,
"sacerdote del Altísimo" (Gn 14,18), es considerado por la Tradición
cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único "Sumo
Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Hb 5,10; 6,20), "santo,
inocente, inmaculado" (Hb 7,26), que, "mediante una sola oblación ha
llevado a la perfección para siempre a los santificados" (Hb 10,14), es decir,
mediante el único sacrificio de su Cruz.
1545 El sacrificio redentor de Cristo es único,
realizado una vez por todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio
eucarístico de la Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo:
se hace presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante la
unicidad del sacerdocio de Cristo: "Et ideo solus Christus est verus
sacerdos, alii autem ministri eius" ("Y por eso sólo Cristo es el
verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos", S. Tomás de A. Hebr.
VII, 4).
Dos modos de participar en el único
sacerdocio de Cristo
1546 Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha
hecho de la Iglesia "un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap
1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como
tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su
participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo,
Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación
los fieles son "consagrados para ser...un sacerdocio santo" (LG 10).
1547 El sacerdocio ministerial o jerárquico de los
obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles,
"aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el
uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único
sacerdocio de Cristo" (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio
común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de
fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio
ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la
gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales
Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido
mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.
In persona Christi Capitis...
1548 En el servicio eclesial del ministro ordenado
es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor
de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es
lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento
del Orden, actúa "in persona Christi Capitis" (cf LG 10; 28; SC 33;
CD 11; PO 2,6):
El ministro posee en verdad el papel
del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquel es asimilado al Sumo
Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de
actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa (virtute ac persona
ipsius Christi) (Pío XII, enc. Mediator Dei).
"Christus est fons totius
sacerdotii; nan sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis
in persona ipsius operatur" ("Cristo es la fuente de todo sacerdocio,
pues el sacerdote de la antigua ley era figura de EL, y el sacerdote de la
nueva ley actúa en representación suya" (S. Tomás de A., s.th. 3, 22, 4).
1549 Por el ministerio ordenado, especialmente por
el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la
Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la
bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es typos tou Patros, es
imagen viva de Dios Padre (Trall. 3,1; cf Magn. 6,1).
1550 Esta presencia de Cristo en el ministro no
debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas
humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos
del ministro son garantizado s de la misma manera por la fuerza del Espíritu
Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni
siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen
muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no
son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por
consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.
1551 Este sacerdocio es ministerial. "Esta
Función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero
servicio" (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende
totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los
hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica
"un poder sagrado", que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de
esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor
se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). "El
Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a
él" (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)
"En nombre de toda la
Iglesia"
1552 El sacerdocio ministerial no tiene solamente
por tarea representar a Cristo -Cabeza de la Iglesia- ante la asamblea de los
fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia (cf SC 33) y sobre todo cuando ofrece el sacrificio
eucarístico (cf LG 10).
1553 "En nombre de toda la Iglesia",
expresión que no quiere decir que los sacerdotes sean los delegados de la
comunidad. La oración y la ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración
y la ofrenda de Cristo, su Cabeza. Se trata siempre del culto de Cristo en y
por su Iglesia. Es toda la Iglesia, cuerpo de Cristo, la que ora y se ofrece,
per ipsum et cum ipso et in ipso, en la unidad del Espíritu Santo, a Dios Padre.
Todo el cuerpo, caput et membra, ora y se ofrece, y por eso quienes, en este
cuerpo, son específicamente sus ministros, son llamados ministros no sólo de
Cristo, sino también de la Iglesia. El sacerdocio ministerial puede representar
a la Iglesia porque representa a Cristo.
III LOS TRES GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN
1554 "El ministerio eclesiástico, instituido
por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los
nombres de obispos, presbíteros y diáconos" (LG 28). La doctrina católica,
expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia,
reconocen que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio
de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a
ayudarles y a servirles. Por eso, el término "sacerdos" designa, en
el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin
embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal
(episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres
conferidos por un acto sacramental llamado "ordenación", es decir,
por el sacramento del Orden:
Que todos reverencien a los diáconos
como a Jesucristo, como también al obispo, que es imagen del Padre, y a los
presbíteros como al senado de Dios y como a la asamblea de los apóstoles: sin
ellos no se puede hablar de Iglesia (S. Ignacio de Antioquía, Trall. 3,1)
La ordenación episcopal, plenitud del
sacramento del Orden
1555 "Entre los diversos ministerios que
existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que,
que a través de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los
transmisores de la semilla apostólica" (LG 20).
