(871-1065)
Párrafo
4 LOS FIELES DE CRISTO:
JERARQUIA, LAICOS,
VIDA CONSAGRADA
871 "Son fieles cristianos quienes,
incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y,
hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética
y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar
la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo" (CIC, can.
204, 1; cf. LG 31).
872 "Por su regeneración en Cristo, se da
entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción,
en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la
edificación del Cuerpo de Cristo" (CIC can. 208; cf. LG 32).
873 Las mismas diferencias que el Señor quiso
poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque
"hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los
Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar
y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes
de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y
en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de
Dios" (AA 2). En fin, "en esos dos grupos [jerarquía y laicos], hay
fieles que por la profesión de los consejos evangélicos ... se consagran a Dios
y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que
les es propia" (CIC can. 207, 2).
I LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA
Razón del ministerio eclesial
874 El mismo Cristo es la fuente del ministerio
en la Iglesia. El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación
y finalidad:
Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo
de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos
ministerios que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los
ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para
que todos los que son miembros del Pueblo de Dios...lleguen a la salvación (LG
18).
875 "¿Cómo creerán en aquél a quien no han
oído? ¿cómo oirán sin que se les predique? y ¿cómo predicarán si no son
enviados?" (Rm 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad,
puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación"
(Rm 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar
el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino
en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino
hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la
gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia,
autorizados y habilitados por parte de Cristo. De El los obispos y los
presbíteros reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar
in persona Christi Capitis, los diáconos las fuerzas para servir al pueblo de
Dios en la "diaconía" de la liturgia, de la palabra y de la caridad,
en comunión con el Obispo y su presbiterio. Este ministerio, en el cual los
enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos,
no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama
"sacramento". El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un
sacramento específico.
876 El carácter de servicio del ministerio
eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto,
enteramente dependiente de Cristo que da misión y autoridad, los ministros son
verdaderamente "esclavos de Cristo" (Rm 1, 1), a imagen de Cristo
que, libremente ha tomado por nosotros "la forma de esclavo" (Flp 2,
7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino
de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente
esclavos de todos (cf. 1 Co 9, 19).
877 De igual modo es propio de la naturaleza
sacramental del ministerio eclesial tener un carácter colegial . En efecto,
desde el comienzo de su ministerio, el Señor Jesús instituyó a los Doce,
"semilla del Nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía
sagrada" (AG 5). Elegidos juntos, también fueron enviados juntos, y su
unidad fraterna estará al servicio de la comunión fraterna de todos los fieles;
será como un reflejo y un testimonio de la comunión de las Personas divinas
(cf. Jn 17, 21-23). Por eso, todo obispo ejerce su ministerio en el seno del
colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro y
jefe del colegio; los presbíteros ejercen su ministerio en el seno del
presbiterio de la diócesis, bajo la dirección de su obispo.
878 Por último, es propio también de la
naturaleza sacramental del ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando
los ministros de Cristo actúan en comunión, actúan siempre también de manera
personal. Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú sígueme", Jn
21, 22;cf. Mt 4,19. 21; Jn 1,43) para ser, en la misión común, testigo
personal, que es personalmente portador de la responsabilidad ante Aquél que da
la misión, que actúa "in persona Christi" y en favor de personas :
"Yo te bautizo en el nombre del Padre ..."; "Yo te
perdono...".
879 Por lo tanto, en la Iglesia, el ministerio
sacramental es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole
personal y una forma colegial. Esto se verifica en los vínculos entre el
colegio episcopal y su jefe, el sucesor de San Pedro, y en la relación entre la
responsabilidad pastoral del obispo en su Iglesia particular y la común
solicitud del colegio episcopal hacia la Iglesia Universal.
El colegio episcopal y su cabeza, el
Papa
880 Cristo, al instituir a los Doce,
"formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a
Pedro lo puso al frente de él" (LG 19). "Así como, por disposición
del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico,
por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de
Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles "(LG 22; cf. CIC, can
330).
881 El Señor hizo de Simón, al que dio el
nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las
llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf.
Jn 21, 15-17). "Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido
a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22).
Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos
de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
882 El Papa, obispo de Roma y sucesor de San
Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto
de los obispos como de la muchedumbre de los fieles "(LG 23). "El
Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de
Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y
universal, que puede ejercer siempre con entera libertad" (LG 22; cf. CD
2. 9).
883 "El Colegio o cuerpo episcopal no
tiene ninguna autoridad si no se le considera junto con el Romano Pontífice,
sucesor de Pedro, como Cabeza del mismo"". Como tal, este colegio es
"también sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia"
que "no se puede ejercer...a no ser con el consentimiento del Romano
Pontífice" (LG 22; cf. CIC, can. 336).
884 La potestad del Colegio de los Obispos
sobre toda la Iglesia se ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico
"(CIC can 337, 1). "No existe concilio ecuménico si el sucesor de
Pedro no lo ha aprobado o al menos aceptado como tal "(LG 22).
