(26-281)
Primera
Parte
La
profesión de la fe
PRIMERA
SECCION
"CREO"-"CREEMOS"
26
Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo: "Creo" o
"Creemos". Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada
en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los
Mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa "creer".
La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando
al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de
su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (capítulo
primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al
encuentro del hombre (capítulo segundo). y finalmente la respuesta de la fe
(capítulo tercero).
CAPITULO
PRIMERO:
EL
HOMBRE ES "CAPAZ"
DE
DIOS
I. EL DESEO DE DIOS
27
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha
sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre
hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa
de buscar:
La
razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la
comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su
nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado
siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce
libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19,1).
28
De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han
expresado a su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus
comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones,
etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de
expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso:
El
creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda
la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar
donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a
tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada
uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,26-28).
29
Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser
olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales
actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra
el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del
mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las
corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del
hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su
llamada (cf. Jon 1,3).
30
"Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre
puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a
buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del
hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad,
"un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a
buscar a Dios.
Tú
eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría
no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente
el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de
su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo,
el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a
ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho
para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín,
conf. 1,1,1).
II LAS VIAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE
DIOS
31
Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a
Dios descubre ciertas "vías" para acceder al conocimiento de Dios. Se
las llama también "pruebas de la existencia de Dios", no en el
sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de
"argumentos convergentes y convincentes" que permiten llegar a
verdaderas certezas.
Estas
"vías" para acercarse a Dios tienen como punto de partida la
creación: el mundo material y la persona humana.
32
El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden
y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del
universo.
S.Pablo
afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de Dios se puede conocer, está
en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde
la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su
poder eterno y su divinidad" (Rom 1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb
13,1-9).
Y
S. Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza
del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga
a la belleza del cielo...interroga a todas estas realidades. Todas te responde:
Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio").
Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza
("Pulcher"), no sujeto a cambio?" (serm. 241,2).
33
El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien
moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito
y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas
aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad
que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia" (GS 18,1; cf.
14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.
34
El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer
principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí,
sin origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías", el hombre puede
acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa
primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (S. Tomás
de A., s.th. 1,2,3).
35
Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios
personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido
revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación
en la fe. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a
la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.
III EL CONOCIMIENTO DE DIOS SEGUN LA IGLESIA
36
"La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y
fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural
de la razón humana a partir de las cosas creadas" (Cc. Vaticano I: DS
3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría
acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido
creado "a imagen de Dios" (cf. Gn 1,26).
37
Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre
experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su
razón:
A
pesar de que la razón humana, hablando simplemente, pueda verdaderamente por
sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de
un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como
de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay
muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto
su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres
sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben
traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y
renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades,
padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de
los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes
materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la
incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII,
enc. "Humani Generis": DS 3875).
38
Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no
solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre
"las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la
razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano,
conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error"
(ibid., DS 3876; cf. Cc Vaticano I: DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s.th.
1,1,1).
IV ¿COMO HABLAR DE DIOS?
39
Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia
expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y
con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las
otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no
creyentes y los ateos.
40
Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre
Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y
según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.
41
Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el
hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las
criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección
infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones
de sus criaturas, "pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se
llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5).
42
Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro
lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes,
de imperfecto, para no confundir al Dios "inefable, incomprensible,
invisible, inalcanzable" (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo)
con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre
más acá del Misterio de Dios.
43
Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano,
pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su
infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que "entre el
Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia
entre ellos no sea mayor todavía" (Cc. Letrán IV: DS 806), y que
"nosotros no podemos captar de Dios lo que él es, sino solamente lo que no
es y cómo los otros seres se sitúan con relación a él" (S. Tomás de A., s.
gent. 1,30).
RESUMEN
44
El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y
yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive
libremente su vínculo con Dios.
45
El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien encuentra su
dicha."Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mi
penas ni pruebas, y viva, toda llena de ti, será plena" (S. Agustín, conf.
10,28,39).
46
Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia,
entonces puede alcanzar a certeza de la existencia de Dios, causa y fin de
todo.
47
La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede
ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana
(cf. Cc.Vaticano I: DS 3026).
48
Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las múltiples
perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios infinitamente perfecto,
aunque nuestro lenguaje limitado no agote su misterio.
49
"Sin el Creador la criatura se diluye" (GS 36). He aquí por qué los
creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a llevar la luz del
Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan.
CAPITULO
SEGUNDO
DIOS
AL ENCUENTRO
DEL
HOMBRE
50
Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir
de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de
ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (cf.
Cc. Vaticano I: DS 3015). Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y
se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que
estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela
plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al
Espíritu Santo.
Artículo
1 LA REVELACION DE DIOS
I DIOS REVELA SU DESIGNIO AMOROSO
51
"Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el
misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo,
Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen
consortes de la naturaleza divina" (DV 2).
52
Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar
su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos,
en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios
quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más
allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.
53
El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante acciones
y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente
(DV 2). Este designio comporta una "pedagogía divina" particular:
Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la
Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la
misión del Verbo encarnado, Jesucristo.
S.
Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la
imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: "El Verbo de Dios
ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al
hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre,
según la voluntad del Padre" (haer. 3,20,2; cf. por ejemplo 17,1; 4,12,4;
21,3).
