(571-730)
Artículo
4 "JESUCRISTO PADECIO
BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTOY SEPULTADO"
571 El Misterio pascual de la Cruz y de la
Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstole s,
y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio
salvador de Dios se ha cumplido de "una vez por todas" (Hb 9, 26) por
la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.
572 La Iglesia permanece fiel a "la
interpretación de todas las Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes
como después de su Pascua: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y
entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26-27, 44-45). Los padecimientos de
Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido
"reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas" (Mc
8, 31), que lo "entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y
crucificarle" (Mt 20, 19).
573 Por lo tanto, la fe puede escrutar las
circunstancias de la muerte de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por
los Evangelios (cf. DV 19) e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de
comprender mejor el sentido de la Redención.
Párrafo
1 JESUS E ISRAEL
574
Desde los comienzos del ministerio
público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y
escribas, se pusieron de acuerdo para perderle (cf. Mc 3, 6). Por algunas de
sus obras (expulsión de demonios, cf. Mt 12, 24; perdón de los pecados, cf. Mc
2, 7; curaciones en sábado, cf. 3, 1-6; interpretación original de los
preceptos de pureza de la Ley, cf. Mc 7, 14-23; familiaridad con los publicanos
y los pecadores públicos, (cf. Mc 2, 14-17), Jesús apareció a algunos
malintencionados sospechoso de posesión diabólica (cf. Mc 3, 22; Jn 8, 48; 10,
20). Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso
profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con
pena de muerte a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31).
575
Muchas de las obras y de las palabras
de Jesús han sido, pues, un "signo de contradicción" (Lc 2, 34) para
las autoridades religiosas de Jerusalén, aquellas a las que el Evangelio de S.
Juan denomina con frecuencia "los Judíos" (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5,
10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del
pueblo de Dios (cf. Jn 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos
no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del
peligro que corría (cf. Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos como al
escriba de Mc 12, 34 y come varias veces en casa de fariseos (cf. Lc 7, 36; 14,
1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de
Dios: la resurrección de los muertos (cf. Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas
de piedad (limosna, ayuno y oración, cf. Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse
a Dios como Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo
(cf. Mc 12, 28-34).
576 A los ojos de muchos en Israel, Jesús
parece actuar contra las instituciones esenciales del Pueblo elegido:
-
Contra el sometimiento a la Ley en la integridad de sus preceptos escritos, y,
para los fariseos, su interpretación por la tradición oral.
-
Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar santo donde Dios
habita de una manera privilegiada.
-
Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede compartir.
I
JESUS Y LA LEY
577 Al comienzo del Sermón de la montaña, Jesús
hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con
ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza:
"No penséis que he venido a abolir
la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo
aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la Ley
sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos
mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino
de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ese será grande en el
Reino de los cielos" (Mt 5, 17-19).
578 Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el
más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en
su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras.
Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos,
según su propia confesión, jamás han podido cumplir jamás la Ley en su
totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41;
15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel
piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley
constituye un todo y, como recuerda Santiago, "quien observa toda la Ley,
pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos" (St 2, 10; cf. Ga 3,
10; 5, 3).
579 Este principio de integridad en la
observancia de la Ley, no sólo en su letra sino también en su espíritu, era
apreciado por los fariseos. Al subrayarlo para Israel, muchos judíos del tiempo
de Jesús fueron conducidos a un celo religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual,
si no quería convertirse en una casuística "hipócrita" (cf. Mt 15,
3-7; Lc 11, 39-54) no podía más que preparar al pueblo a esta intervención
inaudita de Dios que será la ejecución perfecta de la Ley por el único Justo en
lugar de todos los pecadores (cf. Is 53, 11; Hb 9, 15).
580 El cumplimiento perfecto de la Ley no podía
ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona
del Hijo (cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de
piedra sino "en el fondo del corazón" (Jr 31, 33) del Siervo, quien,
por "aportar fielmente el derecho" (Is 42, 3), se ha convertido en
"la Alianza del pueblo" (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar
sobre sí mismo "la maldición de la Ley" (Ga 3, 13) en la que habían
incurrido los que no "practican todos los preceptos de la Ley" (Ga 3,
10) porque, ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la
Primera Alianza" (Hb 9, 15).
581 Jesús fue considerado por los Judíos y sus
jefes espirituales como un "rabbi" (cf. Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22,
23-24, 34-36). Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación
rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc 2, 23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23).
Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la
Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos,
sino que "enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas"
(Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a
Moisés la Ley escrita, es la que en él se hace oír de nuevo en el Monte de las
Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa palabra no revoca la Ley sino que la
perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: "Habéis
oído también que se dijo a los antepasados ... pero yo os digo" (Mt 5,
33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas "tradiciones
humanas" (Mc 7, 8) de los fariseos que "anulan la Palabra de
Dios" (Mc 7, 13).
