(385-570)
Párrafo
7 LA CAIDA
385 Dios es infinitamente bueno y todas sus
obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento,
de los males en la naturaleza -que aparecen como ligados a los límites propios
de las criaturas-, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el
mal? "Quaerebam unde malum et non erat exitus" ("Buscaba el
origen del mal y no encontraba solución") dice S. Agustín (conf. 7,7.11),
y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios
vivo. Porque "el misterio de la iniquidad" (2 Ts 2,7) sólo se
esclarece a la luz del "Misterio de la piedad" (1 Tm 3,16). La
revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del
mal y la sobreabundancia de la gracia (cf. Rm 5,20). Debemos, por tanto,
examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el
que es su único Vencedor (cf. Lc 11,21-22; Jn 16,11; 1 Jn 3,8).
I DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO
LA GRACIA
La realidad del pecado
386 El pecado está presente en la historia del
hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros
nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer
lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación,
el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y
oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la
historia.
387 La realidad del pecado, y más
particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la
Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede
reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo
únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error,
la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el
conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es
un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan
amarle y amarse mutuamente.
El pecado original - una verdad
esencial de la fe
388 Con el desarrollo de la Revelación se va
iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo
Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia
de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de
esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección
de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la
gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito,
enviado por Cristo resucitado, es quien vino "a convencer al mundo en lo
referente al pecado" (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.
389 La doctrina del pecado original es, por así
decirlo, "el reverso" de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador
de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es
ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo
(cf. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado
original sin atentar contra el Misterio de Cristo.
Para leer el relato de la caída
390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza un
lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho
que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf. GS 13,1). La
Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada
por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres (cf.
Cc. de Trento: DS 1513; Pío XII: DS 3897; Pablo VI, discurso 11 Julio 1966).
II LA CAIDA DE LOS ANGELES
391 Tras la elección desobediente de nuestros
primeros padr es se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que,
por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la
Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo
(cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno,
creado por Dios. "Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura
creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali" ("El diablo y los
otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se
hicieron a sí mismos malos") (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).
392 La Escritura habla de un pecado de estos
ángeles (2 P 2,4). Esta "caída" consiste en la elección libre de
estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su
Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a
nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). El diablo es
"pecador desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de la
mentira" (Jn 8,44).
393 Es el carácter irrevocable de su elección,
y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de
los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos
después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la
muerte" (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG 94, 877C).
394 La Escritura atestigua la influencia
nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida desde el principio"
(Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf.
Mt 4,1-11). "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del
diablo" (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido
la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.
395 Sin embargo, el poder de Satán no es
infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu
puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios.
Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y
aunque su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e indirectamente
incluso de naturaleza física-en cada hombre y en la sociedad, esta acción es
permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia
del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran
misterio, pero "nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios
para bien de los que le aman" (Rm 8,28)
III EL PECADO ORIGINAL
La prueba de la libertad
396 Dios creó al hombre a su imagen y lo
estableció en su amistad. Criatura espiritual, el hombre no puede vivir esta
amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. Esto es lo que expresa la
prohibición hecha al hombre de comer del árbol del conocimiento del bien y del
mal, "porque el día que comieres de él, morirás" (Gn 2,17). "El
árbol del conocimiento del bien y del mal" evoca simbólicamente el límite
infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y
respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las
leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad.
El primer pecado del hombre
397 El hombre, tentado por el diablo, dejó
morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando
de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer
pecado del hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una
desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.
398 En este pecado, el hombre se prefirió a sí
mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo
contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto,
contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba
destinado a ser plenamente "divinizado" por Dios en la gloria. Por la
seducción del diablo quiso "ser como Dios" (cf. Gn 3,5), pero
"sin Dios, antes que Dios y no según Dios" (S. Máximo Confesor,
ambig.).
399 La Escritura muestra las consecuencias
dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la
gracia de la santidad original (cf. Rm 3,23). Tienen miedo del Dios (cf. Gn
3,9-10) de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus
prerrogativas (cf. Gn 3,5).
