(1246-1421)
IV QUIEN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO
1246 "Es capaz de recibir el bautismo todo
ser humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679).
El Bautismo de adultos
1247 En los orígenes de la Iglesia, cuando el
anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos
es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa
entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el
catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía.
1248 El catecumenado, o formación de los
catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la
iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su
conversión y su fe. Se trata de una "formación y noviciado debidamente
prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su
Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en el
misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los
ritos sagrados que deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos
en la vida de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf
OICA 19 y 98).
1249 Los catecúmenos "están ya unidos a la
Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una una
vida de fe, esperanza y caridad" (AG 14). "La madre Iglesia los
abraza ya con amor tomándolos a sus cargo" (LG 14; cf CIC can. 206; 788,3)
El Bautismo de niños
1250 Puesto que nacen con una naturaleza humana
caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo
nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las
tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf
Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de
la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de
niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia
inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después
de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1).
1251 Los padres cristianos deben reconocer que
esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les
ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).
1252 La práctica de bautizar a los niños pequeños
es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente
desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la
predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo
(cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf
CDF, instr. "Pastoralis actio": AAS 72 [1980] 1137-56).
Fe y Bautismo
1253 El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc
16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe
de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el
Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a
desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: "¿Qué pides a
la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La fe!".
1254 En todos los bautizados, niños o adultos, la
fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la
noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al
Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de
la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.
1255 Para que la gracia bautismal pueda
desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del
padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a
ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf
CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium; cf SC
67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar
y guardar la gracia recibida en el Bautismo.
V QUIEN PUEDE BAUTIZAR
1256 Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo
y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf CIC, can.
861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no
bautizada, puede bautizar (Cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención
requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida
consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la
razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm
2,4) y en la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16).
VI LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
1257 El Señor mismo afirma que el Bautismo es
necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a
anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS
1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a
los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir
este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo
para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a
no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del
agua y del espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha
vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención
salvífica no queda reducida a los sacramentos.
1258 Desde siempre, la Iglesia posee la firme
convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber
recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo.
Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del
Bautismo sin ser sacramento.
1259 A los catecúmenos que mueren antes de su
Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de
sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir
por el sacramento.
1260 "Cristo murió por todos y la vocación
última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina. En
consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio
pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio
de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la
conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían
deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.
1261 En cuanto a los niños muertos sin Bautismo,
la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito
de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere
que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los
niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo
impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de
salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante
aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a
Cristo por el don del santo bautismo.
VII LA GRACIA DEL BAUTISMO
1262 Los distintos efectos del Bautismo son
significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en
el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también
los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por
tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu
Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).
Para la remisión de los pecados...
1263 Por el Bautismo, todos los pecados son
perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas
las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados
no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de
Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de
las cuales es la separación de Dios.
1264 No obstante, en el bautizado permanecen
ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la
enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las
debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la
Tradición llama concupiscencia, o "fomes peccati": "La
concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la
consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien `el
que legítimamente luchare, será coronado'(2 Tm 2,5)" (Cc de Trento: DS
1515).
"Una criatura nueva"
1265 El Bautismo no solamente purifica de todos
los pecados, hace también del neófito "una nueva creación" (2 Co
5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe
de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15;
12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la
gracia santificante, la gracia de la justificación que :
- le hace capaz de creer en Dios, de
esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
- le concede poder vivir y obrar bajo
la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
- le permite crecer en el bien mediante
las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida
sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de
Cristo
1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del
Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los otros"
(Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace
el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites
naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos:
"Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar
más que un cuerpo" (1 Co 12,13).
1268 Los bautizados vienen a ser "piedras
vivas" para "edificación de un edificio espiritual, para un
sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de
Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido, sacerdocio
real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que
os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El Bautismo
hace participar en el sacerdocio común de los fieles.
1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya
no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por
nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef
5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión de la
Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores de la Iglesia (Hb
13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo
que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza
también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser
alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios
espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
1270 Los bautizados "por su nuevo nacimiento
como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que
recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la
actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).
El vínculo sacramental de la unidad de
los cristianos
1271 El Bautismo constituye el fundamento de la
comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en
plena comunión con la Iglesia católica: "Los que creen en Cristo y han
recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no
perfecta, con la Iglesia católica... justificados por la fe en el bautismo, se
han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre
de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia Católica
como hermanos del Señor" (UR 3). "Por consiguiente, el bautismo
constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido
regenerados por él" (UR 22).
Un sello espiritual indeleble...
1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el
bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el
cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo.
Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo
dar frutos de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo
no puede ser reiterado.
1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo,
los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto
religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los
cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia
de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida
santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).
1274 El "sello del Señor" (Dominicus
character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha
marcado "para el día de la redención" (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co
1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna" (S.
Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el sello" hasta el fin, es
decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado
con "el signo de la fe" (MR, Canon romano, 97), con la fe de su
Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios -consumación de la
fe- y en la esperanza de la resurrección.
RESUMEN
1275 La iniciación cristiana se realiza mediante
el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida
nueva; la Confirmación que es su afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al
discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en El.
