II MACABEOS
II
Macabeos 1
1 A
los hermanos judíos que viven en Egipto, les saludan sus hermanos judíos que
están en Jerusalén y en la región de Judea, deseándoles una paz dichosa.
2 Que
Dios os llene de bienes y recuerde su alianza con Abraham, Isaac y Jacob, sus
fieles servidores.
3 Que
a todos os dé corazón para adorarle y cumplir su voluntad con corazón grande y
ánimo generoso.
4 Que
abra vuestro corazón a su Ley y a sus preceptos, y os otorgue la paz.
5 Que
escuche vuestras súplicas, se reconcilie con vosotros y no os abandone en
tiempo de desgracia.
6 Esto
es lo que estamos ahora pidiendo por vosotros.
7 Ya
el año 169, en el reinado de Demetrio, nosotros, los judíos, os escribimos así:
«En lo más grave de la tribulación que ha caído sobre nosotros en estos años,
desde que Jasón y sus partidarios traicionaron la tierra santa y el reino,
8 incendiaron
el portón (del Templo) y derramaron sangre inocente, suplicamos al Señor y
hemos sido escuchados. Hemos ofrecido un sacrificio con flor de harina, hemos
encendido las lámparas y presentado los panes.»
9 También
ahora os escribimos para que celebréis la fiesta de las Tiendas en el mes de
Kisléu. Es el año 188.
10 Los
que están en Jerusalén y en Judea, los ancianos y Judas saludan y desean
prosperidad a Aristóbulo, preceptor del rey Tolomeo, del linaje de los sacerdotes
ungidos, y a los judíos que están en Egipto.
11 Salvados
por Dios de grandes peligros, le damos rendidas gracias, como a quien nos ha
guiado en la batalla contra el rey,
12 ya
que El ha arrojado fuera a los que combatían contra la ciudad santa.
13 Pues,
cuando llegó a Persia su jefe acompañado de un ejército, al parecer invencible,
fueron desbaratados en el templo de Nanea, gracias al engaño tramado por los
sacerdotes de Nanea.
14 Antíoco,
y con él sus amigos, llegaron a aquel lugar como tratando de desposarse con la
diosa, con objeto de apoderarse, a título de dote, de abundantes riquezas.
15 Una
vez que los sacerdotes del templo de Nanea las hubieron expuesto y que él se
hubo presentado con unas pocas personas
en el recinto sagrado, cerraron el templo en cuanto entró Antíoco.
16 Abrieron
la puerta secreta del techo y a pedradas aplastaron al jefe; le descuartizaron,
y cortándole la cabeza, la arrojaron a los que estaban fuera.
17 En
todo sea bendito nuestro Dios que ha entregado los impíos (a la muerte).
18 A
punto de celebrar en el veinticinco de Kisléu la purificación del Templo, nos
ha parecido conveniente informaros, para que también vosotros la celebréis como
la fiesta de las Tiendas y del fuego aparecido cuando ofreció sacrificios Nehemías, el que construyó el
Templo y el altar.
19 Pues,
cuando nuestros padres fueron llevados a Persia, los sacerdotes piadosos de
entonces, habiendo tomado fuego del altar, lo escondieron secretamente en una
concavidad semejante a un pozo seco, en el que tan a seguro lo dejaron, que el lugar quedó ignorado de
todos.
20 Pasados
muchos años, cuando a Dios le plugo, Nehemías, enviado por el rey de Persia,
mandó que buscaran el fuego los descendientes de los sacerdotes que lo habían
escondido;
21 pero
como ellos informaron que en realidad no habían encontrado fuego, sino un
líquido espeso, él les mandó que lo sacasen y trajesen. Cuando estuvo dispuesto
el sacrificio, Nehemías mandó a los sacerdotes que rociaran con aquel líquido
la leña y lo que había colocado sobre ella.
22 Cumplida
la orden, y pasado algún tiempo, el sol que antes estaba nublado volvió a
brillar, y se encendió una llama tan grande que todos quedaron maravillados.
23 Mientras
se consumía el sacrificio, los sacerdotes hacían oración: todos los sacerdotes
con Jonatán que comenzaba, y los demás, como Nehemías, respondían.
24 La
oración era la siguiente: «Señor, Señor Dios, creador de todo, temible y
fuerte, justo y misericordioso, tú, rey único y bueno,
25 tú,
solo generoso, solo justo, todopoderoso y eterno, que salvas a Israel de todo
mal, que elegiste a nuestros padres y los santificaste,
26 acepta
el sacrificio por todo tu pueblo Israel, guarda tu heredad y santifícala.