885 "Este colegio, en cuanto compuesto de
muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido
bajo una única Cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios " (LG 22).
886 "Cada uno de los obispos, por su
parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias
particulares" (LG 23). Como tales ejercen "su gobierno pastoral sobre
la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada" (LG 23), asistidos
por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal,
cada uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3),
que ejercen primeramente "dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción
de la Iglesia universal", contribuyen eficazmente "al Bien de todo el
Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias" (LG 23). Esta
solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a los
perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra.
887 Las Iglesias particulares vecinas y de
cultura homogénea forman provincias eclesiásticas o conjuntos más vastos
llamados patriarcados o regiones (cf. Canon de los Apóstoles 34). Los obispos
de estos territorios pueden reunirse en sínodos o concilios provinciales.
"De igual manera, hoy día, las Conferencias Episcopales pueden prestar una
ayuda múltiple y fecunda para que el afecto colegial se traduzca concretamente
en la práctica"" (LG 23).
La misión de enseñar
888 Los obispos con los presbíteros, sus
colaboradores, "tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio
de Dios" (PO 4), según la orden del Señor (cf. Mc 16, 15). Son "los
predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también
los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo" (LG
25).
889 Para mantener a la Iglesia en la pureza de
la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a
su Iglesia una participación en su propia infalibilidad. Por medio del
"sentido sobrenatural de la fe", el Pueblo de Dios "se une
indefectiblemente a la fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia
(cf. LG 12; DV 10).
890 La misión del Magisterio está ligada al
carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo;
debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la
posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral
del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios
permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha
dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de
costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades:
891 "El Romano Pontífice, Cabeza del
Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio
cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe
a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe
y moral... La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo
episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro",
sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074). Cuando la
Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar
"como revelado por Dios para ser creído" (DV 10) y como enseñanza de
Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe"
(LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina
(cf. LG 25).
892 La asistencia divina es también concedida a
los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de
Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la
Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de
una "manera definitiva", proponen, en el ejercicio del magisterio
ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación
en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben
"adherirse...con espíritu de obediencia religiosa" (LG 25) que,
aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él.
La misión de santificar
893 El obispo "es el `administrador de la
gracia del sumo sacerdocio'" (LG 26), en particular en la Eucaristía que
él mismo ofrece, o cuya oblación asegura por medio de los presbíteros, sus
colaboradores. Porque la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia
particular. El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y
su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La
santifican con su ejemplo, "no tiranizando a los que os ha tocado cuidar,
sino siendo modelos de la grey" (1 P 5, 3). Así es como llegan "a la
vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado"(LG 26).
La misión de gobernar
894 "Los obispos, como vicarios y legados
de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo
con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su
autoridad y potestad sagrada "(LG 27), que deben, no obstante, ejercer
para edificar con espíritu de servicio que es el de su Maestro (cf. Lc 22,
26-27).
895 "Esta potestad, que desempeñan
personalmente en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su
ejercicio, sin embargo, está regulado en último término por la suprema
autoridad de la Iglesia "(LG 27). Pero no se debe considerar a los obispos
como vicarios del Papa, cuya autoridad ordinaria e inmediata sobre toda la
Iglesia no anula la de ellos, sino que, al contrario, la confirma y tutela.
Esta autoridad debe ejercerse en comunión con toda la Iglesia bajo la guía del
Papa.
896 El Buen Pastor será el modelo y la
"forma" de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias
debilidades, el obispo "puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No
debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos
hijos ... Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la
Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):
Seguid todos al obispo como Jesucristo
(sigue) a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los
diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del
obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)
II LOS FIELES LAICOS
897 "Por laicos se entiende aquí a todos
los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso
reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a
Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las
funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su
condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el
mundo" (LG 31).
La vocación de los laicos
898 "Los laicos tienen como vocación
propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y
ordenándolas según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar
y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente
unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y
sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es
particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios
para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las
realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento
normal de la vida de la Iglesia:
Los fieles laicos se encuentran en la
línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el
principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener
conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser
la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía
del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la
Iglesia (Pío XII, discurso 20 Febrero 1946; citado por Juan Pablo II, CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están
encargados por Dios del apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación
y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados
en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea
conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación
es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden
oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción
es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener
en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la
misión sacerdotal de Cristo
901 "Los laicos, consagrados a Cristo y
ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados
para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas
sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el
trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el
Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo
ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo,
que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la
Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera,
también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta
sana, consagran el mundo mismo a Dios" (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular,los padres participan
de la misión de santificación "impregnando de espíritu cristiano la vida
conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos" (CIC, can. 835,
4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades
requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de
lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1). "Donde lo aconseje la
necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque
no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir,
ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del
derecho" (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética
de Cristo
904 "Cristo,... realiza su función
profética ... no sólo a través de la jerarquía ... sino también por medio de los
laicos. El los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la
palabra" (LG 35).
