(1066-1245)
Segunda
Parte: La celebración del misterio cristiano
Razón de ser de la liturgia
1066. En el Símbolo de la fe, la Iglesia confiesa el
misterio de la Santísima Trinidad y su "designio benevolente" (Ef
1,9) sobre toda la creación: El Padre realiza el "misterio de su
voluntad" dando a su Hijo Amado y al Espíritu Santo para la salvación del
mundo y para la gloria de su Nombre. Tal es el Misterio de Cristo (cf Ef 3,4),
revelado y realizado en la historia según un plan, una "disposición"
sabiamente ordenada que S. Pablo llama "la economía del Misterio" (Ef
3,9) y que la tradición patrística llamará "la Economía del Verbo
encarnado" o "la Economía de la salvación".
1067 "Cristo el Señor realizó esta obra de la
redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las
maravillas que Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por
el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre
los muertos y de su gloriosa ascensión. Por este misterio, `con su muerte destruyó
nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida'. Pues del costado
de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la
Iglesia" (SC 5). Por eso, en la liturgia, la Iglesia celebra
principalmente el Misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra
salvación.
1068 Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia
anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den
testimonio del mismo en el mundo:
En efecto, la liturgia, por medio de la
cual "se ejerce la obra de nuestra redención", sobre todo en el
divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su
vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza
genuina de la verdadera Iglesia (SC 2).
Significación de la palabra
"Liturgia"
1069 La palabra "Liturgia" significa
originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte de
y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere significar que el
Pueblo de Dios toma parte en "la obra de Dios" (cf. Jn 17,4). Por la
liturgia, Cristo, nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia,
con ella y por ella, la obra de nuestra redención.
1070 La palabra "Liturgia" en el Nuevo
Testamento es empleada para designar no solamente la celebración del culto
divino (cf Hch 13,2; Lc 1,23), sino también el anuncio del Evangelio (cf. Rm
15,16; Flp 2,14-17. 30) y la caridad en acto (cf Rm 15,27; 2 Co 9,12; Flp
2,25). En todas estas situaciones se trata del servicio de Dios y de los
hombres. En la celebración litúrgica, la Iglesia es servidora, a imagen de su
Señor, el único "Liturgo" (cf Hb 8,2 y 6), del cual ella participa en
su sacerdocio, es decir, en el culto, anuncio y servicio de la caridad:
Con razón se considera la liturgia como
el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos
sensibles, se significa y se realiza, según el modo propio de cada uno, la
santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la
Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público. Por ello, toda celebración
litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es
acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo
grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (SC 7).
La liturgia como fuente de Vida
1071 La Liturgia, obra de Cristo, es también una
acción de su Iglesia. Realiza y manifiesta la Iglesia como signo visible de la
comunión entre Dios y de los hombres por Cristo. Introduce a los fieles en la
Vida nueva de la comunidad. Implica una participación "consciente, activa
y fructífera" de todos (SC 11).
1072 "La sagrada liturgia no agota toda la
acción de la Iglesia" (SC 9): debe ser precedida por la evangelización, la
fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la
Vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la misión de la Iglesia y el
servicio de su unidad.
Oración y Liturgia
1073 La Liturgia es también participación en la
oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración
cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior
es enraizado y fundado (cf Ef 3,16-17) en "el gran amor con que el Padre
nos amó" (Ef 2,4) en su Hijo Amado. Es la misma "maravilla de Dios"
que es vivida e interiorizada por toda oración, "en todo tiempo, en el
Espíritu" (Ef 6,18)
Catequesis y Liturgia
1074 "La Liturgia es la cumbre a la que
tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda
su fuerza" (SC 10). Por tanto, es el lugar privilegiado de la catequesis
del Pueblo de Dios. "La cateq uesis está intrínsecamente unida a toda la
acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre todo en
la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los
hombres" (CT 23).
1075 La catequesis litúrgica pretende introducir
en el Misterio de Cristo ( es "mistagogia"), procediendo de lo
visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los
"sacramentos" a los "misterios". Esta modalidad de catequesis
corresponde hacerla a los catecismos locales y regionales. El presente
catecismo, que quiere ser un servicio para toda la Iglesia, en la diversidad de
sus ritos y sus culturas (cf SC 3-4), enseña lo que es fundamental y común a
toda la Iglesia en lo que se refiere a la Liturgia en cuanto misterio y
celebración (primera sección), y a los siete sacramentos y los sacramentales
(segunda sección).
PRIMERA
SECCION: LA ECONOMIA SACRAMENTAL
1076 El día de Pentecostés, por la efusión del
Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo (cf SC 6; LG 2). El don del
Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la "dispensación del Misterio":
el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y
comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, "hasta
que él venga" (1 Co 11,26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive
y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este
tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de
Oriente y Occidente llama "la Economía sacramental"; esta consiste en
la comunicación (o "dispensación") de los frutos del Misterio pascual
de Cristo en la celebración de la liturgia "sacramental" de la
Iglesia.
Por ello es preciso explicar primero
esta "dispensación sacramental" (capítulo primero). Así aparecerán
más clarame nte la naturaleza y los aspectos esenciales de la celebración
litúrgica (capítulo segundo).
CAPITULO
PRIMERO: EL MISTERIO PASCUAL EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA
Artículo
1: LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
I. EL PADRE, FUENTE Y FIN DE LA LITURGIA
1077. "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes
de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el
amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de
Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de
su gracia con la que nos agració en el Amado" (Ef 1,3-6).
1078 Bendecir es una acción divina que da la vida
y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don
("bene-dictio", "eu-logia"). Aplicado al hombre, este
término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de
gracias.
1079 Desde el comienzo y hasta la consumación de
los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la
primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los autores inspirados
anuncian el designio de salvación como una inmensa bendición divina.
1080 Desde el comienzo, Dios bendice a los seres
vivos, especialmente al hombre y la mujer. La alianza con Noé y con todos los
seres animados renueva esta bendición de fecundidad, a pesar del pecado del
hombre por el cual la tierra queda "maldita". Pero es a partir de
Abraham cuando la bendición divina penetra en la historia humana, que se
encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la vida, a su fuente: por la
fe del "padre de los creyentes" que acoge la bendición se inaugura la
historia de la salvación.
1081 Las bendiciones divinas se manifiestan en
acontecimientos maravillosos y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de
Egipto (Pascua y Exodo), el don de la Tierra prometida, la elección de David,
la Presencia de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de un
"pequeño resto". La Ley, los Profetas y los Salmos que tejen la
liturgia del Pueblo elegido recuerdan a la vez estas bendiciones divinas y
responden a ellas con las bendiciones de alabanza y de acción de gracias.
1082 En la Liturgia de la Iglesia, la bendición
divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado
como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la Creación y de la
Salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma
de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el Don que contiene
todos los dones: el Espíritu Santo.
1083 Se comprende, por tanto, que en cuanto
respuesta de fe y de amor a las "bendiciones espirituales" con que el
Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una
parte, la Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu
Santo" (Lc 10,21), bendice al Padre "por su Don inefable" (2 Co
9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra
parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de
presentar al Padre "la ofrenda de sus propios dones" y de implorar
que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los
fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en
la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas
bendiciones divinas den frutos de vida "para alabanza de la gloria de su
gracia" (Ef 1,6).
II LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA
Cristo glorificado...
1084 "Sentado a la derecha del Padre" y
derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa
ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su
gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles
a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en
virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.