400 La armonía en la que se encontraban,
establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las
facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cf. Gn 3,7); la
unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cf. Gn 3,11-13); sus
relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cf. Gn 3,16). La armonía
con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y
hostil (cf. Gn 3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida "a la
servidumbre de la corrupción" (Rm 8,21). Por fin, la consecuencia
explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cf. Gn 2,17), se
realizará: el hombre "volverá al polvo del que fue formado" (Gn
3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cf. Rm 5,12).
401 Desde este primer pecado, una verdadera
invasión de pec ado inunda el mundo: el fratricidio cometido por Caín en Abel
(cf. Gn 4,3-15); la corrupción universal, a raíz del pecado (cf. Gn 6,5.12; Rm
1,18-32); en la historia de Israel, el pecado se manifiesta frecuentemente,
sobre todo como una infidelidad al Dios de la Alianza y como transgresión de la
Ley de Moisés; e incluso tras la Redención de Cristo, entre los cristianos, el
pecado se manifiesta, entre los cristianos, de múltiples maneras (cf. 1 Co 1-6;
Ap 2-3). La Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la
presencia y la universalidad del pecado en la historia del hombre:
Lo que la revelación divina nos enseña
coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se
descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden
proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a
Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin
último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con
todos los otros hombres y con todas las cosas creadas (GS 13,1).
Consecuencias del pecado de Adán para
la humanidad
402 Todos los hombres están implicados en el
pecado de Adán. S. Pablo lo afirma: "Por la desobediencia de un solo
hombre, todos fueron constituidos pecadores" (Rm 5,19): "Como por un
solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la
muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron..." (Rm
5,12). A la universalidad del pecado y de la muerte, el Apóstol opone la
universalidad de la salvación en Cristo: "Como el delito de uno solo
atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia
de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la
vida" (Rm 5,18).
403 Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha
enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su
inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el
pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos
nacemos afectados y que es "muerte del alma" (Cc. de Trento: DS
1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión
de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal (Cc. de
Trento: DS 1514).
404 ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el
pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán "sicut
unum corpus unius hominis" ("Como el cuerpo único de un único
hombre") (S. Tomás de A., mal. 4,1). Por esta "unidad del género
humano", todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como
todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión
del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero
sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia
originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al
tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la
naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Cc. de Trento: DS
1511-12). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la
humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la
santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado
"pecado" de manera análoga: es un pecado "contraído",
"no cometido", un estado y no un acto.
405 Aunque propio de cada uno (cf. Cc. de
Trento: DS 1513), el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán,
un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia
originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está
herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al
sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación
al mal es llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la
gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero
las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten
en el hombre y lo llaman al combate espiritual.
406 La doctrina de la Iglesia sobre la
transmisión del pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en
particular bajo el impulso de la reflexión de S. Agustín contra el
pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma protestante. Pelagio
sostenía que el hombre podía, por la fuerza natural de su voluntad libre, sin
la ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida moralmente buena: así
reducía la influencia de la falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros
reformadores protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre estaba
radicalmente pervertido y su libertad anulada por el pecado de los orígenes;
identificaban el pecado heredado por cada hombre con la tendencia al mal
("concupiscentia"), que sería insuperable. La Iglesia se pronunció
especialmente sobre el sentido del dato revelado respecto al pecado original en
el II Concilio de Orange en el año 529 (cf. DS 371-72) y en el Concilio de
Trento, en el año 1546 (cf. DS 1510-1516).
Un duro combate...
407 La doctrina sobre el pecado original
-vinculada a la de la Redención de Cristo- proporciona una mirada de
discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo.
Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio
sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña
"la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es
decir, del diablo" (Cc. de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Ignorar que el
hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores
en el dominio de la educación, de la política, de la acción social (cf. CA 25)
y de las costumbres.
408 Las consecuencias del pecado original y de
todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto
una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan:
"el pecado del mundo" (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa
también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones
comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los
hombres (cf. RP 16).
409 Esta situación dramática del mundo que
"todo entero yace en poder del maligno" (1 Jn 5,19; cf. 1 P 5,8),
hace de la vida del hombre un combate:
A través de toda la historia del hombre
se extiend e una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada
ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor.
Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al
bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de
lograr la unidad en sí mismo (GS 37,2).
IV "NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA
MUERTE"
410 Tras la caída, el hombre no fue abandonado
por Dios. Al contrario, Dios lo llama (cf. Gn 3,9) y le anuncia de modo
misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf. Gn
3,15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por
ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la
serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta.
411 La tradición cristiana ve en este pasaje un
anuncio del "nuevo Adán" (cf. 1 Co 15,21-22.45) que, por su
"obediencia hasta la muerte en la Cruz" (Flp 2,8) repara con
sobreabundancia la descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte,
numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el
"protoevangelio" la madre de Cristo, María, como "nueva
Eva". Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició
de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda
mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y, durante toda su vida terrena,
por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cf. Cc. de
Trento: DS 1573).
412 Pero, ¿por qué Dios no impidió que el
primer hombre pecara? S. León Magno responde: "La gracia inefable de
Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del
demonio" (serm. 73,4). Y S. Tomás de Aquino: "Nada se opone a que la
naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de pecado.
Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor
bien. De ahí las palabras de S. Pablo: `Donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia' (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: `¡Oh feliz culpa que mereció tal y
tan grande Redentor!'" (s.th. 3,1,3, ad 3).
RESUMEN
413 "No fue Dios quien hizo la muerte ni se
recrea en la destrucción de los vivientes...por envidia del diablo entró la
muerte en el mundo" (Sb 1,13; 2,24).
414 Satán o el diablo y los otros demonios son
ángeles caídos por haber rechazado libremente servir a Dios y su designio. Su
opción contra Dios es definitiva. Intentan asociar al hombre en su rebelión
contra Dios.
415 "Constituido por Dios en la justicia,
el hombre, sin em bargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde
el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su
propio fin al margen de Dios" (GS 13,1).
416 Por su pecado, Adán, en cuanto primer
hombre, perdió la santidad y la justicia
originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los
humanos.
417 Adán y Eva transmitieron a su descendencia
la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la
santidad y la justicia originales. Esta privación es llamada "pecado
original".
418 Como consecuencia del pecado original, la
naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al
sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación
llamada "concupisc encia").
419 "Mantenemos, pues, siguiendo el
concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la
naturaleza humana, `por propagación, no por imitación' y que `se halla como
propio en cada uno'" (Pablo VI, SPF 16).
420 La victoria sobre el pecado obtenida por
Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó el pecado: "Donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20).
421 "El mundo que los fieles cristianos
creen creado y conservado por el amor del creador, colocado ciertamente bajo la
esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, una
vez que fue quebrantado el poder del Maligno..." (GS 2,2).
CAPITULO
SEGUNDO: CREO EN JESUCRISTO, HIJO UNICO DE DIOS
La Buena Nueva: Dios ha enviado a su
Hijo
422. "Pero, al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar
a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de
Dios" (Mc 1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido
las promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo ha hecho
más allá de toda expectativa: El ha enviado a su "Hijo amado" (Mc 1,
11).
423 Nosotros creemos y confesamos que Jesús de
Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey
Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto
crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado
del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha
"salido de Dios" (Jn 13, 3), "bajó del cielo" (Jn 3, 13; 6,
33), "ha venido en carne" (1 Jn 4, 2), porque "la Palabra se
hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria
que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su
plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1, 14. 16).
424 Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre nosotros creemos y
confesamos a propósito de Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo" (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro,
Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León Magno, serm. 4, 3;51,
1;62, 2;83, 3).
"Anunciar... la inescrutable
riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)
425 La transmisión de la fe cristiana es ante
todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en el. Desde el principio,
los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: "No
podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4,
20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la
alegría de su comunión con Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo
que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y
tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, -pues la Vida se
manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida
eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó- lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y
nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os
escribimos esto para que vuestro gozo sea completo (1 Jn 1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
426 "En el centro de la catequesis
encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del
Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive
para siempre con nosotros... Catequizar es ... descubrir en la Persona de
Cristo el designio eterno de Dios... Se trata de procurar comprender el
significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados
por El mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a la
comunión con Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el
Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad".