1556 "Para realizar estas funciones tan
sublimes, los Apóstoles se vieron enriquecidos por Cristo con la venida
especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron
a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don espiritual que
se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los obispos" (LG
21).
1557 El Concilio Vaticano II "enseña que por
la consagración episcopal se recibe la plenitud del sacramento del Orden. De
hecho se le llama, tanto en la liturgia de la Iglesia como en los Santos
Padres, `sumo sacerdocio' o `cumbre del ministerio sagrado'" (ibid.).
1558 "La consagración episcopal confiere,
junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y
gobernar... En efecto...por la imposición de las manos y por las palabras de la
consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el
carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible,
hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su
nombre (in eius persona agant)" (ibid.). "El Espíritu Santo que han
recibido ha hecho de los obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe,
pontífices y pastores" (CD 2).
1559 "Uno queda constituido miembro del
Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión
jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio" (LG 22). El
carácter y la naturaleza colegial del orden episcopal se manifiestan, entre
otras cosas, en la antigua práctica de la Iglesia que quiere que para la
consagración de un nuevo obispo participen varios obispos (cf ibid.). Para la
ordenación legítima de un obispo se requiere hoy una intervención especial del
Obispo de Roma por razón de su cualidad de vínculo supremo visible de la
comunión de las Iglesias particulares en la Iglesia una y de garante de
libertad de la misma.
1560 Cada obispo tiene, como vicario de Cristo, el
oficio pastoral de la Iglesia particular que le ha sido confiada, pero al mismo
tiempo tiene colegialmente con todos sus hermanos en el episcopado la solicitud
de todas las Iglesias: "Más si todo obispo es propio solamente de la
porción de grey confiada a sus cuidados, su cualidad de legítimo sucesor de los
apóstoles por institución divina, le hace solidariamente responsable de la
misión apostólica de la Iglesia" (Pío XII, Enc. Fidei donum, 11; cf LG 23;
CD 4,36-37; AG 5.6.38).
1561 Todo lo que se ha dicho explica por qué la
Eucaristía celebrada por el obispo tiene una significación muy especial como
expresión de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien
representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia (cf SC 41;
LG 26).
La ordenación de los presbíteros -
cooperadores de los obispos
1562 "Cristo, a quien el Padre santificó y
envió al mundo, hizo a los obispos partícipes de su misma consagración y misión
por medio de los Apóstoles de los cuales son sucesores. Estos han confiado
legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a diversos sujetos
en la Iglesia" (LG 28). "La función ministerial de los obispos, en
grado subordinado, fue encomendada a los presbíteros para que, constituidos en
el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del Orden episcopal para
realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo" (PO 2).
1563 "El ministerio de los presbíteros, por
estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con la que el propio
Cristo construye, santifica y gobierna su Cuerpo. Por eso el sacerdocio de los
presbíteros supone ciertamente los sacramentos de la iniciación cristiana. Se confiere,
sin embargo, por aquel sacramento peculiar que, mediante la unción del Espíritu
Santo, marca a los sacerdotes con un carácter especial. Así quedan
identificados con Cristo Sacerdote, de tal manera que puedan actuar como
representantes de Cristo Cabeza" (PO 2).
1564 "Los presbíteros, aunque no tengan la
plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus
poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en
virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes
de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10;
7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para
celebrar el culto divino" (LG 28).
1565 En virtud del sacramento del Orden, los
presbíteros participan de la universalidad de la misión confiada por Cristo a
los apóstoles. El don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara,
no para una misión limitada y restringida, "sino para una misión amplísima
y universal de salvación `hasta los extremos del mundo'" (PO 10),
"dispuestos a predicar el evangelio por todas partes" (OT 20).
1566 "Su verdadera función sagrada la ejercen
sobre todo en el culto o en la comunión eucarística. En ella, actuando en la
persona de Cristo y proclamando su Misterio, unen la ofrenda de los fieles al
sacrificio de su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio de la misa,
hasta la venida del Señor, el único Sacrificio de la Nueva Alianza: el de
Cristo, que se ofrece al Padre de una vez para siempre como hostia
inmaculada" (LG 28). De este sacrificio único, saca su fuerza todo su
ministerio sacerdotal (cf PO 2).