1276 "Id, pues, y haced discípulos a todas
las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20).
1277 El Bautismo constituye el nacimiento a la
vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la
salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo.
1278 El rito esencial del Bautismo consiste en
sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando
la invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo.
1279 El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es
una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los
pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es
hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo.
Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia,
Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
1280 El Bautismo imprime en el alma un signo
espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la
religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado
(cf DS 1609 y 1624).
1281 Los que padecen la muerte a causa de la fe,
los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin
conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su
voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo (cf LG 16).
1282 Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo
es dado a los niños, porque es una gracia y un don de Dios que no suponen
méritos humanos; los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en
la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad.
1283 En cuanto a los niños muertos sin bautismo,
la liturgia de la Iglesia nos invita a
tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación.
1284 En caso de necesidad, toda persona puede
bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que
derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Artículo
2 EL SACRAMENTO DE LA
CONFIRMACION
1285 Con el Bautismo y la Eucaristía, el
sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los "sacramentos
de la iniciación cristiana", cuya unidad debe ser salvaguardada. Es
preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este sacramento es
necesaria para la plenitud de la gracia bautismal (cf OCf, Praenotanda 1). En
efecto, a los bautizados "el sacramento de la confirmación los une más
íntimamente a la Iglesia y los los enriquece con una fortaleza especial del
Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho más, como auténticos
testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus
obras" (LG 11; cf OCf, Praenotanda 2):
I LA CONFIRMACION EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
1286 En el Antiguo Testamento, los profetas
anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado (cf. Is
11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc 4,16-22; Is 61,1). El descenso
del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que él
era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33-34).
Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su
misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le
da "sin medida" (Jn 3,34).
1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no
debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo
el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo
prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15;
Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de
manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu
Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de Dios"
(Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los
tiempos mesiánicos (cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu
Santo (cf Hch 2,38).
1288 "Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en
cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la
imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la
gracia del Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la Carta
a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación
cristiana, la doctrina del bautismo y de la la imposición de las manos (cf Hb
6,2). Es esta imposición de las manos la ha sido con toda razón considerada por
la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la
Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de
Pentecostés" (Pablo VI, const. apost. "Divinae consortium
naturae").
1289 Muy pronto, para mejor significar el don del
Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo
perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de "cristiano" que
significa "ungido" y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al
que "Dios ungió con el Espíritu Santo" (Hch 10,38). Y este rito de la
unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso
en Oriente, se llama a este sacramento crismación, unción con el crisma, o
myron, que significa "crisma". En Occidente el nombre de Confirmación
sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la
gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente
1290 En los primeros siglos la Confirmación constituye
generalmente una única celebración con el Bautismo, y forma con éste, según la
expresión de S. Cipriano, un "sacramento doble. Entre otras razones, la
multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año, y la
multiplicación de las parroquias (rurales), que agrandaron las diócesis, ya no
permite la presencia del obispo en todas las celebraciones bautismales. En
Occidente, por el deseo de reservar al obispo el acto de conferir la plenitud
al Bautismo, se establece la separación temporal de ambos sacramentos. El
Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación
es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede hacerlo
con el "myron" consagrado por un obispo (cf CCEO, can. 695,1; 696,1).
1291 Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó
el desarrollo de la práctica occidental; había una doble unción con el santo
crisma después del Bautismo: realizada ya una por el presbítero al neófito al
salir del baño bautismal, es completada por una segunda unción hecha por el
obispo en la frente de cada uno de los recién bautizados (véase S. Hipólito de
Roma, Trad. Ap. 21). La primera unción con el santo crisma, la que daba el
sacerdote, quedó unida al rito bautismal; significa la participación del bautizado
en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el Bautismo es
conferido a un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la de la
Confirmación.
1292 La práctica de las Iglesias de Oriente
destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina
expresa más netamente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y
servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y
por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo.
II LOS SIGNOS Y EL RITO DE LA CONFIRMACION
1293 En el rito de este sacramento conviene
considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e imprime: el sello
espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y
antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf
Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y
después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores);
es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc
10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.
1294 Todas estas significaciones de la unción con
aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con
el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la unción de los
enfermos expresa curación y el consuelo. La unción del santo crisma después del
Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una
consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos,
participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del
Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el
buen olor de Cristo" (cf 2 Co 2,15).
1295 Por medio de esta unción, el confirmando
recibe "la marca", el sello del Espíritu Santo. El sello es el
símbolo de la persona (cf Gn 38,18; Ct 8,9), signo de su autoridad (cf Gn
41,42), de su propiedad sobre un objeto (cf. Dt 32,34) -por eso se marcaba a
los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor-;
autentifica un acto jurídico (cf 1 R 21,8) o un documento (cf Jr 32,10) y lo
hace, si es preciso, secreto (cf Is 29,11).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el sello
de su Padre (cf Jn 6,27). El cristiano también está marcado con un sello:
"Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que
nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en
nuestros corazones" (2 Co 1,22; cf Ef 1,13; 4,30). Este sello del Espíritu
Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para
siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran
prueba escatológica (cf Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).
La celebración de la Confirmación
1297 Un momento importante que precede a la celebración
de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma parte de ella, es la
consagración del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en el
transcurso de la Misa crismal, consagra el santo crisma para toda su Diócesis.