1085 En la Liturgia de la Iglesia, Cristo
significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida
terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el
misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único
acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita
de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por
todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en
nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos
suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio
pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el
pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo
lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina
así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El
acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la
Vida.
...desde la Iglesia de los Apóstoles...
1086 "Por esta razón, como Cristo fue enviado
por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu
Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran
que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de
Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para
que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los
sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica" (SC 6)
1087 Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu
Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23);
se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo
Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta "sucesión
apostólica" estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es
sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.
...está presente en la Liturgia
terrena...
1088 "Para llevar a cabo una obra tan
grande" -la dispensación o comunicación de su obra de
salvación-"Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en
los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la
persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el
mismo que entonces se ofreció en la cruz', sino también, sobre todo, bajo las
especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo
que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra,
pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura.
Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo
que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos' (Mt 18,20)" (SC 7).
1089 "Realmente, en una obra tan grande por
la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo
asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor
y por El rinde culto al Padre Eterno" (SC 7)
...que participa en la Liturgia
celestial.
1090 "En la liturgia terrena pregustamos y
participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa,
Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado
a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo
verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial;
venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y
acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se
manifieste El, nuestra Vida, y nosotros nos manifestamos con El en la
gloria" (SC 8; cf. LG 50).
III EL ESPIRITU SANTO Y LA IGLESIA EN LA
LITURGIA
1091 En la Liturgia, el Espíritu Santo es el
pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las "obras maestras
de Dios" que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra
del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo
resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha
suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia
viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia.
1092 En esta dispensación sacramental del misterio
de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos
de la Economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su
Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y
actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el
Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo.
El Espíritu Santo prepara a recibir a
Cristo
1093 El Espíritu Santo realiza en la economía
sacramental las figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo
estaba "preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y
en la Antigua Alianza" (LG 2), la Liturgia de la Iglesia conserva como una
parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos elementos del
culto de la Antigua Alianza:
- principalmente la lectura del Antiguo
Testamento;
- la oración de los Salmos;
- y sobre todo la memoria de los
acontecimientos salvíficos y de las realidades significativas que encontraron
su cumplimiento en el misterio de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Exodo y
la Pascua, el Reino y el Templo; el Exilio y el Retorno).
1094 Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf
DV 14-16) se articula la catequesis pascual del Señor (cf Lc 24,13-49), y luego
la de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de
manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el
misterio de Cristo. Es llamada catequesis "tipológica", porque revela
la novedad de Cristo a partir de "figuras" (tipos) que la anunciaban
en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta
relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son
explicadas (cf 2 Co 3, 14-16). Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la
salvación por el Bautismo (cf 1 P 3,21), y lo mismo la nube, y el paso del mar
Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo (cf
1 Co 10,1-6); el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía "el verdadero
Pan del Cielo" (Jn 6,32).
1095
Por eso la Iglesia, especialmente
durante los tiempos de Adviento, Cuaresma y sobre todo en la noche de Pascua,
relee y revive todos estos acontecimientos de la historia de la salvación en el
"hoy" de su Liturgia. Pero esto exige también que la catequesis ayude
a los fieles a abrirse a esta inteligencia "espiritual" de la
Economía de la salvación, tal como la Liturgia de la Iglesia la manifiesta y
nos la hace vivir.
1096 Liturgia judía y liturgia cristiana. Un mejor
conocimiento de la fe y la vida religiosa del pueblo judío tal como son
profesadas y vividas aún hoy, puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos
de la Liturgia cristiana. Para los judíos y para los cristianos la Sagrada
Escritura es una parte esencial de sus respectivas liturgias: para la proclamación
de la Palabra de Dios, la respuesta a esta Palabra, la adoración de alabanza y
de intercesión por los vivos y los difuntos, el recurso a la misericordia
divina. La liturgia de la Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en
la oración judía. La oración de las Horas, y otros textos y formularios
litúrgicos tienen sus paralelos también en ella, igual que las mismas fórmulas
de nuestras oraciones más venerables, por ejemplo, el Padre Nuestro. Las
plegarias eucarísticas se inspiran también en modelos de la tradición judía. La
relación entre liturgia judía y liturgia cristiana, pero también la diferencia
de sus contenidos, son particularmente visibles en las grandes fiestas del año
litúrgico como la Pascua. Los cristianos y los judíos celebran la Pascua:
Pascua de la historia, orientada hacia el porvenir en los judíos; Pascua
realizada en la muerte y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque
siempre en espera de la consumación definitiva.
1097 En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda
acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los
sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica
recibe su unidad de la "comunión del Espíritu Santo" que reúne a los
hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las
afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.
1098 La Asamblea debe prepararse para encontrar a
su Señor, debe ser "un pueblo bien dispuesto". Esta preparación de
los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la Asamblea, en
particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la
fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas
disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la
celebración misma y a los frutos de Vida nueva que está llamada a producir.
El Espíritu Santo recuerda el Misterio
de Cristo
1099 El Espíritu y la Iglesia cooperan en la
manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia.
Principalmente en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la
Liturgia es Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la
memoria viva de la Iglesia (cf Jn 14,26).
1100 La Palabra de Dios. El Espíritu Santo
recuerda primeramente a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de
la salvación dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida
y vivida:
La importancia de la Sagrada Escritura
en la celebración de la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las
lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las
preces, oraciones e himnos litúrgicos están impregnados de su aliento y su
inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos (SC 24).
1101 El Espíritu Santo es quien da a los lectores
y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia
espiritual de la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los
símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu Santo pone a
los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e Imagen del
Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el sentido de lo que oyen,
contemplan y realizan en la celebración.
1102 "La fe se suscita en el corazón de los
no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de la
salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los
creyentes" (PO 4). El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una
enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con
miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien
da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad. La
asamblea litúrgica es ante todo comunión en la fe.
1103 La Anámnesis. La celebración litúrgica se refiere
siempre a las intervenciones salvíficas de Dios en la historia. "El plan
de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; ...
las palabras proclaman las obras y explican su misterio" (DV 2). En la
Liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo "recuerda" a la Asamblea
todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Según la naturaleza de las acciones
litúrgicas y las tradiciones rituales de las Iglesias, una celebración
"hace memoria" de las maravillas de Dios en una Anámnesis más o menos
desarrollada. El Espíritu Santo, que despierta así la memoria de la Iglesia,
suscita entonces la acción de gracias y la alabanza (Doxologia).
El Espíritu Santo actualiza el Misterio
de Cristo
1104 La Liturgia cristiana no sólo recuerda los
acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes.
El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones
las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu
Santo que actualiza el único Misterio.
1105 La epíclesis ("invocación sobre")
es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el
Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos
mismos en ofrenda viva para Dios.
1106 Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el
centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía:
Preguntas cómo el pan se convierte en
el Cuerpo de Cristo y el vino...en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu
Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo
pensamiento...Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de
igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por
sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana (S. Juan Damasceno, f.o., IV,
13).
1107 El poder transformador del Espíritu Santo en
la Liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del Misterio de la
salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la
comunión plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que escucha la
epíclesis de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo acogen, y
constituye para ellos, ya desde ahora, "las arras" de su herencia (cf
Ef 1,14; 2 Co 1,22).
La comunión del Espíritu Santo
1108 La finalidad de la misión del Espíritu Santo
en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo.
El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los
sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la Liturgia se realiza la cooperación
más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión
permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran
sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El
fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad
Santa y comunión fraterna (cf 1 Jn 1,3-7).
