(282-384)
I LA CATEQUESIS SOBRE LA CREACION
282 La catequesis sobre la Creación reviste una
importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y
cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que
los hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde
venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?"
"¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo
que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son
inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y
nuestro obrar.
283 La cuestión sobre los orígenes del mundo y
del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han
enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las
dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del
hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del
Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la
sabiduría que da a los sabios e investigadores. Con Salomón, estos pueden
decir: "Fue él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto
existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades de los
elementos...porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me lo enseñó" (Sb
7,17-21).
284 El gran interés que despiertan a estas
investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y
que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de
saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuando apareció el
hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está
gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un
Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo procede de
la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal? ¿de dónde viene?
¿quién es responsable de él? ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal?
285 Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha
visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los
orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos
mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios,
que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios
(panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios,
que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la
existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas,
en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas
concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una
caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que
el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez
hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan
ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una
materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan
testimonio de la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los
orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.
286 La inteligencia humana puede ciertamente
encontrar ya una respuesta a la cuestión de los orígenes. En efecto, la
existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus obras gracias
a la luz de la razón humana (DS: 3026), aunque este conocimiento es con
frecuencia oscurecido y desfigurado por el error. Por eso la fe viene a
confirmar y a esclarecer la razón para la justa inteligencia de esta verdad:
"Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de
manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece" (Hb 11,3).
287 La verdad en la creación es tan importante
para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo
todo lo que es saludable conocer a este respecto. Más allá del conocimiento
natural que todo hombre puede tener del Creador (cf. Hch 17,24-29; Rom
1,19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de la creación. El
que eligió a los patriarcas, el que hizo salir a Israel de Egipto y que, al
escoger a Israel, lo creó y formó (cf. Is 43,1), se revela como aquel a quien pertenecen
todos los pueblos de la tierra y la tierra entera, como el único Dios que
"hizo el cielo y la tierra" (Sal 115,15;124,8;134,3).
288 Así, la revelación de la creación es
inseparable de la revelación y de la realización de la Alianza del Dios único,
con su Pueblo. La creación es revelada como el primer paso hacia esta Alianza,
como el primero y universal testimonio del amor todopoderoso de Dios (cf. Gn
15,5; Jr 33,19-26). Por eso, la verdad de la creación se expresa con un vigor
creciente en el mensaje de los profetas (cf. Is 44,24), en la oración de los
salmos (cf. Sal 104) y de la liturgia, en la reflexión de la sabiduría (cf. Pr
8,22-31) del Pueblo elegido.
289 Entre todas las palabras de la Sagrada
Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un
lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener
diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la
Escritura de suerte que expresa, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación,
de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación
del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación.
Leídas a la luz e Cristo, en la unidad de la Sagrada Escritura y en la
Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal
para la catequesis de los Misterios del "comienzo": creación, caída,
promesa de la salvación.
II LA CREACION: OBRA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
290 "En el principio, Dios creó el cielo y
la tierra": tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la
Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de él.
El solo es creador (el verbo "crear" -en hebreo
"bara"-tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que
existe (expresada por la fórmula "el cielo y la tierra") depende de
aquel que le da el ser.
291 "En el principio existía el Verbo... y
el Verbo era Dios...Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho" (Jn
1,1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su
Hijo amado. "En el fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la
tierra...todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y
todo tiene en él su consistencia" (Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia
afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el "dador de
vida" (Símbolo de Nicea-Constantinopla), "el Espíritu Creador"
("Veni, Creator Spiritus"), la "Fuente de todo bien"
(Liturgia bizantina, tropario de vísperas de Pentecostés).
292 La acción creadora del Hijo y del Espíritu,
insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6;104,30; Gn 1,2-3), revelada en
la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada
por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo existe un Dios...: es el Padre, es
Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por
sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría" (S. Ireneo, haer.
2,30,9), "por el Hijo y el Espíritu", que son como "sus
manos" (ibid., 4,20,1). La creación es la obra común de la Santísima
Trinidad.