582 Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley
sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía,
manifestando su sentido "pedagógico" (cf. Ga 3, 24) por medio de una
interpretación divina: "Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede
hacerle impuro ... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale
del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón
de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar
con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado
a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar
garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25.
37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado:
Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7,
22-24), que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf.
Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que realizan sus
curaciones.
II JESUS Y EL TEMPLO
583
Como los profetas anteriores a él,
Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en
él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la
edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que
se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta,
subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su
ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con
motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14;
8, 2; 10, 22-23).
584 Jesús subió al Templo como al lugar
privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para él la casa de su
Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya
convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es
por celo hacia las cosas de su Padre: "no hagáis de la Casa de mi Padre
una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: 'El
celo por tu Casa me devorará' (Sal 69, 10)" (Jn 2, 16-17). Después de su
Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo
(cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21; etc.).
585
Jesús anunció, no obstante, en el
umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará
piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los
últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13,
35). Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su
interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada
como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40).
586
Lejos de haber sido hostil al Templo
(cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su
enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose
con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su
futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo
presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2,
21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la
destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia
de la salvación:"Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén
adoraréis al Padre"(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21,
22).
III JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO
Y SALVADOR
587 Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión
de "contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades
religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los
pecados -obra divina por excelencia- acepta ser verdadera piedra de escándalo
para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
588
Jesús escandalizó a los fariseos
comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente
como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los
"que se tenían por justos y despreciaban a los demás" (Lc 18, 9; cf.
Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: "No he venido a llamar a conversión a
justos, sino a pecadores" (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar
frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8,
33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con
respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).
589
Jesús escandalizó sobre todo porque
identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de
Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar
entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los
admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al
perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un
dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede
perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados,
o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios
(cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela
el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
590
Sólo la identidad divina de la persona
de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no
está conmigo está contra mí" (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es
"más que Jonás ... más que Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el
Templo" (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al
Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes que naciese
Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El Padre y yo somos una sola
cosa" (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de
Jerusalén creer en él en virtud de las obras de su Padre que el realizaba (Jn
10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí
mismo para un nuevo "nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la
gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un
cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender
el trágico desprecio del sanhedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como
blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por
"ignorancia" (cf. Lc 23, 34;Hch 3, 17-18) como por el
"endurecimiento" (Mc 3, 5;Rm 11, 25) de la "incredulidad"
(Rm 11, 20).
RESUMEN
592 Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que
la perfeccionó (cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf. Jn 8, 46) que reveló su hondo
sentido (cf. Mt 5, 33) y satisfizo por las transgresiones contra ella (cf. Hb
9, 15).
593 Jesús veneró el Templo subiendo a él en
peregrinación en las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios
entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la destrucción
del templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad de la
historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo definitivo.
594 Jesús realizó obras como el perdón de los
pecados que lo revelaron como Dios Salvador (cf. Jn 5, 16-18). Algunos judíos
que no le reconocían como Dios hecho hombre (cf. Jn 1, 14) veían en él a
"un hombre que se hace Dios" (Jn 10, 33), y lo juzgaron como un
blasfemo.
Párrafo
2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I EL PROCESO DE JESUS
Divisiones de las autoridades judías
respecto a Jesús
595 Entre las autoridades religiosas de
Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo (cf. Jn 7, 50) o el notable José de
Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús (cf. Jn 19, 38-39), sino que
durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El (cf. Jn 9, 16-17; 10,
19-21) hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo
decir de ellos que "un buen número creyó en él", aunque de una manera
muy imperfecta (Jn 12, 42). Eso no tiene nada de extraño si se considera que al
día siguiente de Pentecostés "multitud de sacerdotes iban aceptando la
fe" (Hch 6, 7) y que "algunos de la secta de los Fariseos ... habían
abrazado la fe" (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a
S. Pablo que "miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son
celosos partidarios de la Ley" (Hch 21, 20).
596 Las autoridades religiosas de Jerusalén no
fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10,
19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9,
22). A los que temían que "todos creerían en él; y vendrían los romanos y
destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo
sacerdote Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo
por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). El Sanedrín
declaró a Jesús "reo de muerte" (Mt 26, 66) como blasfemo, pero,
habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31),
entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo
que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de "sedición" (Lc 23,
19). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen
sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).
Los Judíos no son responsables
colectivamente de la muerte de Jesús
597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica
manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual
sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín,
Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del
proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una
muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas
contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch
2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El
mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo
apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e
incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su
sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que significa
una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar esta
responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha
declarado en el Concilio Vaticano II: "Lo que se perpetró en su pasión no
puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a
los judíos de hoy...no se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y
malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores
de la Pasión de Cristo
598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en
el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos
fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el
divino Redentor" (Catech. R. I, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta
que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la
Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el
suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia,
han abrumado únicamente a los judíos:
Debemos considerar como culpables de
esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son
nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio
de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal
"crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública
infamia (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es
mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio del Apóstol, "de
haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria"
(1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando
renegamos de El con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras
manos criminales (Catech. R. 1, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han
crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues
crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados (S. Francisco
de Asís, admon. 5, 3).
II LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO
EN EL DESIGNIO DIVINO DE SALVACION
"Jesús entregado según el preciso
designio de Dios"
599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto
del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al
misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de
Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según el
determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este
lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús"
(Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano
por Dios.
600 Para Dios todos los momentos del tiempo
están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de
"predestinación" incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a
su gracia: "Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu
santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones
gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han
cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado"
(Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26,
54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3,
17-18).
"Muerto por nuestros pecados según
las Escrituras"
601
Este designio divino de salvación a
través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14)
había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención
universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del
pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe
que dice haber "recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por
nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7,
52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la
profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó
el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20,
28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los
discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc
24, 44-45).
"Dios le hizo pecado por
nosotros"
602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular así
la fe apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido
rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo
caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y
sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado
en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de
los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte
(cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de
esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a
causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo
pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2
Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la reprobación como si él
mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía
siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a
Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la
cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34;
Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios
no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros"
(Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor
redentor universal
604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados,
Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor
benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste
el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos
envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf.
4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros
todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).
605
Jesús ha recordado al final de la
parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma
manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos
pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por
muchos" (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el
conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para
salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5,
15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin
excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido
Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).
III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS
PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al
Padre
606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no
para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38),
"al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh
Dios, tu voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a
la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10,
5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio
divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El
sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es
la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque
doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y
que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el designio de amor
redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16,
21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación:
"¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para
esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a
beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté
cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado
del mundo"
608
Juan Bautista, después de haber
aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15),
vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el
Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr
11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero
pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex
12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión:
"Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor
redentor del Padre
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el
amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13,
1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su
humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere
la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto,
aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que
el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy
voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de
Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda
libre de su vida
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda
libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en
"la noche en que fue entregado"(1 Co 11, 23). En la víspera de su
Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles
el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación
de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por
vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser
derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó en este momento
será el "memorial" (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a
los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así
Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos
me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la
verdad" (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
612
El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús
anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a
continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42)
haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8).
Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz .."
(Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza
humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna;
además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb
4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está
asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3, 15),
de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su
voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su
muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el
madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio
único y definitivo
613 La muerte de Cristo es a la vez el
sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf.
1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del "cordero que quita el pecado del
mundo" (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf.
1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8)
reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos para remisión
de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud
y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del
mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él
(cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que,
libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su
Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra
desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia
por su obediencia
615 "Como por la desobediencia de un solo
hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de
uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia
hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que
"se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de
muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is
53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros
pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El "amor hasta el extremo"(Jn 13,
1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de
satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la
ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia
al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5,
14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar
sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos.
La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo
sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de
toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
617 "Sua sanctissima passione in ligno
crucis nobis justif icationem meruit" ("Por su sacratísima pasión en
el madero de la cruz nos mereció la justificación")enseña el Concilio de
Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como
"causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz
cantando: "O crux, ave, spes unica" ("Salve, oh cruz, única
esperanza", himno "Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio
de Cristo
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo
"único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque
en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo
hombre" (GS 22, 2), él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22,
5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16,
24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus
huellas" (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor
a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21,
18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más
íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra
escala por donde subir al cielo
(Sta. Rosa
de Lima, vida)
RESUMEN
619 "Cristo murió por nuestros pecados
según las Escrituras"(1 Co 15, 3).
620 Nuestra salvación procede de la iniciativa
del amor de Dios hacia nosotros porque "El nos amó y nos envió a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). "En Cristo
estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co 5, 19).
621 Jesús se ofreció libremente por nuestra
salvación. Este don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última
cena: "Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22,
19).
622 La redención de Cristo consiste en que él
"ha venido a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28), es
decir "a amar a los suyos hasta el extremo" (Jn 13, 1) para que ellos
fuesen "rescatados de la conducta necia heredada de sus padres" (1 P
1, 18).
623 Por su obediencia amorosa a su Padre,
"hasta la muerte de cruz" (Flp 2, 8) Jesús cumplió la misión
expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que "justifica a muchos
cargando con las culpas de ellos". (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).
Párrafo
3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
624 "Por la gracia de Dios, gustó la
muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios
dispuso que su Hijo no solamente "muriese por nuestros pecados" (1 Co
15, 3) sino también que "gustase la muerte", es decir, que conociera
el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante
el tiempo comprendido entre el momento en que él expiró en la Cruz y el momento
en que resucitó . Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y
del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo
depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de
Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los
hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
625 La permanencia de Cristo en el sepulcro
constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y
su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que
vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los
siglos de los siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte
separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la natur aleza pero los
reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser El
mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en
él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando él
mismo el principio de reunión de las partes separadas (S. Gregorio Niceno, or.
catech. 16).