1109 La Epíclesis es también oración por el pleno
efecto de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. "La gracia
de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu
Santo" (2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más
allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que
envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva
a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la
preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el
testimonio y el servicio de la caridad.
RESUMEN
1110 En la liturgia de la Iglesia, Dios Padre es
bendecido y adorado como la fuente de todas las bendiciones de la Creación y de
la Salvación, con las que nos ha bendecido en su Hijo para darnos el Espíritu
de adopción filial.
1111 La obra de Cristo en la Liturgia es
sacramental porque su Misterio de salvación se hace presente en ella por el
poder de su Espíritu Santo; porque su Cuerpo, que es la Iglesia, es como el
sacramento (signo e instrumento) en el cual el Espíritu Santo dispensa el
Misterio de la salvación; porque a través de sus acciones litúrgicas, la
Iglesia peregrina participa ya, como en primicias, en la Liturgia celestial.
1112 La misión del Espíritu Santo en la Liturgia
de la Iglesia es la de preparar la Asamblea para el encuentro con Cristo;
recordar y manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer
presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador y
hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia.
Artículo
2 EL MISTERIO PASCUAL EN
LOS
SACRAMENTOS DE LA
IGLESIA
1113 Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita
en torno al Sacrificio eucarístico y los sacramentos (cf SC 6). Hay en la
Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía, Penitencia,
Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio (cf DS 860; 1310; 1601).
En este Artículo se trata de lo que es común a los siete sacramentos de la
Iglesia desde el punto de vista doctrinal. Lo que les es común bajo el aspecto
de la celebración se expondrá en el capítulo II, y lo que es propio de cada uno
de ellos será objeto de la sección II.
I LOS SACRAMENTOS DE CRISTO
1114 "Adheridos a la doctrina de las Santas
Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres",
profesamos que "los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos
por nuestro Señor Jesucristo" (DS 1600-1601).
1115 Las palabras y las acciones de Jesús durante
su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la
fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que él daría a
la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de
Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su
Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque "lo que era visible en
nuestro Salvador ha pasado a sus misterios" (S. León Magno, serm. 74,2).
1116 Los sacramentos, como "fuerzas que
brotan" del Cuerpo de Cristo (cf Lc 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y
vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es
la Iglesia, son "las obras maestras de Dios" en la nueva y eterna
Alianza.
II LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
1117 Por el Espíritu que la conduce "a la
verdad completa" (Jn 16,13), la Iglesia reconoció poco a poco este tesoro
recibido de Cristo y precisó su "dispensación", tal como lo hizo con
el canon de las Sagradas Escrituras y con la doctrina de la fe, como fiel
dispensadora de los misterios de Dios (cf Mt 13,52; 1 Co 4,1). Así, la Iglesia
ha precisado a lo largo de los siglos, que, entre sus celebraciones litúrgicas,
hay siete que son, en el sentido propio del término, sacramentos instituidos
por el Señor.
1118 Los sacramentos son "de la Iglesia"
en el doble sentido de que existen "por ella" y "para
ella". Existen "por la Iglesia" porque ella es el sacramento de
la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y
existen "para la Iglesia", porque ellos son "sacramentos que
constituyen la Iglesia" (S. Agustín, civ. 22,17; S. Tomás de Aquino, s.th.
3,64,2 ad 3), manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la
Eucaristía, el misterio de la Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas.
1119 Formando con Cristo-Cabeza "como una
única persona mística" (Pío XII, enc. "Mystici Corporis"), la
Iglesia actúa en los sacramentos como "comunidad sacerdotal"
"orgánicamente estructurada" (LG 11): gracias al Bautismo y la
Confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la Liturgia; por
otra parte, algunos fieles "que han recibido el sacramento del orden están
instituidos en nombre de Cristo para ser los pastores de la Iglesia con la
palabra y la gracia de Dios" (LG 11).
1120 El ministerio ordenado o sacerdocio
ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que,
en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la
Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es
confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de
Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt
28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la
acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo
que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.
1121 Los tres sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y del Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un carácter
sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del
sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones
diversos. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el
Espíritu, es indeleble (Cc. de Trento: DS 1609); permanece para siempre en el
cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de
la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la
Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados.
III LOS SACRAMENTOS DE LA FE
1122 Cristo envió a sus Apóstoles para que,
"en su Nombre, proclamasen a todas las naciones la conversión para el
perdón de los pecados" (Lc 24,47). "De todas las naciones haced
discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo" (Mt 28,19). La misión de bautizar, por tanto la misión sacramental
está implicada en la misión de evangelizar, porque el sacramento es preparado
por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra:
El pueblo de Dios se reúne, sobre todo,
por la palabra de Dios vivo... necesita la predicación de la palabra para el
ministerio de los sacramentos. En efecto, son sacramentos de la fe que nace y
se alimenta de la palabra" (PO 4).
1123 "Los sacramentos están ordenados a la
santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en
definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin
instructivo. No sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la
expresan con palabras y acciones; por se llaman sacramentos de la fe" (SC
59).
1124 La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel,
el cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los
sacramentos confiesa la fe recibida de los Apóstoles, de ahí el antiguo adagio:
"Lex orandi, lex credendi" ("La ley de la oración es la ley de
la fe") (o: "legem credendi lex statuat supplicandi" ["La
ley de la oración determine la ley de la fe"], según Próspero de
Aquitania, siglo V, ep. 217). La ley de la oración es la ley de la fe, la
Iglesia cree como ora. La Liturgia es un elemento constitutivo de la Tradición santa
y viva (cf. DV 8).
1125 Por eso ningún rito sacramental puede ser
modificado o manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Incluso la
suprema autoridad de la Iglesia no puede cambiar la liturgia a su arbitrio,
sino solamente en virtud del servicio de la fe y en el respeto religioso al
misterio de la liturgia.
1126 Por otra parte, puesto que los sacramentos
expresan y desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de
los criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los
cristianos (cf UR 2 y 15).
IV LOS SACRAMENTOS DE LA SALVACION
1127 Celebrados dignamente en la fe, los
sacramentos confieren la gracia que significan (cf Cc. de Trento: DS 1605 y
1606). Son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; El es quien bautiza, él
quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el
sacramento significa. El Padre escucha siempre la oración de la Iglesia de su
Hijo que, en la epíclesis de cada sacramento, expresa su fe en el poder del
Espíritu. Como el fuego transforma en sí todo lo que toca, así el Espíritu
Santo transforma en Vida divina lo que se somete a su poder.
1128 Tal es el sentido de la siguiente afirmación
de la Iglesia (cf Cc. de Trento: DS 1608): los sacramentos obran ex opere
operato (según las palabras mismas del Concilio: "por el hecho mismo de
que la acción es realizada"), es decir, en virtud de la obra salvífica de
Cristo, realizada de una vez por todas. De ahí se sigue que "el sacramento
no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o que lo recibe, sino
por el poder de Dios" (S. Tomás de A., STh 3,68,8). En consecuencia,
siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia,
el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de
la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentos
dependen también de las disposiciones del que los recibe.
1129 La Iglesia afirma que para los creyentes los
sacramentos de la Nueva Alianza son necesarios para ala salvación (cf Cc. de
Trento: DS 1604). La "gracia sacramental" es la gracia del Espíritu
Santo dada por Cristo y propia de cada sacramento. El Espíritu cura y
transforma a los que lo reciben conformándolos con el Hijo de Dios. El fruto de
la vida sacramental consiste en que el Espíritu de adopción deifica (cf 2 P
1,4) a los fieles uniéndolos vitalmente al Hijo único, el Salvador.