III "EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA
GLORIA
DE DIOS"
293 Es una verdad fundamental que la Escritura
y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: "El mundo ha sido creado
para la gloria de Dios" (Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas
las cosas, explica S. Buenaventura, "non propter gloriam augendam, sed
propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam"
("no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla")
(sent. 2,1,2,2,1). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su
bondad: "Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt"
("Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas") (S.
Tomás de A. sent. 2, prol.) Y el Concilio Vaticano primero explica:
En su bondad y por su fuerza
todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su
perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas,
el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio , en el comienzo del tiempo,
creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal (DS
3002).
294 La gloria de Dios consiste en que se
realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el
mundo ha sido creado. Hacer de nosotros "hijos adoptivos por medio de
Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de
su gracia" (Ef 1,5-6): "Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y
la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la
creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más
la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a
Dios" (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios
, "Creador de todos los seres, se hace por fin `todo en todas las cosas'
(1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad"
(AG 2).
IV EL MISTERIO DE LA CREACION
Dios crea por sabiduría y por amor
295 Creemos que Dios creó el mundo según su
sabiduría (cf. Sb 9,9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un
destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que
ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su
bondad: "Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no
existía fue creado" (Ap 4,11). "¡Cuán numerosas son tus obras, Señor!
Todas las has hecho con sabiduría" (Sal 104,24 "Bueno es el Señor
para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras" (Sal 145,9).
Dios crea "de la nada"
296 Creemos que Dios no necesita nada
preexistente ni ninguna ayuda para crear (cf. Cc. Vaticano I: DS 3022). La
creación tampoco es una emanación necesaria de la substancia divina (cf. Cc.
Vaticano I: DS 3023-3024). Dios crea libremente " de la nada" (DS
800; 3025):
¿Qué tendría de extraordinario si Dios
hubiera sacado el mundo de una materia preexistente? Un artífice humano, cuando
se le da un material, hace de él todo lo que quiere. Mientras que el poder de
Dios se muestra precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que
quiere (S. Teófilo de Antioquía, Autol. 2,4).
297 La fe en la creación "de la nada"
está atestiguada en la Escritura como una verdad llena de promesa y de
esperanza. Así la madre de los siete hijos macabeos los alienta al martirio:
Yo no sé cómo aparecisteis en mis
entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé
yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al
hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá
el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros
mismos a causa de sus leyes...Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra
y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios
y que también el género humano ha llegado así a la existencia (2 M 7,22-23.28).
298 Puesto que Dios puede crear de la nada,
puede por el Espíritu Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en
ellos un corazón puro (cf. Sal 51,12), y la vida del cuerpo a los difuntos
mediante la Resurrección. El "da la vida a los muertos y llama a las cosas
que no son para que sean" (Rom 4,17). Y puesto que, por su Palabra, pudo
hacer resplandecer la luz en las tinieblas (cf. Gn 1,3), puede también dar la
luz de la fe a los que lo ignoran (cf. 2 Co 4,6).
Dios crea un mundo ordenado y bueno
299 Porque Dios crea con sabiduría, la creación
está ordenada: "Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sb
11,20). Creada en y por el Verbo eterno, "imagen del Dios invisible"
(Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf.
Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia,
participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos
dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un
espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3).
Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad ("Y vio
Dios que era bueno...muy bueno": Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la
creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia
que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones,
defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS
286; 455-463; 800; 1333; 3002).
Dios transciende la creación y está
presente en ella
300 Dios es infinitamente más grande que todas
sus obras (cf. Si 43,28): "Su majestad es más alta que los cielos"
(Sal 8,2), "su grandeza no tiene medida" (Sal 145,3). Pero porque es
el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente
en lo más íntimo de sus criaturas: "En el vivimos, nos movemos y
existimos" (Hch 17,28). Según las palabras de S. Agustín, Dios es
"superior summo meo et interior intimo meo" ("Dios está por
encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi
intimidad") (conf. 3,6,11).