(ibid.).
427 "En la catequesis lo que se enseña es
a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a El;
el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es
portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista
debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: 'Mi doctrina
no es mía, sino del que me ha enviado' (Jn 7, 16)" (ibid., 6)
428
El que está llamado a "enseñar a
Cristo" debe por tanto, ante todo, buscar esta "ganancia sublime que
es el conocimiento de Cristo"; es necesario "aceptar perder todas las
cosas ... para ganar a Cristo, y ser hallado en él" y "conocerle a
él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta
hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos" (Flp 3, 8-11).
429 De este conocimiento amoroso de Cristo es
de donde brota el deseo de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar
a otros al "sí" de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace
sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo
el orden del Símbolo de la fe, presentaremos en primer lugar los principales
títulos de Jesús: Cristo, Hijo de Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo confiesa
a continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su
encarnación (Artículo 3), los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por último,
los de su glorificación (Artículos 6 y 7).
Artículo
2 "Y EN JESUCRISTO, SU
UNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR"
I JESUS
430 Jesús quiere decir en hebreo: "Dios
salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como
nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión
(cf. Lc 1, 31). Ya que "¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo
Dios?"(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre
"salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios
recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se
ha contentado con librar a Israel de "la casa de servidumbre" (Dt 5,
6) haciéndole salir de Egipto. El lo salva además de su pecado. Puesto que el
pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo el es quien
puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel tomando cada
vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la
salvación más que en la invocación del Nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre
mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7)
hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados. El es el
Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de
ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los
hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que "no hay bajo
el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una
sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de
Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la
sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio
era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9,
5). Cuando San Pablo dice de Jesús que "Dios lo exhibió como instrumento
de propiciación por su propia sangre" (Rm 3, 25) significa que en su
humanidad "estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el
nombre de Dios Salvador (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre
de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del "Nombre
que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su
Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús
hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre,
él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la
plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula
"Per Dominum Nostrum Jesum Christum..." ("Por Nuestro Señor
Jesucristo..."). El "Avemaría" culmina en "y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús". La oración del corazón, en uso en oriente,
llamada "oración a Jesús" dice: "Jesucristo, Hijo de Dios, Señor
ten piedad de mí, pecador". Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana
de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: "Jesús".
II
CRISTO
436 Cristo viene de la traducción griega del
término hebreo "Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa
a ser nombre propio de Jesús sino porque él cumple perfectamente la misión
divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre
de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de él.
Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39),
de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas
(cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios
enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27).
El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez
como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is
61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su
triple función de sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el
nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido
hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2,
11). Desde el principio él es "a quien el Padre ha santificado y enviado
al mundo"(Jn 10, 36), concebido como "santo" (Lc 1, 35) en el
seno virginal de María. José fue llamado por Dios para "tomar consigo a
María su esposa" encinta "del que fue engendrado en ella por el
Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca
de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1,
3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús
manifiesta su misión divina. "Por otra parte eso es lo que significa su
mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre entendido El que ha
ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El
que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en
el Espíritu que es la Unción" (S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18, 3). Su
eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en
el momento de su bautismo por Juan cuando "Dios le ungió con el Espíritu
Santo y con poder"(Hch 10, 38) "para que él fuese manifestado a
Israel" (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a
conocer como "el santo de Dios" (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos
que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del
mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2;
9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al
cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una
parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado
humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro
que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del
Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica
en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo"
(Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como
Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is 53,
10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado
más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente
después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro
ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel
que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado" (Hch 2, 36).
III HIJO UNICO DE DIOS
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es
un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex
4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt
14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces
una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones
de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado
"hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica
necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que
humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27,
54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a
Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16) porque este
le responde con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo
dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél
que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien
revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles..." (Ga
1,15-16). "Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que
él era el Hijo de Dios" (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1
Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer
lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter
transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó
entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores:
"Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús ha respondido:
"Vosotros lo decís: yo soy" (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya
mucho antes, El se designó como el "Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt
11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los "siervos" que Dios envió
antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt
24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás
"nuestro Padre" (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles
"vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta
distinción: "Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17).
