Historia del canon del

Antiguo Testamento, parte 2

Tomado de http://www.apologetica.org

 Tomado de

Manuel de Tuya – José Salguero

Introducción a la Biblia, Tomo I

Biblioteca de Autores Cristianos
Madrid, 1967, pp. 335-361.

 

3. Período de dudas acerca de los deuterocanónicos (s. III-V). Al final del siglo II y comienzos del III empiezan a manifestarse las primeras dudas sobre la inspiración de los deuterocanónicos. Estas dudas, más bien de tipo teórico, per­durarán hasta finales del siglo V. Las llamamos de tipo teórico porque los autores que dudan de la autoridad divina de los deuterocanónicos, en la práctica continúan citando y sirvién­dose de ellos al lado de los protocanónicos como escritura sagrada.

 

Las causas que originaron estas dudas debieron de ser va­rias. En primer lugar, las disputas con los judíos. Como éstos ne­gaban la autoridad de los deuterocanónicos, los apologistas, al disputar con ellos, se veían obligados a servirse sólo de los libros protocanónicos. Esto debió de influir sobre ciertos escritores que comenzaron a dudar de la autoridad divina de los deu­terocanónicos. Y estas dudas se fueron extendiendo más y más en diversas regiones. Los primeros testimonios son:

 

San Melitón de Sardes (hacia el año 170 d.C.), después de un viaje a Palestina para conocer exactamente los lugares en que tuvieron lugar los hechos narrados en el Antiguo Testamento y para saber cuáles y cuántos eran los libros de la antigua economía, manda la lista de ellos al obispo Onésimo. En esta lista solamente están presentes los libros protocanónicos, excepto Ester, seguramente porque en aquel tiempo algunos judíos dudaban de la autoridad divina de Ester.

 

Orígenes (+ 254) refiere -hacia el año 231- que muchos cristianos dudaban de la inspiración de ciertos libros del Antiguo Testamen­to. El mismo, escribiendo al diácono Ambrosio, no juzga suficien­te apoyar sus razones con argumentos tomados de dos libros deute­rocanónicos. Lo cual indica que en aquel tiempo había bastantes cristianos que dudaban de los deuterocanónicos o los rechazaban. En el comentario al salmo 1 da la lista de 22 libros, es decir, la de los protocanónicos. Y en su obra De Principiis 4,3 afirma que el li­bro de la Sabiduría es escritura, pero no canónica, porque “no todos le reconocen autoridad”. En la práctica, sin embargo, Orígenes em­plea con frecuencia los deuterocanónicos sin hacer distinción alguna con los protocanónicos.

En el siglo III encontramos otra causa que debió de influir poderosamente sobre el ánimo de muchos escritores de aquella época: los libros apócrifos. Estos se divulgaban amparados en nombres de gran autoridad que, sin embargo, nada tenían que ver con dichos libros. De aquí surgieron mayores dudas aún acerca de los deuterocanónicos, de los que ya se dudaba.

 

En el siglo IV, muchos Padres griegos admiten solamente los libros protocanónicos y atribuyen a los deuterocanónicos menor autoridad, al menos teóricamente. Sin embargo, en la práctica no hacen apenas distinción entre los proto y deutero­canónicos.

 

San Atanasio (+ 373) enumera solamente 22 libros del Antiguo Testamento, es decir, los protocanónicos. Además, omite Ester, pero añade Baruc con la carta de Jeremías. Después cita otros libros no canónicos (gr: “ou kanonizómena”), compuestos por los Padres, que han de ser leídos a los catecúmenos: la Sabiduría, Eclo, Est, Jdt, Tob, Didajé, Pastor de Hermas. De éstos han de ser distinguidos los apócrifos, que no deben ser leídos. En la práctica parece que también San Atanasio usa los deuterocanónicos como inspirados, sin distin­guirlos de los protocanónicos.

 

San Cirilo de Jerusalén (+ 386) admite solamente los 22 libros protocanónicos, incluyendo entre ellos a Baruc y la carta de Jeremías. También conoce los libros apócrifos y aquellos “de los cuales se duda” (gr. “amfiballómena”), probablemente los deuterocanónicos, los cuales son casi todos citados en su Catequesis como inspirados. San Cirilo prohíbe a los catecúmenos leer tanto los libros apócrifos como los inciertos o deuterocanónicos. Sin embargo, esta prohibición no le impide usar los deuterocanónicos como Libros Sagrados con fuerza probativa.

SAN EPIFANIO (+ 403), de igual manera, nos da la lista de los libros protocanónicos del Antiguo Testamento, que, según él, son 22, conforme a las letras del alefato hebreo. Entre los protocanónicos enumera a Est, Bar y la carta de Jer. Respecto del libro de la Sabiduría y del Eclesiástico afirma que son dudosos (gr. “en amfilekto”). Los demás los considera como apócrifos (enapókryfa). En la práctica también cita los deuterocanónicos con frecuencia, y a veces con la fórmula: “movido por el Espíritu Santo”, o “dicho del Espíritu Santo”.

San Gregorio Nacianceno (+ 389) sólo admite 22 libros del An­tiguo Testamento, de entre los cuales falta Ester. No alude para nada a libros de otras categorías. En sus obras, sin embargo, usa con cierta frecuencia muchos de los deuterocanónicos

 

San Anpiloquio (+ después de 394) habla de tres, categorías de libros: los ciertos (gr. “asfaléis”), que son los protocanónicos, menos Es­ter. Todos los demás son pseudónimos (gr. “pseudónymoi”). Pero entre éstos hay dos grupos: “los intermedios y próximos a la verdadera doctrina”, que tal vez sean los deuterocanónicos, y los “apócrifos”, que son falsos y seductores. Pero, a semejanza de los anteriores Padres, cita también los deuterocanónicos.

 

Durante el siglo V las dudas acerca de los deuterocanónicos van disminuyendo bastante sensiblemente. Sólo encontramos algún que otro testimonio de escritores orientales que todavía rechazan los deuterocanónicos. Sin embargo, las dudas de los Padres orientales fueron penetrando en Occidente, logrando influir sobre ciertos Padres latinos, que llegaron a dudar o re­chazar la inspiración de los libros deuterocanónicos. Así pien­san, entre otros:

 

San Hilario de Poitiers (+ 366), que admite solamente los 22 li­bros protocanónicos, según las letras hebreas. Pero él mismo advierte que algunos añaden Tobías y Judit, con lo que obtienen el número 24 de las letras griegas. En la práctica, empero, usa casi todos los libros deuterocanónicos, considerándolos corno Escritura sagrada o profecía.