1567 "Los presbíteros, como colaboradores
diligentes de los obispos y ayuda e instrumento suyos, llamados para servir al
Pueblo de Dios, forman con su obispo un único presbiterio, dedicado a diversas
tareas. En cada una de las comunidades locales de fieles hacen presente de
alguna manera a su obispo, al que están unidos con confianza y magnanimidad;
participan en sus funciones y preocupaciones y las llevan a la práctica cada
día" (LG 28). Los presbíteros sólo pueden ejercer su ministerio en
dependencia del obispo y en comunión con él. La promesa de obediencia que hacen
al obispo en el momento de la ordenación y el beso de paz del obispo al fin de
la liturgia de la ordenación significa que el obispo los considera como sus
colaboradores, sus hijos, sus hermanos y sus amigos y que a su vez ellos le
deben amor y obediencia.
1568 "Los presbíteros, instituidos por la
ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por la
íntima fraternidad del sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en
la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo" (PO
8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica en la costumbre
de que los presbíteros impongan a su vez las manos, después del obispo, durante
el rito de la ordenación.
La ordenación de los diáconos, "en
orden al ministerio"
1569 "En el grado inferior de la jerarquía
están los diácon os, a los que se les imponen las 'para realizar un servicio y
no para ejercer el sacerdocio'" (LG 29; cf CD 15). En la ordenación al
diaconado, sólo el obispo impone las manos , significando así que el diácono
está especialmente vinculado al obispo en las tareas de su "diaconía"
(cf S. Hipólito, trad. ap. 8).
1570 Los diáconos participan de una manera
especial en la misión y la gracia de Cristo (cf LG 41; AA 16). El sacramento
del Orden los marco con un sello (carácter) que nadie puede hacer desaparecer y
que los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir, el
servidor de todos (cf Mc 10,45; Lc 22,27; S. Policarpo, Ep 5,2). Corresponde a
los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la
celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la
distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo,
proclamar el evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los
diversos servicios de la caridad (cf LG 29; cf. SC 35,4; AG 16).
1571 Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia
latina ha restablecido el diaconado "como un grado particular dentro de la
jerarquía" (LG 29), mientras que las Iglesias de Oriente lo habían
mantenido siempre. Este diaconado permanente, que puede ser conferido a hombres
casados, constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia.
En efecto, es apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un
ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en
las obras sociales y caritativas, "sean fortalezcan por la imposición de
las manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al
servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la
gracia sacramental del diaconado" (AG 16).
IV LA CELEBRACION DE ESTE SACRAMENTO
1572 La celebración de la ordenación de un obispo,
de presbíteros o de diáconos, por su importancia para la vida de la Iglesia
particular, exige el mayor concurso posible de fieles. Tendrá lugar
preferentemente el domingo y en la catedral, con una solemnidad adaptada a las
circunstancias. Las tres ordenaciones, del obispo, del presbítero y del
diácono, tienen el mismo dinamismo. El lugar propio de su celebración es dentro
de la Eucaristía.
1573 El rito esencial del sacramento del Orden
está constituido, para los tres grados, por la imposición de manos del obispo
sobre la cabeza del ordenando así como por una oración consecratoria específica
que pide a Dios la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio
para el cual el candidato es ordenado (cf Pío XII, const. ap. Sacramentum
Ordinis, DS 3858).
1574 Como en todos los sacramentos, ritos
complementarios rodean la celebración. Estos varían notablemente en las
distintas tradiciones litúrgicas, pero tienen en común la expresión de
múltiples aspectos de la gracia sacramental. Así, en el rito latino, los ritos
iniciales - la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo,
el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos - ponen de relieve
que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan
el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a
expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para
el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción
especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del
libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en
señal de su misión apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad
a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor;
entrega al presbítero de la patena y del cáliz, "la ofrenda del pueblo
santo" que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios
al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.
V EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO
1575 Fue Cristo quien eligió a los apóstoles y les
hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no
abandona a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los apóstoles bajo su
constante protección y lo dirige también mediante estos mismos pastores que
continúan hoy su obra (cf MR, Prefacio de Apóstoles). Por tanto, es Cristo
"quien da" a unos el ser apóstoles, a otros pastores (cf. Ef 4,11).
Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21).