V LOS SACRAMENTOS DE LA VIDA ETERNA
1130 La Iglesia celebra el Misterio de su Señor
"hasta que él venga" y "Dios sea todo en todos" (1 Co
11,26; 15,28). Desde la era apostólica, la Liturgia es atraída hacia su término
por el gemido del Espíritu en la Iglesia: "¡Marana tha!" (1 Co
16,22). La liturgia participa así en el deseo de Jesús: "Con ansia he
deseado comer esta Pascua con vosotros...hasta que halle su cumplimiento en el
Reino de Dios" (Lc 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia
recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque
"aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran
Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Tt 2,13). "El Espíritu y la
Esposa dicen: ¡Ven!...¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,17.20).
S. Tomás resume así las diferentes
dimensiones del signo sacramental: "Unde sacramentum est signum
rememorativum eius quod praecessit, scilicet passionis Christi; et
desmonstrativum eius quod in nobis efficitur per Christi passionem, scilicet
gratiae; et prognosticum, id est, praenuntiativum futurae gloriae"
("Por eso el sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir,
la pasión de Cristo; es un signo que demuestra lo que sucedió entre nosotros en
virtud de la pasión de Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa,
es decir, que preanuncia la gloria venidera", STh III, 60,3).)
RESUMEN
1131 Los sacramentos son signos eficaces de la
gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es
dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos
son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento.
Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas.
1132 La Iglesia celebra los sacramentos como
comunidad sacerdotal estructurada por el sacerdocio bautismal y el de los
ministros ordenados.
1133 El Espíritu Santo dispone a la recepción de
los sacramentos por la Palabra de Dios y por la fe que acoge la Palabra en los
corazones bien dispuestos. Así los sacramentos fortalecen y expresan la fe.
1134 El fruto de la vida sacramental es a la vez
personal y eclesial. Por una parte, este fruto es para todo fiel la vida para
Dios en Cristo Jesús: por otra parte, es para la Iglesia crecimiento en la
caridad y en su misión de testimonio.
CAPITULO
SEGUNDO: LA CELEBRACION SACRAMENTAL DEL MISTERIO PASCUAL
1135 La catequesis de la Liturgia implica en
primer lugar la inteligencia de la economía sacramental (capítulo primero). A
su luz se revela la novedad de su celebración. Se tratará, pues, en este
capítulo de la celebración de los sacramentos de la Iglesia. A través de la
diversidad de las tradiciones litúrgicas, se presenta lo que es común a la
celebración de los siete sacramentos. Lo que es propio de cada uno de ellos,
será presentado más adelante. Esta catequesis fundamental de las celebraciones
sacramentales responderá a las cuestiones inmediatas que se presentan a un fiel
al respecto:
- quién celebra
- cómo celebrar
- cuándo celebrar
- dónde celebrar
Artículo
1 CELEBRAR LA LITURGIA DE
LA IGLESIA
I ¿QUIEN CELEBRA?
1136 La Liturgia es "acción" del
"Cristo total" (Christus totus). Por tanto, quienes celebran esta "acción",
independientemente de la existencia o no de signos sacramentales, participan ya
de la Liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente Comunión y
Fiesta.
La celebración de la Liturgia celestial
1137 El Apocalipsis de S. Juan, leído en la
liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que "un trono estaba
erigido en el cielo y Uno sentado en el trono" (Ap 4,2): "el Señor
Dios" (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, "inmolado y
de pie" (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único
Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el
mismo "que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado" (Liturgia
de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela "el río de Vida que
brota del trono de Dios y del Cordero" (Ap 22,1), uno de los más bellos
símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).
1138 "Recapitulados" en Cristo,
participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la realización de su designio:
las Potencias celestiales (cf Ap 4-5; Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro
Vivientes), los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los
veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro
mil, cf Ap 7,1-8; 14,1), en particular los mártires "degollados a causa de
la Palabra de Dios", Ap 6,9-11), y la Santísima Madre de Dios (la Mujer,
cf Ap 12, la Esposa del Cordero, cf Ap 21,9), finalmente "una muchedumbre
inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y
lenguas" (Ap 7,9).
1139 En esta Liturgia eterna el Espíritu y la
Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en
los sacramentos.
Los celebrantes de la liturgia
sacramental
1140 Es toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo
unido a su Cabeza quien celebra. "Las acciones litúrgicas no son acciones
privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es `sacramento de unidad', esto
es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por
tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo
manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente,
según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual" (SC 26).
Por eso también, "siempre que los ritos, según la naturaleza propia de
cada uno, admitan una celebración común, con asistencia y participación activa
de los fieles, hay que inculcar que ésta debe ser preferida, en cuanto sea
posible, a una celebración individual y casi privada" (SC 27)
1141 La asamblea que celebra es la comunidad de
los bautizados que, "por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu
Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que
ofrezcan a través de todas las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales"
(LG 10). Este "sacerdocio común" es el de Cristo, único Sacerdote,
participado por todos sus miembros (cf LG 10; 34; PO 2):
La Madre Iglesia desea ardientemente
que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y
activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia
misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo
cristiano "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido" (1 P 2,9; cf 2,4-5) (SC 14).
1142
Pero "todos los miembros no tienen
la misma función" (Rm 12,4). Algunos son llamados por Dios en y por la
Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos
y consagrados por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo los
hace aptos para actuar en representación de Cristo-Cabeza para el servicio de
todos los miembros de la Iglesia (cf PO 2 y 15). El ministro ordenado es como
el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en la Eucaristía donde se
manifiesta plenamente el sacramento de la Iglesia, es también en la presidencia
de la Eucaristía donde el ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en
comunión con él, el de los presbíteros y los diáconos.
1143 En orden a ejercer las funciones del
sacerdocio común de los fieles existen también otros ministerios particulares,
no consagrados por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas
por los obispos según las tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales.
"Los acólitos, lectores, comentadores y los que pertenecen a la 'schola
cantorum' desempeñan un auténtico ministerio litúrgico" (SC 29).
1144 Así, en la celebración de los sacramentos,
toda la asamblea es "liturgo", cada cual según su función, pero en
"la unidad del Espíritu" que actúa en todos. "En las
celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio,
hará todo y sólo aquello que le corresponde según la naturaleza de la acción y
las normas litúrgicas" (SC 28)
II ¿COMO CELEBRAR?
Signos y símbolos
1145 Una celebración sacramental esta tejida de
signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su
significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana,
se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud
en la persona y la obra de Cristo.
1146 Signos del mundo de los hombres. En la vida
humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser
a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a
través de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita
signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos
y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios.
1147 Dios habla al hombre a través de la creación
visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que
vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz
y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos
hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.
1148 En cuanto creaturas, estas realidades
sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que
santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a
Dios. Lo mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los
hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la
presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.
1149 Las grandes religiones de la humanidad
atestiguan, a a menudo de forma impresionante, este sentido cósmico y simbólico
de los ritos religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y
santifica elementos de la creación y de la cultura humana confiriéndoles la
dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.
1150 Signos de la Alianza. El pueblo elegido
recibe de Dios signos y símbolos distintivos que marcan su vida litúrgica: no
son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos y de acontecimientos
sociales, sino signos de la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios
en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se
puede nombrar la circuncisión, la unción y la consagración de reyes y
sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios, y sobre todo la pascua. La
Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los sacramentos de la Nueva
Alianza.