27 Reúne
a los nuestros dispersos, da libertad a los que están esclavizados entre las
naciones, vuelve tus ojos a los despreciados y abominados, y conozcan los
gentiles que tú eres nuestro Dios.
28 Aflige
a los que tiranizan y ultrajan con arrogancia.
29 Planta
a tu pueblo en tu lugar santo, como dijo Moisés.»
30 Los
sacerdotes salmodiaban los himnos.
31 Cuando
fue consumido el sacrificio, Nehemías mandó derramar el líquido sobrante sobre
unas grandes piedras.
32 Hecho
esto, se encendió una llamarada que quedó absorbida por el mayor resplandor que
brillaba en el altar.
33 Cuando
el hecho se divulgó y se refirió al rey de los persas que en el lugar donde los
sacerdotes deportados habían escondido
el fuego, había aparecido aquel líquido con el que habían santificado las
ofrendas del sacrificio Nehemías y sus compañeros,
34 el
rey después de verificar tal hecho mandó alzar una cerca haciendo sagrado el
lugar.
35 El
rey recogía grandes sumas y las repartía a quienes quería hacer favores.
36 Nehemías
y sus compañeros llamaron a ese líquido «neftar», que significa «purificación»;
pero la mayoría lo llama «nafta».
II
Macabeos 2
1 Se
encuentra en los documentos que el profeta Jeremías mandó a los deportados que
tomaran fuego como ya se ha indicado;
2 y
cómo el profeta, después de darles la Ley, ordenó a los deportados que no se
olvidaran de los preceptos del Señor ni se desviaran en sus pensamientos al ver
ídolos de oro y plata y las galas que los envolvían.
3 Entre
otras cosas, les exhortaba a no apartar la Ley de sus corazones.
4 Se
decía también en el escrito cómo el profeta, después de una revelación, mandó
llevar consigo la Tienda y el arca; y cómo salió hacia el monte donde Moisés
había subido para contemplar la heredad de Dios.
5 Y
cuando llegó Jeremías, encontró una estancia en forma de cueva; allí metió la
Tienda, el arca y el altar del incienso, y tapó la entrada.
6 Volvieron
algunos de sus acompañantes para marcar el camino, pero no pudieron
encontrarlo.
7 En
cuanto Jeremías lo supo, les reprendió diciéndoles: «Este lugar quedará desconocido
hasta que Dios vuelva a reunir a su
pueblo y le sea propicio.
8 El
Señor entonces mostrará todo esto; y aparecerá la gloria del Señor y la Nube,
como se mostraba en tiempo de Moisés, cuando Salomón rogó que el Lugar fuera
solemnemente consagrado.»
9 Se
explicaba también cómo éste, dotado de sabiduría, ofreció el sacrificio de la
dedicación y la terminación del Templo.
10 Como
Moisés oró al Señor y bajó del cielo fuego, que devoró las ofrendas del
sacrificio, así también oró Salomón y bajó fuego que consumió los holocaustos.
11 Moisés
había dicho: «La víctima por el pecado ha sido consumida por no haber sido
comida.»
12 Salomón
celebró igualmente los ocho días de fiesta.
13 Lo
mismo se narraba también en los archivos y en las Memorias del tiempo de
Nehemías; y cómo éste, para fundar una biblioteca, reunió los libros referentes
a los reyes y a los profetas, los de David y las cartas de los reyes acerca de
las ofrendas.
14 De
igual modo Judas reunió todos los libros dispersos a causa de la guerra que
sufrimos, los cuales están en nuestras manos.
15 Por
tanto, si tenéis necesidad de ellos, enviad a quienes os los lleven.
16 A
punto ya de celebrar la purificación, os escribimos: Bien haréis también en
celebrar estos días.
17 El
Dios que salvó a todo su pueblo y que a todos otorgó la heredad, el reino, el
sacerdocio y la santidad,
18 como
había prometido por la Ley, el mismo Dios, como esperamos, se apiadará pronto
de nosotros y nos reunirá de todas partes bajo el cielo en el Lugar Santo; pues
nos ha sacado de grandes males y ha purificado el Lugar.