II LAS ETAPAS DE LA REVELACION
Desde el origen, Dios se da a conocer
54
"Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres
testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de
la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros
primeros padres ya desde el principio" (DV 3). Los invitó a una comunión
íntima con él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes.
55
Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres.
Dios, en efecto, "después de su caída alentó en ellos la esperanza de la
salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género
humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia
en las buenas obras" (DV 3).
Cuando
por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la
muerte...Reiteraste, además, tu alianza a los hombres (MR, Plegaria eucarística
IV,118).
La alianza con Noé
56
Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el
comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La Alianza con
Noé después del diluvio (cf. Gn 9,9) expresa el principio de la Economía divina
con las "naciones", es decir con los hombres agrupados "según
sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes" (Gn 10,5; cf.
10,20-31).
57
Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las
naciones (cf. Hch 17,26-27), está destinado a limitar el orgullo de una
humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5), quisiera hacer
por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11,4-6). Pero, a causa del
pecado (cf. Rom 1,18-25), el politeísmo así como la idolatría de la nación y de
su jefe son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún
no definitiva.
58
La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones
(cf. Lc 21,24), hasta la proclamación universal del evangelio. La Biblia venera
algunas grandes figuras de las "naciones", como "Abel el
justo", el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14,18), figura de Cristo (cf.
Hb 7,3), o los justos "Noé, Daniel y Job" (Ez 14,14). De esta manera,
la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según
la alianza de Noé en la espera de que Cristo "reúna en uno a todos los
hijos de Dios dispersos" (Jn 11,52).
Dios
elige a Abraham
59
Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abraham llamándolo
"fuera de su tierra, de su patria y de su casa" (Gn 12,1), para hacer
de él "Abraham", es decir, "el padre de una multitud de
naciones" (Gn 17,5): "En ti serán benditas todas las naciones de la
tierra" (Gn 12,3 LXX; cf. Ga 3,8).
60
El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los
patriarcas, el pueblo de la elección (cf. Rom 11,28), llamado a preparar la
reunión un día de todos los hijos de Dios en la unidad de loa Iglesia (cf. Jn
11,52; 10,16); ese pueblo será la raíz en la que serán injertados los paganos
hechos creyentes (cf. Rom 11,17-18.24).
61
Los patriarcas, los profetas y otros personajes del Antiguo Testamento han sido
y serán siempre venerados como santos en todas las tradiciones litúrgicas de la
Iglesia.
Dios forma a su pueblo Israel
62
Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo
salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la alianza del Sinaí y
le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como
al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que
esperase al Salvador prometido (cf. DV 3).
63
Israel es el pueblo sacerdotal de Dios (cf. Ex 19,6), el que "lleva el
Nombre del Señor" (Dt 28,10). Es el pueblo de aquellos "a quienes
Dios habló primero" (MR, Viernes Santo 13: oración universal VI), el
pueblo de los "hermanos mayores" en la fe de Abraham.
64
Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la
espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (cf. Is
2,2-4), y que será grabada en los corazones (cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16). Los
profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de
todas sus infidelidades (cf. Ez 36), una salvación que incluirá a todas las
naciones (cf. Is 49,5-6; 53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del
Señor (cf. So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas como
Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la
esperanza de la salvación de Israel. De ellas la figura más pura es María (cf.
Lc 1,38).
III CRISTO JESUS-"MEDIADOR Y PLENITUD
DE
TODA LA REVELACION" (DV 2)
Dios ha dicho todo en su Verbo
65
"De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a
nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha
hablado por su Hijo" (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es
la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no
habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos,
lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:
Porque
en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra,
todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que
hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado
en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora
quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría
una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en
Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida al
monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p.
184.).
No habrá otra revelación
66
"La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no
hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa
manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (DV 4). Sin embargo, aunque la
Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la
fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los
siglos.
67
A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas",
algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia.
Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de
"mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo,
sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.
Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus
fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una
llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.
La
fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que pretenden superar o
corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas
Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en
semejantes "revelaciones".
RESUMEN
68
Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. De este modo da una
respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que el hombre se plantea
sobre el sentido y la finalidad de su vida.
69
Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio Misterio
mediante obras y palabras.
70
Más allá del testimonio que Dios da de sí mismo en las cosas creadas, se
manifestó a nuestros primeros padres. Les habló y, después de la caída, les
prometió la salvación (cf. Gn 3,15), y les ofreció su alianza.
71
Dios selló con Noé una alianza eterna entre El y todos los seres vivientes (cf.
Gn 9,16). Esta alianza durará tanto como dure el mundo.
72
Dios eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia. De él formó
a su pueblo, al que reveló su ley por medio de Moisés. Lo preparó por los
profetas para acoger la salvación destinada a toda la humanidad.
73
Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha
establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del
Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de El.
Artículo
2 LA TRANSMISION DE LA
REVELACION DIVINA
74
Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad" ( 1 Tim 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf. Jn
14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todo
s los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo:
Dios
quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se
conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades (DV 7).
I LA TRADICION APOSTOLICA
75
"Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles
predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora
y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio
prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca"
(DV 7).
La predicación apostólica...
76
La transmisión del evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos
maneras:
oralmente:
"los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones,
transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de
Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó";
por
escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por
escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo" (DV
7).