En las Iglesias de Oriente, esta consagración está reservada al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la
epíclesis de la consagración del santo crisma (myron): " (Padre...envía tu
Espíritu Santo) sobre nosotros y sobre este aceite que está delante de nosotros
y conságralo, de modo que sea para todos los que sean ungidos y marcados con
él, myron santo, myron sacerdotal, myron real, unción de alegría, vestidura de
la luz, manto de salvación, don espiritual, santificación de las almas y de los
cuerpos, dicha imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe y casco terrible
contra todas las obras del Adversario".
1298 Cuando la Confirmación se celebra
separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la liturgia del
sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la
profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación
constituye una prolongación del Bautismo (cf SC 71). Cuando es bautizado un
adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa en la Eucaristía (cf
CIC can.866).
1299 En el rito romano, el obispo extiende las
manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo de los
apóstoles, es el signo del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión
del Espíritu:
Dios Todopoderoso, Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos
siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre
ellos el Espíritu Santo Paráclito; llénalos de espíritu de sabiduría y de
inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y
de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro
Señor.
1300 Sigue el rito esencial del sacramento. En el
rito latino, "el sacramento de la confirmación es conferido por la unción
del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras:
"Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo" (Paulus VI, Const.
Ap. Divinae consortium naturae). En las Iglesias orientales, la unción del
myron se hace después de una oración de epíclesis, sobre las partes más
significativas del cuerpo: la frente, los ojos, la nariz, los oídos, los
labios, el pecho, la espalda, las manos y los pies, y cada unción va acompañada
de la fórmula: "Sfragi~ dwrea~ Pneumto~ æAgiou" ("Rituale per le
Chiese orientali di rito bizantino in lingua greca, I -LEV 1954), p. 36".
("Signaculum doni Spiritus Sancti" - "Sello del don que es el
Espíritu Santo").
1301 El beso de paz con el que concluye el rito
del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con
todos los fieles (cf S. Hipólito, Trad. ap. 21).
III LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION
1302 De la celebración se deduce que el efecto del
sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en
otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303 Por este hecho, la Confirmación confiere
crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
-
nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir
"Abbá, Padre" (Rm 8,15).;
-
nos une más firmemente a Cristo;
-
aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
-
hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf LG 11);
-
nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la
fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para
confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de
la cruz (cf DS 1319; LG 11,12):
Recuerda, pues, que has recibido el
signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de
consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de
temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su
signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del
Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42).
1304 La Confirmación, como el Bautismo del que es
la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma
una marca espiritual indeleble, el "carácter" (cf DS 1609), que es el
signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu
revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (cf Lc 24,48-49).
1305 El "carácter" perfecciona el
sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y "el confirmado
recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de
un cargo (quasi ex officio)" (S. Tomás de A., s.th. 3, 72,5, ad 2).
IV QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO
1306 Todo bautizado, aún no confirmado, puede y
debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can. 889, 1). Puesto que
Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que
"los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo
oportuno" (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la Eucaristía el
sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación
cristiana queda incompleta.
1307 La costumbre latina, desde hace siglos,
indica "la edad del uso de razón", como punto de referencia para
recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a
los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón (cf CIC
can. 891; 893,3).
1308 Si a veces se habla de la Confirmación como
del "sacramento de la madurez cristiana", es preciso, sin embargo, no
confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural,
ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e
inmerecida que no necesita una "ratificación" para hacerse efectiva.
Santo Tomás lo recuerda:
La edad del cuerpo no constituye un
prejuicio para el alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la
perfección de la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4,8): `la vejez
honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por el número de los
años'. Así numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían
recibido, lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo (s.th. 3, 72,8,ad
2).
1309 La preparación para la Confirmación debe
tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una
familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus
llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la
vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se esforzará por
suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la
Iglesia universal como a la comunidad parroquial. Esta última tiene una
responsabilidad particular en la preparación de los confirmandos (cf OCf,
Praenotanda 3).
1310 Para recibir la Confirmación es preciso
hallarse en estado de gracia. Conviene recurrir al sacramento de la Penitencia
para ser purificado en atención al don del Espíritu Santo. Hay que prepararse
con una oración más intensa para recibir con docilidad y disponibilidad la
fuerza y las gracias del Espíritu Santo (cf Hch 1,14).
1311 Para la Confirmación, como para el Bautismo,
conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual de un padrino o de una
madrina. Conviene que sea el mismo que para el Bautismo a fin de subrayar la
unidad entre los dos sacramentos (cf OCf, Praenotanda 5.6; CIC can. 893, 1.2).
V EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION
1312 El ministro originario de la Confirmación es
el obispo (LG 26).
En Oriente es ordinariamente el
presbítero que bautiza quien da también inmediatamente la Confirmación en una
sola celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el
patriarca o el obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la Iglesia cuyos
vínculos son reforzados por el sacramento de la Confirmación. En la Iglesia
latina se aplica la misma disciplina en los bautismos de adultos y cuando es
admitido a la plena comunión con la Iglesia un bautizado de otra comunidad
cristiana que no ha recibido válidamente el sacramento de la Confirmación (cf
CIC can 883,2).