1151 Signos asumidos por Cristo. En su
predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la
Creación para dar a conocer los misterios el Reino de Dios (cf. Lc 8,10).
Realiza sus curaciones o subraya su predicación por medio de signos materiales
o gestos simbólicos (cf Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido nuevo a los
hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Exodo y a la Pascua
(cf Lc 9,31; 22,7-20), porque él mismo es el sentido de todos esos signos.
1152 Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el
Espíritu Santo realiza la santificación a través de los signos sacramentales de
su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e integran
toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social.
Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y
realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del
cielo.
Palabras y acciones
1153 Toda celebración sacramental es un encuentro
de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este
encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras.
Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la
Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a
fin de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena. Las acciones
litúrgicas significan lo que expresa la Palabra de Dios: a la vez la iniciativa
gratuita de Dios y la respuesta de fe de su pueblo.
1154 La liturgia de la Palabra es parte integrante
de las celebraciones sacramentales. Para nutrir la fe de los fieles, los signos
de la Palabra de Dios deben ser puestos de relieve: el libro de la Palabra
(leccionario o evangeliario), su veneración (procesión, incienso, luz), el
lugar de su anuncio (ambón), su lectura audible e inteligible, la homilía del
ministro, la cual prolonga su proclamación, y las respuestas de la asamblea
(aclamaciones, salmos de meditación, letanías, confesión de fe...).
1155 La palabra y la acción litúrgica,
indisociables en cuanto signos y enseñanza, lo son también en cuanto que
realizan lo que significan. El Espíritu Santo, al suscitar la fe, no solamente
procura una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino que
también mediante los sacramentos realiza las "maravillas" de Dios que
son anunciadas por la misma Palabra: hace presente y comunica la obra del Padre
realizada por el Hijo amado.
Canto y música
1156 "La tradición musical de la Iglesia
universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las
demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las
palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia
solemne" (SC 112). La composición y el canto de Salmos inspirados, con
frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente
ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia
continúa y desarrolla esta tradición: "Recitad entre vosotros salmos,
himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al
Señor" (Ef 5,19; cf Col 3,16-17). "El que canta ora dos veces"
(S. Agustín, sal. 72,1).
1157 El canto y la música cumplen su función de
signos de una manera tanto más significativa cuanto "más estrechamente
estén vinculadas a la acción litúrgica" (SC 112), según tres criterios
principales: la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la
asamblea en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración.
Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones litúrgicas: la
gloria de Dios y la santificación de los fieles (cf SC 112):
¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y
cánticos, fuertemente conmovido por las voces de vuestra Iglesia, que
suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad se
derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían
las lágrimas, y me iba bien con ellas (S. Agustín, Conf. IX,6,14).
1158 La armonía de los signos (canto, música,
palabras y acciones) es tanto más expresiva y fecunda cuanto más se expresa en
la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que celebra (cf SC 119). Por eso
"foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los
ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas",
conforme a las normas de la Iglesia "resuenen las voces de los
fieles" (SC 118). Pero "los textos destinados al canto sagrado deben
estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomase principalmente
de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas" (SC 121).
Imágenes sagradas
1159 La imagen sagrada, el icono litúrgico,
representa principalmente a Cristo. No puede representar a Dios invisible e
incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva
"economía" de las imágenes:
En otro tiempo, Dios, que no tenía
cuerpo ni figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero
ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo
hacer una imagen de lo que he visto de Dios...con el rostro descubierto
contemplamos la gloria del Señor (S. Juan Damasceno, imag. 1,16).
1160 La iconografía cristiana transcribe mediante
la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la
palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente:
Para expresar brevemente nuestra
profesión de fe, conservamos todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no
escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la
representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la
predicación de la historia evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en
apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso,
porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación
recíproca (Cc. de Nicea II, año 787: COD 111).
1161 Todos los signos de la celebración litúrgica
hacen referencia a Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre
de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en
ellos. Manifiestan "la nube de testigos" (Hb 12,1) que continúan
participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo
en la celebración sacramental. A través de sus iconos, es el hombre "a
imagen de Dios", finalmente transfigurado "a su semejanza" (cf
Rm 8,29; 1 Jn 3,2), quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles,
recapitulados también en Cristo:
Siguiendo la enseñanza divinamente
inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues
reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda
exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la
imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de
mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios,
en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y
en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo,
como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos
ángeles y de todos los santos y justos (Cc. de Nicea II: DS 600).
1162 "La belleza y el color de las imágenes
estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el
espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios" (S. Juan
Damasceno, imag. 127). La contemplación de las sagradas imágenes, unida a la
meditación de la Palabra de Dios y al canto de los himnos litúrgicos, forma
parte de la armonía de los signos de la celebración para que el misterio
celebrado se grabe en la memoria del corazón y se exprese luego en la vida
nueva de los fieles.
III ¿CUANDO CELEBRAR?
El tiempo litúrgico
1163 "La santa Madre Iglesia considera que es
su deber celebrar la obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado
recuerdo, en días determinados a través del año. Cada semana, en el día que
llamó 'del Señor', conmemora su resurrección, que una vez al año celebra
también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua.
Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo... Al
conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y
de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo,
durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la
gracia de la salvación" (SC 102)
1164 El pueblo de Dios, desde la ley mosaica, tuvo
fiestas fijas a partir de la Pascua, para conmemorar las acciones maravillosas
del Dios Salvador, para darle gracias por ellas, perpetuar su recuerdo y
enseñar a las nuevas generaciones a conformar con ellas su conducta. En el
tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez
por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días
fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo.
1165 Cuando la Iglesia celebra el Misterio de
Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración
que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb
3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está
llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de
toda la historia humana y la guía:
La vida se ha extendido sobre todos los
seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade
el universo, y el que existía "antes del lucero de la mañana" y antes
de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los
seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en él, se instaura un
día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S. Hipólito,
pasc. 1-2).
El día del Señor
1166 "La Iglesia, desde la tradición
apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo,
celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón
`día del Señor' o domingo" (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo
es a la vez el "primer día de la semana", memorial del primer día de
la creación, y el "octavo día" en que Cristo, tras su
"reposo" del gran Sabbat, inaugura el Día "que hace el
Señor", el "día que no conoce ocaso" (Liturgia bizantina). El
"banquete del Señor" es su centro, porque es aquí donde toda la
comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su
banquete (cf Jn 21,12; Lc 24,30):
El día del Señor, el día de la
Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día
del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al
Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto;
porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia
cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch.).
1167 El domingo es el día por excelencia de la
Asamblea litúrgica, en que los fieles "deben reunirse para, escuchando loa
palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la
resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los 'hizo
renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos'" (SC 106):
Cuando meditamos, oh Cristo, las
maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa
Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo
comienzo la Creación...la salvación del mundo...la renovación del género
humano...en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó
lleno de luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las
puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin
temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano,
p.193b).
El año litúrgico
1168 A partir del "Triduo Pascual", como
de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año
litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero
queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente "año de gracia del
Señor" (cf Lc 4,19). La Economía de la salvación actúa en el marco del tiempo,
pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu
Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios
irrumpe en el tiempo de la humanidad.
1169 Por ello, la Pascua no es simplemente una fiesta
entre otras: es la "Fiesta de las fiestas", "Solemnidad de las
solemnidades", como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el
gran sacramento). S. Atanasio la llama "el gran domingo" (Ep. fest.
329), así como la Semana santa es llamada en Oriente "la gran
semana". El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a
la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que
todo le esté sometido.