Enseñar a alguien para traerlo a la fe
es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Sto. Tomás de A., STh
III, 71. 4 ad 3).
905 Los laicos cumplen también su misión
profética evangelizando, con "el anuncio de Cristo comunicado con el
testimonio de la vida y de la palabra". En los laicos, esta evangelización
"adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que
se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG 35):
Este apostolado no consiste sólo en el
testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a
Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes ... como a los fieles (AA 6;
cf. AG 15).
906 Los fieles laicos que sean capaces de ello
y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la
formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las
ciencias sagradas (cf. CIC,can. 229), en los medios de comunicación social (cf.
CIC, can 823, 1).
907 "Tienen el derecho, y a veces incluso
el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de
manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al
bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la
integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores,
habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (CIC,
can. 212, 3).
Su participación en la misión real de
Cristo
908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp
2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia,
"para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida
santa, al reino del pecado" (LG 36).
El que somete su propio cuerpo y domina
su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: Se puede
llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; Es libre e
independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable (San Ambrosio,
Psal. 118, 14, 30: PL 15, 1403A).
909 "Los laicos, además, juntando también
sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal
forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean
conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la
práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la
cultura y las realizaciones humanas" (LG 36).
910 "Los seglares también pueden sentirse
llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la
comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo
ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera
concederles" (EN 73).
911 En la Iglesia, "los fieles laicos
pueden cooperar a tenor del derecho en el ejercicio de la potestad de
gobierno" (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en los Concilios
particulares (can. 443, 4), los Sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los
Consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la tarea pastoral de
una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los Consejos de los asuntos
económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos
(can. 1421, 2), etc.
912 Los fieles han de "aprender a
distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros
de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana.
Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier
cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto,
ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede
sustraerse a la soberanía de Dios" (LG 36).
913 "Así, todo laico, por el simple hecho
de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la
misión de la Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'" (LG 33).
III LA VIDA CONSAGRADA
914 "El estado de vida que consiste en la
profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura de
la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida y a su
santidad" (LG 44).
Consejos evangélicos, vida consagrada
915 Los consejos evangélicos están propuestos
en su multiplicid ad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la
caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen
libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la
castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión
de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo
que caracteriza la "vida consagrada" a Dios (cf. LG 42-43; PC 1).
916 El estado de vida consagrada aparece por
consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración "más
íntima" que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios
(cf. PC 5). En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la
moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios
amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el
servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo
futuro (cf. CIC, can. 573).
Un gran árbol, múltiples ramas
917 "El resultado ha sido una especie de
árbol en el campo de Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir de una
semilla puesta por Dios. Han crecido, en efecto, diversas formas de vida,
solitaria o comunitaria, y diversas familias religiosas que se desarrollan para
el progreso de sus miembros y para el bien de todo el Cuerpo de Cristo"
(LG 43).
918 "Desde los comienzos de la Iglesia
hubo hombres y mujeres que intentaron, con la práctica de los consejos
evangélicos, seguir con mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor precisión.
Cada uno a su manera, vivió entregado a Dios. Muchos, por inspiración del
Espíritu Santo, vivieron en la soledad o fundaron familias religiosas, que la
Iglesia reconoció y aprobó gustosa con su autoridad" (PC 1).
919 Los obispos se esforzarán siempre en
discernir los nuevos dones de vida consagrada confiados por el Espíritu Santo a
su Iglesia; la aprobación de nuevas formas de vida consagrada está reservada a
la Sede Apostólica (cf. CIC, can. 605).
La vida eremítica
920 Sin profesar siempre públicamente los tres
consejos evangélicos, los ermitaños, "con un apartamiento más estricto del
mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su
vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo" (CIC, can. 603 1).
921 Los eremitas presentan a los demás ese
aspecto interior del misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo.
Oculta a los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa
de Aquél a quien ha entregado su vida, porque El es todo para él. En este caso
se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate
espiritual, la gloria del Crucificado.
Las vírgenes y las viudas consagradas
922 Desde los tiempos apostólicos, vírgenes
(Cf. 1 Co 7, 34-36) y viudas cristianas (Cf. Vita consecrata, 7) llamadas por
el Señor para consagrarse a El enteramente (cf. 1 Co 7, 34-36) con una libertad
mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la decisión, aprobada por
la Iglesia, de vivir en estado de virginidad o de castidad perpetua "a
causa del Reino de los cielos" (Mt 19, 12).
923 "Formulando el propósito santo de
seguir más de cerca a Cristo, [las vírgenes] son consagradas a Dios por el
Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios
místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la
Iglesia" (CIC, can. 604, 1). Por medio este rito solemne
("Consecratio virginum", "Consagración de vírgenes"),
"la virgen es constituida en persona consagrada" como "signo
transcendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de esta
Esposa del Cielo y de la vida futura" (Ordo Cons. Virg., Praenot. 1).