1576 Dado que el sacramento del Orden es el
sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto
sucesores de los apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21),
"la semilla apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados,
es decir, que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren
válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf DS 794 y 802; CIC,
can. 1012; CCEO, can. 744; 747).
VI QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO
1577 "Sólo el varón (vir ) bautizado recibe
válidamente la sagrada ordenación" (CIC, can 1024). El Señor Jesús eligió
a hombres (viri) para formar el colegio de los doce apóstoles (cf Mc 3,14-19; Lc
6,12-16), y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus
colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en su tarea
(S.Clemente Romano Cor, 42,4; 44,3). El colegio de los obispos, con quienes los
presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente y actualiza hasta el
retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia se reconoce vinculada por
esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la
ordenación (cf Juan Pablo II, MD 26-27; CDF decl. "Inter
insigniores": AAs 69 [1977] 98-116).
1578 Nadie tiene derecho a recibir el sacramento
del Orden. En efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento
se es llamado por Dios (cf Hb 5,4). Quien cree reconocer las señales de la
llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la
autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de
llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede
ser recibido como un don inmerecido.
1579 Todos los ministros ordenados de la Iglesia
latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre
hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el
celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a
consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se
entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta
vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia;
aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios (cf
PO 16).
1580 En las Iglesias Orientales, desde hace siglos
está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos
únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y
presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos;
estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno de sus comunidades
(cf PO 16). Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor
en las Iglesias Orientales, y son numerosos los presbíteros que lo escogen
libremente por el Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el
sacramento del Orden no puede contraer matrimonio.
VII LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN
El carácter indeleble
1581 Este sacramento configura con Cristo mediante
una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo
en favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad de actuar como
representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función de
sacerdote, profeta y rey.
1582 Como en el caso del Bautismo y de la
Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez
para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual
indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado
(cf Cc. de Trento: DS 1767; LG 21.28.29; PO 2).
1583 Un sujeto válidamente ordenado puede
ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones
vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas (cf CIC, can.
290-293; 1336,1, nn 3º y 5º; 1338,2), pero no puede convertirse de nuevo en
laico en sentido estricto (cf. CC. de Trento: DS 1774) porque el carácter
impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el
día de su ordenación, lo marcan de manera permanente.
1584 Puesto que en último término es Cristo quien
actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de
éste no impide a Cristo actuar (cf Cc. de Trento: DS 1612; 1154). S. Agustín lo
dice con firmeza:
En cuanto al ministro orgulloso, hay
que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Crist o no por ello es
profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él
permanece limpio y llega a la tierra fértil...En efecto, la virtud espiritual
del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben
en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha (Ev. Ioa. 5, 15).
La gracia del Espíritu Santo
1585 La gracia del Espíritu Santo propia de este
sacramento es la de ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de
quien el ordenado es constituido ministro.
1586 Para el obispo, es en primer lugar una gracia
de fortaleza ("El Espíritu de soberanía": Oración de consagración del
obispo en el rito latino): la de guiar y defender con fuerza y prudencia a su
Iglesia como padre y pastor, con amor gratuito para todos y con predilección
por los pobres, los enfermos y los necesitados (cf CD 13 y 16). Esta gracia le
impulsa a anunciar el evangelio a todos, a ser el modelo de su rebaño, a
precederlo en el camino de la santificación identificándose en la Eucaristía
con Cristo Sacerdote y Víctima, sin miedo a dar la vida por sus ovejas:
Concede, Padre que conoces los
corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu
santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche
sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los
dones de tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio
tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las
tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que
tú diste a los apóstoles; que te agrade por su dulzura y su corazón puro,
ofreciéndote un perfume agradable por tu Hijo Jesucristo... (S. Hipólito, Trad.
Ap. 3).
1587 El don espiritual que confiere la ordenación
presbiteral está expresado en esta oración propia del rito bizantino. El
obispo, imponiendo la mano, dice:
Señor, llena del don del Espíritu Santo
al que te has dignado elevar al grado del sacerdocio para que sea digno de
presentarse sin reproche ante tu altar, de anunciar el evangelio de tu Reino,
de realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y
sacrificios espirituales, de renovar tu pueblo mediante el baño de la
regeneración; de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo, tu Hijo único, el día de su segunda venida, y reciba de tu inmensa
bondad la recompensa de una fiel administración de su orden (Euchologion).