 

Rufino (+ 410) distingue tres clases de libros: los que fueron reci­bidos por los Padres en el canon, es decir, los protocanónicos, de los que enumera 22; los eclesiásticos, que han de ser leídos en la iglesia, pero que no pueden ser aducidos como autoridad para confirmar la fe. Estos son: Sab, Eclo, Tob, Jdt, 1-2 Mac. Y, finalmente, los apócri­fos, que no pueden ser leídos en la iglesia. Sin embargo, también él cita los deuterocanónicos, y a veces como Escritura sagrada. Por otra parte, es de Rufino la siguiente afirmación: “Id pro vero so­lum habendum est in Scripturis divinis, quod LXX interpretes tran­stulerunt: quoniam id solum est quod auctoritate apostolica confirma­tum est” (“debemos considerar como verdadero en las Escrituras divinas sólo aquello que los traductores de la versión de los LXX nos transmitieron, ya que sólo eso ha sido confirmado por la autoridad apostólica”). Ahora bien, la versión griega de los LXX contenía tam­bién los libros deuterocanónicos; luego parece que Rufino admitía de algún modo la autoridad canónica de dichos libros.

 

San Jerónimo (+ 420) parece que en un principio consideró todos los deuterocanónicos como sagrados y canónicos, pues seguía la ver­sión de los LXX, que los contenía todos. Sin embargo, a partir del año 390 en que empezó su versión directa del hebreo, influido, según parece, por sus maestros judíos, sólo admite los libros conte­nidos en la Biblia hebrea. En este sentido nos dice en el Prólogo galeato: “Hic prologus Scripturarum, quasi galeatum principium, omni­bus libris, quos de hebraeo vertimus in latinum, convenire potest, ut scire valeamus, quidquid extra hos est, inter apocrypha esse ponen­dum. Igitur, Sapientia quae vulgo Salomonis inscribitur, et lesu filii Sirac liber (Eclo) et Iudith et Tobias et Pastor non sunt in canone. Machabaeorum primum librum hebraicum repperi. Secundus grae­cus est” (“este prólogo de las Escrituras, como inicio galeato, lo encuentro oportuno en este lugar, donde traducimos los libros del hebreo al latín, de modo que sea a todos conocido que lo que no se encuentra entre estos libros debe ser considerado entre los apócrifos. Y así, la Sabiduría que popularmente se atribuye a Salomón, y el Eclesiástico o libro del Ben Sirach, y Judit y Tobías y el Pastor no están en el canon. El primer libro de los Macabeos lo encontré en hebreo, el segundo en griego”). Hacia el año 397 confirma su pensamiento negando a los deuterocanónicos todo valor probativo en materia dogmática: “Sicut ergo Iudith et Tobi et Machabaeorum libros legit quidem Ecclesia, sed inter canonicas scripturas non recipit: sic et haec duo volumina (Eclo y Sab) legat ad aedificationem plebis, non ad auctoritatem ec­clesiaticorum dogmatum confirmandam” (“Y así como la Iglesia lee sin duda los libros de Judit, Tobías y Macabeos, pero no los recibe en las Escrituras canónicas, del mismo modo estos dos volúmenes -Eclesiástico y Sabiduría- los lea la Iglesia para la edificación de los fieles, pero no para confirmar la autoridad de los dogmas eclesiásticos”). En el año 403, en una carta a Leta, en la que le da instrucciones para la educación cristiana de su hija, después de proponer el canon de los hebreos, añade esta advertencia: Caveat omnia apocrypha. Et si quando ea non ad dogma­tum veritatem, sed ad signorum reverentiam legere voluerit, sciat... multa his admixta vitiosa” (“Tenga cuidado con todos los apócrifos. Y si de todos modos quisiera leerlos, no para fundamentar la verdad de los dogmas, sino por la reverencia de lo que representan, sepa que… en ellos hay mucho de defectuoso”). Rechaza las partes deuterocanónicas de Ester y de Daniel (en los prefacios a ambos libros), lo mismo que Baruc y la carta de Jeremías, porque los hebreos no los consideran como sagrados y canónicos.

 

En otros lugares de sus obras no se muestra tan tajante respecto de los deuterocanónicos. De ahí que traduzca hacia 390-391 el libro de Tobías a instancias de algunos amigos. Advierte, sin embargo, que los hebreos lo consideraban como apócrifo; pero justifica su decisión de traducirlo diciendo: “melius esse iudicans pharisaeorum displicere iudicio et episcoporum iussionibus deservire” (“es mejor oponerse al juicio de los fariseos y obedecer las ordenanzas de los obispos”). De igual modo tra­duce Judit, después que varios amigos se lo hablan pedido, pero pro­testa que los hebreos lo tenían por apócrifo, y afirma que su “auctori­tas ad roboranda illa quae in contentionem veniunt, minus idonea iudicatur” (“la autoridad de estos libros para fundamentar aquellas verdades que se ponen en discusión es tenida por menos idónea”). En el año 394 dice refiriéndose a Judit: “Legimus in Iudith, si cui tamen placet volumen recipere” (“Leemos en el libro de Judit –si se quiere aceptar este libro- que…”); en 397 pone el libro de Judit al lado de Rut y Ester: “Rut et Esther et Iudith tantae gloriae sunt, ut sacris voluminibus nomina indiderint” (“Rut, Ester y Judit son nombres de tanta gloria que llegaron a dar sus nombres a los libros santos”).Y hacia 405, hablando del mismo libro de Judit, escribe: “Hunc librum syno­dus nicaena in numero sanctarum Scripturarum legitur computas­se” (“el concilio de Nicea consideró que este libro forma parte de las Sagradas Escrituras”). De Tobías dice también en otra ocasión: “Liber... Tobiae, licet non habeatur in canone, tamen usurpatur ab ecclesiasticis vi­ris” (“El libro de Tobías, si bien no está en el canon, sin embargo lo usan frecuentemente los hombres de iglesia”).