1170 En el Concilio de Nicea (año 325) todas las
Iglesias se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana fuese celebrada el
domingo que sigue al plenilunio (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de
primavera.Por causa de los diversos métodos utilizados para calcular el 14 del
mes de Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre coincide la
fecha de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan hoy un acuerdo, para llegar
de nuevo a celebrar en una fecha común el día de la Resurrección del Señor.
1171 El año litúrgico es el desarrollo de los
diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente
para el ciclo de las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación
(Anunciación, Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo de nuestra
salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.
El santoral en el año litúrgico
1172 "En la celebración de este círculo anual
de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la
bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble
a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la
redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella
misma, toda entera, desea y espera ser" (SC 103).
1173 Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace
memoria de los mártires y los demás santos "proclama el misterio pascual
cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con El;
propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al
Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos" (SC 104; cf SC
108 y 111).
La Liturgia de las Horas
1174 El Misterio de Cristo, su Encarnación y su
Pascua, que celebramos en la Eucaristía, especialmente en la Asamblea
dominical, penetra y transfigura el tiempo de cada día mediante la celebración
de la Liturgia de las Horas, "el Oficio divino" (cf SC IV). Esta
celebración, en fidelidad a las recomendaciones apostólicas de "orar sin
cesar" (1 Ts 5,17; Ef 6,18), "está estructurada de tal manera que la
alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche" (SC 84).
Es "la oración pública de la Iglesia" (SC 98) en la cual los fieles
(clérigos, religiosos y laicos) ejercen el sacerdocio real de los bautizados.
Celebrada "según la forma aprobada" por la Iglesia, la Liturgia de
las Horas "realmente es la voz de la misma Esposa la que habla al Esposo;
más aún, es la oración de Cristo, con su mismo Cuerpo, al Padre" (SC 84).
1175 La Liturgia de las Horas está llamada a ser
la oración de todo el Pueblo de Dios. En ella, Cristo mismo "sigue
ejerciendo su función sacerdotal a través de su Iglesia" (SC 83); cada uno
participa en ella según su lugar propio en la Iglesia y las circunstancias de
su vida: los sacerdotes en cuanto entregados al ministerio pastoral, porque son
llamados a permanecer asiduos en la oración y el servicio de la Palabra (cf. SC
86 y 96; PO 5); los religiosos y religiosas por el carisma de su vida
consagrada (cf SC 98); todos los fieles según sus posibilidades: "Los
pastores de almas debe procurar que las Horas principales, sobre todo las
Vísperas, los domingos y fiestas solemnes, se celebren en la en la Iglesia
comunitariamente. Se recomienda que también los laicos recen el Oficio divino,
bien con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso solos" (SC 100).
1176 Celebrar la Liturgia de las Horas exige no
solamente armonizar la voz con el corazón que ora, sino también "adquirir
una instrucción litúrgica y bíblica más rica especialmente sobre los
salmos" (SC 90).
1177 Los signos y las letanías de la Oración de
las Horas insertan la oración de los salmos en el tiempo de la Iglesia,
expresando el simbolismo del momento del día, del tiempo litúrgico o de la
fiesta celebrada. Además, la lectura de la Palabra de Dios en cada Hora (con
los responsorios y los troparios que le siguen), y, a ciertas Horas, las
lecturas de los Padres y maestros espirituales, revelan más profundamente el
sentido del Misterio celebrado, ayudan a la inteligencia de los salmos y
preparan para la oración silenciosa. La lectio divina, en la que la Palabra de
Dios es leída y meditada para convertirse en oración, se enraíza así en la
celebración litúrgica.
1178 La Liturgia de las Horas, que es como una
prolongación de la celebración eucarística, no excluye sino acoge de manera
complementaria las diversas devociones del Pueblo de Dios, particularmente la
adoración y el culto del Santísimo Sacramento.
IV ¿DONDE CELEBRAR?
1179 El culto "en espíritu y en verdad"
(Jn 4,24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la
tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los
fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las
"piedras vivas", reunidas para "la edificación de un edificio
espiritual" (1 P 2,4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo
espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el
Espíritu Santo, "somos el templo de Dios vivo" (2 Co 6,16).
1180 Cuando el ejercicio de la libertad religiosa
no es impedido (cf DH 4), los cristianos construyen edificios destinados al
culto divino. Estas iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino
que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios
con los hombres reconciliados y unidos en Cristo.
1181 "En la casa de oración se celebra y se
reserva la sagrada Eucaristía, se reúnen los fieles y se venera para ayuda y
consuelo los fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador, ofrecido
por nosotros en el altar del sacrificio. Debe ser hermosa y apropiada para la
oración y para las celebraciones sagradas" (PO 5; cf SC 122-127). En esta
"casa de Dios", la verdad y la armonía de los signos que la
constituyen deben manifestar a Cristo que está presente y actúa en este lugar
(cf SC 7):
1182 El altar de la Nueva Alianza es la Cruz del Señor
(cf Hb 13,10), de la que manan los sacramentos del Misterio pascual. Sobre el
altar, que es el centro de la Iglesia, se hace presente el sacrificio de la
cruz bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la
que el Pueblo de Dios es invitado (cf IGMR 259). En algunas liturgias
orientales, el altar es también símbolo del sepulcro (Cristo murió y resucitó
verdaderamente).
1183 El tabernáculo debe estar situado
"dentro de las iglesias en un lugar de los más dignos con el mayor honor"
(MF). La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico (SC
128) deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo
Sacramento del altar.
El Santo Crisma (Myron), cuya unción es
signo sacramental del sello del don del Espíritu Santo, es tradicionalmente
conservado y venerado en un lugar seguro del santuario. Se puede colocar junto
a él el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.
1184 La sede del obispo (cátedra) o del sacerdote
"debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la
oración" (IGMR 271).
El ambón: "La dignidad de la
Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su
anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva
espontáneamente la atención de los fieles" (IGMR 272).
1185 La reunión del pueblo de Dios comienza por el
Bautismo; por tanto, el templo debe tener lugar apropiado para la celebración
del Bautismo y favorecer el recuerdo de las promesas del bautismo (agua
bendita).
La renovación de la vida bautismal
exige la penitencia. Por tanto el templo debe estar preparado para que se pueda
expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo
un lugar apropiado.
El templo también debe ser un espacio
que invite al recogimiento y a la oración silenciosa, que prolonga e
interioriza la gran plegaria de la Eucaristía.
1186 Finalmente, el templo tiene una significación
escatológica. Para entrar en la casa de Dios ordinariamente se franquea un
umbral, símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la
vida nueva al que todos los hombres son llamados. La Iglesia visible simboliza
la casa paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en marcha y donde el Padre
"enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap 21,4). Por eso también la
Iglesia es la casa de todos los hijos de Dios, ampliamente abierta y acogedora.
RESUMEN
1187 La Liturgia es la obra de Cristo total,
Cabeza y Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la Liturgia celestial,
con la santa Madre de Dios, los Apóstoles, todos los santos y la muchedumbre de
seres humanos que han entrado ya en el Reino.
1188 En una celebración litúrgica, toda la
asamblea es "liturgo", cada cual según su función. El sacerdocio
bautismal es el sacerdocio de todo el Cuerpo de Cristo. Pero algunos fieles son
ordenados por el sacramento del Orden sacerdotal para representar a Cristo como
Cabeza del Cuerpo.
