JUDIT
Judit 1
1 El
año doce del reinado de Nabucodonosor, que reinó sobre los asirios en la gran
ciudad de Nínive, Arfaxad, que reinaba en aquel tiempo sobre los medos, en
Ecbátana,
2 rodeó
esta ciudad con un muro de piedras de sillería que tenían tres codos de anchura
y seis codos de longitud, dando al muro una altura de setenta codos y una
anchura de cincuenta.
3 Alzó
torres de cien codos junto a las puertas, siendo la anchura de sus cimientos
sesenta codos.
4 Las
puertas se elevaban a setenta codos de altura, con una anchura de cuarenta
codos, para permitir la salida de sus fuerzas y el desfile ordenado de la
infantería.
5 Por
aquellos días, el rey Nabucodonosor libró batallas contra el rey Arfaxad, en la
gran llanura que está en el territorio de Ragáu.
6 Se
le unieron todos los habitantes de las montañas, todos los habitantes de
Eufrates, del Tigris y del Hidaspes y
los de la llanura de Arioj, rey de Elam. Se congregaron, pues, muchos pueblos,
para combatir a los hijos de Jeleúd.
7 Envió,
además, Nabucodonosor, rey de Asiria, mensajeros a todos los habitantes de
Persia, y a todos los habitantes de Occidente: a los de Cilicia, Damasco, el
Líbano y el Antilíbano, y a todos los que viven en el litoral,
8 a
todos los pueblos del Carmelo y Galaad, de la Galilea superior y de la gran
llanura de Esdrelón,
9 a
todos los de Samaría y sus ciudades, y a los del otro lado del Jordán, hasta
Jerusalén, Batanea, Jelús, Cadés, el río de Egipto, Tafnes, Remeses y toda la
tierra de Gósem,
10 y
hasta más arriba de Tanis y Menfis, a todos los habitantes de Egipto, hasta los
confines de Etiopía.
11 Pero
los moradores de toda aquella tierra despreciaron el mensaje de Nabucodonosor,
rey de los asirios, y no quisieron ir con él a la guerra, pues no le temían,
sino que le consideraban un hombre sin apoyo. Así que despidieron a los
mensajeros de vacío y afrentados.
12 Nabucodonosor
experimentó una gran cólera contra toda aquella tierra y juró por su trono y
por su reino que tomaría venganza y pasaría a cuchillo todo el territorio de
Cilicia, Damasco y Siria, y a todos los habitantes de Moab, a los ammonitas, a toda la Judea y a
todos los de Egipto, hasta los confines de los dos mares.
13 El
año diecisiete libró batalla con su ejército contra el rey Arfaxad; le derrotó
en el combate, poniendo en fuga a todas
las fuerzas de Arfaxad, a toda su caballería y a todos sus carros;
14 se
apoderó de sus ciudades, llegó hasta Ecbátana, ocupó sus torres, devastó sus
calles y convirtió en afrenta su hermosura.
15 Alcanzó
a Arfaxad en las montañas de Ragáu, lo atravesó con sus lanzas y le destruyó
para siempre.
16 Luego
regresó con sus soldados y con una inmensa multitud de gente armada que se les
había agregado. Y se quedó allí con su ejército, viviendo en la molicie,
durante 120 días.
Judit 2
1 El
año dieciocho, el día veintidós del primer mes, se celebró consejo en el
palacio de Nabucodonosor, rey de Asiria, en orden a la venganza que había de
tomarse a toda aquella tierra, tal como lo había anunciado.
2 Convocó
a todos sus ministros y a todos sus magnates y expuso ante ellos su secreto
designio, decidiendo con su propia boca
la total desgracia de aquella tierra.
3 Y
ellos sentenciaron que debía ser destruida toda carne que no había escuchado
las palabras de su boca.
4 Acabado
el consejo, Nabucodonosor, rey de Asiria, llamó a Holofernes, jefe supremo del
ejército y segundo suyo, y le dijo:
5 «Así
dice el gran rey, señor de toda la tierra: Parte de junto a mí. Toma contigo
hombres de valor probado, unos 120.000 infantes y una gran cantidad de
caballos, con 12.000 jinetes;
6 marcha
contra toda la tierra de occidente, pues no escucharon las palabras de mi boca.