... continuada en la sucesión
apostólica
77
"Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la
Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, 'dejándoles su
cargo en el magisterio'" (DV 7). En efecto, "la predicación
apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de
conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos" (DV 8).
78
Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la
Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente
ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto,
conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8).
"Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta
Tradición, cuyas riquezas van pasando a loa práctica y a la vida de la Iglesia
que cree y ora" (DV 8).
79
Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el
Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: "Dios, que habló en
otros tiempos, sigue conservando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el
Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y
por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y
hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo" (DV 8).
II LA RELACION ENTRE LA TRADICION
Y LA SAGRADA ESCRITURA
Una fuente común...
80
La Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto
modo y tienden a un mismo fin" (DV 9). Una y otra hacen presente y fecundo
en la Iglesia el misterio de Cristo que ha prometido estar con los suyos
"para siempre hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
...
dos modos distintos de transmisión
81
"La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por
inspiración del Espíritu Santo".
"La
Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo
a los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos,
iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la
difundan fielmente en su predicación"
82
De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la
interpretación de la Revelación "no saca exclusivamente de la Escritura la
certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo
espíritu de devoción" (DV 9).
Tradición apostólica y tradiciones
eclesiales
83
La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite
lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que
aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de
cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo
atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es
preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas,
disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en
las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran
Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas
épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquellas pueden ser mantenidas,
modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.
III LA INTERPRETACION DEL DEPOSITO DE LA FE
El depósito de la fe confiado a la
totalidad de la Iglesia
84
"El depósito sagrado" (cf. 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,12-14) de la fe
(depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura
fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. "Fiel a dicho
depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre
en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así
se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar,
practicar y profesar la fe recibida" (DV 10).
El Magisterio de la Iglesia
85
"El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o
escritura, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo
ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos en
comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.
86
"El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su
servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con
la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia
celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo
lo que propone como revelado por Dios para ser creído" (DV 10).
87
Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a
vosotros escucha a mi me escucha" (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con
docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes
formas.
Los dogmas de la fe
88
El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo
cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al
pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la
Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que
tienen con ellas un vínculo necesario.
89
Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los
dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De
modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón
estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf. Jn 8,31-32).
90
Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el
conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf. Cc. Vaticano I: DS 3016:
"nexus mysteriorum"; LG 25). "Existe un orden o `jerarquía' de
las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el
fundamento de la fe cristiana" (UR 11)
El sentido sobrenatural de la fe
91
Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la
verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye
(cf. 1 Jn 2,20.27) y los conduce a la verdad completa (cf. Jn 16,13).
92
"La totalidad de los fieles ... no puede equivocarse en la fe. Se
manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la
fe de todo el pueblo: cuando 'desde los obispos hasta el último de los laicos
cristianos' muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral"
(LG 12).
93
"El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con
él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio...se adhiere
indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la
profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la
vida" (LG 12).
El crecimiento en la inteligencia de la
fe
94
Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de las
realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer en la vida
de la Iglesia:
-
"Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su
corazón" (DV 8); es en particular la investigación teológica quien debe
" profundizar en el conocimiento de la verdad revelada" (GS 62,7;
cfr. 44,2; DV 23; 24; UR 4).
-
Cuando los fieles "comprenden internamente los misterios que viven"
(DV 8); "Divina eloquia cum legente crescunt" (S.Gregorio Magno,
Homilía sobre Ez 1,7,8: PL 76, 843 D).
-
"Cuando las proclaman los obispos, sucesores de los apóstoles en el
carisma de la verdad" (DV 8).
95
"La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan
prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir
sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único
Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas" (DV
10,3).
RESUMEN
96
Lo que Cristo confió a los apóstoles, estos lo transmitieron por su predicación
y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a todas las generaciones
hasta el retorno glorioso de Cristo.
97
"La Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el depósito sagrado de la
palabra de Dios" (DV 10), en el cual, como en un espejo, la Iglesia
peregrinante contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas.
98
"La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a
todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8).
99
En virtud de su sentido sobrenatural de la fe, todo el Pueblo de Dios no cesa
de acoger el don de la Revelación divina, de penetrarla más profundamente y de
vivirla de modo más pleno.
100
El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido confiado
únicamente al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a los obispos en comunión con
él.
Artículo
3: LA SAGRADA ESCRITURA
I CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA
ESCRITURA
101 En la condescendencia de su bondad, Dios,
para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: "La palabra
de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano,
como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se
hizo semejante a los hombres " (DV 13).
102 A través de todas las palabras de la
Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se
dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):
Recordad
que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras,
que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados,
el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no
está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).
103
Por esta razón, la Iglesia ha venerado
siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa
de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la
Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).
104 En la Sagrada Escritura, la Iglesia
encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no
recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de
Dios (cf. 1 Ts 2,13). "En los libros sagrados, el Padre que está en el
cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con
ellos" (DV 21).
II INSPIRACION Y VERDAD DE LA SAGRADA
ESCRITURA
105 Dios es el autor de la Sagrada Escritura.
"Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la
Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo".
"La
santa Madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles, reconoce que todos los
libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y
canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a
Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia" (DV 11).
106 Dios ha inspirado a los autores humanos de
los libros sagrados. "En la composición de los libros sagrados, Dios se
valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de
este modo obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron
por escrito todo y sólo lo que Dios quería" (DV 11).