Dios
mantiene y conduce la creación
301
Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da
el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el
obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto
al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza:
Amas
a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no
lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido?
¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque
todo es tuyo, Señor que amas la vida (Sb 11, 24-26).
V
DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA PROVIDENCIA
302 La creación tiene su bondad y su perfección
propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada
"en estado de vía" ("In statu viae") hacia una perfección
última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina
providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación
hacia esta perfección:
Dios
guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, "alcanzando con
fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura"
(Sb 8, 1). Porque "todo está desnudo y patente a sus ojos" (Hb 4,
13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I:
DS 3003).
303 El testimonio de la Escritura es unánime:
la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de
todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y
de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía
absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: "Nuestro Dios en los
cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza" (Sal 115, 3); y de
Cristo se dice: "si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede
abrir" (Ap 3, 7); "hay muchos proyectos en el corazón del hombre,
pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).
304
Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura atribuir
con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es
"una manera de hablar" primitiva, sino un modo profundo de recordar
la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is
10, 5-15; 45, 5-7; Dt 32, 39; Si 11, 14) y de educar así para la confianza en
E1. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza (cf Sal 22;
32; 35; 103; 138).
305
Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida
de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues,
preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?... Ya sabe
vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su
Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,
31-33; cf 10, 29-31).
La
providencia y las causas segundas
306
Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve
también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino
de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus
criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de
ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su
designio.
307
Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su
providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla
(cf Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres
para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su
bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de
la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su
acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col I, 24)
Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores de Dios" (1 Co 3, 9;
1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).
308
Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de
sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas:
"Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le
parece" (Flp 2, 13; cf 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la
dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la
sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen,
porque "sin el Creador la criatura se diluye" (GS 36, 3); menos aún
puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf Mt 19, 26; Jn
15, 5; Flp 4, 13).
La
providencia y el escándalo del mal
309
Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado
de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante
como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta
simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta:
la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que
sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de
su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la
fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las
criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también
libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un
rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del
mal.
310
Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir
ningún mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S.
Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas,
Dios quiso libremente crear un mundo ``en estado de vía" hacia su
perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con
la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más
perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza
también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal
físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de
A., s. gent. 3, 71).
311
Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia
su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden
desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo,
incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni
directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1,
1; S. Tomás de A., s. th. 1-2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la
libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:
Porque
el Dios Todopoderoso... por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en
sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno
para hacer surgir un bien del mismo mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).
312 Así,
con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa,
puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por
sus criaturas: "No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me
enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo
pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso" (Gn 45,
8;50, 20; cf Tb 2, 12-18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás,
el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los
hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor
de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no
por esto el mal se convierte en un bien.
313
"Todo coopera al bien de los que aman a Dios" (Rm 8, 28). E1
testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad:
Así
Santa Catalina de Siena dice a "los que se escandalizan y se rebelan por
lo que les sucede": "Todo procede del amor, todo está ordenado a la
salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin" (dial.4,
138).
Y
Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: "Nada
puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos
parezca, es en realidad lo mejor" (carta).
Y
Juliana de Norwich: "Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era
preciso mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas
las cosas serán para bien..." "Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well
" (rev.32).
314 Creemos firmemente que Dios es el Señor del
mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con
frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento
parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán
plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas
del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese
Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.
RESUMEN
315 En
la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio
de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su
"designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en
Cristo.
316 Aunque
la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente
verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e
indivisible de la creación.
317 Sólo
Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.
318 Ninguna
criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el
sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no
lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).
319 Dios
creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios
creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su
belleza.
320 Dios,
que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el
Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su
Espirita Creador que da la vida.
321 La
divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con
sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.
322 Cristo
nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf
Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras
preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).
323 La
providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres
humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.
324 La
permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece
por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da
la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal
mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.
Parrafo
5 EL CIELO Y LA TIERRA
325
El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es "el Creador del cielo y de
la tierra", y el Símbolo de Nicea-Constantinopla explicita: "...de
todo lo visible y lo invisible".