7 Ordénales
que pongan a tu disposición tierra y agua, porque partiré airado contra ellos y
cubriré toda la superficie de la tierra con los pies de mis soldados, a los que
entregaré el país como botín.
8 Sus
heridos llenarán sus barrancos; sus ríos y torrentes, repletos todos de
cadáveres, se desbordarán;
9 y
los deportaré hasta los confines de la tierra.
10 Parte,
pues, y comienza por apoderarte de su territorio. Si se rinden a ti,
resérvamelos para el día de su vergüenza.
11 Pero
que no perdone tu ojo a los rebeldes. Entrégalos a la muerte y al saqueo en
todo el país conquistado.
12 Porque,
por mi vida y por el poderío de mi reino, como lo he dicho, lo cumpliré por mi
propia mano.
13 Por
tu parte, no traspases ni una sola de las órdenes de tu señor; las cumplirás
estrictamente, sin tardanza, tal como te lo he mandado.»
14 En
saliendo Holofernes de la presencia de su señor, convocó a todos los príncipes,
jefes y capitanes del ejército asirio,
15 y
eligió a los hombres más selectos para la guerra, como lo había ordenado su
señor: unos 120.000 hombres, más 12.000 arqueros a caballo,
16 y
los puso en orden de combate, como se ordena una multitud para la batalla.
17 Tomó
una gran cantidad de camellos, asnos y mulas para el bagage e incontable número
de ovejas, bueyes y cabras para el avituallamiento;
18 provisiones
abundantes para cada hombre y muchísimo oro y plata de la casa real.
19 Se
puso luego Holofernes en camino con todo su ejército para preceder al rey
Nabucodonosor y para cubrir toda la
superficie de la tierra de occidente con sus carros, sus caballos y sus
mejores infantes.
20 Se
les agregó una multitud tan numerosa como la langosta y como la arena de la
tierra, que les seguía en tan gran número que no se podía calcular.
21 Se
alejaron de Nínive tres jornadas de camino hasta la llanura de Bektilez, y
acamparon junto a Bektilez, cerca del
monte que está a la izquierda de la Cilicia superior.
22 Tomó
todo su ejército, infantes, jinetes y carros, y partió de allí hacia la montaña.
23 Desbarató
a Put y Lud, devastó a todos los hijos de Rassis y a los hijos de Ismael que
están al borde del desierto, al sur de Jeleón,
24 atravesó
el Eufrates, recorrió Mesopotamia, arrasó todas las ciudades altas que dominan
el torrente Abroná y llegó hasta el mar.
25 Se
apoderó del territorio de Cilicia y, derrotando a cuantos se le oponían,
alcanzó la frontera de Jafet por el sur, frente a Arabia.
26 Cercó
a todos los madianitas, incendió sus tiendas y saqueó sus aduares;
27 descendió
hacia la llanura de Damasco, al tiempo de la siega del trigo, incendió todos
sus cultivos, exterminó sus rebaños de
ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y pasó a cuchillo a
todos sus jóvenes.
28 Temor
y espanto de él cayó sobre todos los habitantes del litoral. Los de Sidón y
Tiro, los habitantes de Sur y Okina, los de Yamnia, Azoto y Ascalón temblaron
ante él.
Judit 3
1 Entonces
le enviaron mensajeros para decirle en son de paz:
2 «Nosotros,
siervos del gran rey Nabucodonosor, nos postramos ante ti. Trátanos como mejor
te parezca.
3 Nuestras
granjas y todo nuestro territorio, nuestros campos de trigo, los rebaños de
ovejas y bueyes, todas las majadas de nuestros campamentos, están a tu
disposición. Haz con ellos lo que quieras.
4 También
nuestras ciudades y los que las habitan son siervos tuyos. Ven, dirígete a
ellas y haz lo que te parezca bien.»
5 Los
enviados se presentaron ante Holofernes y le comunicaron estas palabras.