444 Los Evangelios narran en dos momentos
solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo
designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí
mismo como "el Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este
título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre
del Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en
la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque solamente en el misterio
pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo
de Dios".
445 Después de su Resurrección, su filiación
divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo
de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre
los muertos" (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar
"Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno
de gracia y de verdad "(Jn 1, 14).
IV SEÑOR
446
En la traducción griega de los libros
del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés
(cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por "Kyrios" ["Señor"].
Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la
divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido
fuerte el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también, y
aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada
este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf.
Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera
explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su
vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades,
sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía
divina.
448 Con mucha frecuencia, en los Evangelios,
hay personas que se dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título
expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él
socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del
Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc
1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración:
"Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de
amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es
el Señor!" (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de
Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio
(cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre
convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque el es de
"condición divina" (Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de
Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10,
9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana,
la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap
11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad
personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al
Señor Jesucristo: César no es el "Señor" (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29).
" La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda historia
humana se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está marcada por el
título "Señor", ya sea en la invitación a la oración "el Señor
esté con vosotros", o en su conclusión "por Jesucristo nuestro
Señor" o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza:
"Maran atha" ("¡el Señor viene!") o "Maran atha"
("¡Ven, Señor!") (1 Co 16, 22): "¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!"
(Ap 22, 20).
RESUMEN
452 El nombre de Jesús significa "Dios
salva". El niño nacido de la Virgen María se llama "Jesús"
"porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21); "No
hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" ((...) Hch 4, 12).
453 El nombre de Cristo significa
"Ungido", "Mesías". Jesús es el Cristo porque "Dios le
ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38). Era "el que ha
de venir" (Lc 7, 19), el objeto de "la esperanza de Israel"(Hch
28, 20).
454 El nombre de Hijo de Dios significa la
relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: el es el Hijo único
del Padre (cf. Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y él mismo es Dios (cf. Jn 1, 1). Para
ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (cf. Hch 8,
37; 1 Jn 2, 23).
455 El nombre de Señor significa la soberanía
divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad
"Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del
Espíritu Santo"(1 Co 12, 3).
Artículo
3 "JESUCRISTO FUE
CONCEBIDO
POR OBRA Y GRACIA
DEL
ESPIRITU SANTO Y
NACIO
DE SANTA MARIA
VIRGEN"
Párrafo
1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO
HOMBRE
I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE
456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano
respondemos co nfesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y
se hizo hombre".
457 El Verbo se encarnó para salvarnos
reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10)."El Padre envió a su
Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó para
quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser
sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida
la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las
tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un
salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían
importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de
hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la
humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San
Gregorio de Nisa, or. catech. 15).
458 El Verbo se encarnó para que nosotros
conociésemos así el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios
nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por
medio de él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a
su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna" (Jn 3, 16).
459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo
de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí ... "(Mt
11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino
por mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena:
"Escuchadle" (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de
las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los
otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia
la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).
460 El Verbo se encarnó para hacernos
"partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es
la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del
hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así
la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3,
19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios"
(S. Atanasio, Inc., 54, 3). "Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis
volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret
factus homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos
participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose
hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57
in festo Corp. Chr., 1).
II
LA ENCARNACION
461 Volviendo a tomar la frase de San Juan
("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama
"Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una
naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno
citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos
sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su
porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).
462 La carta a los Hebreos habla del mismo
misterio:
Por eso, al entrar en este mundo,
[Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un
cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije:
¡He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal
40, 7-9 LXX).
463 La fe en la verdadera encarnación del Hijo
de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en
esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en
carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia
desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad":
"El ha sido manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).
III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
464 El acontecimiento único y totalmente singular
de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte
Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo
divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser
verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La
Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos
frente a unas herejías que la falseaban.
465 Las primeras herejías negaron menos la
divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde
la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del
Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero
desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en
un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza
y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325,
confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la
misma substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a Arrio que
afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y que sería
"de una substancia distinta de la del Padre" (DS 126).