107 Los libros inspirados enseñan la verdad.
"Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma
el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente,
fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para
salvación nuestra" (DV 11).
108
Sin embargo, la fe cristiana no es una "religión del Libro". El
cristianismo es la religión de la "Palabra" de Dios, "no de un
verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo" (S. Bernardo, hom.
miss. 4,11). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que
Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el
espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24,45).
III EL ESPÍRITU SANTO, INTÉRPRETE DE LA
ESCRITURA
109
En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres. Por
tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que los
autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso
manifestarnos mediante sus palabras (cf. DV 12,1).
110
Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta
las condiciones de su tiempo y de su cultura, los "géneros
literarios" usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de
narrar en aquel tiempo. "Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo
diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos,
o en otros géneros literarios" (DV 12,2).
111
Pero, dado que la Sagrada Escritura es inspirada, hay otro principio de la
recta interpretación , no menos importante que el precedente, y sin el cual la
Escritura sería letra muerta: "La Escritura se ha de leer e interpretar
con el mismo Espíritu con que fue escrita" (DV 12,3).
El
Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la
Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. DV 12,3):
112 1. Prestar una gran atención "al
contenido y a la unidad de toda la Escritura". En efecto, por muy
diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de
la unidad del designio de Dios , del que Cristo Jesús es el centro y el
corazón, abierto desde su Pascua (cf. Lc 24,25-27. 44-46).
El
corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo designa la sagrada Escritura que hace conocer
el corazón de Cristo. Este corazón estaba cerrado antes de la Pasión porque la
Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión,
porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen
de qué manera deben ser interpretadas las profecías (S. Tomás de A. Expos. in
Ps 21,11).
113 2. Leer la Escritura en "la Tradición
viva de toda la Iglesia". Según un adagio de los Padres, "sacra
Scriptura pincipalius est in corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis
scripta" ("La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia
que en la materialidad de los libros escritos"). En efecto, la Iglesia
encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu
Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura ("...secundum
spiritualem sensum quem Spiritus donat Ecclesiae": Orígenes, hom. in Lev.
5,5).
114
3. Estar atento "a la analogía de la fe" (cf. Rom 12,6). Por
"analogía de la fe" entendemos la cohesión de las verdades de la fe
entre sí y en el proyecto total de la Revelación.
El sentido de la Escritura
115
Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura:
el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido
alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos
asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia.
116
El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la Escritura
y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación.
"Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super litteralem" (S.
Tomás de Aquino., s.th. 1,1,10, ad 1) Todos los sentidos de la Sagrada
Escritura se fundan sobre el sentido literal.
117
El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente
el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de
que habla pueden ser signos.
El
sentido alegórico. Podemos adquirir una comprensión más profunda de los
acontecimientos reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del Mar
Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor
10,2).
El
sentido moral. Los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos
a un obrar justo. Fueron escritos "para nuestra instrucción" (1 Cor
10,11; cf. Hb 3-4,11).
El
sentido anagógico. Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación
eterna, que nos conduce (en griego: "anagoge") hacia nuestra Patria.
Así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap
21,1-22,5).
118 Un dístico medieval resume la significación
de los cuatro sentidos:
"Littera gesta docet, quid credas
allegoria,
Moralis
quid agas, quo tendas anagogia" (AGUSTÍN DE DACIA, Rotulus pugillaris, I:
ed. A. Walz: Angelicum 6 (1929), 256.
119
"A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir penetrando
y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio
pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de
la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de
Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios"
(DV 12,3).
Ego
vero Evangelio non credere, nisi me catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas
(S. Agustín, fund. 5,6).
IV
EL CANON DE LAS ESCRITURAS
120
La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la
lista de los Libros Santos (cf. DV 8,3). Esta lista integral es llamada
"Canon" de las Escrituras. Comprende para el Antiguo Testamento 46
escritos (45 si se cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf. DS
179; 1334-1336; 1501-1504):
Génesis,
Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, los dos libros de
Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y
Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los
Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la
Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc,
Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás Miqueas, Nahúm , Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías para el Antiguo Testamento; los Evangelios
de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las
cartas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los
Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y la
segunda a los Tesalonicenses, la primera y la segunda a Timoteo, a Tito, a
Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de Santiago, la primera y la segunda
de Pedro, las tres cartas de Juan, la carta de Judas y el Apocalipsis para el
Nuevo Testamento.
El
Antiguo Testamento
121
El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se
puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un
valor permanente (cf. DV 14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.
122
En efecto, "el fin principal de la economía antigua era preparar la venida
de Cristo, redentor universal". "Aunque contienen elementos
imperfectos y pasajeros", los libros del Antiguo Testamento dan testimonio
de toda la divina pedagogía del amor salvífico de Dios: "Contienen
enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre,
encierran tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra salvación"
(DV 15).
123
Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios. La
Iglesia ha rechazado siempre vigorosamente la idea de prescindir del Antiguo
Testamento so pretexto de que el Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo).
El
Nuevo Testamento
124
"La palabra de Dios, que es fuerza de Dios para ala salvación del que
cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo
Testamento" (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la
Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado,
sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos
de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (cf. DV 20).
125
Los evangelios son el corazón de todas las Escrituras "por ser el
testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro
Salvador" (DV 18).
126 En la formación de los evangelios se pueden
distinguir tres etapas:
1.