626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue
llevado a la muerte" (Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que
ha resucitado" (Lc 24, 5-6), era necesario que la persona divina del Hijo
de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la
muerte:
Por el hecho de que en la muerte de
Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró
dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por
la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte,
aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y
única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la
corrupción"
627 La muerte de Cristo fue una verdadera
muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de
la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo
mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo
dominase" (Hch 2, 24) y por eso de Cristo se puede decir a la vez:
"Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is 53, 8); y: "mi
carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás
que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; cf.Sal 16, 9-10). La
Resurrección de Jesús "al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24, 46; cf. Mt
12, 40; Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque se suponía que
la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (cf. Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo ... "
628 El Bautismo, cuyo signo original y pleno es
la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro
muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él
sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).
RESUMEN
629 Jesús gustó la muerte para bien de todos
(cf. Hb 2, 9). Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue
sepultado.
630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en
el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo,
separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto
de Cristo "no conoció la corrupción" (Hch 13,37).
Artículo
5 "JESUCRISTO
DESCENDIO A LOS INFIERNOS, AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"
631 "Jesús bajó a las regiones inferiores
de la tierra. Este que bajó es el mismo que subió" (Ef 4, 9-10). El
Símbolo de los Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de
Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque
es en su Pascua donde, desde el fondo de la muerte, él hace brotar la vida:
Christus, filius tuus,
qui,
regressus ab inferis,
humano
generi serenus illuxit,
et
vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.
(Es Cristo, tu Hijo
resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje
humano,
y vive y reina glorioso por
los siglos de los siglos.Amén).
(MR,
Vigilia pascual 18: Exultet)
Párrafo
1 CRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS
632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo
Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos"
(Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección,
permaneció en la morada de los muertos (cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido
que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús
conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de
los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los
espíritus que estaban allí detenidos (cf. 1 P 3,18-19).
633 La Escritura llama infiernos, sheol, o
hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos
donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban
privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a
la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal
89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea
idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el
"seno de Abraham" (cf. Lc 16, 22-26). "Son precisamente estas
almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que
Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3).
Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma
del año 745; DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. DS
1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de
Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada
la Buena Nueva ..." (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno
cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la
misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente
amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los
hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se
salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de
la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan
la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús,
"el Príncipe de la vida" (Hch 3, 15) aniquiló "mediante la
muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por
temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud "(Hb 2,
14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y
del Hades" (Ap 1, 18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en
el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la
tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey
duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la
carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos ... Va a buscar
a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los
que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar
de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al mismo
tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho tu
Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas
aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los muertos, yo soy la vida
de los muertos (Antigua homilía para el Sábado Santo).
RESUMEN
636 En la expresión "Jesús descendió a los
infiernos", el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su
muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al Diablo "Señor de la
muerte" (Hb 2, 14).
637 Cristo muerto, en su alma unida a su
persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del
cielo a los justos que le habían precedido.
Párrafo
2 AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE
LOS MUERTOS
638 "Os anunciamos la Buena Nueva de que
la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al
resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad
culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad
cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición,
establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte
esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los
muertos.
Con su muerte venció a la
muerte.
A los muertos ha dado la
vida.
(Liturgia bizantina,
Tropario de Pascua)
I EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y
TRANSCENDENTE
639 El misterio de la resurrección de Cristo es
un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como
lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir
a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez
recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a
Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la
tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las
puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío
640 "¿Por qué buscar entre los muertos al
que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los
acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro
vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro
podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el
sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento
por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la
Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3.
22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús
amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al
descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó"
(Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20,
5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que
Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso
de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
Las apariciones del Resucitado
641 María Magdalena y las santas mujeres, que
venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a
prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31.
42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20,
11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de
Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en
seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro,
llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al
Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la
comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido
a Simón!" (Lc 24, 34).
642 Todo lo que sucedió en estas jornadas
pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro en particular - en
la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como
testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su
Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio
de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo
entre ellos todavía. Estos "testigos de la Resurrección de Cristo"
(cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo
habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en
una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es imposible
interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo
como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue
sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro,
anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la
pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no
creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de
mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios
nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24,
17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que
regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos"
(Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la
tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza
por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la cosa que,
incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan
todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban
de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás
conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última
aparición en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo
dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección
habría sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de los
apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección
nació - bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la
realidad de Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de
Cristo
645 Jesús resucitado establece con sus
discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y
el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así
a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que
comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el
mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas
de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee
sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no
está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su
voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn
20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la
tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17).
Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como
quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o "bajo otra
figura" (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos,
y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).