 

El santo Doctor cita también frecuentemente los deuterocanónicos, considerándolos como Escritura sagrada. Han sido contadas alrededor de unas doscientas citaciones de los libros deuterocanónicos en San Jerónimo.

Sin embargo, es hoy opinión bastante común que San jerónimo, después del año 390, negó la inspiración de los deuterocanónicos del Antiguo Testamento y los excluyó del canon. Téngase en cuenta que ésta era una opinión suya personal y privada, que nada tenía que ver con la doctrina y la enseñanza de la Iglesia, como veremos.

Se debe advertir, sin embargo, que la opinión que rechazaba los deuterocanónicos o les atribuía menor autoridad fue patri­monio de una minoría de Padres. La mayor parte de los Padres griegos y latinos de los siglos IV y V consideran los deuterocanó­nicos como sagrados e inspirados. Entre estos podemos con­tar a San Basilio Magno (+379), San Gregorio Niseno (+395), San Ambrosio (+396), San Juan Crisóstomo (+407), Orosio (+ hacia 417), San Agustín (+430), San Círilo Alejandrino (+444), Teodoreto de Ciro (+458), San León Magno (+461), San Isidoro de Sevilla (+636) y los Padres de la Iglesia siríaca, Afraates y San Efrén.

Los Padres citados, y otros más que pudiéramos citar, con­sideran los deuterocanónicos como Libros Sagrados. Pero no todos citan el catálogo completo de los libros deuterocanónicos, porque se sirven de ellos de ordinario de una manera ocasional. Basta que citen alguno de los deuterocanónicos como Escritura sagrada para que se salve el principio de que los deuterocanóni­cos tienen la misma autoridad que los protocanónicos.

Los códices griegos de los siglos IV y V que han llegado hasta nosotros confirman la tradición patrística, pues contienen los deuterocanónicos. Pero éstos no están puestos al final, como en apéndice, sino en su lugar determinado. Así nos los presentan los códices principales Sinaítico (S), Vaticano (B) y Alejandrino (A).

Otra prueba fuerte de la canonicidad de los deuterocanóni­cos nos la dan los concilios provinciales africanos de Hipona (año 393 d.C.) y el III y IV de Cartago (años 397 y 419), que nos presentan el catálogo completo de los Libros Sagrados, incluyendo también los deuterocanónicos. El papa S. Ino­cencio I, en una carta al obispo de Tolosa, Exuperio, del año 405, da también el catálogo completo de los libros canó­nicos.

 

4. Retorno a la unanimidad.- (s. VI y posteriores).- A par­tir de fines del siglo V las dudas acerca de los deuterocanónicos van desapareciendo. De este modo se restablece en el siglo VI la unanimidad, que no es oscurecida por algunas voces discor­dantes, las cuales todavía dudan de la inspiración de los deu­terocanónicos. Estas son bastante raras en Oriente; menos ra­ras en Occidente, en donde la autoridad de San Jerónimo ejerció un gran influjo, haciendo que algunos dudasen hasta la época del concilio Tridentino. Sin embargo, ya en el siglo VII, San Isidoro de Sevilla expresaba muy bien el sentir de la Iglesia con estas palabras: “Quos (deuterocanonicos libros) li­cet Hebraei inter apocrypha separent, Ecclesia Christi tamen inter divinos libros et honorat et praedicat” (“aunque los hebreos cuenten a estos libros –los deuterocanónicos- entre los apócrifos, sin embargo la Iglesia de Cristo los honora y predica como libros divinos”).

 

 Entre los griegos todavía no admiten el canon comple­to los siguientes Padres: Teodoro de Mopsuestia (+428), Leoncio Bizantino (+ 543), San Juan Damasceno (+ hacia 754) y Nicéforo Constantinopolitano (+829). Entre los latinos dudan aún de la canonicidad e inspiración de los deuterocanónicos: Yunilio Africano (+ hacia 550), San Gregorio Magno (+604), Walafrido Estrabón (+849), Roberto de Deutz (+1135), Hugo de San Víctor (+1141), Hugo de San Caro (+1263), Nicolás de Lira (+1340), Alfonso Tostado (+1455 ), San Antonino de Florencia (+1459), Dionisio Cartujano (+1471) y el cardenal Tomás de Vío Cayetano (+1534).

Santo Tomás de Aquino (+1274) equipara los deuteroca­nónicos a los demás libros de la Sagrada Escritura, como se ve claramente por un discurso académico del 1252, descubierto en 1912 por el P. Salvatore, en el cual menciona todos los libros de la Biblia tanto los proto como los deuterocanónicos. Por eso, las dudas expresadas con anterioridad por algunos autores respecto del pensamiento de Santo Tomás 219, no tie­nen apoyo alguno.

 

5. Decisiones de la iglesia respecto del canon bíblico.-  La Iglesia cristiana ha considerado siempre los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento como inspirados, y los ha recibido con la misma reverencia y veneración que los protocanónicos. Esta fue la causa de que dichos libros fueran leídos en las asambleas litúrgicas ya desde los primeros siglos de la Iglesia. 

 

Las primeras decisiones oficiales de la Iglesia de nosotros conocidas son del siglo IV. El concilio Hiponense (año 393) establece, en efecto, que “praeter Scripturas canonicas nihil in Ecclesia legatur sub nomine divinarum Scripturarum” (“en la Iglesia no se lea con el nombre de Escrituras divinas nada sino sólo las Escrituras canónicas”), y a continuación da el catálogo completo de los Libros Sagrados. Este mismo canon es propuesto por los concilios III y IV de Cartago, celebrados los años 397 y 419 respectivamente, y por el papa San Inocencio I en una carta suya al obispo tolosano Exuperio (año 405).

 

Los griegos recibieron el canon completo del concilio IV de Cartago en el concilio Trulano II (año 692). Y lo mismo hizo Focio (+891). Hay ciertos autores que afirman que el sínodo Niceno (año 325) ya había determinado el canon de los Libros Sagrados; sin embargo, parece más verosímil negar esto, ya que en los cánones conciliares que han llegado hasta nosotros nada se dice del canon de los Libros Sagra­dos. En cuanto al canon 60 del concilio Laodicense (ha­cia 360), que enumera del Antiguo Testamento solamente los libros protocanónicos, incluyendo Baruc, se sabe hoy que no es auténtico, sino una adición antigua hecha a los cánones de dicho concilio.