924 "Semejante a otras formas de vida
consagrada" (CIC, can. 604), el orden de las vírgenes sitúa a la mujer que
vive en el mundo (o a la monja) en el ejercicio de la oración, de la
penitencia, del servicio a los hermanos y del trabajo apostólico, según el
estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una (OCV., Praenot. 2). Las
vírgenes consagradas pueden asociarse para guardar su propósito con mayor
fidelidad (CIC, can. 604, 2).
La vida religiosa
925 Nacida en Oriente en los primeros siglos
del cristianismo (cf. UR 15) y vivida en los institutos canónicamente erigidos
por la Iglesia (cf. CIC, can. 573), la vida religiosa se distingue de las otras
formas de vida consagrada por el aspecto cultual, la profesión pública de los
consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común, y por el testimonio
dado de la unión de Cristo y de la Iglesia (cf. CIC, can. 607).
926 La vida religiosa nace del misterio de la
Iglesia. Es un don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece como un
estado de vida estable al fiel llamado por Dios a la profesión de los consejos.
Así la Iglesia puede a la vez manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa del
Salvador. La vida religiosa está invitada a significar, bajo estas diversas
formas, la caridad misma de Dios, en el lenguaje de nuestro tiempo.
927 Todos los religiosos, exentos o no (cf.
CIC, can. 591), se encuentran entre los colaboradores del obispo diocesano en
su misión pastoral (cf. CD 33-35). La implantación y la expansión misionera de
la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus formas
"desde el período de implantación de la Iglesia" (AG 18, 40).
"La historia da testimonio de los grandes méritos de las familias
religiosas en la propagación de la fe y en la formación de las nuevas iglesias:
desde las antiguas Instituciones monásticas, las Ordenes medievales y hasta las
Congregaciones modernas" (Juan Pablo II, RM 69).
Los institutos seculares
928 "Un instituto secular es un instituto
de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la
perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo
sobre todo desde dentro de él" (CIC can. 710).
929 Por medio de una "vida perfectamente y
enteramente consagrada a [esta] santificación" (Pío XII, const. ap.
"Provida Mater"), los miembros de estos institutos participan en la
tarea de evangelización de la Iglesia, "en el mundo y desde el
mundo", donde su presencia obra a la manera de un "fermento" (PC
11). Su "testimonio de vida cristiana" mira a "ordenar según
Dios las realidades temporales y a penetrar el mundo con la fuerza del
Evangelio". Mediante vínculos sagrados, asumen los consejos evangélicos y
observan entre sí la comunión y la fraternidad propias de su "modo de vida
secular" (CIC, can. 713, 2).
Las sociedades de vida apostólica
930 Junto a las diversas formas de vida
consagrada se encuentran "las sociedades de vida apostólica, cuyos
miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad
y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la
perfección de la caridad por la observancia de las constituciones. Entre éstas,
existen sociedades cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un
vínculo determinado por las constituciones" (CIC, can. 731, 1 y 2).
Consagración y misión: anunciar el Rey
que viene
931 Aquel que por el bautismo fue consagrado a
Dios, entregándose a él como al sumamente amado, se consagra, de esta manera,
aún más íntimamente al servicio divino y se entrega al bien de la Iglesia.
Mediante el estado de consagración a Dios, la Iglesia manifiesta a Cristo y
muestra cómo el Espíritu Santo obra en ella de modo admirable. Por tanto, los
que profesan los consejos evangélicos tienen como primera misión vivir su consagración.
Pero "ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la
Iglesia están obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera,
según el modo propio de su instituto" (CIC 783; cf. RM 69).
932 En la Iglesia que es como el sacramento, es
decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece
como un signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo
"desde más cerca", manifestar "más claramente" su
anonadamiento, es encontrarse "más profundamente" presente, en el
corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino
"más estrecho" estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este
testimonio admirable de "que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se
puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios" (LG 31).
933 Sea público este testimonio, como en el
estado religioso, o más discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es
siempre para todos los consagrados el origen y la meta de su vida:
El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene
aquí una ciudad permanente, sino que busca la futura. Por eso el estado
religioso...manifiesta también mucho mejor a todos los creyentes los bienes del
cielo, ya presentes en este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna
adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la
gloria del Reino de los cielos (LG 44).
RESUMEN
934 "Por institución divina, entre los
fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denomi nan
clérigos; los demás se llaman laicos". Hay, por otra parte, fieles que
perteneciendo a uno de ambos grupos, por la profesión de los consejos
evangélicos, se consagran a Dios y sirven así a la misión de la Iglesia (CIC,
can. 207, 1, 2).
935 Para anunciar su fe y para implantar su
Reino, Cristo envía a sus apóstoles y a sus sucesores. El les da parte en su
misión. De El reciben el poder de obrar en su nombre.