19 La
historia de Judas Macabeo y de sus hermanos, la purificación del más grande
Templo, la dedicación del altar,
20 las
guerras contra Antíoco Epífanes y su hijo Eupátor,
21 y
las manifestaciones celestiales en favor de los que combatieron viril y
gloriosamente por el Judaísmo, de suerte que, aun siendo pocos, saquearon toda
la región, ahuyentaron las hordas bárbaras,
22 recuperaron
el Templo famoso en todo el mundo, liberaron la ciudad y restablecieron las
leyes que estaban a punto de ser
abolidas, pues el Señor se mostró propicio hacia ellos con toda benignidad;
23 todo
esto, expuesto en cinco libros por Jasón de Cirene, intentaremos nosotros
compendiarlo en uno solo.
24 Porque
al considerar la marea de números y la dificultad existente, por la amplitud de
la materia, para los que quieren
sumergirse en los relatos de la historia,
25 nos
hemos preocupado por ofrecer algún atractivo a los que desean leer, facilidad a
los que gustan retenerlo de memoria, y utilidad a cualquiera que lo lea.
26 Para
nosotros, que nos hemos encargado de la fatigosa labor de este resumen, no es
fácil la tarea, sino de sudores y desvelos,
27 como
tampoco al que prepara un banquete y busca el provecho de los demás le resulta
esto cómodo. Sin embargo, esperando la gratitud de muchos, soportamos con gusto
esta fatiga,
28 dejando
al historiador la tarea de precisar cada suceso y esforzándonos por seguir las
normas de un resumen.
29 Pues
así como al arquitecto de una casa nueva corresponde la preocupación por la
estructura entera; y, en cambio, al encargado de la encáustica y pinturas, el
cuidado de lo necesario para la decoración, lo mismo me parece de nosotros:
30 profundizar,
revolver las cuestiones y examinar punto por punto corresponde al que compone
la historia;
31 pero
buscar concisión al exponer y renunciar a tratar el asunto de forma exhaustiva
debe concederse al divulgador.
32 Comencemos,
por tanto, desde ahora la narración, después de haber abundado tanto en los
preliminares; pues sería absurdo abundar
en lo que antecede a la historia y ser breve en la historia misma.
II
Macabeos 3
1 Mientras
la ciudad santa era habitada en completa paz y las leyes guardadas a la
perfección, gracias a la piedad y al
aborrecimiento de mal del sumo sacerdote Onías,
2 sucedía
que hasta los reyes veneraban el Lugar Santo y honraban el Templo con
magníficos presentes,
3 hasta
el punto de que Seleuco, rey de Asia, proveía con sus propias rentas a todos
los gastos necesarios para el servicio
de los sacrificios.
4 Pero
un tal Simón, de la tribu de Bilgá, constituido administrador del Templo, tuvo
diferencias con el sumo sacerdote sobre la reglamentación del mercado de la
ciudad.
5 No
pudiendo vencer a Onías, se fue donde Apolonio, hijo de Traseo, estratega por
entonces de Celesiria y Fenicia,
6 y
le comunicó que el tesoro de Jerusalén, estaba repleto de riquezas incontables,
hasta el punto de ser incalculable la cantidad de dinero, sin equivalencia con
los gastos de los sacrificios, y que era posible que cayeran en poder del rey.
7 Apolonio
en conversación con el rey le habló de las riquezas de que había tenido noticia
y entonces el rey designó a Heliodoro,
el encargado de sus negocios, y le envió con la orden de realizar la
trasferencia de las mencionadas riquezas.
8 Enseguida
Heliodoro emprendía el viaje con el pretexto de inspeccionar las ciudades de
Celesiria y Fenicia, pero en realidad
para ejecutar el proyecto del rey.
9 Llegado
a Jerusalén y amistosamente acogido por el sumo sacerdote y por la ciudad,
expuso el hecho de la denuncia e hizo
saber el motivo de su presencia; preguntó si las cosas eran realmente así.
10 Manifestó
el sumo sacerdote que eran depósitos de viudas y huérfanos,
11 que
una parte pertenecía a Hicarno, hijo de Tobías, personaje de muy alta posición
y, contra lo que había calumniado el impío Simón, que el total era de
cuatrocientos talentos de plata y doscientos de oro;
12 que
de ningún modo se podía perjudicar a los que tenían puesta su confianza en la
santidad del Lugar, y en la majestad inviolable de aquel Templo venerado en
todo el mundo.
13 Pero
Heliodoro, en virtud de las órdenes del rey, mantenía de forma terminante que
los bienes debían pasar al tesoro real.