 

El Decreto Gelasiano da el canon completo de las Sagradas Escrituras. Este decreto es atribuido también a San Dá­maso I (366-384) y a San Hormisdas (514-523). Sin embargo, hoy día los críticos suelen negar su autenticidad. No se trata­ría de un documento proveniente de una autoridad pública, como un concilio, o un papa, sino de una obra privada compues­ta por un clérigo en la Galia meridional o en la Italia septen­trional a principios del Siglo VI. Otros críticos, en cambio, defienden su autenticidad.

También son testimonios de la tradición eclesiástica de esta época los catálogos de los Libros Sagrados que se encuentran en algunos antiguos códices de la Sagrada Escritura. El códice Claromontano (DP), compuesto en el siglo V-VI, contiene el canon del siglo III-IV, con los libros deuterocanónicos. El Canon Mommseniano, del siglo IV, también nos presenta el canon completo.

 

La enseñanza tradicional sobre el canon fue confirmada solemnemente por el concilio Florentino, el cual en el decreto pro Iacobitis (4 febrero 1441), da el canon completo de los Libros Sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, incluyen­do todos los deuterocanónicos. “(La Iglesia) profesa-afir­ma el concilio-que el mismo y único Dios es el autor M Antiguo y del Nuevo Testamento.... ya que bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo hablaron los santos de uno y otro Testamento, cuyos libros recibe y venera ...”.

 

Y, finalmente, el concilio Tridentino, para salir al paso de los protestantes, que negaban los deuterocanónicos del Anti­guo Testamento, define solemnemente el canon de las Sagradas Escrituras. En la sesión 4ta., del 8 de abril de 1546, se promul­ga el solemne decreto, que dice: “El sacrosanto ecuménico y general concilio Tridentino... admite y venera con el mismo piadoso afecto y reverencia todos los libros, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento... Y si alguien no recibiera como sagrados y canónicos estos libros íntegros con todas sus par­tes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica, y se contienen en la antigua versión Vulgata latina, o si desprecia­re a ciencia y conciencia las predichas tradiciones, sea ana­terna”.

 

El concilio Vaticano I, con el propósito de disipar algunas dudas aisladas, que aún subsistían en algún que otro autor católico acerca de la autoridad de los libros deuterocanónicos, renovó y confirmó el decreto del concilio Tridentino. Y de­claró solemnemente: “Si alguno no recibiere como sagrados y canónicos los libros de la Sagrada Escritura íntegros, con todas sus partes, como los describió el santo sínodo Tridentino, o negase que son divinamente inspirados, sea anatema”.

 

Finalmente, el concilio Vaticano II vuelve a repetir y con­firmar la doctrina de los dos precedentes concilios, con estas palabras: “La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Tes­tamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia” (Const. dogmática Dei Verbum c.3 n.11).

 

6. El canon del Antiguo Testamento en las otras iglesias cristianas.-

 

a) La Iglesia siríaca: Entre los sirios ha existido una tradición bastante parecida a la de la Iglesia cató­lica, en lo que se refiere a los libros deuterocanónicos del An­tiguo Testamento. La mayor parte de sus escritores los consi­deran como inspirados y canónicos. El monofisita Jacobo Ede­seno (+ 708) admite Bar, Est, Jdt, Sab, Eclo. Gregorio Barhebreo (+ 1286) comenta en sus escritos Dan 3 y 13, Sab, Eclo y también cita Bar y Mac. El escritor nestoriano Iso'dad (+852) presenta un canon de 22 libros; Pero Ebed Jesu (+1318) enumera en su catálogo la mayoría de los deutero­canónicos, lo mismo que Ibn Chaldun (+ 1406). La antigua Iglesia siríaca también admitía los deuteroca­nónicos, como nos lo prueba el catálogo de los Libros Sagrados del siglo IV que ha llegado hasta nosotros.

 

b) La Iglesia etiópica también admite el canon completo del Antiguo Testamento, al cual ha incorporado algunos libros apócrifos, como el 4 Esd, 3 Mac, Henoc.

 

c) La Iglesia copta y la armena admiten el canon completo del Antiguo Testamento. Pero, a semejanza de los etíopes, admiten ciertos libros apócrifos. Los coptos añaden el sal­mo 151 y el 3 Mac, y los armenos incluyen el 3 Esd, 3 Mac, Testamento de los XII patriarcas, etc.

 

d) Griegos ortodoxos. La Iglesia griega admitió el canon completo del Antiguo Testamento desde el concilio de Trulo (año 692) hasta el siglo XVII. Focio mismo, autor del cisma, admitió los deuterocanónicos. Sin embargo, en el siglo XVII, bajo la influencia de los protestantes, comenzaron a aparecer ciertas dudas acerca de dichos libros. Fue principalmente Ci­rilo Lucaris (+ 1638), patriarca de Constantinopla, el cual, contagiado de calvinismo, rechazó los deuterocanónicos con­siderándolos como apócrifos. Empero, el sínodo de Cons­tantinopla celebrado el año 1638 bajo el sucesor de Cirilo Lucaris, Cirilo Contar¡, y los sínodos de Yassi (año 1642) y de Jerusalén (1672), condenaron la sentencia de Cirilo Lucaris y aceptaron el canon completo de los Libros Sagrados, incluyendo los deuterocanónicos.

 

A mediados del siglo XVIII, bajo la influencia de la Iglesia rusa, comenzaron a reaparecer las dudas sobre los deutero­canónicos, que encontraron eco en bastantes teólogos grie­gos. Hoy la canonicidad de estos libros es rechazada por mu­chos. Y como no ha habido todavía una decisión oficial de la Iglesia griega a este respecto, la admisión o la negación de los deuterocanónicos es en la actualidad una opinión libre.

e) La Iglesia rusa hasta el siglo XVII aceptó el canon com­pleto del Antiguo Testamento. Pero a finales del siglo XVII el emperador Pedro el Grande (1689-1725), por razones nacio­nalistas, separó la Iglesia rusa de la griega ortodoxa y suprimió el patriarcado, instituyendo en su lugar el Santo Sínodo. En esta obra fue ayudado eficazmente por el obispo Teófanes Pro­kopowitcz, el cual, entre otras cosas, negaba la canonicidad de los deuterocanónicos del Antiguo Testamento. Esta opinión fue aceptada por muchos teólogos, e incluso llegó a ser apro­bada por el Santo Sínodo. De ahí que hoy día sean muchos los que rechazan la canonicidad de los deuterocanónicos 251.