6 Entonces
él bajó con todo su ejército al litoral, puso guarniciones en las ciudades
altas, y les tomó los mejores hombres en calidad de tropas auxiliares.
7 Los
habitantes de las ciudades y todos los de los contornos salieron a recibirle
con coronas y danzando al son de
tambores.
8 El
saqueó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, pues había recibido la orden
de destruir todas las divinidades del país para que todas las gentes adorasen
únicamente a Nabucodonosor y todas las lenguas y todas las tribus le proclamasen dios.
9 Llegó
después frente a Esdrelón, junto a Dotán, que está ante la gran sierra
montañosa de Judea,
10 acamparon
entre Gueba y Escitópolis y se detuvo allí un mes, haciendo acopio de
provisiones para su ejército.
Judit 4
1 Los
israelitas que habitaban en Judea oyeron todo cuanto Holofernes, jefe supremo
del ejército de Nabucodonosor, rey de Asiria, había hecho con todas las
naciones: cómo había saqueado sus templos y los había destruido,
2 y
tuvieron gran miedo ante él, temblando por la suerte de Jerusalén y por el
Templo del Señor su Dios,
3 pues
hacía poco que habían vuelto del destierro y apenas si acababa de reunirse el
pueblo de Judea y de ser consagrados el mobiliario, el altar y el Templo
profanados.
4 Pusieron,
pues, sobre aviso a toda la región de Samaría, a Koná, Bet Jorón, Belmáin,
Jericó, y también Joba, Esorá y el valle de Salem,
5 y
ocuparon con tiempo todas las alturas de las montañas más elevadas,
fortificaron los poblados que había en ellas e hicieron provisiones con vistas
a la guerra, pues tenían reciente la cosecha de los campos.
6 El
sumo sacerdote Yoyaquim, que estaba entonces en Jerusalén, escribió a los
habitantes de Betulia y Betomestáin, que está frente a Esdrelón, a la entrada
de la llanura cercana a Dotán,
7 ordenándoles
que tomaran posiciones en las subidas de la montaña que dan acceso a Judea,
pues era fácil detener allí a los
atacantes por la angostura del paso que sólo permite avanzar dos hombres de
frente.
8 Los
israelitas cumplieron la orden del sumo sacerdote Yoyaquim y del Consejo de
Ancianos de todo el pueblo de Israel que se encontraba en Jerusalén.
9 Todos
los hombres de Israel clamaron a Dios con gran fervor, y con gran fervor se
humillaron;
10 y
ellos, sus mujeres, sus hijos y sus ganados, los forasteros residentes, los
jornaleros y los esclavos, se ciñeron de sayal.
11 Todos
los hombres, mujeres y niños de Israel que habitaban en Jerusalén se postraron
ante el Templo, cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron las manos ante el
Señor.
12 Cubrieron
el altar de saco y clamaron insistentemente, todos a una, al Dios de Israel,
para que no entregase sus hijos al saqueo, sus mujeres al pillaje, las ciudades
de su herencia a la destrucción y las cosas santas a la profanación y al
ludibrio, para mofa de los gentiles.
13 El
Señor oyó su voz y vio su angustia. El pueblo ayunó largos días en toda Judea y
en Jerusalén, ante el santuario del Señor Omnipotente.
14 El
sumo sacerdote Yoyaquim y todos los que estaban delante del Señor, sacerdotes y
ministros del Señor, ceñidos de sayal,
ofrecían el holocausto perpetuo, las oraciones y las ofrendas voluntarias del
pueblo,
15 y
con la tiara cubierta de ceniza clamaban al Señor con todas sus fuerzas para
que velara benignamente por toda la casa
de Israel.
Judit 5
1 Se
dio aviso a Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, de que los israelitas
se habían preparado para la guerra, que habían cerrado los pasos de las
montañas, fortificado todas las alturas de los montes elevados y puesto
obstáculos en las llanuras.