466 La herejía nestoriana veía en Cristo una
persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S.
Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año
431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada
por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no
tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y
hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año
431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción
humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de Dios, no porque el Verbo de
Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien
tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del
Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne" (DS 251).
467 Los monofisitas afirmaban que la naturaleza
humana había dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona
divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio
ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres,
enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor
nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad;
verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y
cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con
nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el
pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la
divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos
tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de
reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin
confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de
naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a
salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo
sujeto y en una sola persona (DS 301-302).
468 Después del concilio de Calcedonia, algunos
concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal.
Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553
confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o
persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424).
Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído a su persona
divina como a su propio sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los
milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El
que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero
Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad" (DS 432).
469 La Iglesia confiesa así que Jesús es
inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el
Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser
Dios, nuestro Señor:
"Id quod fuit remansit et quod non
fuit assumpsit" ("Permaneció en lo que era y asumió lo que no
era"), canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de
enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo
proclama y canta: "Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has
dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre
Virgen María, sin mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh
Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la
Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos!
(Tropario "O monoghenis").
IV
COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
470 Puesto que en la unión misteriosa de la
Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS
22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena
realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y
del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada
ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona
divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella
pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a
su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma
como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad
(cf. Jn 14, 9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de
hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con
corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de
nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de
Cristo
471 Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo
el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia
confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).
472 Este alma humana que el Hijo de Dios asumió
está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de
por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia
en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso
progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e
igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera
experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso ... correspondía a la
realidad de su anonadamiento voluntario en "la condición de esclavo"
(Flp 2, 7).
473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento
verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona
(cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del Hijo
de Dios, no por ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y
manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor,
qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento
íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc
14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano,
demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos
del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).
474 Debido a su unión con la Sabiduría divina
en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en
plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf.
Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este
campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf.
Hch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
475 De manera paralela, la Iglesia confesó en
el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que
Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no
opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia
al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el
Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad
humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni
oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad
omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
476 Como el Verbo se hizo carne asumiendo una
verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el
año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar la faz humana de Jesús (Ga
3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS
600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes
sagradas.
477 Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha
admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su
naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad). En efecto, las
particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina
del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta
el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el
creyente que venera su imagen, "venera a la persona representada en
ella" (Cc. Nicea II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
478 Jesús, durante su vida, su agonía y su
pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha
entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a
sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano.
Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y
para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal
indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al
eterno Padre y a todos los hombres" (Pio XII, Enc."Haurietis
aquas": DS 3924; cf. DS 3812).
RESUMEN
479 En el momento establecido por Dios, el Hijo
único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del
Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza
humana.
480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón él es el único
Mediador entre Dios y los hombres.
481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina
y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero
hombre, tien e una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de
acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en
común con el Padre y el Espíritu Santo.
483 La encarnación es, pues, el misterio de la
admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única
Persona del Verbo.
Párrafo
2 "... CONCEBIDO POR
OBRA Y GRACIA DEL
ESPIRITU SANTO,
NACIO DE SANTA
MARIA VIRGEN"
I CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU
SANTO ...
484 La anunciación a María inaugura la plenitud
de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas
y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará
"corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta
divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1,
34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre
ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida
y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue enviado para
santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es
"el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno
del Padre en una humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al ser concebido
como hombre en el seno de la Virgen María es "Cristo", es decir, el
ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su
existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino
progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12),
a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto,
toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu
Santo y con poder" (Hch 10, 38).
II
... NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
487 Lo que la fe católica cree acerca de María
se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María
ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4),
pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre
cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió
para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret
en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa
de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que
el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la
encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también
otra mujer contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).
489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la
misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al
principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de
una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la
Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara
concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra
toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil
(cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de
Samuel (cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María
"sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él
con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de
Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se
inaugura el nuevo plan de salvación" (LG 55).
La Inmaculada Concepción
490 Para ser la Madre del Salvador, María fue
"dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante"
(LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como
"llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el
asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella
estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios
491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha
tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28)
había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la
Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue
preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de
su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención
a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).