 

f) Los protestantes, por el hecho de negar la autoridad de la Iglesia, se vieron obligados a determinar el canon apoyán­dose en testimonios históricos o en criterios internos y subjetivos. Por esta razón, los protestantes conservadores, siguiendo la autoridad de San Jerónimo, rechazan todos los deuterocanónicos del Antiguo Testamento, considerándolos como apó­crifos. El primero en negar la canonicidad de los deuterocanóni­cos fue Carlostadio, en 1520, cuyo nombre verdadero era An­drés Bodenstein. Por eso, la Biblia de Zurich de 1529 los coloca en apéndice. Pronto le siguió Lutero, el cual, en su pri­mera traducción alemana de la Biblia (año 1534), los coloca en apéndice bajo el título de apócrifos. En 1540 también Calvino rechazó los deuterocanónicos.

Las diversas confesiones protestantes rechazaron igualmen­te la canonicidad de los deuterocanónicos. No obstante, la Confesión galicana (1559), la Confesión anglicana (1562), la Confesión belga (1562) y la II Confesión helvética (1564) aún los conservan en apéndice al final de la Biblia. En el sí­nodo de Dordrecht (Holanda), año 1618, algunos teólogos calvinistas pidieron que los libros apócrifos, es decir, los deuterocanónicos, fueran eliminados de las Biblias. El sínodo decidió seguir un camino medio, ordenando que en adelante se imprimieran en caracteres más pequeños. Esta costumbre la han seguido en general los luteranos hasta hoy día. En­tre los años 1825-1827, y de nuevo en los años 1850-1853, tuvieron lugar en Inglaterra duras controversias acerca de la recepción en la Biblia de los deuterocanónicos. Esto llevó a la Sociedad Bíblica Inglesa a la determinación (3 mayo 1826) de no imprimir en adelante los libros deuterocanónicos junto con el resto de la Sagrada Escritura. Los protestantes liberales mo­dernos, como niegan el orden sobrenatural, también niegan el concepto de inspiración y de canonicidad. Para éstos, todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento son escritos meramente humanos, y el canon se ha ido formando bajo el influjo de causas fortuitas, como puede suceder en cualquier otra literatura profana.

 

Más estudios Relacionados al Canón Bíblico  

 


NOTAS

Contra Apion 1,8.

4 Esdr 14,37-48.

Talmud de Babilonia (Baba bathra 14b-15a).

Cf. H. E. Ryle, Philo and Holy Scripture (Londres 1895).

El número 22 corresponde a las letras del alefato hebraico. Esta misma cifra de 22 libros es corroborada por Melitón de Sardes (Eusebio, Histo Eccl 4,26), Orígenes (Expos. in Ps. I), San Atanasio (Epist. Fest. 39), San Cirilo de Jerusalén (Catech. 4,33,35I, San Gregorio Nacianceno (Carm. 1,12), Rufino (In symb. 37), San Jerónimo (Prol. gal.), San Epifanio (Mens. et pond. 4s.22.)San Isidoro de Sevilla (Etim.. 16,10).

Los 13 libros de los profetas son: Jos, Jue-Rut, Samuel, Re, Crón, Esdras-Nehemías, los 12 profetas menores, Is, Jer-Lam, Ez, Dan, Job, Est.

Esos otros cuatro libros deben de ser: Salmos, Prov, Cant, Ecl. Cf. W. Fell, Der Bibelkanon des Josephus: BZ (1909) 1-16. 113-122. 235-244)

El número 24 proviene probablemente del alfabeto griego. Esta enumeración reúne de dos en dos los libros de Sam, los dos de los Re, los dos de las Crónicas y los de Esd y Neh; los 12 profetas menores forman también una sola unidad.

Talmud significa “enseñanza, doctrina”, porque recoge la enseñanza de los rabino. Consta el Talmud de dos partes: la Mishna y la Guemara. La Mishna fue compilada a finales del siglo II d.C., en Tiberíades, por el rabino Judá han-Nasi, en la que se mencionan cerca de 150 rabinos, que ordinariamente se llaman Tannaítas. La Guemara es como el complemento del Talmud por los rabinos posteriores, llamados Amoraim, que expusieron la Mishna en Palestina desde el año 219 al 359, y en Babilonia desde el 219 al 500 d.C. Por eso, la primera es conocida como la revisión palestinense, y la segunda como revisión babilónica.

Baraita = “externo”, indica el material que ha sido transmitido por los rabinos, pero que no ha sido incorporado a la Mishna.

Núm 23-24.

Se refiere a Deut 34,5-12: muerte de Moisés.

Baba Bathra 14b-15a. Cf. H. Strack – P. Billerbeck, Kommentar zum N.T. aus Talmud und Midrasch IV p. 424s.

Así San Ireneo, Clemente de Alejandrino, Orígenes, Tertuliano, San Juan Crisóstomo.

Ch. D. Ginsburg, The Massoreth hammasoreth (Londres 1867) p. 111.

Esd 7,6.11; Neh 8-10.

Contra Apión 1,8.

Cf. J. T. Milik, Dieci anni di scoperte nel deserto di Giuda (Turín 1957) p. 23.

Cf. Sab 7,27.

Por los documentos de Qumrán sabemos que éstos leían y usaban algunos de los deuterocanónicos. Cf. J. T. Milik, Dieci anni di scoperte nel deserto de Giuda (Turín 1957) p. 23.

Este es el orden que tienen en el códice Vaticano (B): Gén, Ex, Lev, Num, Deut, Los, Jue, Rut, 1-2 Sam, 1-2 Re, 1-2 Crón, Esd-Neh, Sal, Prov, Ecl, Cant, Job, Sap, Eclo, Est, Jdt, Tob, Os, Am, Miq, Jl, Abd, Jon, Nah, Hab, Sof, Ag, Zac, Mal, Is, Jer, Bar, Lam, Carta de Jer (=Bar 6), Dan. Faltan 1-2 Mac, pero se encuentran en el Sinaítico y en el Alejandrino. El B reproduce el orden de manuscritos antiguos griegos.