2 Esto
le irritó sobremanera, y mandó llamar a todos los jefes de Moab, a los
generales de Ammón y a todos los sátrapas del litoral,
3 les
dijo: «Hijos de Canaán, hacedme saber quién es este pueblo establecido en la
montaña, qué ciudades habita, cuál es la
importancia de su ejército y en qué estriba su poder y su fuerza, qué rey está
a su frente y manda a sus soldados,
4 y
por qué, a diferencia de todos los demás pueblos de occidente, han desdeñado
salir a recibirme.»
5 Entonces
Ajior, general de todos los ammonitas, le dijo: «Escuche mi señor las palabras
de la boca de tu siervo y te diré la verdad sobre este pueblo que habita esta
montaña junto a la que te encuentras. No saldrá mentira de la boca de tu
siervo.
6 Este
pueblo desciende de los caldeos.
7 Al
principio se fueron a residir a Mesopotamia, porque no quisieron seguir a los
dioses de sus padres, que vivían en
Caldea.
8 Se
apartaron del camino de sus padres y adoraron al Dios del Cielo, al Dios que
habían reconocido. Por eso les arrojaron
de la presencia de sus dioses y ellos se refugiaron en Mesopotamia, donde
residieron por mucho tiempo.
9 Su
Dios les ordenó salir de su casa y marchar a la tierra de Canaán; se
establecieron en ella y fueron colmados
de oro, de plata y de gran cantidad de ganado.
10 Bajaron
después a Egipto, porque el hambre se extendió sobre la superficie de la tierra
de Canaán, y permanecieron allí mientras tuvieron alimentos. Allí se hicieron
muy numerosos, de modo que no se podía contar a los de su raza.
11 Pero
el rey de Egipto se alzó contra ellos y los engañó con el trabajo de los
ladrillos, los humilló y los redujo a
esclavitud.
12 Clamaron
a su Dios, que castigó la tierra de Egipto con plagas incurables. Los egipcios,
entonces, los arrojaron lejos de sí.
13 Dios
secó a su paso el mar Rojo,
14 y
los condujo por el camino del Sinaí y Cadés Barnea. Arrojaron a todos los
moradores del desierto,
15 se
establecieron en el país de los amorreos y aniquilaron por la fuerza a todos
los jesbonitas. Pasaron el Jordán y se apoderaron de toda la montaña,
16 expulsaron
ante ellos al cananeo, al perizita, al jebuseo, a los siquemitas y a todos los
guirgasitas, y habitaron allí por mucho tiempo.
17 Mientras
no pecaron contra su Dios vivieron en prosperidad, porque está en medio de
ellos un Dios que odia la iniquidad.
18 Pero
cuando se apartaron del camino que les había impuesto, fueron duramente
aniquilados por múltiples guerras, y deportados a tierra extraña; el Templo de
su Dios fue arrasado y sus ciudades cayeron en poder de sus adversarios.
19 Pero
ahora, habiéndose convertido a su Dios, han vuelto de los diversos lugares en
que habían sido dispersados, han tomado posesión de Jerusalén, donde se
encuentra su santuario, y se han estabecido en la montaña que había quedado
desierta.
20 Así
pues, dueño y señor, si hay algún extravío en este pueblo, si han pecado contra
su Dios, y vemos que hay en ellos alguna causa de ruina, subamos y
ataquémoslos.
21 Pero
si no hay iniquidad en esa gente, que mi señor se detenga, no sea que su Dios y
Señor les proteja con su escudo y nos hagamos nosotros la irrisión de toda la
tierra.»
22 En
acabando de decir Ajior todas estas palabras, se alzó un murmullo entre toda la
gente que estaba en torno de la tienda, y los magnates de Holofernes y los
habitantes de la costa y de Moab hablaron de despedazarle.
23 «¡No
tememos a los israelitas! No son gente que tenga fuerza ni vigor para un
encuentro violento.
24 ¡Subamos
y serán un bocado para todo tu ejército, señor, Holofernes!»
Judit 6
1 Calmado
el tumulto provocado por los hombres que estaban en torno al Consejo.