936 El Señor hizo de San Pedro el fundamento
visible de su Iglesia. Le dio las llaves de ella. El obispo de la Iglesia de
Roma, sucesor de San Pedro, es la "cabeza del Colegio de los Obispos,
Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra" (CIC,
can. 331).
937 El Papa "goza, por institución divina,
de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las
almas" (CD 2).
938 Los obispos, instituidos por el Espíritu
Santo, suceden a los apóstoles. "Cada uno de los obispos, por su parte, es
el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares"
(LG 23).
939 Los obispos, ayudados por los presbíteros,
sus colaboradores, y por los diáconos, los obispos tienen la misión de enseñar
auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y
de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A su misión pertenece también
el cuidado de todas las Iglesias, con y bajo el Papa.
940 "Siendo propio del estado de los
laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a
que movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a
manera de fermento" (AA 2).
941 Los laicos participan en el sacerdocio de
Cristo: cada vez más unidos a El, despliegan la gracia del Bautismo y la de la
Confirmación a través de todas las dimensiones de la vida personal, familiar,
social y eclesial y realizan así el llamamiento a la santidad dirigido a todos
los bautizados.
942 Gracias a su misión profética, los laicos,
"están llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en el
interior de la sociedad humana" (GS 43, 4).
943 Debido a su misión regia, los laicos tienen
el poder de arrancar al pecado su dominio sobre sí mismos y sobre el mundo por
medio de su abnegación y santidad de vida (cf. LG 36).
944 La vida consagrada a Dios se caracteriza por
la profesión pública de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y
obediencia en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia.
945 Entregado a Dios supremamente amado, aquél
a quien el Bautismo ya había destinado a El, se encuentra en el estado de vida
consagrada, más íntimamente comprometido en el servicio divino y dedicado al
bien de toda la Iglesia.
Párrafo
5 LA COMUNION DE LOS SANTOS
946 Después de haber confesado "la Santa
Iglesia católica", el Símbolo de los Apóstoles añade "la comunión de
los santos". Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del
anterior: "¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?"
(Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.
947 "Como todos los creyentes forman un
solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros ... Es, pues,
necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el
miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza ... Así, el bien de
Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los
sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás, symb.10). "Como esta Iglesia
está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha
recibido forman necesariamente un fondo común" (Catech. R. 1, 10, 24).
948 La expresión "comunión de los
santos" tiene entonces dos significados estrechamente relacionados:
"comunión en las cosas santas ['sancta']" y "comunión entre las
personas santas ['sancti']".
"Sancta sanctis" [lo que es
santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la
mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos
Dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles ["sancti"]
se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo ["sancta"] para
crecer en la comunión con el Espíritu Santo ["Koinônia"] y
comunicarla al mundo.
I LA COMUNION DE LOS BIENES ESPIRITUALES
949 En la comunidad primitiva de Jerusalén, los
discípulos "acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42):
La comunión en la fe. La fe de los
fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se
enriquece cuando se comparte.
950 La comunión de los sacramentos. "El
fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y
sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en
la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a
Jesucristo. La comunión de los santos es la comunión de los sacramentos ... El
nombre de comunión puede aplicarse a cada uno de ellos, porque cada uno de
ellos nos une a Dios ... Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de
cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su
culminación" (Catech. R. 1, 10, 24).
951 La comunión de los carismas : En la
comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo "reparte gracias especiales
entre los fieles" para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien,
"a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho
común" (1 Co 12, 7).
952 "Todo lo tenían en común" (Hch 4,
32): "Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un
bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para
socorrer al necesitado y la miseria del prójimo" (Catech. R. 1, 10, 27).
El cristiano es un administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1, 3).
953 La comunión de la caridad : En la
"comunión de los santos" "ninguno de nosotros vive para sí
mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo" (Rm 14, 7). "Si sufre
un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los
demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y
sus miembros cada uno por su parte" (1 Co 12, 26-27). "La caridad no
busca su interés" (1 Co 13, 5; cf. 10, 24). El menor de nuestros actos
hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre
todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos.
Todo pecado daña a esta comunión.
II LA COMUNION ENTRE LA IGLESIA DEL CIELO
Y LA DE LA TIERRA
954 Los tres estados de la Iglesia. "Hasta
que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la
muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra;
otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados,
contemplando `claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'" (LG 49):
Todos, sin embargo, aunque en grado y
modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en
mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los de Cristo, que
tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en él (LG
49).
955 "La unión de los miembros de la
Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna
manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza
con la comunicación de los bienes espirituales" (LG 49).
956 La intercesión de los santos. "Por el
hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan
más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por
nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud
fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de
mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo,
a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre
la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).
957 La comunión con los santos. "No
veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino,
sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea
reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre
los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión
con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la
gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el
Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores
del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y
maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus
condiscípulos (San Policarpo, mart. 17).
958 La comunión con los difuntos. "La
Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo
místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con
gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones
`pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres
de sus pecados' (2 M 12, 45)" (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no
solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.