En la Geniza de una Antigua sinagoga de El Cairo se ha encontrado una gran parte del texto hebreo del Eclo, entre los años 1896-1900.

Cf. Chagiga 2,1; Sanhedrin 10b. Ver S. Schechter, The Quotations from Ecclesiasticus in Rabbinic Literature, Jewish Quarterly Review (1891) 687-706.

Talmud babilónico, Erubin 65a; ibid. baba kama 92b.

Los Midrashim son una exposición libre y a veces arbitraria del texto bíblico.

Praef. In Tob.

Const. Apost. 5,20.

Yoma 29a.

Hanukkah significa “consagración”. Ver 1 Mac 4.

Contra Apión 1,1.

En Eusebio, Hist. Ecl. 6,25.

San Jerónimo, Prol. gal.

Sab 2,13.18 = Mt 27,43; Sab 3,8 = 1 Cor 6,2; Sab 4,10 = Heb 11,5; Sab 5,18-21 = Ef 6,14.16s; Sab 6,4.8 = Rom 2,11; 13,1; Sab 12,24-15.19 = Rom 1,19-32.

San Epifanio, Haer. 8,6.

C. Orig. 18.

Dan 13.

Mc 7,13; Rom 3,2.

Est formula era: “está escrito”, “se halla escrito”, y otras semejantes.

Cristo y los apóstoles atribuyen a la Sagrada Escritura una autoridad absoluta. De ahí que todo lo que esté escrito en ella ha de verificarse (Mt 21,42; 26,24.31.54.56; Lc 4,21; 18,31; Jn 5,34-39, etc.). El motIVo por el cual Jesucristo y los apóstoles atribuyen a las Escrituras tan gran autoridad es por su origen dIVino. Este origen dIVino se expresa en el N. T. con dIVersas fórmulas: «Predijo el Espíritu Santo por boca de David, (Act 1,16; 3,18.21); «Dios, que por sus profetas había prometido en las santas Escrituras» (Rom 1,2); «bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías» (Act 28,25).

Cf. R. CORNELY, Introductio generalis: CSS (París 1894) n.31; H. H. SWETE-R. R. OTTLEY, An Introduction to the Old Testament in Greek (Cambridge 1914) 381-405.

Cf. Epist 82 ad Hieron. 5,35. Dice literalmente que dicha traducción grieta (LXX) era “ab Apostolis approbata”.

Cf. Epist. 1 ad Cor 22,4-6.

Cf. Epist. 1 ad Cor 27,5 (=Sap 11,22; 12,12); 59,3 (=Eclo 16,18s).

Cf. Epist. ad Philip. 10,2.

Cf. Sim 5,3,8 (=Eclo 18,30); Mand. 5,2,3 (=Tob 4,19); Mand. 1,1 (=2 Mac 7,28); Mand. 1,1 (=Sab 1,14).

Cf. Diálogo con Trifón 120.

Cf. Adv. Haer. 5,31,1.

Cf. Adv. Haer. 4,5,2; 4,26,3.

Cf. Adv. Haer. 4,38,3.

Aduce Jdt 8,27 en Strom. 2,7,35: MG 8,969; Tob 4,16 en Strom. 2,23: MG 8,1089; cita el libro de la Sab 25 veces, el de Bar 24 veces y el del Eclo 50 veces, especialmente en el Pedagogo. También alude a las partes deuterocanónicas de Dan y Est en Strom. 1,21; MG 8,852s. Es probable que también aluda al 2 Mac 1,10 en Strom. 5,14: MG 9,145.

In Matth. Comm., serm. N. 61. Cita unas 40 veces la Sab y unas 70 veces el Eclo, y los llama “palabra divina” (Conra Celso 3,72; 8,50). Tob y Jdt, Dan y Est son considerados como sagrados y recibidos por la Iglesia (Ep. Ad Africanum n. 2.4.9,13). También aduce 2 Mac 7,28 en De Princ. 2,1,5, y bar 3,9-13 en Hom. In  Jer. 7,3).

 

Cf. De cultu fem. 1,3.

Cf. ML 4,651-780.

Cf. MG 10,677-807.

Cf. Dan 3,24ss mejor que Dan 3,19.

Cf.G. Wilpert, Pitture delle catacombe romane (Rorna 1903) pp .39, 52, 112, 265, 307-316, 327-337; C. Kaufmann, Handbuch der christlichen Archeologie (Paderborn 1922) 316ss; F. Grossa-Gondi, I monumenti crisitiani iconografici e architettonici dei sei primi secoli (Roma 1923) 12-14; O. Marucchi, Manuale de Archeologia cristiana (Roma 1933) pp. 312-314; G. Wilpert, La fede della Chiesa nascente (Cittá del Vaticano 1938) pp. 121ss.

Las pinturas de las catacumbas romanas van desde el siglo II hasta el V.

Cf. Eusebio, Hist. Eccl. 4,26,12-14.

Cf. De Or. 14,4.

Cf. Comm. In Protocanónicos. 1 en Eusebio, Hist. Ecl. 6,25,1s.

Cf. A. Merk, Origenes und der Kanon des A. T.: Bi (1925) 200-205; J. Ruwet, Les «antilegomena» dans les oeuvres d'Origéne: Bi 23 (1942) 18-42; 24 (1943) 18-53; idem, Les apocryphes dans les oeuvres d'Origéne: Bi 25 (1944) 143-166.311-344.

Cf. Epist. Fest.. 39.

Cf. J. Ruwet, Le canon alexandrin des Écrittires. S. Athanase. Appendice: Le canon ale­xandrin d'aprés S. Athanase: Bi 33 (1952) 1-29.

Cita el Eclo en Catech. 2,15; 9,6; 11,19: MG 33,404.644.716; la Sab en Catech. 9,2: MG33,640, y Dan en ibid., 2,15s; 14,25; 16,31: MG 33,421.639.857.961.

Cf. Catech. 4,33-36.

Cf. Haer. 8,6; 76,5; De mens. et pond.4 y 22s.

Cf. Haer. 24,6; 30,25.