Holofernes, jefe supremo del ejército de Asiria, dijo a Ajior delante de todos
los pueblos extranjeros y de los moabitas:
2 «¿Quién
eres tú, Ajior, y quiénes los mercenarios de Ammón, que te permites hoy lanzar
profecías entre nosotros y nos aconsejas que no luchemos contra esta ralea de
Israel, porque su Dios los cubrirá con su escudo? ¿Qué otro dios hay fuera de
Nabucodonosor? Este enviará su fuerza y los aniquilará de sobre la faz de la
tierra, sin que su Dios pueda librarlos.
3 Nosotros,
sus siervos, los batiremos como si fueran sólo un hombre,
4 y
no podrán resistir el empuje de nuestros caballos. Los pasaremos a fuego sin
distinción. Sus montes se embriagarán de su sangre y sus llanuras se colmarán
con sus cadáveres. No podrán mantenerse a pie firme ante nosotros y serán
totalmente destruidos, dice el rey Nabucodonosor, Señor de toda la tierra.
Porque lo ha dicho y no quedarán sin cumplimiento sus palabras.
5 Cuanto
a ti, Ajior, mercenario ammonita, que has dicho estas palabras el día de tu
iniquidad, a partir de ahora no verás ya
mi rostro hasta el día en que tome venganza de esa ralea venida de Egipto.
6 Entonces,
el hierro de mis soldados y la lanza de mis servidores te atravesará los
costados y caerás junto a sus heridos,
cuando yo me revuelva contra ellos.
7 Mis
servidores te van a llevar a la montaña y te van a dejar en una de las ciudades
que están en las subidas.
8 No
perecerás sino cuando seas aniquilado justo con ellos.
9 Y
no muestres un rostro tan abatido ya que en tu corazón esperas que no serán
conquistados. Así lo digo y no dejará de cumplirse ni una sola de mis
palabras.»
10 Holofernes
ordenó a los servidores que estaban al servicio de su tienda que tomasen a
Ajior, lo llevasen a Betulia y lo entregasen en manos de los israelitas.
11 Los
servidores le agarraron y le condujeron fuera del campamento, a la llanura; y
de la llanura abierta pasaron a la región montañosa, alcanzando las fuentes que
había al pie de Betulia.
12 Cuando
los hombres de la ciudad los divisaron desde la cumbre del monte, corrieron a
las armas y salieron fuera de la ciudad,
a la cumbre del monte, mientras los honderos dominaban la subida y disparaban
sus piedras contra ellos.
13 Entonces
los asirios se deslizaron al pie del monte, ataron a Ajior, lo dejaron tendido
en la falda y se volvieron donde su
señor.
14 Los
israelitas bajaron de su ciudad, se acercaron y desatándole le llevaron a
Betulia y le presentaron a los jefes de la ciudad,
15 que
en aquel tiempo eran Ozías, hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón, Jabrís,
hijo de Gotoniel, y Jarmís, hijo de Melkiel.
16 Estos
mandaron convocar a todos los ancianos de la ciudad. Se unieron también a la
asamblea todos lo jóvenes y las mujeres; pusieron a Ajior en medio de todo el
pueblo y Ozías le interrogó acerca de los sucedido.
17 Ajior
respondió narrándoles las deliberaciones habidas en el Consejo de Holofernes,
todas las cosas que él mismo había dicho delante de todos los jefes de los
asirios y las bravatas que Holofernes había proferido contra la casa de Israel.
18 Entonces
el pueblo se postró, adoró a Dios y clamó:
19 «Señor,
Dios del cielo, mira su soberbia, compadécete de la humillación de nuestra raza
y mira con piedad el rostro de los que te están consagrados».
20 Después
dieron ánimos a Ajior y le felicitaron calurosamente,
21 y
a la salida de la asamblea, Ozías le condujo a su propia casa y ofreció un
banquete a los ancianos. Y estuvieron invocando la ayuda del Dios de Israel
durante toda la noche.
Judit 7
1 Al
día siguiente ordenó Holofernes a todo su ejército y a todos los pueblos que
iban como tropas auxiliares mover el campo contra Betulia, ocupar los accesos
de la montaña y comenzar las hostilidades contra los israelitas.
2 El
mismo día levantaron el campo todos los hombres de su ejército; el número de
sus guerreros era de 120.000 infantes y 12.000 jinetes, sin contar los
encargados del bagaje y la gran cantidad de hombres que iban a pie con ellos.