La vida y la enseñanza de Jesús. La Iglesia mantiene firmemente que los cuatro
evangelios, "cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo
que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente
para ala salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado al cielo"
(DV 19).
2.
La tradición oral. "Los apóstoles ciertamente después de la ascensión del
Señor predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella
crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos
gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad" (DV 19).
3.
Los evangelios escritos. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios
escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por
escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las
Iglesias, conservando por fin la forma de proclamación, de manera que siempre
nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús" (DV 19).
127 El Evangelio cuadriforme ocupa en la
Iglesia un lugar único; de ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la
liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en todo tiempo sobre los
santos:
No
hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida que el texto
del evangelio. Ved y retened lo que nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha enseñado
mediante sus palabras y realizado mediante sus obras (Santa Cesárea la Joven,
Rich. ).
Es
sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones; en él encuentro
todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos
escondidos y misteriosos (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. auto. A 83v).
La unidad del Antiguo y del Nuevo
Testamento
128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos
(cf. 1 Cor 10,6.11; Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente en su
tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias
a la tipología. Esta reconoce en las obras de Dios en la Antigua Alianza
prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la
persona de su Hijo encarnado.
129
Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo Testamento a la luz de Cristo muerto
y resucitado. Esta lectura tipológica manifiesta el contenido inagotable del
Antiguo Testamento. Ella no debe hacer olvidar que el Antiguo Testamento
conserva su valor propio de revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf. Mc
12,29-31). Por otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído también a la luz
del Antiguo. La catequesis cristiana primitiva recurrirá constantemente a él
(cf. 1 Cor 5,6-8; 10,1-11). Según un viejo adagio, el Nuevo Testamento está
escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el
Nuevo: "Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet" (S. Agustín,
Hept. 2,73; cf. DV 16).
130 La tipología significa un dinamismo que se
orienta al cumplimiento del plan divino cuando "Dios sea todo en
todos" (1 Cor 15,28). Así la vocación de los patriarcas y el Exodo de
Egipto, por ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de Dios por el hecho
de que son al mismo tiempo etapas intermedias.
V LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA
IGLESIA
131 "Es tan grande el poder y la fuerza de
la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de
fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida
espiritual" (DV 21). "Los fieles han de tener fácil acceso a la
Sagrada Escritura" (DV 22).
132 "La Escritura debe ser el alma de la
teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis,
toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado, la homilía, recibe de
la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de
santidad" (DV 24).
133
La Iglesia "recomienda insistentemente a todos los fieles...la lectura asidua
de la Escritura para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp
3,8), 'pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo' (S. Jerónimo)"
(DV 25).
RESUMEN
134 Toda la Escritura divina es un libro y este
libro es Cristo, "porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda
la Escritura divina se cumple en Cristo" (Hugo de San Víctor, De arca Noe
2,8: PL 176, 642; cf. Ibid., 2,9: PL 176, 642-643).
135
"La sagrada Escritura contiene la palabra de Dios y, en cuanto inspirada,
es realmente palabra de Dios" (DV 24).
136
Dios es el Autor de la Sagrada Escritura porque inspira a sus autores humanos:
actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de que sus escritos enseñan sin
error la verdad salvífica (cf. DV 11).
137
La interpretación de las Escrituras inspiradas debe estar sobre todo atenta a
lo que Dios quiere revelar por medio de los autores sagrados para nuestra
salvación. Lo que viene del Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción
del Espíritu (Cf Orígenes, hom. in Ex. 4,5).
138
La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta y seis libros del
Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.
139 Los cuatro evangelios ocupan un lugar
central, pues su centro es Cristo Jesús.
140 La unidad de los dos Testamentos se deriva
de la unidad del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento prepara
el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen
mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.
141
"La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con
el Cuerpo de Cristo" (DV 21): aquellas y éste alimentan y rigen toda la
vida cristiana. "Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi
sendero" (Sal 119,105; Is 50,4).
CAPÍTULO
TERCERO: LA RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS
142 Por su revelación, "Dios invisible
habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para
invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2).
La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.
143
Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios.
Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5). La
Sagrada Escritura llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del
hombre a Dios que revela (cf. Rom 1,5; 16,26).
Artículo
1 CREO
I LA OBEDIENCIA DE LA FE
144
Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra
escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta
obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La
Virgen María es la realización más perfecta de la misma.
Abraham, "el padre de todos los
creyentes"
145
La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste
particularmente en la fe de Abraham: "Por la fe, Abraham obedeció y salió
para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde
iba" (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y
peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el
concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su
hijo único en sacrificio (cf. Hb 11,17).
146
Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos:
"La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no
se ven" (Hb 11,1). "Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como
justicia" (Rom 4,3; cf. Gn 15,6). Gracias a esta "fe poderosa"
(Rom 4,20), Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes" (Rom
4,11.18; cf. Gn 15,15).
147
El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los
Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual
"fueron alabados" (Hb 11,2.39). Sin embargo, "Dios tenía ya
dispuesto algo mejor": la gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que
inicia y consuma la fe" (Hb 11,40; 12,2).
María : "Dichosa la que ha
creído"
148
La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la
fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel,
creyendo que "nada es imposible para Dios" (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y
dando su asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra" (Lc 1,38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha creído
que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc
1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc
1,48).
149
Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su
hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el
"cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia
venera en María la realización más pura de la fe.