1588 En cuanto a los diáconos, "fortalecidos,
en efecto, con la gracia del sacramento, en comunión con el obispo y sus
presbíteros, están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la
liturgia, de la palabra y de la caridad" (LG 29).
1589 Ante la grandeza de la gracia y del oficio
sacerdotales, los santos doctores sintieron la urgente llamada a la conversión
con el fin de corresponder mediante toda su vida a aquel de quien el sacramento
los constituye ministros. Así, S. Gregorio Nazianceno, siendo joven sacerdote,
exclama:
Es preciso comenzar por purificarse
antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir;
es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás,
ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con
inteligencia (Or. 2, 71). Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y
adonde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero
también su fuerza (ibid. 74) (Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es) el
defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los
arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios,
comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece (en ella) la
imagen (de Dios), la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más
grande que hay en él, es divinizado y diviniza (ibid. 73).
Y el santo Cura de Ars dice: "El
sacerdote continua la obra de redención en la tierra"..."Si se
comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de
amor"..."El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús".
RESUMEN
1590 S. Pablo dice a su discípulo Timoteo:
"Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la
imposición de mis manos" (2 Tm 1,6), y "si alguno aspira al cargo de
obispo, desea una noble función" (1 Tm 3,1). A Tito decía: "El motivo
de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y
establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené" (Tt 1,5).
1591 La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal.
Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta
participación se llama "sacerdocio común de los fieles". A partir de
este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión
de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea
es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la
comunidad.
1592 El sacerdocio ministerial difiere
esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder
sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su
servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza (munus docendi), el culto
divino (munus liturgicum) y por el gobierno pastoral (munus regendi).
1593 Desde los orígenes, el ministerio ordenado
fue conferido y ejercido en tres grados: el de los Obispos, el de los presbíteros
y el de los diáconos. Los ministerios conferidos por la ordenación son
insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: sin el obispo, los
presbíteros y los diácono s no se puede hablar de Iglesia (cf. S. Ignacio de
Antioquía, Trall. 3,1).
1594 El obispo recibe la plenitud del sacramento
del Orden que lo incorpora al colegio episcopal y hace de él la cabeza visible
de la Iglesia particular que le es confiada. Los Obispos, en cuanto sucesores
de los apóstoles y miembros del colegio, participan en la responsabilidad
apostólica y en la misión de toda la Iglesia bajo la autoridad del Papa,
sucesor de S. Pedro.
1595 Los presbíteros están unidos a los obispos en
la dignidad sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de
sus funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes de los
obispos; forman en torno a su Obispo el presbiterio que asume con él la
responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una
comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.
1596 Los diáconos son ministros ordenados para las
tareas de servicio de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la
ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra,
del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas
que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su Obispo.
1597 El sacramento del Orden es conferido por la
imposición de las manos seguida de una oración consecratoria solemne que pide a
Dios para el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para su
ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental indeleble.
1598 La Iglesia confiere el sacramento del Orden
únicamente a varones (viris) bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del
ministerio han sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la Iglesia
corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la
ordenación.
1599 En la Iglesia latina, el sacramento del Orden
para el presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están
dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su
voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los hombres.
1600 Corresponde a los Obispos conferir el
sacramento del Orden en los tres grados.
Artículo
7 EL SACRAMENTO DEL
MATRIMONIO
1601 "La alianza matrimonial, por la que el
varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado
por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación
de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento
entre bautizados" (CIC, can. 1055,1)
I EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS
1602 La Sagrada Escritura se abre con el relato de
la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27)
y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De
un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su
"misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su
origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de
la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación
"en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva
Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).
El matrimonio en el orden de la
creación
1603 "La íntima comunidad de vida y amor
conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece
sobre la alianza del matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del
arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1). La
vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la
mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una
institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido
sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras
sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar
sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad de esta institución
no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las
culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La
salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente
ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).
1604 Dios que ha creado al hombre por amor lo ha
llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano.
Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor
(cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre
ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama
al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cf Gn 1,31).
Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la
obra común del cuidado de la creación. "Y los bendijo Dios y les dijo:
"Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla'" (Gn
1,28).