Cita el libro de la Sab en Or. 28,8: MG 36,34; el Eclo en Or. 37,6,18: MG 36,290.304; el libro de Bar en Or. 30,13: MG 36,121; el de Dan 3,14 en Carm. praecept, ad virg. 177-184: MG 37,592s, y Dan 13, en Or. 36,7; MG 36,273; Carm. 1,12: De veris Scripturae libris: MG 37,472

Cf. Carm. ad Seleucum 251-324.

Cf. Or. 2,4; 1,2.

Cf. Cánones apostólicos (hacia 400): cf. F. X. Funk, Didascalia,et constitutiones apostolo­rum (Paderbom 1905) p. 590s. El Pseudo-Atanasio, en su obra Synopsis Scripturae Sacrae 1,2.3.39.41s, da 22 libros.

Cf. Prol. in Ps. 15.

Cf. In Ps. 52,19: ML 9,335; In Ps. 66,9: MI- 9,441; In Ps. 78,9: ML 9,482; Trin. 4,42: ML 10,127; In Ps. 118,2.8; 127,9; 135,11: ML 9,514.708.775; In Ps. 125,6: ML 9,688.

Cf. Comm. in symb. apost. 36-38.

Cf. Comm. in symb. apost. 5 y 46: ML 21,344.385; Bened. Ioseph 3; Bened. Beniamin 2: ML 21,332s; Apol. 2,32-37: ML 21,611-616.

Cf. Interpretatio historiae Eusebianae 6,23, en Rufini vita 17,2: ML 21,270. Cf. M. Stenzel, Der Bibelkanon des Rufin von Aquileia: Bi 23 (1942) 43-61.

Cf. Prol. in libr. Samuelis et Malachim.

Cf. Praef. in libr. Salomonis.

Cf. Epist. 107 ad Laetam, 12.

Rufino se escandalizaba de que San Jerónimo rechazase las partes deuterocanónicas de Daniel y las defiende valientemente contra el monje de Belén (cf. Rufino, Apol. 2,32-35).

Cf. Prol. comm. in Ier. A propósito de San Jerónimo se pueden consultar los siguientes trabajos: L. Sanders, Études sur Saint Jéróme (Bruselas-Paris 1903) p.196-267; P. Gaucher, St. Jéróme et l’inspiration des livres deutérocanoniques: Science catholi­que 18(1904) 193-210-334-359.539-555.703-726; L. Schade, Die Inspirationslehre des Heiligen Hieronymus: BS 15,4-5 (1910) 163-211; L. H. Cottineau, Chronologie des versions bibliques de St. Jéróme: Miscellanea Geronimiana (Roma 1920) 43-68; F. Cavallera, St. Jéróme: Sa vie et son oeuvre (París 1922) 23-63.153-165; A. Penna, Principi e carattere del’esegesí  di S. Gerolamo (Roma 1950); H. H. Howort, The Influence of  St. Jerome on the Canon of the Western Church: JTS (1909) 481-496; (1910) 231-247; (1912) 1-8 (véase Bi, 1920,  554.561).

Cf. Prol. in Tob y Prol. in Io.

Praef. in libr. Iudith

Cf. Epist. 54 ad Furiam, 16.

Cf. Epist. 65 ad Principiam 1-2.

Cf. Praef. in libr. Iudith

Cf. Prol. in Io.

En 406 cita Sab, diciendo: “Scriptum est, si cui tamen placet librum recipere” (“Está escrito –si se quiere aceptar este libro- que…”), en Comm. in Zach. 8,4; el Eclo es aducido con la fórmula: “dicente Scriptu­ra Sancta” (“como dice la Escritura Santa”), en Comm. in Is 3,12 y Epist. 118 ad Iulian. 1;  Judit es citado anteponiendo la expresión “legimus in Scripturis” (“leemos en las Escrituras”), en Comm. in Matth. 5,13; de Tobias habla en el Comm in Ecl 8.

Cf. J. Ruwet, De Canone, en Institutiones Biblicae 1, p. 113 n. 31.

Los textos de los Padres en que hablan de los deuterocanónicos como inspirados y ca­nónicos se pueden ver en S. M. Zarb, De historia canonis... p.151ss.

Este Padre cita todos los deuterocanónicos. Véase S. M. Zarb, o.c., p.16s.

También San Gregorio emplea todos los deuterocanónicos: S. M. Zarb, o.c., p. 168s.

Usa igualmente todos estos libros. Cf. J. Balestri, Biblica introductionis generalis elementa (Roma 1932) n. 284; S. M. Zarb, o. c., p. 175s.

Este gran comentarista emplea también todos los deuterocanónicos. Cf. S. M. Zarb, o. c., p. 157-160; L. Dennefeld, Der alt. Kanon der antiochenischen Schule: BS 14,4 (1909) 29-38; Ch. Baur, Der Kanon des Hl. Johan. Chrysostomus: ThQ (1924) 258-271.

Cita la mayor parte de los deuterocanónicos: S. M. Zarb, o. c., p. 190.

Da el catálogo de los Libros Sagrados, entre los cuales están todos los deuterocanónicos (Doct. Christ. 2,8,13: ML 34,41). Cf. C. J. Costello, St. Augustine's Doctrine on the Inspira­tion and Canonicity of Scripture (Washington 1930) p. 65-97.

Cf. A. Kerrigan, St. Cyril of Alexandria Interpreter of the 0. T. (Roma 1952) p. 17ss.

Usa la mayor parte de los deuterocanónicos: S. M. Zarb, o. c., p. 164s.

199 Cf. T. J. Lamy: RB 2 (1893) 13-17; J. Holzmann, Die Peschitta zum Buche der Weisheit (Friburgo 1903) 10.

Cf. EB n. 16-21.

Etymologiae 6,1,9.

Teodoro de Mopsuestia, apoyándose en razones de crítica interna, no sólo rechazó los deuterocanónicos, sino también ciertos libros protocanónicos, como Job, Cantar de los Cantares, Esdras-Nehemías, Ester y Paralipómenos. Pero sus opiniones fueron condenadas por el concilio II de Constantinopla (a1o 553). Cf. L. Pirot, L'oeuvre exégétique de Théodore de Mopsueste (Roma 1913); J. M. Vosté, L'oeuvre exégétique de Théodore de Mopsueste au II concile de Constantinopla, RB 38 (1929) 382-395.542-554.