3 Acamparon
en el valle que hay cerca de Betulia, junto a la fuente, y se desplegaron en
profundidad desde Dotán hasta Belbáin, y en longitud desde Betulia hasta
Kiamón, que está frente a Esdrelón.
4 Cuando
los israelitas vieron su muchedumbre, quedaron sobrecogidos y se dijeron unos a
otros: «Estos ahora van a arrasar toda la tierra y ni los montes más altos ni
los barrancos ni las colinas podrán soportar su peso.»
5 Tomó
cada cual su equipo de guerra, encendieron hogueras en las torres y permanecieron
sobre las armas toda aquella noche.
6 Al
segundo día, Holofernes hizo desfilar toda su caballería ante los israelitas
que había en Betulia.
7 Inspeccionó
todas las subidas de la ciudad, reconoció las fuentes y las ocupó, dejando en
ellas guarniciones de soldados; y él se volvió donde su ejército.
8 Se
acercaron entonces a él los príncipes de los hijos de Esaú, todos los jefes de
los moabitas y los generales del litoral, y le dijeron:
9 «Que
nuestro señor escuche una palabra y no habrá ni un solo herido en tu ejército.
10 Este
pueblo de los israelitas no confía tanto en sus lanzas como en las alturas de
los montes en que habitan. De hecho no es fácil escalar la cumbre de estos
montes.
11 «Por
eso, señor, no pelees contra ellos en el orden de batalla acostumbrado, para
que no caiga ni un solo hombre de los tuyos.
12 Quédate
en el campamento y conserva todos los hombres de tu ejército. Que tus siervos
se apoderen de la fuente que brota en la
falda de la montaña,
13 porque
de ella se abastecen todos los habitantes de Betulia. La sed los destruirá y
tendrán que entregarte la ciudad. Nosotros y nuestro pueblo ocuparemos las
alturas de los montes cercanos y acamparemos en ellas, vigilando para que no salga de la ciudad ni un solo
hombre.
14 Ellos,
sus mujeres y sus hijos, serán consumidos por el hambre y, aun antes de que la
espada les alcance, caerán tendidos por las plazas de su ciudad.
15 Entonces
les impondrás un duro castigo por haberse rebelado y no haber salido a tu
encuentro en son de paz.»
16 Parecieron
bien estos consejos a Holofernes y a todos sus oficiales, y ordenó que se
ejecutara lo que proponían.
17 Se
puso en marcha el ejército moabita, reforzado por 5.000 asirios, acamparon en
el valle y se apoderaron de los
depósitos de agua y de las fuentes de los israelitas.
18 Los
edomitas y ammonitas, por su parte, acamparon en el monte, frente a Dotán, y
enviaron destacamentos hacia el sur y el este, frente a Egrebel, que está al
lado de Jus, sobre el torrente Mojmur. El resto del ejército asirio quedó acampado en la llanura y cubría
toda la superficie del suelo. Sus tiendas y bagajes formaban un campamento
inmenso, porque eran una enorme muchedumbre.
19 Clamaron
los israelitas al Señor su Dios, pues su ánimo empezaba a flaquear, viendo que
el enemigo les había cercado y cortado toda retirada.
20 34
días estuvieron cercados por todo el ejército asirio, infantes, carros y
jinetes. A todos las habitantes de Betulia se les acabaron las reservas de
agua;
21 las
cisternas se agotaron; ni un solo día podían beber a satisfacción, porque se
les daba el agua racionada.
22 Los
niños aparecían abatidos, las mujeres y los adolescentes desfallecían de sed y
caían en las plazas y a las salidas de las puertas de la ciudad, faltos de
fuerzas.
23 Todo
el pueblo, los adolescentes, las mujeres y los niños, se reunieron en torno a
Ozías y a los jefes de la ciudad y clamaron a grandes voces, diciendo delante
de los ancianos:
24 «Juzgue
Dios entre nosotros y vosotros, pues habéis cometido una gran injusticia contra
nosotros, por no haber hecho tentativas
de paz con los asirios.