326
En la Sagrada Escritura, la expresión "cielo y tierra" significa:
todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que, en el
interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: "La tierra",
es el mundo de los hombres (cf Sal 115, 16). "E1 cielo" o "los
cielos" puede designar el firmamento (cf Sal 19, 2), pero también el
"lugar" propio de Dios: "nuestro Padre que está en los
cielos" (Mt 5, 16; cf Sal 115, 16), y por consiguiente también el
"cielo", que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra
"cielo" indica el "lugar" de las criaturas espirituales
-los ángeles- que rodean a Dios.
327
La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios, "al comienzo
del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la
corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la criatura humana, que
participa de las dos realidades, pues está compuesta de espíritu y de
cuerpo" (DS 800; cf DS 3002 y SPF 8).
I
LOS ANGELES
La
existencia de los ángeles, una verdad de fe
328
La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura
llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. E1 testimonio de la Escritura
es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
Quiénes
son los ángeles
329
S. Agustín dice respecto a ellos: "Angelus officii nomen est, non naturae.
Quaeris numen huins naturae, spiritus est; quaeris officium, ángelus est: ex eo
quad est, spiritus est, ex eo quod agit, ángelus" ("El nombre de
ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te
diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un
ángel") (Psal. 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y
mensajeros de Dios. Porque contemplan "constantemente el rostro de mi
Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus
órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20).
330
En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad:
son criaturas personales (cf Pío XII: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20, 36).
Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su
gloria da testimonio de ello (cf Dn 10, 9-12).
Cristo
"con todos sus ángeles"
331
Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus
ángeles..." (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para
E1: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la
tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1,
16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de
salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión
de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1, 14).
332
Desde la creación (cf Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados "hijos de
Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos,
anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de
su realización: cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf
Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano de Abraham
(cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch 7,53), conducen
el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20-23), anuncian nacimientos (cf Jc 13) y
vocaciones (cf Jc 6, 11-24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5),
por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el
nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26).
333
De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de
la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce "a su
Primogénito en el mundo, dice: 'adórenle todos los ángeles de Dios"' (Hb
1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de
resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2, 14).
Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el
desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43),
cuando E1 habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt
26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los
ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de
la Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo.
Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1,
10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41;
25, 31 ; Lc 12, 8-9).
Los
ángeles en la vida de la Iglesia
334
De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y
poderosa de los ángeles (cf Hch 5, 18-20; 8, 26-29; 10, 3-8; 12, 6-11; 27,
23-25).
335
En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces
santo (cf MR, "Sanctus"); invoca su asistencia (así en el "In
Paradisum deducant te angeli..." ("Al Paraíso te lleven los
ángeles...") de la liturgia de difuntos, o también en el "Himno
querubínico" de la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la
memoria de ciertos ángeles (S. Miguel, S. Gabriel, S. Rafael, los ángeles
custodios).
336
Desde su comienzo (cf Mt 18, 10) a la muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana
está rodeada de su custodia (cf Sal 34, 8; 91, 1013) y de su intercesión (cf Jb
33, 23-24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Cada fiel tiene a su lado un ángel como
protector y pastor para conducirlo a la vida" (S. Basilio, Eun. 3, 1).
Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad
bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
II
EL MUNDO VISIBLE
337
Dios mismo es quien ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su
diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente
como una secuencia de seis días "de trabajo" divino que terminan en
el "reposo" del día séptimo (Gn 1, 1-2,4). El texto sagrado enseña, a
propósito de la creación, verdades reveladas por Dios para nuestra salvación
(cf DV 11) que permiten "conocer la naturaleza íntima de todas las
criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza divina" (LG 36).
338
Nada existe que no deba su existencia a Dios creador. El mundo comenzó cuando
fue sacado de la nada por la palabra de Dios; todos los seres existentes, toda
la naturaleza, toda la historia humana están enraizados en este acontecimiento
primordial: es el origen gracias al cual el mundo es constituido, y el tiempo
ha comenzado (cf S. Agustín, Gen. Man. 1, 2, 4).