14 En
la fecha fijada hacía su entrada para realizar el inventario de los bienes. No
era pequeña la angustia en toda la ciudad:
15 los
sacerdotes, postrados ante el altar con sus vestiduras sacerdotales, suplicaban
al Cielo, el que había dado la ley sobre los bienes en depósito, que los
guardara intactos para quienes los habían depositado.
16 El
ver la figura del sumo sacerdote llegaba a partir el alma, pues su aspecto y su
color demudado manifestaban la angustia
de su alma.
17 Aquel
hombre estaba embargado de miedo y temblor en su cuerpo, con lo que mostraba a
los que le contemplaban el dolor que había en su corazón.
18 De
las casas salía en tropel la gente a una rogativa pública porque el lugar
estaba a punto de caer en oprobio.
19 Las
mujeres, ceñidas de saco bajo el pecho, llenaban las calles; de las jóvenes, que estaban recluidas, unas
corrían a las puertas, otras subían a los muros, otras se asomaban por las
ventanas.
20 Todas,
con las manos tendidas al cielo, tomaban parte en la súplica.
21 Daba
compasión aquella multitud confusamente postrada y el sumo sacerdote angustiado
en honda ansiedad.
22 Mientras
ellos invocaban al Señor Todopoderoso para que guardara intactos, en completa
seguridad, los bienes en depósito para quienes los habían confiado,
23 Heliodoro
llevaba a cabo lo que tenía decidido.
24 Estaba
ya allí mismo con su guardia junto al Tesoro, cuando el Soberano de los
Espíritus y de toda Potestad, se manifestó en su grandeza, de modo que todos
los que con él juntos se habían atrevido a acercarse, pasmados ante el poder de
Dios, se volvieron débiles y cobardes.
25 Pues
se les apareció un caballo montado por un jinete terrible y guarnecido con
riquísimo arnés; lanzándose con ímpetu levantó contra Heliodoro sus patas
delanteras. El que lo montaba aparecía con una armadura de oro.
26 Se
le aparecieron además otros dos jóvenes de notable vigor, espléndida belleza y
magníficos vestidos que colocándose a ambos lados, le azotaban sin cesar,
moliéndolo a golpes.
27 Al
caer de pronto a tierra, rodeado de densa oscuridad, lo recogieron y lo
pusieron en una litera;
28 al
mismo que poco antes, con numeroso séquito y con toda su guardia, había entrado
en el mencionado Tesoro, lo llevaban ahora incapaz de valerse por sí mismo,
reconociendo todos claramente la soberanía de Dios.
29 Mientras
él yacía mudo y privado de toda esperanza de salvación, a causa del poder
divino,
30 otros
bendecían al Señor que había glorificado maravillosamente su propio Lugar; y el
Templo, lleno poco antes de miedo y turbación, rebosaba de gozo y alegría
después de la manifestación del Señor Todopoderoso.
31 Pronto
algunos de los acompañantes de Heliodoro, instaban a Onías que invocara al
Altísimo para que diese la gracia de vivir a aquel que yacía ya en su último
suspiro.
32 Temiendo
el sumo sacerdote que acaso el rey sospechara que los judíos hubieran
perpetrado alguna fechoría contra
Heliodoro, ofreció un sacrificio por la salud de aquel hombre.
33 Mientras
el sumo sacerdote ofrecía el sacrificio de expiación, se aparecieron otra vez a
Heliodoro los mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria y en pie le
dijeron: «Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías, pues por él te concede el
Señor la gracia de vivir;
34 y
tú, que has sido azotado por el Cielo, haz saber a todos la grandeza del poder
de Dios.» En diciendo esto, desparacieron.
35 Heliodoro,
habiendo ofrecido al Señor un sacrificio y tras haber orado largamente al que
le había concedido la vida, se despidió de Onías y volvió con sus tropas donde
el rey.
36 Ante
todos daba testimonio de las obras del Dios grande que él había contemplado con
sus ojos.
37 Al
preguntar el rey a Heliodoro a quién convendría enviar otra vez a Jerusalén, él
respondió:
38 «Si
tienes algún enemigo conspirador contra el Estado, mándalo allá y te volverá
molido a azotes, si es que salva su vida, porque te aseguro que rodea a aquel
Lugar una fuerza divina.
39 Pues
el mismo que tiene en los cielos su morada, vela y protege aquel Lugar; y a los
que se acercan con malas intenciones los hiere de muerte.»
40 Así
sucedieron las cosas relativas a Heliodoro y a la preservación del Tesoro.