492 Esta "resplandeciente santidad del
todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer
instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella
es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su
Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra
persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser
santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición oriental llaman
a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran
como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y
hecha una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha
permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
"Hágase en mí según tu palabra
..."
494 Al anuncio de que ella dará a luz al
"Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu
Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por "la obediencia de la fe"
(Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He
aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38).
Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de
Jesús y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún
pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la
obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de
Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo,
"por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el
género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación,
coincidieron con él en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo
desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo
desató la Virgen María por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María
`Madre de los vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino
por Eva, la vida por María". (LG. 56).
La maternidad divina de María
495 Llamada en los Evangelios "la Madre de
Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el
impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del
nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como
hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo
según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de
la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de
Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe
(cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de
la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también
el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex
Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento
humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal
el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una
humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos
del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor
es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de
Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente
de una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo
Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó
verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
497 Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25;
Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que
sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo
concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a
propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el
cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí
que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la
traducción griega de Mt 1, 23).
498 A veces ha desconcertado el silencio del
Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción
virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso
de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo
cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado
viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y
paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros);
no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas
de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que
lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios" (DS 3016),
dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su
Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El
príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la
muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de
Dios" (Eph. 19, 1;cf. 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en la maternidad
virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de
María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS
291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos
de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La
liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos", la
"siempre-virgen" (cf. LG 52).
500 A esto se objeta a veces que la Escritura
menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5;
Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a
otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de
Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt
27, 56) que se designa de manera significativa como "la otra María"
(Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión
conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la
maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a
todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al
que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los
creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG
63).
La maternidad virginal de María en el
designio de Dios
502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la
Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su
designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se
refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la
aceptación por María de esta misión para con los hombres.
503 La virginidad de María manifiesta la
iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más
que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza humana que ha tomado no le ha
alejado jamás de su Padre ...; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial
con su Madre en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos
naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).
504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu
Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15,
45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido de la
tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La
humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque
Dios "le da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su
plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos
recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su
concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu
Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La
participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de
carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta
vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido
esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a
cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
506 María es virgen porque su virginidad es el
signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su
entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le
hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo
fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada
es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de
Cristo" (S. Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y madre porque
ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63):
"La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe,
ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios.
También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al
Esposo" (LG 64).
RESUMEN
508 De la descendencia de Eva, Dios eligió a la
Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena de gracia",
es "el fruto excelente de la redención" (SC 103); desde el primer instante
de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y
permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
509 María es verdaderamente "Madre de
Dios" porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios
mismo.
510 María "fue Virgen al concebir a su
Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto,
Virgen siempre" (S. Agustín, serm. 186, 1): Ella, con todo su ser, es
"la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
511 La Virgen María "colaboró por su fe y
obediencia libres a la salvación de los hombres" (LG 56). Ella pronunció
su "fiat" "loco totius humanae naturae" ("ocupando el
lugar de toda la naturaleza humana") (Santo Tomás, s.th. 3, 30, 1 ): Por
su obediencia, Ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.
Párrafo
3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
512 Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de
la Fe no habla más que de los misterios de la Encarnación (concepción y
nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a
los infiernos, resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los
misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe
referente a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena
de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el
día en que ... fue llevado al cielo" (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz
de los misterios de Navidad y de Pascua.
513 La Catequesis, según las circunstancias,
debe presentar toda la riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí basta indicar
algunos elementos comunes a todos los Misteri os de la vida de Cristo (I), para
esbozar a continuación los principales misterios de la vida oculta (II) y
pública (III) de Jesús.
I
TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO
514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que
interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice
sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se
narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha sido
"para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que
creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 31).
515
Los Evangelios fueron escritos por
hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1,
1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe
quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda
su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre
de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7),
todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus
milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él reside toda la plenitud
de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como
el "sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su divinidad
y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena
conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de
Jesús
516
Toda la vida de Cristo es Revelación
del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su
manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre"
(Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9,
35). Nuestro Señor, al haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb
10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los
menores rasgos de sus misterios.