25 Y
ahora no hay nadie que pueda valernos. Dios nos ha vendido en sus manos, para
sucumbir ante ellos de sed y destrucción total.
26 Llamadles
ahora mismo y entregad toda la ciudad al saqueo de la gente de Holofernes y de
todo su ejército.
27 Mejor
nos es convertirnos en botín suyo. Seremos sus esclavos, pero salvaremos la
vida y no tendremos que ver cómo, a nuestros ojos, se mueren nuestros niños y
expiran nuestras mujeres y nuestros hijos.
28 Os
conjuramos por el cielo y por la tierra, y por nuestro Dios, Señor de nuestros
padres, que nos ha castigado por nuestros pecados, y por los pecados de
nuestros padres, que cumpláis ahora mismo nuestros deseos.»
29 Y
toda la asamblea, a una, prorrumpió en gran llanto y clamaron, a grandes voces,
al Señor Dios.
30 Ozías
les dijo: «Tened confianza, hermanos; resistamos aún cinco días, y en este
tiempo el Señor Dios nuestro volverá su compasión hacia nosotros, porque no nos
ha de abandonar por siempre.
31 Pero
si pasan estos días sin recibir ayuda cumpliré vuestros deseos.»
32 Y
despidió a la gente, cada cual a su puesto. Los hombres fueron a las murallas y
torres de la ciudad, y a las mujeres y
niños los enviaron a casa. Había en la ciudad un gran abatimiento.
Judit 8
1 Se
enteró entonces de ello Judit, hija de Merarí, hijo de Ox, hijo de José, hijo
de Oziel, hijo de Elcías, hijo de Ananías, hijo de Gedeón, hijo de Rafaín, hijo
de Ajitob, hijo de Elías, hijo de Jilquías, hijo de Eliab, hijo de Natanael,
hijo de Salamiel, hijo de Sarasaday, hijo de Israel.
2 Su
marido Manasés, de la misma tribu y familia que ella, había muerto en la época
de la recolección de la cebada.
3 Estaba,
en efecto, en el campo, vigilando a los que ataban las gavillas, y le dio una
insolación a la cabeza, cayó en cama y vino a morir en su ciudad de Betulia.
Fue sepultado junto a sus padres, en el campo que hay entre Dotán y Balamón.
4 Judit
llevaba ya tres años y cuatro meses viuda, viviendo en su casa.
5 Se
había hecho construir un aposento sobre el terrado de la casa, se había ceñido
de sayal y se vestía vestidos de viuda; ayunaba
6 durante
toda su viudez, a excepción de los sábados y las vigilias de los sábados, los
novilunios y sus vigilias, las solemnidades y los días de regocijo de la casa
de Israel.
7 Era
muy bella y muy bien parecida. Su marido Manasés le había dejado oro y plata,
siervos y siervas, ganados y campos,
quedando ella como dueña,
8 y
no había nadie que pudiera decir de ella una palabra maliciosa, porque tenía un
gran temor de Dios.
9 Oyó,
pues, Judit las amargas palabras que el pueblo había dicho contra el jefe de la
ciudad, pues habían perdido el ánimo ante la escasez de agua. Supo también todo
cuanto Ozías les había respondido y cómo les había jurado que entregaría la
ciudad a los asirios al cabo de cinco días.
10 Entonces,
mandó llamar a Jabrís y Jarmís, ancianos de la ciudad, por medio de la sierva
que tenía al frente de su hacienda.
11 Vinieron
y ella les dijo: «Escuchadme, jefes de los moradores de Betulia. No están bien
las palabras que habéis pronunciado hoy delante del pueblo, cuando habéis
interpuesto entre Dios y vosotros un juramento, asegurando que entregaríais
la ciudad a nuestros enemigos si en el plazo
convenido no os enviaba socorro el Señor.
12 ¿Quiénes
sois vosotros para permitiros hoy poner a Dios a prueba y suplantar a Dios
entre los hombres?
13 ¡Así
tentáis al Señor Onmipotente, vosotros que nunca llegaréis a comprender nada!