1313 En el rito latino, el ministro ordinario de
la Conformación es el obispo (CIC can. 882). Aunque el obispo puede, en caso de
necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento de
la Confirmación (CIC can. 884,2), conviene que lo confiera él mismo, sin
olvidar que por esta razón la celebración de la Confirmación fue temporalmente
separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores de los apóstoles y han
recibido la plenitud del sacramento del orden. Por esta razón, la
administración de este sacramento por ellos mismos pone de relieve que la
Confirmación tiene como efecto unir a los que la reciben más estrechamente a la
Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo.
1314 Si un cristiano está en peligro de muerte,
cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf CIC can. 883,3). En
efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna
edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo
con el don de la plenitud de Cristo.
RESUMEN
1315 "Al enterarse los apóstoles que estaban
en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a
Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el
Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos;
únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les
imponían las manos y recibían el Espíritu Santo" (Hch 8,14-17).
1316 La Confirmación perfecciona la gracia
bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más
profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo,
hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su
misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra
acompañada de las obras.
1317 La Confirmación, como el Bautismo, imprime en
el alma del cristiano un signo espiritual o carácter indeleble; por eso este
sacramento sólo se puede recibir una vez en la vida.
1318 En Oriente, este sacramento es administrado
inmediatamente después del Bautismo y es seguido de la participación en la
Eucaristía, tradición que pone de relieve la unidad de los tres sacramentos de
la iniciación cristiana. En la Iglesia latina se administra este sacramento
cuando se ha alcanzado el uso de razón, y su celebración se reserva
ordinariamente al obispo, significando así que este sacramento robustece el
vínculo eclesial.
1319 El candidato a la Confirmación que ya ha
alcanzado el uso de razón debe profesar la fe, estar en estado de gracia, tener
la intención de recibir el sacramento y estar preparado para asumir su papel de
discípulo y de testigo de Cristo, en la comunidad eclesial y en los asuntos
temporales.
823
El rito esencial de la Confirmación es la unción con el Santo Crisma en la
frente del bautizado (y en Oriente, también en los otros órganos de los
sentidos), con la imposición de la mano del ministro y las palabras:
"Accipe signaculum doni Spiritus Sancti" ("Recibe por esta señal
el don del Espíritu Santo"), en el rito romano; "Signaculum doni
Spiritus Sancti" ("Sello del don del Espíritu Santo"), en el
rito bizantino.
824
Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, su conexión con
el Bautismo se expresa entre otras cosas por la renovación de los compromisos
bautismales. La celebración de la Confirmación dentro de la Eucaristía
contribuye a subrayar la unidad de los sacramentos de la iniciación cristiana.
Artículo
3 EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA
1322 La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación
cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el
Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación,
participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio
mismo del Señor.
1323 "Nuestro Salvador, en la última Cena, la
noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y
su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz
y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y
resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete
pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da
una prenda de la gloria futura" (SC 47).
I LA EUCARISTIA - FUENTE Y CUMBRE DE LA
VIDA ECLESIAL
1324 La Eucaristía es "fuente y cima de toda
la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la
Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo
el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua"
(PO 5).
1325 "La Eucaristía significa y realiza la
comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Igle
sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la
que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo
los hombres dan a Cristo y por él al Padre" (CdR, inst. "Eucharisticum
mysterium" 6).
1326 Finalmente, la celebración eucarística nos
unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será
todo en todos (cf 1 Co 15,28).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y
la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la
Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar"
(S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).
II EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1328 La riqueza inagotable de este sacramento se
expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres
evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:
-Eucaristía porque es acción de gracias
a Dios. Las palabras "eucharistein" (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y
"eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que
proclaman -sobre todo durante la comida- las obras de Dios: la creación, la
redención y la santificación.
1329 -Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se
trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su
pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en
la Jerusalén celestial.
-Fracción del pan porque este rito,
propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía
el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la
última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo
reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los
primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46;
20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único
pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo
en él (cf 1 Co 10,16-17).
-Asamblea eucarística (synaxis), porque
la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visibl e de
la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).
1330 -Memorial de la pasión y de la resurrección
del Señor.
- Santo Sacrificio, porque actualiza el
único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o
también santo sacrificio de la misa, "sacrificio de alabanza" (Hch
13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro
(cf Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la
Antigua Alianza.
- Santa y divina Liturgia, porque toda
la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la
celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también
celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento
porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las
especies eucarísticas guardadas en el sagrario.
1331 - Comunión, porque por este sacramento nos
unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar
un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta
hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido
primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles-,
pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant.
Eph 20,2), viático...
1332 - Santa Misa porque la liturgia en la que se
realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio)
a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.
III LA EUCARISTIA EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
Los signos del pan y del vino
1333 En el corazón de la celebración de la
Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por
la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de
él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión:
"Tomó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al
convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del
pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el
ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15),
fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la tierra"
y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de
Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" (Gn 14,18) una
prefiguración de su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).
1334 En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran
ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de
reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el
contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua
conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná
del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios
(Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida,
prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de
bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos,
añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera
mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía
dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.