II "YO SE EN QUIEN TENGO PUESTA MI
FE"
(2
Tim 1,12)
Creer solo en Dios
150
La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e
inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado.
En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha
revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y
bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que él dice. Sería
vano y errado poner una fe semejante en una criatura (cf. Jr 17,5-6; Sal 40,5;
146,3-4).
Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios
151
Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que él ha
enviado, "su Hijo amado", en quien ha puesto toda su complacencia (Mc
1,11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (cf. Mc 9,7). El Señor mismo dice a
sus discípulos: "Creed en Dios, creed también en mí" (Jn 14,1).
Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: "A Dios
nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha
contado" (Jn 1,18). Porque "ha visto al Padre" (Jn 6,46), él es
único en conocerlo y en poderlo revelar (cf. Mt 11,27).
Creer en el Espíritu Santo
152
No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu
Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede
decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor
12,3). "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de
Dios...Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor
2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu
Santo porque es Dios.
La
Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
III LAS CARACTERISTICAS DE LA FE
La fe es una gracia
153
Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús
le declara que esta revelación no le ha venido "de la carne y de la
sangre, sino de mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,17; cf. Ga 1,15;
Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él,
"Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se
adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que
mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a
todos gusto en aceptar y creer la verdad'" (DV 5).
La fe es un acto humano
154
Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu
Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No
es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la
confianza en Dios y adherirse a las verdades por él reveladas. Ya en las
relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras
personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar
confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se
casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario
a nuestra dignidad "presentar por la fe la sumisión plena de nuestra
inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela" (Cc. Vaticano I: DS
3008) y entrar así en comunión íntima con El.
155
En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina:
"Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por
imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia" (S. Tomás de
A., s.th. 2-2, 2,9; cf. Cc. Vaticano I: DS 3010).
La fe y la inteligencia
156
El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas
aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural.
Creemos "a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede
engañarse ni engañarnos". "Sin embargo, para que el homenaje de
nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios
interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su
revelación" (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf.
Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia,
su fecundidad y su estabilidad "son signos ciertos de la revelación,
adaptados a la inteligencia de todos", "motivos de credibilidad que
muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego
del espíritu" (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).
157
La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la
Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas
pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero "la
certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón
natural" (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 171,5, obj.3). "Diez mil
dificultades no hacen una sola duda" (J.H. Newman, apol.).
158
"La fe trata de comprender" (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente
a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y
comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante
suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de
la fe abre "los ojos del corazón" (Ef 1,18) para una inteligencia
viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de
Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro
del Misterio revelado. Ahora bien, "para que la inteligencia de la
Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente
la fe por medio de sus dones" (DV 5). Así, según el adagio de S. Agustín (serm.
43,7,9), "creo para comprender y comprendo para creer mejor".
159
Fe y ciencia. "A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás
puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los
misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de
la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a
lo verdadero" (Cc. Vaticano I: DS 3017). "Por eso, la investigación
metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente
científico y según las normas morales, nuca estará realmente en oposición con
la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen
en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se
esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como
guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo
que son" (GS 36,2).
La
libertad de la fe
160
"El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe
estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es
voluntario por su propia naturaleza" (DH 10; cf. CIC, can.748,2).
"Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad.
Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados...Esto se
hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús" (DH 11). En efecto, Cristo
invitó a la fe y a la conversión, él no forzó jamás a nadie jamás. "Dio
testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le
contradecían. Pues su reino...crece por el amor con que Cristo, exaltado en la
cruz, atrae a los hombres hacia Él" (DH 11).
La necesidad de la fe
161
Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para
obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). "Puesto que `sin
la fe... es imposible agradar a Dios' (Hb 11,6) y llegar a participar en la
condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que
`haya perseverado en ella hasta el fin' (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida
eterna" (Cc. Vaticano I: DS 3012; cf. Cc. de Trento: DS 1532).
La perseverancia en la fe
162
La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos
perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate,
conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado,
naufragaron en la fe" (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar
hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir
al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la
caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom
15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.
La fe, comienzo de la vida eterna
163
La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin
de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara"
(1 Cor 13,12), "tal cual es" (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo
de la vida eterna:
Mientras
que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo,
es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura
que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th.
2-2,4,1).
164
Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la visión" (2 Cor
5,7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de una manera
confusa,...imperfecta" (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la
fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba.
El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos
asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la
muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a
ser para ella una tentación.
165
Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que
creyó, "esperando contra toda esperanza" (Rom 4,18); la Virgen María
que, en "la peregrinación de la fe" (LG 58), llegó hasta la
"noche de la fe" (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el
sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de
la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de
testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con
fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia
y consuma la fe" (Hb 12,1-2).
Artículo
2 CREEMOS
166
La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de
Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo,
como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se
ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe
transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar
a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de
los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y
por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.
167
"Creo" (Símbolo de los Apóstoles): Es la fe de la Iglesia profesada
personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo.
"Creemos" (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en el original griego):
Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más
generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. "Creo", es
también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos
enseña a decir: "creo", "creemos".
I "MIRA, SEÑOR, LA FE DE TU
IGLESIA"
168
La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La
Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor ("Te per
orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia", cantamos en el Te Deum), y con
ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también :
"creo", "creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe
y la vida nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual Romanum, el ministro
del bautismo pregunta al catecúmeno: "¿Qué pides a la Iglesia de
Dios?" Y la respuesta es: "La fe". "¿Qué te da la fe?"