II
Macabeos 4
1 En
mencionado Simón, delator de los tesoros y de la patria, calumniaba a Onías
como si éste hubiera maltratado a Heliodoro y fuera el causante de sus
desgracias;
2 y
se atrevía a decir que el bienhechor de la ciudad, el defensor de sus
compatriotas y celoso observante de las leyes, era un conspirador contra el
Estado.
3 A
tal punto llegó la hostilidad, que hasta se cometieron asesinatos por parte de
uno de los esbirros de Simón.
4 Considerando
Onías que aquella rivalidad era intolerable y que Apolonio, hijo de Menesteo,
estratega de Celesira y Fenicia,
instigaba a Simón al mal,
5 se
hizo llevar donde el rey, no porque pretendiera acusar a sus conciudadanos,
sino que miraba por los intereses generales y particulares de toda su gente.
6 Pues
bien veía que sin la intervención real era ya imposible pacificar la situación
y detener a Simón en sus locuras.
7 Cuando
Seleuco dejó esta vida y Antíoco, por sobrenombre Epífanes, comenzó a reinar,
Jasón, el hermano de Onías, usurpó el sumo pontificado,
8 después
de haber prometido al rey, en una conversación, 360 talentos de plata y ochenta
talentos de otras rentas.
9 Se
comprometía además a firmar el pago de otro 150, si se le concedía la facultad
de instalar por su propia cuenta un gimnasio y una efebía, así como la de
inscribir a los Antioquenos en Jerusalén.
10 Con
el consentimiento del rey y con los poderes en su mano, pronto cambió las
costumbres de sus compatriotas conforme
al estilo griego.
11 Suprimiendo
los privilegios que los reyes habían concedido a los judíos por medio de Juan,
padre de Eupólemo, el que fue enviado en
embajada a los romanos para un tratado de amistad y alianza, y abrogando las
instituciones legales, introdujo costumbres nuevas, contrarias a la Ley.
12 Así
pues, fundó a su gusto un gimnasio bajo la misma acrópolis e indujo a lo mejor
de la juventud a educarse bajo el petaso.
13 Era
tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la
extrema perversidad de aquel Jasón, que tenía más de impío que de sumo
sacerdote,
14 que
ya los sacerdotes no sentían celo por el servicio del altar, sino que
despreciaban el Templo; descuidando los sacrificios, en cuanto se daba la señal
con el gong se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra
contrarios a la ley;
15 sin
apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas.
16 Por
esto mismo, una difícil situación les puso en aprieto, y tuvieron como enemigos
y verdugos a los mismos cuya conducta
emulaban y a quienes querían parecerse en todo.
17 Pues
no resulta fácil violar las leyes divinas; así lo mostrará el tiempo venidero.
18 Cuando
se celebraron en Tiro los juegos cuadrienales, en presencia del rey,
19 el
impuro Jasón envió embajadores, como Antioquenos de Jerusalén, que llevaban
consigo trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules. Pero los
portadores prefirieron, dado que no convenía, no emplearlas en el sacrificio,
sino en otros gastos.
20 Y
así, el dinero que estaba destinado por voluntad del que lo enviaba, al
sacrificio de Hércules, se empleó por deseo de los portadores, en la
construcción de las trirremes.
21 Apolonio,
hijo de Menesteo, fue enviado a Egipto para la boda del rey Filométor. Cuando
supo Antíoco que aquél se había
convertido en su adversario político se preocupó de su propia seguridad; por
eso, pasando por Joppe, se presentó en Jerusalén.
22 Fue
magníficamente recibido por Jasón y por la ciudad, e hizo su entrada entre
antorchas y aclamaciones. Después de
esto llevó sus tropas hasta Fenicia.
23 Tres
años después, Jasón envió a Menelao, hermano del ya mencionado Simón, para
llevar el dinero al rey y gestionar la negociación de asuntos urgentes.
24 Menelao
se hizo presentar al rey, a quien impresionó con su aire majestuoso, y logró
ser investido del sumo sacerdocio, ofreciendo trescientos talentos de plata más
que Jasón.
25 Provisto
del mandato real, se volvió sin poseer nada digno del sumo sacerdocio, sino más
bien el furor de un cruel tirano y la
furia de una bestia salvaje.
26 Jasón,
por su parte, suplantador de su propio hermano y él mismo suplantado por otro,
se vio forzado a huir al país de Ammán.