339
Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las
obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era
bueno". "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están
dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden" (GS 36, 2). Las
distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera,
un rayo de la sabiduría y de la bondad Infinitas de Dios. Por esto, el hombre
debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado
de las cosas, que desprecie al Creador y acarrce consecuencias nefastas para
los hombres y para su ambiente.
340
La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. E1 sol y la luna, el
cedro y la florecilla, el águila y el gorrión: las innumerables diversidades y
desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no
existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse
mutuamente.
341
La belleza del universo: el orden y la armonía del mundo creado derivan de la
diversidad de los seres y de las relaciones que entre ellos existen. El hombre
las descubre progresivamente como leyes de la naturaleza que causan la
admiración de los sabios. La belleza de la creación refleja la Infinita belleza
del Creador. Debe inspirar el respeto y la sumisión de la inteligencia del
hombre y de su voluntad.
342
La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los "seis
días", que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus
criaturas (cf Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Pero
Jesús dice: "Vosotros valéis más que muchos pajarillos" (Lc 12, 6-7),
o también: "¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!" (Mt 12, 12).
343
El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo
expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras
criaturas (cf Gn 1, 26).
344 Existe
una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el
mismo Creador, y que todas están ordenadas a su gloria:
Loado
seas por toda criatura, mi Señor, y en especial loado por el hermano Sol, que
alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor y lleva por los cielos
noticia de su autor.
Y
por la hermana agua, preciosa en su candor, que es útil, casta, humilde: ¡loado
mi Señor!
Y
por la hermana tierra que es toda bendición, la hermana madre tierra, que da en
toda ocasión las hierbas y los frutos y flores de color, y nos sustenta y rige:
¡loado mi Señor!
Servidle
con ternura y humilde corazón, agradeced sus dones, cantad su creación. Las criaturas
todas, load a mi Señor. Amén.
(S.
Francisco de Asís, Cántico de las criaturas.)
345
El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto
sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había
hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios,
en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2,
1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:
346
En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf
Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son
para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de
Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer
fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la
creación.
347
La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la
adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1,
14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la
dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto
orden de las preocupaciones humanas.
348
El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es
corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de
creación.
349
El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la
Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo
día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra
todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su
cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la
primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).
RESUMEN
350 Los
ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin cesar y que sirven
sus designios salv/ficos con las otras criaturas: "Ad omnia bona nostra
cooperantur angeli" ("Los ángeles cooperan en toda obra buena que
hacemos") (S. Tomás de A., s. th . 1, 114, 3, ad 3).
351 Los
ángeles rodean a Cristo, su Señor. Le sirven particularmente en el cumplimiento
de su misión salvífica para con los hombres.
352 La
Iglesia venera a los ángeles que la ayudan en su peregrinar terrestre y
protegen a todo ser humano.
353 Dios
quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar de cada una, su
interdependencia y su orden. Destinó todas las criaturas materiales al bien del
género humano. El hombre, y toda la creación a través de él, está destinado a
la gloria de Dios.
354 Respetar
las leyes inscritas en la creación y las relaciones que derivan de la
naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la
moral.
Párrafo
6 EL HOMBRE
355 "Dios creó al hombre a su imagen, a
imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó" (Gn 1,27). El hombre
ocupa un lugar único en la creación: "está hecho a imagen de Dios"
(I); en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material (II);
es creado "hombre y mujer" (III); Dios lo estableció en la amistad
con él. (IV).
I "A IMAGEN DE DIOS"
356 De todas las criaturas visibles sólo el
hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador" (GS 12,3); es la
"única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS
24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la
vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su
dignidad:
¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el
motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada
que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti
mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le
diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo
4,13).
357 Por haber sido hecho a imagen de Dios, el
ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es
capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con
otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a
ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su
lugar.