646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno
a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado
antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran
acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían
a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto
momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente
diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más
allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena
del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su
gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre
celestial" (cf. 1 Co 15, 35-50).
La resurrección como acontecimiento
transcendente
647 "¡Qué noche tan dichosa, canta el
'Exultet' de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de
entre los muertos!". En efecto, nadie fue testigo ocular del
acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie
puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso
a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico
demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros
de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece
menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a
la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14,
22) sino a sus discípulos, "a los que habían subido con él desde Galilea a
Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo" (Hch 13, 31).
II LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe
en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en
la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y
manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que
"ha resucitado" (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha
introducido de manera perfecta su humanidad - con su cuerpo - en la Trinidad.
Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu
de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). San
Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4;
Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado
la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.
649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia
Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre
deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf.
Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: "doy
mi vida, para recobrarla de nuevo ... Tengo poder para darla y poder para
recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús murió y
resucitó" (1 Te 4, 14).
650 Los Padres contemplan la Resurrección a
partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su
cuerpo separados entre sí por la muerte: "Por la unidad de la naturaleza
divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas
se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto
humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San
Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).
III SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA
RESURRECCION
651 "Si no resucitó Cristo, vana es
nuestra predicación, vana también vuestra fe"(1 Co 15, 14). La
Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y
enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano,
encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba
definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.
652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento
de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo
Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La
expresión "según las Escrituras" (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo
nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas
predicciones.
653 La verdad de la divinidad de Jesús es
confirmada por su Resurrección. El había dicho: "Cuando hayáis levantado
al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn 8, 28). La
Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era "Yo
Soy", el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos:
"La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros ... al
resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: 'Hijo mío eres tú; yo
te he engendrado hoy" (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de
Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios:
es su plenitud según el designio eterno de Dios.
654 Hay un doble aspecto en el misterio
Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el
acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos
devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que
Cristo fue resucitado de entre los muertos ... así también nosotros vivamos una
nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado
y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la
adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como
Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad
a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino
por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación
real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su
Resurrección.
655 Por último, la Resurrección de Cristo - y
el propio Cristo resucitado - es principio y fuente de nuestra resurrección
futura: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que
durmieron ... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos
revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se
realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los
cristianos "saborean los prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su
vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para
que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por
ellos" (2 Co 5, 15).
RESUMEN
656 La fe en la Resurrección tiene por objeto
un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se
encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente transcendente en
cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.
657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo
significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de
Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción . Preparan a los
discípulos para su encuentro con el Resucitado.
658 Cristo, "el primogénito de entre los
muertos" (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya
desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por
la vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).
Artículo
6 "JESUCRISTO SUBIO A
LOS CIELOS,
Y ESTA SENTADO A LA
DERECHA
DE DIOS, PADRE
TODOPODEROSO"
659 "Con esto, el Señor Jesús, después de
hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16,
19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección
como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde
entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero
durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus
discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su
gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc
16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina
con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por
la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf.
Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19;
Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional
y única, se muestra a Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8) en una
última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la gloria del
Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a
María Magdalena: "Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y
diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20,
17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo
resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a
la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a
otra.
661 Esta última etapa permanece estrechamente
unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la
Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al
Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que
bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a
sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del
Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha
podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza
nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente
esperanza de seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).
662 "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y
anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el
único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no "penetró en un Santuario
hecho por mano de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora
ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo,
Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar
perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para
interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo Sacerdote de los bienes
futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que
honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).
663 Cristo, desde entonces, está sentado a la
derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor
de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los
siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después
de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno,
f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa
la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel
respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y
todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio
eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14).
A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del
"Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
RESUMEN
665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada
definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha
de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los
hombres (cf. Col 3, 3).
666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos
precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su
cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.
667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por
todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el
mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.
Artículo
7 "DESDE ALLI HA DE VENIR A
JUZGAR A
VIVOS Y MUERTOS"
I VOLVERA EN GLORIA
Cristo reina ya mediante la Iglesia ...
668 "Cristo murió y volvió a la vida para
eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo
al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la
autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y
en la tierra. El está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud,
Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las
cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15,
24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda
la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento
transcendente.
669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de
la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado,
habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La
Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu
Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o el reino
de Cristo presente ya en misterio", "constituye el germen y el
comienzo de este Reino en la tierra" (LG 3;5).
670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha
entrado en su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2,
18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la
renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna
manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en
la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía
imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los
signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia
(cf. Mc 16, 20).
... esperando que todo le sea sometido
671 El Reino de Cristo, presente ya en su
Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y
gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la
tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2
Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la
Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y
"mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia,
la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a
este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las
criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la
manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos
piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el
retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor
Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).
672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún
no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por
Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a
todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El
tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf
Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la
"tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta
también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días
(1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25,
1-13; Mc 13, 33-37).