1605 La Sagrada escritura afirma que el hombre y
la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre
esté solo". La mujer, "carne de su carne", su igual, la criatura
más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una
"auxilio", representando así a Dios que es nuestro "auxilio"
(cf Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a
su mujer, y se hacen una sola carne" (cf Gn 2,18-25). Que esto significa
una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando
cuál fue "en el principio", el plan del Creador: "De manera que
ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6).
El matrimonio bajo la esclavitud del
pecado
1606 Todo hombre, tanto en su entorno como en su
propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir
también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión
del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio,
la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la
ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede
ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero
siempre aparece como algo de carácter universal.
1607 Según la fe, este desorden que constatamos
dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en
la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura
con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original
entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios
recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn
2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3,16b); la
hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y
someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los
esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).
1608 Sin embargo, el orden de la Creación subsiste
aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la
mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita,
jamás les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no
pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó
"al comienzo".
El matrimonio bajo la pedagogía de la
antigua Ley
1609 En su misericordia, Dios no abandonó al
hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores
del parto" (Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn
3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la
caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la
búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de
si.
1610 La conciencia moral relativa a la unidad e
indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley
antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida
de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a
proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve
también, según la palabra del Señor, las huellas de "la dureza del
corazón" de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el
repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).
1611 Contemplando la Alianza de Dios con Israel
bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr
2-3. 31; Ez 16,62;23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo
elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad
del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios
conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura
de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una
expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de
Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no
pueden anegar" (Ct 8,6-7).
El matrimonio en el Señor
1612 La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel
había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios,
encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad
salvada por él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero"
(Ap 19,7.9).
1613 En el umbral de su vida pública, Jesús
realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de
boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de
Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del
matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz
de la presencia de Cristo.
1614 En su predicación, Jesús enseñó sin
ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el
Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a
su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión
matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció:
"lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).
1615 Esta insistencia, inequívoca, en la
indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como
una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los
esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más
pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la
creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el
matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo,
renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos
podrán "comprender" (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio
y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un
fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.
1616 Es lo que el apóstol Pablo da a entender
diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y
se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y
añadiendo enseguida: "`Por es o dejará el hombre a su padre y a su madre y
se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne'. Gran misterio es éste,
lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,31-32).
1617 Toda la vida cristiana está marcada por el
amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo
de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf
Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio
cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de
Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el
matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf
DS 1800; CIC, can. 1055,2).
La virginidad por el Reino de Dios
1618 Cristo es el centro de toda vida cristiana.
El vínculo con El ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos,
familiares o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la
Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del
matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para
ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32), para
ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó a
algunos a seguirle en este modo de vida del que El es el modelo:
Hay eunucos que nacieron así del seno
materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron
tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que
entienda (Mt 19,12).
1619 La virginidad por el Reino de los Cielos es
un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del
vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda
también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero
de este mundo (cf 1 Co 7,31; Mc 12,25).
1620 Estas dos realidades, el sacramento del
Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él
quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos
conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino
(cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables
y se apoyan mutuamente:
Denigrar el matrimonio es reducir a la
vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que
corresponde a la virginidad... (S. Juan Crisóstomo, virg. 10,1; cf FC, 16).
II LA CELEBRACION DEL MATRIMONIO
1621 En el rito latino, la celebración del
matrimonio entre dos fieles católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la
Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos los sacramentos con el
Misterio Pascual de Cristo (cf SC 61). En la Eucaristía se realiza el memorial
de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su
esposa amada por la que se entregó (cf LG 6). Es, pues, conveniente que los
esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de
sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha
presente en el sacrificio eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que,
comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, "formen un
solo cuerpo" en Cristo (cf 1 Co 10,17).
1622 "En cuanto gesto sacramental de
santificación, la celebración del matrimonio...debe ser por sí misma válida,
digna y fructuosa" (FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se
dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la
penitencia.
1623 Según la tradición latina, los esposos, como
ministros de la gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la
Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las
tradiciones de las Iglesias orientales, los sacerdotes -Obispos o presbíteros-
son testigos del recíproco consentimiento expresado por los esposos (cf. CCEO,
can. 817), pero también su bendición es necesaria para la validez del
sacramento (cf CCEO, can. 828).
1624 Las diversas liturgias son ricas en oraciones
de bendición y de epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la
nueva pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este sacramento
los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de amor de Cristo y de la
Iglesia (cf. Ef 5,32). El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los
esposos, la fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará
su fidelidad.
III EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL
1625 Los protagonistas de la alianza matrimonial
son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que
expresan libremente su consentimiento. "Ser libre" quiere decir:
- no obrar por coacción;
- no estar impedido por una ley natural
o eclesiástica.
1626 La Iglesia considera el intercambio de los
consentimientos entre los esposos como el elemento indispensable "que hace
el matrimonio" (CIC, can. 1057,1). Si el consentimiento falta, no hay
matrimonio.
1627 El consentimiento consiste en "un acto
humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1;
cf CIC, can. 1057,2): "Yo te recibo como esposa" - "Yo te recibo
como esposo" (OcM 45). Este consentimiento que une a los esposos entre sí,
encuentra su plenitud en el hecho de que los dos "vienen a ser una sola
carne" (cf Gn 2,24; Mc 10,8; Ef 5,31).
1628 El consentimiento debe ser un acto de la
voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave
externo (cf CIC, can. 1103). Ningún poder humano puede reemplazar este
consentimiento (CIC, can. 1057, 1). Si esta libertad falta, el matrimonio es
inválido.
1629 Por esta razón (o por otras razones que hacen
nulo e inválido el matrimonio; cf. CIC, can. 1095-1107), la Iglesia, tras
examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar
"la nulidad del matrimonio", es decir, que el matrimonio no ha
existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque
deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente
precedente (cf CIC, can. 1071).
1630 El sacerdote ( o el diácono) que asiste a la
celebraci ón del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de
la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la
Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el matrimonio es
una realidad eclesial.
1631 Por esta razón, la Iglesia exige
ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del
matrimonio (cf Cc. de Trento: DS 1813-1816; CIC, can. 1108). Varias razones
concurren para explicar esta determinación:
- El matrimonio sacramental es un acto
litúrgico. Por tanto, es conveniente que sea celebrado en la liturgia pública
de la Iglesia.
- El matrimonio introduce en un ordo
eclesial, crea derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con
los hijos.
- Por ser el matrimonio un estado de
vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la
obligación de tener testigos).
- El carácter público del
consentimiento protege el "Sí" una vez dado y ayuda a permanecer fiel
a él.
1632 Para que el "Sí" de los esposos sea
un acto libre y responsable, y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos
humanos y cristianos sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es
de primera importancia:
- El ejemplo y la enseñanza dados por
los padres y por las familias son el camino privilegiado de esta preparación.
- El papel de los pastores y de la
comunidad cristiana como "familia de Dios" es indispensable para la
transmisión de los valores humanos y cristianos del matrimonio y de la familia
(cf. CIC, can. 1063), y esto con mayor razón en nuestra época en la que muchos
jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no aseguran
suficientemente esta iniciación:
Los jóvenes deben ser instruidos
adecuada y oportunamente sobre la dignidad, dignidad , tareas y ejercicio del
amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en
el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto
noviazgo vivido al matrimonio (GS 49,3).
Matrimonios mixtos y disparidad de
culto
1633 En numerosos países, la situación del
matrimonio mixto (entre católico y bautizado no católico) se presenta con
bastante frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges y de los
pastores. El caso de matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no
bautizado) exige una aún mayor atención.
1634 La diferencia de confesión entre los cónyuges
no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a
poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a
aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero
las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas.
Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado
todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama
de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más
estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del
matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir
una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la
educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la
indiferencia religiosa.
1635 Según el derecho vigente en la Iglesia
latina, un matrimonio mixto necesita, para su licitud, el permiso expreso de la
autoridad eclesiástica (cf CIC, can. 1124). En caso de disparidad de culto se
requiere una dispensa expresa del impedimento para la validez del matrimonio
(cf CIC, can. 1086). Este permiso o esta dispensa supone que ambas partes
conozcan y no excluyan los fines y las propiedades esenciales del matrimonio;
además, que la parte católica confirme los compromisos -también haciéndolos
conocer a la parte no católica- de conservar la propia fe y de asegurar el
Bautismo y la educación de los hijos en la Iglesia Católica (cf CIC, can.
1125).
1636 En muchas regiones, gracias al diálogo
ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una
pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas
parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también
ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el
uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo
de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.