358 Dios creó todo para el hombre (cf. Gs 12,1;
24,3; 39,1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para
ofrecerle toda la creación:
¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a
la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y
admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación
entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad
de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha
perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo
posible para que el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha (S. Juan
Crisóstomo, In Gen. Sermo 2,1).
359 "Realmente, el el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22,1):
San Pablo nos dice que dos hombres
dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo...El primer hombre,
Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida. Aquel primer
Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a
vivir... El segundo Adán es aquel que, cuando creó al primero, colocó en él su
divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre,
para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer
Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero
este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, el
primero, como él mismo afirma: "Yo soy el primero y yo soy el
último". (S. Pedro Crisólogo, serm. 117).
360 Debido a la comunidad de origen, el género
humano forma una unidad. Porque Dios "creó, de un solo principio, todo el
linaje humano" (Hch 17,26; cf. Tb 8,6):
Maravillosa visión que nos hace
contemplar el género humano en la unidad de su origen en Dios ...: en la unidad
de su naturaleza, compuesta de igual modo en todos de un cuerpo material y de
un alma espiritual; en la unidad de su fin inmediato y de su misión en el
mundo; en la unidad de su morada: la tierra, cuyos bienes todos los hombres,
por derecho natural, pueden usar para sostener y desarrollar la vida; en la
unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo a quien todos deben tender; en la unidad
de los medios para alcanzar este fin; ... en la unidad de su rescate realizado
para todos por Cristo (Pío XII, Enc. "Summi Pontificatus" 3; cf. NA
1).
361 "Esta ley de solidaridad humana y de
caridad (ibid.), sin excluir la rica variedad de las personas, las culturas y
los pueblos, nos asegura que todos los hombres son verdaderamente hermanos.
II "CORPORE ET ANIMA UNUS"
362 La persona humana, creada a imagen de Dios,
es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad
con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con
polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un
ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido
por Dios.
363 A menudo, el término alma designa en la
Sagrada Escritura la vida humana (cf. Mt 16,25-26; Jn 15,13) o toda la persona
humana (cf. Hch 2,41). Pero designa también lo que hay de más íntimo en el
hombre (cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28; 2 M 6,30),
aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma"
significa el principio espiritual en el hombre
364 El cuerpo del hombre participa de la
dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque
está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está
destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu (cf. 1 Co
6,19-20; 15,44-45):
Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su
misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal
modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre
alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la
vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno
y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el
último día (GS 14,1).
365 La unidad del alma y del cuerpo es tan
profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo
(cf. Cc. de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la
materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el
espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión
constituye una única naturaleza.
366 La Iglesia enseña que cada alma espiritual
es directamente creada por Dios (cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS
3896; Pablo VI, SPF 8) -no es "producida" por los padres-, y que es
inmortal (cf. Cc. de Letrán V, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa
del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección
final.
367 A veces se acostumbra a distinguir entre
alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro "ser entero, el
espíritu, el alma y el cuerpo" sea conservado sin mancha hasta la venida
del Señor (1 Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una
dualidad en el alma (Cc. de Constantinopla IV, año 870: DS 657).
"Espíritu" significa que el hombre está ordenado desde su creación a
su fin sobrenatural (Cc. Vaticano I: DS 3005; cf. GS 22,5), y que su alma es
capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf. Pío XII, Humani
generis, año 1950: DS 3891).
368 La tradición espiritual de la Iglesia
también presenta el corazón en su sentido bíblico de "lo más profundo del
ser" (Jr 31,33), donde la persona se decide o no por Dios (cf. Dt 6,5;
29,3;Is 29,13; Ez 36,26; Mt 6,21; Lc 8,15; Rm 5,5).
III "HOMBRE Y MUJER LOS CREO"
Igualdad y diferencia queridas por Dios
369 El hombre y la mujer son creados, es decir,
son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que
personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer.
"Ser hombre", "ser mujer" es una realidad buena y querida
por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, que
viene inmediatamente de Dios su creador (cf. Gn 2,7.22). El hombre y la mujer
son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su
"ser-hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la
bondad del Creador.