959 ... en la única familia de Dios.
"Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al
unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad,
estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia" (LG 51).
RESUMEN
960 La Iglesia es "comunión de los
santos": esta expresión designa primeramente las "cosas santas"
["sancta"], y ante todo la Eucaristía, "que significa y al mismo
tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en
Cristo" (LG 3)
961 Este término designa también la comunión
entre las "personas santas" ["sancti"] en Cristo que ha
"muerto por todos", de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por
Cristo da fruto para todos.
114
"Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los
que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de
los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola
Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el
amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos
a nuestras oraciones" (SPF 30).
Párrafo
6 MARIA, MADRE DE CRISTO,
MADRE DE LA IGLESIA
963 Después de haber hablado del papel de la
Virgen María en el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora
su lugar en el Misterio de la Iglesia. "Se la reconoce y se la venera como
verdadera Madre de Dios y del Redentor... más aún, `es verdaderamente la madre
de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la
Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza'(S. Agustín, virg. 6)"
(LG 53). "...María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia" (Pablo VI
discurso 21 de noviembre 1964).
I LA MATERNIDAD DE MARIA RESPECTO DE LA
IGLESIA
Totalmente unida a su Hijo...
964 El papel de María con relación a la Iglesia
es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta
unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el
momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG 57). Se
manifiesta particularmente en la hora de su pasión:
La Bienaventurada Virgen avanzó en la
peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz.
Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se
unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su
consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo,
agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras:
'Mujer, ahí tienes a tu hijo' (Jn 19, 26-27)" (LG 58).
965 Después de la Ascensión de su Hijo, María
"estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones"
(LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus
oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su
sombra" (LG 59).
... también en su Asunción ...
966 "Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su
vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el
Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo,
Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. la
proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el
Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una
participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la
resurrección de los demás cristianos:
En tu parto has conservado la
virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te
has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con
tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina,
Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto]).
... ella es nuestra Madre en el orden
de la gracia
967 Por su total adhesión a la voluntad del
Padre, a la obra re dentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la
Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es
"miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia" (LG 53),
incluso constituye "la figura" ["typus"] de la Iglesia (LG
63).
968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a
toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente
singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para
restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra
madre en el orden de la gracia" (LG 61).
969 "Esta maternidad de María perdura sin
cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en
la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la
realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su
asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa
procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna...
Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de
Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (LG 62).
970 "La misión maternal de María para con
los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de
Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la
Santísima Virgen en la salvación de los hombres ... brota de la sobreabundancia
de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella
y de ella saca toda su eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura puede ser
puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así
como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los
ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se
difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única
mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una
colaboración diversa que participa de la única fuente" (LG 62).
II EL CULTO A LA SANTISIMA VIRGEN
971 "Todas las generaciones me llamarán
bienaventurada" (Lc 1, 48): "La piedad de la Iglesia hacia la
Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano" (MC 56).
La Santísima Virgen "es honrada con razón por la Iglesia con un culto
especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la
Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios', bajo cuya protección se
acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades... Este
culto... aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de
adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu
Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (LG 66); encuentra su expresión
en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la
oración mariana, como el Santo Rosario, "síntesis de todo el
Evangelio" (cf. Pablo VI, MC 42).
III MARIA, ICONO ESCATOLOGICO DE LA IGLESIA
972 Después de haber hablado de la Iglesia, de
su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que
volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su
Misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de
su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible
Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG 69), aquella a
quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre:
Entre tanto, la Madre de Jesús,
glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la
Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo,
hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha,
como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68)
RESUMEN
973 Al pronunciar el "fiat" de la
Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María col
abora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí
donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.
974 La Santísima Virgen María, cumplido el
curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo,
en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo,
anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.
975 "Creemos que la Santísima Madre de
Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su
oficio materno con respecto a los miembros de Cristo (SPF 15).
Artículo10
"CREO EN EL PERDON DE
LOS PECADOS"
976 El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe
en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe
en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su
apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar
los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn
20, 22-23).
(La IIª parte del Catecismo tratará
explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la
Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con
evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).
I UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS
PECADOS
977 Nuestro Señor vinculó el perdón de los
pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" (Mc 16,
15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los
pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para
nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una
vida nueva" (Rm 6, 4).
978 "En el momento en que hacemos nuestra
primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan
pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada
por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra
propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la
gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la
naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos
de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal" (Catech. R. 1, 11,
3).
979 En este combate contra la inclinación al
mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida
del pecado? "Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de
perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el
único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había
recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a
todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de
su vida" (Catech. R. 1, 11, 4).
980 Por medio del sacramento de la penitencia
el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
Los padres tuvieron razón en llamar a
la penitencia "un bautismo laborioso" (San Gregorio Nac., Or. 39.
17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la
salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes
aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).