1335 Los milagros de la multiplicación de los
panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por
medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la
sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15,
32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la
Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de
las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc
14,25) convertido en Sangre de Cristo.
1336 El primer anuncio de la Eucaristía dividió a
los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: "Es
duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" (Jn 6,60). La Eucaristía y
la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión
de división. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67): esta
pregunta del Señor, resuena a través de las edades, invitación de su amor a
descubrir que sólo él tiene "palabras de vida eterna" (Jn 6,68), y
que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.
La institución de la Eucaristía
1337 El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó
hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para
retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio
el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor,
para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua,
instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y
ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles
entonces sacerdotes del Nuevo Testamento" (Cc. de Trento: DS 1740).
1338 Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos
han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S.
Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que
preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el
pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).
1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua para
realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y
su Sangre:
Llegó el día de los Azimos, en el que
se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan,
diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos'...fueron... y
prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y
les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de
padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento
en el Reino de Dios'...Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
`Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo
mío'. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la
Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros' (Lc 22,7-20;
cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).
1340 Al celebrar la última Cena con sus apóstoles
en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la
pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su
resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la
Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de
la Iglesia en la gloria del Reino.
"Haced esto en memoria mía"
1341 El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos
y sus palabras "hasta que venga" (1 Co 11,26), no exige solamente
acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los
apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de
su resurrección y de su intercesión junto al Padre.
1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la
orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:
Acudían asiduamente a la enseñanza de
los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las
oraciones...Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo
espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con
sencillez de corazón (Hch 2,42.46).
1343 Era sobre todo "el primer día de la
semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando
los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch 20,7). Desde
entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado,
de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma
estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.
1344 Así, de celebración en celebración,
anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que venga" (1 Co
11,26), el pueblo de Dios peregrinante "camina por la senda estrecha de la
cruz" (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se
sentarán a la mesa del Reino.
IV LA CELEBRACION LITURGICA DE LA EUCARISTIA
La misa de todos los siglos
1345 Desde el siglo II, según el testimonio de S.
Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración
eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de
la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo
escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío
(138-161) lo que hacen los cristianos:
El día que se llama día del sol tiene
lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en
el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y
los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que
preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas
cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y
oramos por nosotros...y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que
seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a
los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos
unos a otros:
Luego se lleva al que preside a los
hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza
y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y
da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados
dignos de estos dones.
Cuando terminan las oraciones y las
acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo:
Amén.
Cuando el que preside ha hecho la
acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se
llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua
"eucaristizados" y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1,
65; 67).
1346 La liturgia de la Eucaristía se desarrolla
conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los
siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad
básica:
- La reunión, la liturgia de la
Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;
- la liturgia eucarística, con la
presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la
comunión.
Liturgia de la Palabra y Liturgia
eucarística constituyen juntas "un solo acto de culto" (SC 56); en
efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la
Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).
1347 He aquí el mismo dinamismo del banquete
pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las
Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, "tomó el pan, pronunció
la bendición, lo partió y se lo dio" (cf Lc 24,13-35).
El desarrollo de la celebración
1348 Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo
lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el
actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El
mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como
representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando "in persona
Christi capitis") preside la asamblea, toma la palabra después de las
lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen
parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que
presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo
"Amén" manifiesta su participación.
1349 La liturgia de la Palabra comprende "los
escritos de los profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y "las
memorias de los apóstoles", es decir sus cartas y los Evangelios; después
la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente,
Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las
intercesiones por todos los hombres, según la palabra del Apóstol: "Ante
todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de
gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en
autoridad" (1 Tm 2,1-2).
1350 La presentación de las ofrendas (el
ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino
que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio
eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción
misma de Cristo en la última Cena, "tomando pan y una copa".
"Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole
con acción de gracias lo que proviene de su creación" (S. Ireneo, haer. 4,
18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el
gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es
quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de
ofrecer sacrificios.
1351 Desde el principio, junto con el pan y el
vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para
compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1
Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre
para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):
Los que son ricos y lo desean, cada uno
según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y
él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva
de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los
que están en necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).
1352 La Anáfora: Con la plegaria eucarística,
oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la
cumbre de la celebración:
- En el prefacio, la Iglesia da gracias
al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras , por la
creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a
la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos,
cantan al Dios tres veces santo;
1353 - En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre
que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR, canon romano,
90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y
la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un
solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la
epíclesis después de la anámnesis);
- en el relato de la institución, la
fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo
hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y
su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;
1354 - en la anámnesis que sigue, la Iglesia hace
memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo
Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él;
- en las intercesiones, la Iglesia
expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo
y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores
de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos
y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.
1355 En la comunión, precedida por la oración del
Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben "el pan del cielo"
y "el cáliz de la salvación", el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se
entregó "para la vida del mundo" (Jn 6,51):
Porque este pan y este vino han sido,
según la expresión antigua "eucaristizados", "llamamos a este
alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de
lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de
los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de
Cristo" (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).
V EL SACRIFICIO SACRAMENTAL: ACCION DE
GRACIAS,
MEMORIAL, PRESENCIA.