El glorioso advenimiento de Cristo,
esperanza de Israel
673 Desde la Ascensión, el advenimiento de
Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos
"toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su
autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se
puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal
acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén
"retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).
674 La Venida del Mesías glorioso, en un
momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por
"todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está
endurecida" (Rm 11, 25) en "la incredulidad" respecto a Jesús
(Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés:
"Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados,
a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que
os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo
de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas"
(Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación ha sido la
reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre
los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los
judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la
plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios
"llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios
será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).
La última prueba de la Iglesia
675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia
deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes
(cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre
la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de
iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a
los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la
apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es
decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo
colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2,
4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
676 Esta impostura del Anticristo aparece
esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza
mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo
histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la
Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de
milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo
secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, "Divini
Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta
"falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del
Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte
y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto,
mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un
proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último
desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a
su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará
la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica
de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).
II PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS
678 Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10;
Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su
predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta
de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3;
Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad
culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24;
12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo
de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último
día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me
lo hicisteis" (Mt 25, 40).
679 Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno
derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres
pertenece a Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho
por su Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo" (Jn
5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el
Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida
que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por
lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido
según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al
rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).
RESUMEN
680 Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia,
pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo
del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del
mal.
681 El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo
vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el
mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la
historia.
682 Cristo glorioso, al venir al final de los
tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los
corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su
rechazo de la gracia.
CAPITULO
TERCERO: CREO EN EL ESPIRITU SANTO
683 "Nadie puede decir: "¡Jesús es
Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios
ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá,
Padre!" (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el
Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente
haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta
en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida,
que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica
íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo
nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los
que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al
Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la
incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de
Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento
del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu
Santo (San Ireneo, dem. 7).
684 El Espíritu Santo con su gracia es el
"primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva
que es: "que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado,
Jesucristo" (Jn 17, 3). No obstante, es el "último" en la
revelación de las personas de la Santísima Trinidad . San Gregorio Nacianceno,
"el Teólogo", explica esta progresión por medio de la pedagogía de la
"condescendencia" divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy
claramente al Padre, y más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al
Hijo y hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho
de ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En
efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre,
proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún
admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una
expresión un poco atrevida ... Así por avances y progresos "de gloria en
gloria", es como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez
más espléndidos (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 26).
685 Creer en el Espíritu Santo es, por tanto,
profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad
Santa, consubstancial al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Por
eso se ha hablado del misterio divino del Espíritu Santo en la
"teología" trinitaria, en tanto que aquí no se tratará del Espíritu
Santo sino en la "Economía" divina.
686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y el
Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su
consumación. Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la
Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado,
cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino,
que se consuma en Cristo, "primogénito" y Cabeza de la nueva
creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la
Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección
de la carne, la vida eterna.
Artículo
8 "CREO EN EL ESPIRITU
SANTO"
687 "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino
el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela
nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí
mismo. El que "habló por los profetas" nos hace oír la Palabra del
Padre. Pero a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual
nos revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de
verdad que nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo"
(Jn 16, 13). Un ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué
"el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras
que los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn 14, 17).
688 La Iglesia, Comunión viviente en la fe de
los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del
Espíritu Santo:
-
en las Escrituras que El ha inspirado:
-
en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre
actuales;
-
en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
-
en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde
el Espíritu Santo nos pone en Comunión con Cristo;
-
en la oración en la cual El intercede por nosotros;
-
en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
-
en los signos de vida apostólica y misionera;
-
en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa la
obra de la salvación.
I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL
ESPIRITU
689 Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros
corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios.
Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la
vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar
a la Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e individible, la fe de la
Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su
Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el
Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es
quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu
Santo quien lo revela.
690 Jesús es Cristo, "ungido", porque
el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana
de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7,
39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en
él: El les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que
lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se desplegará desde
entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión
del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él:
La noción de la unción sugiere ...que
no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma
manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni
los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del
Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo
por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto,
no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que
la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que
la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se
acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Spir. 3, 1).
II EL NOMBRE, LOS APELATIVOS Y LOS SIMBOLOS
DEL ESPIRITU SANTO
El nombre propio del Espíritu Santo
691 "Espíritu Santo", tal es el
nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La
Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus
nuevos hijos (cf. Mt 28, 19).
El término "Espíritu" traduce
el término hebreo "Ruah", que en su primera acepción significa soplo,
aire, viento. Jesús utiliza precisamente la imagen sensible del viento para
sugerir a Nicodemo la novedad transcendente del que es personalmente el Soplo
de Dios, el Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte, Espíritu y Santo son
atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas. Pero, uniendo ambos
términos, la Escritura, la Liturgia y el lenguaje teológico designan la persona
inefable del Espíritu Santo, sin equívoco posible con los demás empleos de los
términos "espíritu" y "santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida
del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquél
que es llamado junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26;
16, 7). "Paráclito" se traduce habitualmente por
"Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El
mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).