1189 La celebración litúrgica comprende signos y
símbolos que se refieren a la creación (luz, agua, fuego), a la vida humana
(lavar, ungir, partir el pan) y a la historia de la salvación (los ritos de la
Pascua). Insertos en el mundo de la fe y asumidos por la fuerza del Espíritu
Santo, estos elementos cósmicos, estos ritos humanos, estos gestos del recuerdo
de Dios se hacen portadores de la acción salvífica y santificadora de Cristo.
1190 La Liturgia de la Palabra es una parte
integrante de la celebración. El sentido de la celebración es expresado por la
Palabra de Dios que es anunciada y por el compromiso de la fe que responde a
ella.
1191 El canto y la música están en estrecha
conexión con la acción litúrgica. Criterios para un uso adecuado de ellos son:
la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea, y
el carácter sagrado de la celebración.
1192 Las imágenes sagradas, presentes en nuestras
iglesias y en nuestras casas, están destinadas a despertar y alimentar nuestra
fe en el misterio de Cristo. A través del icono de Cristo y de sus obras de
salvación, es a él a quien adoramos. A través de las sagradas imágenes de la
Santísima Madre de Dios, de los ángeles y de los santos, veneramos a quienes en
ellas son representados.
1193 El domingo, "día del Señor", es el
día principal de la celebración de la Eucaristía porque es el día de la
Resurrección. Es el día de la Asamblea litúrgica por excelencia, el día de la
familia cristiana, el día del gozo y de descanso del trabajo. El es
"fundamento y núcleo de todo el año litúrgico" (SC 106).
1194 La Iglesia, "en el círculo del año
desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta
la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del
Señor" (SC 102).
1195 Haciendo memoria de los santos, en primer
lugar de la santa Madre de Dios, luego de los Apóstoles, los mártires y los
otros santos, en días fijos del año litúrgico, la Iglesia de la tierra
manifiesta que está unida a la liturgia del cielo; glorifica a Cristo por haber
realizado su salvación en sus miembros glorificados; su ejemplo la estimula en
el camino hacia el Padre.
1196 Los fieles que celebran la Liturgia de las
Horas se unen a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, por la oración de los salmos,
la meditación de la Palabra de Dios, de los cánticos y de las bendiciones, a
fin de ser asociados a su oración incesante y universal que da gloria al Padre
e implora el don del Espíritu Santo sobre el mundo entero.
1197 Cristo es el verdadero Templo de Dios,
"el lugar donde reside su gloria"; por la gracia de Dios los
cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se
construye la Iglesia.
1198 En su condición terrena, la Iglesia tiene
necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse: nuestras iglesias
visibles, lugares santos, imágenes de la Ciudad santa, la Jerusalén celestial
hacia la cual caminamos como peregrinos.
1199 En estos templos, la Iglesia celebra el culto
público para gloria de la Santísima Trinidad; en ellos escucha la Palabra de
Dios y canta sus alabanzas, eleva su oración y ofrece el Sacrificio de Cristo,
sacramentalmente presente en medio de la asamblea. Estas iglesias son también
lugares de recogimiento y de oración personal.
Artículo
2 DIVERSIDAD LITURGICA Y
UNIDAD DEL MISTERIO
Tradiciones litúrgicas y catolicidad de
la Iglesia
1200 Desde la primera comunidad de Jerusalén hasta
la Parusía, las Iglesias de Dios, fieles a la fe apostólica, celebran en todo
lugar el mismo Misterio pascual. El Misterio celebrado en la liturgia es uno,
pero las formas de su celebración son diversas.
1201 La riqueza insondable del Misterio de Cristo
es tal que ninguna tradición litúrgica puede agotar su expresión. La historia
del nacimiento y del desarrollo de estos ritos testimonia una maravillosa
complementariedad. Cuando las iglesias han vivido estas tradiciones litúrgicas
en comunión en la fe y en los sacramentos de la fe, se han enriquecido
mutuamente y crecen en la fidelidad a la tradición y a la misión común a toda
la Iglesia (cf EN 63-64).
1202 Las diversas tradiciones litúrgicas nacieron
por razón misma de la misión de la Iglesia. Las Iglesias de una misma área
geográfica y cultural llegaron a celebrar el Misterio de Cristo a través de
expresiones particulares, culturalmente tipificadas: en la tradición del
"depósito de la fe" (2 Tm 1,14), en el simbolismo litúrgico, en la
organización de la comunión fraterna, en la inteligencia teológica de los
misterios, y en tipos de santidad. Así, Cristo, Luz y Salvación de todos los
pueblos, mediante la vida litúrgica de una Iglesia, se manifiesta al pueblo y a
la cultura a los cuales es enviada y en los que se enraíza. La Iglesia es
católica: puede integrar en su unidad, purificándolas, todas las verdaderas
riquezas de las culturas (cf LG 23; UR 4).
1203 Las tradiciones litúrgicas, o ritos,
actualmente en uso en la Iglesia son el rito latino (principalmente el rito
romano, pero también los ritos de algunas iglesias locales como el rito
ambrosiano, el rito hispánico-visigótico o los de diversas órdenes religiosas)
y los ritos bizantino, alejandrino o copto, siriaco, armenio, maronita y
caldeo. "El sacrosanto Concilio, fiel a la Tradición, declara que la santa
Madre Iglesia concede igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente
reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios"
(SC 4).
Liturgia y culturas
1204 Por tanto, la celebración de la liturgia debe
corresponder al genio y a la cultura de los diferentes pueblos (cf SC 37-40).
Para que el Misterio de Cristo sea "dado a conocer a todos los gentiles
para obediencia de la fe" (Rm 16,26), debe ser anunciado, celebrado y
vivido en todas las culturas, de modo que estas no son abolidas sino rescatadas
y realizadas por él (cf CT 53). La multitud de los hijos de Dios, mediante su
cultura humana propia, asumida y transfigurada por Cristo, tiene acceso al
Padre, para glorificarlo en un solo Espíritu.
1205 "En la liturgia, sobre todo en la de los
sacramentos, existe una parte inmutable -por ser de institución divina- de la
que la Iglesia es guardiana, y partes susceptibles de cambio, que ella tiene el
poder, y a veces incluso el deber, de adaptar a las culturas de los pueblos
recientemente evangelizados (cf SC 21)" (Juan Pablo II, Lit. Ap.
"Vicesimusquintus Annus" 16).
1206 "La diversidad litúrgica puede ser
fuente de enriquecimiento, puede también provocar tensiones, incomprensiones
recíprocas e incluso cismas. En este campo es preciso que la diversidad no
perjudique a la unidad. Sólo puede expresarse en la fidelidad a la fe común, a
los signos sacramentales que la Iglesia ha recibido de Cristo, y a la comunión
jerárquica. La adaptación a las culturas exige una conversión del corazón, y,
si es preciso, rupturas con hábitos ancestrales incompatibles con la fe
católica" (ibid.).
RESUMEN
1207 Conviene que la celebración de la liturgia tienda
a expresarse en la cultura del pueblo en que se encuentra la Iglesia, sin
someterse a ella. Por otra aparte, la liturgia misma es generadora y formadora
de culturas.
1208 Las diversas tradiciones litúrgicas, o ritos,
legítimamente reconocidas, por significar y comunicar el mismo Misterio de
Cristo, manifiestan la catolicidad de la Iglesia.
1209 El criterio que asegura la unidad en la
pluriformidad de las tradiciones litúrgicas es la fidelidad a la Tradición
apostólica, es decir: la comunión en la fe y los sacramentos recibidos de los
Apóstoles, comunión que está significada y garantizada por la sucesión
apostólica.