"La vida eterna".
169
La salvación viene solo de Dios; pero puesto que recibimos la vida de la fe a
través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: "Creemos en la Iglesia como
la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el
autor de nuestra salvación" (Fausto de Riez, Spir. 1,2). Porque es nuestra
madre, es también la educadora de nuestra fe.
II EL LENGUAJE DE LA FE
170
No creemos en las fórmulas, sino en las realidades que estas expresan y que la
fe nos permite "tocar". "El acto (de fe) del creyente no se
detiene en el enunciado, sino en la realidad (enunciada)" (S. Tomás de A.,
s.th. 2-2, 1,2, ad 2). Sin embargo, nos acercamos a estas realidades con la
ayuda de las formulaciones de la fe. Estas permiten expresar y transmitir la
fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez más.
171
La Iglesia, que es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15),
guarda fielmente "la fe transmitida a los santos de una vez para
siempre" (Judas 3). Ella es la que guarda la memoria de las Palabras de
Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los
Apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a
comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de
la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe.
III UNA SOLA FE
172
Desde siglos, a través de muchas lenguas, culturas, pueblos y naciones, la
Iglesia no cesa de confesar su única fe, recibida de un solo Señor, transmitida
por un solo bautismo, enraizada en la convicción de que todos los hombres no
tienen más que un solo Dios y Padre (cf. Ef 4,4-6). S. Ireneo de Lyon, testigo
de esta fe, declara:
173
"La Iglesia, en efecto, aunque dispersada por el mundo entero hasta los
confines de la tierra, habiendo recibido de los apóstoles y de sus discípulos
la fe... guarda (esta predicación y esta fe) con cuidado, como no habitando más
que una sola casa, cree en ella de una manera idéntica, como no teniendo más
que una sola alma y un solo corazón, las predica, las enseña y las transmite
con una voz unánime, como no poseyendo más que una sola boca" (haer. 1,
10,1-2).
174
"Porque, si las lenguas difieren a través del mundo, el contenido de la
Tradición es uno e idéntico. Y ni las Iglesias establecidas en Germania tienen
otro fe u otra Tradición, ni las que están entre los Iberos, ni las que están
entre los Celtas, ni las de Oriente, de Egipto, de Libia, ni las que están
establecidas en el centro el mundo..." (ibid.). "El mensaje de la
Iglesia es, pues, verídico y sólido, ya que en ella aparece un solo camino de
salvación a través del mundo entero" (ibid. 5,20,1).
175
"Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos con cuidado,
porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un contenido de
gran valor encerrado en un vaso excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer el
vaso mismo que la contiene" (ibid., 3,24,1).
RESUMEN
176
La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela.
Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que
Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras.
177
"Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la
verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua.
178
No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo.
179
La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los
auxilios interiores del Espíritu Santo.
180
"Creer" es un acto humano, consciente y libre, que corresponde a la
dignidad de la persona humana.
181
"Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra,
conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes.
"Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por
madre" (S. Cipriano, unit. eccl.: PL 4,503A).
182
"Creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios
escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia... para ser creídas como
divinamente reveladas" (Pablo VI, SPF 20).
183
La fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo afirma: "El que
crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc
16,16).
184
"La fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará
bienaventurados en la vida futura" (S. Tomás de A., comp. 1,2).
EL
CREDO
Símbolo
de los Apóstoles Credo
de
Nicea
-Constantinopla
Creo
en Dios, Creo
en un solo Dios,
Padre
Todopoderoso, Padre
Todopoderoso,
Creador
del cielo y de la tierra. Creador
del cielo y de la tierra, de
todo
lo visible y lo invisible.
Creo
en Jesucristo, su único Hijo, Creo
en un solo Señor, Jesucristo,
Nuestro
Señor, Hijo
único de Dios,
nacido
del Padre antes de todos los
siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios
verdadero de Dios verdadero,
engendrado,
no creado,
de
la misma naturaleza del Padre,
por
quien todo fue hecho;
que
por nosotros, los hombres, y
por
nuestra salvación bajó del cielo,
que
fue concebido por obra y y
por obra del Espíritu Santo se
gracia
del Espíritu Santo, encarnó
de María, la Virgen, y se
nació
de Santa María Virgen, hizo
hombre;
padeció
bajo el poder de Poncio y por
nuestra causa fue crucihcado
Pilato en
tiempos de Poncio Pilato;
fue
crucificado, padeció
muerto
y sepultado, y
fue sepultado,
descendió
a los infiernos, y
resucitó al tercer día, según las
al
tercer día resucitó de entre Escrituras,
los
muertos,
subió
a los cielos y
subió al cielo,
y
está sentado a la derecha y
está sentado a la derecha del Padre;
de
Dios, Padre todopoderoso.
Desde
allí ha de venir a y
de nuevo vendrá con gloria para
juzgar
a vivos y muertos. juzgar
a vivos y muertos,
y
su reino no tendrá fin.
Creo
en el Espíritu Santo, Creo
en el Espíritu Santo,
Señor
y dador de vida,
que
procede del Padre y del Hijo,
que
con el Padre y el Hijo recibe
una
misma adoración y gloria,
y
que habló por los profetas.