1356 Si los cristianos celebran la Eucaristía
desde los orígenes, y de forma que, en su substancia, no ha cambiado a través
de la gran diversidad de épocas y de liturgias, sucede porque sabemos que
estamos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: "haced
esto en memoria mía" (1 Co 11,24-25).
1357 Cumplimos este mandato del Señor celebrando
el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que él mismo
nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el
poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del
mismo Cristo: Así Cristo se hace real y misteriosamente presente
1358 Por tanto, debemos considerar la Eucaristía
-
como acción de gracias y alabanza al Padre
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como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo,
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como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu.
La acción de gracias y la alabanza al
Padre
1359 La Eucaristía, sacramento de nuestra
salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza
en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico,
toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y
resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de
alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello
y de justo en la creación y en la humanidad.
1360 La Eucaristía es un sacrificio de acción de
gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su
reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado
mediante la creación, la redención y la santificación. "Eucaristía"
significa, ante todo, acción de gracias.
1361 La Eucaristía es también el sacrificio de
alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de
toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de
Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de
manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con
Cristo para ser aceptado en él.
El memorial sacrificial de Cristo y de
su Cuerpo, que es la Iglesia
1362 La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo,
la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la
liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas
encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis
o memorial.
1363 En el sentido empleado por la Sagrada
Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del
pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor
de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos
se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende
su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los
acontecimientos del Exodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a
fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.
1364 El memorial recibe un sentido nuevo en el
Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la
Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de
una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27):
"Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que
Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra
redención" (LG 3).
1365 Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la
Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía
se manifiesta en las palabras mismas de la institución: "Esto es mi Cuerpo
que será entregado por vosotros" y "Esta copa es la nueva Alianza en
mi sangre, que será derramada por vosotros" (Lc 22,19-20). En la
Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la
sangre misma que "derramó por muchos para remisión de los pecados"
(Mt 26,28).
1366 La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque
representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y
aplica su fruto:
(Cristo), nuestro Dios y Señor, se
ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar
de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna.
Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en
la última Cena, "la noche en que fue entregado" (1 Co 11,23), quiso
dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la
naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a
realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de
los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de
los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).
1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la
Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la misma víctima, que
se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma
entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer": (CONCILIUM
TRIDENTINUM, Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743)
"Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se
contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz
"se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; ...este sacrificio
[es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid).
1368 La Eucaristía es igualmente el sacrificio de
la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de
su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el
Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es
también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su
alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a
su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo,
presente sobre el altar, da a todas alas generaciones de cristianos la
posibilidad de unirse a su ofrenda.
En las catacumbas, la Iglesia es con
frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en
actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él,
con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres.
1369 Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la
intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa
es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como
signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es
siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un
presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su
presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la
asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también por todos los
ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio eucarístico:
Que sólo sea considerada como legítima
la eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha
señalado para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).
Por medio del ministerio de los
presbíteros, se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles
en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda
la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta y
sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (PO 2).
1370 A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los
miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la
gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con
la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella así como de todos los
santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de
la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.
1371 El sacrificio eucarístico es también ofrecido
por los fieles difuntos "que han muerto en Cristo y todavía no están
plenamente purificados" (Cc. de Trento: DS 1743), para que puedan entrar
en la luz y la paz de Cristo:
Enterrad este cuerpo en cualquier
parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que
os hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su
muerte, a S. Agustín y su hermano; Conf. 9,9,27).
A continuación oramos (en la anáfora)
por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han
muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas,
en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la
santa y adorable víctima...Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han
muerto, aunque fuesen pecadores,... presentamos a Cristo inmolado por nuestros
pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los
hombres (s. Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10).
1372 S. Agustín ha resumido admirablemente esta
doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más completa en el
sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:
Esta ciudad plenamente rescatada, es
decir, la asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un
sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de esclavo, llegó
a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer de nosotros el cuerpo de una
tan gran Cabeza...Tal es el sacrificio de los cristianos: "siendo muchos,
no formamos más que un sólo cuerpo en Cristo" (Rm 12,5). Y este
sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien
conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a
sí misma (civ. 10,6).
La presencia de Cristo por el poder de
su Palabra y del Espíritu Santo
1373 "Cristo Jesús que murió, resucitó, que
está a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rm 8,34), está
presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la
oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén reunidos en mi
nombre" (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46),
en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la
persona del ministro. Pero, "sobre todo, (está presente) bajo las especies
eucarísticas" (SC 7).
1374 El modo de presencia de Cristo bajo las
especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los
sacramentos y hace de ella "como la perfección de la vida espiritual y el
fin al que tienden todos los sacramentos" (S. Tomás de A., s.th. 3, 73,
3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están "contenidos
verdadera, real y substancialmente" el Cuerpo y la Sangre junto con el
alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo
entero" (Cc. de Trento: DS 1651). "Esta presencia se denomina `real',
no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales', sino
por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se
hace totalmente presente" (MF 39).
1375 Mediante la conversión del pan y del vino en
su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de
la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la
Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.
Así, S. Juan Crisóstomo declara que:
No es el hombre quien hace que las
cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo
que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia
estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi
Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).