370 Dios no es, en modo alguno, a imagen del
hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay
lugar para la diferencia de sexos. Pero las "perfecciones" del hombre
y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre
(cf. Is 49,14-15; 66,13; Sal 131,2-3) y las de un padre y esposo (cf. Os
11,1-4; Jr 3,4-19).
"El uno para el otro",
"una unidad de dos"
371 Creados a la vez, el hombre y la mujer son
queridos por Dios el uno para el otro. La Palabra de Dios nos lo hace entender
mediante diversos acentos del texto sagrado. "No es bueno que el hombre
esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2,18). Ninguno de los
animales es "ayuda adecuada" para el hombre (Gn 2,19-20). La mujer,
que Dios "forma" de la costilla del hombre y presenta a éste,
despierta en él un grito de admiración, una exclamación de amor y de comunión:
"Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn
2,23). El hombre descubre en la mujer como un otro "yo", de la misma
humanidad.
372 El hombre y la mujer están hechos "el
uno para el otro": no que Dios los haya hecho "a medias" e
"incompletos"; los ha creado para una comunión de personas, en la que
cada uno puede ser "ayuda" para el otro porque son a la vez iguales
en cuanto personas ("hueso de mis huesos...") y complementarios en
cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que,
formando "una sola carne" (Gn 2,24), puedan transmitir la vida
humana: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra" (Gn 1,28).
Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como
esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador (cf. GS
50,1).
373 En el plan de Dios, el hombre y la mujer
están llamados a "someter" la tierra (Gn 1,28) como
"administradores" de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio
arbitrario y destructor. A imagen del Creador, "que ama todo lo que
existe" (Sb 11,24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la
Providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su
responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado.
IV EL HOMBRE EN EL PARAISO
374 El primer hombre fue no solamente creado
bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía
consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no
serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo.
375 La Iglesia, interpretando de manera
auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de
la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos
en un estado "de sant idad y de justicia original" (Cc. de Trento: DS
1511). Esta gracia de la santidad original era una "participación de la
vida divina" (LG 2).
376 Por la irradiación de esta gracia, todas
las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras
permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir (cf. Gn 2,17;
3,19) ni sufrir (cf. Gn 3,16). La armonía interior de la persona humana, la
armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera
pareja y toda la creación constituía el estado llamado "justicia
original".
377 El "dominio" del mundo que Dios
había concedido al hombre desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del
hombre mismo como dominio de sí. El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su
ser por estar libre de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2,16), que lo somete
a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la
afirmación de sí contra los imperativos de la razón.
378 Signo de la familiaridad con Dios es el
hecho de que Dios lo coloca en el jardín (cf. Gn 2,8). Vive allí "para
cultivar la tierra y guardarla" (Gn 2,15): el trabajo no le es penoso (cf.
Gn 3,17-19), sino que es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en
el perfeccionamiento de la creación visible.
379 Toda esta armonía de la justicia original,
prevista para el hombre por designio de Dios, se perderá por el pecado de
nuestros primeros padres.
RESUMEN
380 "A imagen tuya creaste al hombre y le
encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador,
dominara todo lo creado" (MR, Plegaria eucarística IV, 118).
381 El hombre es predestinado a reproducir la
imagen del Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del Dios invisible" (Col
1,15)-, para que Cristo sea el primogénito de una multitud de hermanos y de
hermanas (cf. Ef 1,3-6; Rm 8,29).
382 El hombre es "corpore et anima
unus" ("una unidad de cuerpo y alma") (GS 14,1). La doctrina de
la fe afirma que el alma espiritual e inmortal es creada de forma inmediata por
Dios.
383 "Dios no creó al hombre solo: en
efecto, desde el principio `los creó hombre y mujer' (Gn 1,27). Esta asociación
constituye la primera forma de comunión entre personas" (GS 12,4).
384 La revelación nos da a conocer el estado de
santidad y de justicia originales del hombre y la mujer antes del pecado: de su
amistad con Dios nacía la felicidad de su existencia en el paraíso.