14 Nunca
llegaréis a sondear el fondo del corazón humano, ni podréis apoderaros de los
pensamientos de su inteligencia, pues ¿cómo vais a escrutar a Dios que hizo
todas las cosas, conocer su inteligencia y comprender sus pensamientos? No,
hermanos, no provoquéis la cólera del Señor, Dios nuestro.
15 Si
no quiere socorrernos en el plazo de cinco días, tiene poder para protegernos
en cualquier otro momento, como lo tiene para aniquilarnos en presencia de
nuestros enemigos.
16 Pero
vosotros no exijáis garantías a los designios del Señor nuestro Dios, porque
Dios no se somete a las amenazas, como un hombre, ni se le marca, como a un
hijo de hombre, una línea de conducta.
17 Pidámosle
más bien que nos socorra, mientras esperamos confiadamente que nos salve. Y él
escuchará nuestra súplica, si le place hacerlo.
18 «Verdad
es que no hay en nuestro tiempo ni en nuestros días tribu, familia, pueblo o
ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano de hombre,
como sucedió en otros tiempos,
19 en
castigo de lo cual fueron nuestros padres entregados a la espada y al saqueo, y
sucumbieron desastradamente ante sus
enemigos.
20 Pero
nosotros no conocemos otro Dios que él, y en esto estriba nuestra esperanza de
que no nos mirará con desdén ni a
nosotros ni a ninguno de nuestra raza.
21 «Porque
si de hecho se apoderan de nosotros, caerá todo Judea; nuestro santuario será
saqueado y nosotros tendremos que responder de esta profanación con nuestra
propia sangre.
22 La
muerte de nuestros hermanos, la deportación de esta tierra y la devastación de
nuestra heredad, caerá sobre nuestras
cabezas, en medio de las naciones en que estemos como esclavos y seremos para
nuestros amos escarnio y mofa,
23 ya
que nuestra esclavitud no concluiría en benevolencia, sino que el Señor nuestro
Dios la convertiría en deshonra.
24 Ahora,
pues, hermanos, mostremos a nuestros hermanos que su vida depende de nosotros y
que sobre nosotros se apoyan las cosas sagradas, el Templo y el altar.
25 «Por
todo esto, debemos dar gracias al Señor nuestro Dios que ha querido probarnos
como a nuestros padres.
26 Recordad
lo que hizo con Abraham, las pruebas por que hizo pasar a Isaac, lo que
aconteció a Jacob en Mesopotamia de Siria, cuando pastoreaba los rebaños de
Labán, el hermano de su madre.
27 Como
les puso a ellos en el crisol para sondear sus corazones, así el Señor nos
hiere a nosotros, los que nos acercamos a él, no para castigarnos, sino para
amonestarnos.»
28 Ozías
respondió: «En todo cuanto has dicho, has hablado con recto juicio y nadie
podrá oponerse a tus razones,
29 ya
que no has empezado hoy a dar muestras de tu sabiduría, sino que de antiguo
conoce todo el pueblo tu inteligencia y
la bondad de los pensamientos que forma tu corazón.
30 Pero
el pueblo padecía gran sed y nos obligaron a pronunciar aquellas palabras, y a
comprometernos con un juramento que no podemos violar.
31 Ahora,
pues, tú que eres una mujer piadosa, pide por nosotros al Señor que envíe
lluvia para llenar nuestras cisternas, y así no nos veamos acabados.»
32 Respondió
Judit: «Escuchadme. Voy a hacer algo que se transmitirá de generación en
generación entre los hijos de nuestra raza.
33 Estad
esta noche a la puerta de la ciudad. Yo saldré con mi sierva y antes del plazo
que os habéis fijado para entregar la ciudad a nuestros enemigos, visitará el
Señor a Israel por mi mano.
34 No
intentéis averiguar lo que quiero hacer, pues no lo diré hasta no haberlo
cumplido.»
35 Ozías
y los jefes le dijeron: «Vete en paz y que el Señor Dios te preceda para tomar
venganza de nuestros enemigos.»
36
Y
dejando el aposento, regresaron a sus puestos.