Y S. Ambrosio dice respecto a esta
conversión:
Estemos bien persuadidos de que esto no
es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y
de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la
bendición la naturaleza misma resulta cambiada...La palabra de Cristo, que pudo
hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en
lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza
primera que cambiársela (myst. 9,50.52).
1376 El Concilio de Trento resume la fe católica
cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía
bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en
la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la
consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del
pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia
del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y
apropiadamente a este cambio transubstanciación" (DS 1642).
1377 La presencia eucarística de Cristo comienza
en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las
especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies
y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no
divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).
1378 El culto de la Eucaristía. En la liturgia de
la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies
de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos
profundamente en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado
y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la
Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración:
conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los
fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (MF
56).
1379 El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente
destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los
enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la
presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del
sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies
eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar
particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que
subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo
sacramento.
1380 Es grandemente admirable que Cristo haya
querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que
Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia
sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso
que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado "hasta el
fin" (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia
eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y
se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y
comunican este amor:
La Iglesia y el mundo tienen una gran
necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor.
No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la
contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del
mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae,
3).
1381 "La presencia del verdadero Cuerpo de
Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por
los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la
autoridad de Dios'. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es
mi Cuerpo que será entregado por vosotros', S. Cirilo declara: `No te preguntes
si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque
él, que es la Verdad, no miente" (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado
por Pablo VI, MF 18):
Adoro
te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi
se cor meum totum subjicit,
Quia
te contemplans totum deficit.
Visus,
gustus, tactus in te fallitur,
Sed
auditu solo tuto creditur:
Credo
quidquod dixit Dei Filius:
Nil
hoc Veritatis verbo verius.
(Adórote
devotamente, oculta Deidad,
que
bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A
ti mi corazón totalmente se somete,
pues
al contemplarte, se siente desfallecer por completo.
La
vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo
con el oído se llega a tener fe segura.
Creo
todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada
más verdadero que esta palabra de Verdad.)
VI EL BANQUETE PASCUAL
1382 La misa es, a la vez e inseparablemente, el
memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete
sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración
del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de
los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo
mismo que se ofrece por nosotros.
1383 El altar, en torno al cual la Iglesia se
reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un
mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más
cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio
de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra
reconciliación y como alimento celestial que se nos da. "¿Qué es, en
efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?", dice S.
Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar: "El altar representa el Cuerpo (de
Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar" (sacr. 4,7). La
liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas
oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:
Te pedimos humildemente, Dios
todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del
cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre
de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y
bendición.
"Tomad y comed todos de él":
la comunión
1384 El Señor nos dirige una invitación urgente a
recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad en verdad os digo:
si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis
vida en vosotros" (Jn 6,53).
1385 Para responder a esta invitación, debemos
prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen
de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente,
será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y
coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo" ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene
conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la
Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
1386 Ante la grandeza de este sacramento, el fiel
sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión
(cf Mt 8,8): "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará para sanarme". En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo,
los fieles oran con el mismo espíritu:
Hazme comulgar hoy en tu cena mística,
oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de
Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu
Reino.
1387 Para prepararse convenientemente a recibir
este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia
(cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el
respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro
huésped.
1388 Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía
que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, can. 916), comulguen
cuando participan en la misa (cf CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día,
pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf PONTIFICIA
COMMISSIO CODICI IURIS CANONICI AUTHENTICE INTERPRETANDO, Responsa ad proposita
dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): "Se recomienda especialmente la
participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la
comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor" (SC
55).
1389 La Iglesia obliga a los fieles a participar
los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al
menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual (cf CIC,
can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda
vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de
fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.
1390 Gracias a la presencia sacramental de Cristo
bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace
que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones
pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más
habitual en el rito latino. "La comunión tiene una expresión más plena por
razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es
donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico"
(IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.
Los frutos de la comunión
1391 La comunión acrecienta nuestra unión con
Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión
íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: "Quien come mi Carne y
bebe mi Sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra
su fundamento en el banquete eucarístico: "Lo mismo que me ha enviado el
Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por
mí" (Jn 6,57):
Cuando en las fiestas del Señor los
fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que
se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala:
"¡Cristo ha resucitado!" He aquí que ahora también la vida y la
resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco
de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).
1392 Lo que el alimento material produce en
nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra
vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por
el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida
de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana
necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra
peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.
1393 La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo
de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y
la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los
pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos
al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:
"Cada vez que lo recibimos,
anunciamos la muerte del Señor" (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del
Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre
es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para
que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un
remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).
1394 Como el alimento corporal sirve para
restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la
vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los
pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo
reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con
las criaturas y de arraigarnos en él:
Porque Cristo murió por nuestro amor,
cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que
venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que
aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea
infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que
consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir
crucificados para el mundo...y, llenos de caridad, muertos para el pecado
vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).
1395 Por la misma caridad que enciende en
nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos
en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos
hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al
perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la
Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que
están en plena comunión con la Iglesia.