La
santa Iglesia católica, Creo
en la Iglesia, que es una,
la
comunión de los santos, santa,
católica y apostólica.
Confieso
que hay un solo Bautismo
el
perdón de los pecados, para
el perdón de los pecados.
la
resurrección de la carne Espero
la resurrección de los muertos
y
la vida eterna. y
la vida del mundo futuro.
Amén. Amén.
SEGUNDA
SECCION
LA
PROFESION DE LA FE CRISTIANA
LOS
SIMBOLOS DE LA FE
185
Quien dice "Yo creo", dice "Yo me adhiero a lo que nosotros
creemos". La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo
para todos y que nos una en la misma confesión de fe.
186
Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su propia fe en
fórmulas breves y normativas para todos (cf. Rom 10,9; 1 Cor 15,3-5; etc.).
Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de su fe en
resúmenes orgánicos y articulados destinados obre todo a los candidatos al
bautismo:
Esta
síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de
toda la Escritura ha s ido recogido lo que hay en ella de más importante, para
dar en su integridad la única enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza
contiene en un grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este
resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento de la verdadera
piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento (S. Cirilo de Jerusalén,
catech. ill. 5,12).
187
Se llama a estas síntesis de la fe "profesiones de fe" porque resumen
la fe que profesan los cristianos. Se les llama "Credo" por razón de
que en ellas la primera palabra es normalmente : "Creo". Se les
denomina igualmente "símbolos de la fe".
188
La palabra griego "symbolon" significaba la mitad de un objeto
partido (por ejemplo, un sello) que se presentaban como una señal para darse a
conocer. Las partes rotas se ponían juntas para verificar la identidad del
portador. El "símbolo de la fe" es, pues, un signo de identificación
y de comunión entre los creyentes. "Symbolon" significa también
recopilación, colección o sumario. El "símbolo de la fe" es la recopilación
de las principales verdades de la fe. De ahí el hecho de que sirva de punto de
referencia primero y fundamental de la catequesis.
189
La primera "profesión de fe" se hace en el Bautismo. El "símbolo
de la fe" es ante todo el símbolo bautismal. Puesto que el Bautismo es
dado "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt
28,19), las verdades de fe profesadas en el Bautismo son articuladas según su
referencia a las tres personas de la Santísima Trinidad.
190
El Símbolo se divide, por tanto, en tres partes: "primero habla de la
primera Persona divina y de la obra admirable de la creación; a continuación,
de la segunda Persona divina y del Misterio de la Redención de los hombres;
finalmente, de la tercera Persona divina, fuente y principio de nuestra
santificación" (Catech. R. 1,1,3). Son "los tres capítulos de nuestro
sello (bautismal)" (S. Ireneo, dem. 100).
191
"Estas tres partes son distintas aunque están ligadas entre sí. Según una
comparación empleada con frecuencia por los Padres, las llamamos artículos. De
igual modo, en efecto, que en nuestros miembros hay ciertas articulaciones que
los distinguen y los separan, así también, en esta profesión de fe, se ha dado
con propiedad y razón el nombre de artículos a las verdades que debemos creer
en particular y de una manera distinta" (Catch.R. 1,1,4). Según una
antigua tradición, atestiguada ya por S. Ambrosio, se acostumbra a enumerar
doce artículos del Credo, simbolizando con el número de los doce apóstoles el
conjunto de la fe apostólica (cf.symb. 8).
192
A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas,
han sido numerosas las profesiones o símbolos de la fe: los símbolos de las
diferentes Iglesias apostólicas y antiguas (cf. DS 1-64), el Símbolo
"Quicumque", llamado de S. Atanasio (cf. DS 75-76), las profesiones
de fe de ciertos Concilios (Toledo: DS 525-541; Letrán: DS 800-802; Lyon: DS
851-861; Trento: DS 1862-1870) o de ciertos Papas, como la "fides
Damasi" (cf. DS 71-72) o el "Credo del Pueblo de Dios" (SPF) de
Pablo VI (1968).
193
Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la vida de la Iglesia puede
ser considerado como superado e inútil. Nos ayudan a captar y profundizar hoy
la fe de siempre a través de los diversos resúmenes que de ella se han hecho.
Entre
todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de
la Iglesia:
194
El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es considerado con justicia
como el resumen fiel de la fe de los apóstoles.
195
Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran autoridad le
viene de este hecho: "Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que
fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó la
doctrina común" (S. Ambrosio, symb. 7).
El
Símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran autoridad al hecho de que
es fruto de los dos primeros Concilios ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo
todavía hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y
Occidente.
196
Nuestra exposición de la fe seguirá el Símbolo de los Apóstoles, que
constituye, por así decirlo, "el más antiguo catecismo romano". No
obstante, la exposición será completada con referencias constantes al Símbolo
de Nicea-Constantinopla, que con frecuencia es más explícito y más detallado.
197
Como en el día de nuestro Bautismo, cuando toda nuestra vida fue confiada
"a la regla de doctrina" (Rom 6,17), acogemos el Símbolo de esta fe
nuestra que da la vida. Recitar con fe el Credo es entrar en comunión con Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo, es entrar también en comunión con toda la Iglesia
que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos:
Este
Símbolo es el sello espiritual, es la meditación de nuestro corazón y el
guardián siempre presente, es, con toda certeza, el tesoro de nuestra alma (S.
Ambrosio, symb. 1).