Da el catálogo de sólo 22 libros. En la práctica, sin embargo, cita Bar, Eclo y Sab (De sectis act. 2,1-4: MG 86,1200-4).

Cita 22 libros y advierte que Sab y Eclo no pertenecen al canon (De fide orthod. 4,17: MG 94,1176-80).

Cf. MG 100, 1056-60.

Cf. De  part. div. legis 1,3.

No considera los libros de los Mac como canónicos (Moralia 19,21,34: ML 76,119).

Duda de Bar y de la carta de Jer (Glossa ordin. in Bar: ML 114,63s)

Tiene alguna duda sobre Sab: ML 169,1379; 170,331s.

Hace distinción entre los libros canónicos, que son 22, y los libros de lectura (De Scripturis et scriptoribus sacris 6: MI- 175,15s).

También distingue entre libros canónicos (son 22) y libros de edificación. Sin embargo, en sus Postiliae comenta tanto los proto como los deuterocanónicos.

Tiene la misma división que Hugo de San Caro.

No parece muy claro su pensamiento. Cf. E. Martín Nieto, Los libros deuterocanó­nicos del A. T. según el Tostado: EstAbulenses (1953) 107.

Cf. Chron. 1,3,5.9; Summa Theol. 3,18,6.

Niega la canonicidad de los deuterocanónicos, siguiendo a San Jerónimo.

Cayetano escribió: “Iudith, Tobiae et Machabacorum libri a divo Hieronymo extra canonicos libros supputantur et inter apocrypha locantur, cum libro Sapientiae et Eccieslas­tico... Nec turberis, novitie, si alicubi repereris libros istos inter canonicos supputari vel in sacris Conciliis vel in sacris Doctoribus. Nam ad Hieronymi limam reducenda sunt tam verba Conciliorum quam Doctorum ...” (“Los libros de ”), en In omnes authenticos V. T. libros comm., Paris 1546, 481s. Cf. A. Colunga, El Card. Cayetano y los problemas de introducción bíblica: CT (1918) 26-30; J. M. Vosté, Thomas de Vio Card. Caietanus sacrae paginae magister (Roma 1935) 9-12.

Cf. F. Salvatore, Due Sermoni inediti di S. Tommaso d'Aquino (Roma 1912) 17-20.

Cf. Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et ampl. collectio (Florencia 1759) 3.924.

Cf. EB n.19; Denz. 92.

Cf. EB n.21. Cf. C. H. Turner, Latin Lists of the Canonical Books.III: From Pope Innocent's Epistle to Exuperius of Toulouse: JTS 12 (1911s) 77-82.

Se puede ver el texto en S. M. Zarb, De historia... p. 193-7.

Cf. MG 104, 589-592.

Cf. EB n. 12.

Cf. EB n. 26.

Se puede ver el texto en J. Ruwet, De Canone,  en Instituciones Bibl. I (Roma 1951) 228ss.

Cf. W. Sanday, The Cheltenham List of the Canonical Books of the O. and N. T. and of the Writinqs of Cyprian: Studia biblica et ecclesiastica 3 (1891) 217-303.

 

Cf. EB n.47; Denz. 706.

«(Ecclesia) unum atque eumdem Deum veteris et novi testamenti... profitetur aucto­rem, quoniam eodem Spiritu sancto inspirante utriusque testamenti sancti locuti sunt, quo­rum libros suscipit et veneratur» (EB . 47).

Sacrosancta oecumenica et generalis Tridentina synodus, omnes libros tam veteris quam novi testamenti... pari pietatis affectu ac reverentia suscipit ac veneratur... Si quis autem libros ipsos integros cum omnibus suis partibus, prout in ecelesia catholica legi con­sueverunt et in veteri vulgata latina editione habentur, pro sacris et canonicis non susceperit, et traditiones praedictas sciens et prudens contempserit, anathema sit» (EB n.57.6o).

“Si quis sacrae Scripturae libros integros cum omnibus suis partibus, prout illos sancta Tridentina Synodus recensuit, pro sacris et canonicis non susceperit, aut eos divinitus inspi­ratos esse negaverit: anathema sit” (EB n. 79; Denz. 1787).

Cf. A. S. Lewis, Catalogue of the Syriac Mss... : Studia Sinaitica I (Londres 1894) 11-14.

Cf. A. Baumstark, Der äthiopische Bibelkanon: Oriens Christianus 5 (1905) 162-173; M. Chaine, Le canon des livres saints dans l’église éthiopienne: RSR 5 (1914) 22-39.

Cf. I. Guidi, Il canone biblico della chiesa copta: RB 10 (1901) 161-174.

Cf. Focio, Syntagma canonum 3: MG 104,589-592.

En su obra Orientalis Confessio christianae fidei (Ginebra 1629), afirma que acepta el canon del sínodo de Laodicea que no contiene los deuterocanónicos, excepto Bar.

Cf. T. Prokopowitcz, Christiana orthodoxa theologia (Leipzig 1792).

Para los rusos es, pues, casi un dogma de fe la negación de la canonicidad de los deu­terocanónicos.

Cf. W. H. Daubney, The Use of the Apocripha in the Christian Church (Londres 1900); H. H. Howort, The Origin and Authority of the Biblical Canon in the Anglican Church: JTS, 8 (1906s) 1-40.231-265; 9 (1907s) 188-230; 10 (1908s) 182-232.

Karlstadt, De canonicis scripturis libellus (Wittenberg l520).

A este propósito dice: “Apócrifos, es decir, libros que no han de ser estimados de igual modo que la Sagrada Escritura, pero que son buenos y se pueden leer útilmente”.

En la Confesión de 1559 se lee: “Utiles non sunt tamen eiusmodi, ut ex iis constitui possit articulus fidei” (“son útiles pero no de tal modo que la fe pueda basarse en ellos”).

Sabido es que los protestantes llaman apócrifos a los deuterocanónicos del Antiguo Testamento; y a los libros propiamente apócrifos del A. T. los designan con el apelativo de pseudoepigrafos.

E. Von Dobschutz, The Abandonment of the Canonical Idea: The American Journal of Theology 19 (1915) 416-429.