1396 La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía
hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a
Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la
Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la
Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no
formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta
llamada: "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con
la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de
Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues
todos participamos de un solo pan" (1 Co 10,16-17):
Si vosotros mismos sois Cuerpo y
miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y
recibís este sacramento vuestro. Respondéis "Amén" (es decir,
"sí", "es verdad") a lo que recibís, con lo que, respondiendo,
lo reafirmáis. Oyes decir "el Cuerpo de Cristo", y respondes
"amén". Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu
"amén" sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).
1397 La Eucaristía entraña un compromiso en favor
de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo
entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus
hermanos (cf Mt 25,40):
Has gustado la sangre del Señor y no
reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu
alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha
liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has
hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).
1398 La Eucaristía y la unidad de los cristianos.
Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: "O sacramentum
pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!" ("¡Oh sacramento
de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!", Ev. Jo. 26,13; cf
SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia
que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes
son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de
todos los que creen en él.
1399 Las Iglesias orientales que no están en plena
comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor.
"Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos,
y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la
Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo
estrechísimo" (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la
Eucaristía, "no solamente es posible, sino que se aconseja...en
circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica" (UR 15,
cf CIC can. 844,3).
1400 Las comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma, separadas de la Iglesia católica, "sobre todo por defecto del
sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del
Misterio eucarístico" (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la
intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo,
estas comunidades eclesiales "al conmemorar en la Santa Cena la muerte y
la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa
la vida, y esperan su venida gloriosa" (UR 22).
1401 Si, a juicio del ordinario, se presenta una
necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos
(eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en
plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con
deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a
estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844,4).
VII LA EUCARISTIA, "PIGNUS FUTURAE
GLORIAE"
1402 En una antigua oración, la Iglesia aclama el
misterio de la Eucaristía: "O sacrum convivium in quo Christus sumitur.
Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis
pignus datur" ("¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra
comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se
nos da la prenda de la gloria futura!"). Si la Eucaristía es el memorial
de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados
"de toda bendición celestial y gracia" (MR, Canon Romano 96:
"Supplices te rogamus"), la Eucaristía es también la anticipación de
la gloria celestial.
1403 En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención
de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios:
"Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día
en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre" (Mt 26,29;
cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda
esta promesa y su mirada se dirige hacia "el que viene" (Ap 1,4). En
su oración, implora su venida: "Maran atha" (1 Co 16,22), "Ven,
Señor Jesús" (Ap 22,20), "que tu gracia venga y que este mundo pase"
(Didaché 10,6).
1404 La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene
en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta
presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía "expectantes
beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi" ("Mientras
esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo", Embolismo
después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar "en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí
enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres,
Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus
alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro" (MR, Plegaria Eucarística 3, 128:
oración por los difuntos).
1405 De esta gran esperanza, la de los cielos
nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no
tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto,
cada vez que se celebra este misterio, "se realiza la obra de nuestra redención"
(LG 3) y "partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto
para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre" (S. Ignacio de
Antioquía, Eph 20,2).
RESUMEN
1406 Jesús dijo: "Yo soy el pan vivo, bajado
del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre...el que come mi Carne
y bebe mi Sangre, tiene vida eterna...permanece en mí y yo en él" (Jn 6,
51.54.56).
1407 La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la
vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros
a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en
la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la
salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.
1408 La celebración eucarística comprende siempre:
la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por
todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la consagración del pan
y del vino y la participación en el banquete litúrgico por la recepción del
Cuerpo y de la Sangre del Señor: estos elementos constituyen un solo y mismo
acto de culto.
1409 La Eucaristía es el memorial de la Pascua de
Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y
la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.
1410 Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de
la nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el
sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo
las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.
1411 Sólo los presbíteros válidamente ordenados
pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se
conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
1412 Los signos esenciales del sacramento eucarístico
son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del
Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas
por Jesús en la última cena: "Esto es mi Cuerpo entregado por
vosotros...Este es el cáliz de mi Sangre..."
1413 Por la consagración se realiza la
transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo
las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso,
está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su
Sangre, su alma y su divinidad (cf Cc. de Trento: DS 1640; 1651).
1414 En cuanto sacrificio, la Eucaristía es
ofrecida también en reparación de los pecados de los vivos y los difuntos, y
para obtener de Dios beneficios espirituales o temporales.
1415 El que quiere recibir a Cristo en la Comunión
eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber
pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido
previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia.
1416 La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre
de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los
pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de
caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este
sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
1417 La Iglesia recomienda vivamente a los fieles
que reciban la sagrada comunión cuando participan en la celebración de la
Eucaristía; y les impone la obligación de hacerlo al menos una vez al año.
1418 Puesto que Cristo mismo está presente en el
Sacramento del Altar es preciso honrarlo con culto de adoración. "La
visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un
deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor" (MF).
1419 Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos
da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a él: la
participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene
nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la
Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen
María y a todos los santos.
CAPITULO
SEGUNDO: LOS SACRAMENTOS DE CURACION
1420 Por los sacramentos de la iniciación
cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la
llevamos en "vasos de barro" (2 Co 4,7). Actualmente está todavía
"escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3). Nos hallamos aún en
"nuestra morada terrena" (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la
enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada
e incluso perdida por el pecado.
1421 El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas
y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la
salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza
del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios
miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento
de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.