1637 En los matrimonios con disparidad de culto,
el esposo católico tiene una tarea particular: "Pues el marido no creyente
queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el
marido creyente" ( 1 Co 7,14). Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y
para la Iglesia el que esta "santificación" conduzca a la conversión
libre del otro cónyuge a la fe cristiana (cf. 1 Co 7,16). El amor conyugal
sincero, la práctica humilde y paciente de las virtudes familiares, y la oración
perseverante pueden preparar al cónyuge no creyente a recibir la gracia de la
conversión.
IV LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
1638 "Del matrimonio válido se origina entre
los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en
el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados
por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado"
(CIC, can. 1134).
El vínculo matrimonial
1639 El consentimiento por el que los esposos se
dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf Mc 10,9). De su
alianza "nace una institución estable por ordenación divina, también ante
la sociedad" (GS 48,1). La alianza de los esposos está integrada en la
alianza de Dios con los hombres: "el auténtico amor conyugal es asumido en
el amor divino" (GS 48,2).
1640 Por tanto, el vínculo matrimonial es
establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado
entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto
humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad
ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios.
La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la
sabiduría divina (cf CIC, can. 1141).
La gracia del sacramento del matrimonio
1641 "En su modo y estado de vida, (los
cónyuges cristianos) tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios" (LG
11). Esta gracia propia del sacramento del matrimonio está destinada a
perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por
medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse con la vida
matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos" (LG 11; cf
LG 41).
1642 Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues
de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por
una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de
la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los
esposos cristianos" (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de
seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse
mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar
"sometidos unos a otros en el temor de Cristo" (Ef 5,21) y de amarse
con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de
su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas
del Cordero:
¿De dónde voy a sacar la fuerza para
describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la
Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición? Los ángeles lo
proclaman, el Padre celestial lo ratifica...¡Qué matrimonio el de dos
cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina,
el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo
Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son
verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el
espíritu (Tertuliano, ux. 2,9; cf. FC 13).
V LOS BIENES Y LAS EXIGENCIAS DEL AMOR
CONYUGAL
1643 "El amor conyugal comporta una totalidad
en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del
instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y
de la voluntad-; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la
unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige
la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre
a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor
conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y
consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de
valores propiamente cristianos" (FC 13).
Unidad e indisolubilidad del matrimonio
1644 El amor de los esposos exige, por su misma
naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que
abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una
sola carne" (Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer
continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa
matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana
es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada
mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común
y por la Eucaristía recibida en común.
1645 "La unidad del matrimonio aparece
ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a
la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor" (GS 49,2). La poligamia es
contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y
exclusivo.
La fidelidad del amor conyugal
1646 El amor conyugal exige de los esposos, por su
misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí
mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí
mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. "Esta íntima unión, en
cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen la
fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad" (GS 48,1).
1647 Su motivo más profundo consiste en la
fidelidad de Dios a su alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del
matrimonio los esposos son capacitados para representar y testimoniar esta
fidelidad. Por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un
sentido nuevo y más profundo.
1648 Puede parecer difícil, incluso imposible,
atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante
anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e
irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y
mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de
Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con
frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la
comunidad eclesial (cf FC 20).
1649 Existen, sin embargo, situaciones en que la
convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy
diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos
y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante
de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación
difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La
comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir
cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que
permanece indisoluble (cf FC; 83; CIC, can. 1151-1155).
1650 Hoy son numerosos en muchos países los
católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen
también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la
palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con otra,
comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con
otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida
esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se
vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice
objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión
eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden
ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el
sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se
arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo
y que se comprometan a vivir en total continencia.
1651 Respecto a los cristianos que viven en esta
situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a
sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta
solicitud, a fin de aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de
cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:
Se les exhorte a escuchar la Palabra de
Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a
incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de
la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y
las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de
Dios (FC 84).
La apertura a la fecundidad
1652 "Por su naturaleza misma, la institución
misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la
educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (GS
48,1):
Los hijos son el don más excelente del
matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que
dijo: "No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el
principio al hombre, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle
cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a
la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). De ahí que el
cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de
él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que
los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del
Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia
familia cada día más (GS 50,1).
1653 La fecundidad del amor conyugal se extiende a
los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres
transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los
principales y primeros educadores de sus hijos (cf. GE 3). En este sentido, la
tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la
vida (cf FC 28).
1654 Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha
concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana
y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de
acogida y de sacrificio.