693 Además de su nombre propio, que es el más
empleado en el libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en San
Pablo se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa(Ga 3,
14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu de
Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del Señor (2 Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm
8, 9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11; 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de gloria (1 P
4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
694 El agua. El simbolismo del agua es
significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después
de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental
eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer
nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que
nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero
"bautizados en un solo Espíritu", también "hemos bebido de un
solo Espíritu"(1 Co 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente
el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de
su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex
17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
695 La unción. El simbolismo de la unción con
el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se
ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21). En la
iniciación cristiana es el signo sacramental de la Confirmación, llamada
justamente en las Iglesias de Oriente "Crismación". Pero para captar
toda la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción primera realizada por
el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en hebreo] significa
"Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo
"ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el rey
David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera única: La
humanidad que el Hijo asume está totalmente "ungida por el Espíritu
Santo". Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu Santo (cf.
Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo
quien por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11)
e impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor(cf. Lc 2, 26-27);
es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo en sus
curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin
quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto,
constituido plenamente "Cristo" en su Humanidad victoriosa de la
muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta
que "los santos" constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo
de Dios, "ese Hombre perfecto ... que realiza la plenitud de Cristo"
(Ef 4, 13): "el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
696 El fuego. Mientras que el agua significaba
el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego
simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta
Elías que "surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como
antorcha" (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el
sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu
Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con
el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará
en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá:
"He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya
estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas "como de
fuego", como el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de
Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará
este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del
Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis
el Espíritu"(1 Te 5, 19).
697 La nube y la luz. Estos dos símbolos son
inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del
Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios
vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria:
con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión
(cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co
10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues
bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien
desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para que
ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración
es El quien "vino en una nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a
Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la
nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35).
Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de
los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como
Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
698 El sello es un símbolo cercano al de la
unción. En efecto, es Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello"
(Jn 6, 27) y el Padre nos marca también en él con su sello (2 Co 1, 22; Ef 1,
13; 4, 30). Como la imagen del sello ["sphragis"] indica el carácter
indeleble de la Unción del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de
la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones
teológicas para expresar el "carácter" imborrable impreso por estos
tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
699 La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a
los enfermos(cf. Mc 6, 5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc 10, 16).En su
Nombre, los Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16, 18; Hch 5, 12; 14, 3). Más
aún, mediante la imposición de manos de los Apóstoles el Espíritu Santo nos es
dado (cf. Hch 8, 17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la imposición
de las manos figura en el número de los "artículos fundamentales" de
su enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu
Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales.
700 El dedo. "Por el dedo de Dios expulso
yo [Jesús] los demonios" (Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita en
tablas de piedra "por el dedo de Dios" (Ex 31, 18), la "carta de
Cristo" entregada a los Apóstoles "está escrita no con tinta, sino
con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de
carne del corazón" (2 Co 3, 3). El himno "Veni Creator" invoca
al Espíritu Santo como "digitus paternae dexterae" ("dedo de la
diestra del Padre").
701 La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo
se refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna
de olivo en el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo(cf. Gn 8,
8-12). Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma
de paloma, baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.). El Espíritu desciende y
reposa en el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la santa
Reserva eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma
(el columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo de la paloma para
sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía cristiana.
III EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS
EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS
702
Desde el comienzo y hasta "la
plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), la Misión conjunta del Verbo y del
Espíritu del Padre permanece oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba
entonces el tiempo del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente revelados,
ya han sido prometidos a fin de ser esperados y aceptados cuando se
manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf. 2 Co 3,
14), investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, "que habló por
los profetas", quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas", la fe de la
Iglesia entiende aquí a todos los que fueron inspirados por el Espíritu Santo
en el vivo anuncio y en la redacción de los Libros Santos, tanto del Antiguo
como del Nuevo Testamento. La tradición judía distingue la Ley [los cinco
primeros libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros
históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en particular
los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la Creación
703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el
origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2;
2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine,
santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo
... A El se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación
en el Padre por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del
segundo modo).
704 "En cuanto al hombre, es con sus
propias manos [es decir, el Hijo y el Espíritu Santo] como Dios lo hizo ... y
él dibujó sobre la carne moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que
fuese visible llevase la forma divina" (San Ireneo, dem. 11).
El Espíritu de la promesa
705 Desfigurado por el pecado y por la muerte,
el hombre continua siendo "a imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero
"privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23), privado de la
"semejanza". La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de la
Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf.
Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la restaurará en "la semejanza" con el Padre
volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu "que da la Vida".
706 Contra toda esperanza humana, Dios promete
a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo
(cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella serán
bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia
será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu Santo formará
"la unidad de los hijos de Dios dispersos" (cf. Jn 11, 52).
Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su
Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al don del "Espíritu
Santo de la Promesa, que es prenda ... para redención del Pueblo de su
posesión" (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
En las Teofanías y en la Ley
707 Las Teofanías [manifestaciones de Dios]
iluminan el camino de la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué
hasta las visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La
tradición cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de
Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y "cubierto" por la nube
del Espíritu Santo.
708 Esta pedagogía de Dios aparece
especialmente en el don de la Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada
como un "pedagogo" para conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24).
Pero su impotencia para salvar al hombre privado de la "semejanza"
divina y el conocimiento creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20)
suscitan el deseo del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
709 La Ley, signo de la Promesa y de la
Alianza, habría debido regir el corazón y las instituciones del Pueblo salido
de la fe de Abraham. "Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza,
... seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex 19,5-6;
cf. 1 P 2, 9). Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de
convertirse en un reino como las demás naciones. Pues bien, el Reino objeto de
la promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del
Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el Espíritu.
710 El olvido de la Ley y la infidelidad a la
Alianza llevan a la muerte: el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en
realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración
prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios sufriese
esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en
el Designio de Dios, y el Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de la
figuras más transparentes de la Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
711 "He aquí que yo lo renuevo"(Is
43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera
del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el
pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la
esperanza la "consolación de Israel" y "la redención de
Jerusalén" (cf. Lc 2, 25. 38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las
profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que
aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.
712 Los rasgos del rostro del Mesías esperado
comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) ("cuando
Isaías tuvo la visión de la Gloria" de Cristo: Jn 12, 41), en particular
en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco
de Jesé,
y un retoño de sus raíces
brotará.
Reposará sobre él el Espíritu
del Señor:
espíritu de sabiduría e
inteligencia,
espíritu de consejo y de
fortaleza,
espíritu de ciencia y temor
del Señor.
713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo
en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34;
después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53,
12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo
enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino
desposándose con nuestra "condición de esclavos" (Flp 2, 7). Tomando
sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.
714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la
Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está
sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a
los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los
oprimidos
y proclamar un año de gracia
del Señor.
715 Los textos proféticos que se refieren
directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al
corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del
"amor y de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31,
31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés,
cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los "últimos tiempos", el
Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley
nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará
la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.
716 El Pueblo de los "pobres" (cf. So
2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos,
totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la
justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran
obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las
Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del
Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos.
En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo bien
dispuesto" (cf. Lc 1, 17).
IV EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE
LOS TIEMPOS
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que
se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el
seno de su madre" (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen
María acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de
María a Isabel se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lc
1, 68).
718 Juan es "Elías que debe venir"
(Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como
"precursor"] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu
Santo culmina la obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto"
(Lc 1, 17).
719 Juan es "más que un profeta" (Lc
7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el "hablar por los
profetas". Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf.
Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la
"voz" del Consolador que llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo
hará el Espíritu de Verdad, "vino como testigo para dar testimonio de la
luz" (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu
colma así las "indagaciones de los profetas" y la ansiedad de los
ángeles (1 P 1, 10-12): "Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se
queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo lo he
visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero de
Dios" (Jn 1, 33-36).
720 En fin, con Juan Bautista, el Espíritu
Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar
al hombre la "semejanza" divina. El bautismo de Juan era para el
arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3,
5).
"Alégrate, llena de gracia"
721 María, la Santísima Madre de Dios, la
siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo
en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y
porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su
Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos
textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido
frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada
y representada en la Liturgia como el trono de la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las
"maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la
Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó a María con su
gracia . Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquél en
quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2,
9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de
todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente.
Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión":
"Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo
eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la
Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el
Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).
723 En María el Espíritu Santo realiza el
designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios
por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por
medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4,
26-28).
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al
Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la
teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad
de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias
de las naciones (cf. Mt 2, 11).
725 En fin, por medio de María, el Espíritu
Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres "objeto del
amor benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los
primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná
y los primeros discípulos.
726 Al término de esta Misión del Espíritu,
María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los
vivientes", Madre del "Cristo total" (cf. Jn 19, 25-27). Así es
como ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración, con
un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos
tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la
manifestación de la Iglesia.
Cristo Jesús
727 Toda la Misión del Hijo y del Espíritu
Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del
Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de
la fe hay que leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión
conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se
refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por
el Señor glorificado.
728 Jesús no revela plenamente el Espíritu
Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su
Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la
muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo
(cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana
(cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la fiesta de los
Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla de él abiertamente a
propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar
(cf. Mt 10, 19-20).
729 Solamente cuando ha llegado la Hora en que
va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su
Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres
(cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el
otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será
enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre
porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos,
estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará
todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él;
nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo
lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.
730 Por fin llega la Hora de Jesús (cf. Jn 13,
1; 17, 1): Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn
19, 30) en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo
que, "resucitado de los muertos por la Gloria del Padre" (Rm 6, 4),
enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su
aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión de Cristo y del
Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: "Como el Padre me envió,
también yo os envío" (Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).