517 Toda la vida de Cristo es Misterio de
Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1,
7; Col 1, 13-14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la
vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con
su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión
mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus
oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales
"él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8,
17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica (cf.
Rm 4, 25).
518 Toda la vida de Cristo es Misterio de
Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad
restablecer al hombre caído en su vocación primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre,
recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su
propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán,
es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S.
Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo demás, esta es la razón por la cual Cristo ha
vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres
la comunión con Dios (ibid. 3,18,7; cf. 2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de
Jesús
519 Toda la riqueza de Cristo "es para
todo hombre y constituye el bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su
vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros
los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros
pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom
4,25). Todavía ahora, es "nuestro abogado cerca del Padre" (1 Jn 2,
1), "estando siempre vivo para interceder en nuestro favor" (Hb 7,
25). Con todo lo que vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas,
permanece presente para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor
nuestro" (Hb 9, 24).
520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro
modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38)
que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha
dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración
(cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las
persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).
521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos
vivirlo en El y que El lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos
llamados a no ser más que una sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto
miembros de su Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo
nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros
los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y
lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios
tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios
en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que él quiere comunicarnos y por
los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este
medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn.)
II LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA
Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Los preparativos
522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es
un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y
sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb 9,15),
todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los
profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los
paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
523
San Juan Bautista es el precursor (cf.
Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3,
3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas
(cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio
(cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la
venida de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo"
(Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de
Elías" (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo
de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).
524 Al celebrar anualmente la liturgia de
Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga
preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente
deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el
martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso
que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
525 Jesús nació en la humildad de un establo,
de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros
testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo
(cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:
La Virgen da hoy a
luz al Eterno
Y la tierra ofrece
una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los
pastores le alaban
Y los magos avanzan
con la estrella.
Porque Tú has nacido
para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios
eterno!
(Kontakion, de
Romanos el Melódico)
526 "Hacerse niño" con relación a
Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es
necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario
"nacer de lo alto" (Jn 3,7), "nacer de Dios" (Jn 1, 13)
para "hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se
realiza en nosotros cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4,
19). Navidad es el Misterio de este "admirable intercambio":
O admirabile commercium! El Creador del
género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin
concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de
Navidad).
Los Misterios de la Infancia de Jesús
527 La Circuncisión de Jesús, al octavo día de
su nacimiento (cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia de
Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4)
y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su
vida. Este signo prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el
Bautismo (Col 2, 11-13).
528 La Epifanía es la manifestación de Jesús
como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de
Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona del Magnificat de las
segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por
unos "magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos "magos",
representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las
primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación.
La llegada de los magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de los
Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la
estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones
(cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a
Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia
los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como
está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta
que "la multitud de los gentiles entra en la familia de los
patriarcas"(S. León Magno, serm.23 ) y adquiere la "israelitica
dignitas" (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).
529
La Presentación de Jesús en el templo
(cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex
13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al
Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento).
Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "luz de las
naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo de
contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación,
perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado
"ante todos los pueblos".
530
La Huida a Egipto y la matanza de los
inocentes (cf. Mt 2, 13-18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz:
"Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron"(Jn 1, 11). Toda la
vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten
con él (cf. Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo
(cf. Os 11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.
Los misterios de la vida oculta de
Jesús
531
Jesús compartió, durante la mayor
parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida
cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa
judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo
este período se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres y
que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los
hombres" (Lc 2, 51-52).
532
Con la sumisión a su madre, y a su
padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen
temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de
Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo:
"No se haga mi voluntad ..."(Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en
lo cotidiano de la vida oculta inaugurada ya la obra de restauración de lo que
la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).
533 La vida oculta de Nazaret permite a todos
entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida
humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza
a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio ...Una lección de
silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta
condición del espíritu admirable e inestimable ... Una lección de vida
familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su
austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable ... Una lección de
trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero", aquí es donde
querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano
...; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo
entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino (Pablo VI, discurso 5
enero 1964 en Nazaret).
534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron" esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de u