SEGUNDA
SECCION: LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
1210 Los sacramentos de la Nueva Ley fueron
instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación,
Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.
Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos
importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y
misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre
las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual (cf S. Tomás
de A.,s.th. 3, 65,1).
1211 Siguiendo esta analogía se explicarán en
primer lugar los tres sacramentos de la iniciación cristiana (capítulo
primero), luego los sacramentos de la curación (capítulo segundo), finalmente,
los sacramentos que están al servicio de la comunión y misión de los fieles
(capítulo tercero). Ciertamente este orden no es el único posible, pero permite
ver que los sacramentos forman un organismo en el cual cada sacramento
particular tiene su lugar vital. En este organismo, la Eucaristía ocupa un
lugar único, en cuanto "sacramento de los sacramentos": "todos
los otros sacramentos están ordenados a éste como a su fin" (S. Tomás de
A., s.th. 3, 65,3).
CAPITULO
PRIMERO: LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACION CRISTIANA
1212 Mediante los sacramentos de la iniciación
cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos
de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina que los
hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía
con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los
fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la
Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la
vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana,
reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan
hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI, Const. apost. "Divinae
consortium naturae"; cf OICA, praen. 1-2).
Artículo
1 EL SACRAMENTO DEL
BAUTISMO
1213 El santo Bautismo es el fundamento de toda la
vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis
ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el
Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos
a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes
de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1):
"Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo"
("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la
palabra", Cath. R. 2,2,5).
I EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1214 Este sacramento recibe el nombre de Bautismo
en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar
(baptizein en griego) significa "sumergir", "introducir dentro
del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de
sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección
con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura" (2 Co 5,17; Ga
6,15).
1215 Este sacramento es llamado también "baño
de regeneración y de renovación del Espíritu Santo" (Tt 3,5), porque
significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual
"nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5).
1216 "Este baño es llamado iluminación porque
quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado..."
(S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo,
"la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado,
"tras haber sido iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo de
la luz" (1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef 5,8):
El Bautismo es el más bello y magnífico
de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura
de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que
hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es
dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua;
unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación,
porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño,
porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S.
Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).
II EL BAUTISMO EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
Las prefiguraciones del Bautismo en la
Antigua Alianza
1217 En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando se
bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes
acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio
del Bautismo:
¡Oh Dios!, que realizas en tus
sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has
servido de tu criatura el agua para significar la gracia del bautismo (MR,
Vigilia Pascual, bendición del agua bautismal, 42)
1218 Desde el origen del mundo, el agua, criatura
humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada
Escritura dice que el Espíritu de Dios "se cernía" sobre ella (cf. Gn
1,2):
¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los
orígenes del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces
concibieran el poder de santificar (MR, ibid.).
1219 La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una
prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella
"unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del
agua" (1 P 3,20):
¡Oh Dios!, que incluso en las aguas
torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de
modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad (MR,
ibid.).
1220 Si el agua de manantial simboliza la vida, el
agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del
misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con
la muerte de Cristo.
1221 Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la
liberación obrada por el bautismo:
¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie
enjuto por el mar Rojo s los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de
la esclavitud del faraón fuera imagen de la familia de los bautizados (MR,
ibid.).
1222 Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el
paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra
prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de
esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.
El Bautismo de Cristo
1223 Todas las prefiguraciones de la Antigua
Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse
bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13 ), y, después de su
Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado"
(Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16).
1224 Nuestro Señor se sometió voluntariamente al
Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda
justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su
"anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas
de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la
nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado"
(Mt 3,16-17).
1225 En su Pascua, Cristo abrió a todos los
hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba
a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía ser
bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado
traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la
Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es
posible "nacer del agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de
Dios (Jn 3,5).
Considera donde eres bautizado, de
donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está
todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado.
(S. Ambrosio, sacr. 2,6).
El bautismo en la Iglesia
1226 Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha
celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la
multitud conmovida por su predicación: "Convertíos y que cada uno de
vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles
y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres
temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo
aparece siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú
y tu casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa:
"el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los
suyos" (Hch 16,31-33).
1227 Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el
creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él:
¿O es que ignoráis que cuantos fuimos
bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con
él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo
fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así
también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).
Los bautizados se han "revestido
de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que
purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).
1228 El Bautismo es, pues, un baño de agua en el
que la "semilla incorruptible" de la Palabra de Dios produce su
efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo:
"Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum" ("Se une la
palabra a la materia, y se hace el sacramento", ev. Io. 80,3).
III LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
La iniciación cristiana
1229 Desde los tiempos apostólicos, para llegar a
ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas.
Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre
algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del
Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la
efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.
1230 Esta iniciación ha variado mucho a lo largo
de los siglos y según las circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia,
la iniciación cristiana conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de
catecumenado, y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente
el camino de la preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de
los sacramentos de la iniciación cristiana.
1231 Desde que el bautismo de los niños vino a ser
la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en
un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas previas a la
iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un
catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción
posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en
el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis.
1232 El Concilio Vaticano II ha restaurado para la
Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en diversos
grados" (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ordo initiationis
christianae adultorum (1972). Por otra parte, el Concilio ha permitido que
"en tierras de misión, además de los elementos de iniciación contenidos en
la tradición cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran en
uso en cada pueblo siempre que puedan acomodarse al rito cristiano" (SC
65; cf. SC 37-40).
1233 Hoy, pues, en todos los ritos latinos y
orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el
catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los
tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG
14; CIC can.851.865.866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de
los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación
y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años
de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima
de su iniciación cristiana (cf. CIC can.851, 2º; 868).
La mistagogia de la celebración
1234 El sentido y la gracia del sacramento del
Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa
atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se
inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada nuevo
bautizado.
1235 La señal de la cruz, al comienzo de la
celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y
significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.
1236 El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con
la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de
la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo
particular "el sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en
la vida de fe.
1237 Puesto que el Bautismo significa la
liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios
exorcismos sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o
bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a
Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual será
"confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
1238 El agua bautismal es entonces consagrada
mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual).
La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo
descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella
"nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5).
1239 Sigue entonces el rito esencial del
sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y realiza la muerte al
pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la
configuración con el Misterio pascual de Cristo. El Bautismo es realizado de la
manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal.
Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua
sobre la cabeza del candidato.
1240 En la Iglesia latina, esta triple infusión va
acompañada de las palabras del ministro: "N, Yo te bautizo en el nombre
del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales,
estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El
siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima
Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella.
1241 La unción con el santo crisma, óleo perfumado
y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo
bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el
Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey
(cf OBP nº 62).
1242 En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la
unción postbautismal es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la
liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que
dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así decirlo,
"confirma" y da plenitud a la unción bautismal.
1243 La vestidura blanca simboliza que el
bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con
Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha
iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo"
(Mt 5,14; cf Flp 2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de
Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre
Nuestro.
1244 La primera comunión eucarística. Hecho hijo
de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es admitido "al festín
de las bodas del Cordero" y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo
y la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una conciencia viva de
la unidad de la iniciación cristiana por lo que dan la sagrada comunión a todos
los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los niños pequeños, recordando
las palabras del Señor: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo
impidáis" (Mc 10,14). La Iglesia latina, que reserva el acceso a la
Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo el
Bautismo introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién bautizado
para la oración del Padre Nuestro.
1245 La bendición solemne cierra la celebración
del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre ocupa
un lugar especial.