II EL PODER DE LAS LLAVES
981 Cristo, después de su Resurrección envió a
sus apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para perdón de los
pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47). Este "ministerio de la
reconciliación" (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y sus
sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para
nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles
también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios
y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia ha recibido las llaves del
Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados
por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es
donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con
Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214, 11).
982 No hay ninguna falta por grave que sea que
la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable,
que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea
sincero" (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los
hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del
perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).
983 La catequesis se esforzará por avivar y
nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo
resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar
verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus
sucesores:
El Señor quiere que sus discípulos
tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo
lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).
Los sacerdotes han recibido un poder
que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles... Dios sanciona allá
arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo, sac.
3, 5).
Si en la Iglesia no hubiera remisión de
los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida
eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la
Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).
RESUMEN
984 El Credo relaciona "el perdón de los
pecados" con la profesión de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo
resucitado confió a los apóstoles el poder de perdonar los pecados cuando les
dio el Espíritu Santo.
985 El Bautismo es el primero y principal
sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado
y nos da el Espíritu Santo.
986 Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el
poder de perdonar los pecados de los bautizados y ella lo ejerce de forma habitual
en el sacramento de la penitencia por medio de los obispos y de los
presbíteros.
987 "En la remisión de los pecados, los
sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos de los que quiere servirse
nuestro Señor Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación, para
borrar nuestras iniquidades y darnos la gracia de la justificación"
(Catech. R. 1, 11, 6).
Artículo
11 "CREO EN LA
RESURRECCION DE LA CARNE"
988 El Credo cristiano -profesión de nuestra fe
en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y
santificadora- culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al
fin de los tiempos, y en la vida eterna.
989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que
del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y
que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para
siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn
6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima
Trinidad:
Si el Espíritu de Aquél que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de
entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su
Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4,
14; Flp 3, 10-11).
990 El término "carne" designa al
hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is
40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la
muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros
"cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.
991 Creer en la resurrección de los muertos ha
sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La
resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos
por creer en ella" (Tertuliano, res. 1.1):
¿Cómo andan diciendo algunos entre
vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos,
tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación,
vana también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como
primicias de los que durmieron (1 Co 15, 12-14. 20).
I LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la
Resurrección
992 La resurrección de los muertos fue revelada
progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal
de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios
creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la
tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su
descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la
resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:
El Rey del mundo a nosotros que morimos
por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir
a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de
nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).
993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos
del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña
firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no conocéis
ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error" (Mc
12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que "no es un
Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 27).
994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la
resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la
vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a
quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y
bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una
prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42;
Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante,
será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del "signo
de Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su
Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).
995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo
de su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber comido y bebido
con El después de su Resurrección de entre los muertos" (Hch 10, 41). La
esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los
encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por
El.
996 Desde el principio, la fe cristiana en la
resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co
15, 12-13). "En ningún punto la fe cristiana encue ntra más contradicción
que en la resurrección de la carne" (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se
acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana
continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan
manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Cómo resucitan los muertos
997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación
del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que
su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo
glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la
vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la
Resurrección de Jesús.
998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que
han muerto:"los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los
que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).
999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio
cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24, 39); pero
El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El "todos resucitarán
con su propio cuerpo, que tienen ahora" (Cc de Letrán IV: DS 801), pero
este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3, 21), en
"cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44):
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los
muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no
revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino
un simple grano..., se siembra corrupción, resucita incorrupción; ... los
muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser
corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista
de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).
1000 Este "cómo" sobrepasa nuestra
imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero
nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la
transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra,
después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino
Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así
nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que
tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).
1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último
día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48).
En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la
Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la
voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que
murieron en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo
1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en
"el último día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos
resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana
en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la
Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con
él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de
entre los muertos... Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las
cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3,
1).
1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los
creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado
(cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece "escondida con Cristo en
Dios" (Col 3, 3) "Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los
cielos con Cristo Jesús" (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su
Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el
último día también nos "manifestaremos con El llenos de gloria" (Col
3, 4).
1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del
creyente participan ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se
basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno,
particularmente cuando sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor
para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a
nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de
Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro
cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).
II MORIR EN CRISTO JESUS
1005 Para resucitar con Cristo, es necesario morir
con Cristo, es necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del
Señor" (2 Co 5,8). En esta "partida" (Flp 1,23) que es la
muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección
de los muertos (cf. SPF 28).
La muerte
1006 "Frente a la muerte, el enigma de la
condición humana alcanza su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte
corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario del
pecado" (Rm 6, 23;cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de
Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar
también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).
1007 La muerte es el final de la vida terrena.
Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos,
envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la
muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da
urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también par
hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a
término nuestra vida:
Acuérdate de tu Creador en tus días
mozos, ... mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu
vuelva a Dios que es quien lo dio (Qo 12, 1. 7).
1008 La muerte es consecuencia del pecado.
Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17;
3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la
Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre
(cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo
destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de
Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2,
23-24). "La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no
hubiera pecado" (GS 18), es así "el último enemigo" del hombre
que debe ser vencido (cf. 1 Co 15, 26).