27 Menelao
detentaba ciertamente el poder, pero nada pagaba del dinero prometido al rey,
28 aunque
Sóstrates, el alcaide de la Acrópolis, se lo reclamaba, pues a él correspondía
la percepción de los tributos. Por este motivo, ambos fueron convocados por el
rey.
29 Menelao
dejó como sustituto del sumo sacerdocio a su hermano Lisímaco; Sóstrates a
Crates, jefe de los chipriotas. a Crates, jefe de los chipriotas.
30 Mientras
tanto, sucedió que los habitantes de Tarso y de Malos se sublevaron por haber
sido cedidas sus ciudades como regalo a Antioquida, la concubina del rey.
31 Fue,
pues, el rey a toda prisa, para poner orden en la situación, dejando como
sustituto a Andrónico, uno de los
dignatarios.
32 Menelao
pensó aprovecharse de aquella buena oportunidad; arrebató algunos objetos de
oro del Templo, y se los regaló a
Andrónico; también logró vender otros en Tiro y en las ciudades de alrededor.
33 Cuando
Onías llegó a saberlo con certeza, se lo reprochó, no sin haberse retirado
antes a un lugar de refugio, a Dafne, cerca de Antioquía.
34 Por
eso, Menelao, a solas con Andrónico, le incitaba a matar a Onías. Andrónico se
llegó donde Onías, y, confiando en la astucia, estrechándole la mano y dándole
la diestra con juramento, perusadió a Onías, aunque a éste no le faltaban
sospechas, a salir de su refugio, e inmediatamente le dio muerte, sin respeto
alguno a la justicia.
35 Por
este motivo no sólo los judíos sino también muchos de las demás naciones se
indignaron y se irritaron por el injusto asesinato de aquel hombre.
36 Cuando
el rey volvió de las regiones de Cilicia, los judíos de la ciudad junto con los
griegos, que también odiaban el mal, fueron a su encuentro a quejarse de la
injustificada muerte de Onías.
37 Antíoco,
hondamente estristecido y movido a compasión, lloró recordando la prudencia y
la gran moderación del difunto.
38 Encendido
en ira, despojó inmediatamente a Andrónico, de la púrpura y desgarró sus
vestidos. Le hizo conducir por toda la ciudad hasta el mismo lugar donde tan
impíamente había tratado a Onías; allí hizo desaparecer de este mundo al
criminal, a quien el Señor daba el merecido castigo.
39 Lisímaco
había cometido muchos robos sacrílegos en la ciudad con el consentimiento de
Menelao, y la noticia se había divulgado fuera; por eso la multitud se amotinó
contra Lisímaco. Pero eran ya muchos los objetos de oro que estaban dispersos.
40 Como
las turbas estaban excitadas y en el colmo de su cólera, Lisímaco armó a cerca
de 3.000 hombres e inició la represión
violenta, poniendo por jefe a un tal Aurano, avanzado en edad y no menos en
locura.
41 Cuando
se dieron cuenta del ataque de Lisímaco, unos se armaron de piedras, otros de
estacas y otros, tomando a puñadas ceniza que allí había, lo arrojaban todo
junto contra las tropas de Lisímaco.
42 De
este modo hirieron a muchos de ellos, y mataron a algunos; a todos los demás
los pusieron en fuga, y al mismo ladrón sacrílego le mataron junto al Tesoro.
43 Sobre
todos estos hechos se instruyó proceso contra Menelao.
44 Cuando
el rey llegó a Tiro, tres hombres enviados por el Senado expusieron ante él el
alegato.
45 Menelao,
perdido ya, prometió una importante suma a Tolomeo, hijo de Dorimeno, para que
persuadiera al rey.
46 Entonces
Tolomeo, llevando al rey aparte a una galería como para tomar el aire, le hizo
cambiar de parecer,
47 de
modo que absolvió de las acusaciones a Menelao, el causante de todos los males,
y, en cambio, condenó a muerte a aquellos infelices que hubieran sido
absueltos, aun cuando hubieran declarado ante un tribunal de escitas.
48 Así
que, sin dilación, sufrieron aquella injusta pena los que habían defendido la
causa de la ciudad, del pueblo y de los
vasos sagrados.
49 Por
este motivo, algunos tirios, indignados contra aquella iniquidad, prepararon
con magnificencia su sepultura.
50 Menelao,
por su parte, por la avaricia de aquellos gobernantes, permaneció en el poder,
creciendo en maldad, constituido en el principal adversario de sus
conciudadanos.