1009 La muerte fue transformada por Cristo. Jesús,
el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición h umana.
Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la
asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre.La
obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm
5, 19-21).
El sentido de la muerte cristiana
1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene
un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una
ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto
con él, también viviremos con él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la
muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya
sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si
morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con
Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:
Para mí es mejor morir en (eis) Cristo
Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha
muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto
se aproxima ...Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un
hombre (San Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2).
1011 En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí.
Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al
de San Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede
transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre,
a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):
Mi deseo terreno ha desaparecido; ... hay
en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí "Ven al
Padre" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 7, 2).
Yo quiero ver a Dios y para verlo es
necesario morir (Santa Teresa de Jesús, vida 1).
Yo no muero, entro en la vida (Santa
Teresa del Niño Jesús, verba).
1012 La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4,
13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:
La vida de los que en ti creemos,
Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.(MR, Prefacio de difuntos).
1013 La muerte es el fin de la peregrinación
terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece
para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último
destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida
terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está
establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay
"reencarnación" después de la muerte.
1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la
hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos
Señor": antiguas Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que
interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Ave María), y
a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como
si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la
muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás
aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación de Cristo 1, 23, 1).
Y por la hermana muerte,
¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su
persecución;
¡ay si en pecado grave
sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la
voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís,
cant.)
RESUMEN
1015 "Caro salutis est cardo" ("La
carne es soporte de la salvación") (Tertuliano, res., 8, 2). Creemos en
Dios que es el creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para
rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la
creación y de la redención de la carne.
1016 Por la muerte, el alma se separa del cuerpo,
pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo
transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive
para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día.
1017 "Creemos en la verdadera resurrección de
esta carne que poseemos ahora" (DS 854). No obstante, se siembra en el
sepulcro un cuerpo corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (cf. 1 Co 15,
42), un "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44).
1018 Como consecuencia del pecado original, el
hombre debe sufrir "la muerte corporal, de la que el hombre se habría
liberado, si no hubiera pecado" (GS 18).
1019 Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la
muerte por nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su
Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la
posibilidad de la salvación.
Artículo
12 "CREO EN LA VIDA
ETERNA"
1020 El cristiano que une su propia muerte a la de
Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando
la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de
Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante
y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces
con una dulce seguridad:
Alma cristiana, al salir de este mundo,
marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de
Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu
Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté
junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios,
con San José y todos los ángeles y santos. ... Te entrego a Dios, y, como
criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del
polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María
y todos los ángeles y santos. ... Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor...
(OEx. "Commendatio animae").
I EL JUICIO PARTICULAR
1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como
tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en
Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente
en la perspectiv a del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero
también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata
después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La
parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al
buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2
Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf.
Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.
1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su
alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida
a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Cc de Lyon: DS 857-858; Cc de
Florencia: DS 1304-1306; Cc de Trento: DS 1820), bien para entrar
inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Benedicto XII: DS
1000-1001; Juan XXII: DS 990), bien para condenarse inmediatamente para siempre
(cf. Benedicto XII: DS 1002).
A la tarde te examinarán en el amor
(San Juan de la Cruz, dichos 64).
II EL CIELO
1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de
Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para
siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara
a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):
Definimos con la autoridad apostólica:
que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos ... y
de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en
los que no había nada que purificar cuando murieron;... o en caso de que
tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de
la muerte ... aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final,
después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor,
estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso
celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la
muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con
una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura
(Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).
1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad,
esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y
todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin
último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado
supremo y definitivo de dicha.
1025 Vivir en el cielo es "estar con
Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en
El", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera
identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde
está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc. 10,121).
1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo
nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en
la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien
asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han
permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de
todos los que están perfectamente incorporados a El.
1027 Estes misterio de comunión bienaventurada con
Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda
representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz,
banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso:
"Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo
que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).
1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede
ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la
contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta
contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la
visión beatífica":
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!:
Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la
salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios, ...gozar
en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios,
las alegrías de la inmortalidad alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).
1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados
continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás
hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El "ellos
reinarán por los siglos de los siglos' (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
III LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO
1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad
de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna
salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la
santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta
purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de
los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al
Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento
(cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos
textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego
purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es
necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo
que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una
blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo,
ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas
pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San
Gregorio Magno, dial. 4, 39).
1032 Esta enseñanza se apoya también en la
práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura:
"Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor
de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46).
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y
ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf.
DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de
Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras
de penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su
conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su
Padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por
los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los
que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan Crisóstomo,
hom. in 1 Cor 41, 5).
IV EL INFIERNO
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no
podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos
gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos:
"Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es
un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en
él" (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El
si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños
que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar
arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer
separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado
de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados
es lo que se designa con la palabra "infierno".